Todos mis hermanos - Manel Estiarte - E-Book

Todos mis hermanos E-Book

Manel Estiarte

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Beschreibung

El testimonio de uno de los deportistas españoles más importantes de los Juegos Olímpicos del 92 y de la historia, que no solo aborda temas relacionados con su carrera profesional, sino que también relata los aspectos y experiencias de su vida personal que más lo han condicionado e influido.

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Seitenzahl: 281

Veröffentlichungsjahr: 2009

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TODOS MIS HERMANOS

MANEL ESTIARTE

Agradecimientos Plataforma Editorial agradece la colaboración desinteresada de las siguientes personas e instituciones: Juan Antonio Sierra, Francesc Perearnau y Mundo Deportivo, Albert Masnou y Sport, Anna Manrique, Alba Graus, Oriol Guimerà, Club Natació Manresa, Club Natació Barcelona.

Primera edición en esta colección: marzo 2009

Quinta edición: marzo de 2021

© Manel Estiarte, 2009

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2009

Procedencia de las ilustraciones

Archivo autor: 1, 2, 8, 9, 19, 22, 23, 24, 25; Archivo Club Natació Manresa: 4, 5, 7; Archivo editorial: 12, 13, 15; Archivo Juan Antonio Sierra: 6, 10, 20, solapa; Archivo Mundo Deportivo: 3, 11, 22; Agencia EFE: 16, 18; Archivo Diario Sport: 17, portada

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-16820-04-7

Fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Prólogo, PEP GUARDIOLAPreludio1. El partido perfecto2. Mi familia3. ¿Quién es un líder?4. Rosa5. Ellos y nosotros6. La grandeza, por corta que sea, es para siempre7. Más vidaEpílogoColofón, JUAN ANTONIO SAMARANCHMi palmarésImágenes

Pròleg PEP GUARDIOLA

Estic feliç i orgullós d´estar amb tu. De ser i voler ser i lluitar per ser un bon amic teu. L’esforç val la pena. Val molt la pena. Penso que dones massa pel poc que nosaltres et donem. És només però perquè tu ets el millor. No perquè no vulguem fer-ho bé. No. Ets el millor. Això és tot.

Fa uns anys, pocs, ens trucàvem molt. Ara el Barça ens ha apropat. Ara cada matí ens veiem. Quan tu arribes alguns ja hi som. Amb la cadència dels teus passos i el soroll inconfusible de les teves sabates italianes cares, ja sé que ets tu. Ets tu qui travessa el petit passadís que condueix als meus papers i ordinador. No cal que aixequi la vista per saber qui arriba. Sé que ets tu. I, no podria ser d’una altra manera, la fem petar. Em coneixes ja tant, que saps que un dia t’hi estàs molta estona i un altre te’n vas al minut, saps quan necessito que m’escoltis molt i molt, i saps quan toca un «Hola, Pep» o «Fins després, Pep», i saps quan em pertoca un «Això no Pep, això no toca».

Només tu saps el moment i el que em convé. S’ha de ser únic, especial, i jo sóc l’afortunat.

No sé si els àngels existeixen i, si hi són, si serveixen d’alguna cosa. I molt menys si són àngels de la guarda. Però si hi són, em sembla que tu ets un d’ells. El teletext i tu em vareu salvar.

Si no recordo malament, devia ser un diumenge a la tarda, d’aquells intrascendents. Jo a Santpedor i tu a la teva Pescara italiana. Passant la tarda, com tantes altres estirats al sofà després de dinar. Fent cops de cap al coixí del sofà, els nostres petits voltant per allà, rellegint els dominicals dels diaris del dia, i de tant en tant, agafant el comandament a distància amb una mà i amb l’altra… millor no dir on era. De sobte a Santpedor, m’arriba, hi entra, una trucada teva. Després del seu «Pronto Manuel», m’expliques que al teu teletext italià surt una notícia que diu que han esbrinat alguna cosa sobre els casos de dopatge, o substàncies psicotròpiques, com vulgueu, de les quals m’havien culpabilitzat durant set anys. Set anys que insistia a dir que simplement jo no havia fet res de dolent. Diràs que no vas fer res. Diràs que vas ser tu, tu, tu, tu, tu i el teu advocat que van fer la feina. I potser sí que va ser així. Però el primer dia que em van dir: «Tu ets dolent», tu vas venir a fer-me companyia, i la gent que li passen aquestes coses no les obliden, i tu i el teu beneït atzar, van prémer el botó del teletext i em van portar el camí a seguir per esbrinar que després de 7 anys diguessin que no «era dolent». Que era bona gent. Sí, va ser l’atzar. Cert que va ser ell, però tu creies en mi, vas creure en mi, i per això vaig tenir sort. Me la vas regalar. Benvinguda.

Aquest atzar és el regal, el títol més gran que com esportista he assolit mai. I mai no n’assoliré un de més important. Ho dono per fet.

Aquí estic, Manuel Estiarte. Amb «u» s’escriu. Amb l’última vocal. Fent-te companyia. Sempre que tu ho vulguis. M’angoixa fallar-te i lluitaré per no fer-ho. No oblidis mai que estic aquí. Hi sóc.

T’estimo.

PEP

Prólogo PEP GUARDIOLA

Me siento feliz y orgulloso de estar contigo. De ser y querer ser y luchar por ser un buen amigo tuyo. El esfuerzo vale la pena, vale todas las penas. Me parece que das demasiado para lo poco que te damos nosotros. Pero sólo porque tú eres el mejor, no porque no queramos hacerlo bien. No. Eres el mejor, simplemente.

Hace unos años nos telefoneábamos constantemente. Ahora el Barça nos ha aproximado. Ahora nos vemos cada mañana. Cuando tú llegas, algunos ya estamos ahí. La cadencia de tus pasos y el ruido inconfundible de tus caros zapatos italianos me dicen que eres tú. Eres tú quien atraviesa el corto pasillo que conduce a mis papeles y al ordenador. No necesito levantar la vista para saber quién llega, sé que eres tú. Y, cómo no, charlamos. Me conoces un ya tanto, que sabes perfectamente cuándo tienes que quedarte mucho rato y cuándo me tienes que dejar en un minuto; sabes cuándo necesito que me escuches mucho y cuándo toca un «Hola, Pep», «Hasta luego, Pep»… Y sabes cuándo me corresponde un «Esto no, Pep, esto no toca». Sólo tú conoces el momento y lo que me conviene.

Hay que ser único, especial para esto, y yo soy el afortunado.

Desconozco si existen los ángeles y, en caso de que sea así, si sirven para algo. Mucho menos si existen los ángeles de la guarda. Pero si existen, creo que tú eres uno de ellos. El teletexto y tú me salvasteis.

Si mal no recuerdo, era un intrascendente domingo por la tarde. Yo, en Santpedor y tú, en tu Pescara italiana matábamos la tarde del domingo cabeceando en el sofá, con los chiquillos menudeando por allí, releyendo los dominicales, zapeando con una mano mientras con la otra…, mejor lo dejamos. De repente, en Santpedor me entra tu llamada y, a continuación, tu conocido «Pronto Manuel» y me cuentas que en tu teletexto italiano aparece la noticia de que han aclarado algo sobre casos de doping o, si se prefiere, de aquellas sustancias psicotrópicas de las que me han estado culpando durante siete años. Siete años en los que he mantenido que simplemente nunca hice nada malo. Puedes decir lo que quieras, puedes decir que no hiciste nada, que fuiste tú, tú, tú y tú y tu abogado quienes hicisteis el estropicio… Pero el primer día que alguien me señaló y dijo: «Tú eres malo», tú te pusiste de mi lado y me acompañaste, y a la gente que le pasan estas cosas no las olvidan, y tú y tu bendito azar pulsasteis el botón del teletexto y me mostrasteis el camino a seguir para que al cabo de siete años quien me señaló dijera que yo «No soy malo». Que era buena gente. Sí, fue el azar. Ciertamente, fue él, pero tú creías en mí, creíste en mí y por esto tuve suerte. Me la regalaste. Bienvenida.

Esta suerte es el regalo, el mayor título que conseguí en mi carrera deportiva. Nunca alcanzaré otro tan importante como este, lo aseguro.

Aquí estoy, Manuel Estiarte. Escrito con «u», con la última vocal. Acompañándote. Siempre que quieras. Me angustia fallarte y lucharé por no hacerlo. No te olvides nunca de que estoy aquí. De que estoy aquí.

Te quiero.

PEP

A mi hermano Albert le adelanté un par de capítulos de este libro para ver qué le parecían. Me envió el siguiente SMS:

HE ACABAT DE LLEGIR FINS EL CAPÍTOL DE LA ROSA… NOMÉS PUC DIR QUE T'ESTIMO AMB TOTES LES MEVES FORCES. GRÀCIES EN NOM MEU, DEL PAPA, DE LA MAMA I DE LA ROSA.*

Con esto me basta para sentirme bien y estar contento por haber escrito este libro.

* He terminado de leer hasta el capítulo de Rosa. Sólo puedo decirte que te quiero con todas mis fuerzas. Gracias en mi nombre, en el de papá, de mamá y de Rosa.

Preludio

Si a un niño como lo fui yo o cualquier deportista, le preguntas qué querrá hacer en la vida, te contestará:

«Quiero hacer deporte.»

Vale. Y qué más.

«Quiero ser el mejor.»

Y qué más.

«Quiero jugar con la selección.»

Un deseo más.

«Jugar unos Juegos Olímpicos.»

OK

«¿Puedo pedir más? Que los Juegos Olímpicos se celebren en mi casa, con mi gente.»

Así fue.

1El partido perfecto

8 de agosto de 1992

Vamos sobrados de alegría en el vestuario, somos subcampeones olímpicos, vamos a jugar la final.

No sé qué estamos celebrando más, si vamos a jugar la final o si ya somos subcampeones olímpicos; todo es fiesta y abrazos en la propia piscina, el sueño se ha cumplido; y es que, caramba, ya estamos en la final y el vestuario es una fiesta.

Pero el partido que se acercaba no era como los demás y poco a poco íbamos haciéndonos conscientes de ello cuando nos reunimos en la Villa Olímpica, la tarde previa a la final.

Estábamos tensos. No sé si más o menos tensos –porque la tensión ni se puede medir ni recordar con gran precisión–, con mayor o menor presión de la que habíamos sufrido antes, en dos finales internacionales anteriores en las que habíamos perdido frente al mismo equipo, Yugoslavia, en Atenas y en Perth en 1991. Simplemente «llegar» a esas finales ya había sido un éxito porque era la primera vez en la historia del waterpolo español que un equipo de la selección llegaba a una final olímpica.

Veníamos de un equipo que tiempo atrás se había movido entre los lugares sexto y noveno; bueno, en Moscú tuvimos un cuarto lugar porque a causa del boicot faltaban participantes de primera línea, pero… Bueno, también un cuarto lugar en Los Ángeles, un sexto en Seúl, pero nunca habíamos dado aquel salto definitivo que nos permitiera decir: «Ojo, estamos entre los mejores, pero de los mejores de verdad, esos que cuando la gente los mira, dice: ‘Mira, la selección de España, éstos sí que son jugadores de verdad’». En cambio, en 1991 ya habíamos dado ese salto. Habíamos jugado contra Yugoslavia y perdido por un solo gol (pero habíamos perdido). Sin embargo, llegar a aquella final ya había constituido un logro histórico.

* * *

Pero ésta era de verdad la gran final: Barcelona 92, en casa, junto a nuestra gente, nuestro público, nuestros seguidores. Todos teníamos en la gradería a los padres, los hermanos, las esposas, las novias, los hijos…

Era un partido distinto de todos los demás. Por mucho que la gente repita esas frases deportivas del tipo de «Todos los partidos son iguales», «Hay que afrontar todos los partidos con el mismo espíritu…». Todo esto son frases para relajar a los jugadores o, mejor, para que la presión que sufren no sea tan grande. Frases como «Sal y disfruta», «Aquí venimos a pasárnoslo bien», «Tranquilos, no es más que un partido»… No es verdad. Estamos a punto de jugar una final olímpica, nos acabamos de clasificar para la final.

Hemos ganado a Estados Unidos por 4 a 2, semifinal olímpica, piscina Bernat Picornell. Toto lo ha resuelto con un partidazo, Jesús lo ha salvado todo en la portería, todo el equipo ha ido a por todas, contra un equipo como el de Estados Unidos que hace un año nos ganó, en un campeonato muy importante, en esta misma piscina Bernat Picornell y que ha llegado a los Juegos Olímpicos como favorito en waterpolo.

¡Dieciocho mil personas en las gradas! Pero esto todavía no lo sabíamos.

La tensión de la espera

Estamos en la víspera. Estamos en la Villa Olímpica de la que nuestro entrenador croata no nos permite salir bajo ningún concepto; tanto, que ignoramos por completo el ambiente olímpico de la ciudad; sólo conocemos lo que nos cuentan, fascinados, los compañeros de las otras disciplinas deportivas. Hasta hoy, sólo hemos salido de la Villa Olímpica de la Mar Bella para ir a entrenar a la piscina, en Montjuïc. Nos recoge un autobús en el interior de la Villa, nos deja en la piscina, allí nos vuelve a recoger y nos devuelve al punto de origen, sin ninguna parada intermedia. Sin ningún permiso para nadie. Forma parte de la salvaje disciplina de sufrimiento físico y espiritual que nos impone nuestro entrenador.

Estamos, pues, en la víspera. Mañana se clausuran los juegos. La última competición de equipo es nuestra final de waterpolo; cuando haya concluido y se hayan impuesto las medallas a los vencedores –nosotros en primer lugar, o en segundo–, empezarán a llegar al estadio los primeros atletas de la maratón y, a continuación, se celebrará la ceremonia de clausura. Seremos el último equipo competidor de los juegos de la Olimpíada que se ha celebrado en casa.

Llegan desde la calle los gritos alborozados de los seguidores del fútbol, España ha ganado la medalla de oro y hay celebraciones por todas partes. En nuestra reunión, uno apunta que quizá mañana también nosotros estaremos así, otro le manda callar «porque trae mala suerte».

Éramos muy supersticiosos, estábamos tensos.

Fue una larga noche.

Hubo quien se encerró en su habitación pensando en el partido del día siguiente, quien se quedó charlando… Nuestros apartamentos tenían cinco habitaciones dobles, de modo que en cada uno de ellos vivían diez o doce miembros del equipo. Es decir, prácticamente vivíamos todos juntos.

En deporte, la posibilidad de perder siempre es real, está ahí como una sombra.

No hay que soñar con ella pero sí tenerla presente.

Yo me quedé en el salón, hablando. Soñábamos. Lo que me pasaba a mí era lo mismo que les ocurría a todos los demás: soñábamos con los ojos abiertos, soñábamos en silencio cómo teníamos que jugar, qué pasaría si ganábamos, cómo íbamos a celebrar nuestra victoria.

¿La posibilidad de perder? En deporte esta posibilidad siempre es real, siempre está presente, no soñábamos con ella, pero la teníamos presente. Estaba allí como una sombra.

Pero es que habíamos hecho unos Juegos Olímpicos tan espectaculares, no habíamos perdido ningún partido, sólo habíamos empatado uno, siempre habíamos tenido la piscina llena de nuestro público. Lo habíamos ganado todo, no fácilmente porque decir esto sería faltar al respeto a nuestros adversarios, sino todo lo contrario: habíamos ganado bien, convencidos. Seis goles, cinco goles, tres goles…

Bien, no se podía decir que habíamos sufrido muchísimo. La semifinal contra Estados Unidos, que, como el nuestro, era un equipo claramente candidato a la medalla de oro, la ganamos por 6 a 4… Habíamos jugado como los ángeles, lo habíamos hecho convencidos…

Y estábamos por fin allí, la víspera del gran combate. Era el 8 de agosto, un día muy especial para mí porque es el cumpleaños, a la vez, de mi hija mayor y de mi hermano Albert. Era un día claro, luminoso y no muy agobiante de calor para esa fecha; era un día perfecto, aunque no para mí. Por motivos míos, una climatología así no era buena; sin embargo…

Estábamos en un sueño. Nos levantamos por la mañana, habiendo dormido poco, como un hato de nervios cada uno de nosotros, sin hambre para desayunar, ni para comer.

Mirabas a tu compañero y no hacía falta hablar porque estabas tenso, a punto de afrontar algo fantástico y terrible a la vez: en el fondo, lo que siempre habías soñado.

Este partido distinto de todos los demás

No era, pues, un partido como los demás, hay que insistir en esto: no era un partido como los demás, no lo era. Era mejor, era más grande, era más hermoso, tenía una mayor plenitud…, y nos habíamos preparado mucho para él. Habíamos luchado mucho, habíamos llorado mucho, habíamos sufrido mucho, habíamos disfrutado mucho.

Yo estoy convencido de que ningún equipo, ninguno, se había preparado más que nosotros; lo digo con el mayor orgullo. Puedo conceder a duras penas, y para ser humilde, que algún equipo se hubiera podido preparar igual que nosotros: igual quizá sí, pero más no, no me lo creo, que me lo demuestren. No sufrieron como lo hicimos nosotros. Un entrenador nuevo que nos llevaba desde hacía dos años, con unas extralimitaciones, con una dureza, con una intensidad, con un más, más, más, más, de acabar locos.

El calentamiento previo al partido sí que fue como todos los demás. Los calentamientos se ejecutaban en una piscina cubierta adjunta a la principal, situada en un estrato más alto y separada de ésta por unas escaleras y un largo túnel umbrío. Teníamos a nuestros rivales italianos al lado. En waterpolo siempre se procede así: la piscina de calentamiento se divide en dos y cada equipo dispone de su propia mitad. En cada extremo hay una portería y la sesión dura, normalmente, media hora aproximadamente.

Recuerdo detalles, y veo que este calentamiento sí fue como todos los demás. Me tiré al agua como me tiro siempre, nadé como lo he hecho siempre, los ejercicios fueron más o menos los de siempre, algo muy automático. Se forman los grupos, unos empiezan calentando los brazos lanzando balones al portero mientras otros calientan realizando sprints, otros mediante pases, todos se van moviendo en el espacio destinado al propio equipo. La mecánica era la misma de siempre, las sensaciones, no. Aquella sensación de que faltaba menos, cada vez faltaba menos para llegar, falta menos para que empiece, falta menos…

Hubo otras cosas que también sucedieron como siempre y en todos los partidos: Jesús y yo encontrándonos en los lavabos, por ejemplo, porque teníamos que vomitar. Siempre, en todas las competiciones, a Jesús y a mí la tensión previa nos provocaba náuseas; algunas veces lo habíamos intentado controlar pero todavía era peor, porque entonces vomitábamos donde no teníamos que hacerlo. De modo que, antes o después del calentamiento, nos encontrábamos Jesús y yo en los lavabos resolviendo nuestras propias arcadas las más de las veces infructuosas porque habíamos comido poco o nada. Era algo natural, ya no entraba en la cuenta si uno se encontraba bien o mal, sucedía siempre, como a otros les urgían otras necesidades. Era nuestro modo de desahogar la tensión previa al partido, cualquiera que fuera su importancia.

Estoy convencido de que ningún equipo se había preparado más que nosotros; igual quizá sí, pero más no, no me lo creo, que me lo demuestren.

Como siempre también, los árbitros nos llamaron a mí como capitán y al capitán del equipo italiano para cumplir con el ritual de advertirnos que jugáramos bien, que controláramos el comportamiento del equipo, etcétera, etcétera. Y nos pusimos en formación.

Mis recuerdos son siempre en color o en blanco y negro. No podría decir si el calentamiento había sido en color, si el entorno era oscuro o verde, o de qué color. Pero la formación sí la veo clara, a partir de aquí sí recuerdo todos los detalles.

Los dos voluntarios de la organización de los juegos nos preceden con las banderas italiana y española preparadas; nosotros ya nos hemos embutido en los albornoces. Descendemos por unas escaleras que nos han de conducir a la piscina oficial donde jugaremos la final de unos Juegos Olímpicos, y en la que nos espera la gente a la que nosotros todavía no hemos visto.

Se había jugado la competición por los puestos tercero y cuarto, habíamos escuchado el rumor del público y los pitidos arbitrales que resonaban, pero no habíamos visto nada.

Ya no hay marcha atrás, ya hemos hecho el calentamiento, ya no queda nada más que hacer. Cuando estás en una tensión como ésta, siempre piensas: «Bueno, aún queda un día, aún queda una mañana, aún queda el traslado final en el autobús, aún queda el calentamiento para soltarte, aún me queda el último toque, aún queda…», o piensas que… No. Ya no hay marcha atrás. El momento ha llegado, ya no puedes escapar. Ni lo quieres, por supuesto; estamos tan contentos, tan nerviosos, tan convencidos de que ésta es nuestra oportunidad y de que vamos a enfrentarnos a ella…

Estamos aquí, en formación. Hay quien apenas se ha secado, hay quien lleva el albornoz cuidadosamente abrochado y quien lo lleva como colgando de un perchero. Detrás de los dos voluntarios van los dos árbitros, detrás de cada uno de ellos, el capitán de cada equipo y detrás, en hilera, el resto de jugadores.

El ruido

Los árbitros se vuelven hacia nosotros y nos dicen: «OK», y sí, estamos preparados, y nos ponemos en marcha en silencio. Este silencio no es normal en nosotros, nuestro equipo es de los de «Venga, vamos» y una palmada, pero este partido no es como los demás y lo anuncia este silencio.

Recuerdo perfectamente que en la piscina de calentamiento había ruidos: gente de la organización, idas y venidas, y demás, pero en el momento en que nos ponemos en formación, descendemos las escaleras y enfilamos el túnel que nos ha de llevar a la piscina, el silencio lo ha llenado todo, no hay más gente de la organización que los dos discretos voluntarios que nos preceden, no se oye más que un ligero rumor procedente de las graderías de un público tranquilo que no nos ve y no está aclamando a nadie.

Un silencio total. Me acuerdo del color de las paredes, de las gotas de humedad pendiendo de los baldosines, de la penumbra del túnel, pero, sobre todo, del ruido de nuestras chancletas. El waterpolista va a la batalla con un gorro, que es obligatorio, un albornoz con el que se cubre, el bañador y las chancletas de agua.

El ruido de las chancletas no lo percibes nunca porque, siempre que las llevas, estás entre muchos otros ruidos, pero si las llevas puestas en un lugar quieto, las oyes. Ese día, al cabo de años y años de práctica del waterpolo, yo percibí el chasquido de las chancletas. Atravesábamos el silencio del túnel en el que sólo resonaba el clac-clac-clac de veintiséis pares de chancletas correspondientes a los trece jugadores de cada equipo.

Era el impresionante ruido de los gladiadores cuando van a la lucha, el de los deportistas, qué caramba: era nuestro propio ruido acercándonos al campo de batalla. Todo lo demás era silencio, todo lo demás era silencio. Y cuando llegábamos al cabo de este túnel eterno y que a pesar de serlo yo quería que durara otros tres kilómetros porque tenía miedo escénico, ya me encontraba bien allí, aquello era cupo, como llaman los italianos a un lugar sombreado, ya no quería seguir adelante porque no sabía qué nos esperaba ahí fuera. Y las chancletas clac-clac-clac resonando.

El árbitro nos detiene. El túnel tuerce hacia la derecha, donde suponemos que está la puerta final porque de allí procede la luz deslumbrante de la tarde de agosto y el rumor del público que espera. El tiempo se alarga inmensamente, mientras los voluntarios deben de estar esperando una señal del exterior que les indique que debemos reanudar la marcha.

Este momento: diez o quince segundos eternos de silencio antes de que pasara algo que tengo clavado aquí dentro para siempre. Estamos esperando, hemos calentado, estamos bien, tenemos miedo, claro que tenemos miedo, es normal, yo no me creo esa tontería de que el equipo no ha de tener miedo, claro que ha de tener miedo el equipo, el miedo no te debe echar para atrás, pero tú debes asumir tu miedo, has de respetarlo, has de ser responsable, al miedo hay que hacerle frente con valentía, con convencimiento, y jugarás con todas tus capacidades.

Claro que hay que tener miedo, pero no debe echarte para atrás, debes asumir tu responsabilidad y respetarlo, hacerle frente.

En este momento,

«¡Vamos, coño, vamos, vamos a comernos a estos comepizzas!»

No. No. No. No.

«¡Vamos, coño, vamos, vamos a comernos a estos comepizzas, estos cabrones!»

No. No. No. No. Esto no. No hay que hacer esto.

Estábamos tan tensos que alguien de nuestro equipo, para motivarnos a nosotros, sus compañeros, porque aquel túnel había sido tan duro, tan hermoso, tan silencioso, temió que nos quedáramos dormidos. No comprendió que era imposible que alguien se quedara dormido antes de un partido como aquél.

«¡Vamos, venga, venga!» –empezó a gritar.

Fue como si se le hubiera disparado un automatismo. Este jugador nunca pretendió faltarle al respeto al otro equipo, sino que exclusivamente pretendía animar a su equipo. Y fue como iniciar una cadena. En cuanto dijo: «¡Vamos!», el jugador que le precedía empezó también: «¡Venga, sí, vamos!», y otro: «¡Sí, coño, sí, a por estos cabrones!», y hete aquí que treces tíos en fila empezaron a volverse y a gritar con palabras más o menos libres, más o menos contenidas, más o menos ofensivas, cada uno a su manera, más o menos irrespetuosos para con el contrincante. Yo también me añadí. Era inevitable. Es que explotas. Bajo la presión a la que te encuentras, explotas.

No. No. No, no, no, no, no.

¿Por qué los italianos no nos hicieron lo mismo? Lo pensé entonces: «¿Por qué no nos contestan?».

Permanecieron mudos. Sólo nos miraban.

¿A qué venía provocarles más? ¿Para qué darles algo, darles pie a algo? No le des nada a tu rival; tú ni ganas ni pierdes faltándole al respeto a un contrario; al revés, le das pie a él para que se levante con más fuerza.

Ellos o lo tenían muy claro o también tenían mucho miedo. Su silencio demostraba que estaban muy seguros de sí mismos, pero también podía ser un indicador de que simplemente nos estaban estudiando, pero ¿por qué darles motivos para que nos desprecien, o se encabriten más con nosotros?

No le des nada a tu rival faltándole al respeto; tú ni ganas ni pierdes, sino que, al revés, le invitas a que se levante con más fuerza.

Yo a los italianos los conocía bien; para la Olimpíada de Barcelona ya llevaba ocho temporadas jugando en equipos italianos. En aquella selección a la que nos íbamos a enfrentar había cuatro compañeros míos del equipo italiano; a los demás los conocía a todos porque jugaba en su liga profesional, durante ocho temporadas había jugado con ellos y contra ellos. Una escena como aquélla no la habían representado nunca los italianos ni los yugoslavos, pero nosotros explotamos: «Venga, vamos, vamos». Y en nuestro momento de la máxima euforia, de la máxima agresividad y la adrenalina subida al tope, ellos callados: ni un solo gesto de menosprecio, ni un amago de contestación, porque entendían perfectamente lo que estábamos diciendo: nada.

Ellos, callados: ¿autoridad, seguridad, miedo? Repito que no lo sé.

En aquel momento, el árbitro se vuelve hacia nosotros y nos dice: «Are you ready?».

Entonces… Es inexplicable. Hay jugadores de fútbol que lo viven cada fin de semana, hay gente que por su trabajo lo vive con frecuencia, nosotros lo vivimos en aquel momento: la sensación que percibes antes de penetrar en un estadio (en este caso, la piscina) en el que el público es todo tuyo (excepto una parte perfectamente identificable de los seguidores del contrario) porque el suelo que pisas es el suelo de tu casa y la gente que te espera es tu propia gente.

En el momento en que cruzas la gran puerta que está al final del túnel, a la derecha, tu campo de visión va de menos a más. Ves la luz, te acercas a ella, penetras en ella, y automáticamente, a cada paso que das ves un nuevo plano más amplio: lo primero que ves es el agua, un gran primer plano de agua que se abre hasta la gradería, vas viendo grada sobre grada ampliándose.

Has cruzado la puerta y te ves rodeado por dieciocho mil personas que, en cuanto te ven, levantan un clamor. Fue un momento fantástico, el momento que nos merecíamos porque nos habíamos preparado, que esperábamos; ese momento en que experimentas que se te ha puesto todo el cuerpo en carne de gallina, el momento en que te dices: «Hostia, qué bueno eres, qué buenos somos y cómo nos quiere la gente». Ya no pensábamos en los italianos, ya no teníamos miedo.

Y ya quieres empezar, ya quieres que tu contrario se pique, marcar goles, ayudar al compañero, que el equipo funcione.

Ya está.

Ha empezado el partido

Perdemos por 1-0.

Perdemos por 2-0.

Nos miramos, nos gritamos, nos abroncamos, nos decimos: «¿Qué está pasando?», nos preocupamos.

No nos estamos hundiendo.

No hace falta entrar en cada detalle del partido, porque es waterpolo químicamente puro, es deporte puro, y esto significa que de 2-0 pasamos a 2-1, de 2-1 a 3-1, 4-1, perdiendo… Significa que estábamos perdiendo el partido, que se nos escapaba, pero no nos hundimos. Un partido que remontamos.

Un partido en el que conseguimos meternos gracias al esfuerzo de Toto, Jesús y Miki, quienes nos empujaban; no había manera de llegar adentro, no había manera de marcar goles fáciles, de modo que ellos los clavaron desde el exterior del área.

A estas alturas ya no me interesa rememorar qué táctica empleamos en qué momento del partido, y no creo que le interese a nadie. Pero era deporte puro, duro, dureza, golpes, sangre, a mí me partieron la ceja. Hoy, en cualquier deporte, si sangras tienes que abandonar de inmediato el terreno de juego. En el 92, esta norma todavía no existía, de modo que, si te hacías daño, esperabas a que terminara el tiempo, o el partido, y en paz.

Aquel partido lo tenía todo. Perdíamos, remontábamos, se nos escapaba, empatábamos. En la segunda parte fallé un penalti.

El público no nos abandonó, estaba con nosotros. El partido de waterpolo se compone de cuatro partes; fueron cuatro partes increíbles. Y empatamos.

El partido perfecto es el que se empata: si los dos equipos son igual de buenos, lo lógico es el empate. Y nosotros éramos buenos. Los dos equipos lo éramos.

El partido perfecto. Obviamente, para los que estamos en el agua, el partido perfecto es el que se gana, pero para quien lo contempla desde fuera, el partido perfecto es el que se empata: si los dos equipos son igual de buenos, lo lógico es el empate. Y nosotros éramos buenos, los dos equipos éramos muy buenos.

Los italianos jugaban con una gran serenidad; los italianos saben jugar. Lo mejor de los italianos es que, cuando compiten en un deporte colectivo, tienen un algo que los hace especiales, y nos hicieron frente a la perfección. Jugaron muy bien. No se atemorizaron, se colocaron por delante, aguantaron los resultados, aguantaron provocaciones, con espíritu y carácter, con agresiones…

Como nosotros. Nosotros no éramos víctimas. Nosotros también agarrábamos, pegábamos, empujábamos, recuperábamos, remontábamos. Nadie, ningún equipo hubiera podido recuperar este partido; nosotros lo hicimos.

Aquel partido lo tuvo todo.

Empatamos y aquí estamos, y ellos también, dando la cara, también nosotros.

¿Alguien de nosotros, la víspera, había pensado en la posibilidad de empatar? ¿Lo había pensado alguien en el túnel de los chasquidos de las chancletas? ¿Existía realmente esta posibilidad tanto para los italianos como para nosotros? Yo creo que nadie. Uno había pensado: «Si gano, iré a darle un beso a no sé quién», y el otro: «Si pierdo, me esconderé»… Pero, ¿empatar? Yo no recuerdo a nadie que hubiera preguntado: «Joder, ¿y si empatáramos…?».

Las normas, en aquella época, eran que, en caso de empate, se jugaban dos prórrogas enteras –de tres minutos cada una– que había que completar tanto si alguien iba ganando como si seguía el empate. Estamos hablando de tres minutos de tiempo activo de modo que en las incidencias, faltas, etc., el reloj se detenía. No era mucho, aunque con las interrupciones pudiera parecerlo, de modo que recibir un gol en este tiempo siempre resultaba sumamente delicado, porque apenas quedaba margen para recuperarse.

Los dos tiempos de la primera prórroga fueron los más importantes. Esto es lo que pasó en ellos: 0-0 la primera, más de lo mismo. Nuestro entrenador no era persona de grandes ni pequeños cambios tácticos; era un entrenador de «Venga, venga, venga; presión, presión, presión». Pressing o zona. Pero quienes nos animábamos mutuamente éramos nosotros mismos.

Estábamos muy cansados. Ellos también. Humanamente, una competición olímpica supone un esfuerzo tan grande que, cuando llegas al final de un partido como éste, normalmente ya estás más muerto que vivo; pero ahora, con el empate, teníamos que continuar con la misma presión y jugándonos lo mismo que si no hubiéramos hecho nada en todo el partido: la medalla de oro, la victoria, el sueño realizado. Pero allí estábamos. Nadie en ningún momento del partido dijo: «Ya no puedo más». Era imposible que alguien se quejara por el cansancio, era imposible: todos estábamos allí hasta la muerte, todos estábamos convencidos.

Cuarenta y dos segundos de gloria

Estamos agotando esos tres minutos de prórroga. Quedan cuarenta y dos segundos. Penalti a favor.

El corazón se me detuvo. Está claro que no miré para atrás por si había algún jugador que quisiera tirar el penalti. Yo había fallado ya uno. Pero estaba claro para mí que el equipo quería que yo tirara este penalti. Lo tenía que tirar yo, siempre había sido así. Había fallado muchos a lo largo de mi carrera y en ese mismo partido, en la segunda parte de una final olímpica, también había fallado uno. Pero no había discusión.

Yo tenía que cargar con esta responsabilidad. Quizás en otras ocasiones de mi vida me había librado, o tenía que haber compartido las oportunidades, otras veces tenía que haber sido más generoso y compartir muchas más cosas, y no estoy hablando exclusivamente de penaltis, sino de juego, de compartir y dar juego a los compañeros.