Tratado del alma - Joan Lluís Vives - E-Book

Tratado del alma E-Book

Joan Lluís Vives

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Beschreibung

Lluís Vives (1492-1540) fue uno de los más destacados humanistas y filósofos del Renacimiento. Se le considera un conciliador entre la cultura antigua y la medieval, precursor de no pocos aspectos del pensamiento moderno. Sus escritos, todos en latín, son aproximadamente unos sesenta. La variedad de su obra, y su espíritu innovador, revela la profunda calidad humana de Lluís Vives. Nuestro autor insiste en problemas de método, demostrando que, ante todo, es un pedagogo y un psicólogo. La obra más transcendental de Vives en el campo filosófico es este Tratado del alma(1538), que aquí presentamos. Está dividido en tres libros en los cuales el estudio de los sentidos, de las actividades intelectuales y racionales, de los sentimien­tos y de las pasiones, se enlaza con el de la fisiología y el examen de los problemas filo­sóficos y éticos correspondientes. - En el primer libro, Vives aborda temas como los sentimientos en general, el conocimiento interior, la vida racional y el conocimiento del alma. - En el segundo libro de este tratado dedica capítulos a elucubrar sobre la inteligencia simple y compuesta. Le siguen reflexiones sobre la memoria y el recuerdo, la razón, el juicio, el ingenio, el lenguaje, la manera de aprender, los conocimientos, la reflexión, la voluntad, el alma en general, el sueño y los ensueños, el hábito, la muerte, la inmortalidad, etc. - Y en el tercer libro reflexiona sobre el tema de las pasiones.En su tratado, Vives, aun siguiendo a Aristóteles y defendiendo la inmortalidad del alma, atribuye a la psicología el estudio empírico de los procesos espirituales. Estudia la teoría de los afectos, de la memoria y de la asociación de las ideas. Esta nueva manera abordar estos asuntos filosóficos lo convirtió en un precursor de la antropología del siglo XVII y de la moderna psicología.

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Seitenzahl: 464

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Juan Luis Vives

Tratado del alma

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Tratado del alma.

© 2024, Red ediciones S.L.

Traducción de: José Ontañón Arias

e-mail: [email protected]

Diseño cubierta: Michel Mallard

ISBN tapa dura: 978-84-1126-468-6.

ISBN rústica: 978-84-9816-352-0.

ISBN ebook: 978-84-9816-929-4.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

Prefacio 9

Libro primero 11

Capítulo I. De la facultad acrecedora 16

Capítulo II. De la generación 19

Capítulo III. De los sentidos 22

Capítulo IV. De la vista 23

Capítulo V. Del oído 26

Capítulo VI. Del tacto 28

Capítulo VII. Del gusto 30

Capítulo VIII. Del olfato 31

Capítulo IX. De los sentidos en general 32

Capítulo X. Del conocimiento interior 37

Capítulo XI. De la vida racional 40

Capítulo XII. ¿Qué es el alma? 42

Libro segundo 54

Capítulo I. De la inteligencia simple 55

Capítulo II. De la memoria y el recuerdo 58

Capítulo III. De la inteligencia compuesta 65

Capítulo IV. La razón 66

Capítulo V. El juicio 75

Capítulo VI. Del ingenio 77

Capítulo VII. Del lenguaje 83

Capítulo VIII. De la manera de aprender 85

Capítulo IX. Del conocimiento o la noción 92

Capítulo X. De la reflexión 94

Capítulo XI. La voluntad 95

Capítulo XII. Del alma en general 101

Capítulo XIII. Del sueño 103

Capítulo XIV. De los ensueños 106

Capítulo XV. El hábito 111

Capítulo XVI. De la vejez 113

Capítulo XVII. De la longevidad 115

Capítulo XVIII. De la muerte 116

Capítulo XIX. De la inmortalidad del alma humana 118

Libro tercero 135

Capítulo I. Enumeración de las pasiones 140

Capítulo II. Del amor 141

Capítulo III. Los deseos 150

Capítulo IV. De ambos géneros de amor indistintamente 152

Capítulo V. Del favor 166

Capítulo VI. De la veneración o respeto 168

Capítulo VII. De la misericordia y la simpatía 172

Capítulo VIII. La alegría y el gozo 176

Capítulo IX. El deleite 178

Capítulo X. De la risa 182

Capítulo XI. Del disgusto 184

Capítulo XII. Del desprecio 188

Capítulo XIII. De la ira y el enojo 189

Capítulo XIV. Del odio 197

Capítulo XV. De la envidia 200

Capítulo XVI. De los celos 204

Capítulo XVII. De la indignación 207

Capítulo XVIII. De la venganza y de la crueldad 209

Capítulo XIX. De la tristeza 211

Capítulo XX. De las lágrimas 214

Capítulo XXI. Del miedo 215

Capítulo XXII. La esperanza 222

Capítulo XXIII. Del pudor 222

Capítulo XXIV. Del orgullo 228

Libros a la carta 237

Brevísima presentación

La vida

Joan Lluís Vives (Valencia, 6 de marzo de 1492-Brujas, 6 de mayo de 1540). España.

Nació en Valencia en una relevante familia de la comunidad judía que se convirtió al cristianismo para proteger su integridad y sus propiedades. Sin embargo, los Vives practicaban el judaísmo en una sinagoga que tenían en su casa hasta que fueron descubiertos en pleno oficio religioso y fueron condenados por la Inquisición.

A los quince años, Juan Luis Vives empezó a estudiar en la Universidad de Valencia. El proceso contra su familia continuó y en 1509, su padre decidió enviarlo a París, donde estudió en la Sorbona y se graduó 1512 con el título de doctor.

Por entonces se fue a Brujas y allí recibió la noticia de que su padre había sido ejecutado en la hoguera. Deprimido, marchó a Inglaterra tras rechazar una oferta para enseñar en la Universidad de Alcalá de Henares.

En el verano de 1523, fue elegido lector del Colegio de Corpus Christi por el cardenal Wosley en Inglaterra. Allí se hizo amigo de Tomás Moro y la reina Catalina de Aragón.

Desde mayo de 1526 hasta abril de 1527 residió de nuevo en Brujas, donde supo de la condena a muerte de su amigo Tomás Moro por oponerse al divorcio del rey. Allí escribió su Tratado del socorro de los pobres, que propone por primera vez un servicio organizado de asistencia social.

Vives dedicó sus últimos años a perfeccionar la cultura humanística de los duques de Mencia. En 1529 su salud era precaria: sufría dolores de cabeza y una úlcera estomacal. Murió el 6 de mayo de 1540 en su casa de Brujas de un cálculo biliar.

Prefacio

Dedicado a don Francisco, duque de Béjar, conde de Belalcázar, etc.

No hay conocimiento de cosa alguna más importante que el del alma, ni tampoco más agradable, ni más admirable, y que tenga mayor utilidad para las materias más altas, porque al ser el alma lo más excelente de cuanto se ha creado bajo el cielo, y aun más que los cielos mismos, sucede que tenemos en mucho todo aquello que podamos aprender acerca de ella. Hay en el alma tal variedad, armonía y ornato, que no se ha hecho pintura ni descripción semejante de la tierra ni del cielo; es además inventora y artífice de las cosas admirables de toda la vida, hasta el punto de que no es posible contemplarla sin sumo placer y gran admiración. Desde luego, por radicar en ella la fuente y origen de todos nuestros bienes y males, nada más conveniente que el conocerla debidamente, para que, una vez limpio el manantial, salgan puros los arroyos de todas las acciones: pues mal podrá gobernar su interior y sujetarse a obrar bien quien no se haya explorado a sí mismo. En efecto: lo primero es conocer al artífice para saber qué actos hemos de esperar de él, para qué cosas es apto, ya como agente o paciente, y para cuáles otras no lo es; por eso aquel antiguo oráculo, famosísimo en el mundo entero, mandaba establecer como primer paso en el camino de la sabiduría éste: «que cada uno se conozca a sí mismo»; y no ciertamente los huesos y la carne, los nervios y la sangre, aunque todo ello también, mas lo que quería se estudiase es la naturaleza y cualidad del alma, su ingenio, facultades y afectos, así como explorar en lo posible sus diversas y largas revueltas y sinuosidades.

He pensado por dichas razones explicar algunas cosas acerca de asunto tan importante, y mucho más cuando en ésta, como en las distintas materias de conocimiento, han mostrado indiferencia los filósofos modernos, contentándose con lo que dejaron escrito los antiguos; si bien, para no estar totalmente ociosos, agregaron algunas cuestiones, ya de explicación casi imposible, o ya sin utilidad alguna aun después de explicadas; tal era su prurito de gastar las fuerzas hablando de cosas en absoluto vacías. En cuanto a los antiguos, al tratar asuntos tan recónditos, cayeron y se enredaron en grandes absurdos; y no es extraño que juzgasen tan mal del alma, como cosa que no se percibe por ningún sentido corporal, cuando tales necedades dijeron de aquello mismo que recibimos mediante los sentidos. Así, los estoicos, al querer definirlo todo y envolverlo en nimiedades sutiles, derrocharon hasta el infinito su molesta palabrería; Aristóteles, como suele, se muestra oscuro y astuto.

Yo voy a exponer con más claridad lo que pienso según la norma, no de la luz natural con que sueñan los indoctos, sino de la verdad, la cual, tanto en la naturaleza como sobre ella, es una solamente y no dos, error del cual traté con bastante extensión en el tratado de la Corrupción de las ciencias, y hablaré luego en los libros de la Verdad de la fe cristiana. Por ello no me ocuparé aquí en refutar las falsas opiniones acerca del alma, más numerosas que en ninguna otra materia, cosa que sería muy trabajosa, larguísima y con más espinas que frutos por resultado.

Ha costado en cambio gran esfuerzo el empleo de las palabras, no solo aquellas de origen y uso popular, sino también las de los doctos, para acomodará nuestro lenguaje las que son poco congruentes; pues no existiendo cosa más recóndita que el alma, ni más oscura e ignorada de todos, son las cosas que a ella atañen las que menos han podido expresarse con vocablos perfectamente adecuados; por eso hemos tolerado algunos, pulido y juego adoptado otros, sustituido algunos, según el mayor fruto para los lectores.

Este tratado expuesto en tres volúmenes: Del alma de los brutos, Del alma racional y De las pasiones, he determinado dedicarle a vuestro nombre, oh Francisco, esclarecido Duque, no tanto por vuestros beneficios para conmigo, que desde luego son muchos, y por vuestra alta consideración hacia mí (lo que más estimo), como porque sé que os complace ocupar en estos estudios vuestro buen talento. Es además el Tratado de las pasiones que contiene el libro tercero, el fundamento de toda la doctrina moral, privada y pública, la cual, según oí de vuestros mismos labios en Bruselas, es la que os subyuga y preocupa sobre todas las restantes, y con toda razón, pues ninguna otra es de tan alta conveniencia para un varón principal, si ha de gobernarse bien a sí mismo, a los suyos y a la nación entera.

Libro primero

DIVISIÓN DEL ASUNTO. Solo por sus operaciones podemos conocer las cosas que no son accidentes-perceptibles por nuestros sentidos ni están en ellos envueltas. Vemos en el mundo natural ciertos cuerpos pesados incapaces de movimiento, que ni se nutren ni crecen; no mudan de lugar por impulso propio, sino que permanecen siempre fijos en el lugar en que desde el principio fueron creados por su autor, con solo el cambio exterior del aumento que sufren por agregárseles nuevas moléculas, o la disminución por sustraérseles otras, tal como ya hemos explicado en la Filosofía primera. Otros vemos que se nutren, crecen y disminuyen interiormente; los hay que se mueven por sí; otros tienen, además de esto, sentidos internos y externos; por último, hay aquellos que están dotados de razón y de entendimiento. Los primeros, careciendo de toda fuerza y vigor propios, no puede decirse que viven; los restantes, de los cuales se afirma la vida, por tener aquel impulso interior, forman cuatro distintos grados: los que únicamente reciben alimento, que se difunde por el cuerpo para crecer y reproducirse; de ellos se dice que tienen vida o facultad nutridora, y en este grupo se contienen todas las especies; los que además han sido dotados de sentidos que se aplican a la vida sensible o senciente, como son las esponjas marinas, las conchas y los llamados stirpanimantia, en griego swojputa; luego los que tienen, además de sentidos externos, una cierta vida inteligente, dotada de memoria y de entendimiento, como las aves y los cuadrúpedos; por último, los de vida racional o humana, la más excelente de todas, que ocupa un término medio entre los seres espirituales y los corporales; tal es solamente el hombre. Así se distingue la vida y el alma, de suerte que es en unos alma alimentante; en otros senciente; en otros inteligente, y racional en el hombre. De cada una trataremos por separado.

NUTRICIÓN. Es nutrición el acto de convertirse el alimento, por virtud corporal, en el cuerpo mismo ya antes animado; cualidad que existe de un modo fácil e inmediato en aquellas materias que por sus efectos y condiciones son a propósito para que de ellas se sirva la facultad de alimentarse propia del ser viviente; pues ni la árida madera ni las cenizas son de este orden, aunque a veces, por los cambios de las acciones naturales, puedan convertirse en hierbas y en frutos; mas esta propiedad es ya remota, y entonces las cosas serían muy distintas de lo que antes eran.

CALOR. Dos son los principales instrumentos que en el cuerpo tiene esta vida o alma nutridora: el calor y la humedad; de ellos el primero toca propiamente a esa fuerza de alimentación, mientras que la humedad pertenece al calor. Mediante éste se conserva toda el alma en el cuerpo; él es su más poderoso instrumento; e igualmente por el calor, o sea por el amor divino, se difunde la vida de nuestras almas: y sin él todo languidece y muere. Como éste a su vez necesita de algo a modo de alimento para no desvanecerse y extinguirse enseguida, se ha agregado a los cuerpos vivos la humedad, cual freno del calor, para continuar la vida. El calor se apodera de la humedad y la absorbe; en cambio la humedad refresca al calor, contiene y estorba su rapidez.

REGRESIÓN DEL AGUA A LA FRIALDAD. Y no es otra cosa ese paso del agua a la frialdad que mencionan algunos filósofos al decir que el agua caliente vuelve poco a poco a la condición de su naturaleza, o sea al frío. En efecto: lo mismo el agua que el vino, el aceite y cualquier otro líquido vuelven al frío cuando se los aparta del fuego; pues lo húmedo por virtud de su naturaleza al principio refrena el calor; y si es en gran cantidad, le consume; por lo cual todo cuerpo húmedo, aunque esté caliente en ocasiones, se enfría al quitarle la calefacción exterior. Volvamos al cuerpo del animal.

SED Y HAMBRE. Cuando en él domina el calor, aparece la sed, que es el deseo de lo húmedo y lo frío, o sea lo contrario de aquél; entonces hay que aumentar la humedad para aplacar los ardores. Si llegan a la fatiga al obrar el calor sobre la humedad y ésta sobre aquél, han menester ambos restaurarse y adquirir fuerzas; a esto se llama hambre, apetito de caliente y de húmedo si el líquido que la sed desea es menos que el del hambre; pero cuando se aumenta exageradamente el líquido, se amortigua el calor y decaen las ganas de tomar alimento, es preciso restablecerle con remedios. Toda nutrición es hasta cierto punto más fuerte que la medicina; aunque el alimento repara lo animal y aquélla los instrumentos de la fuerza, que son de estudiar más adelante.

Se ha dado el apetito a los seres vivientes para su conservación, o sea para que se dirija a las cosas útiles y evite las nocivas; y esa conservación se verifica por el equilibrio entre la humedad y el calor cuando mantienen igualdad o una desigualdad que se quita fácilmente por la comida o la bebida; desigualdad por cierto muy agradable como uno de los placeres naturales, un incitante para desearlos y a la vez condimento para que resulten gustosos en extremo.

De todo ello aparece claro que nos nutrimos con las materias análogas y nos curamos con las contrarias; porque la proximidad de las cosas hace más fácil el tránsito de unas a otras, cosa que sucede en la nutrición. Así, los animales recién nacidos se alimentan perfectamente con leche, por ser lo más semejante a la masa de la cual se han congregado las partículas de su cuerpo.

BASE DE TODOS LOS ALIMENTOS. Constan los cuerpos naturales de los elementos mismos de la naturaleza, que sabemos son cuatro: fuego, aire, agua y tierra. De todos ellos nos alimentamos, ya de su misma naturaleza, ya de la de sus propiedades: del agua y el aire por sí propios, y por semejanza de las sustancias acuosas, espirituosas, calientes, sólidas y duras, como cerveza, vino, aceite, carnes, frutas y especias. Como el cuerpo del animal debe ser sólido, a fin de que contenga los elementos vitales que en él funcionan y no se dispersen y disuelvan de pronto todos ellos, asimismo conviene que en los comestibles haya algo sólido y como de la cualidad de la tierra, que retenga otros líquidos y en el cual se aloje la fuerza del calor y pase a la masa del animal. Este, de no ser así, estaría siempre hambriento y nunca cesaría de comer. En el mar, unos peces comen a otros, y los que se cree sustentarse con agua del mar, toman de ella la crasitud, y así se hallan peces hasta en las conchas y las ostras, según demuestra su sabor aciduloso. Los seres naturales fijos en el suelo chupan, por medio de sus raíces, el jugo de la tierra, de cuya parte más tenue se producen las hojas y flores: de la más densa, los frutos, y de la que tiene el grado mayor de densidad la raíz, el tronco y las ramas.

Se sabe igualmente que en todas las naciones se come pan y viandas, o lo que haga las veces de pan, como castañas, bellotas, raíces, pescados secos. Entre los animales, los que son más gruesos y tienen calor más fuerte en su compacta masa necesitan alimento de mayor fuerza y gordura; así sucede en el Norte y con los caballos y asnos; el caballo hasta enturbia con sus patas el agua que bebe, si acaso es demasiado líquida y en tanto poco conveniente, como alimento tan delgado. Se cuenta de algunos asiáticos que viven solo con el olor de las frutas, y muchos de nuestros españoles mueren en las islas del Nuevo Mundo y en el otro extremo del Continente, a causa de la tenuidad del cielo y de los alimentos; pues aquellos cuerpos sólidos, habituados a un aire y alimentos más gruesos, no pueden sostener más la vida.

Por la misma razón se dice que el agua pura no alimenta, sino que disuelve; ni la bebida por sí constituye materia de alimento si no se agregan otras sustancias que la necesidad o la gula inventaron, o bien jugos de frutas, como uvas, peras y manzanas.

BEBIDA. Pero éstas son bebidas que nosotros usamos; la natural es aquella que beben indistintamente todos los animales y también los hombres que se rigen sin artificio alguno por solo el dictado y enseñanza de la naturaleza; por eso vemos que se presenta abundantísima por dondequiera para todos los seres vivos. Así como la humedad detiene el calor, éste siempre que puede coge y absorbe aquélla.

COCCIÓN. Cuece y disuelve las sustancias por virtud y operación de su naturaleza; al cocerlas separan lo útil al cuerpo de lo superfluo, y por tanto nocivo. Lo útil para el cuerpo son los jugos adecuados a él, lo nocivo es o la materia árida o el jugo extraño, y por lo mismo perjudicial a la salud del cuerpo.

Lo útil se distribuye primeramente entre los miembros; después se convierte en cuerpo del animal, y queda abarcado ya y reconocido como parte del mismo por la fuerza anímica.

PARTES DEL ALMA VEGETATIVA. Muchos son los oficios y como funciones particulares de esta propiedad nutridora que sirven a la general, a saber: la fuerza que atrae hacia sí el alimento, y que vemos también en las plantas, las cuales extienden por todas partes las fibras de sus raíces, a manera de dedos, para tomar de qué alimentarse; por eso toda raíz tiene cierta natural fuerza para romper y abrir; de tal suerte que estando sujeta en la tierra puede abrirse paso por sitios duros y apretados, ya para extenderse, ya también para absorber lo que haya de alimento en las cercanías. Mas poco le aprovecharía esta facultad de coger si desapareciese en seguida lo que se ha recibido; por eso hay otra retentora que detiene y sujeta el alimento hasta tanto que se haga su cambio adecuado mediante la potencia coctriz; viene luego la purgatriz, que separa lo puro de lo impuro y entrega esto último a la expulsora para que lo arroje fuera y lo puro a la distributiva que lo difunda por los miembros. Es la última de ellas la llamada función incorporadora; pero todas se relacionan y ayudan entre sí; en efecto, el alimento se cuece antes de separarse, y se separa antes de que se expela lo nocivo; la función de atraer no cumple su cometido hasta que se haya evacuado el cuerpo, ni la de cocer si no se ha expurgado el anterior alimento. Y si alguna de ellas cesa en su ejercicio, inmediatamente se siente en las demás cierta flojedad y desidia; tan grande es la armonía que entre todas existe, y la proporción establecida por disposición divina en el conjunto del cuerpo; ella nos mueve a la admiración de aquel supremo Artífice cuya obra es tal que no ya imitarla (cosa imposible para ningún otro poder ni sabiduría) sino solo comprenderla con el entendimiento y la razón, es obra magnífica y hermosísima.

Esas facultades no tienen su sitio establecido en el cuerpo animado, de modo que cada una esté en un miembro, y no en otro; sino que se hallan en todas las partes y miembros, aunque en unos en mayor proporción, y más expuesta a nuestra observación, mientras que en otras, menos señaladas, más oscuras. Así es de ver en los animales perfectos en cuyo estómago se verifica la cocción a manera de tisana; en el hígado la de la sangre, y en los miembros, la de la sustancia animal. Al principio es la sustancia uniforme, igual solo a sí misma; luego, distinta y desemejante.

Tampoco se para nunca ni termina la función de cocer, ni la de purgar o la de expeler, pues el calor mantiene en constante ebullición lo húmedo; ni hay sustancia alguna tan pura que no tenga heces que separar; por eso todo el cuerpo del animal está como perforado de poros y dispuesto para la expulsión de residuos que se verifica día y noche, primero por los orificios abiertos arriba y abajo: boca, nariz, oídos y ojos; después por los llamados descargadores que hay en los sobacos y junto a las ingles, en fin, por todo el cuerpo, se exhalan heces más sutiles. Así lo demuestran también las caspas y asperezas de la cabeza, el lavado de las manos que siempre halla algo que eliminar, y del mismo modo en los pies, como en toda otra parte del cuerpo. Por este motivo necesita el animal tomar alimento tan a menudo para que se restaure lo que continuamente perece: tal facultad nutridora es la primera y la más sencilla de todas, dada por Dios para el sustento del animal.

Capítulo I. De la facultad acrecedora

Vemos que todos los seres vivientes crecen de algún modo y que muchos de ellos engendran otros semejantes a ellos; es que se agrega a la facultad nutridora la acrecedora en todos y la generadora en la mayor parte.

Al afirmar que la primera es universal, no se dice que funciona siempre; pues las cosas acrecidas paran de crecer y aun retroceden de modo que disminuyen y se contraen como antes habían expansionado al aumentar. En cuanto a la generadora, se presenta en época determinada, cuando las fuerzas están desarrolladas; a su vez se debilita por la disminución de vigor, y perece. Así, pues, la potencia alimentadora es perpetua en el ser vivo; la acrecedora y la que produce su semejante son temporales; la primera de estas dos funciona desde el nacimiento mismo hasta un cierto límite; la segunda, solo después de alcanzar determinados tamaño y fuerzas. Tratemos en primer lugar de la acrecedora.

No consiste ésta en una agregación por el exterior, como cuando se edifica una casa, agregando maderas y piedras, o se hace un vestido, cosiendo telas, sino mediante el mismo artificio silencioso y oculto por el cual nos nutrimos, esto es, al convertirse el alimento en sustancia íntima se extiende la cantidad exteriormente. De aquí que esa fuerza dimana de lo nutriente, y la comida alimenta donde hay sustancia dotada de cualidades adecuadas y alimenta donde existe masa. Por eso creó Dios los cuerpos de los animales a manera de esponjas, teniendo todos ellos poros, unos más, otros menos numerosos, por los cuales penetre el alimento y se difunda la masa.

Hay quien incluye los metales entre las cosas dotadas de alma, al ver que crecen también interiormente, lo que parece no puede ser sin alimento, opinión que de modo alguno es absurda, no habiendo motivo que impida considerarlos como seres vivos que igualmente tienen sus poros. Pero su aumento puede referirse más bien a la adaptación de la masa que a la acción de la facultad acrecedora, lo mismo que crecen los manantiales y ríos por agregación del agua, los peñascos en lo más alto de la tierra y las peñas en la superficie.

Antiguamente también consideraban algunos el fuego como ser vivo, y entre los primitivos romanos existía la creencia religiosa, al decir de Plutarco, de que no se apagaba, sino que se alimentaba y crecía. En realidad, no es tanto el fuego un animal, como más bien algo muy semejante a la virtud nutridora y acreciente, esto es, no ciertamente causa, sino instrumento de dichas facultades en el cuerpo animado, y ya Aristóteles infiere acertadamente que no es tal causa, por cuanto el fuego no tiene término en su incremento, sino que se extiende mientras haya materia que quemar, al paso que en el animal hay algún límite por razón del alma, ya próximo, ya más lejano, según la fuerza y proporciones del calor y la humedad, o de los elementos naturales y primitivos que la naturaleza infundió en la estructura misma corpórea, o ya también de los adquiridos después por la cualidad del alimento, del lugar y del hábito. Todo ello dentro de ciertos límites conocidos del Dios creador y prefijados por el mismo a la naturaleza, de los cuales nos es más fácil decir cuáles no son que señalar los que son. En efecto: el hombre jamás llegará a tener la elevada talla del olmo o de la encina, ni podrá estar contenida en la pequeñez de una hormiga el alma humana, provista y adornada de todas sus facultades e instrumentos. Se ha dicho que hay gentes que adivinan desde el nacimiento mismo de un niño la estatura que ha de tener; pero esto habrá de entenderse más bien del tamaño en general que respecto de un punto determinado, pudiéndose decir, por la constitución de los miembros, de los huesos y la proporción del conjunto, que será de poca altura, regular o mediana o desmesurada; de cuerpo cuadrado y muy compacto, o por lo contrario. Y ¿cómo sería de otro modo cuando tantas cosas hay que influyen más tarde en ese punto? Así, por ejemplo, el alimento seco o húmedo, el vivir en sitio caluroso y árido o frío y con humedad. Pues el líquido aumenta los cuerpos, y por eso son más corpulentos los animales marinos que los terrestres y éstos más que las aves; así son más gruesos los hombres que viven en lugares húmedos que los de tierras secas, y los del Norte que los del Mediodía. La bebida ensancha los cuerpos más que la comida.

Esta propiedad de aumentar se ha concedido para la perfección de cada ser viviente; plugo, en efecto, al Autor de todas las cosas imponer tales leyes a su obra de la Naturaleza, que los seres creados de estos elementos del mundo inferior van creciendo paulatinamente desde sus pequeños comienzos; y cuando se hacen adultos y llegan como a la plenitud, detienen un poco su marcha y luego retroceden despacio hacia su origen, según observamos que sucede por dos veces todos los días en el movimiento del océano.

Esta producción de cosas realizada por la Naturaleza es una imagen del mundo creado desde el principio. La Naturaleza no puede sacar cosa alguna de la nada, pues eso solo a Dios está reservado; y las crea con un comienzo tan débil que nos parece diferenciarse muy poco de la nada, luego sostiene y aumenta lo que ha producido; con lo cual admiramos a la vez la bondad y el poder del Creador en esta que es como una segunda creación. Después, ya agotadas las fuerzas de aquello que había crecido hasta su límite, y no pudiendo ya sostenerse, disminuye; así resulta el curso y duración de cada día como una especie de vaivén, según quedó explicado en la Filosofía primera. Por ese camino van todas las cosas que vemos y palpamos en este mundo sublunar, ya sean obras de Dios, ya invenciones de los hombres. Aquella primera constitución del cuerpo animado y aquel temple por acción del calor y de la humedad de que se dotó a la Naturaleza, una vez llegada ésta a su total evolución y desarrollo, al luchar en ellas las cualidades diversas del lugar y de los alimentos, se desgasta y hace más débil de día en día, hasta que sucumbe a manos de los oponentes. Y esto sucede en la marcha natural de las cosas, pues se presentan muchísimos incidentes que tinas veces no permiten evolucionar aquella constitución, otras la detienen o hacen retroceder poco a poco, sino que la matan de pronto o en breve tiempo, pero siempre por medio violento.

Sucede también a menudo que aquella constitución es demasiado endeble, o porque la materia no obedece bastante a la acción de la Naturaleza, o porque es escasa y mal abastecida, o ya por hallarse infectada de una propiedad nociva. El instrumento del alma nutridora y acreciente es el calor; el pábulo de éste, la humedad. Hay en la Naturaleza un calor ingénito determinado; hay también cierta humedad, la cual, si bien está difundida por todo el cuerpo, tiene su fundamento en los nervios y en los huesos; cuando ésta abunda al principio es causa de que los niños sean débiles, que no se sirvan de sus sentidos y de su capacidad, y que necesiten un sueño prolongado.

De esa humedad se apodera el calor lentamente y la reforma; a la vez, para alejar la violencia del calor y no acabe en poco tiempo con toda la humedad, nos ha dado Dios los comestibles y las bebidas. Aquella humedad cada día se hace menor, mientras el calor, como en lo seco, se hace más activo hasta que decrece por faltarle alimento, por lo cual flojean asimismo las fuerzas corporales; de este modo vuelve hacia abajo el cuerpo gradualmente casi por los mismos pasos por que había subido.

Capítulo II. De la generación

Adulto ya el cuerpo vivo, e iniciado en él un deseo interior de que no se extinga su especie, Dios concedió a la Naturaleza el poder infundir en los seres vivientes la fuerza de engendrar otros semejantes a ellos. Primero obra la Naturaleza en los comienzos del ser mediante la función de alimentarle, después con la de aumentarle por el crecimiento, y luego, a medida que puede, por la conservación de los individuos de cada especie, haciendo que procreen. Vemos, por tanto, que es la generación obra del animal completo y adulto; y esto no solo se observa en los animales, sino también en las plantas, que en época de la primavera tienen toda su fuerza en la raíz; después, en las hojas y las ramas; luego, en la flor y el fruto, por último, en la semilla, de la cual, sembrada, sale una planta semejante a la anterior. Así, es la generación la conversión del cuerpo animado, que realmente es una semilla, en otro semejante a aquel del cual fue tomado.

Y como el nutrirse, crecer y engendrar provienen del alimento, se comprenden bajo el nombre de alma vegetativa. Aristóteles la definió como la facultad que convierte el alimento en cuerpo animado, para su salud, le aumenta hasta completar su masa debida y procrea un cuerpo animado de su misma forma y condición. La semilla contiene en pequeña porción de materia la fuerza de su acción la cual, una vez que alcanza las proporciones adecuadas, se extiende y desarrolla; cosa que más bien pertenece a la índole de la acción que a la de la masa; y por eso viene la función última después de haber cumplido su misión la fuerza vegetativa aumentando el cuerpo, cuando carece ya de aquellas facultades que mantienen al alma en el gobierno del cuerpo, es decir, las de reunir mucho en pequeño espacio. Así aparece más tarde una acción semejante, en cuanto lo permiten las cualidades de la materia; pues si éstas son opuestas a las que convienen a la acción, degenera lo producido, como sucede en la tierra cuando produce plantas distintas de aquéllas de donde se había tomado la semilla, en los monstruos de los animales, y aun en la mujer, que a veces da a luz un animal de varias formas, según es frecuente en Nápoles de Italia, y en Flandes de Bélgica, donde se engendran en las mujeres animales multiformes, a menudo solos, otras veces con un niño, que en ocasiones nace medio comido o chupado por el animal. Ello se debe a que abunda en tales mujeres un humor muy espeso, y en extremo pútrido, por alimentarse de coles y beber cerveza; lo mismo se procrean en ellas animales que las lombrices en el vientre del niño, a causa de las frutas crudas. En efecto: la mala condición del receptáculo causa violencia a la propiedad de la semilla de su especie, y la obliga a no producir su semejante o a producir con éste otro ser. Igual causa reconoce también el tumor de la matriz.

A menudo proviene de degeneración de la semilla, cuando está corrompida por infección interior en su producción, o exterior por el lugar, tiempo o algo agregado. De los seres vivientes unos tienen generación espontánea, como las moscas, mosquitos, hormigas, abejas, que no tienen sexo alguno; otros nacen de la mezcla de sexos, como el hombre, el caballo, el perro, el león; los hay de procreación ambigua, como los ratones, de los cuales unos provienen de las inmundicias, sin concúbito, otros de concúbito. Todas las plantas tienen origen espontáneo, primeramente de la propia semilla, después también de la fuerza de la tierra, en la cual esparció el Creador del mundo semillas de todas las hierbas, arbustos y árboles, cada una en lugares distintos. Así, los cereales y viñedos que con tanto esmero cultivamos, son naturales y han nacido de la tierra con espontánea originalidad, puesto que no los hemos hecho nosotros. En Sicilia se dice que nace el trigo de suyo, sin el cuidado del hombre; aunque luego nosotros trabajamos para que esas semillas sean más adecuadas para nuestro uso. Por eso se tienen como inventores de ellas aquellos que imaginaron su cultivo o le enseñaron a otros: así lo fue Ceres del trigo, Noé del vino, Minerva del olivo.

Hay ciertos árboles que ni tienen fruto ni semilla, como el tamarindo y el álamo, por lo cual se llaman infecundos; pero si no se propagan por la semilla, se les quita un tallo que sirve de ella, además de la naturaleza y fuerza de la tierra. De los que procrean por la mezcla de sexos, el macho es de donde sale la semilla y la hembra la que la recibe dentro de sí; la generación se verifica estando ya completo el animal para que se pueda sacar del macho sin perjuicio y recibirse sin molestia en la hembra, nutrirse y aumentar de la sustancia de ella.

Lo que hay de principal en el cuerpo vivo y como más próximo al alma proviene de la semilla del padre; y lo más craso, de la materia, de la madre; por esta razón aventaja en calor el macho ya para expeler la semilla, ya para comunicarla alientos; al paso que la madre es más fría y húmeda para conservar la semilla y alimentar el feto. La semilla masculina y la materia femenina son lo mismo que el grano seminífero de cualquier planta y la sustancia de la tierra; pues la fuerza de procrear tal género de árbol está en la semilla, y la masa de la cual se alimenta y crece el árbol mismo, en la facultad de la tierra. Por eso sale y se desarrolla la fuerza y naturaleza de la semilla en la materia que suministra la tierra.

La diferencia entre los sexos es pequeña, pues la hembra no es más que el macho imperfecto, porque no hubo en ella medida justa de calor; y así parece que la hembra nace por escasez. Pero está establecido por mandato de la Naturaleza que sean necesarios ambos sexos en los animales, y uno nazca de las fuerzas, otro de la debilidad, sin que falten nunca ambas causas para engendrar el uno y el otro. Quien supo sacar cosas buenas de las malas es quien saca el vigor de la flojedad; tal es la sabiduría de nuestro Creador.

Los animales que por su corpulencia recibieron mucho de la semilla paterna, dominan por los alientos, agilidad, fuerzas y sutileza de alma; mientras que quienes han recibido más de la materia de la madre son tardos y flojos.

En la familia de las plantas es mayor la semejanza de forma e índole entre engendrado y engendrador; en los animales es menor, pero mayor entre estos y el hombre, porque en ellos es más estable la imaginación que en nosotros, que tenemos mayores divagaciones con el alma.

Las propiedades particulares de la facultad generadora son éstas: la expulsora en el macho por la cual se derrama la semilla, y se infunde en la hembra; en ésta a su vez se recoge y conserva; la permutadora, que mezcla y modera la semilla masculina con la materia de la madre, en cuanto conduce a comunicar el temple del cuerpo y de cada uno de sus miembros; la formatriz, que forma y traza los miembros, y por último aquella que hace salir el feto en la época determinada por las leyes naturales.

Tal es el alma vegetativa y sus funciones, las cuales siendo tantas y tan diversas es conveniente que disponga de los debidos instrumentos y lugares en que funcionen. Por eso también hay en el animal partes y miembros no de una sola clase y semejantes sino diferentes, con admirable variedad, por su aspecto y cualidades.

Capítulo III. De los sentidos

Esta forma de vida es común a la planta y a los animales; pero en éstos vemos que hay algo de que carecen las plantas, a saber: el conocimiento, ver, oír, tocar gustar y oler, cosas que pertenecen a lo exterior, una vez que toda la vida de la planta mira hacia adentro, privada de lo exterior e ignorante de ello.

Tres son las clases de conocimiento: el que conoce solo los cuerpos presentes; otro, que también los ausentes, y el tercero, el de las cosas incorpóreas. El conocimiento del primer género se llama sensación o sentido, y aunque de nombre poco adecuado por ser tan extenso como el conocimiento mismo, hay que usar las palabras ya admitidas, salvo cuando se habla con más claridad, como al decir «sensación corporal».

Esta es el conocimiento del alma mediante el instrumento externo del cuerpo. Vemos en el animal ojos por los cuales ve, oídos por donde oye, nariz por la cual huele, paladar por el que distingue los sabores, y además, difundido por todo el cuerpo, un cierto sentido de lo caliente y lo frío, de lo húmedo y lo seco; se los llama sensorios, y son como los órganos e instrumentos del sentir o receptáculos de las sensaciones; así, aquella fuerza que opera y efectúa el sentir, se llama sentido, y lo que se siente, lo sensible; habiendo, por tanto, en la sensación dos elementos primeros, el vigor y el órgano, como potestad de la naturaleza.

Mas para que esta potestad se ejercite, se agrega algo en que ejercitarse, a saber: el objeto, como materia de sensación. Para ésta, pues, se unen los sentidos y lo sensible. Pero como en la naturaleza se reúnen cosas diversas, hay que referirlas a un medio común adecuado a ellos; así los huesos se unen a la carne por los cartílagos. Es, por tanto, el medio aquello que corresponde con lo sensible y con el sentido; como en la visión o la audición el aire o el agua. Hay también que ver en el medio la circunstancia de hallarse lo sensible como atenuado por la distancia, y venir al sensorio algo menos material y más congruente con la naturaleza del sentido, el cual es más espiritual que el objeto mismo sensible. Por eso se exige una distancia proporcionada, pues si está lejos, o se atenúa la imagen enviada por lo sensible, o el vigor de la impresión que ésta deja en el sentido, de suerte que no puede ya existir sensación alguna.

Ejemplo de ello puede verse en el sello impreso en cera; si fuere demasiado grande la figura, no se estampará tanto en el medio como en la parte superior próxima al anillo. La distancia no es única y siempre la misma en todas partes, sino distinta en cada sitio en proporción del sentido, del objeto y de la cualidad del medio; y conviene igualmente que haya cierta analogía o proporción entre la fuerza senciente y su objeto sensible para que éste esté comprendido dentro de los límites de aquélla; no siendo tan tenue que se escape, como sucede a los granos pequeños no cogidos por la piedra del molino.

Capítulo IV. De la vista

Trataremos primero de este sentido por ser el más sencillo y el más conocido, hasta el punto que se extiende su nombre a los sentidos restantes y al conocimiento anímico. Así se suele decir: «¿Ves qué manzana tan agradable, qué metal tan pesado, qué armonía tan suave, qué olor tan pestífero y repugnante, qué raciocinio tan bien presentado?» En esto referimos las diversas nociones a una sola.

Los ojos están en el alma lo mismo que en el cuerpo; cuanto se dice de la vista, ya sea perspicaz o ya sea torpe, se aplica igualmente a las funciones de los demás sentidos. El autor de todas las cosas difundió su luz por todo el mundo, la espiritual para los objetos espirituales y la corpórea para las cosas corporales, a fin de que por este beneficio entendiesen los espíritus y viesen los ojos del cuerpo: en los ángeles existe la luz espiritual de Dios, y en el Sol, la corporal.

Esta última luz recibida corporalmente por las masas, si se detiene en un objeto tenue, le hace transparente de modo que puede verse por entero, como el cristal, el agua, el aire; y los griegos le llamaron; si afecta a una sustancia más densa, no penetrando en lo interior, se queda en la superficie; y la luz tenue que se ve en la cara externa se llama color; no porque no esté también coloreado el interior de los cuerpos, sino porque el efecto del color está solo en la superficie.

Según la cantidad de luz se gradúa de distinta manera el color: ya retiene el máximum de aquélla, y se llama blanco, o el mínimum, y entonces es negro; habiendo en ambos también ciertas diferencias o grados; pues hay blanco y claro; negro, oscuro y sombrío. De la mezcla y combinación de éstos salen otros diversos colores; unos próximos al blanco, otros al negro, y algunos como intermedios entre ambos, con matices casi infinitos, pues dentro de estas mismas formas hay otras menores cuyo número no es fácil de señalar. Baste decir que solo en el color verde no hay hierba ni árbol que no tenga su verdor propio y distinto del de todos los demás.

El órgano externo de la vista son los ojos; el interno son dos nervios que a ellos llegan desde el cerebro. La luz exterior se junta con la de los ojos para la función de ver, como la espiritual con la luz de la mente para entender; no siendo posible ver ni discernir cosa alguna de no haber un cierto modo de luz o claridad según la potencia de los ojos; y no basta una pequeña cantidad de ella, como sucede de noche.

Por otra parte, la luz exagerada obstruye el empleo de los ojos, como cuando miramos al claro Sol de poniente, molestia que no sufre en verdad el águila.

La luz, o la claridad —que no hay para qué diferenciar aquí— no es tan necesaria por el espacio que media entre el ojo y lo visible, como por el objeto mismo —una luz pequeña se sustenta con otra mayor— pues si no hay luz cerca del objeto visible, aunque la haya en el intervalo restante, no se verá. Pero si reina oscuridad en el espacio intermedio, y hay luz cerca de lo visible, se verá. Por eso, a quien lleva de noche una hacha encendida o una linterna le ven los demás, mientras que él no los ve; y los objetos que más luz tienen se distinguen con mayor facilidad en las tinieblas; como las brasas, los diamantes, los granates, la nieve, los espejos, el oro, la plata, el cobre, el oropel, las cosas bruñidas y pulimentadas y los pequeños animales llamados luciérnagas. La luz de todos ellos se cubre por el resplandor del día y persiste de noche como la de otros luminares pequeños en la de los mayores. Y no solo esos objetos lúcidos se suministran luz en la oscuridad para ser ellos vistos, sino que se extiende a las cosas cercanas.

Es necesario, pues, que exista cierto espacio como intervalo entre el color y el ojo. Este, en efecto, nada ve desde luego y por sí mismo, sino la luz, y ésta sin que haya intervalo; mientras que si el color se coloca sobre el ojo, no será visto porque se quita la luz con cuyo auxilio se realiza la función de la vista. Y si el color se retira lejos, no se verá; ya porque la fuerza visual es demasiado débil para llegar hasta él, o ya porque se desvanecen con tanta distancia los rayos que parten de lo visible al ojo.

Lo visible en primer lugar, como antes decíamos, es la luz; las demás cosas se ven por razón y modo particular de la luz, a saber: en forma de una pirámide cuya base es el objeto que se mira, y el cono toca a la pupila, a veces no por entero; porque todo el cono de un objeto grande no puede contenerse en el tamaño de la pupila. En tales casos ésta se revuelve activamente con sorprendente rapidez para recorrer todos los contornos del cono, hasta donde alcance. Por eso si se agita el objeto visible se ve con menos seguridad, pues que las líneas del cono no hieren el centro de la pupila tan fijamente como conviene a la visión.

También se perturba la vista por movimiento del espacio, como pasa en el aire, y más claramente en cosas más densas, como el agua y el cristal. Los que tienen la vista débil necesitan un cono mayor para ver, y por lo mismo no ven desde lejos. Para remediarlo se usan anteojos para que el objeto aparezca más grande y no escape a una vista débil. Algunos, cuando quieren mirar una cosa más intensamente, contraen las mejillas para que, recogida en sí la fuerza de los ojos, sea más eficaz y a la vez no se difunda la imagen del objeto, reducida en mayor estrechez, sino que se imprima con más amplitud y estabilidad en el órgano. Así vemos que ocurre una cosa igual con los espejos que con los ojos: si unos y otros son cóncavos, reciben una imagen mayor; mientras que es menor en los espejos convexos y en los ojos salientes.

De suyo no tienen los ojos color alguno, pues si le tuviesen, todas las cosas parecerían de ese mismo color; así, el que mira por un cristal azul o rojo cree que todo es del mismo color. Igualmente, en medio de una fuerte congestión biliosa parecen negras las cosas, y amarillas o sangrientas en un ataque de ira, sin que lo sean efectivamente.

Por tanto, lo primero visible es la luz, lo segundo el color y lo tercero, por virtud de la proximidad, aquello que está envuelto en luz y en color. Con todo, no se dice que se ven las cosas que obtienen solo la luz, como el aire tenue y limpio, por lo cual nadie dice fácilmente lo que son, mientras que sí se dice del agua y del cristal en los cuales es más densa la materia y devuelve la luz que más se acerca a la naturaleza del color.

Capítulo V. Del oído

Hay otro sentido por el cual se perciben los sonidos, pues éstos no los distinguimos con los ojos. Es difícil explicar lo que es el sonido: se produce por el choque de dos cuerpos, en virtud del cual se empuja el aire hasta llegar al oído.

Es cuestión nada fácil de explicar, y enteramente innecesaria, si consiste el sonido en el aire así expulsado, o en aquel golpe de los cuerpos, o en alguna sustancia que se adhiere. No de otro modo se realiza el sonido en el aire que los círculos formados en el agua cuando se arroja en ella una piedra; lo mismo se extiende el sonido por el círculo, agotándose y desvaneciéndose más cada vez; y si los círculos se quiebran antes de llegar al oído, se oye aquél imperfectamente. Por eso es preciso que sea sólida y dura la masa desde la cual se impele el aire, pues la que es blanda como el lino o la lana no tiene esa fuerza. Una materia ligera, extensa e igual, mientras tenga dureza hiere el aire vigorosamente, le envía íntegro a lo lejos y suena a distancia. Si es la materia hueca como en los calderos y los címbalos, suena aún a mayor distancia y más íntegramente por la frecuente repercusión que hace aparearse el choque.

Una superficie áspera rompe el aire y suena como algo ronco y confuso. El aire tiene que ser impelido sin deshacerse; por lo cual se necesita a la vez el golpe y la rapidez, pues si los cuerpos chocan con flojedad, el aire lento disipa continuamente sus ondas, cosa que hay que prevenir con la rapidez del choque. Así, cuando se hiende el aire vivamente con una varita o correa, no permite la velocidad del golpe que se perturben las ondas del aire, y se verifica el sonido; en el cual el aire sacudido hace de masa herida, y el que está próximo ocupa el lugar del intervalo.

El sensorio u órgano externo es el oído y un cierto aire craso a modo de humor; el interno son los nervios que llegan desde los oídos al cerebro. Este aire auricular se une con el exterior, que es el expulsado por el golpe de los cuerpos, y de ahí resulta la audición, así como la visión de unirse luz con luz. Se da como prueba de este aire natural el que si apretamos la oreja con la mano sentiremos ruido interior o sea aquel aire en movimiento.

Pero si existe allí algún aire, que yo más bien creo sea un humor tenue y esponjoso, el cual carece en absoluto de movimiento y de sonido, ¿cómo ha de intervenir en los demás sonidos? Aquel zumbido es del aire exterior, que al aplicarse la mano está encerrado en las revueltas y senos de la oreja, y buscando la salida produce aquel sonido, como sucede en una bocina retorcida.

Hay quien afirma que en el agua también se oye, porque los peces oyen los sonidos, cosa que no creo sea verdad, pues no es que oigan, sino que sienten por el tacto el movimiento del agua. Yo no niego que oigan algunos peces, que observamos tienen agujeros en la cabeza a modo de oídos y que fuera del agua perciben sonidos que escuchan atentamente, unas veces con admiración, otras con terror y hasta hechizados. Pero esos son arcanos de la naturaleza, incomprensibles para nosotros; bien puede suceder que algunos peces oigan debajo de las aguas y sea ésa su particularidad. Quede ello aquí por resolver. En cuanto a los demás, si no tienen acceso para el aire, tampoco para el sonido, lo mismo que ocurre en las paredes gruesas. Con todo, yo vi en el tesoro eclesiástico de doña Mencía, Marquesa del Cenete, un globo de oro sin hendidura alguna, que producía un sonido interior por las partículas u hojas de oro que le formaban; pero eso consistía en que la lámina exterior de oro era muy delgada, y sacudida por las partículas interiores, agitaba ella misma el aire produciéndose el sonido.

El aire que salta por el choque de las masas, si se rechaza todo él del sitio de donde venía, por interposición de un cuerpo sólido, resulta un sonido reflejo o recíproco que los griegos llamaban .

Cuanto más próximo se halla el cuerpo con el cual choca y más completamente se rechaza, tanto mayor y más completo resulta el eco, siendo menor y más confuso cuando aquel cuerpo está más lejos o el aire está más reducido. Como los últimos puntos rechazan más que los primeros, el eco repite siempre con mayor claridad lo último del sonido.

Con razón dice Aristóteles que el aire sacudido se refleja siempre, y, por tanto, que siempre se produce el eco; pero no le percibimos por ser débil la reflexión. El aire, en efecto, aunque no se interponga cuerpo sólido alguno, no empuja al aire inmediato sin que a su vez sea repelido por éste; pero el aire sacudido vence al próximo, que está en quietud por el empuje y violencia que le comunica el choque de los cuerpos. Por eso, cuando soplan vientos fuertes se oyen menos los sonidos, y la noche es más a propósito para oír que el día, pues con el movimiento del viento no se extiende el aire sacudido como cuando está todo en quietud, según puede verse en el agua ondulante, en la cual se interrumpen de continuo los círculos producidos por el objeto que se arrojó.

El sonido es el objeto sensible del oído, y los cuerpos que suenan es por el sonido. Así, aquellos que no emiten sonido, como la lana y el lino, se llaman inaudibles. En su acción es el sonido tardo o rápido; en cuanto a la sensación, agudo o grave. Entre ambos existen numerosos intervalos con distinta gradación.

Capítulo VI. Del tacto

La constitución primitiva del cuerpo natural comprende aquellos elementos de la naturaleza cuyas cualidades y fuerzas son las principales y las más sencillas: lo caliente, lo frío, lo húmedo, lo seco. De éstas nacen otras combinaciones: lo duro y lo blando, lo áspero y lo suave, lo pesado y lo ligero.

Hay un sentido que las distingue, el cual se llama tacto y se halla diseminado por todos los nervios del cuerpo y por cuanto hace oficio de éstos. Esa propiedad de tocar se comunica igualmente a la carne por la aproximación, aunque, de modo más tenue y débil. Cierto que es la carne el medio del tacto, y táctil de suyo; pero también órgano o sensorio por virtud de cierta comunidad que tiene; pues si se pone algo sobre la carne, experimentará sensación el alma del nervio en que está la facultad de tocar; como pasa a través del guante lo caliente o frío, lo duro o blando, pero no sin que antes penetre en la carne aquella cualidad.

Entre aquellas cosas tangibles que hemos establecido según la opinión general, quien examine la cuestión más detenidamente hallará que en rigor solo pertenecen a este sentido las cualidades primitivas y elementales; las demás tocan a las fuerzas y al vigor; así se reputan unas como más blandas o más duras, más pesadas o ligeras; pero lo áspero o lo suave se dice de lo seco y de lo húmedo por la igualdad o desigualdad de su superficie.

Es por tanto uno el sentido de tocar y uno lo tangible; a saber: aquella propiedad elemental por cuya virtud está construido y compacto el cuerpo natural.

Como dichas cualidades, por su proporción y congruencia, son perjudiciales o saludables para el cuerpo de los animales, se ha concedido a todos éstos el tacto para conocerlas, extendido por el cuerpo entero para que se deseche más fácilmente lo nocivo. En el hombre está principalmente en los extremos de los dedos de las manos; no porque sea más blanda esa carne, sino parte por adaptación y parte también por la costumbre. Así es que nos inclinamos naturalmente a tocar con los dedos los objetos para hacer un ensayo de sus cualidades primeras; como cosa tan corriente de realizar, será muy pequeño el daño que pudiera ocurrir.

Y es éste otro beneficio de la naturaleza; que las materias que se tocan irritan menos el sentido que las visibles o audibles que por sí mismas no tocan al animal; pues en tal caso sería el perjuicio más directo y de mayor gravedad. En efecto, el cuerpo que vemos u oímos no toca al ojo ni al oído. Hay también la ventaja de que los actos de tocar y de gustar se hallan circunscritos en términos más breves que los de la visión y de la audición; por eso nos cansamos más pronto de tocar y gustar que de ver u oír. Y es que como el tacto y el gusto pertenecen a la esencia del animal, y no así el oído y la vista, puso la Naturaleza moderación en sus actos para que no se estropease el sentido por sus repetidas operaciones, y pereciese el animal: peligro que no existe de parte de los demás sentidos.

Capítulo VII. Del gusto

No todas las cosas que saca del suelo la Naturaleza sirven de comida a los animales. Algunas de ellas les son adecuadas, como las frutas y el pan al hombre; las hierbas al ganado; otras son enteramente contrarias y enemigas, ya por su amargura, como la hiel y el ajenjo, ya por el perjuicio que causan, como los venenos.

Dio asimismo una condición repugnante al gusto a las que han de resultar nocivas, y, por lo contrario, adecuada y agradable a las saludables, dándolas este nombre con respecto al cuerpo en estado de salud, no al enfermo. Y no son del caso aquellos que, por su índole peculiar o por la costumbre, se apasionan por cosas amargas, desabridas o extrañas al gusto, como sucede a personas voraces o ebrias, o a mujeres en cinta, o a quienes padecen bilis negra. Esa cualidad, que agrada o desagrada al gusto, se llama sabor.

El órgano del gusto es un nervio que se extiende por la lengua, al que llega el sabor mediante la saliva; y así como el sentido del tacto es más delicado en las puntas de los dedos, lo mismo sucede en el gustar con la extremidad de la lengua, por la sutilidad del alma del nervio, no por sí mismo —pues el verdadero y más seguro sentido reside en la raíz de la lengua, por donde se une al paladar—, sino porque como toca al extremo de ella, llega más pronto al paladar.

La humedad de la saliva es a manera de un medio para la sensación, la cual cambia el sabor, así como los demás medios por sus cualidades. Careciendo por sí la lengua de todo sabor, recibe fácilmente todos ellos; de ahí que nada gustamos cuando está seca, y si la saliva no está impregnada de algún sabor, no percibirá debidamente los demás, como sucede en la fiebre; de igual modo que mirando a través de un cristal azul todas las cosas parecen de ese color.