Te acordarás de mi - Gustavo Alejandro Oroño - E-Book

Te acordarás de mi E-Book

Gustavo Alejandro Oroño

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Beschreibung

Una vida de recuerdos que se construyen alrededor de la pelota de futbol, el Club Atlético, la ciudad de Carlos Casares, el barrio, la Escuela Nº 8, las ansias de jugar y los goles por venir, desde que el autor ingresa al Club a los 12 años imaginando glorias futuras hasta pasar luego a primera división, en la que se mantuvo durante 14 años. Desde esos años de jugar con medias rotas, camisetas sudadas y pantalones sucios, con arcos sin travesaños, marcados con piedras y ropa amontonada, se van tejiendo amistades que entre la familia, la escuela y el Club conforman la red de una pequeña sociedad por la que desfilan los hermanos, la madre, el padre, las maestras, los equipos, los jugadores, el lugar, quienes hacen que –desde la cancha– la victoria fuera inolvidable y muy digna la derrota. Como señala el autor: Atlético es mi familia, son mis hijos y serán los hijos de mis hijos. (…) Atlético es una herencia que se acepta sin hacer inventarios de ninguna naturaleza.  Al final, una vida en la que no dar por perdida ninguna pelota…  Centro bien echado, ¡es gol!

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Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Gustavo Alejandro Oroño

Te acordarás de mi

Historias que huelen a cuento y poesía

Oroño, Gustavo Alejandro

Te acordarás de mi :

historias que huelen a cuento y poesía /

Gustavo Alejandro

Oroño. - 1a ed. -

Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

Abrapalabra Editorial, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4999-50-4

1. Literatura Argentina. 2. Cuentos de Fútbol. 3. Cuentos Realistas. I. Título.

CDD A860

Coordinación:

Michela Baldi

Diseño, maquetado y producción:

Helena Maso

Edición y revisión de texto:

Helena Gonzalez

Primera edición: octubre 2022

Abrapalabra Editorial

Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires

E-mail: [email protected]

www.abrapalabraeditorial.com

ISBN: 978-987-4999-50-4

Hecho el depósito que indica la ley 11.723

Impreso en Argentina

Prólogo

Mencionó el autor durante una charla que la idea de escribir historias, transformarlas, darles vida y vuelo ocurrió durante su estadía en la ciudad de Mercedes (Buenos Aires).

Cuenta que una madrugada, motivado por la necesidad de volcar vivencias, saltó de la cama al papel como quien se arroja a una pileta. Pero el encuentro no fue con el agua propiamente dicha, sino más bien con la tinta que venía brotando de sus entrañas y que se empezó a manifestar con fuerza al comenzar el nuevo siglo.

El océano literario del autor fue madurando entre experiencias arraigadas en un entorno específico y un objeto concreto, que de no haberse mezclado a punto en la olla que componen su vida hoy, no hubieran visto la luz y quizá serían grises canas de otras memorias.

El contexto lo delimita la ciudad de Carlos Casares, el Club Atlético para ser preciso. Y el objeto concreto es la pelota de fútbol, el barrio, la familia y las amistades, los que sembraron sobre un suelo prolífero que el autor fue transitando con el correr de los años. La añoranza propia de la experiencia que da el camino fueron regando esas historias que pujaban por salir en lugares lejanos y ajenos a la infancia y la juventud.

Todo aquello germinó, brotó y empezó a echar raíces en el deseo de escribir, la necesidad de hacerlo contando historias, sentimientos y emociones. Fue el fuego interno que lo mantuvo para no perder conexión con la vida.

El Maestro Tabárez dijo que La Patria es la infancia, a lo que el autor agrega: “es mi lugar en el mundo”.

El transitar la vida a contramano, siendo nómade por diferentes rincones, yendo por andariveles que se cruzaron con la historia personal, han potenciado los cuentos y las poesías matizadas por una impronta ni casual ni prestada.

Nos marca la cancha el autor cuando comenta: “Lo que se leerá en las páginas que siguen no cambiará la vida de nadie pero podrá tal vez identificar lugares comunes, el haber estado y andado en esas cosas. Escribo como amateur y seguramente los expertos, literarios de elite y pseudo profesores de literatura habrán de enjuiciar mis palabras si me leen, a lo cual prefiere que el corazón le desordene la mente dentro del cuero, con emociones, sin estridencias y simple”.

Gastón Oroño

Mi agradecimiento para toda mi familia:

a Lilia y a nuestros hijos, Paula, Gastón y Andrés; a mis hermanos y amigos entrañables.

A la gente que me quiso bien y me ha ayudado.

Tuve hijos, planté más de un árbol y escribo este libro luego de muchos años de amasar y darle forma a mis ideas.

Deseo que les guste a todos. A todos los que nombro y elevo, a los que recuerdo amablemente, y a los que por haber estado en mi vida hicieron posible que nacieran estas carillas.

Nunca más podré olvidarte

Dicen que no es bueno, a veces, volver al lugar donde fuiste feliz.

En 1948 el gobierno de Mercante, mandó a construir 40 casas que dieran solución habitacional a los damnificados por el ciclón acaecido sobre Casares el 12 de septiembre de 1946.

De las cuarenta casas construidas, catorce fueron donadas a las personas afectadas por la pérdida de familiares, las restantes fueron adjudicadas por venta a vecinos particulares. Así nació la “Villa Falucho”, el barrio Falucho, en el rectángulo formado por las calles Falucho, Alvear, Moreno y la calle sin nombre que unía Alvear con Moreno en la sección quintas, ya con los triángulos destinados a plazas.

Cuando llegamos en el año 1962 el barrio tenía 14 años, la Graciela 8, el Bichi 7, el Yuli 3 y yo apenas 2. ¡Con pañales y de tela…!

Kili nació para los carnavales de 1963, y solo recuerdo que por primera vez en mi vida tuve alguien más chico a mi lado que me acompañaría todos los días.

El Mache nació antes de la primavera de 1967, en la casa 10 de la manzana D, y sería el hermanito a cuidar.

Dejamos en la calle Rivadavia el chalecito construido con un crédito hipotecario y arribamos a la casa de los abuelos paternos, la del barrio Falucho, tiempo después de fallecer el abuelo en Buenos Aires.

Con la remera del Boca campeón del 64 y la edad suficiente pude incorporarme al patio a mirar, a aprender los primeros juegos, y a levantarme una y otra vez en las primeras caídas. A chapalear los días de lluvia, a jugar con los primeros cacharros, a imitar a mis hermanos. A otear desde arriba del paraíso lo que pasaba en la calle y en el vecindario.

El barrio era habitado por familias de diferentes estratos sociales, de repartida ideología y ocupaciones diversas.

Los vascos, los tanos, los gallegos y los Tesler eran el crisol que con sus costumbres e historias le daban movimiento y vida al barrio, donde cada jardín y las fachadas de cada casa dejaban ver el gusto de sus propietarios. Macetas y maceteros de diferente estilo, tamaño y color destacaban con los helechos, los malvones y las calas, y las coloridas rosas se lucían en el prolijo jardín que Adela Vazzoler ostentaba en la esquina de Juan B. Justo y Viedma.

El barrio lo tuvo todo, y no faltaba nadie en sus calles de tierra y en sus veredas de lajas en hormigón. Su espíritu y distinción se alimentaba del albañil de manos ajadas, del prolijo empleado público, del trabajador municipal o el de obras sanitarias, del molinero y el panadero, del ferroviario y el trabajador eléctrico, del policía y el capitalista, del metalúrgico y el gastronómico, del sastre y el maestro, del trabajador independiente y el independiente del trabajo, del cartero y el vendedor de buzones. En aquellas calles del barrio se silbaba y se tarareaban tangos a toda hora, y el silencio identificaba a su ejecutante. Los hermanos Luparia rendían culto a esa linda costumbre y a Gardel, silbando afinado con el sombrero levemente ladeado sobre su frente.

Mis hermanos mayores me cuidaban mientras se colgaban de todas las plantas, jugaban a las bolitas y a las figuritas con sus amigos en la vereda. Por la calle principal circulaban los autos, bólidos negros de gruesa chapa y vidrios irrompibles. Daban para autos blindados, esas moles de hierro.

Los carros y charretes tirados a caballo pasaban en dirección al centro durante la mañana y al caer la tarde de regreso a su lugar. La gente nos saludaba y el vecino comentaba cuál era el otro Oroñito.

Usos y costumbres de una época en los barrios, viéndonos crecer e identificándonos.

Alvear, que venía desde San Martin, terminaba su asfalto en Falucho y esta se extendía pavimentada desde allí hasta Belgrano, continuando de tierra hasta el hospital.

Falucho hacia Rivadavia era de tierra, igual que las calles internas del barrio, igual que Alvear rumbo al oeste. Alvear era una ancha avenida arenosa con zanjas de desagüe del lado del barrio hacia el oeste. Las cunetas por las cuadras de enfrente indicaban el lugar menos poblado.

Cuántas veces nos habrán dicho: “te vas a caer a la zanja con esa bicicleta” cuando obstinados pedaleábamos en esas pesadas de caño horizontal o la de mujer. Éramos contorsionistas ubicando el cuerpo por debajo del manubrio y las piernas entre los caños, y un peligro para las vecinas que se corrían de un lado a otro en las veredas.

La aviación al fondo de Alvear era la última referencia de Casares hacia el oeste, fue una aventura que cumplimos al llegar hasta ahí.

Enfrente de nuestra casa el parque, privilegio que tuvimos para jugar a toda hora. Fue nuestro. Vivíamos allí. Todo su perímetro estaba rodeado por tejido romboidal y los eucaliptos prevalecían como sombra. En tiempos de cosecha, los camiones estacionaban a la espera de su turno para descargar en el molino de Salvat.

El parque siempre tuvo juegos, y siempre los destruían. Un día nos dimos cuenta de que habían puesto a Sarmiento donde estaba el mástil de la bandera, y este lo ubicaron en otro lugar del parque. De ahí en más Sarmiento observó cada movimiento con su gesto severo y concluyente, con la espada, la pluma y la palabra.

El parque tuvo hamacas, botes, sube y baja y toboganes sostenidos por robustos caños amurados al piso desde donde colgaban las gruesas cadenas. El tobogán se escalaba por peldaños de acero y bronce y fue nuestra plataforma de vuelos y caídas en los juegos.

Tiempo después el tejido circundante fue eliminado y los grandes árboles fueron reemplazados por fresnos que con el tiempo se transformaron en los arcos perfectos para volar ágiles, descolgar centros, y cabecear aquellas pelotas de cuero, de variada marca y color, las cosidas a mano que húmedas hubo que aguantar.

El lugar fue dividido con ligustrinas que el municipio mantenía a raya para que no crecieran, con los abnegados parqueros de entonces.

El parque es parte del barrio, y es la ochava quitada al terreno original destinado a las viviendas, a la esquina de Falucho y Moreno. En el vértice opuesto, la otra ochava se presentaba como un descampado sin atención, donde nos juntábamos a jugar al fútbol y fue “la canchita de Bonome”.

Roberto, el más chico de los Bonome pero más grande que nosotros, lideraba ese lado del barrio. Esa posesión se acataba sin excusas, y no discutíamos si era parte del barrio o no…

En ese triángulo “de locales” tuvimos las primeras contiendas futboleras con los pibes del barrio Santa Julia y con los del barrio del Alemán Butler por acordados desafíos de escuela y un kilo de naranjas representando al Barrio Falucho. Entre pases y paredes hubo golpes, también alguna “trifulca” que algún mayor se encargó de separar a tiempo. También hondas colgando del cuello y la búsqueda en lo alto de los eucaliptos de inocentes pájaros.

El patio de nuestra casa era inmenso y la parra, al salir por la cocina, aparecía en los veranos atestada de sabrosas uvas blancas. Ya en la mitad del terreno el alambre para colgar la ropa cruzaba el patio en diagonal y un palo largo le daba altura. Un gajo del paraíso y la planta de granadas que plantó el abuelo Carlos sostenían los extremos del acero en varias vueltas.

En el fondo, los duraznos, las ciruelas, las mandarinas, la higuera. Las ligustrinas perfumaban el aire de ese lugar único que la lluvia regaba en los veranos y formaba charcos cuando se ponía para temporal.

Apeados en el paragolpes trasero del regador municipal saludábamos a los vecinos, convidando ese olor inolvidable a tierra mojada por las calles del barrio atardecido.

Como verdaderos cowboys nos enfrentábamos a tiros, con revólveres de plástico, de chapa, y el de cebita les daba más realismo a esos tiroteos, si no el bang… bang ... vocalizado eran nuestros efectos especiales.

Bandas organizadas contra el muchachito, la caminata con las bolitas, los autitos preparados con masilla y peso eran cosa de todos los días, pero el futbol era infaltable por las tardes. Según la cantidad de pibes variaba el modo de jugarlo. Un arco a arco, un metegol va al arco, tiros libres, o el clásico picado. No éramos muchos pero sí unos cuantos. Todos teníamos hermanos más grandes de edad, que entreverados en otras lides más atractivas fogoneaban nuestros movimientos, cuidándonos y haciéndonos cómplices a su conveniencia.

Era un grupo heterogéneo, de causas buenas y travesuras lógicas, donde los más chicos aprendíamos que todo tenía su edad, y que debíamos resignarnos a que el tiempo se ocupara de hacernos grandes.

¡Cómo no me voy a acordar de como la hacíamos renegar, pobre vieja...!

¡Barrabás, me decía la Dora...! También me decía Alberto Locatti…

¡Lo que hemos hecho en el patio, los incontables amigos que lo conocieron, los que jugaron allí…!

Tardes de circo, contiendas pugilísticas y de catch. Industria Nacional, Los Náufragos, y Los Iracundos amenizaron el lugar con esa música comercial, ¡con la creatividad al palo…!

En esos años, finales de los sesenta, el viejo era portero en el cine Español y no perdíamos película ni el noticiero El mundo al instante.

El cine potenciaba nuestra creatividad apoyada en la escenografía natural y los recursos que ofrecía nuestro patio. Cada película era motivo de una recreación inmediata. Montados en viejas escobas, a los gritos y meta tiros, las de cowboys eran nuestra debilidad, los episodios una cita de los domingos, y las de Drácula una equivocación. El extraño del pelo largo y El profesor hippie, que vimos como cinco veces, fueron furor en el patio, recreación amenizada con el ruido latoso en dulce de batata Lembo, aceite Supermóvil y la tapa de Cocinero de 5 litros, como platillo.

El barrio empezaba en la Falucho. Ese era el límite, nuestra salvación y territorio inexpugnable, el laberinto de calles y cortadas capaz de hacer perder a cualquier desconocido. Los fresnos coposos de sus veredas oficiaban como refugios o garitas para esconderse y vigilar. Cada ligustrina era el celoso lugar donde los hermanos más grandes guardaban los cigarrillos antes de llegar a su casa.

En las esquinas colgaba un farol que se bamboleaba en las noches por el viento. Decían que en alguna, el fantasma hizo ver bajo esa luz su figura blanca.

El tiempo transcurría eterno, y el frutero que paraba en la esquina o el lechero que pasaba con su carro eran el almanaque y el chisme que traía Marzúla en El Oeste, eran monolito o lápida. La charla de apuro entre las vecinas, que eran cerca de las 12, o sopa y puchero que era lunes y los ruleros en la cabeza de las señoras el sábado por la tarde. La elegancia andaba de a pie y la calvicie bajo el sombrero en los hombres. La belleza de la mujer no era ajena y esa distinción tenía apellido: Las Macagne. Ellas alumbraron Juan. B. Justo, y Alejandra continuó esa luz a puro encanto. Cabe dispensarle el siguiente párrafo.

La buena de Alejandra ocasionaba embotellamientos en la esquina principal del barrio. Se peleaban para darle paso. En el boliche, los parroquianos, los habitués, le atribuían culpas por envidos mal echados, flores mal cantadas y trucos recontra perdidos. El encopado tomaba agua, el pendenciero dejaba su disputa para otra peor ocasión, y el tipo de los carteles publicitarios los cambiaba cada día a la misma hora.

El Pedro y el Pancho, los loros de Cruz y Coronel, se echaban la culpa uno a otro por las barbaridades que le decían a nuestra vecina Alejandra, la que avergonzada cruzaba la vereda en medio de insinuaciones irónicas y graciosas cada vez que pasaba, como, por ejemplo, “si te caes a la zanja se pudre todo...”, piropos algunos sugerentes, o cosas así...

No eran García Lorca precisamente, sino un dueto de loros calientes que le sacaban chispas al aro, que recorrían los tejidos del vecindario buscando chismes y comentarios comprometedores para divulgarlos sin medir las consecuencias. Eran capaces de separar una familia. No tenían filtro esos pájaros, pero contaban indudablemente con informantes muy actualizados. Como cuando le decían a la Liliana Cruz, “¿estas son horas de venir…?”, y eran las 8 de la mañana… un amigo el Pedro... O el de Gandini, el Pastor que cantaba la marcha peronista en la época de Onganía.

Así era la vida, los días en el barrio, y allí anduvo el hombre ejemplar, el modesto, el respetuoso, los mortales, también los embusteros, muleros y fallutos, artistas extraordinarios de la mentira.

Bartolito Jordán, el abuelo de boina negra que venía desde la sección quintas con sus bolsillos cargados de pan y nos convidaba, era la bondad en su rostro arrugado y lo nuestro un verdadero atraco todos los días.

El vasco Garchitorena, que siempre apurado nos dejaba un saludo fraternal, fue la atención, el respeto.

Mario Luparia, esa mezcla de cowboy y albañil, de manos curtidas, de rojo pañuelo al cuello y un Particulares sin filtro en sus labios, era el trabajo.

Héctor Vazzoler con su perro Capitán, y Aldo Gandini, eran La Autoridad y La Ley.

Don Pedro Oteiza un prócer, y Cacho Brienzo “Cachin”, la porción de pizza en domingo.

Gino Campetelli y el “negro” Rojo, eran dos rudos muchachos que cada día al caer la tarde veíamos perderse por Alvear, con una ferroquina en su haber y en el debe de Schoor un pedazo de queso, un pan y un tinto envuelto en papel de diario. Ellos eran la soledad.

Tomasito Cruz la elegancia, Edelmar Gatti el suspenso, Rolando de la Canal la seriedad, y su padre la eternidad.

Mingo Caminada la eléctrica voz, Bure Tesller el Pucho de Hijitus y Néstor Carlos Oroño, “Hornalla”, el amigo.

Cuando Marcelo nació fuimos con el viejo a conocerlo con Yuli y Kili al Centro Materno. Al regresar, nuestro nuevo hermano ya tenía sobrenombre. Nos decidimos por Mache, no sin antes relacionarlo con Machete, un simpático estibador con cuenta abierta en lo de Pedro Caldentey pero que en lo de Zurdo pagaba de contado su vino El Sueño en cualquiera de sus varietales.

Cuando empezamos a ir al Centro Asistencial con edad de jardín de infantes, nos encontramos con otros pibes de barriadas cercanas y más alejadas. Los Fernández, Los Moñagorri, los Páez, entre tantos otros. La confraternidad que hubo y la contención recibida en el edificio del viejo Hotel 43, y luego en el de la calle Monseñor D’Andrea, son recuerdos invalorables y amistades que perduran.

Cuando fuimos a la primaria, a la Escuela N° 8 hicimos nuevos compañeros, y tuvimos las enseñanzas y las exigencias de la escuela pública de entonces. La martingala del guardapolvo colgando, los botones perdidos y las infinitas rodillas sangrantes también formaron parte del aprendizaje. Tuvimos primero inferior o segundo superior no recuerdo y terminamos en séptimo año en esa escuela, la del centro de la ciudad.

Cuando en las noches de San Juan y las de San Pedro y San Pablo la fogata nos mezclaba a grandes y chicos del barrio y cuadras cercanas, la esquina de Falucho y Alvear reunía al vecindario y en derredor del fuego hacíamos “mucho barullo” para que la nuestra fuera la más grande de Casares, con una alta pila de cubiertas.

Los Pérez, Carlitos y Jorge, encabezaban esas cruzadas nocturnas de junio, dirigiendo la quema del gran muñeco la última noche de esas fiestas paganas, invocando a no sé quién para que el sol en el inicio de los días más cortos de julio no perdiera fuerza y todos los presentes fueran purificados.

Noches esotéricas, de tizne y humo, con olor a caucho.

Cuando en los setenta las cloacas abrieron cada vereda del barrio en una muestra de progreso sanitario, se abrió una nueva oportunidad de diversión para nosotros y de dolor de cabeza para nuestros padres. Jugábamos dentro de esas grandes cuevas que recorrían toda la cuadra y las veredas de enfrente. Nos internábamos en esos laberintos subterráneos buscándonos por arriba y por abajo, descubriendo que parte del barrio era cruzar la Falucho.

Comenzamos a familiarizarnos con que el almacén quedaba ahí nomás, que ir a la panadería era La Nueva y que el perro de Jáuregui era un hinchapelotas ladrando cada vez que pasábamos por su vereda. Que Emir era Pietrafesa y que por las noches, sin precisar cuáles o porqué, las guitarras de Alcides y Gigena juntaban las voces de Nielse, Guio y Anito con los fuelles de Giménez y Santángelo en el bar de la esquina.

Cuando el asfalto cambió el color de las calles mejorando la fisonomía de nuestro escenario, se modificaron nuestras costumbres y cuidados al cruzar la calle hacia el parque. Se terminaron los autitos, las bolitas, pero testarudos seguimos allí remontando barriletes y enredándolos entre los cables de luz.

El parque ya era nuestra canchita y sentada en su blanco sillón de hierro, Blanca de la Canal fue nuestro ángel guardián. Ella nos observaba expectante, suplicando que cualquiera de nosotros por culpa de nuestra pelota no termináramos bajo las ruedas de un auto. El tránsito por Falucho había crecido y extendido el pavimento hasta el hospital a partir de Belgrano. El sonido de la explosión del cuero es una marca en mis oídos y Blanca será la vecina más anciana que vivió en el barrio.

Cuando Alvear se transformó en Carlos Arroyo y la última calle del barrio tomó el nombre de Falucho, pasó Galcerán a ser la calle de mi casa y es hoy con Carlos Arroyo, Falucho y Moreno el rectángulo del barrio con sus plazas.

Juan B. Justo es la diagonal, Rawson, Rio Gallegos y Viedma son las cortadas de la Villa Falucho, las del Mercante, desconociendo cuándo les designaron sus nombres. En 1973 al barrio lo llamaron 17 de Octubre habiendo cosas más importantes que hacer por él.

El barrio crecía y mutaban sus habitantes. Nosotros, jovencitos ya, permitíamos que el barrio recuperara su tranquilidad, con pistoleros retirados y sin pibes para los mandados. Fueron un torbellino esos años, una mélange de buenas y malas, de aprendizaje inevitable y adolescencia. El blazer de paño, la camisa blanca y la corbata azul con el gris pantalón de El Comercial, es un detalle imposible no recordar cargando por Alvear expectativas y libros.