Una oferta irresistible - Margaret Way - E-Book

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Margaret Way

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Beschreibung

Después de haber puesto su rancho en marcha, Matthew Carlyle estaba preparado para formar una familia. Como tenía poco tiempo para cortejar a una mujer, puso un anuncio en el periódico y una de las respuestas le llamó la atención. ¿Por qué precisamente la bella e inteligente Cassie Stirling había solicitado ser su esposa? Aunque él la creía cuando ella le decía que deseaba casarse y tener hijos tanto como él, no se imaginaba a la rica heredera adaptándose a la vida de aquel aislado rancho entre las montañas...

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Margaret Way

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una oferta irresistible, n.º 1079- julio 2022

Título original: Mail-Order Marriage

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1141-074-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

CUANDO llegó a lo alto de Cresta Warinna frenó su yegua zaina al borde del precipicio. Ése era para él el mejor mirador que había en todo Jabiru. Desde esa cima se veía todo el rebaño diseminado por el valle de un verde esmeralda, brillante y maravilloso. Para que el valle se volviera así de exuberante sólo hacían falta unas gotas de lluvia. Sólo que esa vez el ciclón Amy había dejado cientos de litros a su paso; menos mal que el peligro ya había pasado.

Los Brahmans de rico pelaje, con sus características orejas caídas, sus papadas y sus jorobas no tenían que desplazarse a ningún sitio para pastar; la tierra a su alrededor estaba en perfectas condiciones gracias a que las crecidas habían cesado. Los pastos de aquel valle eran el alimento verde más nutritivo para criar y engordar a las reses.

Había que amar la tierra, pensaba Matthew, y la inquietud que lo embargaba cedió ligeramente mientras contemplaba las vistas cautivadoras. Aún hacía demasiado calor y había mucha humedad, pero una brisa ligeramente perfumada le refrescaba la curtida tez. Aunque tenía miles de cosas que hacer le costaba moverse de allí. Se quedó mirando un buen rato, empapándose de la fuerza de la tierra. Se sentía tremendamente orgulloso de Jabiru y muy satisfecho por lo que había logrado. No estaba mal para ser un hijo ilegítimo; aun así siempre le quedaría un gusto amargo en la boca.

Las distantes colinas, espolones de la Gran Cordillera Divisoria que separaba el interior de la franja costera de exuberante vegetación, eran de un color morado oscuro. Le producía un placer infinito contemplar la belleza de aquella tierra; al menos le compensaba por la soledad y el aislamiento. A veces por la noche, cuando cabalgaba largo rato bajo las estrellas, sentía una paz absoluta. Pero eso no le resultaba fácil a un hombre como él. Jabiru no era una propiedad elegante; se trataba de una operación comercial orquestada para obtener resultados.

La gente empezaba a interesarse por el ganado de Jabiru, pero le había costado años de trabajo. Pero en ese momento, cuando empezaba a saborear los frutos de su trabajo, no tenía a nadie con quien compartirlo. Siempre habían estado él y su madre solos, yendo de una ciudad a otra. Pero nunca se quedaban el tiempo suficiente para que llegaran a aceptarlos, hasta que habían llegado a la zona tropical del norte de Queensland, a más de mil quinientos kilómetros de donde habían partido, y donde nadie pasaba frío ni hambre.

Abundantes frutos tropicales caían de los árboles, una estupenda carne de vacuno se vendía por cuatro perras, tanto los ríos como el glorioso mar azul estaban repletos de pescado. Solamente el clima pasaba de ser paradisíaco a tórrido.

Cuando llegaron allí tenía doce años, una edad difícil para un niño. Bueno, al menos para él, que siempre protegía a su madre, lo había sido. Su madre, tan guapa pero tan tierna y vulnerable al mismo tiempo, había encontrado trabajo fijo en un pub. Marcy Graham, la mujer del dueño del bar, se había hecho cargo de los dos. Marcy era una mujer estupenda, con un corazón de oro. Durante un tiempo estuvieron viviendo en el pub hasta que Marcy les buscó un bungalow que pudieran permitirse a las afueras de la ciudad. Estaba algo aislado, pero era un lugar precioso, situado al borde del frondoso y misterioso bosque ecuatorial.

Le había costado mucho tiempo hacer amistades en el colegio de la zona. Tenía algo que hacía que los demás chicos mantuvieran las distancias. Para empezar un carácter de todos los diablos, sobre todo porque no aceptaba que nadie se burlara de su madre o de él. Y desde luego lo habían hecho constantemente al principio. Era alto y fuerte para su edad, con lo que sólo le había costado un par de peleas con algunos bravucones para que entendieran el mensaje.

Cuando cumplió catorce años y los esfuerzos del director del colegio empezaron a dar sus frutos, se dio cuenta que tenía fama de ser inteligente. No sabía cómo había ocurrido. Con tanto ir de un sitio a otro, había perdido muchas clases, pero cuando decidió concentrarse en ello lo hizo de maravilla. Se graduó con las mejores notas de todo el colegio, dándole así la oportunidad de escoger la universidad que deseara aunque las plazas estuvieran muy solicitadas. Maldita sea, podría haberse hecho médico, científico o abogado, sólo que no había dinero para eso.

Sólo que Matthew era un ganadero. Y, caramba, disfrutaba mucho en su profesión. Incluso cuando había trabajado como un esclavo se había sentido contento. No había podido hacer realidad los sueños de ir a la universidad, pero había unido su inteligencia al espíritu del luchador que llevaba dentro para soportar todas aquellas calamidades.

Fue Marcy la que le encontró un empleo de bracero en Luna Downs. El dueño estaba podrido de dinero y nunca estaba allí y el capataz era un cerdo completo. Les había hecho la vida imposible a todos los jóvenes, pero él les ajustó las cuentas a todos antes de marcharse.

Cuando fue lo suficientemente mayor compró un trozo de maleza con lo que en ese momento le pareció un crédito a un interés demasiado alto, que le concedió el banco de la ciudad. A pesar de su juventud, consiguió convencer al director del banco de que podría convertir aquellas tierras inexploradas en un productivo imperio ganadero.

Finalmente lo había vendido hacía tres años por una atractiva suma de dinero, y se había metido en Jabiru para luchar todo lo que hiciera falta.

Jabiru era propiedad de la familia Gordon. En sus buenos tiempos los Gordon habían poseído numerosas tierras de pastoreo, pero los tiempos habían cambiado. Jabiru estaba muy abandonada y cualquiera que conociera el negocio sabía que costaría un tremendo esfuerzo levantarlo y conseguir que volviera a funcionar. Pero todo el mundo sabía que a él no le asustaba el trabajo duro. Además, tenía a su favor que el viejo Gordon le hubiera tomado tanto aprecio.

Claro que, Gordon conocía la historia. Todo el mundo lo sabía. No había secretos en El Interior. Él era el vergonzoso secreto que intentaban ocultar. Era hijo de Jock Macalister; pero hijo ilegítimo. Algo difícil de esconder cuando incluso él sabía que era la viva imagen de su padre cuando era joven. Sir Jock Macalister, conocido como el padre de la industria ganadera, tenía tres bellas hijas pero jamás había concebido un varón. ¿No era una lástima? Ni siquiera tenía un nieto que heredara sus propiedades. Eran todas niñas. Quizá el de allí arriba le estaba ajustando las cuentas a Jock por su pasado deshonroso.

Su madre siempre le había jurado que Macalister jamás la había forzado. Podría haberlo hecho, puesto que recorría su imperio disfrutando del tradicional derecho del señor. Su madre, que entonces trabajaba en una de las haciendas de Macalister, aseguraba que lo había deseado tanto como él a ella. Sólo cuando se sospechó su relación, la señora, que era su superiora inmediata, la puso de patitas en la calle, dándole el dinero suficiente para marcharse bien lejos. Macalister era el jefe, un hombre cuya reputación debía ser salvada incluso por sus empleados. Ya estaba casado con la heredera de la familia Mondale y tenía dos niñas pequeñas en quien pensar. La madre de Matthew era joven y bonita, pero finalmente fue relegada al olvido.

Con él habría pasado tres cuartos de lo mismo de no ser por sus cabellos del color de un setter irlandés, las cejas negras como el carbón y esos ojos azules tan poco comunes. ¡Por Dios, incluso tenía el mismo hoyuelo en la barbilla! A esa ciudad del norte de Queensland no le llevó una semana desvelar su secreto.

Era hijo de Jock Macalister. Solamente los Macalister, ricos y poderosos, no querían aceptarlo. Jamás había visto a su supuesto padre en toda su vida, aunque lo hubiera visto a menudo en los periódicos o la televisión. En realidad no quería enfrentarse al viejo. Tan solo la edad de sir Jock le impedía darle una paliza.

Lo único que atormentaba a Matthew era una pena demasiado grande para describir con palabras. Su madre había muerto hacía dos años. Una noche salió a divertirse a la ciudad; una noche que terminó en tragedia. Su madre y su novio, que en realidad no era un mal tipo, tomaron una desviación equivocada. Conocían bien la zona pero inexplicablemente terminaron en un canal, crecido tras la lluvia. Ésos eran los peligros del alcohol. El coche con ellos dos dentro fue remolcado del fondo del agua al día siguiente, y Matthew tuvo que ir en el helicóptero de la policía para identificar los cadáveres.

—Debes entender a tu madre, Red —Marcy le había dicho, intentando consolarlo—. Siempre se sentía tan sola.

¿Sola? ¿Entonces él no era nadie? Había trabajado como un esclavo para poder ofrecerle una vida más cómoda a su madre. Llevársela al monte hubiera sido demasiado. Claro que, tampoco habría ido. Su madre amaba a la gente. Pero él siempre le había dado dinero para vivir. Cada semana hacía el trayecto hasta la ciudad con esa pinta de salvaje, el pelo y la barba largos, para ver cómo le iba.

Su madre había nacido en Inglaterra pero se fue con sus padres a Australia cuando era pequeña. Todo fue sobre ruedas durante unos años hasta que sus padres se separaron. Ella se quedó con su madre, que pasado un tiempo se volvió a casar.

Él adoptó el apellido de su madre, es decir, Carlyle y el nombre de pila era el del abuelo que tenía en Inglaterra. Pero nadie lo llamaba nunca por su nombre; todo el mundo lo llamaba Red. Solamente su madre lo llamaba Matty, incluso cuando medía casi un metro ochenta y tenía el cuerpo musculoso. Bueno, quizá un par de personas más como su antiguo director de escuela y la señorita Westwood, que le había enseñado a amar los libros. Los libros eran una gran distracción para un hombre que llevaba una vida tan solitaria como él. Aunque no era un monje. A veces salía con mujeres. Siempre había suficientes, pero elegía a las que estaban al tanto de la situación. No le tendía trampas a las vulnerables jovencitas, y siempre tenía cuidado de no dejar a ninguna embarazada. Eso habría sido seguir los pasos de su padre.

Matthew se pasó la mano por los espesos cabellos. El sol se reflejaba en la brillante superficie del arroyo y las charcas, lanzando destellos cegadores. En ese momento tenía cinco hombres trabajando para él, dos de ellos medio aborígenes. Eran excepcionales ganaderos y rastreadores que no cambiaría por los mejores peones de ninguna de las otras explotaciones. Y, además, tenían muy buen carácter, siempre dispuestos a bromear un rato, incluso después de un largo día de trabajo.

Lo que necesitaba era una mujer; una apropiada para él. ¿Pero cómo diablos iba a encontrarla? No tenía tiempo de salir a cortejar a ninguna. Trabajaba desde antes de salir el sol hasta que se ponía y llegado ese momento estaba demasiado cansado para meterse en el Jeep y conducir los casi doscientos kilómetros que lo separaban de la ciudad. Tenía ya treinta y cuatro años y su negocio prosperaba a ojos vista. Por esa razón había decidido fundar una pequeña dinastía propia. Empezaría de cero. No tenía un pasado que quisiera admitir. Su querida y llorada madre estaba muerta. Deseaba formar una familia y tener hijos; deseaba que su vida tuviera sentido. Lo único que no iba a hacer era forzar jamás a ninguna mujer o abandonar a ninguno de sus hijos.

Esa tarde, con una cerveza helada en la mano, se sentó en el porche de la modesta casa que él mismo había levantado en el rancho; mientras respiraba el aire perfumado se puso a pensar en su futuro.

El bungalow de una sola planta construido sobre la rica y fértil tierra tropical, estaba rodeado por una galería y cubierto por un tejado grande y umbroso. A él, que jamás había tenido un hogar de verdad, le parecía un milagro. Mientras se columpiaba en la mecedora se le ocurrió una maravillosa idea.

¿Por qué no poner un anuncio en el periódico? Los hombres de la frontera lo habían hecho en el pasado. De algún modo Jabiru era aún zona fronteriza. Si se ceñía a lo que de verdad deseaba en una esposa quizá ahuyentara a la aventurera de cabeza hueca o a la mujer que tan solo estuviera buscando un hogar.

La idea lo mantuvo ocupado mientras se preparaba una cena en absoluto desdeñosa. De vaca, por supuesto. Comía mucha carne y aunque los vegetarianos no la quisieran, la última vez que había visto al doctor Sweeney le había dicho que estaba totalmente en forma. Por ello iba a cenar un filete a la parrilla acompañado de una ensalada de verduras frescas.

No quería tomar la costumbre de comer comida basura o esos platos pre cocinados como hacían muchos hombres que vivían solos. Se sentó a una mesa bien puesta y surtida, vestida con un mantel a cuadros que Marcy le había comprado y con platos limpios y bonitos.

—Maldita sea, soy un tipo civilizado —se dijo.

Su madre, una mujer de modales refinados, lo había educado muy bien. No era capaz de ofender a ninguna mujer hablándole o tratándola mal. La buena cuna había triunfado. Algún día, cuando pudiera, buscaría a la familia de su madre en Inglaterra.

En ese momento un inmenso océano lo separaba de sus raíces. Sus abuelos maternos estaban muertos, eso lo sabía. Cuando pensaba en su madre, lo cual hacía a diario, se le partía el corazón. Sacudió la cabeza.

—Tengo que formar una familia, y eso significa una mujer. Una esposa.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

DEBERÍAN haber sido unas vacaciones perfectas bajo el azul y el oro de los trópicos, pero le faltaba algo. Cassie se daba cuenta que hacía mucho tiempo que no se sentía bien. Claro que, a nadie parecía importarle. Desde luego su madre, una mujer muy prominente en sociedad que se pasaba la vida de fiesta en fiesta, nunca la había querido. Cassie había tenido niñera casi desde el día en que nació; una niñera que llegó a querer hasta que Rose, que así se llamaba, se marchó cuando ella tenía siete años.

Recordaba perfectamente el día en que corrió al dormitorio de su madre con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Dónde está? ¿Por qué se ha ido?

—No seas pesada, Cassandra —le había dicho su madre, sentada en el tocador—. Por la razón más lógica; eres demasiado mayor para tener niñera.

—¿Pero por qué no hemos podido despedirnos?

Después de tantos años aún se le encogía el corazón al pensar en ello.

—¿Por qué? Pues porque no tenía ganas de presenciar uno de tus histéricos berrinches —dijo su madre con firmeza, dándole la espalda al espejo que triplicaba su elegante imagen—. Cassandra, te estás haciendo mayor y tienes que pasar a otra etapa. Vas a ir a un colegio interno. El St. Catherine es el mejor de todos. Espero que te vayas acostumbrando a la idea. Papá y yo vamos a hacer muchos viajes de negocios este año.

Pero aquello no era en absoluto cierto. Su padre era un rico hombre de negocios que se sentía vagamente incómodo con una niña pequeña. Aquel hombre alto y guapo a rabiar, pocas veces estaba en casa. Cuando veía a Cassie le acariciaba la cabeza con amabilidad y luego desaparecía de nuevo.

Ir a un colegio interno significó mucho para ella. Aprendía con rapidez y al final acabó pasándoselo bien allí. Hizo buenas amistades y se convirtió en una persona muy popular entre sus compañeras y sus profesores. El último año fue la mejor estudiante de su curso y a sus padres se les caía la baba. Gracias a sus pequeños éxitos se acercaron más a ella, expresándole el placer que sentían por sus logros.

En cuanto pudo, Cassie buscó a su querida Rose que vivía tranquilamente en un lóbrego apartamento. Al verse se abrazaron durante un buen rato reviviendo en ese gesto la pena de la separación. Le buscó un bonito piso a Rose; nadie podía impedírselo. Tenía dieciocho años y había heredado una sustanciosa suma de dinero de su abuela materna, que siempre la había defendido y que se sintió escandalizada cuando se la quitaron de en medio enviándola al internado. La abuela había muerto demasiado pronto. Ésta siempre había tenido diferencias con su hija, la madre de Cassie; pero fueron sobre todo por la niña.

—Quizá se parezca a mí, pero de verdad que no sé de dónde ha venido tu madre —solía decirle a menudo su abuela—. De algún otro planeta; un planeta muy frío.

La abuela la había convertido en una muchacha rica y eso era algo que a su madre no le gustó en absoluto. Le parecía un pecado terrible que su madre la hubiera excluido de la herencia, dejándole simplemente una colección de jade muy valiosa que codiciaba desde hacía tiempo.

Aunque en la universidad fue una magnífica estudiante, sus padres decían que eso era sólo para pasar el rato. Debía casarse y casarse bien. Su madre le presentó a unos cuantos hombres y encontró el ideal para ella. Dios mío, era horroroso. Fue en esa época cuando sacó fuerzas para enfrentarse a su madre. En vez de callarse, le dijo todo lo que tenía que decirle con una facilidad de palabra tremenda

—¿Qué quieres hacer conmigo, Cassandra? —le había gritado su madre, asombrada—. Me estás matando.

La única elección era marcharse de casa. De todos modos nunca la consideró su casa. Su madre y ella eran muy distintas. Su padre se mantenía al margen.

Los hombres con los que había salido eran en su mayoría mayores, más sabios, bien establecidos, pero muy a pesar suyo la llama de la pasión y del amor no había prendido con ninguno de ellos.

Ojalá pudiera tener un par de brazos fuertes que la consolaran, que pudiera mirar a un hombre con amor y respeto. ¡Pero no eran más que sueños! Rezaba para que si alguna vez era madre pudiera saber amar.

Cassie se dio cuenta que hacía demasiado calor. Se levantó lánguidamente del asiento abatible. Un baño más en la piscina natural y ella y Julie podían ir pensando en comer. Quizá fueran a ese precioso restaurante italiano situado en lo alto de una colina con vistas al océano. El marisco en aquella zona era de primera calidad, desde las aguas del arrecife directo a la mesa. Además, le encantaba la pasta.

De las dos amigas ella era la cocinera; su amiga Julie nunca había sido demasiado casera.

El padre de Julie, director de una consultoría, era un hombre encantador. Su madre, que participaba en muchas actividades con fines caritativos a parte de las fiestas, también era encantadora. ¡Qué suerte la de Julie!

En ese momento, ella y Julie estaban de vacaciones en un rincón tropical, en un lugar paradisíaco. Debían de haber llegado días antes, pero el ciclón Amy se lo había impedido. Tuvieron que esperar un mes antes de que las cosas volvieran a la normalidad y el tiempo fuera de nuevo glorioso.

—¿Por qué no probamos el pub? —le sugirió Julie mientras iba conduciendo por la carretera de la costa—. Hay una terraza muy bonita en la parte de atrás y se supone que la comida es muy buena. Caramba… —volvió la cabeza para admirar los espléndidos productos que una de las granjas locales exponía al borde de la carretera—. ¿Has visto el tamaño y la variedad de la fruta tropical? La mitad de las cosas no las he visto en mi vida.

Cassie se irguió en el asiento, pálida.

—¡Dios mío, Julie, ten cuidado!

Un vehículo familiar se acercaba a ellas con rapidez y Julie, que conducía un BMW de alquiler iba por el medio de la carretera.

—Lo siento —le contestó Julie colocándose bien en el carril.

—Creo que conduciré yo —dijo Cassie firmemente.

Julie había tomado la costumbre de volver la cabeza para mirar el paisaje en vez de fijarse en la carretera. Y lo hacía mucho más allí, donde el paisaje era asombrosamente bello y la carretera de la costa tenía a un lado exuberantes arbustos de buganvilla blanca, como la espuma de la cresta de las olas, y del otro el azul cristalino del paisaje marino.

—Deténgase, señorita —dijo, imitando la voz de un policía de tráfico—. Inmediatamente —quizá la vida no fuera siempre maravillosa, pero no tenía ganas de acabar cayendo por uno de esos precipicios.

Estaban ambas al borde de la carretera, listas para cambiarse de sitio, cuando un todo terreno polvoriento se detuvo junto a ellas.

—¿Todo bien? —el conductor, un hombre, agachó la cabeza para mirarlas.

Cassie, que inexplicablemente se puso nerviosa, se quedó clavada en el sitio; Julie, sin embargo, dejó escapar una exclamación de sorpresa.

—¡Vaya!

—¿Disculpe?

El hombre arqueó una ceja con gesto burlón y divertido al mismo tiempo.

Cassie fue la primera en reaccionar.

—Estamos bien, gracias —dijo soltando el aire mientras intentaba sobreponerse a la asombrosa turbación. Sólo iba a ponerme yo al volante.

—Bueno, tengan cuidado entonces —unos ojos de color azul brillante buscaron su mirada—. La próxima vez no se detengan tan cerca del borde. Ha llovido mucho y podrían resbalarse.

—Muchas gracias —dijo Cassie, que sacudió la cabeza con rapidez, preguntándose por qué se sentía así.

—De nada.

El motor del todo terreno se puso en marcha haciendo un ruido tremendo; el hombre se despidió agitando la mano y se marchó.

Ambas amigas se quedaron en silencio unos segundos más y luego Julie explotó extasiada.

—¿Te has fijado Cass? Estoy segura de que es el tipo más guapo que he visto en mi vida. Con ese pelo rojo oscuro, la piel cobriza, las cejas negras y los ojos azules más bonitos de todo el planeta. ¿Dónde demonios ha estado metido hasta ahora?