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Sergio Muñoz Riveros es un ex revolucionario —militó en el PC hasta 1987— que terminó mirando con recelo las nuevas consignas por encontrarlas demasiado parecidas a las antiguas. Un hombre sencillo, con pensamiento independiente y con el coraje para reconocer sus propias contradicciones y decir lo que pocos se atreven. Tras el estallido de 2019 se convirtió en un crítico del llamado "estallido" y una voz potente frente al proceso constitucional que le siguió. En un diálogo vivo y estimulante —con la periodista Paula Coddou—, Sergio Muñoz Riveros rememora su itinerario político e intelectual, confronta sus juicios del pasado y reafirma su libertad actual. Su mirada lleva consigo el amor y la admiración por Chile, a la vez que señala los logros alcanzados, los desafíos pendientes, los errores y ciertamente también las esperanzas del futuro. Un hombre que tiene el derecho a cambiar de opinión pero sobre todo, puede opinar con todo derecho.
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Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© 2024, Sergio Muñoz Riveros y Paula Coddou Balmaceda
© De esta edición:
2024, Empresa El Mercurio S.A.P.
Avda. Santa María 5542, Vitacura,
Santiago de Chile.
ISBN: 978-956-6260-20-2
ISBN digital: 978-956-6260-21-9
Inscripción Nº: 2024-A-10859
Impreso en Chile/Printed in Chile
Primera edición: noviembre 2024
Edición general: Consuelo Montoya
Diseño y producción: Carolina Akel
Diseño de portada: Carolina Akel
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de Empresa El Mercurio S.A.P.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
ÍNDICE
Prólogo Contra las supersticiones
Capítulo 1 De repente, el fuego
Capítulo 2 La ilusión revolucionaria
Capítulo 3 Mirar con otros ojos
Capítulo 4 La batalla por la democracia
Capítulo 5 Los treinta años
Capítulo 6 Reparar la brújula
Epílogo de Sergio Muñoz Riveros
PRÓLOGO
CONTRA LAS SUPERSTICIONES
Habían pasado solo unas semanas desde el estallido del 18 de octubre de 2019 cuando me pidieron entrevistar a Sergio Muñoz Riveros. Entonces era un hombre en sus setenta y tantos, de contextura delgada, caminar ágil, expresión algo atribulada y aspecto retraído, profesor de Literatura por oficio y prolífico columnista político por vocación. Había sido editor de la página editorial del diario La Nación entre 1993 y 2004 y Premio Alejandro Silva de la Fuente, otorgado por la Academia Chilena de la Lengua, pero aun así –para fortuna suya– su nombre ocupaba un lugar más bien secundario entre los muchos articulistas y opinólogos que en los medios buscaban tomarle el pulso a la esquiva contingencia chilena.
Todo esto cambió para Muñoz Riveros la noche que transcurrió en su casa del barrio Estación Central, el 18 de octubre de 2019. Primero escribió una Carta al Director del diario El Mercurio con un sello de alarma, “Cuando se juega con fuego”, publicada dos días después de esa noche de incendio en las ciudades. En ella, el firmante no se hacía cargo de las demandas voceadas en las calles, ni del malestar por los abusos y la desigualdad, sino de la seguridad de las personas y de la violencia que parecía envolverlo todo en un caótico manto de incertidumbre. Poco después, el 26 de octubre, publicó una segunda carta: “Hubo un plan antidemocrático”, y un mes más tarde una columna en La Tercera: “El objetivo fue hundir a Chile”. Era una tesis jugada. Pero sobre todo, una reflexión desde el vientre del monstruo que parecía devorar treinta años de democracia.
Para los que no sabían mucho sobre el autor de estos textos, parecía una postura de derecha, o de una parte de la derecha más dura. Para quienes conocían a Sergio Muñoz Riveros, o lo tenían situado en algún punto del mapa político del progresismo chileno, resultaba sin duda una sorpresa. Comunista hasta 1987, luego del regreso de su exilio en Holanda, cercano a la Concertación en los años 90, laguista y luego bacheletista, Sergio Muñoz Riveros expresaba con claridad y dureza, lo que muchos pensaban pero no se atrevían a decir en público. Desde su perspectiva, las jornadas de octubre de 2019 y de los meses que siguieron constituían la degradación de la política. En sus palabras no había un ápice de duda, y refrendaría sus juicios, unas semanas después, sentado en uno de los comedores de El Mercurio donde quiso hacer frente a la entrevista para el cuerpo “Reportajes” del diario. Allí reiteró sus conceptos y agregó otros: “Primero se produjo la ofensiva violenta y destructiva, después vino el ropaje de masas, la concentración en Plaza Italia del 25 de octubre”, señaló en referencia a la multitudinaria marcha “del millón” ese día.
Al momento de entrevistarlo, se me hizo entonces claro que la trayectoria intelectual y política de Sergio Muñoz había llegado a un punto de inflexión. Cuando se construye un cuestionario para una entrevista, y se revisa la trayectoria del entrevistado, se buscan los datos duros, las fisuras, las historias que iluminen las decisiones del personaje. Iván Jaksic, Premio Nacional de Historia, decía en una entrevista que, para él la clave de la personalidad de Andrés Bello –sobre quien Jaksic ha escrito varios libros– era el destierro. Recordando su aserto, para mí fue bastante obvio que, en el caso de Sergio Muñoz, ese momento clave de definición había llegado con la experiencia de la tortura, su año y medio de prisión, el exilio, y una militancia activa en el Partido Comunista. Ella dictaba lo que solo su experiencia era capaz de ver. Aun así, en la ocasión mi entrevistado despachó rápido y sin detalles infernales su paso por Villa Grimaldi. “Me pasó lo mismo que a todos”, dijo. Su exilio daba para otra entrevista. Y el Partido Comunista, para un libro. Libros y más libros que ya había escrito, como Después de la quimera, publicado en 2008 en coautoría con Ernesto Ottone.
A lo largo de ese año 2019 Sergio Muñoz Riveros no solo se convirtió en un columnista y crítico imperdible del bautizado “estallido”, sino en una de las voces más originales del proceso constitucional que le siguió. Mientras, la centro izquierda intentaba entender, explicar, disculparse –a veces pidiendo indulgencia a los líderes de una crisis sin líderes–, él parecía no empatizar con las tesis sociales, ni siquiera con aquellas que venían desde la centro derecha. ¿Por qué? ¿Qué veía SMR que otros no? ¿Qué parte de su pasado iluminaba la visión de este presente caótico, violento, que algunos vivían con esperanza, otros con ansiedad, y una parte, derechamente, con terror? Nunca, en todo ese período, Muñoz Riveros dejó de insistir, una y otra vez, en sus tesis sobre el proyecto insurreccional que se había desatado. En los meses que Carlos Peña desmenuzó tempranamente el malestar, Lucy Oporto habló del lumpen-consumismo a partir de la crítica radical de Pasolini, y Kathya Araujo apuntó al miedo a los subordinados –que venía midiendo desde hacía años–; Muñoz Riveros forjó una voz original en medio de decenas de libros que recorrían el estallido o lo miraban de lejos, con calle o sin ella.
Hoy no resulta exagerado decir que el autor de dichos textos, es un hombre célebre por escondido que parezca detrás sus anteojos. Amante del tango, de Gershwin, del canto, de la poesía –es autor de tres poemarios y doctorando en Literatura por la Universidad de Ámsterdam–, su militancia temprana en el PC chileno lo llevó a ser miembro del comité ejecutivo de las Juventudes Comunistas al momento del Golpe, separando aguas de sus antiguos camaradas en 1987, tres años después de volver del exilio. Desde su aparición pública en 2019, no ha dejado de publicar libros, como La democracia necesita defensores (2020), Estado de alerta (2021), y La democracia bajo asedio (2023). En ellos, Muñoz ha insistido, sin complejos, en que el objetivo del estallido de 2019 fue el derrocamiento del gobierno establecido; algo que nadie se atrevía a decir en la derecha, lo declaraba una persona que venía de la izquierda.
Desde el piñerismo, por ejemplo, muchos dicen que aquello es una especulación a partir de una conjunción de factores, e incluso tildan de obsesivo a SMR por esto –como le oí decir a un ex miembro del gobierno de Sebastián Piñera– o que esa “fijación” del autor por Cuba y Venezuela refleja que “sigue siendo comunista” –como me comentó alguna vez un socialista–. Para SMR, sin embargo, el tema no resiste duda: lo de octubre 2019 fue delincuencial, no social. Pero para mí el dato fuerte, que quedaba sonando y dando vueltas –más con la dureza de su tesis frente al estallido– era su paso por Villa Grimaldi. Fue así como cuatro años después, en 2023, me convencí que Muñoz Riveros debía ser el entrevistado principal que resumiera en la revista Sábado parte del espíritu de los 50 años transcurridos desde el Golpe de 1973. La memoria y la reflexión, la experiencia personal y las lecciones políticas cruzaban líneas en su persona. “Siempre sentí que debía evitar la intoxicación del odio”, fue el título de la entrevista. Esa conversación no fue fácil. Primero costó que aceptara. En tiempos en que muchos –citando al escritor Gonzalo Contreras– “buscan acreditar daño”, Sergio Muñoz Riveros se negaba a recordar el suyo. No quería hablar desde ese lugar, el de la víctima sobreviviente, y descreía de la autoridad o superioridad moral que podía extraerse del dolor, pero además reconocía con franqueza que le hacía mal recordar. “¡Llevo un mes teniendo pesadillas!”, me dijo a fines de agosto, sentado en la pequeña biblioteca de su casa, con una foto de Albert Camus en una pared.
La entrevista tuvo un eco paradójico: algunos de la izquierda la ignoraron, y otros de la derecha –esa misma que Muñoz Riveros criticó con dureza por correr la vista ante las violaciones a los derechos humanos– la aplaudieron. “Para mí resultó desconcertante y me costó aún más entender su posición actual leyendo su pasado”, me dijo un periodista. ¿Tenía algo que ver ese pasado con su postura actual? ¿Era lo mismo hablar de delincuencia y planificación durante el estallido que ser de derecha? Por de pronto, Muñoz Riveros no reconocía pertenencia a ningún “sector”. Unos días después de publicada esa entrevista, me propuso hacer este libro. Una larga conversación, quizá una larga explicación, o sus ganas de dejar todo por escrito y su ansiedad por el futuro de Chile surgían como el motor del proyecto. También –le dije–, era importante hacerse cargo de ese desconcierto: ¿por qué un ex torturado se alineaba con los que antes omitían las violaciones a los derechos humanos que él había padecido? ¿Buscaba pacificar los recuerdos? ¿Matar los rencores? Esta podía ser sin duda una lectura gruesa sobre SMR, pero también una inquietud válida. Al menos, para empezar a cuestionar al personaje.
Pero hablar de conversación sería pretencioso. Más bien lo interrogué sobre su vida y le hice preguntas para hacer “avanzar la acción” –como se dice en el cine–, buscando explicar su cambio. Entre un café y otro, durante meses, con cuestionarios que iban y venían, fuimos armando un relato en conjunto, a través de preguntas y respuestas en cada capítulo, donde había que aplacar al “predicador” –como él se define a veces– para perfilar al hombre. También hubo que contener al periodista que insistía en describir los hechos, y al profesor que buscaba educar y sacar lecciones, cuidando por otra parte lo más valioso de su experiencia y de los hechos vividos desde muy cerca en estos 50 años transcurridos. La UP, el Golpe, el exilio, el debate en el exterior de una parte del PC, los viajes detrás de la cortina de hierro, el resquebrajamiento de las creencias y luego el regreso a Chile y la renuncia a la militancia y al partido. Renuncia que no fue sin dolor, es claro, porque ese viejo partido comunista chileno, de clase obrera urbana y clase media ilustrada, de discurso revolucionario y prácticas reformistas de los años 70, era su mundo más que cualquier otro. Muñoz Riveros lo sabe y todavía habla de “compañeros” por sus antiguos camaradas. A veces respondía con cansancio a las preguntas sobre esa etapa de su vida pero ¿cómo explicar a SMR sin su paso por el PC? ¿Cómo se entiende su dureza hacia el estallido, con las “causas sociales” del proceso, su molestia con los análisis blandos de esos días y meses? ¿Por qué SMR atribuía ingenuidad a lo que otros sentían como culpa?
En suma, ¿qué fue lo que vio SMR el 18 de octubre de 2019 que otros no quisieron ver?
“Éramos militantes jacobinos como tenía que ser”, escribió en un poema. Hoy es difícil imaginarlo como un fanático, pero casi con seguridad en algún momento lo fue. ¿Qué habría sido de SMR si el Golpe no hubiese interrumpido su trayectoria en el PC? ¿Habría seguido siendo comunista si se hubiera quedado en Chile? ¿Cuándo realmente dejó de serlo? ¿Cuándo se desencantó de la Nueva Mayoría, o nunca fue parte de ella?
¿Vale la pena hablar tanto de eso?, me preguntó un día. Y claro que lo vale, lo vale para entender la historia que lo constituye, pero también porque estos son tiempos de nuevos jacobinos.
Sus libros hablan precisamente de eso, y hoy pueden leerse como un “decálogo del buen demócrata”. El valor y la intención estarían entonces en contar cómo él mismo llegó a serlo, su búsqueda y resultado.
Durante el proceso de escritura de este libro, muchas veces le pregunté a Sergio Muñoz Riveros si no le daba miedo quedar etiquetado como un “converso”, un renegado, categoría que la izquierda desprecia o al menos ironiza. “Es que no estoy ‘acá’, no soy ‘del sector’, como dicen los derechistas. No estoy en la derecha”, señaló en la entrevista realizada en 2023, admitiendo que, por otra parte, ha disfrutado el hecho de tomar conocimiento y contacto con un mundo que por tantos años no solo debió resultarle ajeno, sino también hostil. Incluido el de las Fuerzas Armadas, a quienes se refirió en un poema titulado “Pesadilla”, de 1986, y que en un solo verso dice: “Pasan tropas”. Casi 40 años después, en 2023, presentó un libro escrito por un general en retiro, quien parecía tan interesado como él en desentrañar la influencia cubana en el fracaso de la Unidad Popular. También ha estado obsesionado con Maduro, y en particular respecto a la influencia de Venezuela en el estallido.
Desde 1990 en adelante, puede decirse que Sergio Muñoz Riveros adoptó la democracia y la economía social de mercado como una convicción bifronte, creyendo en ambas por igual. En un carril paralelo a su dura crítica a la derecha por su omisión histórica en los temas de derechos humanos, transita su autocomplacencia con el modelo implementado desde 1990, y que, a finales de esa década, comenzara a resquebrajarse y a dividir a la ex Concertación de la cual fue un firme defensor. En sus libros de 2012 y 2013, ya insinúa su preocupación por la auto-flagelante crítica concertacionista, por las marchas estudiantiles que entiende, pero de cuyo adanismo sospecha y, en última instancia, no acepta como claudicación ante los jóvenes. ¿Dónde quedó la rebeldía de Sergio Muñoz Riveros una vez que el Golpe, la prisión y el exilio destruyeron el mundo que él y su generación habitaron? ¿Qué quedó en él de esa trayectoria de vida, de esa resiliencia que supo hacer de la derrota una esperanza y de la lenta agonía de la Concertación una reflexión sobre la política y la democracia? “Me declaro tierrafirmista, como aconsejaba Nicanor Parra”, confesó en su prólogo al libro Estado de alerta. Y hay que creerle. Acá, en este nuevo libro, se detiene la promesa de Sergio Muñoz Riveros y comienza la tierra firme desde donde mirarla sin espanto.
Paula Coddou B.
DECLARACIÓN
“Después de los treinta,y antes de que sea demasiado tarde,se requieredejar de ladotoda clase de supersticiones,tirar los artículos de feal baúl de los trastos en desuso,depositar una gota ácidajusto en medio del seso,mirar la otra carade la medalla,revisar las tesis,medir el optimismocon una vara razonable,asegurarse cotidianamentede pisar tierra firme,pero, además,soñar,de todas maneras, seguir soñando”.
SMRDe Poemas de día claroRotterdam, 1983.
CAPÍTULO 1
DE REPENTE, EL FUEGO
Hay que comenzar por el final. O casi el final. Cinco años atrás, al inicio del estallido de 2019 que se convirtió en uno de los grandes objetos de análisis y reflexión de Sergio Muñoz Riveros. Retroceder a ese día. A esa tarde en la que, como la mayoría de los santiaguinos, sintió algo pesado en el aire. Para él, opresivo, como cuando se intuye una tragedia.
Había ido con su señora, María Victoria Carvajal, a visitar a su mamá a la Villa Portales, muy cerca de la Universidad de Santiago. Ella le comentó que había escuchado que se preparaba un caceroleo para esa noche, en protesta por el alza del pasaje en Metro. Y así fue. Al anochecer, se empezó a escuchar el ruido característico de ollas y cacerolas que identificaba bien desde los años de las protestas contra Pinochet. Decidió volver caminando a su casa, a unas cuadras de ahí. Mientras cruzaba la Villa Portales hacia el poniente, aumentaba el ruido. Vio, recuerda, a un hombre mayor golpeando un poste de la luz con una piedra, como desahogándose de algo. Al llegar a la Alameda con General Amengual no pudieron cruzar hacia el sur. Era imposible. Se había formado un taco gigantesco, una tempestad de bocinazos de los automovilistas desesperados por llegar a sus casas. Se escuchaban explosiones lejanas. Las radios ya transmitían las noticias de los ataques incendiarios a edificios públicos y los saqueos de supermercados.
Cuando llegó a su casa, Sergio Muñoz Riveros corrió a prender la televisión. Ya se había desencadenado la violencia en Santiago y otras ciudades. Llamó a sus familiares para saber que estaban bien, y se sentó a escribir.
* * *
En la entrevista que te hice el 1 de diciembre de ese año, comencé con eso: “La misma noche del 18 de octubre, mientras la televisión transmitía los atentados al Metro, Muñoz se sentó a escribir. El resultado fue el ensayo La democracia necesita defensores. ¿En qué momento toma cuerpo lo que después sería tu tesis sobre el estallido?
Lo único claro para mí en esas horas era que nada de lo que estaba ocurriendo podía ser espontáneo. Tenía que haber fuerzas muy poderosas detrás, con una enorme capacidad financiera puesta al servicio del vandalismo. Para calmar los nervios y tratar de aclarar las ideas, me puse a escribir. De allí surgió la carta que El Mercurio publicó el 21 de octubre con el título “Cuando se juega con fuego”. Fue la base del ensayo que mencionaste.
En aquella carta decías: “No puede haber condescendencia con quienes han elegido el vandalismo y el fomento del caos como método de acción política”. Y apuntabas: “Se trata de un ataque directo a las bases de nuestra convivencia, frente al cual ha sido obscenamente visible la simpatía de los sectores del abigarrado mundo de la izquierda, presentes hoy en el Parlamento, a quienes no les importa que cunda el desorden y la inestabilidad con tal de golpear al gobierno”. ¿A qué sectores te referías concretamente?
En primer lugar, al PC. Creo que sus dirigentes, que un año y medio antes formaban parte del segundo gobierno de Bachelet, se entusiasmaron con la posibilidad de alentar “todas las formas de lucha” contra el gobierno de Piñera, con el fin de demostrar que la derecha no podía ni debía gobernar. Apostaron por una ruptura institucional que, extrañamente, suponían que les podía favorecer, cuando en realidad nunca se sabe qué viene después de que se hunde la legalidad. Tengo la impresión de que, en su seno, gravitó fuertemente la subcultura de “la rebelión popular”, la línea promovida contra el régimen de Pinochet en los años 80, cuando el brazo armado del PC, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, intentó crear condiciones para una solución “a la nicaragüense”.
El 28 de octubre de 2019, Pablo Monge Reyes, miembro del comité central del PC, escribió en El Siglo (la publicación oficial del partido): “En cada jornada, la protesta ha corrido como reguero de pólvora por todas las calles del valle urbano del Mapocho. Santiago comienza a respirar desde su rabia y sus sueños, desde sus decepciones y sus esperanzas, desde sus logros y frustraciones. Se levanta el pueblo, se alza el poder popular, el pánico invade al poder y comienza el enfrentamiento (…). Si esto no es una insurrección, ¿qué es? El pueblo clama justicia y quiere con claridad un nuevo Chile. Es hora de definiciones, y definiciones revolucionarias. Construir poder popular, poder en la base, el debate, el cabildeo y la movilización permanente, el juicio a la derecha y su salida del poder y, como corolario y demanda estructural, el fin del modelo neoliberal, fases de insurrección popular que se van instalando lenta pero inevitablemente…”.
El PC por sí solo no provocó la revuelta, por supuesto. No tenía fuerzas para tanto. Lo que hicieron sus dirigentes fue cabalgar sobre la violencia y tratar de capitalizarla políticamente. Creo que tuvieron información previa respecto de lo que venía. Al día siguiente de estallar los desmanes, el 19 de octubre, el entonces diputado Guillermo Teillier, jefe del PC, pidió la renuncia de Piñera: era como si estuviera cumpliendo la parte del libreto que le correspondía.
¿Y cuáles eran tus sentimientos, más que el análisis racional?
No pude evitar que mi mente volara hacia el 11 de septiembre de 1973. Sentí una gran desazón ante lo que pudiera venir. En la noche del 18 de octubre, y luego de enterarme de la envergadura de la violencia en Santiago y otras ciudades, mi primera deducción fue que todo eso no podía ser una expresión propiamente social o popular, aunque decir esto probablemente irrite a quienes han exaltado la imagen de “la bella revuelta”. Me refiero a lo que podría llamarse la visión “ñuñoína” del 18/O, característica de los universitarios que vivieron el éxtasis de hacer la revolución en ciertos días y en ciertos horarios, seguros de que, después de la emoción en las calles, podían volver a sus casas a tomar una ducha caliente.
¿Se puede hablar de un estallido “delincuencial” cuando por varios meses el movimiento contó con un mayoritario apoyo de la población?
La fuerza motriz del vandalismo fueron los elementos del lumpen, financiados por las bandas del narcotráfico, a las que les interesaba, sobre todo, ganar nuevos territorios para sus operaciones, para lo cual necesitaban descomponer y, en lo posible, llevar a la crisis a las fuerzas policiales. También participaron muy activamente las tribus anarquistas, los restos del rodriguismo y del lautarismo. Creo que los expertos en atentados incendiarios de la Coordinadora Arauco Malleco, que respondían a las órdenes de Héctor Llaitul, se trasladaron a la Región Metropolitana en octubre y noviembre de 2019. Y estuvo, por supuesto, la mano negra bolivariana.
¿En qué medida, mirado desde hoy, crees que el PC y parte del Frente Amplio se “subieron” a algo que no controlaban?
Respecto de la participación en los desmanes, hay que separar al PC del Frente Amplio. Se trata de historias distintas, y hasta de barrios distintos. El PC es un partido viejo, conectado con los sectores populares, con amplia experiencia en la confrontación callejera con las fuerzas policiales y, además, marcado por la lógica aplicada en los años de la dictadura sobre el uso de “medios no convencionales” de lucha. El Frente Amplio viene de las asambleas y los desfiles universitarios en democracia. Lo más audaz que hicieron sus dirigentes durante la revuelta fue concentrarse en Alameda con Ahumada y golpear palmas contra la desigualdad. Otra “acción de combate” fue protagonizada por el entonces diputado Boric, cuando le habló golpeado a un soldado que no podía responderle, delante de las cámaras de televisión. A diferencia del PC, con influencia antigua en las barriadas pobres, los jóvenes del FA provenían en general de Ñuñoa, Providencia y Las Condes, y se desplazaban cotidianamente a plaza Baquedano para sentir la adrenalina de la emoción revolucionaria. Parecían ansiosos por vivir tiempos heroicos.
Es posible que los dirigentes del Frente Amplio ni siquiera supieran cómo se prepara una bomba molotov. Ellos fueron más bien combatientes para la foto, el video, las frases de impacto. Cultivaron una especie de glamour revolucionario, sin correr mayores riesgos. Tuvieron la suerte de nacer a la vida política en condiciones democráticas, pero despreciaron el valor que eso tenía. En cualquier caso, tanto los viejos como los nuevos izquierdistas sacaron partido del caos y la devastación. Se convirtieron en administradores del miedo en el Congreso y en los medios de comunicación. Tuvieron éxito, sin duda, y no les importó mucho la erosión de la convivencia democrática.
¿Te sorprendió la violencia del 2019?
Creo que lo ocurrido no cabía en la imaginación de nadie. La furia destructiva estaba completamente fuera de la tradición de movilizaciones del país. Ni en los años de Pinochet –en los que hubo duras jornadas de protesta, con barricadas, apagones y choque entre manifestantes y fuerzas policiales–, vimos algo siquiera parecido. En aquel período, nunca fue atacado el Metro, por ejemplo, y a los grupos de izquierda no se les pasaba por la mente quemar iglesias, destruir bienes públicos y privados, o buscar el caos a cualquier precio.
Penosamente, se produjo una fuerte corriente de indulgencia hacia los desmanes, que se intentaba explicar como expresión legítima del pueblo. Esa fue la mentalidad “biempensante” que predominó en aquellos días entre muchos políticos, académicos, comentaristas de televisión y, muy destacadamente, el gremio de actores, todos súbitamente dispuestos a apoyar (desde sus casas) a quienes devastaron el centro de Santiago o la avenida Pedro Montt en Valparaíso. En el caso de la capital, fue exasperante que algunas personas que vivían en Las Condes, Vitacura o Lo Barnechea, donde no se rompió ni un vidrio, se mostraran “solidarias” con quienes arrasaban Puente Alto, Maipú, Estación Central, Quinta Normal, Pudahuel, etc. Parecía ser una expresión tortuosa de “sensibilidad social”. O de “culpa católica”.
Expresión tortuosa que tú no compartías desde Estación Central. ¿Tu historia, explica entonces, que no aceptes elementos de una crisis social en tu análisis?
Yo vi las consecuencias del desafuero, vi los daños en mi propia comuna, vi la gente desesperada que se quedó sin medios de transporte y a los comerciantes de las cercanías que sufrieron asaltos. Muchos delincuentes sintieron que era “su momento”. Allí no había nada de la poesía que otras personas parecían ver desde la zona oriente de Santiago. La barbarie dañó principalmente a la gente de trabajo, a las familias modestas, a los barrios que se quedaron sin protección policial, entregados a la buena de Dios.
En una columna que escribiste en 1994 en La Nación se puede presagiar lo que, para algunos, fue la justificación del estallido: “Supongamos que los negocios empiezan a ir cada vez mejor, que Chile entero pasa a ser una gran empresa import/export (…) ¿Significa acaso que nuestra sociedad será mejor como expresión de valores de convivencia? ¿O que superaremos los problemas más álgidos de la desigualdad de oportunidades? Hay quienes creen que sí, y que el asunto consiste en dejar que el mercado despliegue todas sus potencialidades, que lo demás vendrá por añadidura (o sea el chorreo)”. ¿No crees que este argumento –y culpar a los “30 años”– explique también el fenómeno de 2019?
En octubre de 2019 no había razones, específicamente económicas o sociales, que explicaran una barbarie metódica como la que vimos. El país había progresado sólidamente en las décadas anteriores. La pregunta inmediata es ¿por qué se produjo en esa fecha, y no antes, cuando gobernaba Michelle Bachelet por segunda vez, y la actividad económica cayó en el letargo? La primera percepción, entonces, fue que se trataba de algo artificial, que respondía a otra lógica, que no guardaba relación con los problemas sociales. No olvidemos que primero estalló la violencia, y que después vino la interpretación oportunista de numerosos parlamentarios, de que lo que ocurría en las calles era un reclamo largamente contenido contra la desigualdad.
Y ese oportunismo, ¿a qué crees que se debía?
A las miserias que asoman en los tiempos de crisis, al miedo disfrazado de espíritu justiciero, al individualismo extremo de querer salvar los cargos públicos, aunque el país se hunda. Ceguera, por supuesto. El ex ministro Gonzalo Blumel describió en su libro La vuelta larga cómo los parlamentarios del PC y el FA, más sus asesores legislativos, insultaban a los ministros y representantes del gobierno que acudían al Congreso a defender ciertos proyectos de mejoras sociales.
Hay que reconocer que los cabecillas fueron hábiles en la utilización de la excusa de la igualdad, pues les permitió empujar a la calle a muchos jóvenes desorientados, que sintieron que era el momento de protestar por lo que les molestaba o les inquietaba, como si creyeran que la violencia podía ayudar a reducir la desigualdad. Pensaron que eran protagonistas de una batalla por la justicia y la dignidad en el mismo momento en que se cometían los peores abusos.
Tu tesis más disruptiva hacía pensar que Muñoz Riveros sabía algo que otros no?
No mucho más, en realidad. Después, me fui enterando de más cosas, conversé con personas que me aportaron datos y elementos de juicio, pero en los oscuros días de octubre y noviembre, solo intentaba juntar los fragmentos de información, extraer algunas conclusiones básicas y, sobre todo, resistir la lectura “social”. Esta me pareció siempre artificial y sospechosa, y encandiló a mucha gente, incluidos algunos parlamentarios de derecha y a ministros del Presidente Piñera. Mi esfuerzo de interpretación del estallido, condensado en el ensayo La democracia necesita defensores, fue claramente minoritaria, y por lo mismo aprecio inmensamente que los ex ministros Harald Beyer e Isidro Solís, hayan presentado el libro en un acto realizado en el antiguo Senado, en enero de 2020.
Hoy, a cinco años, todavía tu postura sobre las causas parece muy minoritaria. En diversos foros, cuando se habla de la intervención extranjera o del ataque coordinado, sigue predominando el escepticismo y la indiferencia.
Estoy consciente de eso. Incluso, algunos dicen que hablar de intervención extranjera es una forma de adherir a la teoría de la conspiración. Por supuesto que hay que evitar las simplificaciones y el reduccionismo, pero las conspiraciones existen. Hubo oscuros intereses políticos detrás de lo ocurrido.
Respecto de tu interpretación del estallido, me parecía que era como si a un viejo zorro le quisieran contar un cuento que ya conoce: el uso de la desigualdad como motor de la acción revolucionaria. ¿Por qué fue tan severo tu análisis?
Hubo otros viejos zorros en la coyuntura de 2019 que se sumaron al frenesí, figuras destacadas de la antigua centroizquierda, que aceptaron que era legítimo horadar la legalidad con tal de derrotar a la derecha. En el PS y el PPD, algunos dirigentes argumentaban que era completamente válido destituir a Piñera mediante una acusación constitucional. Estaban muy excitados con la posibilidad de volver al gobierno antes de 2022. Es cierto que la apelación a la desigualdad ha sido muchas veces usada para justificar las acciones antisociales y antidemocráticas. El discurso es bastante viejo: “se agotó la paciencia del pueblo”, “hay que terminar de una vez con las injusticias”, etc. El octubrismo levantó incluso la palabra “dignidad” para validar las tropelías. Lamentablemente, mucha gente aceptó que la causa de la dignidad podía validar las peores indignidades.
Pero, insisto, ¿por qué un hombre de tu tradición reaccionó como lo hizo frente al estallido?
Es posible que “mi tradición” me haya servido para visualizar los peligros que se ocultaban bajo la apariencia de un estallido de la cólera del pueblo. Fue, quizás, la consecuencia de haber roto con esa tradición. Desgraciadamente, sentí entonces, que muy pocas personas estaban dispuestas a contradecir públicamente el discurso de que la violencia se explicaba por los abusos acumulados. Las izquierdas buscaban demostrar que el país era más injusto que nunca por culpa de los 30 años. Lo que equivalía a rendir un homenaje a Pinochet.
Creo que los planificadores de la revuelta fueron astutos al arropar los desmanes con el despliegue de demandas múltiples, que podían ser razonables, como la incertidumbre de muchos jóvenes frente al futuro laboral, pese a tener un cartón universitario. Esos planificadores estaban conscientes de que la pura violencia no generaría una corriente de simpatía, y que se necesitaba un escudo de nobleza. Pienso que los coordinadores del 18 de octubre fueron los mismos de la manifestación del 25 de octubre en plaza Italia, la que emocionó a tanta gente por su masividad.
¿Esa masividad no revela lo que sentía la gente en octubre, y que se expresó tanto en la calle como en las encuestas?
La masividad de una manifestación no prueba necesariamente su razón. No podemos olvidar las grandes concentraciones totalitarias, o las expresiones multitudinarias de fanatismo a través la historia. Muchos demagogos han conseguido enfervorizar a las masas en ciertas coyunturas, y los resultados han sido desastrosos. La masividad impresiona y atemoriza, y eso fue exactamente lo que pasó en Chile. Pocos repararon en que los manifestantes pacíficos del día 25 nunca rechazaron la violencia de los días previos. Es más, parecían sentirse hermanados con los violentos, como parte de un mismo caudal justiciero.
En qué momento empezaste a sospechar que existió una participación extranjera, específicamente venezolana, en el estallido?
Tempranamente. En rigor, participación venezolana y cubana, que son indisociables. Durante los primeros días fue pura intuición, pero luego, fue reveladora la alegría desbordante de Nicolás Maduro por “la rebelión del pueblo chileno contra el neoliberalismo”, y los aplausos de los populistas de la región. Estoy completamente convencido de que existió participación venezolana. Y no se trata de que las dictaduras venezolana y cubana se hayan limitado a prestar apoyo a un movimiento interno en Chile, sino de que La Habana y Caracas tomaron la iniciativa y planificaron el ataque, fijaron el momento, en función de sus propios intereses. Sin ello, la revuelta no se habría producido con las características devastadoras que tuvo.
He acopiado información y conversado con mucha gente sobre la intervención extranjera. Tiene gran relevancia lo dicho por María Corina Machado, el 21 de octubre de 2019, en un video difundido por el canal VPI-tv
