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A los 22 años, Marianne Ihlen viajó a la isla griega de Hidra con el escritor Axel Jensen. Mientras Axel escribía, Marianne se ocupaba de la casa, hasta que este la abandonó con su recién nacido por otra mujer. Un día, mientras Marianne compraba en una pequeña tienda, entró un hombre que le pidió que se uniera a él y a unos amigos en su mesa. Se presentó como Leonard Cohen, entonces un poeta canadiense poco conocido. 'So Long, Marianne' es un relato íntimo y honesto de la historia de la vida de Marianne: desde su juventud en Oslo, su romance con Axel, hasta su vida en una colonia de artistas en Hidra en los años 60. Marianne Ihlen, protagonista de una de las canciones de amor más bellas de todos los tiempos, nos cuenta su vida como un viaje de autodescubrimiento, amor y dolor.
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2022
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UNA HISTORIA DE AMOR
UNA HISTORIA DE AMOR
KARI HESTHAMARTRADUCCIÓN DE SARA SANTAMARÍA
Título original: So Long, Marianne: Ei Kjærleikshistorie
Publicado por primera vez en Noruega en 2008 por © Spartacus Forlag AS.
Letra de “So Long, Marianne” de Leonard Cohen, © Bad Monk Publishing, utilizada con permiso de Sony, TV Music Publishing y Scandinavia, Notfabriken Music Publishing AB.
Todos los poemas inéditos y resto de material utilizados cuentan con el permiso de Leonard Cohen.
Las cartas de Axel Jensen se citan con permiso de Prathiba Jensen.
La edición en español ha sido acordada a través de Immaterial Agents & Oh! Books Literary Agency.
© Del texto
Kari Hesthamar
© De la traducción
Sara Santamaría
© Next Door Publishers, SL
Primera edición: noviembre 2022
Editor: Oihan Iturbide
Diseño: Ex.Estudi
Corrección: María Celaya (www.apiedepagina.net)
Composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SL
www.nextdoorpublishers.com
www.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-125659-8-0
ISBN eBook: 978-84-125659-9-7
DEPÓSITO LEGAL: NA 2381-2022
Gráficas Alzate
Impreso en Navarra, España
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
«¡Leonard Cohen no es ningún ladrón!»
1. Diecinueve años y enamorada
2. Lejos de Noruega
3. Hidra
4. Una nueva Marianne
5. Vals lento
6. El otoño que cantó bellas canciones
7. De vuelta en Oslo
8. Visita inesperada
9. Montreal
10. Vida familiar en Hidra
11. Celos y añoranza
12. Una estación en el camino
13. Nueva York
Epílogo de la autora
Epílogo de Marianne
Agradecimientos
Notas
Fuentes
Fotos
So Long, Marianne
Come over to the window, my little darling, I’d like to try to read your palm.
I used to think I was some kind of Gypsy boy before I let you take me home.
Now so long, Marianne, it’s time that we began
to laugh and cry and cry and laugh about it all again.
Well, you know that I love to live with you, but you make me forget so very much.
I forget to pray for the angels
and then the angels forget to pray for us.
Now so long, Marianne, it’s time that we began...
We met when we were almost young
deep in the green lilac park.
You held on to me like I was a crucifix, as we went kneeling through the dark.
Oh, so long, Marianne, it’s time that we began...
Your letters they all say that you’re beside me now.
Then why do I feel alone?
I’m standing on a ledge and your fine spider web is fastening my ankle to a stone.
Now so long, Marianne, it’s time that we began...
For now, I need your hidden love.
I’m cold as a new razor blade.
You left when I told you I was curious, I never said that I was brave.
Oh, so long, Marianne, it’s time that we began...
Oh, you are really such a pretty one.
I see you’ve gone and changed your name again.
And just when I climbed this whole mountainside, to wash my eyelids in the rain!
Oh, so long, Marianne, it’s time that we began...
Leonard Cohen, 1967
–He tenido un sueño muy raro esta noche. Durante los últimos cuarenta años de mi vida he soñado con Leonard, y aún sigo soñando con él. Independientemente de que él esté con otra persona o de cuál sea el trasfondo, el sueño es positivo para mí. Pero esta noche, ha aparecido otra vez en mi sueño y me dice: «Marianne, no debes hablar tanto». Y aquí estoy yo, mirándote, y tú me haces hablar, hablar y hablar... Bueno, bueno, ¡ya veremos lo que sacas!
Este fue mi primer encuentro con Marianne. En el trayecto desde Oslo, yo había estado canturreando en el coche So Long, Marianne. Cuando llegué, me estaba esperando junto a un pequeño camino de grava en Larkollen. Agitó los brazos cubiertos por una vaporosa camisa blanca y me dirigió hacia una pequeña salida.
–Este fue el comienzo de mi vida –dice, agitando sus brazos.
Los pocos metros que distan hasta la casa los recorremos andando por un sendero de baldosas que atraviesa un antiguo huerto familiar. La casita de madera parece casi una cabaña junto al fiordo y está situada en la propiedad de la abuela materna, a dos pasos de donde vivió Marianne durante su infancia.
–¿Quieres que te deje unas zapatillas? Aquí fuera el suelo está helado, pero dentro está un poco mejor.
Marianne revolotea por la pequeña entrada antes de llevarme a la cocina y ofrecerme mantas de piel y kaffi griego.
–Allí tienes llama y aquí camello, y aquí hay auténtica piel de oveja spelsau. Puedes ponerte una piel de oveja debajo del trasero.
Al hablar, alterna entre noruego e inglés.
–Es extraño cuando tu vida está conectada a alguien tan famoso. Una revista quiso reunirnos a Leonard y a mí en Fornebu cuando iba a dar su primer concierto en Oslo, allá por la década de los setenta. Me iban a llevar en limusina y el periodista estuvo veinticuatro horas en el felpudo de mi madre para conseguir hablar conmigo. No me gustan ese tipo de cosas. La distancia que ha puesto el tiempo ha sido importante y ahora me resulta mucho más fácil hablar de estos asuntos. Todas las cosas extrañas escritas acerca de nosotros son fantasías absurdas y nunca he querido contar cómo fue realmente.
–La historia que yo siempre he oído es que Leonard Cohen te arrebató de Axel Jensen –le digo.
–¡Pero Leonard no es ningún ladrón! He’s not a thief. Far from it.
En la gran casa de madera junto al fiordo, una niña recién nacida es depositada en la mesa de la cocina. La mujer mayor mira a la niña –ha anhelado tanto abrazarla– y la levanta en el aire exclamando: «¡Por fin estás aquí, mi princesita!». Corre el año 1935 y es la primera vez que Marianne está en casa de su abuela materna, en Larkollen.
Cinco años después estalla la guerra y estar en el pueblo resulta más seguro que estar en Oslo. La anciana la ha estado esperando y la acoge como si fuera suya. La madre tiene bastante con el hijo pequeño y un marido enfermo, y Marianne vuelve a Larkollen con toda la infancia por delante. De vuelta adonde sintió que alguien la veía por primera vez.
La mujer mayor alimenta a los pájaros. Estos se posan cautelosos en su mano y comen. El tiempo transcurre a su propio ritmo, y la abuela habla de estar en armonía con uno mismo, de ser paciente. Los pájaros se aquietan en la mano de la abuela, pero Marianne mueve las manos con tanto entusiasmo que salen volando en todas direcciones. La anciana le dice a la pequeña lo que tiene que hacer para que se posen. Le dice que hace falta mucho tiempo para llegar a estar tan en silencio que puedas oír tu propia voz interior.
La abuela cuenta historias fantásticas y lleva a Marianne a vivir viajes llenos de aventuras lejos de la vida cotidiana. El coche que está en el garaje se convierte en un caballo, y la abuela enseña a Marianne a montar a sentadillas y la lleva donde están los príncipes, y nada en la vida es demasiado grande ni demasiado pequeño.
Cuando la abuela era pequeña, se subía en una caja de madera en el patio de la casa de Frogner, en Oslo, y cantaba para los vecinos. Más tarde, cuando comenzó a recibir clases de canto, el profesor se enamoró de la hermosa joven. Tenía 30 años más que ella. Se casaron y la música cesó. La abuela ya no cantaría más, sería esposa y madre de sus hijos. Pero sí canta para Marianne. Y sus ojos ven y tiene palabras para lo innombrable.
–Lo veo y lo sé –dice la abuela–. Encontrarás un hombre que habla con lengua de oro.
Marianne tiene diecinueve años y acaba de graduarse en la Escuela Municipal de Negocios de Oslo. Sueña con salir de allí y escribe su diario en su cuarto de la calle Professor Dahl. Cuando era más joven, acostumbraba a leer sobre Genghis Khan en cuanto tenía un rato libre. Soñaba con el implacable guerrero mongol que conquistó un reino que se extendía desde el océano Pacífico hasta el mar Negro. Imaginaba escenas en las que Genghis se iba de viaje y se llevaba con él a toda su familia, y soñaba que la había elegido a ella como primera esposa y que tenían muchos hijos. Partían en estampida con caballos y bueyes, conquistaban nuevas tierras y erigían formidables campamentos cuando caía la noche. Marianne llegó a pensar que quizás era ella la que iba a su lado a caballo más de setecientos años atrás, vistiendo ropa colorida y vaporosa.
Todavía sueña que llegará un apuesto hombre que la arrancará de la insignificancia. Cuando se mira en el espejo, se ve los ojos rasgados y los pómulos altos. Marianne cierra los ojos y sueña. Sueña con ser conquistada y arrebatada.
Su padre quiere que sea médico o jurista, pero ella no sabe qué va a hacer con su vida. Ha estudiado comercio, y trabaja como secretaria y como chica-para-todo en el despacho de un abogado. Pero ahora, afortunadamente, es sábado y está libre. El sol todavía está alto en el cielo y es uno de esos días de finales de verano que parece que va a durar eternamente.
Desde una ventana abierta se oyen risas y voces llenas de vida. Marianne ha estado de fiesta de chicas en Bygdøy y ahora una amiga suya quiere ir a ver a su novio a Majorstua. Una de las del grupo tiene el carné de conducir y su padre le ha prestado el coche. La ciudad reposa indolente a la luz del atardecer. Las chicas se arremolinan riéndose y avanzan lentamente hacia Majorstuveien. Y allí, en mitad de la calle, hay cuatro jóvenes que se agarran las manos formando una cadena, impidiéndole el paso al coche. Un chico bronceado mete la cabeza por la ventanilla y mira directamente a Marianne:
–¿Quién eres tú?
–Me llamo Marianne.
–¡Tienes que venirte de fiesta!
Y Marianne va. ¡Por supuesto que va! Van a una fiesta que hay en un piso grande en St. Hanshaugen. Marianne lleva relleno en el sujetador, una falda cortada de fieltro verde y una chaqueta cárdigan que se compró cuando estuvo trabajando como au pair en Newcastle. El chico bronceado le dice que se llama Axel y que acaba de volver del Sahara. Parece mongol, tiene ojos rasgados y pómulos altos; y es masculino, y sexy, y rubio. Al cabo de un rato, Marianne acaba sentada sobre él, escuchando increíbles historias de su viaje al desierto. Jamás ha conocido a un hombre que tenga tantas cosas que contar y que sea tan entretenido. Habla de Theta y MEST, y de lo que sea que signifiquen, y todo son cuentos y fábulas.
Por la noche se separan y Marianne se va caminando con paso ligero a través de la noche de verano. Se siente aturdida. No ha entendido gran cosa de lo que ha dicho, pero ha emprendido un viaje. Sabe que, a partir de ahora, todo puede tomar otro rumbo.
***
Era el año 1954. Agnar Mykle acababa de publicar Lasso rundt fru Luna («Lasso alrededor de la Luna») y Axel Jensen todavía no era un nombre conocido en los círculos literarios. El Café del Teatro, Engebret y Lorry eran lugares de reunión de artistas donde modernistas y artistas tradicionales debatían acaloradamente entre ellos. La literatura comenzaba a abordar el tema de la crítica social y a tocar el consenso en la Noruega de la posguerra. Axel tenía veintidós años y era una de las nuevas voces que despuntaban, con ideas y pensamientos nuevos para la mayoría.
Marianne no conseguía sacarse de la cabeza a Axel tras su primer encuentro; había quedado embelesada con todo lo que contaba. Era fascinante, gratificante y apasionante a la hora de expresar sus pensamientos. Marianne apenas había oído hablar de los libros y los pensadores a los que Axel hacía referencia. El hogar del que ella venía, en el mejor de los casos podía calificarse como ‘burgués’. Desde luego, no era abierto ni inquieto, y Marianne se preguntaba si realmente la vida consistía en esa cotidianidad gris y aletargada. Ahora soñaba con esa aventura que, de forma inesperada, se había entreabierto delante de ella.
El día siguiente a la fiesta en St. Hanshaugen, Marianne viajó a Gotemburgo para asistir a la boda de una amiga. Le había escrito su teléfono a Axel en un papel y él había prometido llamarla cuando regresara. Pasaron unos días antes de que el teléfono finalmente sonara en la casa de ladrillo rojo de Vestkanttorget. Acordaron encontrarse en Dovrehallen, en la calle Storgata, un lugar de reunión para estudiantes que acogía clientes habituales de diferentes estratos sociales.
Marianne sentía mariposas en el estómago, y su cabello rebelde colgaba en suaves y ligeros mechones porque había dormido con rulos toda la noche. Cuando la gente le hacía halagos sobre su aspecto, ella no lo entendía. Pensaba que tenía la cara demasiado redonda y que toda la vida había destilado timidez. Su primer novio se le había acercado a la salida de la escuela femenina Berle y le había preguntado si buscaba algo.
–Hola, ¿has perdido algo? Me llamo Beppe y quiero ayudarte a buscar.
Ahora estaba en su pequeña habitación con la persiana azul y el escritorio tan lleno de fotos que no se veía la madera debajo del cristal. Su pasado resplandeciendo ante ella en pequeños destellos: el primer retrato familiar de mamá, papá, Marianne y su hermano Nils, la foto de clase del colegio Majorstuen, fotografías de sus amigas, de la casa de su abuela materna, y de su primer novio esquiando, deslizándose por la pendiente con un jersey azul oscuro de pico blanco.
Cuando estaba en casa siempre estaba metida en su cuarto. Sentada en su cama, escribía en su diario mientras comía biscotes suecos con queso de cabra y bebía leche fría. También llevaba en el pequeño libro sus cuentas y anotaba cuánto dinero se había gastado en el tranvía y en el cine. Había relatos sobre fiestas y pequeñas líneas apretujadas donde contaba de quién estaba enamorada o qué había hecho durante el día.
Desde la ventana alcanzaba a ver el estadio Frogner, donde había hecho patinaje artístico. Inspirándose en Sonja Henie, había aprendido a hacer ochos, el ángel y piruetas. Con una minúscula falda y el trasero helado, se deslizaba sobre el hielo con los patines marrones que había heredado de la abuela.
Después del entrenamiento, acostumbraba a calentarse en el vestuario mientras leía a escondidas la sutilmente erótica På hyttetur i Nittedal con el resto de las chicas de Frogner. Además de Victoria, de Hamsun, uno de los pocos libros de la biblioteca de sus padres que había conseguido despertar su interés era El manantial, de la autora rusoamericana Ayn Rand; era el libro más sexy que conocía. Lo había leído tantas veces que las tapas estaban totalmente gastadas. El protagonista, Howard Roark, decide tomar su propio camino y seguir sus convicciones interiores. ¿Al igual que Axel...?
La lámpara de techo color marfil desprendía un brillo tenue. Fuera, su madre y su padre alborotaban. Cuando era pequeña, solía meterse debajo de la pesada y vieja mesa de comedor con patas redondas cuando sus padres se peleaban. Se quedaba allí quieta y, aunque tuviera ganas de hacer pis, no se atrevía a salir. Ahora era una mujer joven con un corazón palpitante. Se puso lo más bonito que tenía y se colocó delante del espejo. Llevaba un abrigo rojo con cuello y puños de terciopelo negro, recién comprado en la tienda de segunda mano del barrio. Axel la esperaba en Dovrehallen, sentado en una pequeña mesa con mantel a cuadros rojos y blancos, también vestido de forma elegante. Pantalones de traje y camisa. Y ese brillo en sus ojos.
Hablaron durante un rato. Se besaron y se hicieron novios allí la segunda tarde que se vieron.
***
El padre de Marianne había asistido a la Escuela Catedralicia de Oslo y ejercía la abogacía de manera independiente. Entre sus amigos de la ciudad había armadores y artistas. Axel le parecía un joven interesante, pero eso no era suficiente, pues no tenía estudios, ni trabajo, ni un lugar propio donde vivir.
–No, Per Ditlev Simonsen, que es hijo de armador, es otra cosa –decía su padre–. Un hombre como tiene que ser, con una buena posición e ingresos seguros.
Marianne nunca había oído a sus padres hablar con autenticidad sobre la vida y el futuro, o sobre cómo se sentían. Se insultaban el uno al otro continuamente y los asuntos complicados se ocultaban. La madre de Marianne le había enseñado a soportar, a morderse los labios. Le decía que si tenía absoluta necesidad de romper un cristal que lo hiciera, pero que eligiera algo sin valor como un tarro de mostaza.
El matrimonio de sus padres se desmoronó cuando llegó la guerra, trayendo consigo sufrimiento y problemas económicos. El padre de Marianne enfermó de tuberculosis y pasó mucho tiempo ingresado en el hospital para tuberculosos de Mesnali. Allí le cauterizaron la parte superior del pulmón, pero luego, cuando se lo fueron a extirpar, sufrió una hemorragia y estuvo al borde de la muerte. Su hermano pequeño, Nils, que entonces tenía solo dos años, también estuvo enfermo de tuberculosis durante más de un año, y se debatía continuamente entre la vida y la muerte. La madre debía atender a su hijo y a su marido, y a Marianne la enviaron con su abuela materna a Larkollen.
Cuando la guerra terminó y todos se reunieron de nuevo, la familia ya no era la misma. La enfermedad era un tormento no solo para el padre, sino también para los que estaban cerca de él. Marianne pensaba que su padre decía en silencio todo el tiempo: «¡Siente lástima de mí!», «¡Sé amable conmigo!», «¡No discutas conmigo!». La enfermedad le hizo inestable y se enfurecía por la mínima cosa. Marianne era cada vez más reservada con su autoritario padre, cuya sonrisa, antes siempre preparada, la habían borrado los años de guerra y de enfermedad. Antes de la guerra, escribía bonitos poemas y era una persona activa, pero ahora estaba delgado y sin fuerzas. No quedaba mucho del hombre que una vez había sido. Le costaba tanto respirar que no conseguía correr hasta el tranvía cuando llegaba tarde. Aunque aquello le había salvado durante la guerra cuando los alemanes bombardearon Vika Terrassen y el tranvía que debió haber tomado fue alcanzado.
A finales de los años cincuenta, su padre ya no podía ejercer la abogacía igual que antes; la dificultad respiratoria le impedía pasar un día entero en un juzgado. Cuando el despacho empezó a ir cuesta abajo, su madre se tuvo que poner a trabajar. La madre de Marianne era hija del acaudalado cantante de ópera Wilhelm Cappelen Kloed. De joven la enviaron a París para aprender francés y había llevado medias de seda antes que todas las demás. Ahora era la responsable de la oficina de licencias de la Radiotelevisión Noruega (NRK) de la provincia de Nordland, al norte de Noruega.
El dialecto del norte no le sonaba nada bien, pero respondía lo más amablemente que podía cuando la gente llamaba desde allí para quejarse. Si hacía falta, se arrodillaba en el suelo y sacaba tarjetas de apertura metálicas, y volvía cansada a casa por las tardes. El padre se burlaba afablemente de ella por su falta de formación y la madre estallaba de ira cada vez que lo hacía. No soportaba esas bromas de su marido, las sentía como una derrota, y siempre conseguía molestarla cuando la pinchaba donde más le dolía. «¿Qué? Te has enfadado, ¿eh?», concluía él con una sonrisa.
***
Tras finalizar sus estudios en la Escuela de Comercio Municipal de Oslo, Marianne tuvo diversos trabajos y puestos temporales, entre ellos en la zapatería Kristiania Skotøimagasin y en el cine Norsk Bygdekino de la calle Prinsens gate. Pensaba continuamente que eso era temporal. Ella deseaba otra cosa, pero no sabía el qué. La vida estaba allí, en algún lugar. Si tan solo pudiera atraparla y encontrar una dirección...
Sin embargo, Axel era diferente. Él escribía sin descanso y sabía que eso era exactamente lo que quería hacer. Axel no tenía trabajo fijo, pero cogía cualquier cosa que le ofrecían con el fin de ahorrar dinero para hacer un viaje que tenía pensado. Por las tardes y por las noches se sentaba delante de la máquina de escribir. Enviaba novelas a periódicos y revistas, y probaba distintos estilos. Con un poco de Hamsun y un poco de Hemingway buscaba su propia voz en la escritura.
Cuando tenían tiempo libre, se veían en casa de uno o de otro. Normalmente en casa de Axel o de otros amigos. Ponían el tocadiscos y fumaban cigarrillos. Los días que hacía buen tiempo el padre de Axel les dejaba su velero y salían a navegar por el fiordo de Oslo. El viento acariciaba sus cabellos y sentían que algo desconocido les esperaba detrás de los montículos de tierra más lejanos.
Y mientras Marianne soñaba con la vida que la esperaba en algún sitio lejos de allí, el mundo llegó navegando en forma de pantalla de cine. Como todas las parejas, iban al cine y se besaban en la oscuridad. En el Colosseum vieron la película La sirena y el delfín, en la que Sofía Loren y Alan Ladd hacían el amor en un molino en la isla griega de Hidra. Marianne se acurrucó junto a Axel en la gran sala, mientras soñaba y se preguntaba si ella alguna vez iría a un lugar tan hermoso.
Con el cambio de cadencia posterior a la guerra, llegó el jazz. Axel se había dejado seducir por el nuevo estilo musical. Tocaba un poco el piano y escuchaba todas las novedades que llegaban de EE. UU. A Marianne le ponía discos de vinilo. Duke Ellington. Charles Mingus. Eroll Garner. Charlie Parker. Él quería que el idioma tuviera ritmo, deseaba que lo que él escribiera fuera jazz.
Intentó llevar a Charlie Parker al papel, realizaba síncopas en oraciones largas y onduladas, mejor con una oración corta al final. Incluso había escrito a mano un librito sobre la historia del jazz que incluía dibujos y largas tablas para sistematizar músicos e instrumentos (1). El joven Axel escribió que el jazz, como el erotismo, era una emoción compuesta que consistía en una serie de estados de ánimo básicos primitivos donde la tristeza, el odio, la melancolía, el erotismo y la alegría se fusionaban en un estado de ánimo completamente nuevo.
Tanto Marianne como Axel habían crecido en la acomodada zona del oeste de Oslo. Pertenecían al mismo estrato social y su entorno estaba allí. La ciudad estaba dividida por clases e intereses, y casi resultaba extraño que no se hubieran cruzado antes. En aquella zona era habitual que los jóvenes organizaran fiestas en sus casas cuando sus padres no estaban. Años más tarde, Axel escribiría sobre ello en su libro Line, cuando relata cómo su personaje Jacob entra en la villa Bop Island codeándose con la gente más acomodada.
Llegamos a la parte delantera de la casa. Alrededor de una superficie circular de césped con una fuente en medio, se agrupaba desordenadamente un grupo de coches. Relucientes y silenciosos animales con hocicos plateados y fríos ojos. Desde el salón del sótano, llegaba amortiguado el sonido del jazz de cámara, del vibráfono, de la guitarra eléctrica; y se deslizaba entre abrigos y gabanes que colgaban en costosas y apretadas filas dentro del armario.
Marianne estaba enamorada, pero al mismo tiempo, cuando estaba con Axel, se sentía insegura de sí misma. Eran diferentes. Él era intenso y locuaz, Marianne más indulgente y taciturna. Axel era el erudito y el intelectual, mientras que ella había tropezado con un universo de pensamientos que le resultaba completamente desconocido. Ella sentía que no era suficiente para él y decidió empaparse de los libros que Axel pensaba que debía leer. Decía que la liberarían de las reglas y las normas de su familia y de la sociedad, y que le mostrarían el camino hacia su interior.
Sus padres no eran muy diferentes del resto de padres de los años cincuenta, pero Axel, que venía de un hogar desestructurado, pensaba que eran demasiado conservadores y estrictos. Elegía libros para ella y le anotaba obras que pensaba podrían imbuirle una nueva forma de pensar, distinta de la que contenía su equipaje burgués. Y Marianne leía. Ouspensky, Nietzsche, Jung. Leía una página y otra página, pero leía solo por leer, palabra tras palabra, en un lenguaje que no era suyo y no la atrapaba, como sí hacía con Axel. Los libros no ejercían sobre ella el mismo impacto vital que sobre él. Comprender a Axel se convirtió en una obsesión, un asunto de vida o muerte. No sabía exactamente lo que era, pero había algo de él que resonaba profundamente en ella. Y si los libros y las palabras llegaran a tener sentido para ella, ¿quizás Axel y ella estarían más igualados?
Axel era diferente de todas las personas que ella conocía. Quería ser escritor y recorrer el mundo. Era su propio dueño, libre de una forma que ella nunca antes había visto, buscando continuamente en su interior.
El Café del Teatro era el lugar que más frecuentaban. Axel hablaba con profunda fascinación de nombres como Gurdjieff, Ouspensky, Jung o John Starre Cooke, y se convertía en el centro de atención de la mesa. Marianne escuchaba y hacía todo lo que podía para seguir sus grandilocuentes pensamientos, pero no conseguía entender sus palabras. Se ponía tan nerviosa de pensar que no podía seguirle que en ocasiones sufría migrañas y tenía que ir corriendo al baño del sótano a vomitar. En el primer piso, Axel dogmatizaba sobre filosofía. El resto del grupo tampoco leía mucho ese tipo de libros, así que sus amigos se reían y decían: «Ya se ha ido Axel otra vez a la galaxia de Andrómeda».
***
Axel había completado tres años de estudios en el instituto de Frogner y quiso ir a la universidad. Pero su cita con la universidad fue una aventura que duró solo dos o tres días. Axel siguió las clases de Arne Næss para el examen de ingreso preliminar, y se encontró en un aula con gente que permanecía sentada sin moverse y levantaba educadamente la mano. Ese no era su estilo, así que decidió alejarse de todo aquello y hacer lo que su padre siempre había pensado que era lo mejor: entrar en el negocio familiar y aprender el oficio de charcutero.
Axel descargaba latas y acarreaba pesados sacos de sal, lavaba tripas y llevaba alimentos a restaurantes. Pero uno de los muchos días estériles en la cocina de vapor de Torggata, pisó con los zuecos algunas entrañas y se tropezó, cayendo por las escaleras hasta el sótano donde colgaban en canal los animales muertos. Aterrizó con un ruido estrepitoso al final de las escaleras y decidió que aquello era una señal de que su tiempo allí había terminado. Aquel día puso punto final a su carrera de charcutero.
A partir de entonces, comenzó otra vez a aceptar distintos trabajos para llegar a fin de mes y escribía en los ratos libres. Marianne sabía que él quería salir de Noruega. Oslo le parecía un viejo disco que giraba y giraba, y ella también soñaba con salir de allí. Axel consiguió que un par de historias suyas se publicaran en el periódico Aftenposten, y mandaba relatos a distintos periódicos y revistas. La mayoría eran rechazados. El 16 de mayo de 1955, el redactor de la revista Vinduet, Johan Borgen, le devolvió, amable pero categóricamente, su relato «Yama». Borgen le decía que «el formato legendario oscurece el mensaje que entiendo que porta».
Muchos manuscritos largos fueron rechazados, pero en 1955, un año después de que Marianne y él se conocieran, debutó publicando él mismo la obra Dyretemmerens Kors («La cruz del domador de animales»). Comenzó a escribir la surrealista historia durante su largo viaje al desierto, mientras vivía en el reino de los tuaregs, donde los hombres llevaban velo e iban descalzos. Él, sin embargo, era un hombre blanco con salacot y botas color salmón, con miedo a que le mordiera un escorpión o una serpiente. Con el tiempo, se quitó el salacot y empezó a ir con chilaba y montado en burro. Se construyó un refugio con piedras y se hizo un escritorio con un bloque de piedra lisa (2). La cruz del domador de animales tenía el siguiente prólogo:
¿Cuántos viven en armonía con el mito en su interior? ¿Cuántos tienen una experiencia real de que la denominada ‘cotidianidad gris’ es el resultado del trabajo infinito de la vida con su material orgánico? ¿Cuántos son conscientes del lenguaje simbólico secreto que sus acciones profieren? ¿Quién puede leerse entre líneas? La respuesta no puede ser otra que muy, muy pocos. Y justo aquí subyace la terrible enfermedad que mina la civilización occidental, la creciente parálisis del corazón de la conciencia.
Axel fue por las redacciones de los periódicos de Oslo diciendo maravillas del pequeño libro. Hablaba apasionadamente del significado de los sueños, de la psicología profunda, del subconsciente, de la psicología analítica de Jung, y del pensamiento y la postura orientales sobre la vida como modelo a seguir para el hombre occidental. También le interesaban mucho textos como el Apocalipsis, el Libro tibetano de los muertos y el I Ching (Libro de los cambios).
Marianne iba al despacho de abogados de su padre e intentaba colocar los libros a los empleados. Axel vendía novelas en el matadero comunitario y a los charcuteros de la fábrica de su abuelo. Juntos se afanaban de acá para allá distribuyendo su trabajo debut en el Café del Teatro y en la Casa de los Artistas a amigos y conocidos. El periódico Nationen fue uno de los pocos que dedicó una columna al libro:
La forma de escribir de Axel Jensen no es popular, y es poco probable que su mítico lenguaje sea entendido y apreciado por muchos. Pero considerándolo un experimento, el libro es interesante, y es agradable encontrar un joven escritor que sigue su propio camino.
Axel pensaba que nadie había comprendido absolutamente nada del contenido y decidió quemar el resto de ejemplares.
***
Marianne no solía invitar a Axel ni a otros a su casa. No quería que sus amigos conocieran a sus padres, pues pensaba que no eran lo suficientemente buenos o intelectuales para el círculo en el que se movía.
Su hermano, seis años menor, había estado muy enfermo y era demasiado joven para que tuvieran mucho en común. La relación entre sus padres no era buena, y eso muchas veces se notaba en el ambiente que se respiraba en casa. No les apetecía que hubiera jóvenes entrando y saliendo de su casa, y Marianne siempre acababa discutiendo con su padre. Le regañaban sobre la hora de volver a casa, los deberes o la elección de novios.
Cuando en las vacaciones de Pascua de 1955 la pandilla decidió irse a la montaña, se plantaron todos juntos en el bufete de su padre y le pidieron, todo lo bien que supieron, que dejara ir a Marianne. El padre pensaba que irse de excursión a una cabaña con Axel era del todo inapropiado para una joven con su apellido. Inamovible, dijo que las chicas que se marchaban de aquella manera eran rameras. Tampoco sirvió de nada que tuviera casi veinte años y que solo le faltara un año para la mayoría de edad. Así, Marianne y Axel se quedaron en casa mientras el resto cogieron el equipaje y los esquíes y se fueron.
Marianne veía a sus padres como soldados de los que custodian la entrada del castillo y llevan puesta una armadura que protege sus corazones. Sin embargo, ella buscaba la espontaneidad y la locura de Axel y de sus amigos. En aquel momento, Axel estaba viviendo con su padre en Nordberg, en Oslo. El padre se había casado de nuevo con una mujer más joven y Axel tenía dos hermanastros pequeños. La relación de Axel con su padre tampoco era ideal, ya que se encargaba continuamente de recordarle que no tenía trabajo ni un sitio donde vivir. Pero, en cualquier caso, allí estaba más tranquilo que en casa de Marianne.
En uno de los antiguos cuartos de niños de la casa, Axel se había hecho su pequeña guarida. Colgó un chal rojo de la ventana y encendió una vela titilante para Marianne.
Una mañana, cuando Marianne caminaba hacia su oficina, dibujó un corazón con una flecha atravesada – dentro decía A+M– y escribió un pequeño saludo para su novio mientras este dormía:
Sí, ahora tu mujercita está sentada en la oficina jugueteando con la máquina, pero pensando solo en ti. Te amo más que a nada en la Tierra, Venus, Júpiter, Marte, Saturno y todos los mundos que no existen. Estírate bien y date un baño.
En el bolsillo de tu nuevo traje hay algo para el desayuno: compra panecillos, un tercio de litro de leche y algo que te apetezca para poner en el pan. Luego, lava tus camisas hasta que estén blancas como la nieve y tiéndelas al sol. Después, puedes hacer lo que quieras, siempre que no te olvides de mí ni un solo segundo del día. Te llamaré a las doce y media o la una.
Marianne ya era parte del grupo de amigos de Axel y, cuando podían permitírselo, iban al Café del Teatro y comían sándwiches de ensalada de arenque por setenta y cinco céntimos. Pero normalmente los sábados iban a casa de uno o de otro, y compartían una botella de Golden Cock mezclada con zumo de naranja mientras escuchaban jazz.
Axel solía ponerse agresivo cuando bebía. Acababa pegándose con alguien o metiéndose en disputas violentas. Sentía la necesidad de contarle a todos el verdadero significado del mundo. Marianne, en cambio, sentía que el alcohol la liberaba de su yo. Solo quería bailar y desaparecer de sí misma y de los cambios de humor de Axel. Tampoco las discusiones literarias y filosóficas eran lo suyo, así que también estaba bien apartarse de ello. Se le daba bien evadirse, y cuando bailaba se sentía ingrávida y feliz.
Los hombres la miraban, y sabía que Axel se daba cuenta. Al menos, tenía ese poder sobre él. Pero Axel no la veía solo como una mujer, como muchos hombres hacían. Él creía que los dos juntos podían llegar a ser algo. Ella también lo creía. Y a Axel no le importaban los que no tenían nada que ver con eso. Él quería levantarla, sacarla de la cotidianidad y liberarla. Liberarla para que pudiera ser, sin más. Pero brillar a la luz de uno mismo no es fácil. En realidad, ¿quién podría hacerlo?
El domingo era el único día que tenían libre, por lo que la noche del sábado era cuando hacían las grandes reuniones. Las madres de tres de sus amigos vivían sin pareja, y sus casas siempre estaban abiertas. Una de ellas era la casa de Lasse, un amigo de Axel que vivía en Bygdøy. La casa de Bygdøy, que se llamaba Bop Island, sería más tarde utilizada por Axel como modelo para el chalé de su libro Line. Lasse era un muchacho cariñoso y apuesto del que todas las chicas se enamoraban, y tenía un salón en el sótano muy adecuado para fiestas y para disfrutar de la vanguardia del jazz.
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En el salón del sótano de Bygdøy se celebra una de las muchas fiestas. Se habla muy alto. La gente baila, bebe y discute.
Marianne siente náuseas y comienza a ver borroso. Nota cómo la migraña que suele aparecer cuando Axel filosofa la presiona detrás de los ojos. Lasse la acompaña al primer piso, donde está su madre, mientras el resto de jóvenes continúa la fiesta en el sótano. La lleva a un dormitorio donde pueda tumbarse a descansar. Marianne se acurruca en la cama y relaja sus ojos; apenas percibe en la lejanía los sonidos de la fiesta de abajo.
Poco después, la fuerte sacudida de la puerta abriéndose la despierta, y un borracho Axel irrumpe en la habitación. No dice nada, simplemente la saca de la cama y la lleva agarrándola por el brazo hasta la cocina. Mira a Marianne, apoya la palma de su mano en la mesa de la cocina, coge un cuchillo y lo acerca hasta su mano. Marianne oye el sonido del cuchillo atravesando la carne y los huesos y cierra los ojos. Vuelve a oír el sonido del cuchillo, dos veces, tres veces. Escucha voces elevadas en la habitación, pero ella permanece sentada en la silla con los ojos cerrados. Esto no es verdad, piensa.
El brazo de Axel está lleno de sangre. Alguien coge una toalla y la envuelve alrededor de su mano. Los amigos mandan a Marianne a casa en taxi y se hacen cargo de Axel.
El incidente asustó mucho a Marianne, pero no habló con Axel de lo sucedido. Solo pensaba que si pudieran estar solos ellos dos, todo esto pasaría. Axel se tranquilizaría y su locura desaparecería. Pero a lo largo de su vida recordaría muchas veces el drama que tuvo lugar en aquella mesa de cocina en Bygdøy. La escena se reproducía una y otra vez en su interior y se preguntaba cuál fue la razón, ¿celos, quizás?, ¿tenía miedo Axel de que ella se hubiera ido con Lasse? Muchas veces se preguntaba si aquel hombre con el que estaba era un loco. Él dio forma a su percepción del amor, y en los días buenos no había ningún otro sitio en el que deseara estar más que junto a él. En esos días, todo era posible. Pero luego llegaban los días de los arrebatos y los pensamientos que la aterrorizaban, momentos en los que su mirada era perturbadora.
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Axel escribía la mayor parte de los días y realizaba viajes cortos de trabajo, siempre con su máquina de escribir en la maleta. Cuando estaba fuera, escribía cartas a Marianne en las que le decía que la amaba y que tenía que ir pronto a reunirse con él, porque si no, iría él adonde estaba ella.
Hacía regatas con el barco de su padre y le encantaba estar en el mar. Al navegar sentía un frenesí que solo podía igualar el jazz. En el verano de 1955 se fue con Lasse a navegar a la Riviera Francesa. Desde allí envió a Marianne, que estaba en Oslo, varias cartas rebosantes de anhelo. Vio el destello de un pequeño trébol verde cuando abría un sobre con matasellos del sur de Francia:
Juan-les-Pins, 3 de agosto de 1955
¡Pequeña! ¡Preciosa! ¡Amada!
El sol abrasa, las olas se columpian y yo te amo. Hoy Lasse y yo hemos salido a navegar en snipe y hemos disfrutado de la mejor playa en cómodos colchones y con el Mediterráneo rugiendo en las plantas de mis pies. Hay un viento fantástico, y yo te amo solo, solo a ti.
Nunca me había sentido tan desilusionado como en Miel al no recibir carta tuya. Solo espero que no hayas cambiado de opinión porque hayas encontrado el supermán con el que siempre has soñado. Me encantaría ser tu supermán, quiero ser tu Mofschen, quiero tenerte entre mis brazos y besar tus ojos. [...]
Debes amarme siempre, Marianne, nunca me abandones. Quizás pertenecemos a esos pocos que pueden ser realmente felices juntos. Hemos peleado mucho, hemos perdido la cabeza por celos y tonterías, pero siempre hemos encontrado el camino de vuelta al otro, y es una delicia estar allí.
Amada, amada Marianne, te anhelo de forma indescriptible. Con frecuencia imagino que somos tú y yo los que estamos juntos en el Mediterráneo. Pero ya llegará el momento. Al fin y al cabo, tenemos todo el futuro para nosotros.
Marianne tenía veinte años y ni sospechaba cuánta razón tenía. Iba a su trabajo diario y estaba feliz de poder salir de casa. Sus padres vivían aterrorizados con la idea de que se quedara embarazada de Axel, y para Marianne su casa era una cárcel.
Pero a pesar de sus declaraciones de amor, Axel era impredecible con Marianne. Ella nunca sabía cuándo tendría una nueva idea que lo conduciría a un nuevo viaje o a una discusión feroz. Actuaba por impulso y seguía sus pensamientos en todas las direcciones. Ella, o bien se mantenía atrás o intentaba seguirlo, pero ambas cosas eran difíciles. Cuando ella le decía que no era ni su madre ni su tía, Axel respondía que había tenido más que suficiente de madres y de tías en su vida. Para él, ella era solo Marianne. Nada más. La bella Marianne con la mente inquieta y soñadora.
Marianne tenía mucha imaginación, siempre la había tenido. Se adentraba en sus sueños vespertinos y fantaseaba que hacía cualquier cosa, desde representar papeles de cine hasta casarse con Axel en una gran celebración con varios cientos de invitados. Ella compartía con Axel todos sus sueños, los vespertinos y los nocturnos. Y él los escuchaba con gran interés. Cuando estaba fuera, le escribía cartas para contarle lo que había soñado: Un libro en un escaparate. La máquina de escribir de Rita Hayworth. Una pelea con su padre.
Llevaba mucho tiempo deseando crear algo por sí misma y fantaseaba con subirse a un escenario, donde podría apropiarse de otras vidas y hacerlas realidad delante del público. Cuando era niña, su abuela le contó que en una ocasión viajó hasta China para casarse con un embajador. El viaje en barco duró varias semanas, y cuando la abuela por fin llegó, el joven había muerto. Alguien le había atropellado con un carro de caballos. Aun así, la abuela se quedó en China durante muchos meses.
Marianne escuchaba las dramáticas historias con los ojos muy abiertos. Había vivido con su abuela casi todo el tiempo que duró la guerra, y en las noches más frías del invierno dormían juntas. La abuela colocaba siempre la ropa de Marianne debajo de ella para que estuviera agradable y caliente cuando se levantaran. A veces simplemente se quedaban allí, dos personas en el mundo, una nueva y una vieja, oyendo la leña crepitar en la estufa y contándose lo que alcanzaban a recordar de lo que habían soñado esa noche.
Marianne había heredado la rica imaginación de la abuela y su alma se llenaba de gozo cuando estaba con ella. Ahora tenía veintidós años y le encantaría pedir consejo a su abuela, pero esta había muerto poco después de que Marianne y Axel se conocieran, así que tendría que ir a otro sitio con sus pensamientos y sus sueños.
Una prima de su madre era actriz y una de las fundadoras, hacía muchos años, de la Academia Nacional de Teatro de Oslo. Marianne fue en su busca y leyeron El pato silvestre de Ibsen hasta que las lágrimas empaparon su rostro. Se estudió el papel de Hedvig y, después de ensayar durante un tiempo, decidió, con el apoyo de su tía y para gran disgusto de sus padres, presentarse al examen de ingreso. Pero Marianne encontró tanta oposición en casa que, finalmente, se desanimó y no se presentó al examen.
Marianne hablaba frecuentemente con Axel sobre el miedo que tenía de estar sola y vivía constantemente con un ligero temor de que él la abandonara, de que no fuera lo suficientemente interesante para él. Axel sentía mucho interés por los temores de ella y hurgaba constantemente en ellos:
El miedo a estar solo es un anticipo de lo que yace debajo del fragante encanto juvenil. El miedo está dentro de ti y debes cuidarlo. Tras de él, yace enterrado algo esencial, de eso puedes estar segura. Sé que estos «perros enterrados» de los que suelo hablar tienden a molestarte. Pero cada vez que te molesta, sé que todavía te faltan un par de experiencias contigo misma. Busca el sol detrás del miedo. Entonces conoceremos muchas palabras del mismo idioma.
Axel quería que Marianne sacara a la luz aquello que la asustaba. Así sería más fácil que se realizara a sí misma y que las fuerzas que en ella vivían se liberaran.
Estoy completamente seguro de que en ti vive algo con poder de crear. Todas las personas deberían crear algo. No estamos aquí en la Tierra para dormir, sino para crear. El acto de crear es el más importante de la vida y, a fin de cuentas, el único que da a la vida un cierto sentido. Crear es ver nuestro propio ser sedimentarse en las cosas que nos rodean. Cuando creas, compartes tu ser con otras personas. El que no crea, tiene suficiente consigo mismo. Se encapsula, se solidifica. ¿Qué es la vida para un animal que come, defeca y duerme? ¡La vida nos ha dado un cerebro y unos sentidos para usarlos para algo! ¡Para crear! ¡Y TÚ! ¡Tú puedes CREAR!
