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Inteligencia, humor, pasión por la letra y sabiduría desprejuiciada se dan cita en el primer libro de Vicente Undurraga. Un ensayo a partir de diecisiete verbos que dibuja un camino posible —creer en el dar y en el darse— y todos los desvíos imaginables a través de los días y las noches del decir. Como afirma Alejandro Zambra, Undurraga es «un autor que aprende a vivir en las contradicciones —como aconsejaba Nicanor Parra—, pero sin entregarse al cinismo ni a la desesperanza ni parapetarse en el silencio». Ante el mundo, ante la vida, ante la literatura, solo hay una respuesta: todo puede ser. «Revisitar verbos clave, activarlos o desactivarlos con una renovada y ardiente conciencia de la finitud que nos acecha, de que se vive entre muertes, de las limitaciones que nos exceden e incitan, tal vez sea eso, una forma de atizar, de buscarle el lado al mundo y llevar adelante una vida que no se paralice ante tanta hostilidad y rigidez, que no sucumba. Que sepa soltar y saltar, como la rana de Basho.»
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2024
Primera edición: mayo de 2024
© De los textos: Vicente Undurraga, 2023
Edición original en Ediciones Mundana, Chile, 2022
© De esta edición:
H&O Editores
www.hyo-editores.com
Fotografía de la faja: Macarena García Moggia
Fotografía de la contra: Kegol / Fat Secret Chile
Diseño de colección: Silvio García-Aguirre López-Gay
Maquetación: Carolina Hernández Terrazas
Corrección: Guillermo Pérez Ortiz
isbn: 978-84-128089-7-1
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
a Milagros por el inmenso compartir
Para oír la palabra del mar y alegrarse en sus verbos.
Eunice Odio
Infinitivos
Que somos capaces de hablar sin usar verbo ni sujeto. O que los usamos desplazados, hablando horas y horas sin que se sepa bien de qué. Lo observó, sin lamentarlo, Raúl Ruiz sobre los chilenos. Pero algo pasó.
En algún momento se comenzó a expandir algo así como la práctica contraria: el uso y hasta abuso del verbo en su forma esencial, el infinitivo, sin conjugar y puesto invariablemente —desplazado— al inicio de las intervenciones. Sin ironía, más bien con solemnidad. Agradecer la presencia de ustedes aquí esta tarde, lamentar la partida del conocido músico, recordarles llevar sus colaciones.
Por su carácter abstracto, previo a cualquier encarnación, a cualquier fijación temporal o espacial, los infinitivos anteceden a la acción. Son el verbo en estado puro, antes de que una conjugación los enlace a un sujeto y a unas circunstancias que hagan de ellos materia viva, realidad.
Acá reúno algunos verbos que podrían ir al principio de la oración que con nuestros días y noches vayamos escribiendo. Pero no a la manera de una prescripción, sino aspirando a ese enlace, pasados por la experiencia y la reflexión, tocados por la voluntad y la debilidad, la pena y la risa. Y por el azar. Quisiera, dicho con palabras de Alfonso Alcalde, «mantener alerta los verbos». Meditarlos, aterrizarlos. Porque estos verbos son, dicho ahora con un verso de Eunice Odio, «puertas que a lo largo del alma me golpean». Algunos parecen contradecirse, pero contradecir es el verbo que, sin estar, está siempre en estas páginas.
Podrían ser otros, pero son estos. Morir, que va al final, es el origen y a la vez el punto de llegada o de fuga de los demás verbos, que hacen poco más que merodear, anotar, complementar y consolar a ese hecho definitivo que es el morir ajeno cuando de tan próximo prefigura el propio. En los días en que este libro ya estaba en manos de la editora, murió mi abuelo, Ernesto Rodríguez Serra, que da vueltas por muchas de estas páginas, que determinó tantos pensamientos y lecturas en mi vida como en la de tanta gente y que pocos días antes de partir, mientras soltaba sereno sus últimas amarras, me habló emocionado y con esa inteligencia y sencillez irrepetibles que tenía del verbo atizar, que es encender un sentimiento e incrementar el fuego.
Revisitar verbos clave, activarlos o desactivarlos con una renovada y ardiente conciencia de la finitud que nos acecha, de que se vive entre muertes, de las limitaciones que nos exceden e incitan, tal vez sea eso, una forma de atizar, de buscarle el lado al mundo y llevar adelante una vida que no se paralice ante tanta hostilidad y rigidez, que no sucumba. Que sepa soltar y saltar, como la rana de Basho.
I
Trasnochar
Trasnocho desde que tengo memoria y tengo memoria desde que trasnocho. A los siete años me desvelé y miré toda la noche desde arriba del camarote por la ventana mientras pensaba en todo y en nada y, en fin, recordaba e imaginaba situaciones y oía ronquidos lejanos y grillos, sobre todo grillos y el frío no me tocaba y el miedo ni me venía y sentía algo parecido a la felicidad, una radiante dicha que se extendía y parecía infinita y de pronto empezó a clarear y se fue alumbrando lo que recién era negror total, y ya asumiendo lo que venía, el día, me levanté y me fui al potrero y vi desperezarse a saltos a los caballos que la noche previa al salir a caminar con mi papá había podido ver por el fulgor de sus ojos que reflejaban la luna, en los ojos de tres caballos seis veces la luna menguante.
Noche larga y de cavilación que desde esa vez, o quizás desde antes —nací a las 5 a. m.—, es para mí el objetivo del día —la noche el objetivo del día y el día un tránsito dichoso o nervioso o pesado o ligero o lo que toque, pero la noche es el destino, la decisión, el espacio preferente del Ser, su demorada morada de morada luz.
«Tiendo a la noche», dice un verso peruano que describe la esencia del trasnoche en soledad. Se tiende a trasnochar. No se lo busca, no se lo evita, se incurre, se cae y recae, fatal y felizmente, en el alargamiento descuadrado de la jornada. Son las 10 de la noche, en un momento todos se acuestan y dan las 12, la 1, las 2, las 3, las 4, no rara vez las 6 o las 7, y ya se sale a ver el alba, ese momento de luz única cuando, según los amores difíciles, existen dos tipos humanos, los que están despiertos ya y los que lo están todavía. Ser de estos últimos no por venir de una farra sino de una celebración solitaria es estar de salida de todo un trance pues en un trasnochar así la experiencia del tiempo se trastoca, dos horas son dos segundos, tan cierto son las 12 como de pronto las 5.07.
Cuando la noche será larga, la mente y el cuerpo desde el principio lo saben, se los sopla la intuición, y ya a las 11 el espíritu del trasnoche impone sus términos de bruma de la identidad y elástico del tiempo y desborde de algo interno que no es habitual que salga con tal desparpajo, tiempo de excesos íntimos en ausencia de terceros y de segundos. Trasnochando es la vida secreta la que brota, el deseo hace fotosíntesis de noche, se airea y expande para luego replegado seguir comandando desde las cavernas a nuestro ser. La noche a solas es por eso esencial, en sentido literal pues una esencia nuestra o derechamente nuestra esencia es la que asoma y en su desenfreno uno se entusiasma, se enciende y se resiste al sueño en un ánimo de Principio porque en ese estado la vigilia no está menos abierta a lo insondable o lo imprevisto que el sueño, pero es distinta pues aunque haya delirio y libertades inauditas, hay una conciencia que no se pierde, que más bien se gana, y la ganancia es el descubrimiento de potencias que en el día duermen o subyacen pero que tras noches así suelen quedar rondando al ser de día, protagonizándolo, y de esa manera la noche cuela sus flechas en el día, en la vida privada y hasta en la pública, redibujando los contornos con que nos aparecemos ante los demás y sobre todo ante nosotros mismos.
De noche se recuerda, se está y se imagina simultánea e intensamente, como si se diera el milagro de habitar pasado y presente y futuro a la vez, no anulándolos sino anudándolos, integrándolos o más bien trenzándolos, sin que el uno suponga la suspensión del otro, sin que imaginar suponga pausar el recordar ni el recordar un detener el simple y maravilloso estar porque se está en el pasado y se está en el futuro y se recuerda e imagina el presente como en una fiesta, una fiesta como la de otro verso peruano, una remota fiesta en el fondo de una estrella donde toca bailar tiernamente con una silla. Se trasnocha sentado en una silla, no en la cama ni caminando ni de pie ni tirado en el suelo sino sentado. Como los dioses. O los nocheros.
Temer
i
Sentimos miedo. Es un sentimiento no solo inevitable en esta jauría que es la humanidad sino necesario, esencial. Sin miedo no hay enfrentamiento, no hay cuidado, no hay resolución, no hay sexo, no hay cultura ni mercado, no hay pensamiento ni arrojo; no hay, en suma, civilización. En el inicio, podría decirse, está el miedo. Haya o no haya verbo, siempre habrá miedo.
Nace ante el peligro y nadie está libre de peligros; los temerarios no son quienes no lo experimentan sino, al contrario, quienes, sintiéndolo intensamente, lo enfrentan con descuadrado atrevimiento.
En las antípodas de la temeridad está el miedo al miedo: una cuestión a priori; anterior, si es que no contraria, a la vida. Es una especie de miedo ciego y paralizante que surge ante cualquier cosa (desde lo más nimio hasta, especialmente, lo más interesante y vivo) y sobre todo antes de cualquier cosa. Alguien puede sentir aprensión o rechazo o incluso pavor a lo que sea y encararlo o bien oponérsele, huir o inventar una salida, pero quien teme temer, ¿qué hace con eso?
Hay un cuento ejemplar de Maupassant llamado «¿Él?» que muestra a un hombre que se casó no por amor ni conveniencia sino para sobrellevar una presencia terrorífica e inmaterial —«Él»— que lo acecha desde siempre en su casa. Eso es miedo: un instinto que lleva a enfrentar, aunque sea de manera descabellada, las amenazas. No siempre conduce a algo deseable, pero al menos moviliza. Si lo hubiese protagonizado en cambio alguien que habitase en el miedo ciego, ni siquiera se habría casado porque ante semejante paso hubiese sentido, de seguro, más miedo. Y no habría matrimonio ni cuento ni nada.
ii
El miedo se come el alma, dice un muro que bordea la línea del tren que une Viña del Mar con Valparaíso, sobre el puente Capuchinos, a pasos de donde, hace cuarenta años, en una noche de luna en cuarto creciente, ocurrió el último de los diez crímenes de los sicópatas viñamarinos, el asesinato a sangre fría de una pareja de jóvenes que de tan enamorados no le temían ni a la por entonces terrorífica noche de la ciudad jardín.
Que el miedo se come el alma es una verdad del porte del buque que, estirando la mirada, se puede ver más allá del rayado del muro, flotando sobre el mar como flota uno sobre este mundo, de una manera que en un segundo nos parece firme y eterna y al otro se nos revela en su esencia precaria y fugitiva.
Y así como para mantenerse a flote el buque precisa calderas, la vida necesita calidez, y por eso el paso de estas aves de paso que somos consiste en la búsqueda a veces serena y a veces desesperada de todo aquello que aporte abrigo, temperatura, como un abrazo en mitad de la noche junto al mar. Cuando no hay calor, no hay vida. El cuerpo al morir se enfría. El miedo es frío, el frío final es la muerte y la secuencia solo es posible revertirla transitoriamente, pero como somos seres transitorios esa reversión es vital y nos la da ¿quién, qué? Los amigos, los afectos, las ideas y su disolución entre risas, el alcohol, los gestos de buena voluntad, caminar, regar, quemar leña, un buen poema.
«La incertidumbre es el clima del alma», escribió Nicolás Gómez Dávila con razón porque un alma llena de certezas es un alma no temerosa sino temeraria pero en lo estúpido, y por eso a su manera también se enfría, en su altanería deja de ver y en su dejar de ver se vuelve gélida y en definitiva ridícula, mientras un alma de incertidumbres y nervios es un alma que teme y tiembla pero que se enfrenta a ello, y en ese temblor y en ese enfrentamiento genera a la larga calor. Por eso la duda es esencial, abre al mundo como la risa y el amor y esa apertura permite el ingreso de nuevos calores, que a veces serán ardores y otras, aun, fervores, de la mano de los cuales todo miedo terminará por quedar atrás.
Esta necesidad de calor vital y de hospitalidad —«gracias por el sueño que me dio tu casa», le escribió un día Gabriela Mistral a Victoria Ocampo— a menudo la descuidamos tentados por los efectos de un calor más fácil, como la novedad constante o la displicente seguridad del dinero cuando sobra y se retiene. Tal descuido nos dejará tarde o temprano solos, botados en una intemperie donde lo único que queda son el frío y el miedo más devorador, doble tiritar del que más vale huir acercándonos a aquellos cuya acogida nos da fuego y dicha y la sensación de que al lobo que acecha —porque siempre hay un lobo que acecha— le hemos ganado la lucha aunque sea por una noche y mientras afuera se le enfría el hocico asesino nuestra alma ya sin miedo se distiende en un clima donde el peligro no pesa y la tibieza es solo el principio.
iii
Para no temer hay que haber temido. Nina Simone: «Te digo lo que es la libertad para mí: no tener miedo».
iv
Miedo o temor leyendo no he sentido nunca, menos aún terror, sí cierta inquietud con algunos policiales nórdicos. Pero un libro me ha infundido verdadero pánico en la vida y no es de los géneros que buscan producirlo. Lo leí a los veinte años, para un curso de formación general de la licenciatura, con detenimiento y lápiz en mano, y ahora, cuando tengo casi el doble de edad, si no me aterra es porque no lo leo.
Es la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Kant. La existencia de imperativos categóricos, de normas de necesidad universal a las que la obediencia irrestricta ha de ser la única respuesta ética aceptable, me devastó. Simplemente no pude aceptar, pero tampoco rechazar, me doy cuenta ahora hojeando urgido el libro —el más subrayado de entre todos los que tengo—, eso «de no esperar nada de la inclinación humana sino de la suprema autoridad de la ley y del respeto a la misma o, en otro caso, condenar al hombre a autodespreciarse y execrarse en su interior». Esa idea, creo, me inoculó una paranoia y un pánico que ni veinte años leyendo poesía y sicología, filósofos y ensayistas liberadores me han podido quitar de encima del todo. En ciertas etapas, incluso, ha sido un estado recurrente, como si dentro de mí rigiese un estado kantiano-policial del que el cuerpo es territorio jurisdiccional, la mente sala de torturas y la conciencia apenas oficina de partes y denuncias que a ninguna salida conducen. Quizás el antídoto, la llave para no autodespreciarme y execrarme por la mitad o tres cuartas partes de mis inclinaciones, dichos y acciones esté en cierto desasimiento, cierto aflojar; en atender y seguir la definición de posiciones que hizo Cioran al respecto: «Kant esperó a la vejez para darse cuenta de los lados sombríos de la existencia y señalar “el fracaso de toda teodicea racional”. Otros, más afortunados, se dieron cuenta de ello antes incluso de comenzar a filosofar».
Lo cierto es que, incluso en un nivel pedestre, ese lado sombrío con frecuencia me abduce y no logro soltar la conciencia categórica de estar faltando, metódicamente, al cumplimiento de deberes, de imperativos que intuyo, adivino o entreveo, pero de los que olímpicamente me desentiendo, aunque no tan olímpicamente puesto que he ahí las noches negras. Lo puso claro Huidobro en Temblor de cielo: «Los nervios se convierten en un árbol lleno de temblores y sus temblores se propagan en la noche de trecho en trecho hasta el infinito». Es un terror no constante, porque a eso uno se acostumbraría, pero sí recurrente, circular. Viene y va, pero cuando viene, lo hace endemoniadamente y se toma los pensamientos, el cuerpo entero, tensándolo y estrujándolo. De ahí el sudor. Da igual si es por minucias o desastres, las magnitudes para el Ser Nervioso son secundarias.
Ligaduras del alma según Pitágoras, los nervios, en su máxima tensión, en su clímax a costa nuestra, son un temblor del cuerpo que quiere huir del alma que lo atrapa, una contracción de la carne atormentada que al no resistir más su propio endurecimiento se intenta liberar sacudiéndose mientras los huesos quisieran estallar, salirse, la espalda encorvada, las manos retorcidas, los dedos encabalgados, las yemas haciéndose arena.
Por eso suscribo y repito una por una las palabras de Joseph Brodsky: «No soy un hombre moral (aunque trate de mantener mi conciencia en equilibrio) ni un sabio; no soy un esteta ni un filósofo. Solo soy un hombre nervioso, por circunstancias propias y ajenas; pero soy un observador. Como mi querido amigo Akutagawa Ryunosuke dijo una vez, no tengo principios; lo único que tengo son nervios». Cuando hace muchos años leí el libro donde Brodsky dice eso, pensé que algo así me había tocado ser, un atado de nervios con cierta capacidad de observación. Sus palabras acompañan mis días desde entonces como conciencia activa, como toma de razón de un temor y una nerviosidad que no cesan pero que con voluntad y algo de suerte es posible enriendar y volver sendero.
Creer
La voluntad es uno de los principales
órganos de la creencia.
Pascal
No por qué ni para qué sino cómo, en qué creer. Tira más en este tiempo el despojo de toda creencia, el alejamiento, la abdicación, la duda, ni siquiera metódica, la duda suelta, aunque constante; acomoda más y abre el horizonte pero pienso o más bien creo, justamente creo, que por lo mismo es un buen tiempo para creer, creer no en lo que sea, que para eso mejor no creer en nada o creer en lo que casi creíamos de niños, ni creer contra algo, sino creer en algo, algo que amerite hoy, en este tiempo de descreimientos, nuestra confianza irrestricta, nuestras manos al fuego. Porque no todo puede ser tan calculado y claro, tan cierto y redondo. Es difícil creer en algo en un mundo en el que como en una pista atlética van corriendo parejas la sospecha total, la candidez máxima y la maldad desatada, pero creo que se puede creer, de partida en los amigos y con ellos en los gestos como gestas —brindar confianza sería una máxima. Creer en el dar y en el darse. Si se logra eso, queda abierta la ruta para otros creeres. Como han hecho los que saben más —Gabriela Mistral sin ir más lejos: «Quise creerlo todo, todo, con un ansia de llenarme el alma seca de savias nobles y de llenarme la mente ávida de cosas de belleza y de poesía inagotables».
Confiar
Confiar y desconfiar. Quizás en saber combinar estos dos antónimos resida cualquier atisbo de sabiduría, de inteligencia al menos, de pragmatismo por último, para enfrentar la vida en su deriva contemporánea y en cualquiera porque, con sus cambios, crisis y pestes, el mundo es probable que se acabe un día pero mientras dure no ha de variar demasiado en lo que a la especie humana concierne, porque somos básicamente siempre lo mismo, seres que un día aprenden a erguirse en dos patas y desde ahí, parados y vestidos, se agachan y se desvisten y entre tanto temen, hablan, ríen, sufren, lloran, gritan, callan, ayudan, traicionan, se excitan, pelean, se reproducen, matan, crean riqueza y belleza, abuso y horror, caminan, bailan, saltan, aman, roban, ganan, pierden, gastan, comen, se peinan, cagan, se exceden, ensucian, recaen, reniegan, riegan, queman, leen, envidian, cantan, abandonan, ven morir y mueren.
