Simplemente, Wolff - Quique Wolff - E-Book

Simplemente, Wolff E-Book

Quique Wolff

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"Simplemente, Wolff. Simplemente, Quique. Simplemente, un maestro. Simplemente, un orgullo. Y, sin embargo, ¡qué difícil definir a este gran hombre! Y, como pasa con su autor, este libro también es difícil de clasificar: puede leerse como autobiografía, pero también incluye un compendio de entrevistas memorables con grandes personalidades. Como Quique no puede asociarse a una sola profesión, Simplemente, Wolff no puede catalogarse dentro de un solo género. A lo largo de su exitosa carrera, Quique ha sido un verdadero ejemplo; lejos de quedarme con su gran talento profesional, destaco su innata e íntegra persona. Pero, tal vez, el mayor éxito de Wolff es su capacidad para evolucionar y abrazar nuevos desafíos. No conformarse con lo logrado e ir por más y, fundamentalmente, por algo nuevo" (Dr. Héctor Masoero, presidente y rector honorario de UADE y vicepresidente de la Academia Nacional de Educación).

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Quique Wolff

SIMPLEMENTE, WOLFFJUGAR, INFORMAR, ENSEÑAR

Wolff, Quique

Simplemente, Wolff : jugar, informar, enseñar / Quique Wolff. - 1a ed. revisada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Temas Grupo Editorial, 2024.

Libro digital, Amazon Kindle

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8387-85-7

1. Periodismo Deportivo. 2. Comunicación. 3. Deportes. I. Título.

CDD 796.334

© Wolff, Quique 2024

 

Libro de Edición Argentina realizado por TEMAS Grupo Editorial SRL

 

© TEMAS Grupo Editorial SRL, 2024.

Cerrito 136 Piso 3°A. Ciudad Autónoma de Buenos Aires C1010AAD. República Argentina Teléfonos: (5411) 4381.1182 o 4383.6336www.editorialtemas.com

Equipo a cargo de Jorge Scarfi, supervisión Betiana Cabutti, arte de tapa María Inés Nethol, diseño de interior Editorial Autores de Argentina.

Conversión a formato digital: Numerikes

Colaboración especial: Dr. Daniel Sinópoli

 

ISBN 978-987-8387-85-7

1ra. edición, diciembre de 2024

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723 Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de este libro en cualquier forma y medio sin previo permiso por escrito de los autores y/o titulares de Copyright.

Índice

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Más agradecimientos

Nota preliminar

Prólogo

Capítulo 1. El futbolista

River Plate, de galera y bastón

El Mundial de Alemania 1974: un sueño hecho realidad

Regreso a River

Mis días en la Unión Deportiva Las Palmas

Dos años inolvidables en el Real Madrid

Mis días en Argentinos Juniors

El país no ayudó

Mis pocos días en Tigre

Una nueva etapa

Capítulo 2. El periodista

Simplemente, treinta años

La

Caprichosa

Por qué

Simplemente Fútbol

Voces de las que pude disfrutar

Enrique Omar Sívori

Los días con Diego

Fernando Redondo: un lujo

El

Fenómeno Ronaldo

Otras frases que escuché decir y jamás olvidaré

Adolfo Pedernera

Javier Zanetti

Gabriel Omar Batistuta

En Barcelona encontramos una joya: Lionel Messi

Juan Román Riquelme

Mario Alberto Kempes

Daniel Passarella

Javier Mascherano

Luis Suárez

Pablo Aimar

Marcelo Gallardo

Carlos

El Pibe

Valderrama

Radamel Falcao García

Óscar Córdoba

Freddy Rincón

El

Mágico

González

Teófilo Cubillas

Claudio Pizarro

Rivaldo

Ronaldinho

Héctor Cúper

Óscar Tabárez

El Maestro

El

Vasco

Aguirre

El ingeniero Manuel Pellegrini

Francisco

Pacho

Maturana

Mario

Lobo

Zagallo

Tata

Martino

José Pékerman y Hugo Tocalli

Miguel Brindisi

Un goleador por el mundo: Hugo Sánchez

Vicente del Bosque

Iker Casillas

El

Flaco

Menotti

Y más del

Flaco

Menotti

El

Coco

Basile

Juan Sebastián Verón

Ramón Díaz

Más frases que jamás olvidaré

Zinedine Zidane

Los Milito

Martín Demichelis

Paolo Maldini

Alessandro Del Piero

David Trezeguet

El

Rey

Pelé

Johan Cruyff

Juan José Pizzuti y el

Chango

Cárdenas

Roberto Carlos

Jorge Valdano

El

Cholo

Simeone

Elías Figueroa

Marcelo Salas

Iván Zamorano

Claudio Paul Caniggia

Enzo Francescoli

El

Chino

Recoba

El

Loco

Abreu

Juan Pablo Sorín

El

Gringo

Scotta

Juan Carlos

El Toto

Lorenzo

Los Artistas

Joan Manuel Serrat

Alberto Cortez

Axel

Jairo

Sandra Mihanovich

Simplemente, en resumen

Capítulo 3. El Educador

Oportunidad de formar a los jóvenes para hacer mi mismo trabajo

Qué enseñar para que se trabaje bien

Motivar de corazón a los alumnos

UADE, la meca de mis sueños

Cómo se proyecta un estudiante o graduado al trabajo internacional

Simplemente, Wolff

Sobre este libro

Sobre Quique Wolff

Hitos

Tabla de contenidos

Gracias a ella por ser la responsable y la protagonista fundamental del programa.

Gracias a ella por el brillo de los ojos y la sonrisa de los chicos mirando el árbol de Navidad o los zapatos en Reyes.

Gracias a ella por el potrero, por la tierra, por las broncas de las madres al coser y lavar los pantalones nuevos, rotos en las rodillas.

Gracias a ella por la alegría de hacer un gol.

Gracias a ella por la felicidad de tenerla en las manos o la tristeza de no poder atajarla.

Gracias a ella por la felicidad de una volada para la foto.

Gracias a ella por: “el gordo al arco”.

Gracias a ella por: “el que la trajo juega”.

Gracias a ella por ser de trapo, de goma como la Pulpo, de plástico como la Plastibol, de cuero, de color marrón o blanca, pero siempre redonda.

Gracias por las frenadas increíbles de los autos para no pisarla.

Gracias porque para el lugar que va, la siguen todas las miradas.

Gracias por verla entrar al arco y hacernos gritar... o llorar.

Gracias por el “uuuuhhhh” cuando pasa cerca o el “chiflido” cuando se va lejos.

Gracias por querer tocarla cuando cae en la tribuna y no darte cuenta de que golpeaste a una señora.

Gracias por soñar con ella.

Gracias por eso y muchas cosas más....

MÁS AGRADECIMIENTOS

Gracias a Mara, mi gran compañera de esta hermosa vida.

Gracias a mis hijos, a sus familias y a mis nietos que hacen que cada día sea más feliz.

Gracias a Juan Cruz por editar y dirigir el programa.

Gracias a Pedro que se rompe la cabeza preparando todo, editando y produciendo, para después sentarse conmigo frente a las cámaras.

Gracias a Wendy por estar siempre dispuesta en cada programa para dar una mano en lo que sea.

Gracias a Caro y a Vale por su ayuda en las fiestas y por estar siempre presentes cuando las necesito.

Gracias a Luis Barros que fue el primer productor que se animó a acompañarme por todos lados.

Gracias a Ramón Bousada por su insistencia para crear el programa.

Gracias a mis amigos Daniel Wainstein y el Alemán Carlos Kinderknecht por mucho trabajo en tantos viajes inolvidables.

Gracias a todos los que aportaron algo al programa, elogios o críticas.

Gracias a los que trabajan y trabajaron para “Simplemente Fútbol”. Leo Espósito y dos amigos de toda la familia: Jorge Emery y Caly, que seguirán estando siempre.

Gracias a los que están detrás de las cámaras, a los del sonido, a los del control, a los de la escenografía, a los que nos maquillan, a los que sin pedirles nada, siempre están para ayudar.

Gracias a los jugadores de fútbol.

Gracias a los artistas de la música.

Gracias a los televidentes fieles y generosos.

Gracias a la vida, que me permite disfrutar cada programa.

Gracias a los que creyeron.

Gracias a todos los que nos premiaron, especialmente a APTRA por los Martín Fierro que nunca creímos llegar a alcanzar.

Gracias, siempre gracias.

 

Algún día pensé que escribir un libro sobre las actividades que hice en la vida podía ser interesante sólo para los que te quieren o te recuerdan. Pero después me di cuenta de que lo que me ha ocurrido puede pasarte a vos, a un pariente o a un amigo. Lo cual hace que sea probable que te entretengas y, ojalá, te sirva para elegir tu camino a seguir porque siempre se tratará de tu vida y no de la mía.

Q.W.

NOTA PRELIMINAR

Simplemente, Wolff. Simplemente, Quique. Simplemente, un maestro. Simplemente, un orgullo. Y, sin embargo, ¡qué difícil definir a este gran hombre! Y, como pasa con su autor, este libro también es difícil de clasificar: puede leerse como autobiografía, pero también incluye un compendio de entrevistas memorables con grandes personalidades. Como Quique no puede asociarse a una sola profesión, Simplemente, Wolff no puede catalogarse dentro de un solo género.

A lo largo de su exitosa carrera, Quique ha sido un verdadero ejemplo; lejos de quedarme con su gran talento profesional, destaco su innata e íntegra persona. Pero, tal vez, el mayor éxito de Wolff es su capacidad para evolucionar y abrazar nuevos desafíos. No conformarse con lo logrado e ir por más y, fundamentalmente, por algo nuevo.

De destacado futbolista local e internacional, además de soberbio representante de nuestra selección argentina de fútbol, hasta su incansable labor como relator, comentarista y también conductor en los más destacados medios nacionales y latinoamericanos. Uno consideraría que su próspera carrera ya era más que suficiente para las vitrinas de su vida. Lejos de detenerse, movilizado por un sano entusiasmo por seguir ampliando sus horizontes, volvió a salir de su “zona de confort” para animarse a incursionar en el universo académico. Así, dio su -hasta ahora- último gran salto profesional para transformarse en el creador y director de Periodismo Deportivo en UADE, y convertirse en el gran maestro de nuestros alumnos en esa disciplina. Un palmarés de títulos, dirían sus colegas, que no deja de escribirse.

La empatía que Quique transmite en cada una de las entrevistas que disfrutamos en su programa televisivo, es la misma que irradia en el intercambio con los alumnos de su carrera en UADE. La conexión con cada estudiante es inmediata y el diálogo puede abarcar desde el último partido de algún certamen internacional, hasta alguna anécdota deliciosa de sus inicios en la gloriosa Academia.

La generosidad de Quique y la pasión por compartir sus saberes y conocimientos con sus alumnos es uno de los rasgos que más me cautiva. Su claridad de conceptos en un mundo, que parece cada vez más confuso, es una bocanada de aire fresco y sus palabras en cada encuentro académico es una confirmación por su amor al deporte en todos sus aspectos y su respeto por la caprichosa. Valores que inculca a los más jóvenes, desarrollando así una camada de nuevos profesionales que, esperamos, continúen con el intachable legado de Quique no sólo en el deporte sino también en los medios de comunicación.

Quique, solo me resta decirte: Simplemente, ¡gracias! Por tu pasión por enseñar, pero también por tus ganas de aprender al lado de tus alumnos. Por tu humildad y al mismo tiempo por tu grandeza. Gracias por animarte a formar parte de nuestra Universidad y gracias, por sobre todas las cosas, por tu amistad.

 

Dr. HÉCTOR MASOERO Presidente y rector honorario de UADE. Vicepresidente de la Academia Nacional de Educación

PRÓLOGO

Desde chicos en la vida vivimos de sueños y fantasías con la ilusión de que algún día se nos conviertan en realidad.

Pensar que todos esos deseos tienen un denominador común que es jugar...

La maravilla de jugar a la pelota donde sea, en el potrero, la calle y el convertirnos en futbolistas y jugar en un estadio.

Cumplir etapas de inferiores, tercera y luego debutar en primera división. Luego, los sueños mayores de la selección nacional, el mundial y el plus de llegar a jugar en Europa.

Todo a su tiempo lo he logrado, pero la selección y Europa en la Unión Deportiva Las Palmas me regalaron el premio mayor que es encontrar a un amigo, ese hermano que nunca mis padres me otorgaron.

Me lleno de orgullo al decir Quique Wolff.

Hemos vivido tantos momentos juntos que serán imborrables. Desde las luchas por conseguir respeto por la organización y jerarquía de la selección nacional, hasta jugar en Europa convenciendo a todos de que podíamos ganar tanto de local como de visitante (misión difícil de la época).

Siguiendo cada triunfo de mi amigo hermano en su llegada al Madrid en donde logró ser campeón y, obviamente, líder en cada partido que jugaba.

Este gran hombre es también un triunfador de la vida en donde, con su estupenda compañera (nuestra amiga Mara), construyeron una familia maravillosa.

Periodista y conductor, ejemplo de respeto por el profesionalismo, y dotado de la grandeza de siempre hacer lucir a sus entrevistados.

Desde el más profundo cariño, admiración y respeto quiero decir que mi amigo hermano es simplemente, ¡Wolff!

 

MIGUEL BRINDISI Ex jugador de fútbol Capitán de la Selección Argentina. (Alemania,1974) Secretario técnico, Unión Deportiva Las Palmas. España

Soy un enamorado del fútbol, ¡vaya sorpresa, ¿no?! Pero me enamoré cuando aún no conocía ese sentimiento, cuando era chico y sólo quería jugar. Cumplir con mis obligaciones colegiales, pero jugar, en la calle de tierra, o de asfalto, en cualquier potrero, campeonatos del colegio, lo que fuera. Siempre tenía que haber una pelota, de goma, de plástico, de papel, de lo que fuera que nos permitiera correr con una libertad increíble que nos sacaba sonrisas o broncas, según el resultado.

Esa era mi actividad durante la mayoría de los días: levantarse, desayunar e ir al colegio caminando. A la vuelta, almorzar, siesta (obligada), jugar a la pelota, estudiar, cenar y a la cama.

Entre todos los amigos con los que iba a jugar aparecía, por sobre todos, mi hermano Alfredo, seis años mayor, que jugaba muy bien y era el espejo en donde quería mirarme. Además, jugaba con chicos más grandes que yo y eso me fue formando, con algunos dolores, pero para bien.

Nací en Victoria, provincia de Buenos Aires y, por lo tanto, iba a ver jugar a Tigre con mi papá y mi hermano. Mi viejo tenía un diario en la zona y eso nos permitía entrar a la cancha y sacarnos fotos con los jugadores que eran gigantes, como el arquero Rugilo.

En esa época Tigre jugaba en la segunda división. Así que, se podía ser de Tigre y de otro equipo de primera. Nosotros elegimos Racing. Los domingos mi papá nos llevaba a ver a la Academia y había que cruzar el mundo de Victoria para ir a Avellaneda. Llegábamos temprano, buscábamos un lugar en la popular y nos veíamos tercera, reserva y primera. En esa época, todos jugaban el mismo día.

El primer equipo que recuerdo fue el Racing del 58, yo sólo tenía 9 años. Así que, disfruté mucho más La Academia del 61: Negri, Anido y Mesías, Blanco, Peano y Sacchi, Corbatta, Pizzuti, Mansilla, Sosa y Belén. ¡Qué manera de jugar! Moría por la elegancia de Federico Sacchi y disfrutaba de la calidad del Marqués Rubén Sosa, también de las locuras de Corbatta, la habilidad de Belén y de la pegada de Juan José Pizzuti.

Lo increíble era que ese Pizzuti iba a ser muy importante en mi vida futura.

Fui creciendo, lo iba a ver a mi hermano a los partidos de Acasusso a los lugares más insólitos. También él estaba en una liga alemana, en donde podían jugar descendientes de alemanes y sólo dos extranjeros.

Alfredo hizo fuerza para que el técnico del equipo alemán El Bashka (ese era el nombre del club) me pusiera con ellos y él no quería porque yo tenía 15 años. El DT decía que era muy chico y me iban a lastimar. Hasta que un día me dejó jugar en un preliminar de pibes más jóvenes e hice varios goles. Eso lo convenció, así que tuve el lujo de jugar de 9 con mi hermano que jugaba de 10.

Alfredo me hizo otro regalo y con un amigo, el Pelado Simón, me consiguieron una prueba en Racing.

Era un desafío tremendo. Creo que no dormí el día anterior, pero fui igual. Me probaron en un partido contra la octava división del club y jugué de 9, que era el lugar que más me gustaba.

Terminó la práctica y se me acercó Cacho Giménez (recordado jugador de ese campeón del 58 con Racing y que jugaba de lateral derecho, bueno en esa época de “4”) y me dijo: “mire pibe, hoy tengo que presentar la lista en la AFA de esta octava división y usted juega muy bien. Pero esta división es muy buena, así que si tengo un lugar lo anoto y le aviso y sino, venga el año que viene”.

Golpe a la mandíbula. Luego esperé esa llamada y tuve la incógnita de no saber por qué me había dicho eso si no le gustaba. No nos conocíamos y no había ninguna razón para que me diga lo que me dijo.

Mi cabeza siguió pensando, sobre todo porque esa llamada no llegó. Entonces tuve que seguir con la rutina de todos los días: colegio, estudiar y jugar en donde pudiéramos.

Un día, conseguimos un partido con el seleccionado del colegio contra la octava de River. Una alegría, jugar en la cancha auxiliar al lado del Monumental, era soñado… Pero, lamentablemente, nos hicieron como ocho goles y nos bailaron un rato.

Terminó el partido y el entrenador general de las inferiores de River, José Curti, me llamó, me preguntó mi nombre y me dijo: “en febrero lo quiero aquí”. Me quedé mudo, agradecí y me fui a casa.

Los sentimientos son los sentimientos y, antes de aquel febrero, me fui otra vez desde San Isidro hasta Avellaneda sin avisarle a nadie y a formar la fila para que me volvieran a probar en mi querido Racing.

Recuerdo que era una fila larga, había una persona sentada a una mesa chica y cuando llegabas ahí te decía: “nombre, edad, de qué jugas y andá a cambiarte”… Así que, estaba en la fila esperando y pasó caminando Cacho Giménez, se paró, me miró y me dijo: “usted es Wolff, lo iba a llamar, vaya a cambiarse”.

Eso fue todo, ya era jugador del club y empezó mi camino en la séptima división. El sueño se hizo realidad y me puse la de Racing.

Salimos campeones con esa séptima división. Lo más trascendente fue que, como fuimos la única división campeona, nos hicieron entrar al estadio en un partido del primer equipo para que diéramos la vuelta olímpica y nos sacaran fotos para la revista Racing. De golpe, estaba adentro de ese estadio en donde íbamos tan temprano a ver la tercera, la reserva y la primera. Fue el sueño del pibe, no lo podía creer y todavía miro las fotos de esa revista Racing y no me parecen reales.

Eso fue en el año 1965. Al comenzar el ‘66 fui hasta Avellaneda para ver cuándo comenzábamos a entrenar la sexta división y me lo encontré a Cacho Giménez. Al verme, me preguntó si había jugado con mi hermano en algunos campeonatos de barrio y aun, pensando que me iba a retar, le dije que sí. Después, él dijo algo que me dejó helado: “me lo imaginaba, lo iba a llamar porque hay un campeonato de tercera división televisado y quiero que juegue”.

Creo que si era boxeo caía ahí de un golpe y me contaban hasta mil en la lona. Me sorprendí, quería disimular mi alegría y las ganas de salir a tomar el 223 a Retiro y el tren hasta San Isidro para contarles a todos.

Jugué el primer partido contra Independiente, en la cancha del Rojo, empatamos 1 a 1 y el gol lo hice yo. Después, jugamos otro partido contra River y el tercero contra Estudiantes de La Plata (en la vieja cancha de Platense en Manuela Pedraza y Cramer). Ahí ocurrió otro hecho, para mí inexplicable, pero muy importante. Terminó el partido, me estaba vistiendo en el vestuario y apareció un hombre de traje que me saludó y me dijo que cuando terminara de vestirme me esperaba afuera. Creí, con asombro, que me iban a hacer un reportaje en la tele. Pero no, fue algo mucho mejor. Era don Santiago Saccol, el presidente de Racing; me dio la mano y me dijo: “Ud. sabrá que la primera está haciendo la pretemporada en Córdoba y Pizzuti quiere que Ud. viaje mañana para incorporarse al plantel. Como es menor, tenemos que hablar con su padre para que le dé la autorización”.

Mi cara de asombro y mi boca cerrada que se abrió para decirle: “a mi papá se lo digo yo porque no le va a creer”.

Al otro día estaba viajando en avión con el tesorero Carballo y me encontré con mis ídolos: Perfumo, Basile, el Panadero Díaz, Rulli, Martín, Mori, el Chango Cárdenas, el Yaya Rodríguez, Martinoli, Luis Carrizo. En fin, todos los jugadores que iba a ver los domingos. Me recibió Pizzuti con el profesor Ojeda y empecé a trabajar.

Me acuerdo de que todos hablaban de lo mismo, que iban a ser campeones y que Pizzuti los incentivaba. Era una fiesta en donde yo trabajaba. Miraba y hacía lo que me pedían. También, escuchaba mucho.

Estuve menos de una semana y jugamos un partido en Cabrera. Era suplente, entré en lugar del Yaya Rodríguez y, la verdad, es que me fui contento porque me di cuenta de que había jugado bien.

Al día siguiente todos volvíamos de la pretemporada y, antes de salir, el maestro Pizzuti me llamó y me dijo: “Bueno pibe, a partir de ahora empieza a entrenar con la primera”. Lo miré y le dije algo inesperado para él: “No maestro, yo no puedo entrenar con la primera”. Me miró extrañado: “¿Cómo que no puede entrenar con la primera?”, me preguntó. Mi respuesta fue simple: “No maestro, ustedes se entrenan a la mañana y yo voy al colegio, estoy en quinto año. Imposible”. Pero la respuesta de Pizzuti fue muy buena: “Entonces venga a practicar a la tarde con la tercera y el año que viene vemos”.

En estos nuevos tiempos, cuando se los cuento a los chicos, todos me dicen que estaba loco, que ellos hubiesen dejado el colegio y se hubiesen ido a entrenar. Pero yo creía que tenía un compromiso con mis padres y conmigo mismo. No me fue mal porque en ese 1966, en donde terminé el colegio, conocí a Mara, nos pusimos de novios y armamos una familia que me llena de orgullo.

Por supuesto, jugando en tercera y reserva me perdí el título del equipo de José. Pero, tal como él me había dicho, al año siguiente ya estuve entrenando con ellos y fue mi debut oficial en primera.

Eso fue en el año 1967 que empezó muy bien para mí porque, además, fui citado por primera vez a una selección argentina.

Los juveniles de la AFA quedaron en manos de Cacho Giménez, con los profesores Habegger y Alfano. De ayudante de campo estaba Mario Imbelloni. A todos ya los había conocido en Racing. Tuvimos que jugar un campeonato sudamericano juvenil en Paraguay.

Mi primer padre en el fútbol, Cacho Giménez, me citó y formé parte del plantel. Perico Pérez y Jorge D’Alessandro eran los arqueros y el resto de los jugadores eran: García Cambón, Ricardi, Tocalini, Teijon, Gómez, Pasternak, Commisso, el Loco Cibeyra, el Gori Dominichi, José Martínez, el Tano García Ameijenda, Carlos Siciliano y el Beto Martínez.

Jugamos la final contra Paraguay y salimos campeones. Fue una final muy especial porque empatamos cero a cero, hubo alargue y también terminó cero a cero. En esa época el campeonato no se definía por penales, sino por la moneda. El árbitro hacía elegir el tradicional “cara o seca” y el que acertaba era el campeón.

Muy raro, pero bueno, era así. Nuestro capitán era El Gori Dominichi y habíamos planeado entre todos que él iba a estar en el sorteo. Acordamos que, en cuanto la moneda tocara el suelo, saldríamos corriendo y abrazándonos sin mirarla. Hubiera sido muy loco si no acertaba. Pero Dominichi acertó y salimos campeones sudamericanos.

En ese año, a mediados, había un campeonato más importante en Canadá, pero Cacho Giménez no me llevó. La verdad me dolió, me sorprendió. Era un preolímpico y me quedé mal. Cacho no me dijo nada. Pero mientras se jugó el preolímpico, yo debuté en primera. Ahí entendí que había sido un gesto muy grande de su parte.

El equipo de José salió campeón en 1966, tal como todos lo esperaban en aquella pretemporada. Al año siguiente, se pusieron como meta ganar la Libertadores y la Intercontinental, que en aquella época era salir campeones del mundo. El 16 de julio de 1967 Racing jugó con Boca en La Bombonera y el miércoles tenía que jugar un tercer partido con Universitario de Deportes en Chile. Por lo tanto, Pizzuti decidió cuidar a los titulares y puso suplentes. Entre ellos estaba yo.

Lo extraño para mí, que era delantero, fue que me llamó y me dijo: “Hoy jugas de cinco y lo marcas a Rojitas, por todos lados, lo seguís adonde sea, si pide agua a lo mejor te dan… y te va a ir bien”. Era mi debut, ni lo pensé, a la cancha. La Bombonera muy imponente y yo lo miré a Ángel Clemente Rojas, a quien admiraba muchísimo por sus gambetas y sus goles. Además, estaban Roma, El Beto Menéndez, Marzolini, El Cholo Simeone, Zarich… En fin, esos jugadores que salían en los diarios, en El Gráfico, etc. La gente, tanto la de Boca como la de Racing (aunque a alguno muy joven le parezca extraño), llenaba la bandeja de atrás de un arco. La cancha se llenaba de hinchas visitantes.

El equipo de Racing no me lo olvido. Spilinga en el arco, atrás el uruguayo Bouza, Gómez, Fito Vilanova y Peluffo, el Pelado Parenti conmigo en el medio, el brasileño Claudio un poquito más arriba y Cáceres, João Cardoso y Rambert en ataque. Enfrente teníamos a: Roma, Simeone, Magdalena, Alberto González y Marzolini, Madurga, Nicolau y Zarich y arriba El Beto Menéndez, Rojitas y Pianetti.

Empiezo por el final, empatamos cero a cero y todo el plantel profesional nos felicitó en el vestuario, lo cual fue imborrable para mi memoria. El partido también es inolvidable porque conocí gente increíble, que eran cracks no sólo porque jugaban muy bien. Como les dije, mi misión era Rojitas. La primera que recibió fue por donde están los palcos de Boca, yo le di un par de metros. Él se movió para un lado y yo fui para ahí, pero salió para el otro lado y yo me quedé saludando a la gente. Ya en la segunda que recibió le di una patada feísima porque no sabía pegar, lo mío era jugar. Ahí conocí a otra persona increíble que me marcó mucho, el árbitro, Roberto Goycoechea que se me acercó y me dijo: “Pibe, este es su primer partido, que no sea el último”.

Impresionante, lo miré y supe todo. De ahí en más lo marqué a Rojitas. No lo dejé recibir, lo anticipé. Ahí, como les decía, me di cuenta de que la gente es grande por donde se la mire. Cada vez que lo anticipé me dijo: “Bien pibe, bien, tranquilo, jugá” … Increíble pero real. Ahora no hay más de esos jugadores. Fue un día perfecto, los diarios me destacaron, El Gráfico nos llevó a la redacción, pareció un sueño.

Racing en 1967 fue campeón de América y del mundo. Yo jugué por el campeonato tres partidos más. Uno de ellos se los quiero comentar, no por el resultado (nos ganaron fácil) sino, por el rival y por lo que hicieron, los jugadores y la gente.

El partido fue con Independiente en la cancha del Rojo, donde iban hinchas de ambos equipos. Cuando entramos a la cancha, los jugadores de Independiente estaban haciendo un pasillo con laureles para que entráramos, y toda la cancha aplaudió al Racing campeón del mundo. No me digan que no se sorprenden. Pero antes era así, encima Independiente, que era el equipo al cual todos seguíamos porque era el que representaba al fútbol argentino jugando y ganando copas de América.

Bueno, voy a ir un poco más rápido. Ese fue mi comienzo. Estaba como suplente de lujo para Pizzuti y siempre me ponía. Un día de ocho, otro día de delantero, otro día de lateral, pero no jugaba de titular. Así que le hablé y le pedí al maestro que me pusiera de nueve en la reserva. Me dijo que estaba bien. Pero después de tres partidos así, llegó una mañana al entrenamiento me llevó al vestuario de ellos y me dijo: “Vos jugas bien de 9, pero yo necesito un 4 y vos la vas a romper ahí. Te vas a ir al ataque y sólo tenés que aprender algunos trucos del puesto”. No me dejó contestarle y agregó: “Lo probamos unos partidos en reserva y listo”.

Ese domingo jugamos contra River en el Monumental y, por problemas económicos, se fueron a casa el Coco Basile y Rulli. Así que, cuando me levanté y fui a desayunar en el hotel en donde concentrábamos, me lo encontré al maestro Pizzuti que me saludó y me dijo: “¿Cómo anda, Suñé?” (en ese momento era el 4 de Boca). Yo lo miro y me dice: “¿Qué… no se anima?” …”Sí”, le contesté y ahí empezó la historia de jugar de lateral, sin pruebas ni nada. Además, me tocó marcar a El Pinino Más. El otro domingo fue a Villagra en Los Andes y el tercer partido me tocó La Bruja Verón en La Plata. Fue un rápido aprendizaje, pero debe haber salido bien porque ahí me quedé.

Pizzuti se fue de Racing para hacerse cargo de la selección nacional en 1970 y a Racing llegó como técnico Juan Urriolabeitía, El Vasco, que a veces me ponía de lateral y otras de volante. Ya el equipo no era el mismo, Cejas se había ido al Santos de Brasil, Perfumo al Cruzeiro y el Coco Basile se fue a Huracán. Fueron pérdidas muy grandes, no solo en lo deportivo porque, precisamente, ellos tres y el Bocha Maschio siempre me aconsejaban y me hacían ver las cosas de una manera simple, en el fútbol y en la vida.

Ahí empecé a ser el capitán del equipo, cosa que de verdad me hizo muy feliz porque los sueños hasta ahí no llegaban. Otros sueños se hicieron realidad en 1971. El 7 de agosto nos casamos con Mara y ese fue el “contrato” más importante de mi vida. Formamos una gran familia y ella fue fundamental para todo lo que siguió en mi carrera, en las cosas buenas y en las malas. Ella siempre me ayudó a salir y, ahora, disfrutamos de todo lo que nos pasó.

En 1972 aparece otra vez el maestro Pizzuti en mi vida porque me convoca a la selección argentina para jugar la Copa Independencia en Brasil. Él fue, sin dudas, alguien muy importante en mi vida. Salimos cuartos y Pizzuti se fue de la selección. Pero apareció alguien a quien también le debo mucho de mi carrera, alguien que era un mito. Todos sabíamos la carrera que había hecho como jugador en River, en la selección argentina y, sobre todo, en Italia, tanto en la Juventus como en el Nápoli (también jugó para la selección de Italia). Nada más y nada menos que Enrique Omar Sívori.

Parecía increíble. Todos sabíamos que la había descosido en donde jugó. Había ganado tres campeonatos seguidos con River: 55, 56 y 57. Tres títulos de liga en la Juventus y dos Copas de Italia. También la Copa América en el 57 con la selección argentina, donde le habían dado el premio al mejor jugador. Un jugador que ganó un Balón de Oro en 1961. En fin, un genio del fútbol.

Como les dije, asumió como técnico de la selección argentina en 1972 de cara a las eliminatorias para el Mundial de Alemania y la primera convocatoria fue en la cancha de River.

Éramos unos 25 jugadores que lo mirábamos con una admiración increíble por lo que él era, un grande. Nos reunió en la cancha del Monumental, nos presentó al profesor Jorge Kistenmacher y después hablamos de lo importante que era clasificarnos para el Mundial de Alemania. Más teniendo en cuenta que al anterior mundial no había ido Argentina. Se acercó y nos dijo: “Vayan a calentar con el profesor y después hacemos un poco de fútbol”. Nos preparamos para eso y de pronto escuché: “Wolff, venga”. Juro que me quedé sorprendido de que él me llamara. Además, tenerlo ahí frente a frente era algo increíble para mí y mucho más por lo que iba a suceder después.

Nos dimos la mano y me dijo: “Usted va a ser el capitán de la selección, pero el capitán no es el que lleva la cinta de capitán, sino que es el ejemplo a seguir, el que llega primero, el que más trabaja y el que está preparado para defender a sus compañeros y enfrentar a los dirigentes”.

Me quedé mudo y sorprendido, pero al mismo tiempo feliz y orgulloso. Fue uno de los momentos más grandes en mi carrera en la selección argentina.

Con el gran Sívori logramos algunas hazañas que en esa época no se tenían tan en cuenta, pero le ganamos a Alemania en el estadio Olímpico. Después, ese fue el escenario de la gran final del Mundial 1974 entre los locales y la Holanda de Johan Cruyff.

Recuerdo que hacía como 20 años que la Alemania, de Franz Beckenbauer, que después sería la campeona del mundo, no perdía de local. Creo que nos subestimaron un poco y les ganamos 3 a 2.

Está claro que el objetivo era clasificar para ese mundial y lo conseguimos, con un gran plantel de jugadores y con el maestro Sívori que, lamentablemente para nosotros, se despidió de la selección por discusiones con los dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino.

Todos esos años seguí en Racing disfrutando de llevar encima los colores y también de otros sueños. Tenía la capitanía del equipo y además seguía yendo a la Facultad de Ciencias Económicas (UBA). Luego, por la corta mentalidad que tenían los dirigentes de Racing de esa época, me terminaron vendiendo a River Plate.

River Plate, de galera y bastón

Ese pase en ese momento fue el más caro del fútbol argentino. Los dirigentes de Racing dijeron que era porque yo me quería ir cuando, en realidad, ellos no querían pagarme lo que yo consideraba me había ganado. De alguna forma, se sacaron de encima (con bastante dinero por la venta) a alguien que se la pasaba yendo a la sede del club a pelear por premios impagos, por engaños a otros jugadores que no entendían de economía. En fin, no querían que me quedara en el club.

El momento de la primera sensación con la transferencia fue muy especial. Estábamos con la selección argentina, concentrados en el hotel del aeropuerto de Ezeiza e íbamos a entrenar a un lugar cercano. Acá hago un paréntesis, mi mujer, Mara, es hincha de River, como su padre, el querido e inolvidable Arturo, y ella trabajaba en el Banco de Galicia en el centro de la ciudad. En ese día, como todos los días, estaba trabajando en el banco. Es más, con su trabajo y su sueldo aguantábamos la deuda que teníamos con Racing y ella era la que me decía que me tenían que aumentar (lo que era cierto). Mientras tanto, ese sueldo lo hacíamos estirar todo lo que podíamos.

Ahora vuelvo al hotel de Ezeiza y la salida para entrenar con la selección. Me sorprendió Sívori, que me llamó y me dijo con cara muy seria: “Usted hoy no entrena, se queda en el hotel”. Lo miré extrañado y cuando iba a empezar a preguntarle qué había pasado, se me acercó y me dijo con una sonrisa: “Quédese, que vienen los dirigentes de River a hablar con usted”.

Abrí los ojos con sorpresa y entendí la sonrisa del maestro por lo que representaba River para él. Bueno, no sólo para él. Me quedé solo en el hotel, se me ocurrió llamar a Mara al banco para contarle lo que estaba pasando y nunca olvidaré lo que me dijo: “No le pidas mucho…”; su amor por River era muy grande.

Al rato, llegaron los dirigentes de River, Alfredo Davicce y Prevignano, y también el presidente de Racing, Neron Sordelli. Ellos ya se habían puesto de acuerdo en las cifras y sólo faltaba que hablara con los dirigentes de River. Para alegría de Mara, arreglamos el contrato. Me senté con el presidente de Racing para preguntarle por qué y la explicación no fue muy clara porque todo estaba basado en el dinero. Racing cobraba bien, se llevaban al Tola Scotta y no se peleaban más conmigo.

Fui a River acompañado de un dirigente de Racing, que más que eso era un amigo: Raúl Prieto, que me supervisaba todo y me ayudaba antes de la firma. En lo futbolístico todo era conocido porque el técnico era el Vasco Urriolabeitia, con quien había estado en Racing y lo acompañaba el mismo profe, Rubén Solé.

La revista Racing me despidió muy bien y sacó una síntesis de mi paso por el club: debut 16 de julio de 1967, 164 partidos oficiales, 114 como lateral derecho, 19 como volante derecho, 11 como volante izquierdo, 11 como volante central, ocho como puntero izquierdo y uno como marcador central. Además, hice 31 goles. Otro medio, “El Espectador”, sacó una nota donde contaba que River había sido el club de los récords en compras de jugadores porque sonaron los 33 millones de pesos que había pagado por Matosas. Bueno, esa cifra fue superada. Se pagaron 39 millones en efectivo y se sumaron los 15 millones en que estaba cotizado Néstor Scotta. Toda esa cifra resultó en 54 millones y se convirtió en el pase más caro, en ese momento, del fútbol argentino.

La etapa de River fue muy buena. Debuté oficialmente contra Boca Juniors en el gran clásico, en el Monumental, lleno de hinchas de los dos equipos (en esa época se podía controlar todo) y ganamos 2 a 1. En casi todos los diarios me pusieron como figura del partido y El Gráfico me hizo una nota en mi casa con Don Osvaldo Ardizzone. Cosa increíble en esos tiempos, que el gran Osvaldo Ardizzone viniera a mi casa era un premio, o al menos, así lo pensábamos los jugadores. Jugué un año y medio en River y salimos segundos. Tuve de DT al Vasco Urriolabeitia al comienzo. Después, al brasileño Delém, alguien inolvidable por su forma de ser y de ver el fútbol. En fin, un grande.

Yo seguía yendo a la facultad a estudiar Economía y en River dejaron afuera al presidente Julián William Kent. Con él, daba gusto hablar. Luego asumió Don Rafael Aragón Cabrera. Sucedió lo mismo que en Racing: quería resolver los temas económicos a su parecer y no entendía que yo sabía algo de eso. Discutíamos mucho en las renovaciones de contrato, hasta el punto de que no firmé la renovación y quedé libre al segundo año. Además, los premios por los partidos ganados no eran equitativos; a mí me pagaban sólo el quince por ciento, lo cual era duro porque ganábamos todos los partidos por igual, pero de esa manera me castigaban.

Frente a situaciones difíciles y preocupantes, siempre en mi vida, surgían otras circunstancias que me llenaban de alegría y me hacían más fuerte. Eso sucedió antes del Mundial, en abril. El 4 (como mi número en Racing) nació nuestra primera hija, Carolina. Si bien no tuve la suerte de compartir sus primeros meses porque nos fuimos al Mundial, regresé, estuve un mes en Argentina y luego me fui a Las Palmas durante otro mes. Así que, la volví a ver cuándo ya cumplió seis meses. Aunque estaba, como les dije, en muy buenas manos con Mara a su lado.

El Mundial de Alemania 1974: un sueño hecho realidad

La Asociación del Fútbol Argentino, después de que Sívori se fue, contrató a Vladislao Cap como técnico principal, a Víctor Rodríguez y a José Varacka como ayudantes. El profesor Kistenmacher seguía en su puesto y se sumó el profesor Alberto Álvarez. Además, estaba en el cuerpo técnico como el encargado de ir a ver los rivales futuros, el Nene Rial, aquel delantero del Real Madrid que jugó con Alfredo Di Stéfano.

Comenzó el sueño de mi vida, el que vino después del de niño de jugar en Racing. Este era el motivo grande para una selección que no había estado en el Mundial del 70 en México y que tenía asegurada la sede del 78. Por lo tanto, este Mundial de 1974 en Alemania era especial.

Comenzó la preparación. Por supuesto, el trabajo del técnico de ir jugando amistosos para elegir el plantel de jugadores y darle una identidad propia al equipo con el objetivo final en la mira. Uno de esos amistosos se hizo en Mendoza, jugamos con la selección frente a Sportivo Pedal. Lo recuerdo porque en un momento del partido se me escapaba el sueño del Mundial. En una pelota en mitad de cancha me tiré al piso para tocarla antes que el rival. Me quedó la pierna derecha muy atrás, estiré demasiado la izquierda y se me rompió el abductor.

Para que tengan una idea, tomen con las manos un trapo y rómpanlo de un tirón. Bueno, eso fue lo que sentí en mi pierna mientras mi cabeza me decía: “Te perdés el Mundial”. Me quería morir, me puse muy mal y sabía que no me iba a recuperar.

La buena voluntad del polaco Cap y de los demás miembros del cuerpo técnico me sirvió mucho. Los médicos sabían que era muy difícil, pero también me motivaron y me llevaron a la gira previa por distintos lugares de Europa.

En casi todos los partidos, jugaba el Hueso Glaría en mi lugar y yo entraba en el segundo tiempo, con mi cabeza más en la pierna que en el partido. Llegamos a Alemania, Cap dio la formación del equipo para el primer partido contra Polonia. Yo no estaba muy bien porque me tenía que dar unas inyecciones en la ingle para amortiguar el dolor que todavía sentía. Pero era el Mundial y no iba a dejar de jugarlo.

Perdimos con Polonia 3 a 2 en el primer partido, empatamos 1 a 1 en el segundo contra Italia y le ganamos a Haití 4 a 1 en el tercero. Siempre jugué con inyecciones que cada vez se hacían más difíciles de poner por el callo que se había formado.

En la segunda ronda nos tocó el partido contra “la Naranja Mecánica”, la Holanda de Johan Cruyff, y perdimos 4 a 0. Sin embargo, sólo pude jugar el primer tiempo porque me salió el derrame de sangre en la pierna lesionada y no podía ni caminar. No jugué el partido con Brasil en el que perdimos 2 a 1. Pero pude estar en el último partido contra Alemania Oriental que lo empatamos 1 a 1. Ese fue mi último partido con la selección. Orgulloso porque me retiré siendo capitán y jugando con los colores argentinos en un campeonato mundial.

Regreso a River

Me encontré con la noticia de que habían contratado a Enrique Omar Sívori como técnico, lo cual me produjo una gran alegría. Sin embargo, no habían cambiado los dirigentes. El presidente, Rafael Aragón Cabrera, seguía en su cargo. Discutimos bastante por la renovación del contrato, pero nunca llegamos a un acuerdo. Como siempre, resultó que, frente a la prensa, fui yo el que quería irme. Se vieron forzados a venderme. Fue una pena porque fue un lujo jugar en River en una gran época de mi carrera. Así que, a la vuelta del Mundial, hice las valijas y volé a España, sin saber que iba a un lugar donde, seguramente, jugaría en mi más alto nivel.

Mis días en la Unión Deportiva Las Palmas

En la selección compartía equipo con Daniel Carnevali y él me dijo algo del interés de la Unión Deportiva.

Me llamó el presidente de River Plate y me habló del interés del club. Me comentó que estaban en Argentina Don Jesús García Panasco, el gerente del club, y Antonio Betancort, aquel arquero maravilloso del Real Madrid experto en ver jugadores.

Le dije al presidente que los iba a escuchar y que después iba a tomar la decisión. No fue fácil, hacía poco tiempo que había nacido nuestra primera hija, Carolina.

Hubo varias idas y vueltas en cuanto a lo económico, pero finalmente decidí ir a la Unión Deportiva Las Palmas. Aunque les parezca mentira, una de las cosas que más me motivaron fue que me querían para jugar en la media cancha. Yo estaba aburrido de jugar de lateral derecho, quería mostrarme en otro puesto que me permitiera estar más en contacto con el balón, con el equipo y en una posición que conocía muy bien porque había sido una de las primeras de mi carrera.

Viajé solo, en casa se quedaron mi mujer Mara y mi hija Carolina que tenía apenas 4 meses. La idea era tratar de encontrar un lugar en donde vivir para que, cuando ellas viajaran, ya tuviéramos nuestra casa.

Por suerte encontré el lugar. Un departamento en Mesa y López 8 muy cómodo. También estuvimos rodeados de dos familias maravillosas como los Correas Suarez y los López Buenache, que ayudaron mucho a Mara y Carolina, nuestra niña. Muchas veces, íbamos a jugar a la península y estábamos cuatro días afuera cada dos semanas. Eso nos hizo muy bien y nos ayudó a adaptarnos.

Llegué a Las Palmas el 25 de agosto de 1974 y muy rápido me hicieron sentir como en casa. Pasé la revisión médica, firmamos el contrato con el club, con la presencia de Don Jesús García Panasco y del presidente, Don Atilio Ley. Luego, conocí al míster, el francés Pierre Sinibaldi y al resto de la plantilla. Aunque a algunos los conocía por haberlos enfrentado con la selección argentina contra España, como el caso de Tonono y de Germán, el Maestro.

Muy pronto empecé a entrenar y a jugar. Debuté contra el Gornik de Polonia que fue el primer partido del torneo triangular “25 Aniversario” y, la verdad, me sentí como si hubiera jugado siempre en la Unión Deportiva. Ganamos 4 a 3 y marqué un gol. Eso hizo que ese primer partido fuera una “bienvenida” muy especial.

En octubre viajé a Buenos Aires a buscar a mi familia y llegamos el 14 de ese mes para instalarnos en el lugar que ya les conté.

Ya tenía auto, me había comprado un Morris Marina que lo hice pintar de negro con una franja adelante en el capot con los colores argentinos. Eso hacía que la gente lo reconociera y me lo cuidara mucho, con una calidez maravillosa que siempre me manifiestan cada vez que vuelvo a España.

Esa primera temporada no fue lo que esperaba. Perdimos muchos puntos de visitante y nos mantuvo el hecho que era muy difícil que perdiéramos en el estadio Insular. Allí nos encontrábamos muy cómodos, arropados por una afición muy especial que hacía que el equipo creciera.

Recuerdo las formaciones: Carnevali en la portería, Martín, Tonono, Castellano y Hernández, conmigo en el medio Trona y Germán y adelante Fernández, Páez y Miguel Ángel. También participaron Noly, Félix, Pepe Juan, José Luis, Pedro Verde y Felipe, entre otros. A pesar de lo que dije en cuanto a rendimiento terminamos de una manera especial, a seis puntos del segundo clasificado. Eso demostró que fue una temporada con muchas sorpresas.

Digo que terminamos de una manera especial porque sucedió algo trágico con un final feliz. Faltaban tres partidos para terminar la temporada y tuve un esguince de tobillo. El Dr. Tomé me dijo que se había acabado la temporada porque era muy difícil que me llegara a recuperar.

Estaba mal. Me fui con Mara y Carolina a Maspalomas, en donde todos los días iba al mar a caminar con el agua arriba de los tobillos para ver si bajaba la hinchazón. Aunque ya estaba resignado pensando que la temporada se había acabado.

¿Qué pasó? Que se llegó al último partido contra el Celta de Vigo en el Insular y el que perdía descendía a segunda división. Así que nos subimos al auto, volvimos a casa y me fui al Insular.

Llegué, me lo encontré al míster que me preguntó qué hacía por ahí y se sorprendió porque le dije: “míster, yo juego”. Me miró, lo llamó al doctor y repetí lo dicho: “Doctor, yo juego, póngame una inyección, lo que sea, pero yo juego”. Y así fue.

Recuerdo esa tarde de una manera especial. El estadio Insular lleno, la “tribuna en la calle encima de una de las cabeceras” y la curva del Insular. Había una expectativa muy grande para que nos fuera bien y quedáramos en primera.

Tal cual les dije, el doctor me puso una inyección, un buen vendaje en el tobillo y a la cancha en un partido que fue inolvidable. Ganamos 3 a 1 e hice uno de los goles más bonitos de mi carrera, con un pase milimétrico y genial del Maestro Germán. En carrera, dejé a dos en el camino, me salió el portero, lo dejé sentado en el suelo con una gambeta y definí con la portería vacía.

El dolor en ese momento no estaba. Nada me importaba más que haber podido ser uno más de los que les dábamos la alegría a la gente y nos quedábamos en el lugar que la Unión Deportiva merecía: la primera división.

El final de la temporada fue todavía más lindo que el comienzo. Mi primer año en la Isla fue altamente positivo.

Claro, como no iba a serlo si estaba rodeado de grandes jugadores como Daniel (Carnevali), uno de los grandes porteros del campeonato. Como nos conocíamos mucho, me ayudaba a quedarnos y a practicar faltas: yo tiraba y él atajaba. Otro jugador era el Chicharero Martín, un fenómeno, al que siempre le decía que menos mal que me habían llevado para jugar en la mitad de la cancha porque como lateral, con él en el puesto, no hubiese tenido chances. También estaba un Señor con todas las letras: Antonio Tonono, nuestro capitán, el que nos guiaba a todos con sólo mirarlo, un fenómeno; Paco Castellano, sólido, eficaz y nunca se complicaba, dando la seguridad que se necesitaba en ese puesto; por la izquierda el Camilla Hernández, otro que conocía el puesto como pocos y siempre rendía; cuando él no estaba aparecía Noly, joven, atrevido y con condiciones para jugar ahí o en el medio del campo; después estaba Trona, que con su altura y su desplazamiento de piernas largas, siempre era una buena opción en ataque (¡era algo increíble cuando se caía, se le salía el brazo del hombro, se tiraba a un costado del campo al suelo y se lo ponía para seguir jugando!); también contábamos con el Feo Félix, al que lo teníamos que agarrar porque no lo paraba nadie. Era impresionante lo que corría, era una rueda de auxilio para todos; el Loco Páez, en la cancha una fiera, duro con los rivales y siempre ayudando a todos; ahora de pie, porque tengo que hablar del Maestro Germán Dévora, qué jugador, por favor, qué placer jugar con él, genio y figura, simple para hacer las cosas más difíciles, fantástica pegada, cabeza levantada, un verdadero grande; adelante teníamos a León, vivo, listo, goleador; también a Fernández, un tipo de área peligroso, muy buen cabeceador; luego a Miguel Ángel, con todo el desparpajo de su juventud y ese atrevimiento permitido por la edad y por lo que sabía; también estaban Pepe Juan, otro con muy buenas por la banda y con buena pegada, y José Luis, atrevido y peligroso. En fin, teníamos una plantilla interesante que, como ya les dije, podríamos haber estado más tranquilos y mucho más arriba en la tabla de posiciones, sin sufrir hasta el último día.