¡Soy libre! - PADRE ALFONSO LLANO S.J. - E-Book

¡Soy libre! E-Book

PADRE ALFONSO LLANO S.J.

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Beschreibung

El padre Alfonso Llano S.J. deslumbró a los lectores de EL TIEMPO con las profundas reflexiones que compartía a través de su columna Un alto en el camino. Tras su fallecimiento en 2020, y como agradecimiento por tantos años de acompañamiento, nos deja estas memorias, su libro póstumo, en donde con gran fervor vuelve a compartir sus pensamientos más profundos en torno a la iglesia y su paso por la Compañía de Jesús. En este autobiografía conoceremos cómo fue la infancia del padre Alfonso en Medellín, qué personas fueron determinantes para tomar la decisión que cambió el rumbo de su vida; nos contará de primera mano cómo fue el llamamiento de Jesús para hacer parte de la comunidad jesuita. Y no sería un libro de Alfonso Llano si no tuviera este ingrediente: varias reflexiones sobre lo que significa comprender a Jesús, no como Dios, sino como un hombre que vino a enseñarnos a amar al prójimo. Como muchos de sus lectores sabrán, para el padre Alfonso Llano era fundamental entender a Jesús de manera ascendente, es decir, Jesús viene del hombre. Nuestro autor propone entender a Jesús como a un niño que fue creciendo y desarrollando una espiritualidad interior, hasta convertirse en un profeta que conquista el corazón de los feligreses. Adicionalmente, también compartirá algunas de sus experiencias con los miembros y superiores de la Compañía de Jesús, y compartirá algunos pensamientos en torno a su papel como columnista y escritor. Este libro cuenta con un prólogo a cargo de Roberto Pombo.

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Seitenzahl: 338

Veröffentlichungsjahr: 2022

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¡Soy libre!

© 2022, Padre Alfonso Llano S.J

© 2022, Intermedio Editores S.A.S.

Primera edición, julio de 2022

Edición

María Alejandra Mouthon

Equipo editorial Intermedio Editores

Concepto gráfico, diseño y diagramación

Alexánder Cuéllar Burgos

Equipo editorial Intermedio Editores

Foto de portada

Claudia Rubio

El Tiempo

Intermedio Editores S.A.S.

Avenida Calle 26 No. 68B-70

www.eltiempo.com/intermedio

Bogotá, Colombia

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.

ISBN:

978-958-757-995-6

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Contenido

Prólogo

Agradecimiento

Dedicatoria

Aclaraciones

Breve presentación

Mi vocación a la Compañía de Jesús y primeros años de vida en la Compañía de Jesús, 1938-1943

El llamamiento a seguir a Jesús en la vida religiosa: experiencia de Dios, causa de mi ingreso a la Compañía de Jesús

Experiencia con la Compañía de Jesús

Mi experiencia con algunos superiores de la Compañía

Disgusto del padre Gabriel Ignacio Rodríguez, superior provincial, con mis escritos

Mi experiencia con la Iglesia

La columna «Un alto en el camino»

Sanción episcopal mayúscula: la suspensión del ejercicio sacerdotal

Sanción por parte del arzobispo de Bogotá Aníbal Muñoz Duque a mi persona:

Censuras episcopales y salidas al exterior

Mi experiencia con el Opus Dei

“Herejías” de la Iglesia

Hechos y datos que fundamentan la posición sobre la concepción no virginal de Jesús como hijo del hombre

Actitudes ideales en la vida

Las “cartas” sobre la mesa (de la vida)

Actitud positiva frente a la vejez

Palabras finales

Soy Libre

Visión de conjunto

Post scriptum

Notas al pie

Este libro es una obra póstuma del padre Alfonso Llano S.J., quien encomendó a su familia, a dos grandes amigos y a Intermedio Editores su publicación. Es un privilegio para la editorial cumplir con la última voluntad de nuestro autor y honrar el compromiso de su familia.

Los beneficios económicos que se generen por la venta de este libro están destinados en su totalidad a la Fundación Centro Nacional de Bioética, CENALBE. Es una entidad privada, autónoma, apolítica y sin ánimo de lucro, cuyo principal fin es promover la bioética en los diversos sectores de la sociedad. Nació bajo la dirección del autor de estas memorias.

 

 

 

Por cuestiones de derechos de autor, todas las cartas que no son autoría del padre Alfonso Llano han sido eliminadas y se ha insertado un breve resumen de lo que decía la epístola correspondiente.

Prólogo

La última voluntad de Alfonso Llano

Por Roberto Pombo

Este libro será polémico sin duda. Los superiores del padre Alfonso Llano Escobar le ordenaron de manera expresa guardar silencio por el resto de su vida y aún después de su muerte. Él desobedeció ambas instrucciones: siguió expresando de alguna manera su pensamiento durante los varios años que transcurrieron entre la orden perentoria de la jerarquía eclesiástica y su fallecimiento, el 2 de diciembre del año 2020, y permitió (en la práctica ordenó) que se publicara de manera póstuma este escrito.

Fueron varios los asuntos que enfrentaron al padre Llano con la jerarquía eclesiástica colombiana y, por iniciativa de esta, en algunos casos esos choques involucraron incluso a algunas figuras importantes de la nomenclatura del Vaticano. En un momento dado la confrontación fue tal, que le fue suspendido su derecho de ejercer el sacerdocio, tal vez la sanción más fuerte que le fue impuesta a lo largo de su vida, pero si no fue la más grave sí fue la que mayor dolor le provocó.

Buena parte de los problemas que le llegaron a Alfonso Llano tuvieron que ver con sus críticas a la encíclica Humanae Vitae, dictada por el papa Pablo VI en 1968. Era aquel uno de los años de mayor transformación de las costumbres de los jóvenes de todo el planeta, nacidos a finales o justo después de la Segunda Guerra Mundial. La nueva revolución cultural mundial desatada por esa nueva generación de inconformes había puesto el tema del sexo, y por lo tanto el de la reproducción humana, en el centro de esa ruptura.

Para ese entonces Alfonso Llano, al igual que muchos otros pensadores católicos en el mundo, había puesto sobre la mesa el planteamiento de que el sexo entre casados no debería tener como único objeto la reproducción de la especie, en buena medida por el impacto negativo sobre la humanidad que en muchísimos aspectos fundamentalmente económicos estaba teniendo el crecimiento exponencial de la especie. Ahí empezó a entrar el debate sobre la validez para los católicos de la utilización de métodos anticonceptivos dentro de la vida de pareja, quitándole fuerza a una postura moral que tenía que ver más con el discurso moralista de San Agustín, que se volvió tradición, que con un dogma de la Iglesia. Y mientras muchos sacerdotes trataban de mantener en el redil a una juventud rebelde, llegó la encíclica de Pablo VI estableciendo como una instrucción sin atenuantes que las parejas no podían utilizar métodos artificiales para impedir los embarazos.

La lucha de personas como Llano Escobar, que veían con horror que esa encíclica iba a lograr una deserción importante e innecesaria entre las parejas católicas, se vio enfrentada a posturas intransigentes de la jerarquía católica de la época en Colombia, que consideró que las críticas formuladas a Humanae Vitae constituían causal de indignidad. Por eso la jerarquía colombiana de la época del cardenal Aníbal Muñoz Duque le prohibió al padre Llano ejercer el sacerdocio: nada de misas, nada de sermones, nada de confesiones… Las cartas que se cruzó Llano con sus superiores en esa época, que están publicadas por decisión suya en este libro, muestran a las claras que el suyo era un espíritu mucho más profundo que el de sus censores.

Ese no fue el único motivo de discusión del padre Llano con sus superiores. Hubo otros más, que él mismo, con gracia, aprendió a capotear. Iban desde el debate sobre cómo abordar la realidad de la existencia de parejas del mismo sexo hasta su disgusto por el rechazo ciego a las teorías evolutivas de Darwin. Dice Llano Escobar en este libro póstumo que aprendió a manejar sus desavenencias conceptuales saliendo del país durante los momentos calientes de esas peleas, unas veces con el pretexto de realizar nuevos estudios en el exterior sobre asuntos teleológicos, otros con la práctica de retiros espirituales, a la espera de que bajara la marea, la cual casi siempre bajó, salvo en el último asunto que fue motivo de un agrio enfrentamiento, que duró hasta su muerte.

Yo soy un ignorante en asuntos teológicos y por eso el choque que me correspondió presenciar lo cuento apenas en mi calidad de testigo, y traigo de oídas los argumentos que me transmitió el propio Alfonso llano, buen amigo mío.

Al padre Llano Escobar lo conocí en el seno de la familia de mi esposa, en la casa de Hernando Santos. Cuando yo ingresé a la familia por mi matrimonio con Juanita Santos, Llano ya era un personaje clave para la armonía de esas personas. No solo era el oficiante oficial de todos los bautizos, matrimonios y funerales de las personas cercanas, sino que era también confidente y confesor de Hernando Santos y de buena parte de sus numerosos hijos y sobrinos. Era, pues, un contertulio habitual en esas reuniones familiares multitudinarias, y a mí me sedujeron de inmediato su inteligencia, su capacidad para plantear sus argumentos, su interés por escuchar opiniones ajenas y la amplitud del rango de su compromiso como pastor. Pero, sobre todo, siempre me sorprendió y admiré su fe sin dobleces, a prueba de todo. Cuando discutíamos en ocasiones sobre la existencia de Dios, el debate se desvanecía porque él decía con convicción que no necesitaba probarla pues la había sentido como una presencia cierta e incontrovertible desde muy temprano en su vida y hasta sus últimos días. Eso y su fidelidad militante a la Compañía de Jesús: “¡Jesuita o nada!”, decía con frecuencia con su voz sonora de predicador convencido.

Decía que no soy ni mucho menos experto, pero sí sé que sus problemas finales con los jerarcas colombianos los tuvo a raíz de algunos escritos publicados en el periódico El Tiempo, que yo dirigía cundo lo mandaron a callar por última vez. En su célebre columna dominical Un alto en el camino, el padre Llano hizo referencia varias veces a su tesis (según él compartida con muchos teólogos del mundo), de acuerdo con la cual una forma de entender la divinidad de Jesucristo, la tesis “ascendente”, consiste en afirmar que Jesús fue un hombre normal, un humano con padres y hermanos mayores y menores, a quien Dios hace su hijo en virtud de los méritos de su perfección como ser humano. La tesis opuesta, la “descendente”, sostiene que Jesucristo nace Dios y que desde el comienzo es el hijo de Dios hecho hombre, investido de su divinidad (me perdonan la ramplonería) desde el minuto cero.

El problema con la tesis “ascendente” de Llano es que, y él mismo lo escribió así, implica desconocer la virginidad de María, puesto que, si Jesús nació hombre y no era el mayor de la familia, era necesario acudir a las fuentes históricas y concluir que la virginidad de la virgen no era física. Se trata, decía Llano, de un concepto que hace referencia a la pureza del nacimiento de un ser de la talla de Jesús, lo cual es una alegoría y no una descripción física. ¡Quién dijo miedo!

La noticia de la “herejía” del padre Llano se regó como pólvora en las altas cumbre de la iglesia católica, y gracias a la eficiente capacidad de intriga de algún jerarca local, el asunto llegó a Roma y de allá mandaron la orden de callarlo. “Obediencia y silencio” fue la instrucción terminante que le impartieron, que consistía en que no solo no podía volver a escribir columnas en el periódico, sino que además se le prohibía hacer cualquier comentario respecto de la orden recibida. La decisión le fue comunicada a través de su superior en la Compañía de Jesús, quien se la transmitió al padre con mucho dolor (sospecho que estaba en desacuerdo con la medida). El padre superior, además, me visitó para notificarme que Alfonso Llano no podía volver a publicar nada en El Tiempo. Yo me permití aclararle que la prohibición podía cobijar al padre, en calidad de soldado de la Compañía, pero no a mí ni al periódico, pues en nuestro caso nos regíamos por un libro distinto, la Constitución Nacional; luego si Llano volvía a escribir, yo le volvería a publicar cualquier escrito.

Y así fue. El padre Llano obedeció la instrucción a medias porque aceptó la prohibición de volver a escribir columnas, pero se brincó la orden y me mandó una carta relatando lo que le acababa de ocurrir, carta que publiqué con gran despliegue al día siguiente. Ese despliegue les molestó mucho tanto al padre Llano como a sus superiores, pero les pedí que entendieran que la censura implacable del derecho de expresión de un escritor de un periódico (¡bajo mi dirección!) no podía tener de nuestra parte el silencio y el acatamiento como respuesta.

Me extiendo en esta anécdota porque pienso que este libro del padre Alfonso Llano, aparte de una reafirmación de sus creencias, es un manifiesto de protesta contra la actitud de los jerarcas de la Iglesia en su contra. Nunca se sintió como un rebelde, y creo que nunca lo fue, pues se trata de un cura que estamos lejos de calificar de revolucionario, pero siempre consideró que coartar la libertad de expresión de un sacerdote era una forma de excomunión y que la obediencia no podía implicar la renuncia a la conciencia. En el decálogo de recomendaciones para papas, obispos y sacerdotes que propone al final de este libro se puede ver cómo no estamos ante alguien que pretende reformular los principios esenciales de la religión que profesa, sino ante un sacerdote que quiere que su iglesia se parezca más, en todos los sentidos, a la que tal vez quiso Jesucristo.

Ignoro –repito– el grado de herejía que pueda haber en sus planteamientos. Tengo la impresión de que es poco. Cuando él iba a publicar el libro donde recogió sus ideas sobre Jesucristo, que escribió, como este, a orillas del lago de Tiberíades, me preguntó: “¿Y tú que harás en caso de que mis superiores se vayan en mi contra por las tesis que planteo?” Yo le contesté: “Yo ayudaré recogiendo leña seca para alimentar la hoguera en que lo van a quemar en la Plaza de Bolívar”. Y él se moría de la risa.

Agradecimiento

Mostré el manuscrito de estas memorias a varias personas, jesuitas y laicos, a quienes manifesté mi sincera gratitud. Hicieron observaciones muy valiosas que fueron tenidas en cuenta, en la medida de lo posible. Gracias a ellos, la obra ganó en agilidad y, siguiendo el acertado consejo de mi colega el padre Alejandro Angulo, evitó cansonas repeticiones, no todas.

Menciono a los siguientes: Roberto Pombo, exdirector de El Tiempo, quien a su vez leyó el borrador de mi obra principal Confesión de fe crítica. Mi hermana Luz Helena, quien me hizo numerosas y acertadas observaciones. El fiel amigo, Hernán Díaz del Castillo. Algunos padres jesuitas: el primero en leer el manuscrito fue el padre Roberto Jaramillo, luego se lo mostré al prudente Rodolfo Eduardo de Roux, después al difunto padre Enrique Gaitán y, finalmente, al original y profundo Alejandro Angulo, quien me hizo útiles advertencias sobre mis repeticiones. Su insistencia me hizo abrir los ojos, por lo que le estoy muy agradecido. La última en revisar el manuscrito fue la doctora Mónica Baquero, quien, por escrito, me hizo acertadas observaciones. Todos aportaron mucho, posiblemente más de lo que ellos mismos creyeron. Lo que el revisor no sabe es el dolor que produce tratar de mutilar el texto, es tan o más doloroso que someterse a pequeñas o grandes cirugías plásticas.

No puedo pasar por alto la eficaz ayuda de mi secretaria Martha Lucía Sabogal, cuya paciencia, en la corrección del original, envidiaría el santo Job.

Expreso, finalmente, mi gratitud a la Editorial Intermedio Editores, que se ofreció a hacer la publicación póstuma de estas memorias.

Dedicatoria

Dedico estas memorias a los lectores de mi columna «Un alto en el camino», lo mismo que a mis lectores de la columna «Un alto virtual», por la solidaridad y el estímulo que siempre me dieron, los cuales me ayudaron a mantener por 36 años dicha columna, a pesar de los tropiezos que encontró en el camino. Alcanzaron a salir 1 600 artículos.

Dedico, en especial, estas memorias a los que temen llegar a viejos –la etapa más bella, alegre y plena de mi vida–, para que se acerquen a ella tranquilos y sin miedo. No hay persona más desagradable y dañina que un anciano achacoso y malgeniado ni más envidiable que un anciano libre y feliz. La gratitud a Dios marca con una huella imborrable los últimos años de mi larga vida y quiero dejar constancia de ello en estas memorias.

Aclaraciones

¿Cuál fue el motivo principal que me movió a escribir estas memorias?

No es otro que mi amor y mi agradecimiento a Jesucristo, que le dio sentido y valor a toda mi vida. Quiero, además, dar testimonio de algunos recuerdos de lo mucho que “he visto y he oído” a lo largo de más de noventa años. Vale decir, de las múltiples maravillas que Dios ha realizado a favor de mi persona, en especial, el llamamiento al sacerdocio en la Compañía de Jesús, lo cual ha servido para desarrollar en mí una relación de fe en Jesucristo; sentido único y total de mi vida, fuerza especial y poderosa para vivir mi vejez con plenitud y alegría, y ayudar a otros a asumirla con valor y generosidad.

No quiero ser testigo tan solo de la conflictividad que ha marcado mi vida, sino de manera especial, de las maravillas que ha obrado el Señor Jesús a lo largo de tantos años. Como afirma el biblista jesuita Luis Alonso Schöckel (q.e.p.d)., “ser testigo es responsabilidad”.

Además, quiero hacer bien a mis amigos y a mis lectores. Darles a conocer algunas vicisitudes de mi larga experiencia con la Iglesia y con la Compañía de Jesús. Enseñarles a amar la vida, a amar y a perdonar al prójimo de forma incondicional. Deseo infundirles un gran amor a la Iglesia y, sobre todo, a Jesucristo. Respondan a su amor. Crean en Él, pongan en Él toda su confianza que nunca les fallará ni los defraudará. Las deficiencias de la Iglesia no deberían debilitar, en lo más mínimo, su fe en Jesucristo, si esta es auténtica, antes debería fortificarla.

Confieso, después de leer varias veces el texto original, que para un lector avisado, aparece también clara mi intención de hacer, a lo largo de todo el escrito, una defensa de mis actuaciones. Sin ser el motivo principal, como lo acabo de indicar, en parte es cierto. Se puede aplicar aquí el dicho de Cicerón, a propósito de algunos escritos suyos: Cicero pro domo sua, que puede traducirse por: “Aquí sale Cicerón en su defensa”. De acuerdo.

Si digo las cosas con la franqueza que me caracteriza, no lo hago con amargura y, menos aún, con un tinte de venganza, sino queriendo contribuir a la verdad de los hechos. No pretendo poseer la verdad objetiva y completa de las experiencias que cuento, que nadie posee fuera de Dios, sino tal como las veo al final de mis días.

La conflictividad acompaña a la actividad de algunas personas: su pensamiento y sus escritos suscitan el conflicto, como fue el caso de Jesús.

La Iglesia vive y sufre una época de transición, dentro de un horizonte evolutivo que invita al cambio. Renueva su doctrina o decae y es marginada1.

Enseña el Concilio Vaticano II:

La historia misma está sometida a un proceso de aceleración tan rápido que cada hombre apenas puede seguirla. La colectividad humana corre una misma suerte y no se diversifica ya en varias historias diferentes. Así, la humanidad pasa de una concepción más bien estática del orden de las cosas a una concepción más dinámica y evolutiva, de donde surge una nueva complejidad enorme de problemas que exige nuevos análisis y síntesis.2

A este propósito comenta el teólogo católico alemán Karl Schmitz, en su valioso y reciente estudio Teología de la creación de un mundo en evolución:

Una verdad nueva no reluce como una brillante luz; puede hacer su aparición bajo la forma de una herejía, tal como Teilhard afirmó en su diario antes de 1920. Dada la inercia humana normal, aquellos que prediquen una verdad recién hallada se encontrarán con tiempos difíciles, especialmente en Iglesias que enseñan las doctrinas tradicionales. Puede que los innovadores sean teólogos del futuro, pero mientras sus doctrinas sigan siendo una verdad nueva estarán más o menos condenados al ostracismo de parte de sus iglesias.3

En un mundo evolutivo —continúa Schmitz—, la teología está atravesando una mutación fundamental, pasando de mantener un depósito de fe inmutable a recibir una revelación cada vez más renovada a través de la autorevelación de Dios en la creación. Las nuevas percepciones teológicas siempre son preliminares y necesitan testimonios. Puede que mañana lleguen a ser la doctrina de la Iglesia, o puede que terminen en el desván de los errores del pasado. La Iglesia ha de aprender a dejar que el Espíritu Santo decida. Por lo tanto, los teólogos y su teología estarán casi siempre en tensión con la jerarquía de las Iglesias, que tienden a proteger los puntos de vista doctrinales.

Se podría incluso interpelar a los teólogos que nunca tienen dificultades con la jerarquía de su Iglesia con respecto a si están abiertos a las nuevas revelaciones que llegan a la creación divina. Las Iglesias se verán forzadas a aceptar a los teólogos que intentan nuevos caminos. Los teólogos innovadores no serán aceptados inmediatamente, pero las Iglesias aprenderán gradualmente a tolerarlos y a no excomulgarlos a través de medidas administrativas.4

En nota a pie de página, dice el autor:

Entre 1950 y 1960, cuando a cuatro jesuitas de la Facultad de teología de Lyon (Francia) se les prohibió enseñar, la situación fue descrita con una breve fórmula: Beatus vir qui non habet ideas novas, vir tutus appellatur. Que traduce: “Feliz quien no tiene ideas nuevas: será llamado hombre seguro”.5

Aquí viene muy a propósito la observación del genial Einstein: Nur wer nicht sucht ist vor irrtum sicher, que traduce: “Solo quien no investiga está seguro de no caer en error”.

A propósito de excomunión, dice el autor Schmitz:

Existen muchas formas de excomulgar: p. ej., privar a alguien de su puesto en una Facultad y, por lo tanto, de su vida académica, puede ser tan efectivo como un anatema formal.6

Y, añado yo: Callarlo, privándolo de su derecho a escribir. El recurso fácil a la prohibición de escribir revela abuso de autoridad y cierto miedo a hacerles frente a las ideas nuevas.

Los enfrentamientos de Jesús con las autoridades religiosas de su época fueron la causa de su prendimiento y de su condena a muerte. . . Si Jesús hubiera sido un predicador pacato y conformista, hubiera muerto longevo en una cama y no nos hubiera dado ejemplo de vida ni nos hubiera salvado. Profetizó, en cambio: “Cuando hayáis levantado en alto al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo Soy”.7

Es posible que más de un lector de estas páginas espere que me desahogue, que suelte la lengua y que me desquite de quienes me hicieron sufrir las varias suspensiones de la columna «Un alto en el camino», las llamadas de atención y sanciones, entre otras. Esas esperanzas quedarán frustradas. Escribo sin odios ni venganzas. Me inspira el deseo de contribuir a la verdad de los hechos en torno a mi larga vida.

Observación del jesuita Tony de Mello, escritor indio

Invito al lector a tener presente, durante la lectura de este escrito, la sabia observación que hace Tony de Mello en su libro Manantial:

Como primera medida, para vivir plenamente en el presente, elaboro una lista de las personas por las que me considero ofendido… y ofrezco a todas ellas una amnistía, una absolución, y en paz…

Pero la absolución no se producirá si pienso que solo ellas son culpables y yo inocente. Debo considerarme a mí mismo corresponsable con el ofensor de cada ofensa de la que yo haya sido víctima…

Es difícil absolver a una persona cuya ofensa se considera de una maldad absoluta.

Lo cierto es que su ofensa me ha hecho bien. Ha sido un instrumento usado por Dios para proporcionarme gracia, del mismo modo que Judas fue un instrumento del que Dios se valió para proporcionar gracia a la humanidad y a Jesucristo.

Si pretendo renunciar a vivir en el pasado, debo dejarme tanto de lamentaciones como de resentimientos. Lo que tiendo a considerar como pernicioso (mis defectos, mis limitaciones, la falta de oportunidades en mi vida, mis supuestas “malas experiencias”…) debo aprender a verlo como una bendición. Porque en la danza de la vida todas las cosas cooperan a nuestro bien.8

Escribe la madre Laura en su autobiografía:

Cuando ya grandecita le pregunté a mi mamá dónde vivía Clímaco Uribe, ese señor que amábamos y que yo creía miembro de la familia, por quien rezábamos todos los días, me contestó: “Ese fue el que mató a su padre; debe amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos nos acercan a Dios, haciéndonos sufrir”. Con tales lecciones era imposible que, corriendo el tiempo, no amara yo a los que me han hecho mal.9

Una última aclaración, que ayudará a entender algunas diferencias entre mis escritos y los puntos de vista de algunos señores obispos

Dos vías de acceso a Jesús

Existen dos vías principales de acceso a Jesucristo. Es asunto aparentemente sutil y hasta superfluo. No. Téngalas en cuenta para entender la causa principal de las reacciones en contra de mis escritos y de las sanciones de parte de los obispos. Desde el momento en que entendí esta diferente manera de acceder a Jesús, la conflictividad se me aclaró y pude soportarla con paciencia.

Vía descendente: “Jesús viene de Dios”. Así lo concibieron y formularon los cuatro primeros concilios: Nicea, A.D. 325; Constantinopla, 280; Éfeso, 325, y Calcedonia, 351. Estos concilios, con categorías y expresiones tomadas del griego, formularon en dogmas, absolutos, abstractos, sin relación de lugar ni de tiempo, las verdades principales respecto a Jesucristo: una “persona”, dos naturalezas, unión sustancial, hipostática y otras más. De aquí salieron nuestros credos, que recitamos en la misa dominical. Según estos concilios, Jesús poseyó la visión beatífica, es decir, gozó de la visión directa de Dios, de aquí que no necesitó la fe, es glorioso, existió desde toda la eternidad, poseyó los atributos de Dios, por citar unos cuantos: omnipotencia, omnisapiencia, omnipresencia, sufre en apariencia, sale de Dios, vive con nosotros, muere y vuelve a Dios, recupera su puesto junto al Padre.

Este enfoque, seguido por los señores obispos, se funda en el texto de san Juan: El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros.10

Las verdades dogmáticas de los concilios no las suele entender el simple católico de a pie.

Con base en este enfoque “descendente” y dogmático, se solía preparar a los niños para su primera comunión, se predicaban los sermones de la Semana Santa y se explicaban los textos evangélicos de los 52 domingos del año.

Las fórmulas de los primeros concilios y credos, absolutas, abstractas y universales, gustan mucho a los señores obispos y a los fieles fundamentalistas. Los hace sentir seguros, en paz y en posesión de la verdad.

Vía ascendente: “Jesús viene del hombre”: Frente a la vía descendente de acceso a Jesús, que acabo de describir, se da otra vía o método, conocido como “desde abajo” o ascendente, más antigua, primitiva, histórica y real, seguida por los discípulos de Jesús; vía llamada “ascendente”, porque parte de la infancia de Jesús y lo acompaña hasta su muerte y exaltación. No preexistió Jesús; este comenzó con el niño, hombre y primogénito, nacido de María. Jesús fue hombre de la cuna a la cruz. Vivió como hombre real y murió como hombre, con todas las angustias, dolores y absurdos de la muerte en cruz. Las verdades sobre su persona se van formando a medida que Jesús crece y se van revelando y descubriendo como verdades “del hijo de Hombre e Hijo de Dios”. Más que verdades absolutas y abstractas, este método de acceso a Jesús presenta “verdades en formación”; es histórico, procesual, es decir, se va desarrollando en procesos, desde un modesto comienzo hasta una manifiesta acción gloriosa al final. Por ejemplo, la encarnación es concebida en forma evolutiva, de desarrollo, desde que Jesús es concebido en el seno de su madre, María, hasta la plenitud humana de su revelación al final, cuando muere y resucita. Entonces llega la encarnación o, el hacerse hombre de Jesús, a su plenitud; y permanecerá hombre perfecto por toda la eternidad.

Este enfoque o método de acceso a Jesús, ascendente e histórico, seguido por los apóstoles, en buena parte fue descuidado a partir de los cuatro primeros concilios, que acentuaron su divinidad, y ocultaron no poco su humanidad. Fue obra del gran teólogo jesuita Karl Rahner11 el haber redescubierto este método “ascendente”, cuando se celebró el decimoquinto centenario del fin del Concilio de Calcedonia, en 1951.

En estos últimos cincuenta años, coexisten las dos concepciones o métodos de acceso a Jesús: el descendente, que viene desde los cuatro primeros concilios, y el ascendente, o histórico, que fue el seguido por los apóstoles y los primeros cristianos, y por muchos teólogos católicos. Gracias al método ascendente, para los fieles se viene recuperando la humanidad de Jesús, que estuvo velada por quince siglos.

Esta aclaración, de las dos vías de acceso a Jesús, explica, en buena parte, las diferencias y conflictividad entre mis escritos, inspirados en la vía ascendente, y las de los señores obispos, que siguen la vía descendente. En el fondo confesamos las mismas verdades, pero las expresamos de una manera diferente.

A decir verdad, las dos vías no son excluyentes, sino complementarias. Se presuponen mutuamente. Ambas son necesarias. Según el método ascendente, Jesús nace, crece, muere y resucita: se supone que (el Verbo de) Dios se va encarnando, va descendiendo. El error puede estar en seguir una sola vía; se presta para confusiones y aun puede llevar a errores involuntarios y discusiones irreconciliables. Según el método descendente, (el Verbo de) Dios se encarna, desciende, pero siguiendo la forma ascendente e histórica, Jesús va creciendo y revelándose hasta su muerte y exaltación.

Para quien conoce los escritos de dos grandes teólogos católicos, Ratzinger y Küng, es bueno saber: Ratzinger en sus obras y, en especial, en su trilogía sobre Jesús de Nazaret, sigue la vía descendente: de Dios al hombre; y Hans Küng12 sigue, en sus múltiples escritos, la vía ascendente: del hombre Jesús a Dios.

Quien busque en el Nuevo Testamento al Cristo dogmatizado, que lea a Ratzinger. Quien busque al Jesús de la historia y del anuncio cristiano primitivo, que lea a H. Küng.

Los obispos suelen seguir la vía descendente, que hace hincapié en la divinidad de Jesús y oculta o desfigura, un poco, su humanidad. En mis escritos seguí la vía ascendente de acceso a Jesús.

Repeticiones: el lector va a encontrar, en el curso de la lectura de estas memorias, frecuentes repeticiones de anécdotas o citas importantes. A pesar de que en las revisiones del borrador hice varios recortes de repeticiones, dejé algunas, de forma consciente y explícita, o se pasaron por alto algunas, que piden la comprensión del lector. El papel de la repetición consentida es importante: ayudar a grabar en la mente de los lectores ciertas ideas y hechos que el autor quiere recalcar.

Breve presentación

Soy hijo de Alejandro Llano Merino y María Escobar Uribe, ambos oriundos de Amalfi13, municipio liberal y minero, bien trazado y ubicado sobre la cordillera Central, en el noreste antioqueño, en Colombia. Mis padres, recién casados, en el año 1921, se trasladaron a Medellín a vivir y a trabajar. Allí nacieron los seis hijos: cuatro hombres y dos mujeres, de nombres Gabriel, Mariela, Julio, Alfonso, Oscar y Luz Helena, por orden descendente de edad. Mi padre, de escasos recursos económicos, contaba a su favor con la laboriosidad y la honestidad, virtudes que lo acompañaron toda su vida y que le facilitaron el acceso a una jugosa fortuna, que siempre compartió con los pobres. Cuando yo entré al noviciado de la Compañía de Jesús, en 1941, mi padre ya poseía una amplia casa, un edificio en el centro de la ciudad, un automóvil, una finca y facilidades de estudio en buenos colegios y universidades para sus seis hijos. Fue un hombre de trabajo y oración. Fue católico practicante. Asistía a misa todos los días y comulgaba; más de una vez le robaron el sombrero que dejaba en el banco de la Iglesia cuando se desplazaba de su sitio para ir a comulgar. Guardaba el librito de la Imitación de Cristo en el bolsillo de atrás de los pantalones, de donde lo sacaba para leer un capítulo en acción de gracias de la comunión.

Su esposa, María, de distinguida familia, fue hija de doña Julia Uribe y don Martín Escobar, boticario del pueblo –casi médico, dada su larga experiencia y la escasez de estos peritos en aquellas lejanas tierras–. Ocupaba, con su numerosa familia (once hijos), una elegante casa de dos pisos, con farmacia ubicada en la primera planta, en una esquina de la plaza principal, en frente de la Iglesia parroquial. Fue alta y buena moza, de una piedad singular, casera, no iba a misa a primera hora del día, por atender el desayuno de su esposo y de sus hijos, que debía despachar temprano para que salieran para el trabajo o el colegio. No puedo olvidar su amor por los pobres y por los mendigos que atendía diariamente en persona y con generosidad.

Doy infinitas gracias a Dios por el hogar que me dio, modelo de cristianas virtudes y cuna de mi vocación sacerdotal. Estoy tan agradecido al Señor por todos los dones que recibí y limitaciones que me acompañaron a través de toda mi vida, que si volviera a nacer, le pediría al Señor que me concediera la misma vida con los mismos dones y limitaciones, cualidades y defectos.

Mi vocación a la Compañía de Jesús y primeros años de vida en la Compañía de Jesús, 1938-1943

Empecé mis estudios de primaria en el Ateneo Antioqueño, fundado y dirigido por don Samuel Vieira, de donde me pasó mi padre, en el año 1935, con mis otros tres hermanos varones, al Colegio San Ignacio de los padres jesuitas, muy cercano a la residencia de mi hogar, en Medellín. Allí cursé hasta segundo año de bachillerato. En el Seminario Menor, ubicado en Albán, Cundinamarca, cursé tercero y cuarto. Completé el bachillerato ya siendo jesuita, en el año 1947, y obtuve el título de bachiller, más adelante, por el Colegio San Bartolomé, La Merced.

Durante dos años, 1939 y 1940, estudié en el Seminario Menor de Albán. El ir allá fue iniciativa mía, manifestada en primer lugar al padre Eustasio Pieschacón, jesuita, director espiritual y luego, a mis padres, quienes me dieron su generosa aprobación, no sin que les partiera el corazón el ver salir del hogar a uno de sus hijos, sin lugar a duda, el consentido. Para mí, el arrancón de mi hogar, en especial, de mi madre, fue un acto heroico que el buen Jesús me facilitó. Yo tenía un afecto singular por mi madre. Su muerte, el 23 de diciembre de 1969, constituyó la pena más intensa de mi vida. Lloré como un niño su partida definitiva y mi regreso a la vida de comunidad en Bogotá, en enero de 1970, me costó más que mi primera salida, cuando partí para el noviciado.

Igualmente, cumplidos los quince años –requisito canónico para entrar a la vida religiosa–, en el año 1940, pedí personal y libremente mi ingreso al noviciado de los padres jesuitas en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, al provincial de entonces de la Compañía el padre Ángel María Ocampo, luego, en 1942, nombrado obispo de la diócesis de Socorro y San Gil. Recuerdo que mi madre, para que no me separara tanto de ella ni del hogar, me sugirió que entrara, más bien, al Seminario Mayor de Medellín para hacerme seminarista y luego sacerdote diocesano. Le respondí de forma tajante: “Mamacita: o Jesuita o nada”. Y jamás volvió a sugerirme esa idea.

En efecto, fui inscrito en los archivos de la Compañía de Jesús de Colombia el 17 de abril de 1941. Con motivo de esta fecha, recibí sendas cartas de felicitación del P. general y del P. provincial, que supe agradecer sinceramente.

El llamamiento a seguir a Jesús en la vida religiosa: experiencia de Dios, causa de mi ingreso a la Compañía de Jesús

Para ayudarle al lector a entender, en parte, la experiencia religiosa que tuve en aquella temprana edad, doce años cumplidos, causa de mi decisión para entrar a la Compañía de Jesús –el llamamiento que me hacía Jesucristo a seguirlo como sacerdote en la Compañía de Jesús– quiero dar un par de datos sobre lo que se entiende por experiencia y, luego, concretamente, qué se entiende por experiencia religiosa, apoyado en unos apuntes que amablemente me proporcionó el padre Gerardo Remolina, de su autoría. Todas las claves van ordenadas a analizar y comprobar la autenticidad de la experiencia sentida y vivida en el llamamiento al sacerdocio en la Compañía, en aquel mes de mayo de 1938.

¿Qué se entiende por experiencia?

Por experiencia entendemos la presencia inmediata de una realidad en las facultades cognoscitivas de una persona. Es una forma de conocimiento en la cual el objeto se me da de tal manera que no necesito probarlo o deducirlo.

Como se ve, la experiencia requiere la presencia inmediata en mí de la realidad o cosa experimentada.

Cuando se trata de una experiencia interpersonal, se requiere la presencia inmediata de dos personas: un encuentro de amigos, una entrevista de novios, un acto de amor conyugal de dos esposos, son experiencias que requieren la presencia inmediata de dos personas. Se trata de un conocimiento especial, no conceptual sino vivencial, consciente, que hace que yo me sienta “dentro” de la otra persona y esta “dentro” de mí. El encuentro con Jesús en la oración y el acto conyugal, dignamente realizado, son la experiencia interpersonal máxima de dos seres humanos: están presentes, con la presencia del yo consciente, el uno en el otro. Su ser y su existencia se imponen. No puedo dudar de su existencia. No necesito probarla. La tengo dada.

En razón de la inmediatez con que la realidad se presenta en la experiencia, su testimonio resulta irresistible: es la afirmación de la realidad en sí misma y por sí misma; ello engendra una seguridad que llamamos “certeza”. Pero certeza no es lo mismo que verdad. La certeza es un estado interior de seguridad; la verdad es la comprobación de la certeza.

Recuerdo la serie de experiencias de la presencia de Jesús en mí, la que sentí durante esa época. Yo sentí la presencia y la acción amorosa de Jesucristo que me llamaba. Tuve certeza de la presencia y de la iniciativa de Jesús. No necesitaba una prueba. La presencia personal de Jesús se hacía sentir con una dulzura y una fuerza irresistibles. Se daba, como elemento objetivo, la presencia y la acción de Jesús en mí. Yo sentía y quedaba “tocado” por el amor de Dios. El elemento subjetivo lo ponía yo: la sensación de sentirme tocado, llamado a servir a Jesucristo en el sacerdocio, explícitamente, en la Compañía de Jesús. Yo, entonces, era acólito y en las horas de la mañana era cuando la presencia y el llamamiento de Jesús se acentuaban.

Por otra parte, tampoco es posible reducir la experiencia a la pura subjetividad, a la vivencia o al sentimiento.

Si algo recuerdo de esa experiencia de mayo de 1938 es que el elemento objetivo era claro, sentía la presencia y la dulzura del llamamiento que me hacía Jesús. Esto no lo producía yo. Para mí fue claro, clarísimo en ese momento y hoy, después de tantos años lo confirmo, que la iniciativa de esa experiencia venía de “fuera”, del Señor Jesús, de quién más.

Veamos qué es experiencia religiosa:

Consecuentes con lo anterior —explica Remolina— la experiencia de Dios consiste en la presencia inmediata de Dios en la facultad cognoscitiva del hombre; en otras palabras, en la coincidencia de la realidad divina con el espíritu humano; en el momento en que el hombre se siente “tocado” por la realidad de Dios, en una inmediatez que excluye, en el momento de la experiencia, todo tipo de duda o raciocinio.

Se trata de una experiencia muy especial, porque es un encuentro con Dios, una experiencia que me sitúa en la presencia de Dios, no con el concepto de Dios, sino con la realidad Dios. Lo conozco, lo siento presente, me ve, me habla. Se trata de una experiencia religiosa. Mi experiencia, en esos días, no era conceptual, no era pensada, era presencia de Jesús, en persona, era experiencia: yo sentía a Jesús en mi interior, en una comunicación dulce y directa, tal como no la había tenido en mis doce años anteriores.

Recuerdo, como si fuera hoy, que durante el mes de mayo, mes en que mi devoción a María santísima se desbordaba y me encontraba en la Iglesia San Ignacio ayudando a misa, empecé a sentir un deseo intenso, suave y delicioso de hacerme sacerdote en la Compañía de Jesús. Esta experiencia comenzó entonces y yo diría que se conservó toda mi vida hasta hoy. El sentirme llamado por el Señor a pertenecer a la Compañía de Jesús, y precisamente como sacerdote, es algo de lo que no dudé nunca. Fue la fuente de todo lo que hice a partir de ese momento y de la perseverancia en la Compañía de Jesús hasta mi muerte. Esta perseverancia (¡75 años!), por lo demás, es otra prueba de la autenticidad de aquella experiencia religiosa.