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Todo iba bien, hasta que algo se torció. Entonces, el dolor. La negra noche. La inseguridad. El miedo. La ansiedad. Nos han enseñado a navegar pero nadie nos ha dicho cómo naufragar. No, no estamos preparados para la tristeza. Y no existen fórmulas mágicas para la felicidad. En este ensayo de "anti-autoayuda", el periodista y humorista Itxu Díaz sentencia sin ambages que no tenemos ni la obligación ni el derecho a ser felices, "ni siquiera los que somos del Real Madrid". A su vez, nos incita a contemplar ese "algo" más grande, más valioso, que reside en nosotros y que nos impulsa a buscar el bien y la belleza. Con su mezcla habitual de erudición y de humor inesperado, Itxu nos desafía, con la ayuda de algunos referentes literarios, a que seamos honrados con nosotros mismos en los intentos de lidiar con el dolor y la tristeza del mundo, que inevitablemente forman parte de la vida. Un antídoto al caos vital contemporáneo que hará que mantengas una sonrisa página a página, que se irá dulcificando hasta transformarse en una serena melancolía con la que ahuyentar a los fantasmas que no te dejan dormir. COLECCIÓN: Nuevo Ensayo
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Itxu Díaz
Todo iba bien
Breve ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad
© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2020
Foto de cubierta: Nathan Dumlao en Unsplash
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección Nuevo Ensayo, nº 75
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN EPUB: 978-84-1339-370-4
Depósito Legal: M-20119-2020
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda, 20 - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
Preámbulo
Introducción. descubrir la muerte
No es obligatorio ser feliz
Cuando el mundo maquilló el dolor
La conquista de la soledad
La llamada del dolor
El crepúsculo de las familias
Mordidos por la depresión
Los amigos no son para siempre
La pulsión viciada de la distancia
La resaca de los placeres
El hundimiento
Dejad que los niños estén tristes
Las tentaciones de Cioran
Epílogo: Dios está aquí
Ultílogo: el año sin primavera
Era tan esperpéntico y absurdo que se parecía a la vida.
Luis Alberto de Cuenca
Preámbulo
Escribo hoy en un viejo café del barrio de Sol. Al otro lado de la cristalera, Madrid pasa con pereza bajo la solanera. Más allá, decenas de obreros culminan el Centro Canalejas, como quien desembala un deportivo de lujo. Lleva este bar el nombre de otro que fue histórico, el Café del Príncipe, que se alojaba en el extremo opuesto de la calle, junto al Teatro Español, y que acogía en el siglo XIX la tertulia romántica de El Parnasillo, con Espronceda, Zorrilla, Larra, los Madrazo y Donoso Cortés entre otros ilustres visitadores. Aunque abrió sus puertas en 1975, algo de aquella arcaica intensidad cultural, de esa inspiración bohemia y romántica, parece alzarse en el chaflán de Canalejas donde apuro un café a esta hora de la tarde en la que debería estar durmiendo la siesta. Pero he pasado frente al clasicismo innato de este edificio, con un montón de papeles correspondientes a los primeros capítulos del libro, y no he podido evitar entrar y respirar en profundidad, contemplando un contraste abrasador que creo que será una constante en esta obra: a mi alrededor, la calma y elegancia de lo clásico, el silencio y la soledad, la introspección; al otro lado del cristal, el nervio del centro de Madrid, las obras grandilocuentes, el lujo, la amalgama de tristezas y alegrías que portan cada una de las almitas que se desplazan con sus correspondientes cuerpos, tan distintos por fuera, tan iguales, imagino, por dentro. Casi todas las variantes de bendiciones y maldiciones que pueden recibirse en una vida ordinaria desfilan ante mis ojos, ocultas en esas historias que no conozco pero que a ratos intuyo en las miradas, en los gestos, en las cabezas bajas y en los pechos alzados al sol, en los andares dubitativos, en los mentones firmes y en el repique hierático y veloz de unos tacones.
Introducción. descubrir la muerte
Agosto de 1985. La Coruña. Avenida de Finisterre. Últimas sobremesas de un verano amortizado. Tres de la tarde. Alboroto inusual en casa de mis abuelos. Mi hermana Carmen y yo hemos estado jugando con mis tíos en la sobremesa, como de costumbre. Risas y algarabía en una de esas ruidosas comidas familiares de aquellos días. Entre niños y mayores superábamos la decena en el comedor pequeño de los domingos. El avance rutinario de la tarde lo han roto hace un momento unos gritos nerviosos que asoman por el pasillo. Apenas llego al cristal opaco que se alza sobre el pomo de la puerta del comedor. Desde hace un mes tengo cuatro años, dos prominentes paletas y unos rizos gruesos como ondas del Cantábrico.
Mi abuela Delia cruza el pasillo que conduce a la habitación donde el abuelo Juan duerme la siesta cada día. Sus pasos no transmiten la paz de siempre. Conozco al milímetro su forma de caminar. Ese instinto que desarrollamos los niños cuando, aún despiertos, desde cama y en penumbra, tratamos de adivinar quién se aventura por el pasillo, o quién entra en la habitación contigua. Yo había dormido muchas noches en aquella casa. Y esos pasos no son los de siempre. Son nerviosos, desiguales. Son pasos con exclamación.
Un par de horas antes nos habíamos reunido tíos y sobrinos, hermanos y abuelos. Después de la copiosa comida, yo había disfrutado un buen rato sentado en las rodillas de mi abuelo Juan, escuchando sus canciones y juegos, y haciendo estallar de golpe, a ambos lados de su frondoso bigote, los inflados mofletes con mis manos. Ambos nos reíamos. Me regaló esos momentos al postre, poco antes de retirarse al dormitorio a descansar unos minutos. Los caprichos de la memoria infantil: ese día habíamos comido algo con champiñones. Lo sé porque pasé muchos años sin querer probarlos después de aquello. No recuerdo si mi abuela volvió a cocinarlos alguna vez.
La confusión crece como bruma espesa sobre el entendimiento del niño que soy. Las conversaciones entrecortadas de unos y otros no son bastante para entender qué ocurre. Los gestos en la cara de mis tíos, sin rastro de las bromas de unos minutos atrás, sí lo son. De pronto mi tía Inma, mi madrina, pálida y con ojos vidriosos, se acerca deprisa, nos toma de la mano a mi hermana y a mí, y nos lleva a toda velocidad al salón de la casa. La puerta de la sala se cierra. En el camino he levantado la vista hacia el pasillo donde están todos alborozados y he visto entrar en casa a unos hombres con chalecos naranjas. Más tarde supe que acababan de bajarse de una ambulancia.
Media hora, quizá una hora. En un descuido de nuestro inquietante encierro en el salón, entreabierta la doble puerta acristalada, me asomo a la entrada. Alguien ha dado una noticia a la familia y todos parecen de piedra alrededor de la cama de mis abuelos. Dos hombres con chaleco sacan a pulso a Juan, dormido, hasta el ascensor. El golpe. La incomprensión comprendida. Los niños entienden aunque no saben. Al segundo, una suerte de claridad adulta certifica el final de mi primera infancia, al menos tal y como la había conocido hasta entonces, en un mundo ajeno a dolores de calado.
Hay ruidos que te arrojan a la vida. Yo nunca he podido olvidar el que produjo el desplome del cuerpo de mi abuelo contra el suelo del ascensor cuando lo sentaron allí. El ruido resuena por todo el hueco del elevador. Supongo que estuvo allí solo no más de diez segundos, mientras los equipos de emergencias recogían sus cosas en casa para marcharse hacia el hospital. Ese relámpago de penosa soledad sería la última mirada. La última vez que vi al abuelo Juan.
Tendido en el ascensor, la camisa abierta y la cabeza ladeada. Es él pero, aunque yo no puedo comprenderlo —de hecho no lo sabía—, no es todo él, ya. Esos diez segundos de contemplarlo, ajeno a los mayores, me parecen horas, conjugan extrañísimos y remotos sentimientos que evoca la memoria con dulzura y serenidad. La mayor parte de mi niñez estaba ahora velando el cariño infinito del cuerpo sin vida de mi abuelo. Sin comprender, comprendiendo. Esos diez segundos muestran al hombre que fue, al padre de la gran familia, pero por un momento aparece como olvidado del mundo de los vivos. El cuerpo inerte de mi abuelo yace en el ascensor en un instante de extrañeza y olvido. Aún no sé explicar qué ha pasado, pero sospecho que así es la cara del sufrimiento, del dolor. No alcanzo la edad de poder entenderlo en toda su entidad, por eso observo entre la pena y la expectación.
Los sanitarios salen de casa con sus bolsas y aparatos, recolocan a mi abuelo en el ascensor y se marchan a toda prisa. Las dos hojas de las puertas automáticas se cierran. Conozco tan bien ese ruido. Mi abuelo duerme. Lo veo por última vez en la rendija final del recorrido de las puertas. De allí, a la camilla, a la ambulancia, al hospital.
Ha muerto de un infarto durante la siesta. Los champiñones. Antes de saberlo, alguien comenta en medio de la confusión que han podido sentarle mal. La cabeza busca siempre explicaciones a lo desconocido, aunque algunas sean estúpidas. Todos lloran. Desconsuelo y perplejidad. Salto de la felicidad exultante de finales de agosto de aquellos veranos infantiles a un temor inédito. Crezco. No sé aún estar triste. Tardaría años en aprenderlo. Pero ya he entendido que el dolor forma parte de la vida.
Todo esto fue en los ochenta. Parece ayer. No creía que mi abuelo estuviera ya en el mundo de los muertos, en la eternidad. Mientras lo contemplaba yacente y desahuciado por aquellos médicos, yo solo temía que alguien pudiera llamar al ascensor y llevárselo a otro piso, como alguna vez se habían escapado las bolsas de la compra en casa de mis padres. El razonamiento lineal de un niño. La lógica imbatible de un sentido común ayuno de emociones maduras.
Mi abuelo había muerto como había vivido, con la familia alrededor en una de esas comidas de jolgorio que tanto disfrutaba. No recuerdo más. Su entierro, su funeral. Atisbo vagamente el dolor de su pérdida en los meses siguientes a aquel día. La rutina dominical fue diferente desde entonces. Su ausencia, la punzada de un cuchillo helado, en la que hasta ese momento había sido la etapa más feliz de mis fines de semana en aquel hogar, siempre alegre y acogedor, y aquella tarde trufado de lágrimas.
Pronto me sorprendería aún más otro hecho prodigioso: en mi abuela la tristeza reposada no encarnaba desconsuelo. Era una melancolía alegre. La de los santos. La del que piensa que ahora tendrán que pasar unos cuantos años hasta poder encontrarse de nuevo. Desde que murió el abuelo Juan, su casa se convirtió en un lugar indeterminado entre la tierra y el Cielo. La tierra porque estábamos allí, sentíamos y disfrutábamos, sufríamos las ausencias. El cielo, porque él se quedó para siempre entre aquellas paredes en forma de una presencia imbuida de paz y alegría.
Así resulta natural que el tiempo atenuara el dolor. Y eso a pesar de que el luto se prolongó muchos años en la familia. Hay vacíos muy difíciles de llenar. Juan, en cierto sentido, lo ocupaba todo en aquella casa. La serenidad y la fuerza interior de la abuela Delia lograron poco a poco reencender la mecha de la alegría en el hogar de la avenida de Finisterre.
Desde aquel agosto se ocultaba en cada rincón de la casa una huella de morriña, una o varias ausencias, estigma primero de toda madurez. Y, al tiempo, entre esas mismas paredes, flotaba aún la paz infinita de la infancia, el calor de una familia, los días de amor y risa, tan propios de la edad de la inocencia.
Vuelvo la vista atrás y no tengo ninguna duda: no estamos preparados para afrontarlo. No estamos preparados para la tristeza. No sabemos casi nada del dolor, que es una realidad casi más grande que la vida. Y sin embargo, lo enfrentamos, lo sobrevivimos, lo sobrellevamos.
Ante el mar del sufrimiento somos siempre novatos ganando a duras penas la marea.
No es obligatorio ser feliz
Escribo achicado en cuartillas dobladas al lado de una inmensa montaña de libros que desean solucionarme la vida en unas breves lecciones. Aparto de un manotazo una antología de Gil de Biedma. Cae al suelo un trozo de un poema copiado a mano en una de esas hojas cuadriculadas de libreta escolar. Tengo que graduarme la vista de nuevo. Atisbo a leer la forma de los versos y logro descifrar su identidad sin acercarme a leerlo:
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Suspiro. Disimulo una sonrisa soñolienta. Tapo el papel discretamente con un pie.
Este montón de libros huele a champú anticaspa de Alejandro Jodorowsky. Sonríete y todo irá mejor. Deséalo muy fuerte, nos dicen, para alcanzarlo. Repítetelo frente al espejo. Haz así con las manitas. Sueña y lo lograrás. Tú eres el único obstáculo. Empieza hoy. Despierta. Sé feliz. Mira toda esa gente que es feliz. En los anuncios de televisión. Al final de las películas. En las redes. En todas las redes sociales. Míralos reírse y amar la vida, y quererse, y estar tan contentos con sus cuerpos, con sus orígenes, con la naturaleza, con su edad, con sus amigos, con sus familias, con sus modos de ser y vivir.
Ah —suspiro—, las redes…
Y los amigos. Asómate a tus amigos y déjate regar por sus consejos: ¡vive, vive! Chillan como entrenadores de juveniles. ¡Carpe diem! Y qué vacaciones han pasado, exclaman con brillo sincero en los ojos. Y qué buenas son sus mujeres, qué perfectos sus matrimonios, o qué colosales sus ligues. Y cómo adoran a sus amigos. Y la suerte que tienen en el trabajo. Oh, si tuvieras mi trabajo y vieras lo útil que soy al universo.
Ah —suspiro—, el trabajo...
Allí puedes realizarte y ser feliz. Nadie te puede parar si tú quieres hacerlo, insisten, que nadie te diga jamás hasta dónde puedes llegar, y recuerda, viejo amigo: tienes la obligación de ser feliz. Porque lo dicen así: recuerda; como si, presa de una enajenación melancólica transitoria, hubieras olvidado lo esencial de tu misión en la tierra.
Que en las librerías triunfen año tras año los manuales de autoayuda nos da una fotografía psicosocial de nuestro tiempo: colecciones de libros con prácticas muy sencillas de entender y de ejecutar, destinadas a adultos que han sido incapaces de desarrollar en su crecimiento un pensamiento reflexivo que les proporcione mecanismos básicos para enfrentarse a la vida.
Una receta infalible, inmediata y lo que usted quiera
Debimos pensar que todo se iría al infierno cuando R. Holden se convirtió en un bestseller con el libro Las claves de la felicidad que se presentaba con un subtítulo más próximo al vendedor de crecepelo que a un autor respetable: «Recetas infalibles para obtener un bienestar inmediato». Bien pensado, si son infalibles y el bienestar es inmediato, ¿qué podría salir mal, Holden?
El género de autoayuda se echó a perder en los noventa. Cuando en 1936 el empresario Dale Carnegie lanzó Cómo ganar amigos e influir sobre las personas no era consciente de que estaba inaugurando todo un género literario destinado, nada más y nada menos, a vivir durante décadas en las estanterías de bestsellers. La esencia ya estaba ahí: consejos muy prácticos para el lector y muchos ejemplos reales fácilmente digeribles. Si bien, todavía la obra de Carnegie tenía el sustento sólido y visible de toda la influencia de la filosofía de tradición cristiana a sus espaldas.
Eso ha cambiado mucho. Alcanzar la felicidad y amordazar al sentimiento de culpa son las dos notas comunes a toda la bibliografía actual del género, en donde conviven obras de interés con otras que son más bien hamburguesas literarias de mala calidad que, aun pareciendo inofensivas, pueden intoxicar tu cerebro, ahora que se ha puesto de moda la inhumana categoría de la toxicidad para clasificar a las personas en sacos saludables o no saludables, como si fueran bayas rojas por el campo.
Amalgama de sesudos curanderos. Eckhart Tolle nos promete iluminación espiritual maldiciendo a las religiones. En Meditaciones para sanar tu vida, Louise L. Hay niega el pecado original para después promover máximas autorrecitables como «soy una persona maravillosa, ya, ahora», algo que no estoy seguro de que pueda sostenerse cuando el lector del libro sea, por ejemplo, uno de esos fieles de Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del Estado Islámico masacrado en 2019.
Más. Paulo Coelho era temible incluso antes de inventarse Twitter, y toda su narrativa con vocación de gurú de secta confundido en el Verano del Amor puede resumirse en una de sus celebradas sentencias: «Cuando tú quieres una cosa, todo el Universo conspira para que realices tu deseo». ¡Todo el Universo, Paulo! ¡Qué hallazgo! ¡Todo el universo! Se me queda cara de idiota al pensar en la cantidad de cosas que no he logrado teniendo a todo el maldito universo conspirando para conseguirlo. Debo de ser un inútil de categoría especial.
Mucho más. Robin S. Sharma de El monje que vendió su Ferrari, lo que en realidad vendió, y de qué manera, fue su libro —que hoy tiene bisnietos literarios—, amén de un compendio bastante enigmático de enseñanzas ancestrales y religiosas en las que nunca profundiza, porque sentirse bien importa más que la verdad. Y tal vez esa sea la clave de esta fiebre de la autoayuda, que busca un alivio inmediato de los síntomas sin ahondar en las razones últimas; dicho de otro modo: que impone el sentirse (feliz) sobre el ser (feliz). Prueba a sentirte millonario durante una semana, intenta hacer lo que haría un auténtico rico, y verás que hay un pequeño trecho entre el sentir y el ser.
La lista de autores sería tan interminable como la auditoría de padres de la psicología positiva —tal vez solo en competición con la negativa, los autores haters, aunque esta al menos facilita el humor—. Y en todo caso no es justo meterlos a todos en el mismo saco. Hay libros extraordinarios que nos ayudan a conocernos mejor e incluso a cambiar. Me refiero que hay alguno además del Evangelio. Pero no es objeto de estas páginas examinar la literatura de autoayuda, sino más bien indagar en la obsesión generalizada por situar la felicidad como un fin, o incluso como una mercancía que se puede comprar, aprender, traspasar de propiedad, o cuantificar.
Recordemos 2006, el año que fue testigo de un inédito y furibundo renacer de los libros de autoayuda. Todo gracias a la publicación de un inmenso superventas: El secreto, de Rhonda Byrne. Esta escritora y conferenciante australiana descubrió su particular secreto de la felicidad, que fue hacerse de oro con la literatura y esto tiene más de milagro que de secreto. Lo logró mediante la imprevisible acrobacia de decirle a la gente lo que quiere oír. ¿Y sabes qué es lo que más nos gusta escuchar? Que podemos conseguirlo todo, que podemos tenerlo todo, si lo deseamos con la suficiente fuerza. ¿Es esto una ciencia? ¿Es esto un pronóstico? ¿Es esto consecuencia del exceso de whisky? Nunca lo sabremos. Lo único que sabemos es que es falso. Un timo. Un timo peligroso. Una mínima muestra de esta autora: «no hay nada que no puedas hacer con este conocimiento. No importa quién seas o lo que hagas, El Secreto puede darte todo lo que quieras». Y un consejo, a la sazón: por si acaso, por muy fiel que seas a las tesis de Byrne, no intentes volar arrojándote desde un sexto piso. Aunque desees muy, muy, muy fuerte tener alas.
«Voy a contarte un secreto sobre El Secreto», escribe en otro lugar Byrne, que afirma las cosas siempre como si estuviera en excedencia de los servicios de espionaje, «el atajo hacia cualquier cosa que desees en la vida es ¡ser y sentirte feliz ahora! Es la vía más rápida de atraer dinero». La autora introduce así a sus víctimas en un interesante lío de codicias: si eres feliz, atraerás dinero. Y para ser feliz, El Secreto. Lógica aplastante.
Cuando leí ese párrafo de El Secreto por primera vez me estremecí pensando en qué tendrá la felicidad para que no solo nos la vendan como un derecho y una obligación, sino para que intenten chantajearnos con ella. Cuando lo leí por segunda vez comprendí que hemos de agradecerle a Byrne y sus bestsellers la nada desdeñable conquista de haber desprestigiado a los autores de libros de autoayuda del cambio de milenio, desenmascarando a los farsantes y ayudando a separar el grano de la paja.
Somos fáciles de engañar. Nuestra soberbia intelectual es la premisa. Y el problema del dolor, la insatisfacción y el legítimo anhelo de una vida plena, se encargan de hacer el resto del trabajo cuando alguien pone en tus manos las páginas para una solución rápida, infalible y gratuita.
Todo esto de las obviedades dirigidas a un público deseoso de escucharlas trae a mi memoria la sabia reflexión del humorista Dave Barry: «Puedes decirle cualquier estupidez a un perro y el perro siempre te devolverá esa mirada que dice: ¡Dios mío, tienes razón! ¡Nunca habría pensado en eso!». Estoy seguro de que estás viendo ahora mismo esa mirada. Y que la reconoces. A la hora de la felicidad, todos somos bastante perros.
Una suave y ancestral querencia
Hay un francés contemporáneo, testarudo y arrogante que, cada vez que abre la boca, Dios mata a un gatito y quema un bestseller de autoayuda. Su descripción bien encaja con aquella que nos legó P. G. Wodehouse en El hombre al que no le gustaban los gatos: «Era un francés, un hombre de aspecto melancólico. Tenía la apariencia de quien ha buscado la fuga en la tubería de gas de la vida con una vela encendida». Con cada una de las apariciones públicas de Houellebecq se diluyen medio millón de tuits de los happy-filósofos de la red 3.0 y se nubla un poco el cielo de los buenistas. Su gran valoración sobre el asunto de la felicidad bien puede extraerse de las palabras de uno de sus últimos personajes: «ya nadie será feliz en Occidente». Creo que ahora se dice zasca. En Serotonina, Houellebecq pone este vaticinio aterrador en boca de Claire, ex novia del protagonista Florent-Claude Labrouste y actriz frustrada y alcoholizada. Pero el escritor francés no se detiene en la bravuconada, hay más: «hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas». Aterriza como puedas.
En la misma obra, el propio Labrouste se lo pregunta algunas páginas después: «¿Era capaz de ser feliz en soledad? No lo creía. ¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse». Houellebecq toca el suelo antes de pensar en volar. No improvisa. No hila pensamientos mágicos. Sus personajes son cínicos y agrios, pero al menos pisan la misma tierra que nosotros.
No podemos pasar por alto que el protagonista de Serotonina sufre una depresión y se medica con Captorix para allanar su tristeza, pero eso no invalida sus reflexiones sobre la felicidad que, por otra parte, son una constante en Houellebecq, especialista en poner el dedo en la llaga sobre el vacío moral contemporáneo bajo la sutil técnica de describirlo con toda la crueldad con que el nihilismo se deja retratar.
Tal vez sea así. Tal vez ya no es posible ser feliz en Occidente. Tal vez por eso vuelven a invadirnos una y otra vez los mantras zen de la filosofía oriental, que es algo así como el platonismode AliExpress. Porque nosotros ya no podemos, o quizá no sabemos dónde encontrar la felicidad. Ni si existe. Ni si debemos indagar sobre ella o, como señala Labrouste, es mejor no hacerse preguntas. Labrouste refleja bien el viejo cinismo del escritor francés. Sopesa que quizá es mejor no hacerse preguntas sobre la felicidad mientras se cuestiona sobre ella. Ríete si quieres. Pero somos así.
En cuanto a si es posible ser feliz, la alternativa inteligente es valorar por qué tantos grandes hombres de todos los tiempos no vivieron obsesionados con alcanzar esa satisfacción, considerándola un fin absoluto. A muchos, esto les llevaba a situar sus expectativas sobre la placidez en un lugar prudente. No exenta de cierta desvergüenza, nos dejó una buena muestra de esa actitud Leon Tolstoi: «Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo».
¿Por qué, entonces, seguimos buscándola? En ocasiones me recuerda a nuestro empeño por seguir comprando lotería de Navidad cuando nunca nos toca, y cuando la mayor parte de las veces terminamos humillados y frustrados frente a todos esos papelitos sin valor que no han salido premiados tras el sorteo. Volveremos a hacerlo. Sí, algo en nuestro interior nos sugiere «¿y si toca?». Y algo —diferente, más grande, más valioso— en nuestro interior nos impulsa también a buscar el bien, la alegría, la verdad, la felicidad y la belleza. Y no me refiero a la de Scarlett Johansson, aunque también.
El bien nos llena. Lo bello nos colma. Las pocas experiencias de plenitud que podemos discernir en la niebla del pasado coinciden con momentos en que hicimos el bien o experimentamos la acción del bien de otros en nuestra vida: aquel amigo que estuvo a nuestro lado mientras atravesábamos una mala racha, el instante preciso de descubrir el rostro, mínimo y apacible, de la vida que hemos contribuido a traer al mundo, el disfrute de un concierto inolvidable y repleto de talento, o aquellas vacaciones en familia después de un año de duro trabajo. Esa agradable sensación nos eleva aunque no sepamos con exactitud qué es ser feliz. Aunque no queramos. Aunque no podamos.
Lo expresa así el propio Houellebecq en una carta a Bernard-Henry Lévy incluida en su libro de intercambio epistolar con el filósofo, Enemigos íntimos: «Tuve cada vez más a menudo —me es penoso confesarlo— el deseo de ser amado. Un poco de reflexión me convencía cada vez, por supuesto, de que este sueño era absurdo; la vida es limitada y el perdón imposible. Pero la reflexión era inútil, el deseo persistía; y debo confesar que persiste hasta la fecha». Uno sabe que está leyendo a Houellebecq porque es el único autor vivo capaz de aclarar «me es penoso confesarlo» antes de explicar que ha tenido la aspiración de ser amado; algo que, a priori, comparte con el resto de la Humanidad, por extraño que esto resulte en la turbulenta y genial cabeza del canalla francés.
Y es así. ¿Acaso no tenemos todos ese deseo de ser queridos? Queridos, querer, del latín quaerere. Los lingüistas difieren en matices sobre su nublada etimología, pero un punto medio en la contienda de las palabras sería situar su procedencia entre pretender y pedir; es decir, querer obtener algo. Querer es en definitiva buscar algo, como querencia es la inclinación a volver al lugar en el que nos hemos criado. Así, clavadas estas palabras desde muy antiguo en nuestra alma, no estamos ante tendencias que podamos esquivar sin abandonar nuestra condición humana.
¿Es posible desprenderse del deseo de ser amado? ¿Es el perdón imposible? No lo es. Nos lo advirtió Pascal: «Deseamos la verdad y no encontramos más que la incertidumbre. Buscamos la felicidad y sólo hallamos miseria y muerte. Somos incapaces de no desear la verdad y la felicidad». Dicho de otro modo: seguiremos persiguiendo el amor, seguiremos pretendiendo el bien, seguiremos buscando la felicidad, no tanto como un fin, sino como un anhelo del alma al que, aunque a veces lo deseáramos, no sabríamos cerrar la puerta. Si lo hiciéramos nos pillaríamos los dedos. Y nos estaría bien empleado. Por bestias, en el sentido más porcino del término.
Nadie es completamente feliz
Mi biblioteca es mi principal inspiración. A veces no necesito abrir los libros para recibir su influjo. Me basta con acariciarlos y recordar. Paso ahora la mano por el lomo aterciopelado de una vieja comedia de amor. El desgaste de sus letras doradas, y las vetustas formas de urbanidad, contrastan con la escalofriante vigencia de las emociones de sus personajes. Las obras que hablan del corazón y del sentimiento jamás caducan. Quizá por eso seguimos viéndonos, buscándonos y encontrándonos en las descripciones de la literatura de todos los tiempos. «Todos los libros que me gustaban trataban en el fondo de lo mismo», confiesa el protagonista de Bailando en la oscuridad, de Karl Ove Knausgård, «libros sobre jóvenes que trataban de encajar en la sociedad, que querían sacar de la vida algo más que rutina»; «todo lo que ellos querían lo quería yo. Con todo lo que ellos soñaban soñaba yo». En el cine o en las novelas siempre buscamos trajes con los que vestirnos que nos hagan juego con el alma.
Como Knausgård, sentimos una plenitud especial, un estremecimiento, cuando una melodía, unos versos, un cuadro o una película replica nuestro estado interior, poniéndole forma humana a lo que en nosotros es algo vaporoso y equívoco: «La gran nostalgia que siempre sentía en el pecho se desvanecía cuando leía esos libros», relata el protagonista, «para luego volver diez veces más intensa en cuanto los dejaba». De algún modo sabemos que nuestras más insondables eternidades palpitan en los libros, en las historias protagonizadas por otros.
Y es así. Las tristezas y frustraciones mutan de rostro pero no de alma. Lo explica Robert Burton en La anatomía de la melancolía, una obra de 1621 plagada de referencias históricas y literarias. «El mundo cambia cada día», escribe, «cambiamos de lengua, hábitos, leyes, costumbres, maneras, pero no de vicios, no de enfermedades; no, los síntomas de la necedad y la locura son todavía los mismos». «Nosotros todavía mantenemos nuestra locura», añade Burton, «todavía hacemos el tonto, y el espectáculo no se ha acabado todavía; todavía tenemos los mismos humores e inclinaciones que nuestros predecesores; nos encontrarás a todos semejantes a nosotros y nuestros hijos, y así continuará nuestra posteridad hasta el final».
Si la tristeza y la depresión se han mantenido inalterables a través del tiempo en nuestro interior, sus cronistas han logrado capturarla una y otra vez en palabras y narraciones, a menudo con idéntico acierto.
En el año 1994 una evocadora novela abordó la soledad y la felicidad, con la maestría exquisita de quien sabe dirigirse a un público universal y llegar a lo más hondo de millones de lectores de todo el mundo. No en vano la obra impulsó hasta hoy la carrera de su autora, la italiana Susanna Tamaro.
Después de leer muchas veces su obra, ya no tengo dudas. El argumento es lo de menos en Donde el corazón te lleve. Apenas sí tiene importancia que la protagonista sea Olga, esa anciana que vislumbra ya el final de su vida, o que el relato no sea más que un intento de reconciliación epistolar con su nieta y con un pasado que a ratos le persigue con las garras ardiendo. Junto a esa forma tan precisa y emocional de escribir de la autora, lo que vuelve imprescindible la lectura de este libro son las reflexiones tan elocuentes que vierte con sencillez y cercanía, sobre el sentido de la vida, del hombre, o del dolor.
En la carta del 12 diciembre, Olga relata cómo la muerte de su amante Ernesto, el verdadero amor de su vida, la sumió en un «profundísimo agotamiento». «De golpe me había dado cuenta de que la luz con que había brillado durante los últimos años no provenía de mi interior, sino que era solamente una luz reflejada», cuenta, «la felicidad, el amor a la vida que había experimentado, en realidad no me pertenecían verdaderamente, sólo había funcionado como un espejo». Lo que nos recuerda que, tras una apariencia de felicidad, a veces late agazapado el fantasma de un espejismo, la felicidad ajena, extendidísima. Por eso se me antoja pernicioso el imperativo de la obligación y el derecho a ser feliz, porque en el camino en busca de esa dicha obligatoria no nos importará canibalizar a aquellas personas o cosas que nos prestan la luz de la que habla la protagonista de Donde el corazón te lleve. Cuando la felicidad se convierte en una obsesión, cualquier medio parece oportuno para lograrlo. Incluida esa manera de poseer el alma de otro, experimentar su felicidad, su dominación o nuestra sumisión hacia él. Y es algo que tarde o temprano termina en donde Olga, en un «profundísimo agotamiento».
Nos bastaría con dominar nuestras propias limitaciones. ¡Qué sencillo exclamarlo! Mucho habremos avanzado el día que comprendamos que la infelicidad es también un trozo del corazón del hombre, nacido para amar y para anhelar un mañana. No es una impostación cristiana ese afán, tampoco una invención contemporánea de un grupo de desencantados con el nihilismo. Es una huella que viaja con nosotros desde la primera vez que pisamos la tierra. «Nadie está cuerdo en todo momento», dejó escrito con sabiduría el poeta Ulrich von Hutten, «nadie nace sin vicios, nadie carece de culpas ni vive contento de su suerte, nadie está cuerdo en el amor, nadie es bueno ni sabio ni completamente feliz».
No, no tenemos, no podemos tener, por tanto, obligación de ser felices. No existe un derecho a ser feliz. Ni siquiera para los que somos del Real Madrid. No puede existir más que una saludable ansia interior que nos indica con serenidad un buen camino. Como el fuego nos advierte del peligro de quemarnos para que apartemos la mano, la tristeza nos quema por dentro para que sepamos que nos duele el corazón, que algo no va bien. Nuestro único derecho al respecto es, si acaso, el de buscar la felicidad. Y de todos modos, lo haríamos aunque no tuviéramos derecho a hacerlo.
Podrá objetarse en este desarrollo que ni siquiera hemos procedido a definir en qué consiste esa dicha. Y no es un asunto menor porque la felicidad a la que una parte de la sociedad cree tener derecho es una falsa bandera: esa es la felicidad del tener, no la del ser. Nuestro anhelo, o esa huella de una felicidad pasada de la que habla Pascal, nos dirige hacia el ser, no a acumular razones materiales o psicológicas para estar (felices).
Sin embargo, sé bien que acotar el significado de felicidad sería tan complejo como el problema del hombre en su totalidad. Para muchos, entre los que me incluyo, la felicidad es un pincho de tortilla y una jarra de cerveza frente al mar. Pero estoy seguro de que a mis amigos veganos les parecerá salvaje y desalentador romper los huevos de una gallina, aunque en cambio no muestran reparo alguno en rompérnoslos a los demás. De nada serviría alegar que yo pensaba en mi felicidad, no en la del pollo. Entraríamos en un conflicto sin fin.
Algunos autores, desde la sensibilidad literaria, se han acercado con extrema delicadeza y precisión. Prefiero quedarme con su intento. Es el caso del conocido escolio de Nicolás Gómez Dávila: «La felicidad es un instante de silencio entre dos ruidos de la vida». Y lo mejor del apunte del colombiano es que define la felicidad en la medida de lo molesto e infeliz, no tanto como un repunte de alegría sino como un remanso en la tormenta. Como quien define la luz en virtud de la cantidad de sombras.
Pocos han vivido tan entre sombras como Viktor Frankl. Desde el horror de su despojo en el campo de concentración nazi, nos ofrece en El hombre en busca de sentido una de las mayores lecciones que jamás vayamos a leer sobre la felicidad: «Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros que no podía haber en la tierra felicidad que nos compensara por todo lo que habíamos sufrido. No esperábamos encontrar la felicidad, no era esto lo que infundía valor y confería significado a nuestro sufrimiento».
«Ahora bien», añade, «tampoco estábamos preparados para la infelicidad. Esta desilusión que aguardaba a un número no desdeñable de prisioneros resultó ser una experiencia muy dura de sobrellevar». Más adelante el propio psiquiatra pone el acento en que «el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida»; una «razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido». Viktor Frankl clava así un dardo en el centro de la diana de la condición humana.
