Un tal Bialet - Graciela Bialet - E-Book

Un tal Bialet E-Book

Graciela Bialet

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Beschreibung

Médico, abogado, docente, reformador social, agrónomo y emprendedor: Juan Bialet Massé, catalán radicado en Argentina a fines del siglo XIX, fue un hombre que pareció vivir varias vidas en una. Graciela Bialet, su descendiente, reconstruye hechos de su vida a la par de brindarnos algunas pinceladas sobre las generaciones que le siguieron, en una obra que cautiva nuestra atención desde el principio. Bialet Massé fue, entre muchas otras cosas, el responsable de un lúcido e innovador "Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas" y el constructor del Dique San Roque. Se ganó algunos enemigos poderosos que lo empujaron a la cárcel, pero pudo limpiar su nombre y su búsqueda de justicia fue retomada por sus hijos y nietos.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Graciela Bialet

Un tal Bialet

 

Saga

Un tal Bialet

 

Copyright © 2014, 2022 Graciela Bialet and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726903263

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A modo de prólogo en primera persona

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos.

Julio Cortázar

En esta novela, tres siglos asoman a un presente al que el lector abordará sobre arenas movedizas o como un camino de piedras, a transitar. Por ello, desde el índice invito a leer la historia de tres personajes en momentos y circunstancias distintas. Uno de ellos encarna una historia actual de absoluta ficción que se entrecruza con las otras dos de recorridos más cercanos a la literatura realista. No es una novela estrictamente histórica, tampoco biográfica, aunque muchos datos emergen del contexto de las épocas que relatan. Nombres de personas queridas y admiradas caminan por estas páginas, delatando su andar comprometido y pleno de ideales. Pero es ficción, literatura que recorre la historia para dejar otra huella, “una hoja, una oreja, un susurro, un pensamiento…” para vivir otra vez, como dice Neruda.

Siempre los textos son senderos de libre tránsito. A veces conducen a un precipicio, y otras a grietas por donde los lectores reescriben desde sus propias interpretaciones las posibilidades argumentativas. Fiel a mi dedicación por la literatura infantil y juvenil, la cual considero que es aquella que leen gustosamente pequeños, jóvenes y mayores -como a los clásicos-, he procurado invitar a esta celebración de utopías y palabras a los jóvenes lectores, cuya memoria está en permanente estado de producción y ávida de nuevas miradas que deambulan por este milagro que es la vida, y que en su rodar, a veces repite sus fallidos guiones tal vez, para seguir ensayando el mundo.

En los anexos finales, sí he tratado de reflejar la vida, memoria e ideario de algunos personajes involucrados y sus entornos. No hubiera sido posible sin investigaciones previas y sin la colaboración generosa de la historiadora Doralice Lusardi, cuyo valioso estímulo y aportes fueron fundamentales.

Hacer esta novela ha sido, quizás, el mayor desafío literario que me he impuesto. Escribir una historia tan cercana a la mía, la de mi familia, la que escuché durante 38 años de boca de varios descendientes de Bialet Massé, y poner la distancia necesaria para narrarla, fue una búsqueda ardua, pero también un gratificante homenaje a la memoria de mi querido y valiente esposo, Mario Bialet, quien siempre me incitó a escribirla.

A todos los Bialet Zarazaga, mi familia, siempre.

 

A mis hijos Agustín, Leticia

y Julián Bialet D´Lucca;

 

Tere Nasif, Gonzalo López y Flor Fossat.

 

A mis maravillosos nietos:

Martina Bialet Tarulli, Valentín López Bialet,

Magalí, Manuel, Malena y Santino Bialet Fossat,

que le ponen letra a mi alegría.

 

A Nené y Ricardo Fischtel,

mis nobles hermanos del otro lado del charco.

 

A los que se animan a apostar

por la libertad y a la equidad:

allá en la historia, a

Francisco Narciso Laprida

Juan Bialet Massé

 

allí en las conquistas laborales, a

Agustín Tosco

Tomás Di Toffino

Felipe Alberti

Alberto Caffaratti

Antonio Medina

Mario Bialet

 

y aquí, con su ejemplar blanco pañuelo,

a la querida Emilia Ofelia Villares de D´Ambra,

por su incansable búsqueda de

verdad, memoria y justicia.

Mi alma no padece de la tiña que me haga odiar al

que tenga más que yo;

lo que yo deseo es mejorar y vivir, aunque otros

vayan más adelante;

y como los pobres somos tantos, para aproximarnos

a los ricos tenemos que trabajar;

pero si me dieran la fortuna

del más rico del mundo,

trabajaría para tener salud y no morirme de tedio

(…)

Hay un trabajo mínimo, sin el cual el hombre no

tiene salud,

se degrada física y moralmente.

Juan Bialet MasséInforme sobre el Estado de las Clases Obreras Argentinas

Capítulo I Micaela, 2013 (siglo XXI).

Un fósil arranca una historia casi verdadera

La verdad avanza y

nadie podrá contenerla.

Émile Zola

Cuando empecé con mi fantasía de buceo, jamás imaginé que terminaría acá, sumergida por subsistemas hidráulicos, acequias, acueductos, bocatoma, canales y hasta en el mismísimo Dique San Roque, iniciándome en la arqueología subacuática. Y menos aún, involucrada en esta búsqueda que no da respiro. Al fin y al cabo tengo apenas veinte años para estar metida en semejante despelote.

Todo empezó por aquel escandaloso incidente con ese enorme hueso que luego supe que estaba fosilizado. Bueno, en realidad, la culpa también la tuvo el tarado de mi primo, que nos dejó en medio del lago. Nosotras sabíamos nadar bastante bien, pero la costa era barrosa y estaba, aquel año, llena de algas. Cada fin de semana, cuando íbamos a nuestra cabaña de campo en Potrero de Garay, subíamos al bote de papá y nos metíamos en el medio del lago. Anclábamos y nos zambullíamos a nuestras anchas. Carreras, juegos, siempre a prudente distancia de la embarcación. El idiota de Carlitos no se animaba. ¡Qué se iba a atrever si apenas nadaba estilo flechita haciendo pie en la parte baja de la piscina! Grandote pavo. Porteño malcriado y pedante.

La primera mala noticia, aquel verano, fue que mamá había invitado a los tíos y primo a pasar unos días de vacaciones con nosotros. Puf. Gritos, berrinches, sopapos. Eran una familia ruidosa y desquiciada. Y eso que la nuestra tampoco era para la foto de portada de la revista “Secretos de una familia feliz”.

Todos lo llamábamos Carlitos aunque el grandulón tenía dos años más que yo, que apenas llegaba a los doce. Ese día, mientras nuestros padres dormían su rigurosa siesta, quiso venir con nosotras al medio del lago. Él haría de remero y se quedaría en el bote inventando consignas de juegos en el agua.

—¡Ahora alcancen la pelota de goma! —gritaba. Y nosotras nadábamos a brazo partido ¡a ver quién llegaba primero a tomarla y devolverla!

—¡Eh, cuidado! Guarda que ahí hay un tiburón ¡y las atacaaaaa! —decía el muy bestia. No le cerraba la idea de que en las sierras no hay mar sino lago. Y que en los lagos hay peces de agua dulce. Nosotras nos burlábamos mucho de él. “Cuidado con las rrrrrocas ¿viste, che?”, lo remedábamos arrastrando erres a lo porteño.

Tal vez por eso nos dejó en medio del lago. No sé, o quizás su imaginación citadina vio un monstruo, nomás. La cuestión es que el muy chistoso remó hacia la orilla de nuestro muelle, a las carcajadas y gritándonos:

—Naden che, naden. A ver cómo son de vivas ahora las cordobesitas… ja, juaaa.

Y nos abandonó a nuestra suerte.

Mi hermana Teli y yo nos miramos aterradas, sabiendo que estábamos con veinte metros de profundidad bajo nuestros pies. Tratamos primero de alcanzarlo, pero al ver que gastábamos fuerzas inútilmente, mi hermana tomó la mejor decisión — por algo es la más grande y la más linda, como se elogiaba a sí misma—. Mandona era, eso sí.

La orilla opuesta a casa estaba lejos, pero más cercana que la de nuestro muelle. Así que Teli me ordenó hacer la planchita un rato, descansar y luego nadamos hacia la costa más próxima, que estaba a unos cien metros.

La siesta rugía. Los brazos se me acalambraban. Mi hermana me esperaba. Me alentaba. Me recordaba las copas que habíamos conquistado en los torneos de natación del club Sol de Mayo. Yo quería llorar a los gritos y ella me impulsaba a seguir.

Cuando las algas de la orilla nos rodearon no sabía si festejar que al fin nos salvábamos o morirme definitivamente del asco al sentirme envuelta con esas plantas pegajosas y mugrientas. Teli me abrazó apenas pudo ponerse en pie.

El imbécil de Carlitos se doblaba de risa desde la otra orilla. No lo oíamos, pero imaginábamos las burlas y las carcajadas. Yo estaba exhausta. Teli, rabiosa.

Llegar a la costa fue una posta a la salvación, pues todavía faltaba llegar a casa, para lo cual debimos caminar bordeando el lago, cruzar el Puente del Medio y tomar el camino de tierra que terminaba en la entrada de nuestra cabaña. Casi dos kilómetros. Y todo eso descalzas, claro.

Piedras, espinas, llagas, quemaduras. Finalmente las algas sirvieron de ayuda. Cuando ya no pudimos dar un paso más, arrancamos mechones de algas y nos envolvimos los pies. Así, casi en estado de delirio por el dolor y el brutal sol que nos calaba todo el cuerpo, extenuadas como nunca, llegamos a rastras a la tranquera.

Carlitos estaba sentado sobre una gran piedra leyendo un comic y al vernos, volvió a reír y ufanarse de su gracia. Yo no pude más y me largué a llorar a pulmón partido. Pero Teli no.

Ella pareció recibir una inyección de energía desde el más allá, corrió y se abalanzó sobre Carlitos. Le partió el labio con la primera trompada. Y allí se armó una gresca infernal. Insultos iban, piñas venían, yo lloraba a los gritos. Aunque ambos eran corpulentos y de la misma edad, Carlitos era varón y pegaba como varón, encima se hacía el guapo, imitando a un boxeador de lucha libre y a puro arrebato rodaban por el suelo. Por un momento sujetó a Teli por los brazos e intentó darle cabezazos.

Recién con todo ese alboroto, los padres de ambas familias se asomaron, y al ver aquel sangrerío corrieron cuesta abajo para contener a Teli, que si bien recibía lo suyo del muy cabrón, daba pelea como una guerrera mítica.

Justo en ese instante me tropecé con aquella enorme mandíbula de animal —eso creí al principio— que resultó un arma casi fatal. La recogí del suelo, y para apoyar la causa de mi hermana, le pegué un huesazo en la cabeza al infame de mi primo que finalmente rodó bañado en sangre.

Mi papá me levantó y sujetó mi arma fósil en el aire. A mi mamá no le salían palabras ante el estupor de ver a sus niñas en semejante supuesto ataque contra el poooobre Carlitos. Mis tíos trataban de separarnos y proteger a su niño. Pero Teli, que no sé de dónde sacaba aún aire para seguir, contó los hechos tal cual habían sucedido.

Como en cámara lenta, recuerdo cómo los cuatro padres miraron nuestras heridas sobre los hombros ardidos, las piernas y los pies lacerados. “¡Es verdad! ¡Es verdad!”, gemía yo adolorida. Entonces mi tío se transfiguró, su cara de padre angustiado por lo que le estábamos haciendo a su criaturita se convirtió en una carota rabiosa. Agarró por los pelos a Carlitos y lo llevó a la casa a patadones en el culo y en plena subida.

Mamá y tía cargaron a Teli como en triunfal sillita de oro. Papá me alzó porque era evidente que ya no podía dar un paso más, pero cuando estuvo a punto de arrojar mi arma hueso al suelo, yo la tomé como trofeo.

Tuvimos que volver a la ciudad de Córdoba e ir al hospital para que nos curaran las profundas heridas. Nos pusieron vacunas antitetánicas, antibióticos y ungüentos. A mí se me hizo una ampolla que cubrió toda la planta del pie derecho. A Carlitos le cosieron la frente con cinco puntos. A Teli los moretones le iban de la gama de los lilas al verde. Mi mamá estuvo a Valium un mes, pensando en que podríamos haber muerto en medio del lago sin que nadie se enterara. Papá vendió primero el bote y luego también la casa. Mis tíos no regresaron nunca más a pasar vacaciones con nosotros.

De esa nefasta experiencia, y de los quince días en cama con los pies en alto y fantaseando en torno a ese hueso trofeo, nació mi pasión por los fósiles, primero, y luego por la arqueología en general.

¿De dónde habría salido aquella enorme mandíbula dura como piedra? ¿Cómo apareció así de repente en mi camino, en ese sendero que yo recorría de la tranquera a casa, al menos diez veces por día, cuando me mandaban una y otra vez a la despensa del pueblo, y jamás había visto? ¿De qué animal sería? ¿Apareció allí mágicamente? ¿Lo trajo otra bestia del monte esa misma siesta?

Con mi teléfono le tomé fotos desde todos los ángulos posibles. Busqué en internet. La curiosidad me estaba matando. O tal vez solo fue que no podía asentar los pies y el reposo me llevó a llenar su agujero de aburrimiento con más y más incógnitas.

Capítulo II Don Juan, 1894 (siglo XIX).

¡Se viene el Dique! ¡Se viene!

En verdad, los que han recorrido el mundo y

estudiado las construcciones, saben leer en ellas

el carácter y hasta el físico de sus autores.

Toscas son las construcciones druidas como ellos;

esbeltas, coloridas, finas y poéticas las moriscas,

como el pueblo que las hizo;

y el Dique San Roque

es rechoncho, fuerte y sencillo

y algo tosco como su autor. 1

Juan Bialet Massé

—¡Qué coño están haciendo otra vez estos tipos en mis tierras! ¡Carajo! —Francisco Olmedo, su antiguo y fiel capataz, acababa de llegar a la ciudad desde la Estancia Santa María, donde aún permanecía erguida la chimenea del horno principal de la que fuera su fábrica de cales hidráulicas, a avisarle sobre una nueva inspección. Esta vez no eran falsos ingenieros, sino los rematadores del Banco de Córdoba.

—Pues qué demonios quieren. ¿No les alcanza con haberme fundido? ¿Acaso no acabamos de pactar un concurso de acreedores? ¡Este país de chupasangres! ¿No tienen de sobra, ya, con entregarse con manos y pies atados a esos canallas ingleses, que les han vendido cales y cemento importados libres de tooooodo tipo de aranceles, cuando aquí los producíamos en La Primera Argentina? Estoy harto de estos mercenarios. ¡Me tienen hasta los cojones! — El viejo empleado no se atrevía a interrumpirlo, sabía que cuando montaba una rabieta de esas, mejor era hacerse a un lado.

—Más de un año estuvimos presos por el crimen de haber construido el Dique. ¡El mayor embalse artificial del mundo! ¡El primero en contener doscientos cincuenta millones de metros cúbicos de agua! ¡Doscientos cincuenta millones! ¿Escuchas Francisco? —seguía gritando—. ¡Y en la ruina quedamos! ¡Trece meses de padecimientos en la cárcel! Pues sí, claro que sí, como afirman esos infames, lo que quieren es derribar el Dique, para que no quede nada que venga de los Juárez Celman. ¡Bárbaros!

—Dejá de gritar como un loco y de prender cigarro tras cigarro, Juan. Parecés un tren a vapor, ¡vas a estallar! —Zulema lidiaba entre niños y labores domésticas, mientras trataba de tranquilizar a su esposo—. Con estos alaridos terminarás despertando a los pequeños.

Los ocho hijos del matrimonio —hasta ese momento— se hallaban en diversas habitaciones de la pensión donde habían ido a parar tras perderlo todo. Zuleika de tres años y el recién nacido, Marito Enrique, acababan de entrar en brazos de la siesta, hora sagrada de descanso para su exhausta madre.

Las adolescentes Zaida y Helima cargaron a la pequeña Zoe y desaparecieron por la puerta de la cocina que daba al jardín, con la excusa de ir a ver las preciosas mariposas monarcas que acababan de llegar en colonia a construir sus capullos. Detestaban oír las palabrotas del padre en esas ocasiones de ira. Las aterraba que los muchachos y las amigas, en la escuela y en las reuniones sociales hablaran de las rabietas y problemas referidos a su padre, que siempre eran el chismerío en los círculos de la alta sociedad cordobesa que ellas frecuentaban con madre, primas y abuelas, a pesar de la situación que estaban atravesando de momento. Al fin y al cabo, ser hijas del académico Bialet Massé y de doña Zulema Laprida Brihuega —nieta del mismísimo don Francisco Narciso Laprida, prócer de la independencia, y prima de Sarmiento— era motivo de intrigas y envidias. Si no oían gritar a Padre, aquello no estaba sucediendo.

Los muchachos en cambio, aprovechaban estos arranques paternos para agitar el ambiente. Amado, ya grandulón de dieciocho y el quinceañero Juan Bautista, se diputaban como trofeos los codiciados borradores de algunos planos del Dique para presumir conocimientos que solo tocaban de oído, robándolos de una maleta escondida bajo la cama matrimonial en la habitación contigua al salón donde don Juan seguía vociferando. En tanto, el pequeño Miguel intentaba completar sus pendientes tareas escolares para que lo dejasen salir luego a patear la pelota con sus amigos en la Calle Ancha; pero no lograba concentrarse, le encantaba aprender los siempre novedosos insultos del padre —“cojones”, le encantaba la palabra cojones— y se distraía con más gusto que de costumbre.