Sokoa - Rafael Vera Fernández-Huidobro - E-Book

Beschreibung

Todo lo que se narra en el presente libro, por increíble que parezca, recoge uno de esos episodios reales que, por su preparación y desenlace, merece ser contado. Por motivos de seguridad y confidencialidad relativos a personas e instituciones, algunos nombres, lugares y situaciones no se ajustan con el máximo rigor a todos y cada uno de los pasos que se dieron en su momento hasta el desenlace final. Pero no se confunda el lector: lo que puede parecer más fantástico fue absolutamente real. Lo son sus protagonistas y la mayor parte de los pormenores que se cuentan, lo mismo que la tensión creciente, palpable, de unos hechos que iban a cambiar para siempre el devenir de la lucha contra ETA.

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Seitenzahl: 325

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Foca / Investigación / 142

RAFAEL VERA

Sokoa

«Operación Caballo de Troya»

Prólogo de Alfonso Guerra

Edición literaria de Ignacio Fontes de Garnica y Manuel Ángel Menéndez Gijón

1986: ante los planes de ETA de atentar con misiles SAM contra el avión que traslada a las máximas autoridades del Gobierno en sus visitas al País Vasco, se pone en marcha una increíble operación en la que las Fuerzas de Seguridad del Estado, con el apoyo del Mosad y la CIA, tenderán una trampa con proyectiles manipulados que acabará con el descubrimiento de uno de los principales arsenales de la organización y la incautación de muchos de sus documentos más sensibles.

Todo lo que se narra en este libro, por increíble que parezca, recoge uno de esos episodios reales que, por su preparación y desenlace, merece ser contado. Por motivos de seguridad y confidencialidad relativos a personas e instituciones, algunos nombres, lugares y situaciones no se ajustan exactamente a cada uno de los pasos que se dieron en su momento hasta el desenlace final. Pero no se confunda el lector: lo que puede parecer más fantástico fue absolutamente real. Lo son sus protagonistas y la mayor parte de los pormenores que se cuentan, lo mismo que la tensión creciente, palpable, de unos hechos que iban a cambiar para siempre el devenir de la lucha antiterrorista.

Rafael Vera Fernández-Huidobro (Madrid, 1945), arquitecto técnico, licenciado en ESIC y diplomado en Informática, fue funcionario del Ayuntamiento de Ma­drid. Director de los Servi­cios de Seguridad municipales (1979-1982), fue llamado por Felipe González al Minis­terio del Interior para el primer go­bierno del PSOE; desempeñó los cargos de director general de Seguridad (1982-1984), subsecretario de Interior (1984-1986) y secretario de Estado para la Seguridad (1986-1993).

Tras retirarse de la vida pública, centra su trabajo en una carrera literaria que inició con la novela Las 19 puertas (2007) y de la que El padre de Caín, publicada también en Foca, constituye su segunda entrega.

Ignacio Fontes de Garnica (Lo Pagán, Murcia, 1947) es periodista y autor de novelas, poesía y ensayo, así como de diversos trabajos de edición editorial. En Ediciones Akal ha publicado la novela Rojo, rosa, negro, y en Foca Quién es quién: Sus Señorías los diputados y 1937: el crimen fue en Guernica. Análisis de una mentira.

Manuel Ángel Menéndez Gijón (Madrid, 1955) es periodista y autor de una docena de libros sobre política, periodismo, historia y ensayo, así como editor de diversos textos literarios. En Foca ha publicado Quién es quién: Sus Señorías los diputados y 23-F: La conjura de los necios. Una de sus últimas obras en ver la luz ha sido El Zapaterato. La negociación. El fin de ETA.

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Rafael Vera, 2016

© del prólogo, Alfonso Guerra, 2016

© Ediciones Akal, S. A., 2016

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-945283-0-9

A los hombres que han quedado en la cuneta, consciente de que los terroristas a los que combatieron, saldrán tarde o temprano, y de que siempre tendrán el apoyo cerrado de los suyos.

Prólogo

En el verano de 2015, pasando unos días de descanso en la costa de Cádiz, mantuve un encuentro amistoso con Rafal Vera, que durante una semana descansaba en un paraje cercano. Me entregó una novela de su autoría titulada El padre de Caín. Mi primer pensamiento, después de la sorpresa, pues nada sabía de su afición a la escritura, fue entender que se trataba de un texto más de los infinitos que se escriben en España pero que con bastante probabilidad no alcanzaría a suscitar mi interés. En todo caso, me sentía moralmente obligado a su lectura. Y ahí surgió la verdadera sorpresa para mí. Comenzada la novela, me resultaba imposible abandonarla, así que la leí de una vez, sumergido en el tema y viviendo los acontecimientos que describía con una tensión creciente.

La intensidad de los hechos que exponía en el libro aumentaba hasta la angustia cuando sabías –así me lo había advertido su autor– que eran hechos sucedidos, con personajes reales.

La trama literaria cruzaba el complejo mundo de la lucha contraterrorista con una relación sentimental que lleva al borde de la desesperación a los implicados. De las consecuencias que producen las acciones criminales ninguna da tanto pavor como la desaparición de los seres queridos, pero existen otras derivaciones, casi siempre desconocidas, que apuntan al enfrentamiento dentro de las familias cuando uno de sus miembros pertenece a los asesinos y otro es una víctima de ellos.

Rafael Vera despliega un extraordinario conocimiento de los enrevesados sucesos que se originan cuando unos agentes de seguridad, en el libro guardiaciviles, deben someterse a una doble vida para no delatarse ante los que pueden atentar contra su vida.

La novela provoca una atención impresionante sobre las tácticas concretas de la lucha contra la estructura de la organización terrorista, el lector viaja con los agentes por los campos bajo la lluvia, en noches inacabables de vigilancia, muchas veces sin conseguir frutos inmediatos. Pero ni los personajes de la novela ni el lector se desmoronan; se provoca una identificación en la necesidad de terminar con el crimen.

Durante la lectura se escenifican las acciones como si se estuvieran viendo en una pantalla o en la realidad.

El núcleo narrativo es la lucha contra ETA, con un añadido personal que parecería pertenecer al mundo de lo irracional si no tuviéramos la certeza de que ocurrió.

La lectura me causó una fuerte impresión y una necesidad de reconocimiento de aquellos hombres que durante años se jugaron cada día y cada noche la vida para defendernos a todos del crimen y la extorsión. Y muchos la perdieron. Otros, héroes desinteresados, sufrieron una muerte social y profesional.

El autor, lector de novela negra –su padre le legó una buena colección–, identifica con claridad que los desalmados –y bien armados– representan a los malvados en la vida real, y que sus hombres de entonces, guardiaciviles y policías, responden al valor de los héroes.

En los años treinta en Estados Unidos tuvieron una gran popularidad los filmes de cine negro, cuyos guionistas eran autores de novela negra. En aquellas cintas se exhibe el mundo del gánster como un modelo de enriquecimiento rápido; son imágenes que glorifican al gánster violento y desaprueban a la policía que los persigue. La ascensión a la presidencia del demócrata Franklyn Delano Roosevelt en 1933 con el New Deal supone un rearme moral y económico, y un intento de voltear la imagen de gánsteres y policías más acorde con la realidad del papel social de cada uno, en la búsqueda del reconocimiento del funcionario policial que vigila por la seguridad de los ciudadanos y el rechazo de los delincuentes.

En España, para algunos sectores de la sociedad, los héroes eran los asesinos, «jóvenes que luchaban por sus ideas políticas» para resolver «el problema político de Euskadi», y los que lo arriesgaban todo por nuestra seguridad eran observados con desconfianza, sin acabar de fiarse de sus actos, siempre puestos en tela de juicio por demasiada gente. Aquellos que intentaban, mediante el asesinato, destruir la convivencia de los españoles eran y son apoyados por los suyos, mientras que a los que combatían el terror, con riesgo de sus vidas, se les miraba con sospecha, se desconfiaba de su trabajo. Una injusta paradoja.

Vera me anunció que estaba terminando de escribir una nueva novela dedicada a narrar los hechos del caso Sokoa, la detención de los dirigentes de ETA y el descubrimiento de un cuantioso almacén y una prolífica documentación que serviría para dar un golpe de fuerza contra el terror de tal envergadura que tengo para mí que aquello desencadenó la derrota posterior de la banda.

La leyenda literaria del caballo de Troya que penetra en las filas del enemigo llevando en su interior a los soldados que permitirán el triunfo militar, se reproduce aquí en una operación moderna con otros elementos bien diferentes pero que actuarán de igual manera.

La estructura de las fuerzas dedicadas a la lucha contra el terrorismo concibe una operación ideal: lograr introducir unos misiles tierra-aire en el mundo de ETA, con una maniobra previa, colocar unos radiofaros (aparatos de seguimiento) indetectables para ellos y que garanticen la ubicación permanente del sitio donde se encuentren los misiles. Era muy probable que unos misiles de tal capacidad destructiva fueran depositados en el lugar más seguro de la organización. Y una vez detectado, sólo era preciso llegar allí y descubrir el escondrijo principal de la banda.

La idea era brillante, pero para su realización se necesitaban muchos elementos muy difíciles de armonizar. Era preciso contar con los misiles, la oferta a los terroristas debía hacerla alguien de quien no dudasen, había que disimular que no llevaban carga explosiva para que no los pudieran utilizar, instalar los radiofaros y tener la capacidad de su seguimiento y loca­lización.

Para ello era preciso contar con la tecnología más moderna, la norteamericana de su agencia de inteligencia, y con la capacidad de movilidad de los servicios del Mosad israelí.

El lector irá sumergiéndose en un auténtico thriller cinematográfico con un guion mucho más apasionante que los que nos ofrece Hollywood, aún más sabiendo que son hechos reales, sucedidos en nuestro país y en nuestra época.

Vera consigue mantener el interés del lector, la excitación en los momentos en los que avanza el operativo que conducirá a la detención de la cúpula de la banda terrorista, así como la angustia cuando imponderables de la difícil operación hacen pensar en el fracaso.

La lectura de la novela ofrece información cuantiosa acerca de cómo actúan los guardiaciviles, en las operaciones antiterroristas, sobre la búsqueda de cooperación en gendarmes sin galones, la soledad de los llamados BLV, «búscate la vida», agentes dispuestos a operar en territorio francés conscientes de que un error les dejará indefensos, sin ayuda de sus superiores que no podrían reconocer la operación.

Este libro es bastante más que una novela, es también un libro de historia. De la trágica historia vivida por los españoles a causa del terror sostenido durante medio siglo por una banda criminal. El hallazgo de un comunicado interno de ETA en uno de sus buzones sugiriendo a un comando la conveniencia de adquirir un misil tierra-aire para utilizarlo contra el avión que acostumbraba a llevar a las autoridades del Ministerio del Interior al País Vasco cuando acudían a los funerales de los guardiaciviles y policías asesinados por la banda, ofrecerá a los combatientes contra el terrorismo la idea de facilitarles ellos mismos el misil a la banda con un artefacto localizador.

La audacia, las muchas dificultades para la realización de la o­pe­ración, concluirán con el desbarate de la banda terrorista. Si la sociedad española debe mucho a aquellos que tuvieron tanto que sacrificar para vencer al terror, hoy tenemos, con este relato, la oportunidad de conocer en detalle la más importante operación antiterrorista gracias a la narración de quien conoce aquel combate con precisión. En él se dejó gran parte de su vida.

Y a los lectores, advertirles que este libro les apasionará. Y será también un acto de justicia.

Alfonso Guerra

Febrero de 2016

Capítulo 1

Cuatro ladrones en la Gendarmerie de Anglet

Anglet, Aquitania, Pirineos Atlánticos, viernes 7 de noviembre de 1986

Llueve torrencialmente en la fría noche otoñal de Francia. El comando –el sargento Enrique Delgado y los guardiaciviles José Fadril y Raimundo Toledano, al mando del teniente Eloy Domínguez– ha cruzado el Puente Internacional de Behobia a media tarde, a la hora de mayor afluencia de circulación, para difuminar en el anonimato la furgoneta Ford Transit Supervan 2, de 1984, de 70cv, rotulada para la ocasión con pegatinas del servicio de Telefónica, uno de los vehículos de la dotación de camuflados del cuartel de la Guardia Civil en el barrio donostiarra de Intxaurrondo, equipado con matrículas francesas falsas, con el 64 de los Pirineos Atlánticos. En el puesto fronterizo español los ha reconocido el inspector Uría, que ha acompañado el gesto de paso con un deseo: «¿De caza? Tened cuidado y buen servicio».

La hora de intervención la han fijado en la medianoche con el comandante de la jefatura de Información de Intxaurrondo, quien sigue desde allí la operación. Están a unos 55 kilómetros, poco más de una hora por la A63 y la E5, del objetivo: un extraordinario asalto de un comando de la Guardia Civil a la Gendarmerie de Anglet, en el área urbana de Bayona, sita en la avenue d’Espagne, pues allí se encuentran depositados los misiles incautados por la PAF en una operación brillante contra ETA.

En Anglet cayó, en 1978, el etarra Argala, el Flaco, José Miguel Beñarán Ordeñana, jefe del «comando Txikia» y de la «Operación Ogro» que el 20 de diciembre de 1973 asesinó al Almirante, el presidente del Consejo de Ministros, Luis Carrero Blanco. Argala era, además, uno de los artífices de ETA-militar tras escindirse la banda terrorista en 1974, así que cuando, cinco años después, el 21 de diciembre de 1978, coincidiendo con el aniversario del atentado contra Carrero, imitó el vuelo de su víctima por una bomba colocada en los bajos de su coche por un grupo del terrorismo contraterrorista, el Batallón Vasco Español (BVE) o un comando de oficiales de la Marina Española, nunca se dilucidó, el Estado no sólo se cobró cumplida venganza del magnicidio, sino que asestó un duro golpe a la dirección de la organización terrorista.

Hasta medianoche quedan bastantes horas. Los hombres han comido hacia la una de la tarde en Fort Apache, como propios y extraños conocen el cuartel de Intxaurrondo, y como el desenlace de la operación es incierto, más vale hacer una merienda-cena fuerte: al igual que en una carrera ciclista, la falta de azúcar acarrea una pájara invalidante y el cerebro y el sistema nervioso necesitarán mucha glucosa para realizar la actividad que los espera. Tras el almuerzo, han estado reunidos con el comandante y los oficiales de Información y el teniente coronel de Servicios Especiales, repasando hasta el aburrimiento todos y cada uno de los pasos a dar, los planos, los accesos, el nombre en clave del contacto en el lugar del objetivo, a quiénes citar o recurrir en caso de extrema necesidad, la actitud a tomar si algo sale mal, etcétera.

Deciden cenar en Biarritz, pues aunque los habitantes son más o menos los mismos de Anglet, siempre hay una gran población flotante de turistas y visitantes de las playas y el casino moviéndose por calles, restaurantes y cafeterías, entre la que es más fácil camuflarse. Escogen un bistrot del centro, ruidoso y concurrido, y encargan el menú del día: la soupe du jour, el steak avec frites –en Intxaurrondo sirven mejor carne– y el dessert, una especie de pastel de demasiados colores, con vino tinto y dos cafés por cabeza. Cerca de las 9, enfilan la avenue de Biarritz y la avenue de Verdun, rumbo a Anglet. Sigue lloviendo y ha aumentado el frío. El tráfico es intenso.

Delgado conoce, de otras operaciones, un hotel cercano a la Gendarmerie, el Novotel Biarritz Anglet Aéroport, siempre lleno de viajeros que esperan vuelo o han llegado para abordar sus asuntos en la Aquitania al día siguiente. Antes de entrar, se despojan de los monos azules de trabajo que visten, con el logotipo de Telefónica bordado en el bolsillo izquierdo de la pechera e impreso a lo ancho de la espalda.

El bar del hotel está especialmente animado por un par de celebraciones que han atraído gente de los alrededores. Eligen una mesa desde la que pueden controlar las tres entradas del local, una para cada uno, y piden cafés y coñacs. Con disimulo, como si hiciera un dibujo automático, el teniente Domínguez repasa la operación con sus hombres: dibuja un sol, la Gendarmerie, a escasos 200 metros de donde se encuentran, en el 62 de la avenue d’Es­pagne, una estrella al oeste del sol; otra estrella al sur es la rotonda que da acceso a la calle lateral del este del cuartel de la policía francesa, la rue de Quesnel, con un bosquecillo –Domínguez dibuja una constelación– en el que se ocultarán y desde el que accederán a la trasera de la Gendarmerie, al edificio auxiliar, una supernova exenta que hace ángulo recto con el sol. El cuerpo de guardia de la instalación policial se encuentra en el edificio principal, en la fachada de la avenue d’Espagne, y la puerta principal del edificio auxiliar, sin guardia, da al aparcamiento trasero del acuartelamiento. Más allá del bosquecillo, salen hacia el norte dos alamedas, la allée de l’Espérance y la allée Villarubio, que atraviesan una urbanización de chalets y desembocan en la avenue de Biarritz, al norte del sol...

El teniente Domínguez –un oficial polilla, egresado no hace mucho de la Academia, alto y fibroso, de ademanes seguros– utiliza los datos proporcionados por François Marchant, un gendarme amigo –20.000 francos nuevos y un mes de vacaciones gratis en un apartamento en Calella, la de los Alemanes, en la Costa Brava: la tarifa habitual de la amistad de los agentes sin galones–, confirmados visualmente el día anterior por Delgado y él en un recorrido sin bajar del automóvil.

Deciden dejar el coche al fondo de la allée de l’Espérance desde la avenue de Biarritz, un paseo de 30 metros hasta el bosquecillo detrás de la Gendarmerie. Para el regreso, después del asalto a la comisaría francesa –Domínguez traza estrellas fugaces al norte y al oeste del cuartel–, ganarán la D260 hasta llegar a la D810 y aquí ya verán, según esté el tráfico, y las circunstancias, si seguir por ésta recorriendo la costa o incorporarse a la autopista, la E5.

—¿Estamos? –pregunta a sus acompañantes y, tras sus gestos afirmativos, rompe en trocitos la servilleta y los deposita en el cenicero.

Las cenas y las fiestas declinan en el Novotel Biarritz Anglet Aéroport. Es el momento de salir. Antes de subir a la furgoneta, se vuelven a enfundar los monos. Por la avenue d’Espagne, la Ford Transit deja a la izquierda la Gendarmerie, donde reina la tranquilidad y las escasas luces –ninguna en el edificio auxiliar– revelan la falta de actividad, y toma la rue de Quesnel para acceder a la avenue de Biarritz. Tuercen a la izquierda, recorren los trescientos metros de la allée de l’Espérance y maniobran en ella para dejar el coche orientado hacia la avenida.

Abren el portón trasero y, de debajo de las cajas de repuestos telefónicos, Delgado y Fadril extraen una especie de estrecho ataúd de unos dos metros de largo protegido por una lona de camuflaje militar; salen aprisa y salvan los pocos metros que los separan del bosquecillo; detrás de ellos, Domínguez y Toledano recorren el mismo camino con otro cajón idéntico. Las únicas armas que llevan, además de navajas suizas multiusos, son sus pies. De alguna manera, en ese momento forman parte de lo que los propios guardias llaman «agentes BLV», los «Búscate la vida», los eufemísticamente conocidos como «destinados al norte de Intxaurrondo», que saben que la única ayuda que pueden esperar ante las adversidades es un mensaje de la superioridad por radio: «Actúe según proceda». Por suerte, al menos ha escampado.

Los guardiaciviles se reúnen en el bosquecillo donde desemboca la allée de l’Espérance, al otro lado de la rue de Quesnel, la Gendarmerie por medio. Sendas luces cenicientas alumbran las puertas gemelas, ciegas y de metal pintado de rojo oscuro, de la trasera del edificio auxiliar, de una planta. Un murete blanco de un metro, una valla de alambre de otro metro sobre el muro y un seto interior de aligustre de más de dos metros son la única protección del recinto, iluminado en esa parte sólo por una farola en la esquina del edificio auxiliar con la rue de Quesnel. Como les aseguró el francés, no hay moros en la costa. Saltan los obstáculos con los cajones a cuestas y, en fila india, pasos de gato, eligen el tramo del seto iluminado por la farola porque la mole del recinto auxiliar los protege de las vistas de cualquiera que salga por la puerta trasera del edificio principal o atraviese el aparcamiento. El cambio de guardia, que mueve más gente, todavía se retrasará unas horas.

Domínguez y Fadril van al frente del cuarteto, que cierran Delgado y Toledano. Fadril es un alicantino renegrido y fibroso con larga experiencia en la Guardia Civil y que se incorporó al cuartel de Intxaurrondo cuando se inauguró en 1980; nunca lleva llaves y nunca sale de su casa sin su estuche de delicadas ganzúas, con las que abre y cierra todas las puertas, no importa la cerradura, y enciende y apaga todos los vehículos, no importa la marca ni el modelo; un continuo entrenamiento que lo tiene siempre dispuesto para integrar los equipos de operaciones encubiertas. Los cuatro se enfundan guantes verdes de cirujano. La puerta, de chapa y pintada de gris, señalada por el contacto es la de la derecha, que da acceso directo a los almacenes; Fadril la abre en un suspiro. Domínguez y Delgado cuentan tres puertas por el pasillo por el que avanzan los cuatro con los dos cajones y con ayuda de una linterna mínima en la boca del teniente: Toledano vuelve de guardia detrás de la puerta de entrada, atento a cualquier ruido del exterior. Son precauciones inútiles; si los descubren, se entregarán manos en alto como han acordado, pero es el protocolo... El teniente ilumina la cerradura de la puerta del pasillo elegida para que proceda Fadril: un clic que les suena como un estrepitoso gong chino les abre paso a una habitación vacía, con una larga mesa metálica arrimada contra la pared opuesta. Sobre ella, dos sólidas cajas de madera, de unos dos metros de largo, rotuladas visiblemente en ruso –«9K32 Strela-2»–, en inglés –«SA-7b Grail Mod.1»– y en árabe –«2 9K32»–, y de manera aún más destacada: «Opitnoye Konstructorskoye BiuroKolomna», la famosa «Oficina de Diseños Experimentales Kolomna», una OKB soviética especializada en la fabricación de misiles tierra-aire SAM (Surface-to-Air Missile): los misiles con los que ETA pretendía derribar el Dassault Falcon 50 de la Fuerza Aérea que los dirigentes del Ministerio del Interior, del Gobierno, utilizaban en sus desgraciadamente numerosos viajes oficiales al País Vasco para presidir funerales de víctimas del terror.

Por fortuna, las tapas de ambos cajones están desclavadas para facilitar las inspecciones judicial y militar. Dentro de cada uno de ellos, en un lecho de espuma de alta densidad, un lanzamisiles lacado en color verde oliva y un misil, en blanco grisáceo. Y, a la vista, las pequeñas placas con los números de fabricación y de serie de ambos. Suben a la mesa los cajones que traen, los desenvuelven de sus lonas y, auxiliándose de una cuña plana de acero, Delgado desclava las tapas: dentro, junto a lanzaderas y misiles idénticos, sendas bolsitas de plástico con las placas de identificación y sus dos tornillos encajadas entre la espuma y las armas.

Delgado sabe qué cabeza de destornillador tiene que elegir de un cilindro que saca del bolsillo de la camisa, que no había dejado de palpar de cuando en cuando desde que salieron de Intxaurrondo; desenrosca la tapa y echa sobre la palma de su mano izquierda una variedad de cabezas de destornilladores. «Luz», pide a Domínguez, y escoge una de ellas, que, tras meter las demás en el bolsillo interior de su zamarra, encaja en la otra punta del cilindro-contendedor.

Por el ventanuco de la habitación llega el ruido de un portazo desde el otro edificio y voces y risotadas que avanzan por el aparcamiento. Delgado encaja el destornillador en el tornillo de la derecha de la placa del lanzamisiles. Al girarlo a la izquierda, el destornillador resbala con un chirrido; lo vuelve a encajar, cuidando de que la verticalidad del cilindro sea exacta..., con el mismo resultado. «¡Jó-dér!», masculla, mientras echa mano nerviosa al bolsillo donde ha metido el resto de las puntas y las saca todas. Oyen fuera una carcajada y un «Ne vous moquez pas de moi!» al pie del ventanuco, casi como si estuvieran asomándose por él.

En un susurro tembloroso pero tajante, ordena a Domínguez: «¡Luz, luz! ¡Con cuidado!». Domínguez pone la mano izquierda detrás del pequeño haz luminoso de la linterna, haciendo pantalla para que no se cuele claridad por la ventanilla. «En el tornillo, mi teniente... A ver, en las puntas.» Delgado escoge otra, se la mete en la boca y el resto, en el bolsillo. Desencaja la cabeza equivocada, la mete en el bolsillo y encaja la que sujeta entre los labios. Oyen abrir y cerrar las puertas de un vehículo aparcado bajo la ventana y el ruido del motor al encenderlo y alejarse. Ambos sueltan aire. Esta vez acierta: no sin esfuerzo, desenrosca dos tornillos, que deposita uno a uno en la mano de Domínguez, y levanta con cuidado la placa del misil. Con el mismo cuidado, para no dejar marcas de manipulación, atornilla la placa extraída de uno de los lanzamisiles que han traído con ellos para sustituir los que están en la Gendarmerie. Repite la operación con la placa del misil, encajan en silencio la tapa del cajón manipulado y lo bajan al suelo. El otro cajón lo dejan con la tapa desclavada sobre la mesa, más o menos en la posición en que estaba. «¡Uno!», murmura Delgado y anuncia: «A por el otro». Ya con seguridad y calma, el exterior de nuevo en silencio, repite paso a paso la operación con las piezas del segundo cajón. «¡Humo!», dice a Domínguez, quien se asoma a la puerta para que los agentes acudan a hacerse cargo de uno de los cajones de los que han dado el cambiazo, ya envuelto en su lona; él y el sargento cargan con el otro. Se reúnen al fondo del pasillo; Domínguez levanta el pulgar: misión cumplida, resoplan. El sargento y Toledano salen los primeros; desde la esquina del edificio auxiliar, Delgado atisba la puerta trasera del principal y el aparcamiento, le hace una seña al agente y corren hacia el seto; Fadril, tras cerrar cuidadosamente la puerta con sus ganzúas, hace lo mismo con Domínguez.

Ganan sigilosamente el seto que linda con el bosquecillo y van pasándose los cajones por encima. A mitad de camino a la furgoneta, vuelve a desencadenarse el diluvio; la decena de metros que han de recorrer no ofrece ningún refugio. Llegan al automóvil empapados y tiritando. Antes de meterse en la Ford Transit, disimulan los cajones en la carga trasera y, tras darse la mano, los cuatro guardiaciviles emprenden camino de regreso. El asfalto brilla con las luces largas, y las escobillas del limpiaparabrisas inician un frenético baile que no acaba de aclarar totalmente la visión.

—¿No lo vamos a celebrar, mi teniente? –pregunta al cabo de un rato Fadril, que conduce, sin apartar los ojos de la carretera, escasa de tráfico, bajo una cortina de lluvia.

—Cuando lleguemos a casa –dice Domínguez, con una sonrisa, y enciende un apestoso Gauloise, precaución de manual para que el tabaco español no delate a los BLV.

—Joder, mi teniente –se queja Delgado desde el asiento trasero.

Con la primera, profunda calada al cigarrillo, Domínguez recuerda las últimas palabras del comandante jefe de Información instantes antes de salir de Intxaurrondo: «No volváis sin los cacharros», les había despedido. «¡A sus órdenes, mi comandante!», le había contestado, cuadrándose y saludando, así como el sargento: ¿qué le iba a decir? Pero ahora, con la recuperación de los radiotransmisores facilitados por la CIA al Gobierno español para marcar los dos misiles que se iban a proporcionar a la banda terrorista –condición sine qua non de los prestamistas–, la «Operación Caballo de Troya» contra ETA concluía con brillantez, con el mismo éxito con que, dos días antes, había culminado la parte ejecutiva del operativo sobre la fábrica de muebles Sokoa, una tapadera de la organización terrorista en Hendaya, que encubría el mayor escondite que poseía la banda para ocultar armas, dinero y documentación de sus crímenes y extorsiones.

Capítulo 2

Una idea mortal en unbuzónetarra

Cinco meses antes...

Madrid, Ministerio del Interior, lunes 2 de junio de 1986

Antes de leer el orden del día preparado por el jefe del Gabinete de Información y Operaciones Especiales, Francisco Álvarez Sánchez, el coronel jefe de Servicios Especiales de la Guardia Civil, Pedro Catalán, se lo soltó a quemarropa con la confianza y la campechanía adquiridas tras casi tres años de trabajo codo con codo en la lucha antiterrorista:

—Señor ministro, ¿sabe usted que nuestros amigos del norte se lo quieren cargar de un misilazo cuando tengamos que ir a otro funeral?

De los otros diez hombres reunidos en el llamado Salón Regio del Ministerio del Interior, muebles de roble encerado, cortinajes de terciopelo verde, sillas de brazos forradas de piel del mismo color y arañas de cristal, el aludido fue el que puso menos cara de estupefacción:

—Cuéntenos, coronel Catalán –se limitó a decir un José Barrionuevo impávido.

Como cada lunes, a veces los martes, generalmente a las 10 de la mañana y a veces a las 11, se hallaba reunida la Mesa de Coordinación Antiterrorista. La MCA englobaba, tras la reorganización interna del ministerio en 1983, al Mando Único de la Lucha Antiterrorista, creado en 1982, reconvertido en el Gabinete de Información y Operaciones Especiales (GAIOE). La presidía el ministro, José Barrionuevo; el subsecretario, Rafael Vera, se sentaba a su derecha y, a la izquierda, el director de la Seguridad del Estado, Julián Sancristóbal; en los otros sillones, el jefe del Gabinete de Información y Operaciones Especiales, Francisco Álvarez Sánchez, los directores de la Policía, Rafael del Río, y de la Guardia Civil, José Antonio Sáenz de Santamaría, los jefes de Información de la Policía, Jesús Martínez Torres, y de la Guardia Civil, Pedro Catalán, y su segundo, el teniente coronel jefe de los Servicios Especiales Cándido Acedo, y dos militares del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), el coronel Company y el teniente coronel Rico.

La MCA funcionaba razonablemente bien. En las reuniones semanales se revisaban las operaciones antiterroristas en marcha, las novedades habidas y todos los frentes abiertos en la colaboración internacional, y los responsables exponían la situación de sus respectivas divisiones. A los mandos políticos del ministerio les enervaba que policías y guardiaciviles se reservaran las cosas más importantes, especialmente las que tenían que ver con la apertura de nuevas vías de investigación; había que tirarles de la lengua para que hablasen de las operaciones en curso, porque cada servicio era muy celoso y no quería dar información al resto. A menudo, el ministro tenía que recordarles: «Estamos hablando de cosas muy serias y no podemos estar aquí ocultándonos información». «Pero es que luego nos pisan los servicios...», argüía uno u otro. «Bueno, aquí hay que decir lo que ocurre con exactitud –cortaba el ministro–. No pido los detalles exactos, no exijo nombres o contactos, pero sí un nivel muy concreto de las operaciones que tengáis entre manos, especialmente del lugar y del posible objetivo, si son inminentes o no, o si todavía hay que darles un poco de tiempo. ¿Entendido? No me hagan repetirlo en cada reunión, por favor.» Podía surgir, como así ocurrió en alguna ocasión, una coincidencia en las vías de investigación o en los objetivos, obligando de forma precipitada a una retirada inmediata de aquellos investigadores que podían interferir en la marcha de una operación iniciada por otro servicio, lo que siempre traía serios problemas de celos y de reproches.

Pero, aquel día, Catalán no ocultó nada y contó que agentes del servicio de Información de Intxaurrondo tenían localizado un buzón etarra que inspeccionaban periódicamente, y que acababan de descubrir los propósitos de la banda de adquirir misiles tierra-aire para atentar contra el Dassault Falcon 50 de la Fuerza Aérea que los dirigentes de Interior utilizaban para sus viajes oficiales al País Vasco. Leyó en voz alta la larga nota hallada en el buzón, en euskera y transcrita en castellano, que, tras analizar las dificultades y posibilidades de perpetrar una ekintza, una acción criminal que la dirección etarra había propuesto al comando, terminaba con «una sugerencia»:

Hemos observado que, cuando hay algún funeral oficial, vienen de Madrid autoridades políticas: el ministro, el secretario de Estado, los directores de la Policía y la Guardia Civil, y aterrizan en Fuenterrabía en un avión oficial... Se nos ha ocurrido la posibilidad de hacer allí un atentado importante, que tendría trascendencia política como el de Carrero o algo así. ¿Habéis considerado la posibilidad de utilizar un misil SAM para derribar ese avión? Bueno, es una sugerencia.

Cuando Catalán terminó de leer la carta interceptada, todos se miraron en silencio con estupor, pero también con suma preocupación: ETA quería dar un salto cualitativo en su escalada del terror.

Un buzón etarra en el monte

Comarca del Goierri, Guipúzcoa, domingo 18 de mayo de 1986

Unos meses atrás, el comandante jefe de Información de Intxaurrondo, Enrique Rodríguez Galindo, había encomendado al joven teniente Eloy Domínguez y al veterano sargento Enrique Delgado que vigilaran a un sospechoso de alojar en su domicilio, en una céntrica calle de Hernani, a algún miembro de un comando de liberados, según lo deducido de las escuchas telefónicas practicadas. La vivienda, próxima al Ayuntamiento, era muy difícil de controlar por la cantidad de tráfico de coches y de peatones. La presencia de un forastero en estos pueblos era detectada inmediatamente por los simpatizantes de los terroristas, que en la mayoría de los casos lo asociaban con los servicios de seguridad: no siempre acertadamente, pues en varias ocasiones habían asesinado a personas ajenas a la policía por el mero hecho de ser consideradas sospechosas de pertenecer a ella. En octubre de 1973 torturaron y acribillaron a balazos a tres ciudadanos gallegos, secuestrados en San Juan de Luz (Francia), a los que tomaron por agentes disfrazados de turistas: Humberto Fonz, Jorge García Carneiro y Fernando Quiroga eran tres trabajadores que habían pasado a Francia a ver el cine que la dictadura censuraba en España. Y en junio de 1981, el etarra Lorenzo Llona Olalde, Mortxongo, asesinó a otros tres jóvenes, Juan Ignacio Ibargutxi y los hermanos Juan Manuel y Pedro Conrado Martínez Castaños, vendedores de libros a domicilio, a los que ametralló cuando salía de un bar de Tolosa porque los supuso policías.

Entrar en los pueblos del Goierri sin levantar sospechas era, pues, una labor ardua y arriesgada. Pero el grupo de la brigada de Información de Domínguez tenía la cabeza de playa idónea en Fulgencio, un guardia de mediana edad, de aspecto tan anodino que pasaría inadvertido en medio del albero de una plaza de toros abarrotada de público. Su hoja de servicios así lo atestiguaba: disimulado bajo la identidad de un empleado de los servicios públicos, había llevado a cabo con éxito osadas operaciones de seguimiento por la zona. Aunque, a veces, arriesgaba demasiado y sus compañeros, los agentes que hacían la contravigilancia, le habían advertido de que empezaba a levantar sospechas en determinados lugares; bastaba con observar los gestos y miradas de los demás.

El grupo se puso en marcha hacia el lugar de trabajo del objetivo: un taller mecánico cuyo dueño era el objeto de las investigaciones. Iban en tres coches camuflados con matrículas de San Sebastián y dotados de un sistema de transmisiones moderno y eficaz, siempre condicionado por la difícil orografía del suelo vasco, pero más seguro que las transmisiones policiales habituales, fácilmente detectables por los terroristas con sencillos escáneres de ondas hertzianas y a través de simpatizantes y colaboradores que trabajaban en empresas de telefonía y les proporcionaban las longitudes de onda de las centrales policiales, además de informarles, en muchas ocasiones, de las escuchas autorizadas judicialmente.

El local se encontraba en las afueras de Hernani, con salida a dos calles, que cubrieron con sendos automóviles. El objetivo empezó a moverse hacia la una; salió del taller conduciendo una furgoneta Renault, matrícula de San Sebastián, y tomó la carretera que conduce a Andoain pasando por la localidad de Urnieta. Eloy se había apostado con el sargento Delgado en las proximidades del taller, frente a una estación de servicio. A esas horas, el intenso tráfico y la lluvia enmascaraban perfectamente la espera. Comenzaron el seguimiento con el primer coche; el segundo, con Domínguez y Delgado, estaba unos centenares de metros detrás, listo para continuar la persecución a una señal de radio seguida de una clave convenida, y el tercero permaneció vigilando el taller. La lluvia, presente desde primeras horas de la mañana, concedió una tregua camino de Andoain, no así la niebla ligera y persistente que brillaba sobre la carretera, limpia y húmeda con el reflejo de las luces cortas que descubrían el denso follaje de las cunetas. En Andoain, el objetivo se incorporó a la carretera nacional camino de Pamplona.

—Qué extraño –dijo Delgado–. No es habitual que se aleje tanto del taller...

—¿Qué crees?

—Que la excursión nos lleva de pesca.

Por lo que sabían de su objetivo, no solía moverse del taller durante el horario laboral si no era para atender recados en el pueblo o en los caseríos de los alrededores, de lo que no había indicios. A la señal convenida, cuando la furgoneta enfiló camino de la capital navarra, el segundo automóvil los adelantó y se puso en primera fila del seguimiento para evitar una presión excesiva con un mismo vehículo; ellos se distanciaron prudencialmente sin perder de vista las luces rojas del segundo coche. Cruzaron todos Berastegi y, antes de llegar a Leitza, en el puerto de Urto, el objetivo tomó una pista forestal paralela a la carretera de montaña de Leitza-Santesteban; una zona que se extiende hasta Francia, con bosques espesos, roturados de multitud de sendas y caminos forestales, regatos..., que forman una intrincada red de comunicaciones difícil de controlar con aquella espesura, oscuridad y silencio. El coche de cabeza continuó hacia Leitza, para dejar el relevo al de Domínguez, y Delgado; no obstante, adentrarse por el mismo camino que el objetivo no tenía sentido, decidió Domínguez, pues se convertía en persecución más que en seguimiento y daría al traste con la finalidad que se proponían: controlar movimientos, identificar contactos, verificar los lugares que visitaba y fotografiar a las personas con las que se reuniese. De modo que se detuvieron un poco más adelante del camino por el que se había desviado la furgoneta, aparcando el coche en una pequeña explanada en la que se apilaban montones de troncos y de broza procedentes de la tala, lo que les permitía camuflar su presencia.