Tal vez nunca - José Miguel Varas - E-Book

Tal vez nunca E-Book

José Miguel Varas

0,0

Beschreibung

Crónicas de efectos desternillantes o nostálgicos se suceden y se alternan en este volumen creando el efecto de una biografía dispersa y fragmentaria que ofrece claves, destellos e imágenes siempre originales de la vida, la creación y el espíritu de nuestro poeta mayor. Neruda "derramaba inconteniblemente su amistad como sus versos", dice el escritor uruguayo Carlos Martínez Moreno y en el libro de Varas los amigos de Neruda: Margarita Aguirre, Juvencio Valle, Rubén Azócar (a) "el cara de hombre", Picasso, Paul Eluard, el excéntrico Acario Cotapos, el arquitecto Alberto Mántaras, Inés Figueroa, los pintores Guttuso y Nemesio Antúnez y otros más aparecen en capítulos esenciales. Estas crónicas nos llevan al exilio de Neruda, a su vida clandestina en Valparaíso y a su fuga ecuestre de Chile a través de la Cordillera, huyendo de la persecución de González Videla; en fin, a sus viajes y a sus amores. Y al pintoresco episodio italiano en que el poeta perdió a la Hormiga, embarcada en el tren equivocado y la Hormiga perdió al poeta que iniciaba sus amores con Matilde, "la Patoja". El autor dialoga con Neruda más de una vez: en Praga, en Isla Negra, en Moscú, en Valparaíso. El último diálogo, telefónico, terminó con las tres palabras melancólicas que dan título a este libro.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 438

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



928.61 Varas, José Miguel.

V288t Tal vez nunca: crónicas nerudianas / José Miguel Varas.

Santiago de Chile: Universitaria, 2008.

260p.; 13,2 x 21,5 cms. (Premios Nacionales de Literatura)

Incluye bibliografía.

ISBN 978-956-11-2002-0ISBN Digital 978-956-11-2846-0

1. NERUDA, PABLO, 1904-1973 - BIBLIOGRAFÍA

2. INTELECTUALES - CHILE

3. CHILE - VIDA INTELECTUAL. I. t.

© 2007, JOSÉ MIGUEL VARAS.

Inscripción Nº 169.793, Santiago de Chile.

Derechos de edición reservados para todos los países

[email protected]

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada,

puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por

procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o

electrónicos, incluidas las fotocopias,

sin permiso escrito del editor.

Texto compuesto en tipografía Palatino 11/13

DISEÑO DE PORTADA Y DIAGRAMACIÓN

Yenny Isla Rodríguez, Simone Pezzuto Morrison, Norma Díaz San Martín

PORTADA

El Poeta (detalle)

Homenaje de Nemesio Antúnez a Neruda

luego de recibir el Premio Nobel de Literatura

Fotografía de Claudio Sapag

w w w . u n i v e r s i t a r i a . c l

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Visite nuestro catálogo en

www.universitaria.cl

ÍNDICE

Breve biografía

Prólogo por Darío OsesLuchadores, vagabundos y viajeros inmóviles de José Miguel Varas

Ho perduto la formica

El huevo de Damocles

Invente, comadre, invente

El cara de hombre

Juvencio

El elefante blanco

Compañero Chompipe, préstame tu pasaporte

Neruda en el exilio

Aquellos anchos días

Acario

Conversación de Praga

La Patoja

Posdata

Epílogo

Bibliografía de y sobre José Miguel Varas

JOSÉ MIGUEL VARAS MOREL

José Miguel Varas Morel, hijo mayor de José Miguel Varas Calvo y Elvira Morel Hesketh, nació en Santiago, el 12 de marzo de 1928. Sucesivamente nacieron sus hermanas Elvira e Inés y su hermano Carlos Antonio.

Las destinaciones militares del padre, oficial del Ejército, determinaron que la familia tuviera que trasladarse con frecuencia de una ciudad a otra por períodos de uno a dos años. Antes de los quince años, había vivido con sus padres en Arica, Antofagasta, La Serena, Concepción, Punta Arenas y otras guarniciones, con intermedios santiaguinos. A partir de 1935 la familia se instaló definitivamente en la capital. Esto permitió que hiciera sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Nacional. Comenzó a estudiar la carrera de Derecho en la Universidad de Chile en 1945, pero la abandonó al año siguiente.

Desde 1950 trabajó como periodista en el periódico “Democracia”; en 1952 y 1953 en la revista “Vistazo” dirigida por Luis Enrique Délano, donde publicó numerosas crónicas. Entre 1954 y 1957 fue redactor de noticias internacionales, reportero sindical y de poblaciones, redactor político y cronista en el diario “El Siglo”, órgano de prensa del Partido Comunista de Chile. En 1958 se trasladó a Punta Arenas, donde fue director de la radio “La Voz del Sur”.

Su fuerte vocación literaria fue influida y determinada, sin duda, por sus abundantes lecturas desde temprana edad, por el ejemplo de su madre y de su padre, grandes lectores de novelas y de poesía, sobre todo, por las conversaciones con su padre que además de militar era escritor, por su participación en la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional en los últimos años de la enseñanza secundaria (1943-1944), por su profesor de castellano Juan Godoy y otros factores. En 1946 autoeditó su primer libro, “Cahuín”.

En los años sucesivos, dedicado al trabajo en radioemisoras y órganos de prensa, nunca dejó de escribir. En 1950 publicó su novela “Sucede”; en 1963, “Porai”, también novela; en 1967, “Chacón”, biografía de un dirigente campesino, a través de sus propios relatos. En 1968, “Lugares comunes”, cuentos.

Después del interludio de la dictadura militar, que pasó en la Unión Soviética, dedicado durante 15 años al programa “Escucha Chile” de Radio Moscú, retornó a Chile en 1988, donde continuó sus trabajos literarios y periodísticos. Entre 1991 y 2007 publicó 16 libros de cuentos, novelas y reportajes literarios, además de un ensayo sobre la música chilena, en 2005, que apareció como prólogo del libro “En busca de la música chilena”, del musicólogo Juan Pablo González. Entre sus obras destacan las novelas “El correo de Bagdad” (primera edición en 1994), “La novela de Galvarino y Elena” (1995), “Cuentos completos” (2001), “Milico” (2007).

Además de sus libros ha publicado miles de artículos de prensa, reseñas de libros, entrevistas y crónicas sobre variados temas en las revistas “Vistazo”, “Pluma y Pincel”, “Araucaria”, “Rocinante” y en los diarios “El Siglo” y “La Época”.

Se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 2006.

Reside en Chile, en la comuna de Ñuñoa, Santiago, con su esposa Iris Largo Farías, con quien se casó en 1966. Tiene cinco hijas, dos de su primer matrimonio, con Blanca Rehren en 1950 y tres del segundo.

Luchadores, vagabundos y viajeros inmóviles deJosé Miguel Varas

Prólogo por

DARÍO OSES

José Miguel Varas se inició en la literatura y el periodismo durante su preadolescencia colegial. Con un grupo de compañeros editaba artesanalmente la revista El Culebrón, en tanto sus primeros cuentos aparecían en el Boletín del Instituto Nacional. Ahí estaba en germen su primer libro y tal vez todos los que vinieron después.

En 1946 publica Cahuín, una colección de cuentos y crónicas a la que el crítico Jaime Concha definió como un verdadero “cahuín”, “compositivamente hablando”, puesto que se mueve entre una historia de liceanos, una exploración de la conciencia adolescente, y los esbozos de un escritor que empieza a aventurarse en el oficio y en ese intento explora y disloca el mundo. Pero, más allá de esa aparente dispersión, Cahuín podría ser el boceto de una fragmentada novela de formación: el retrato de un escritor adolescente que va sacando de la manga, una por una, todas las cartas que le darán solidez a su obra posterior.

Hernán Díaz Arrieta, Alone, saludó la aparición de Cahuín diciendo: “Pocas veces unas páginas impresas nos habían dado una impresión mayor de frescura, por decirlo así, atmosférica, como un aire que sopla.” Y agregaba: “Su rasgo definitivo, su “facultad matriz”, nos parece la inteligencia, cierta claridad particular para ver exactamente, rara a sus años y también más tarde”.

El libro cosechó otros aplausos. Andrés Sabella comentó: “Lo cierto es que José Miguel, con dieciocho años que va ahorcando en su bufanda, escribe con un natural y hermoso dominio de sorpresas...!” Para Juan Tejeda la lectura “el más artificioso vicio intelectual” se transformaba, gracias a Varas, “en el más natural de los placeres”: “Cahuín es un libro que tiene toda la apariencia de las cosas que nacen por generación espontánea. Es como un brinco dado por puro gusto”.

Así, ya en esa primera obra se evidenciaban las cualidades que después se convertirían en distintivas del estilo de Varas: naturalidad y falta de artificio. La crítica de esos años constató también que nacía un escritor que manejaba con soltura el ingrediente más escaso en las letras nacionales: el humor.

Muchos años después la crítica y los críticos seguirían destacando esas virtudes. Así, al comentar La novela de Galvarino y Elena, Ignacio Valente escribiría: “La prosa de este relato, así como también la de las últimas crónicas de Varas (Las pantuflas de Stalin, 1990, y Neruda y el huevo de Damocles, 1992) y la de su última novela (El correo de Bagdad, 1994) es excelente, si bien el país literario no parece haberse dado mucha cuenta (…) la perfección con que escribe Varas (…) es la perfección de la invisibilidad. Nuestro autor posee el instinto de lo simple, claro, inteligible, el arte del no artificio, la identificación con la cosa relatada (…) Es el difícil arte de juntar una palabra con otra y otra de modo que el significado fluya, se deslice claro y fácil: cosa en extremo difícil, meritoria y deleitosa.” Y Camilo Marks, comentando los Cuentos completos de este autor, advertía que lo más asombroso en su dilatada carrera literaria, “es la calidad y coherencia de un estilo que, si bien ha evolucionado, siempre ha mantenido la concisión, el carácter sobrio, la naturalidad, un humor a prueba de todo y una profunda verdad humana”.

Con la novela Porái (1963) José Miguel Varas alcanza la plena madurez en el oficio. Cuando apareció se le buscaron parentescos con el criollismo, pero se señaló también la originalidad de su propuesta.

Porái es el apodo del narrador, un andariego, personaje de la picaresca nacional. Para sobrevivir desempeña los oficios más diversos: boxeador, ayudante de adivino y de fakir, lustrabotas, pescador. Su lomo es apaleado a cada rato por la vida, por la suerte y, sobre todo, por la policía. En un pueblo de pescadores, Varazón, echa el ancla transitoriamente y desde ahí comienza a contar la historia. Pero rechaza por instinto las varazones, y aun cuando parece que el amor por una chica local lo va a reducir finalmente al sedentarismo, se zafa y sigue vagando.

Una de las proezas de esta novela es lo convincente que resulta la voz narrativa. González Vera comenta que el relato reproduce con mucha fidelidad la forma de hablar de “un muchacho sencillo, alegre, con una pizca de cinismo, sin amargura, que no ambiciona nada y que goza de lo que la vida le ofrece, aunque con él es parca en bienes, pero él lleva los bienes por dentro”.

Porái no es ese tipo de personaje popular, teñido de pintoresquismo y visto desde la perspectiva paternalista de un autor de otro medio social.

Tiene vida propia. Edmundo Concha comentaba en 1963: “uno de los méritos principales de esta novela, al revés de la mayoría de las publicadas últimamente, es que contiene una interesante carga de vida, de vida auténtica, no imaginada frente a la máquina de escribir”.

Tampoco es el roto fatal, perseguido por una especie de sino trágico o aplastado por la explotación, ni es el héroe destinado a la inmolación en los altares de la justicia social. Su porfiada alegría de vivir anuncia el entusiasmo de los personajes de Skármeta y la vitalidad hedonista de los de Hernán Rivera Letelier. El mismo González Vera hacía notar que “desde que el relato empieza hay un regocijo oculto, un encantamiento que se mantiene hasta su conclusión”.

Para Jaime Concha esta novela se acerca, como pocas, a una “extrema perfección”: “Lenguaje, tono, humor, diálogos, anécdota están decantados y condensados al máximo, a fuego vivo, generando un texto que es denso e ingrávido a la vez, liviano y percutiente, amasado con una exacta alquimia de risas y lágrimas”.

Con Porái, José Miguel Varas inaugura la estirpe de los vagabundos de su propia narrativa, la de los patiperros que en novelas posteriores, como El correo de Bagdad y Los sueños del pintor, extenderán sus errancias hacia los más distantes lugares del planeta.

En 1968 aparece Chacón, un libro sobre el dirigente comunista campesino Juan Chacón Corona, en el que viene a evidenciarse algo que ya se insinuaba en la obra anterior de Varas: que sus oficios de periodista y de escritor se potencian recíprocamente. Chacón es un relato conmovedor, hecho principalmente sobre la base del testimonio del protagonista. De todas las de Varas, ésta es la obra que tiene una filiación más cercana con la narrativa y la épica social de los años 30, pero a la vez se sitúa en las tendencias más recientes del relato en su tiempo, cuando surgían el nuevo periodismo norteamericano; las obras de Mailer y de Capote, escritas como novelas pero sobre la base de una rigurosa base documental; la narrativa antropológica de Oscar Lewis, y la articulación entre escritura y oralidad que en Latinoamérica despuntaba en las obras del cubano Miguel Barnet. En Chacón las técnicas periodísticas y literarias se conjugan para reeditar esa “carga de verdad, de verdad auténtica no imaginada frente a la máquina de escribir” a la que aludía Edmundo Concha.

Esta línea se prolongará en uno de los relatos más finos de Varas: La novela de Galvarino y Elena, escrita también sobre la base del testimonio directo de la pareja de protagonistas, ambos militantes comunistas que padecen las persecuciones y viven las esperanzas que modelaron el siglo XX chileno. Elena González y Galvarino Arqueros se revelan en toda su pureza, en su fragilidad y en el porfiado optimismo que mantienen a pesar de los golpes que reciben, lo mismo que Juan Chacón. Pero a diferencia de Chacón, las vidas de Elena y Galvarino son vistas desde un tiempo posterior al derrumbe de las utopías, lo que hace aún más conmovedores sus sueños, esperanzas y sacrificios, y levanta a los personajes como paradigmas del irreductible empeño humano en mejorar el mundo, afán que dignifica la condición humana, aun cuando concluya en el fracaso histórico.

Los cuentos reunidos en el libro Lugares comunes, que se publica en 1969, están fechados entre 1949 y 1968. Varios de ellos deben haber sido escritos al mismo tiempo o poco antes o poco después de Porái y de Chacón y comparten la visión de mundo de este último texto. En efecto, el mundo de muchos de estos relatos no sólo es injusto, además está regido por poderes que amparan y hasta propician abusos mayúsculos. En “Achao”, una madre le solicita respetuosamente al Ministro del Interior que mande matar a su hijo, para que la policía no lo siga vejando. En “Relegados”, el protagonista encuentra accidentalmente a un grupo de comunistas confinados en un estadio municipal, en las condiciones más miserables. En “La denuncia”, un trabajador logra entenderse mejor con los delincuentes que le roban que con el oficial de policía al que va a denunciar el delito. Pero salvo en “Achao”, donde el tono trágico es predominante, en los otros cuentos el hombre consigue superar su condición de víctima y salir de las situaciones de abuso, malparado y golpeado, pero también triunfante. Son el flujo de la vida y el de la solidaridad humana, antes que un nuevo orden social, los que terminan por imponerse por sobre la injusticia.

En su momento el crítico Raúl Silva Castro, aun con cautelas y reticencias ideológicas, destacó el valor de cuentos como “Campamento”, que muestra una huelga desde la mirada de un niño, y de “Relegados”, donde “la emoción humana de solidaridad, amor, compañerismo y fe en la causa que todos albergan y a la cual están sacrificando sus vidas, ha sido dada (…) en forma admirable”.

Hicimos referencia ya a dos novelas cuyos personajes son tan pintores como vagabundos. Protagonista de El correo de Bagdad es el Huerqueo, chileno con ancestros mapuches, que llega a Irak y termina identificándose con la minoría kurda, como una forma mimética de adherir a su propio pueblo, también aplastado en la patria natal. El protagonista de Los sueños del pintor, lo mismo que su colega Huerqueo, recorre los países más apartados cultural y geográficamente de Chile, pero sólo para mirarlo desde la distancia. En Calcuta sueña la provincia de su infancia, y en Japón pinta el bosque nativo chileno. El fervor viajero no implica la disgregación cosmopolita en ninguno de los dos personajes. Por mucho que recorran mundos nunca pueden sacarse el Chile provinciano que llevan adherido.

Los sueños del pintor es la obra maestra de José Miguel Varas. Su complejidad, su riqueza de planos, de imágenes y de relatos, tiene pocos parangones en la narrativa nacional. En este libro la multitud de anécdotas se estructura en una narración de largo aliento y se transfigura en sueños. Por momentos, los sucesos reales adquieren textura onírica, muchas veces de pesadilla. El protagonista, “el pintor” y los personajes que lo rodean, parecen suscitar siempre el acontecimiento, a veces el gag, el accidente, en todo caso, la ruptura de la regularidad de la vida cotidiana. En esto se advierte cierta afinidad con Pablo Neruda, protagonista del libro que ahora se entrega.

Pertenece él mismo a la otra vertiente del trabajo literario de Varas: la crónica.

El autor recuerda que en su largo exilio moscovita, leer a Neruda y escribir sobre él era una forma de reconectarse con la patria lejana y, agregamos nosotros, tal vez con un Chile que iba desvaneciéndose.

Neruda, lo mismo que “el pintor”, remite a un tiempo perdido, a formas de vivir y convivir hoy extintas, a una galería de personajes como Rubén Azócar, apodado “el cara de hombre”, como Pablo de Rokha y Daniel Belmar, de una voracidad pantagruélica, que en la era dietética en que vivimos nos parece casi monstruosa; nos acerca a locos geniales, como Acario Cotapos o a ángeles terrenales, como Juvencio Valle y a mujeres como Matilde Urrutia que dio la prueba máxima de lealtad: la de vivir y actuar “como lo hubiera hecho Pablo”, en plena dictadura militar.

Este libro está emparentado, desde luego, con Neruda clandestino que es el relato de la persecución del poeta en tiempos de González Videla y de su fuga por la Cordillera de los Andes, hacia Argentina y desde ahí al ancho mundo, al exilio del que Varas se ocupa en una de sus crónicas. Estas dos obras forman una especie de biografía del poeta, que si bien es discontinua y para nada sistemática, sí revela la integridad del personaje al mostrarlo animado por esa vida con que Varas también toca a los hombres y mujeres de su ficción. Sentimos que el Neruda de estas crónicas está vivo cuando, por ejemplo, se enfrenta, durante su clandestinidad, a un magnífico refrigerador Philco, al que bautiza como “el elefante blanco” y ese artefacto nos remite a la afinidad del poeta con los paquidermos, que alcanza hasta al dios Ganesh que con su trompa y sus colmillos trae la esperanza y la luz después de uno de esos aterradores ciclos de destrucción de la mitología india.

Como Huerqueo y como el protagonista de Los sueños del pintor, Neruda viaja por el mundo pero nunca deja de mirar a Chile. Él mismo dijo en una ocasión que el poeta tiene dos obligaciones sagradas: partir y regresar: “El poeta que parte y no vuelve es un cosmopolita. Un cosmopolita es apenas un hombre, es apenas un reflejo de la luz moribunda”. Navegaciones y regresos, donde regresar no es sólo volver físicamente a la provincia, sino no dejar de sentirla, como el poeta que recorrió el mundo sin despegarse nunca de su bosque nativo ni de su litoral.

Lo mismo que los personajes que viven en las novelas y en los cuentos de Varas, el Neruda de estas crónicas reside en una tierra injusta y sufre sus traiciones, sus persecuciones y sus golpes, pero como Porái también él es capaz de reírse en medio de la muerte, de festejar la existencia, de disfrazarse, recitar, hacer chistes e improvisar banquetes, junto con aquellos otros seres risueños y ardientes, con los que poblaron ese tiempo que desapareció.

“Tal vez nunca” son las últimas palabras que Neruda dice, con voz cansada, en este libro. Ellas parecen clausurar no sólo la vida del poeta sino toda su época. Pero al leer estas crónicas es posible recobrar al menos algunos de los retazos y fragmentos de ese tiempo perdido y de los personajes que lo vivieron.

Tal vez nunca

HO PERDUTO LA FORMICA*

El tren que venía de Milán entró velozmente en la Stazione Termini de Roma. Por encima de las cabezas de la multitud que esperaba en el andén, Inés Figueroa y el pintor Nemesio Antúnez, su esposo, vieron a Pablo Neruda asomado a una ventanilla. La gente se arremolinó, muchos corrieron junto al tren que ya reducía su marcha, hasta detenerse. Se escucharon aplausos y gritos italianos estentóreos: “Evviva il poeta Neruda”.

Eran los días finales de 1951, año tercero de su exilio.

Al bajar del tren, Neruda fue recibido con abrazos por el pintor Renato Guttuso, el escritor Dario Puccini, uno de sus traductores, el sociólogo Gianni Totti, Paolo Ricci y otros amigos italianos. Luego lo rodearon delegaciones femeninas, sindicales y juveniles y le hicieron entrega de tantos ramos de flores que el poeta ya no los podía sostener en sus brazos y algunos de los presentes tuvieron que hacerse cargo de ellos. Neruda agitaba una mano en respuesta a los vítores y saludos, se dejaba abrazar, pero no mostraba su amplia sonrisa habitual. Parecía preocupado. Inés y Nemesio escucharon cuando decía a uno de los amigos queº lo rodeaban:

— Ho perduto la Formica.

—Ma come! Cosa è succeso?

Explicó en su italiano fluido, con acento temucano, que a la Hormiga se le ocurrió bajar en la estación de Milán para hablar por teléfono mientras él se quedaba escribiendo en el compartimento. Cuando el tren se puso en marcha, Delia no había vuelto. Se dio cuenta que la cartera con sus documentos y dinero había quedado sobre la pequeña mesa. Muy nervioso habló con el conductor, pero éste le dijo que no se podía hacer nada hasta llegar a Roma.

Ante la emergencia, los compagni de Roma hicieron llamadas telefónicas urgentes a la estación ferroviaria de Milán, a la Questura de policía, a los dirigentes milaneses del Pichí (PCI, Partido Comunista Italiano) encargando la búsqueda de la desaparecida.

El palazzo de Guttuso

Mientras iba saliendo hacia el automóvil que lo esperaba al lado afuera, Pablo dijo a Inés y Nemesio:

— Vamos a estar alojados en la casa de Guttuso. Los espero mañana a las diez en punto.

Luego, bajando la voz, le dijo a Inés:

— Esa niña de Chillán… ¿te acuerdas? Matilde Urrutia, que estuvo en Berlín con nosotros, en el Festival… Debe haber llegado a Roma. Quiero que le avises que pasaremos el Año Nuevo en Nápoles, para que se reúna con nosotros.

Le dio la dirección de la pensión donde se alojaba Matilde, en la calle Gian Battista Vico, cerca de la Piazza del Popolo.

La casa de Guttuso era un antiguo palazzo situado a la orilla del Tevere, no lejos del Castell Sant’Angelo. Una construcción majestuosa, de varios pisos, en piedra de un color ocre tostado. Muros inmensos, habitaciones que parecían bóvedas, innumerables dormitorios y salones, anchos pasillos donde resonaban los pasos sobre los pisos de mármol.

La Hormiga llegó agotada horas más tarde. En Milán se había equivocado de vía y había partido hacia el norte. Se dio cuenta de su error cuando el tren ya estaba en marcha, porque no pudo encontrar a Pablo en ninguno de los vagones. Se bajó en una estación desconocida, sin dinero ni papeles. Pero algo había en su personalidad, en la limpidez de sus grandes ojos color violeta (“ojos boquiabiertos”, escribió Miguel Hernández), una sensación de inocencia y severa integridad, que le abría las puertas. Le permitieron usar el teléfono y logró comunicarse con Gutusso en Roma.

— Ma, dove sei, Formica?

Explicó lo sucedido. Habló con Pablo. Hubo prontas comunicaciones e instrucciones al jefe de estación (también miembro del Pichí, naturalmente) y una hora después tomaba un tren hacia Roma, muy recomendada al personal. Una delegación la esperaba en Milán. Una joven bailarina, que formaba parte del grupo, se embarcó con ella y viajó a su lado hasta su destino final. Llegó exhausta pero muy conmovida por la solidaridad de los compaños italianos.

Inés y Nemesio se presentaron al día siguiente a las diez en punto.

Pablo y Delia los recibieron en sus aposentos, un dormitorio principesco con un salón y una sala-vestidor anexo, con balcones sobre el río. Imperaba el desorden: la cama deshecha, un zapato acá otro más allá, paquetes y ropa sobre las sillas, maletas en medio de la habitación. Pablo y Delia estaban en bata. Entraba y salía gente. Por ejemplo, la bella esposa de Guttuso, muy admirada por Neruda, quien la llamaba principessa, un sirviente que venía a retirar tazas y platos del desayuno, un amigo italiano que pasaba a saludar y se engolfaba en una larga cháchara, un periodista de L’Unitá, además sonaba todo el tiempo el teléfono. Era el estilo y el ritmo de la pareja, que durante sus viajes acostumbraban darse prolongados baños de tina y demoraban horas en vestirse. A veces Pablo se hacía llevar el desayuno al baño y lo tomaba sobre una tabla flotante.

La Hormiga, mimada y rodeada de servidores desde la cuna, que la ayudaban incluso a vestirse, tenía grandes dificultades con los botones, muy numerosos en sus tenidas. Descubrió tardíamente el cierrecler (como se dice en Chile) y declaró:

—¡Pero querida, ésta es una invención maravillosa!

Para Inés y Nemesio era un milagro que lograran Delia y Pablo llegar a tiempo a alguna parte y que hubieran hecho tantos y tan largos viajes durante aquel año 1951.

El exiliado dichoso

Neruda llegó a París con la Hormiga hacia fines de 1949, desde México. Estuvo viviendo en una casa prestada por amigos franceses, en pleno centro de la ciudad: quai de Béthune, isla San Luis. Allí donde se bifurca el Sena, al lado de Notre Dame.

Sin duda habrían querido permanecer indefinidamente en París, donde se sentían bien, estaban rodeados de muchos amigos y de un ambiente gratísimo para ambos. Delia había estado en París muchas veces. Había estudiado allí en momentos diversos durante su infancia y su adolescencia. Además había tenido clases de canto y en los años 40 había aprendido grabado en el estudio de Man Ray.

Pero las cosas se complicaron. Comenzaron las dificultades con la visa. Las autoridades francesas de inmigración presionaban a Neruda para que abandonara el país y las gestiones para obtener una prórroga de su permanencia no daban resultado. Eran aquellos, los años del anticomunismo rampante y el poeta chileno aparecía con un nimbo de dirigente y agitador internacional que motivaba ataques en la prensa de orden y que no resultaba grato al gobierno francés. Por otra parte, el gobierno de González Videla hacía sentir su protesta por los canales diplomáticos: ¿cómo era posible que se recibiera y se le diera tribuna a un connotado enemigo de Chile, que además era prófugo de la justicia? Es muy posible que el mensaje de González tuviera el peso adicional, mucho más decisivo, de sus padrinos de Washington.

Se vieron obligados a trasladarse a Checoslovaquia, donde Pablo estableció su domicilio oficial. Lo alojaron en el encantador palacio de Dobris, a cierta distancia de Praga, donde nada le faltaba, podía pasear por jardines de rosas, escribir y leer la prensa internacional, pero estaba lejos de la gente que le interesaba. No estaba contento.

Vino entonces el descubrimiento de Italia. Allí el poeta y Delia fueron realmente felices. Era el tiempo de la guerra fría y del extraordinario auge del Partido Comunista Italiano. Neruda llegaba con un prestigio de poeta combatiente, defensor de su pueblo y de la paz. Pronto se sintió absolutamente dichoso. Lo recibían como a un hermano, casi como un dios. Todos o casi todos los alcaldes de las ciudades italianas eran comunistas, le organizaban grandes mítines con flores y banderas, reuniones de intelectuales, asambleas sindicales.

En medio de todo, se desarrollaba su amor clandestino con Matilde, que había comenzado en México en 1949. Un amor cada vez más absorbente y exigente.

En las primeras semanas de enero de 1951 dio recitales de sus poemas en Florencia, Turín, Génova, Roma y Milán. Además hacía discursos políticos, hablaba del “traidor de Chile”, de la represión anticomunista desatada en Chile, de la amenaza de guerra atómica. Un periodista italiano lo llamó “poeta agitprop” (“agitación y propaganda”, una sigla soviética).

Neruda veía en la política italiana una simetría con la política chilena. En Italia como en Chile había entrado en crisis el gobierno con participación comunista. Otro tanto había sucedido en Francia. La voz de orden del anticomunismo, que venía desde Washington, imperaba en todo el mundo occidental. Se acentuaba la polarización, era la guerra fría y el peligro de la guerra caliente, y nuclear por añadidura. Para el poeta, el demócratacristiano De Gasperi resultaba equivalente al radical González Videla.

Apareció en esos días la edición italiana del poema “Que despierte el leñador”, alegato elocuente contra la guerra, que contiene en su parte inicial una especie de canto de amor a Estados Unidos, sorprendente para algunos:

paz para el pequeño museo de Wyoming

en donde lo más dulce

es una almohada con un corazón bordado1

El poema contiene además, por cierto, un agudo enjuiciamiento de la política del gobierno norteamericano y otro canto de amor, pero a la Unión Soviética, tan whitmaniano como el dedicado a Estados Unidos. De paso, el saludo ritual al señor del bigote:

En tres habitaciones del viejo Kremlin

vive un hombre llamado José Stalin.

Tarde se apaga la luz de su cuarto2.

1951 fue un año de grandes viajes: Moscú, Praga, Berlín. En la dividida capital alemana, en gran parte todavía en ruinas, Delia y Pablo asistieron al Festival Mundial de la Juventud. Se encontraron allí con una delegación chilena de la que formaban parte los dirigentes de la Federación de Estudiantes, José Tohá, Luis Dodds y Fernando Ortiz; Julio Silva Solar, el dirigente obrero Luis Figueroa, el pintor José Venturelli y su esposa Delia Baraona.

Neruda conoció al poeta turco Nazim Hikmet, recién salido de la prisión, y estuvo con el cubano Nicolás Guillén. Matilde Urrutia había sido invitada al festival a instancias suyas. La dejó incorporada al grupo de amigos cercanos con quienes mantenía permanente contacto. Ya no volvió a separarse de ella más que por breves períodos, aunque la relación se mantuvo subterránea.

El séquito nerudiano y los demás chilenos se veían todo el día y todos los días. Todo era alegría y amistad indestructible, como solía decirse en los discursos oficiales, una especie de emoción política compartida, la sensación de que el mundo avanzaba a todo vapor hacia el socialismo a pesar de los peligros.

También apareció en Berlín una bella arquitecta chilena, Yolanda

Schwartz, quien había llegado primero a Grecia y luego a París “con lo puesto” (alpargatas, una falda y una blusa) huyendo de Israel, debido a un conflicto familiar y político. Había viajado a la tierra prometida arrastrada por el entusiasmo de los jóvenes sionistas de Chile. Desde París, donde Neruda le había encomendado la grave misión de administrar los fondos nada despreciables del Premio Mundial de la Paz, Inés Figueroa informó a Pablo de la angustiosa situación de la joven y le pidió permiso para prestarle ayuda económica.

—Pero ni me lo preguntes— respondió Neruda—, le darás todo lo que necesite.

En el festival, Yolanda hizo sensación desfilando por la pista de un estadio repleto de público con una gran bandera tricolor, a la cabeza de la delegación chilena.

Desde Berlín viajaron en automóvil a Hungría. Iban, además del chofer, Neruda, la Hormiga, Matilde y Nicolás Guillén. El cubano desplegó su galantería fina y envolvente hacia la “niña de Chillán”, que se limitaba a lucir su gran sonrisa con cierta coquetería enigmática. Neruda se puso nervioso. El episodio dio origen a una enemistad duradera entre los dos poetas, que se tradujo más tarde en roces y expresiones de rivalidad, y que seguramente tuvo algo que ver con el resonante choque político de los años 60 entre los escritores cubanos y el chileno.

Desde Moscú, Pablo y Delia viajaron en el famoso tren transiberiano hasta la República Popular de Mongolia. Luego a Pekín, donde Neruda hizo entrega de la medalla y el Premio Internacional de la Paz a Sung Sing Ling, la viuda de Sun Yat Sen, el fundador de la primera República China.

Meses más tarde, hacia fines de diciembre, Inés y Nemesio recibieron en París la invitación de Pablo:

—¿Por qué no se vienen a pasar el Año Nuevo con nosotros a Roma? Neruda intentaba en todas las ocasiones rodearse de sus amigos.

Se “anexaba” a la gente que conocía y gradualmente se le hizo habitual viajar con un séquito de incondicionales, en el que no llamaba mucho la atención que estuviese incorporada “esa niña de Chillán”. Este espíritu gregario, su necesidad de compañía, era muy propio de su carácter. Se diría que después del aislamiento forzado de sus años en el Asia, se empeñaba siempre en evitar la soledad, aunque algunos, como Volodia Teitelboim, atribuyen este rasgo a factores genéticos y a la tradición de hospitalidad y puertas abiertas de las tierras de La Frontera. Lo sorprendente es que aquellos amigos, de variadas creencias políticas y condición social, estaban siempre dispuestos a abandonar serias ocupaciones y compromisos para correr a reunirse con él. El poeta creaba a su alrededor un clima de festival permanente, de encantamiento poético e hipnótico, corrosivo de las obligaciones prosaicas, y arrastraba hasta a los menos imaginativos. Producía la sensación de que junto a él siempre estaba sucediendo algo único, trascendental para la vida de cada cual, algo que no se podía dejar pasar. Y todo el tiempo, él no dejaba de trabajar en lo suyo, siempre por las mañanas. Era perfectamente capaz de escribir durante un viaje en auto; y en tren, no se diga.

En el larguísimo viaje de regreso, de Vladivostok a Moscú en el ferrocarril transiberiano, escribió “de una hebra” un largo poema, “Cuando de Chile”, cargado de nostalgia y romanticismo revolucionario, tal vez el más logrado de los que dedicó al tema del exilio. Le regaló a Inés Figueroa el texto original del poema. Lo escribió con tinta verde en una pequeña libreta china, de color rojo. Casi no tiene correcciones.

El poema todavía emociona. No sé si es una emoción, digamos, arqueológica, autobiográfica o poética. O política. Su título, tomado del baile llamado “El Cuando”, que se practicaba en los saraos de la Independencia, se repite como estribillo a lo largo de las estrofas:

Oh Chile, largo pétalo

de mar y vino y nieve

ay cuándo

ay cuándo y cuándo

ay cuándo

me encontraré contigo,

enrollarás tu cinta

de espuma negra y blanca en mi cintura,

desencadenaré mi poesía

sobre tu territorio3.

Paréntesis santiaguino

Aquel año, alguien trajo por mano a Santiago una copia del “Cuando de Chile”. Julio Alegría, ex dirigente gremial de los funcionarios de correos y telégrafos, en aquel tiempo secretario político del comité local del Partido Comunista de la 1ª comuna de Santiago, citó a este cronista a su casa de la calle Dardignac para encargarle una misión de honor: se trataba de hacer una edición del poema del compañero Neruda impresa en dos mil ejemplares, para su distribución y venta a través de librerías y del aparato partidario. Debía buscar una imprenta adecuada, pedir un presupuesto y ver todos los detalles del asunto.

Se recordará que el Partido Comunista estaba fuera de la ley desde 1948, pero hacia 1951, el gobierno de González Videla estaba en sus postrimerías, notoriamente debilitado, y la ilegalidad se rompía con frecuencia. Por otra parte, se trataba en este caso de una edición legal. El poema tenía, sin duda, una fuerte carga política pero carecía de los vituperios del Canto General y de los tonos vitriólicos de los poemas de la Resistencia, del año 1948.

La ignorancia del susodicho en materias gráficas era casi total. Aconsejado por Joaquín Gutiérrez acudió a la Imprenta Smirnow, en la segunda cuadra de la calle San Diego. Habló con su propietario, quien lo recibió con cierta cordialidad, aunque era evidente su reserva (desde la izquierda) hacia los comunistas. Un par de días después entregó el presupuesto y una maqueta del proyectado libro, que tendría formato 16 y una portada con letras negras y rojas.

Todo fue entregado a Julio Alegría y él le dijo que se iba a tomar una decisión en los próximos días. Inesperadamente lo llamó esa misma tarde y le comunicó que debía ir a hablar con Américo Zorrilla a la imprenta de la Editorial Universitaria, que en aquel tiempo estaba en la hoy desaparecida calle Ricardo Santa Cruz 747, una calle pequeña de una sola cuadra que fue absorbida por la remodelación de Santa Isabel. Otro vecino connotado de la misma calle y cuadra era el dirigente gremial Clotario Blest, más tarde presidente de la CUT.

Don Américo me recibió en su pequeña oficina de regente de la imprenta, en un rincón del enorme galpón con piso de cemento donde se afanaban las máquinas negras en medio de un penetrante olor a tinta y aceite industrial.

—Siéntese, compañero —me dijo con su habitual tono seco. —Estuve viendo el presupuesto y el proyecto que Ud. trajo para la edición del poema de Pablo.

—Eh, sí. Es de la imprenta Smirnow —respondí con cierto balbuceo, provocado por la severa presencia de Zorrilla, que siempre parecía estar pidiendo cuentas y a quien yo miraba hacia arriba, aunque su estatura no sobrepasaba el metro 60.

—Sí —dijo—, ya lo sé. Esto no sirve para nada —tiró a un lado mis papeles con gesto despectivo.

—Bueno, si usted lo dice. ¿Eso sería todo?

Me miró muy seriamente y de pronto estalló en una gran carcajada.

Se reía en A, con la boca muy abierta.

—Sí, compañero —dijo en tono más amable—. Gracias, pero el poema lo vamos a diagramar y lo vamos a imprimir aquí. Es que hace falta otra cosa, más presentable, ¿me entiende?

—Sí, claro —cabeza gacha.

—De todas maneras, queremos que Ud. se encargue de la distribución y otras cosas. Eso véalo con Julio.

Me extendió su pequeña mano.

La edición del “Cuando de Chile” me parece hoy (la veo en el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile, donde se conserva la biblioteca donada por Neruda en 1955) una joya bibliográfica. Su formato es de 36 x 26,5 centímetros. La portada, hoy amarillenta, ha perdido el delicado color celeste que tenía la edición original (si la memoria no me engaña). El sello editorial es Austral. A manera de pórtico, trae en la contraportada una nostálgica xilografía de Julio Escámez, titulada “El río”, que muestra en primer plano a un hombre que nada en las aguas del Bío Bío y, en segundo plano, a unos balseros que manejan troncos con largas pértigas. Hay viñetas de Carlos Ruiz. La diagramación es de Galvarino Rodríguez. Las letras de la portada fueron dibujadas por Eduardo Pérez Izarzugaza. La elegante tipografía es, probablemente, Bodoni. La edición le encantó a Neruda cuando la tuvo en sus manos a su regreso del exilio.

Se cierra el paréntesis.

Un relato en un tren

En Roma los planes cambiaron. Debidamente informado por sus amigos italianos, sobre todo por el meridional Guttuso, e invitado a su casa por el napolitano Paolo Ricci, Neruda decretó que la ciudad adecuada para pasar el Año Nuevo no era Roma sino Nápoles.

En el compartimento del tren que los llevaba hacia el sur, se apretujaban los viajeros: Delia, Pablo, Nemesio e Inés, Matilde, Paolo Ricci, que iba a ser el anfitrión de los Neruda en Nápoles, el pintor manco Zigaina, de Udine, otros más que los archivos no registran. El ánimo del grupo era alegre, bebían café o grappa, se reían, discutían de política, contaban historias, entraban y salían a fumar al pasillo.

Cuando hablaba Neruda, todos celebraban sus ocurrencias. De pronto, inesperadamente, el poeta adoptó otro tono. No se sabe si por efecto del paisaje, del traqueteo nostálgico del tren, de la sensación de encontrarse tan lejos de Chile, comenzó a hacer recuerdos de su infancia. Hablaba monótonamente, con los ojos semicerrados, como vueltos hacia una pantalla interior donde se sucedían antiguas imágenes. Era como un conjuro. Todos escuchaban y miraban al poeta en absoluto silencio.

Era una historia de pájaros. Contó que, cuando niño, en el lago Budi, cerca de Puerto Saavedra, había hombres que perseguían ferozmente a los cisnes. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos. Un día, contó, alguien le trajo un cisne medio muerto, “una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el mundo, el cisne de cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra”4.

Pablo lavó sus heridas y trató de alimentarlo empujándole trozos de pan y de pescado que el pájaro devolvía. Sin embargo, poco a poco fue recuperándose de sus lastimaduras. Durante veinte días el niño llevó al cisne, casi tan grande como él, hasta el río, donde nadaba un poco. Luego lo traía de regreso a su casa.

Una tarde lo notó más triste, más ensimismado que nunca. Nadó cerca del niño pero no se distrajo con sus esfuerzos por enseñarle de nuevo a pescar. Al final, Pablo lo tomó de nuevo en brazos para llevarlo de regreso a la casa. “Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era un largo y ondulante cuello que caía”.

Neruda calló. En el compartimento se había producido un clima de extrema emoción. El pintor Zigaina estalló en sollozos. Inés vio lágrimas en los ojos de casi todos.

Mucho después Inés Figueroa leyó en Confieso que he vivido, el mismo relato. Pero sintió que no era exactamente el mismo. Tal vez porque lo conoció en circunstancias que no se podían repetir o porque el poeta transmitía directa, sonora y corporalmente su propia emoción, el texto literario no le produjo el mismo efecto que el relato verbal escuchado en el tren durante el memorable viaje a Nápoles.

Aquellos pocos días de convivencia diaria le permitieron a Inés, conversar largamente con Neruda, quien parecía hallarse en un estado de ánimo de especial sensibilidad, entre excitado por todo cuanto le sucedía y lo rodeaba, empapado de su pasión por Matilde y, a la vez, lleno de nostalgia de Chile. Una mañana le contó una curiosa experiencia.

Acababa de publicar Veinte poemas cuando un día se encontró, tal vez en la Librería Nascimento, con un escritor mucho mayor, de quien se sabía que era rico, tal vez el único acaudalado en la multitud de poetas famélicos de Santiago. (¿Tal vez Pedro Prado?). Éste le manifestó que su libro era magnífico y lo invitó a almorzar al Club de la Unión, para conversar sin apuro.

Neruda contó así la historia:

“Yo entré inseguro en aquella majestuosa catedral de la clase dominante, donde jamás había imaginado poner mis pies. Nos sentamos a una mesa de mantel blanquísimo, en un comedor alto y enorme, como una caverna. Acudió un mozo lleno de altivez. Mi anfitrión, con amabilidad, me dijo:

—¿Desea servirse un aperitivo? Pida lo que quiera.

Yo tenía 20 años. Venía del mundo estudiantil y de la más mísera de las bohemias literarias. Mi conocimiento de los usos y las bebidas se limitaba al vino, a la chicha, a la cerveza, y a una mezcla del gusto de los jóvenes de aquel tiempo, llamada ‘La convidada’. Consistía en cerveza con Bilz. El mozo me preguntó:

¿Qué se va a servir el señor?

Respondí: —Tráigame una ‘convidada’.

El tipo se mantuvo impasible, aunque sentí en sus palabras un inmenso desprecio:

—Eso… aquí no se sirve, señor.

Sentí como una lanza que se me hundía en el corazón. Mi humillación fue tan extrema que aun hoy, al recordarlo, me arden las orejas. Mi amable colega pidió una vaina al jerez o algo así y pasó por alto el incidente. Me hizo preguntas sobre mis comienzos, sobre mis estudios, sobre mis lecturas. Al comienzo, le contesté penosamente, casi en monosílabos, pero poco a poco fui entrando en confianza y llegamos a desarrollar una conversación casi normal. Me sentí acogido y estimulado por la sabiduría y la bondad de aquel escritor mayor, mi ‘colega’, como se empeñaba en decir.

Unos años más tarde, estando yo de Cónsul de Chile en Colombo, fui invitado a una fastuosa recepción, que ofrecía el gobernador, a la pareja real británica. Jorge V y la reina Mary llegaban con su corte a visitar su colonia de Ceilán. La fiesta, de rigurosa etiqueta, se desenvolvía en un inmenso parque con jardines y verdes prados ingleses que descendían dulcemente hacia el mar. Había mesas largas, con albos manteles, cubiertas de manjares.

Todo transcurría de pie en un clima delicioso como un baño tibio. Allí estuve yo, consciente de mi inferioridad, sonriendo de vez en cuando como un tonto, alto, oscuro y nada de handsome, junto a cónsules de otros países y funcionarios locales, a cierta distancia de los embajadores disfrazados de aves del paraíso y de mujeres espléndidas e inalcanzables. A la distancia estaban el rey y la reina, entre uniformes y fracs.

Servidores morenos y esbeltos, vestidos de rojo y con turbantes dorados, circulaban bandejas con copas de champagne. De pronto se acercó al grupo una dama altísima, rutilante de joyas, de silueta elegante y rostro más bien apergaminado.

Alguien dijo a mi lado: Es la gobernadora, lady Mountbatten… o algo así. Me miró, sonrió y dijo: — Pero usted no bebe nada, señor. Permítame que le sirva.

Se acercó a la mesa más cercana en cuyo centro había una monumental ponchera de plata y cristal, que lucía el escudo real con Honni soit qui mal y pense y todo. Tomó una copa de las muchas que esperaban y con un cucharón sacó líquido de aquella ponchera y lo vertió en la copa, diciendo con una sonrisa luminosa una frase en la que sólo pude distinguir la palabra punch.

Sonreí a mi vez, me llevé la copa a los labios, bebí y quedé estupefacto. Aquello era una mezcla de cerveza y algo más. Era ni más ni menos, la famosa convidada de mis años de estudiante pobre”.

Año Nuevo en Nápoles

La noche de Año Nuevo era (¿es?) la noche en que los napolitanos tiran la casa por la ventana. Al sonar la medianoche comienzan a lanzar por los balcones todo lo que les sobra, y a veces lo que no les sobra también. Vuelan por los aires y caen con estrépito sobre el empedrado, muebles, pianos, gramófonos, libros, cuadros, sillas, platos, ollas abolladas. El grupo de Pablo, que incluía a la Hormiga, Nemesio e Inés, italianos varios y, por cierto, Matilde, se trasladó a una villa construida sobre una colina por un rey de Saboya para su amante. Desde una gran terraza embaldosada se dominaba el famoso paisaje, después de ver el cual se puede morir tranquilo: la bahía de Nápoles con el volcán Vesubio.

Allí recibieron las doce, dieron la bienvenida al nuevo año, 1952, y después de los abrazos, escucharon bebiendo champagne el alboroto de sirenas y bocinas y fuegos artificiales, y el estruendo de todo lo que lanzaban a las calles los habitantes de la ciudad. Luego bajaron muy alegres por calles poco iluminadas, pisando vidrios, fragmentos de jarrones y vajilla, tropezando con sillones cojos, lámparas de lágrimas destrozadas y relojes de pared despanzurrados.

Finalmente se instalaron en una antigua trattoria, entre los muros de ladrillo de un subterráneo abovedado, a charlar y a beber los últimos tragos. Los amigos italianos se fueron despidiendo gradualmente y por último sólo quedaron en torno a la mesa, cubierta por un mantel a cuadros rojos, Delia y Pablo, Inés y Nemesio, y Matilde, que lucía un collar de fantasía y unos clips de plástico adornados con estrellitas.

Pablo empezó a ponerse cargoso. Le comunicó a Matilde que no le gustaban sus aros, los encontraba cursis.

—A mí me gustan —replicó ella sin alterarse.

—A mí no —dijo Pablo—, sáqueselos. No le vienen.

Inés y Nemesio asistían con cierta sorpresa al diálogo, que tenía por parte de Pablo, una pesada insistencia, acentuada tal vez por el alcohol consumido. La Hormiga sacudía la cabeza:

—Pero Pablo, no insista. ¡Cómo se le ocurre que va a sacarse los aros porque a usted no le gustan!

Y dirigiéndose a Matilde trataba de disculparlo como si fuera un niño malcriado. Entonces, repentinamente, Pablo estiró una mano y le sacó de una oreja uno de los clips a Matilde. La Hormiga quedó estupefacta: —¡Pablo! Eso no se hace. ¡Pero qué mal educado!

—Caramba, si no me gustan esos aros —replicó Neruda en tono infantil.

Delia se dirigió a Inés y Nemesio:

—¿Pero se dan cuenta? ¡Cómo es posible que se los haya sacado!

Pablo está descontrolado. Se está portando pésimo con esta niña.

Matilde sonreía.

La velada llegó a su término al amanecer. Caminaron de regreso a la villa del rey de Saboya.

Nemesio le comentó a Inés:

—Algo pasa entre Pablo y esa niña de Chillán…

—¿Tú crees? —preguntó Inés, aunque también había comenzado a sospechar.

—No me cabe duda. Eso de los aros…

Sólo años más tarde, se supo que, antes de emprender el viaje de Ginebra a Roma junto con la Hormiga, Neruda había tenido un encuentro secreto con Matilde, en la pequeña localidad suiza de Nyon. Aquellos días de pasión consolidaron de manera definitiva la relación entre ambos.

De Nápoles, los Neruda (Pablo y la Hormiga) viajaron a Roma el 6 de enero de 1952. Probablemente, fue poco después cuando Delia emprendió viaje a Chile, con la misión de averiguar exactamente la situación del proceso incoado contra Pablo, desarrollar gestiones para obtener la anulación de las órdenes de detención y preparar su retorno. El Partido le había pedido a Neruda que intentara estar de regreso en Chile antes del término del período presidencial de González Videla. Las próximas elecciones debían efectuarse en septiembre de 1952.

Alejada la Hormiga, quedaba el campo libre para los amores de Pablo y Matilde. Entonces, como ahora, el pelambre circula con una velocidad electrónica. Pronto se supo en Santiago “la actitud de Pablo”. El poeta fue muy criticado por sus enemigos y también por buena parte de sus amigos, que se escindieron y tomaron partido por una u otra de las damas.

La batalla de Roma

El 8 de enero, Neruda viajó a Nápoles de nuevo y se instaló con Matilde en la pensión Maurice.

El 11 de enero, el Ministerio del Interior ordenó su expulsión. (En sus memorias, Neruda escribió que aquel era el resultado de una directa gestión del gobierno chileno). Ignazio Delogu escribió: La policia lo preleva nella Pensione Maurice, lo accompagna in Questura e tra un caffé e un interrogatorio gli comunica la orden de expulsione. El mismo día partió en tren desde Nápoles, acompañado de agentes de Pubblica Sicurezza, con destino al paso de Domodossola (frontera con Suiza). Al llegar a la Stazione Termini de Roma, una multitud de ciudadanos, intelectuales y artistas protestó airadamente al grito de Neruda debe restare! L’austriaco [De Gasperi] se ne debe andare! y desbordó a la policía. Finalmente, se autorizó a Neruda a permanecer en el país. En los días posteriores, el escándalo desatado en la prensa y las intervenciones del escritor Carlo Levi ante el presidente Luigi Einaudi y de los senadores Umberto Terracini y Pietro Nenni (líder del Partido Sociaindenta) ante el gobierno, determinaron que se otorgara al poeta una permanencia de tres meses en Italia, con posibilidad de renovación5.

Al día siguiente de la battaglia di Roma, el poeta amaneció en casa de un senador, donde lo había llevado Guttuso, que no se fiaba de la palabra del gobierno. Estando allí le llegó un telegrama del historiador Erwin Cerio, en respuesta a una carta que le enviara Paolo Ricci. Se manifestaba indignado por el ultraje a Neruda y concluía ofreciéndole una villa, la Casetta di Arturo, en la calle Tragara de Capri.

En sus memorias Confieso que he vivido Neruda relató así su llegada, con Matilde, a la casa de Capri y retrató a su dueño:

“Llegamos de noche y en invierno a la isla maravillosa. En la sombra se alzaba la costa, blanquecina y altísima, desconocida y callada. ¿Qué pasaría? ¿Qué nos pasaría? Un cochecito de caballos nos esperaba. Subió y subió el cochecito por las desiertas calles nocturnas. Casas blancas y mudas, callejones estrechos y verticales. Por fin se detuvo. El cochero depositó nuestras valijas en aquella casa, también blanca y al parecer vacía.

Al entrar vimos arder el fuego de la gran chimenea. A luz de los candelabros encendidos había un hombre alto, de pelo, barba y traje blancos. Era don Erwin Cerio, propietario de medio Capri, historiador y naturaindenta. En la penumbra se alzaba como la imagen del taita Dios de los cuentos infantiles. Tenía casi noventa años y era el hombre más ilustre de la isla: —Disponga usted de esta casa. Aquí estará tranquilo”6.

No cuenta Neruda en sus memorias la continuación del diálogo, que hemos conocido por otra fuente (verbal):

Con un embarazo chileno y provinciano, vacilante, Pablo se sintió obligado a decirle a su majestuoso anfitrión:

—Creo que usted debe saber que Matilde, la dama que me acompaña… no es mi esposa…

Cerio lo miró con auténtica sorpresa. Luego sonrió y le dijo:

—Tanto mejor. Los matrimonios se pasan peleando.

Los días de Capri fueron para Matilde y Pablo una auténtica luna de miel. Pero no por eso interrumpió el poeta su disciplina de trabajo. Escribió en aquel entonces poemas sobre variados asuntos y la mayor parte de Los versos del capitán, probablemente una de las más altas cumbres de su poesía erótica, si bien el arrebato amoroso centrado en la intimidad de la pareja aparece en contrapunto con el severo compromiso del “capitán” con los combates de su pueblo.

De tus caderas a tus pies

quiero hacer un largo viaje.

Soy más pequeño que un insecto.

Voy por estas colinas,

son de color de avena,

tienen delgadas huellas

que sólo yo conozco,

centímetrros quemados,

pálidas perspectivas.

Aquí hay una montaña.

No saldré nunca de ella.

Oh qué musgo gigante!

Y un cráter, una rosa

de fuego humedecido!7

En otro momento el tono cambia:

No querías saber dónde andabas,

eras la compañera de baile,

no tenías partido ni patria.

Y ahora a mi lado caminando

ves que conmigo va la vida

y que detrás está la muerte.

Ya no puedes volver a bailar

con tu traje de seda en la sala.

Te vas a romper los zapatos,

pero vas a crecer en la marcha.

Tienes que andar sobre las espinas

dejando gotitas de sangre.

Bésame de nuevo, querida.

Limpia ese fusil, camarada8.

De aquellos mismos días data su sarcástico y duro poema “Los dioses harapientos”, publicado más tarde en el libro Las uvas y el viento, como parte del capítulo dedicado a Italia, titulado “La patria del racimo”. Describe allí una caravana que avanza por tierra, a la par con la flota norteamericana que avanza por el mar:

En trenes, en camiones

se dirige un prostíbulo

al nuevo puerto en que los barcos grises

van a defender la cultura.

Ay, qué dificultades!

Faltan hoteles donde

situar a las muchachas

de manera estratégica en el puerto!

Ah pero para eso

todo el gobierno se ha movilizado.

Corre el señor de Gasperi vestido

con su chaqué más tétrico

y el ministro de la policía

barre los dormitorios

para que todo

se desarrolle

con eficacia extrema9.

Después de cien años