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"En un lejano pueblo al este del Imperio austrohúngaro nace Rudolf, mientras Chile se involucra en el conflicto bélico del Pacífico. El niño crece y se traslada a Breslau, una ciudad de cultura alemana donde llega a ser propietario de un hotel después de muchas vicisitudes. Participa en La Gran Guerra volviendo a su familia condecorado por su heroísmo. Su mujer, Lotte, y sus hijos Steffi, Frida y Ernesto gozan de un bienestar que se ve interrumpido por el advenimiento del nazismo. Chile pasa por una época de bonanza debido a la industria y exportación del salitre. La clase media surge y crece. Arsenia, una porteña nacida en Valparaíso, está rodeada de tragedias familiares y apuros económicos, sin embargo logra éxito en su vida basándose en el esfuerzo e inteligencia. La persecución nazi en Europa obliga a los Rosencranz a tomar decisiones en un futuro que se ve incierto. Unos terminan víctimas del Holocausto, otros huyen al este y Ernesto, el menor de los hermanos, se traslada a Sudamérica. Su vida en Valparaíso se ve coronada por la unión en matrimonio con Arsenia y juntos forjarán su destino. Terminada la Segunda Guerra Mundial se logra traer a Chile a[…]" Fragmento de: Rodolfo Rosenfeld Villarreal. "Unde venio De donde vengo". iBooks.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Unde Venio DE DONDE VENGO © 2016 Rodolfo Rosenfeld Villarreal Primera edición: agosto 2016 Diseño de portada: Lotty Rosenfeld V. y Studiodigital Edición electrónica: Sergio Cruz Impreso en Andros Impresores Hecho en Chile / Printed in Chile ISBN: 978-956-362-726-8 Registro de propiedad intelectual: 267.827 Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna por ningún medio sin permiso previo del editor.
Agradezco la valiosa contribucióna la corrección y edición del textoa mi hija Danielay a mi hermana Lotty,quienes hicieron posiblellevar mi proyecto a buen término.
Raza judía, carne de dolores,Raza judía, río de amargura:Como los cielos y la tierra, duraY crece tu ancha selva de clamores.Gabriela Mistral
Ya no nevaba tan intensamente, pero la lluvia convertía las calles del pueblo en un lodazal. Nadie circulaba por las afueras. Solo se vislumbraban tenues luces desde algunas ventanas de las casas que se alineaban a ambos lados de la calle.
De pronto un grito desgarrador irrumpió en el silencio. Era Raquel, quien yacía sobre un camastro y volteaba la cabeza con desesperación sobre la almohada empapada en sudor. Su vecina Sara, conteniéndola mientras le acariciaba el abultado abdomen, decidió que era hora de ir por ayuda. Envolviéndose en su pesado abrigo, abrió la puerta y salió rauda en dirección a la última casa del pueblo, la de la matrona.
Esquivando las tediosas goteras e inclinándose para no golpear la cabeza con el bajo techo de la casa, Sara guió a la mujer de caderas anchas hacia la habitación.
—Necesito agua hervida, una sábana grande y un par de tijeras —dijo la partera.
En la cocina, Isaac se paseaba intranquilo y aspiraba con fuerza su pipa ya apagada sin lograr comprender el interminable sufrimiento de su esposa. Estaba en eso cuando escuchó un llanto agudo e intenso, que no era más que el de su hijo recién llegado al mundo. Entró a la habitación y vio a Raquel envuelta en frazadas de lana cruda. Sintió intensos escalofríos que no supo si se debían al alivio o a la alegría de ver por primera vez a su primogénito. Una gruesa lágrima corrió por su mejilla mientras la matrona, luego de asearlo y envolverlo en una cobija, lo puso en el pecho desnudo de su mujer.
Isaac no podía contener la emoción ante esta escena porque para él era diferente: se hacía realidad el hecho de que su descendencia aumentaría el número de judíos en el exilio. Y deseó con todas sus fuerzas que la criatura se convirtiera en un eslabón más de la cadena que algún día llegaría a la tierra prometida.
—¡Mazel Tov!1 —gritaron los inquilinos del pequeño hostal donde había nacido Rudolf, lo que prontamente se vio coreado por otros vecinos que se acercaron a participar de la buena nueva.
Isaac y Raquel vivían del arriendo de tres habitaciones del segundo piso de su morada. Otorgaban comida y hospedaje a los empleados de mayor rango de la mina contigua. La casa, de madera envejecida y con evidente falta de pintura, poseía un amplio altillo sobre el establo, que crujía aun sin caminar sobre él. El primer piso, con un ambiente que unía el comedor con el estar y la cocina, antecedía al dormitorio de los Rosenkranz. Su única ventana daba a un patio trasero atestado de utensilios en desuso y cajones de mercadería amontonados en desorden. Un poco más allá escarbaban el escaso forraje, una vaca escuálida que algo de leche proveía y un caballo alazán, rara vez empleado como medio de transporte. Los beneficios que otorgaban los animales con el calor que emanaban al segundo piso, generalmente habitado por los inquilinos de turno, justificaban plenamente su permanencia, sobre todo durante los duros meses de invierno.
En 1879 Wieliczka subsistía del trabajo que generaba la mina de sal bajo aquel vasto territorio de Europa. Muy cerca, Cracovia era la gran ciudad que la mantenía conectada con Galitzia. El pueblo de Wieliczka tenía una avenida principal y varias callecitas que convergían a ella o se alejaban en forma diagonal y más bien caótica. La pequeña iglesia y la plaza con el edificio del mayorazgo, correo y estación de policía eran el centro de la civilidad.
En calles aledañas, primaban los galpones rectangulares con una puerta, varias ventanas y una chimenea siempre humeante. Los albergues para los mineros, que venían de todas partes a cambio de un salario mezquino pero suficiente, constaban de una larga corrida de camas y camarotes con un pasillo central. Sin embargo, muchos de los mineros vivían en la misma mina, tratando de hacer de los espacios de esta enorme cavidad labrada en el interior de la tierra, un hogar. Con el tiempo llegaron a construir una ciudadela con casas, habitaciones e incluso una catedral que sería una de las maravillas de la época.
Los Rosenkranz, ajenos a toda la vorágine del quehacer de la mina y sus trabajadores, vivían calladamente de lo que les otorgaba el arriendo de sus habitaciones y la cocina de Raquel, que también surtía a otros clientes de la vecindad.
—Raquel, ¿cuándo me vas a hacer nuevamente esa sopa de matze2 tan deliciosa? —le comentaba Aarón, el policía, mientras pasaba frente a su puerta camino a la estación.
La circuncisión de Rudolf la efectuó el mohel3 de un pueblo vecino, aun cuando no se pudo juntar a los doce testigos para presenciar el ritual del brit milá.4 Los judíos eran una minoría en este lugar mayoritariamente católico.
“Rudinko”, como le decía su madre, consiguió pasar el crudo invierno, lo que era un desafío en esa fría y remota región. Así transcurrió su niñez como feliz hijo único. Juguetes de madera y algunas mascotas como tres gatos, dos perros y, por supuesto, la vaca y el alazán, le hacían compañía cuando su madre cocinaba y su padre, ausente e indiferente, lo miraba de reojo.
Un día de verano, mientras Rudolf conversaba animadamente con su gato, su padre lo llamó con voz temblorosa ordenándole pasar a ver a su madre quien estaba postrada hacía semanas con una fiebre incontrolable. Raquel reposaba con los ojos entreabiertos y su cabellera revuelta. Su piel delgada y grisácea hacía resaltar aún más su delgadez. Rudolf por poco no la reconoció y solo atinó a acercarse al lecho con cierto temor. El tifus cobraba otra víctima.
—Rudinko, cuida a tu padre —le murmuró ella.
Y él, a su corta edad, no comprendió el significado de las últimas palabras pronunciadas por Raquel. Solo escuchó los sollozos de su padre a sus espaldas.
La Monarquía de los Habsburgo reinó sobre Galitzia y Lodomeria de 1772 a 1790 y luego sobre el imperio austrohúngaro hasta 1916 en esa región de Europa Central, que actualmente corresponde a Polonia y Ucrania. La vida rural, empobrecida por las condiciones del terreno pantanoso, el clima hostil y el sistema semifeudal de la economía monárquica, hizo que la población buscara horizontes por la vía de la migración interna, que comenzó en 1880 y duró hasta 1916. Esta se hizo hacia Ucrania, donde se fundieron judíos, polacos, alemanes y rusos en una amalgama de culturas. El intercambio hacía imposible diferenciarlos en cuanto a idiomas, costumbres y tradiciones.
Wieliczka y su mina de sal era un territorio privilegiado que daba trabajo a obreros emigrados del campo, convirtiéndose en un estado de gran densidad poblacional. Rudolf creció en este pequeño pueblo de gran actividad. Caminaba largas horas por los senderos enlodados en invierno y polvorientos en verano para llegar a la casa del ayudante del rabino, quien lo preparaba para su Bar mitzvá5 enseñándole las letras del alfabeto, los números y sus operaciones básicas. Si se topaba con algún caminante, podía comunicarse en algo de alemán, ruso o polaco, idiomas con que se daba a entender al igual que la mayoría de los habitantes de la zona. A estos se sumaba el yiddish6 como lenguaje base de la casa.
Su padre, poco preocupado por la educación de su hijo después de la muerte de Raquel, vegetaba hasta la paga de sus arrendatarios, que alcanzaba suficientemente para una vida sin carencias básicas. Dormía, bebía mucho y había dejado de celebrar Shabat7. Rudolf se ausentaba de casa libremente para juntarse con amigos, visitar al maestro o pasear y observar el febril movimiento que se generaba en los alrededores de la mina.
A los 13 años de edad, Rudinko era un muchacho inquieto, que no soportaba el ambiente pasivo de su hogar ni tampoco la visión poco ambiciosa de su padre. Con sus dos grandes amigos, Moisés y Juan, formaban un trío con intereses similares. Los tres querían salir de la inercia sin rumbo de aquel pueblo que vivía de la mina explotada desde hacía ochocientos años. Moisés era dos años mayor y ya había hecho su Bar mitzvá. Juan era el menor y se preparaba para su Primera Comunión, haciéndosele difícil explicar a sus amigos que este acto religioso católico era diferente al Bar mitzvá, pero algo tenía que ver con el contacto con Dios.
Curiosos, Rudolf y Moisés un día pidieron a Juan asistir a la iglesia para ver cómo se instruía a los niños para ese evento. Entraron al recinto de techos altos, velas encendidas y olor a incienso. Les impresionó el silencio ambiental, que contrastaba con el bullicio de las conversaciones entre los asistentes a la sinagoga. Después de recorrer algunas filas de asientos vacíos, llegaron a una esquina cerca del altar donde había siete niños que escuchaban con atención las palabras vertidas por un cura de baja estatura vestido con sotana.
—Dominus vobiscum —decía.
—Et cum spiritu tuo —contestaban los pequeños a coro.
A Rudolf le agobió tanta solemnidad y decidió salir de la iglesia y esperar a sus amigos afuera. Se sentó en un banco de la plaza a ver pasar la gente que se dirigía con prisa a distintos lugares. Le llamó la atención que los mineros que salían de la mina con paso cansino, ojos hinchados y boca seca, fueran directamente a los dos bares que existían en el pueblo. Notó que esto constituía una conducta repetida y común en ellos.
Ese verano de 1893 se caracterizó por los calores inusuales. Una tarde, Rudolf caminaba sin rumbo, pateando las piedras sueltas en el camino, cuando divisó una densa multitud desplazándose hacia él. Se encontraba en la entrada principal de la mina. Los mineros salían de ella en estampida con el ulular de una sirena de baja intensidad que se escuchaba en la lejanía. Caminaban con la vista perdida ignorándolo al pasar, incluso atropellándolo. De pronto, su tío Jacob, hermano de su madre, lo reconoció y revolviéndole afectuosamente el pelo enmarañado le dijo:
—Rudinko ¿qué haces aquí?
—Solo paseaba mi aburrimiento —contestó él.
—Te acompaño hasta el bar y de ahí sigues a tu casa —dijo Jacob.
Caminaron en silencio parte del trayecto, hasta que Rudolf le preguntó:
—¿Por qué tus compañeros salen tristes del trabajo? Debieran estar felices de volver al descanso en compañía de sus seres queridos.
Jacob lo miró, esbozó una leve sonrisa y le dio la charla de la vida vacía y rutinaria del minero, aduciendo a múltiples razones que Rudolf no logró comprender del todo. Al llegar a casa se recostó y rogó que la temperatura bajara unos grados, cosa que no ocurrió durante toda la noche.
A la mañana siguiente se juntó con sus amigos para dirigirse a la viña de la familia de Juan administrada por su hermano mayor. Habían prometido fabricar un espantapájaros con ropas viejas, palos y paja seca. Los chorlitos y gorriones se estaban comiendo las uvas de las centenarias vides que por generaciones habían sido el sustento de la familia Schwedrewitz.
Después de caminar algunas horas, llegaron a una bodega que expelía un persistente olor. Allí se guardaban los orujos después de prensar el vino. Esta pasta se disolvía en agua y se destilaba por calor en alambiques, dando origen a un agua cristalina de alto grado alcohólico pero sin el bouquet del vino fino. La bebida no era muy apetecida y se elaboraba para descartar el alcohol del hollejo que luego comerían los animales.
—¿Qué hacen con ese alcohol? —preguntó Rudolf.
Juan se encogió de hombros mientras buscaba ramas secas entre los escombros y las orillas de la murallas de la bodega. Moisés clavó dos palos largos en forma de cruz y el espantapájaros tomó forma. Mientras lo vestían con harapos y le pintaban la cara, Rudolf pensó en los mineros. Los imaginaba saliendo de la mina con un gusto salobre en las bocas y yendo directo al bar. ¿Y por qué no proporcionarles el aguardiente justo a la salida de la mina y de pasada ganar algo de dinero?
De vuelta en casa les comentó su idea a sus amigos, quienes entusiasmados quedarían de preguntar al hermano de Juan cómo hacerse del aguardiente.
En cooperación con el ejército de cosacos, Alejandro III continuaba con los pogroms8 imputando a los judíos de la debacle económica de Rusia. Desde el asesinato de Alejandro I los shtetlech9 sufrían de saqueos y asesinatos en masa, culpados de algún desacierto del gobierno o crisis de cualquier origen.
Los campesinos polacos empezaron a surgir con cierto bienestar y la burguesía de pequeños pueblos dio origen a algunas familias acomodadas y envidiadas por los rusos sumidos en la pobreza.
La viuda Lustbader y su hija Charlotte vivían en una casona al final de la calle principal de Lemberg, capital de la provincia de Galitzia. Un día al atardecer, mientras tomaban un borsch algo tibio, escucharon el ruido ensordecedor de los cascos de caballos que golpeaban el empedrado.
—¡Pogromchikes! —gritó la viuda.
Tomó a Charlotte del brazo y salieron hacia el patio posterior, cruzando la verja que las separaba de la estación de ferrocarril.
—Mamá, ¿qué sucede? —preguntó la asustada niña empujando los bucles rubios de su rostro con una mano temblorosa.
—Shhhh —replicó la madre—. Le dije a tu padre, que en paz descanse, que no era apropiado venirnos a Polonia desde Alemania, pero él insistió debido al éxito que estaba adquiriendo la burguesía acá.
Siguió hablando sola en voz baja mientras se escuchaban golpes, ruidos de cristales rotos y gritos por doquier. De pronto, un tren que despedía vapor por todos lados se detuvo en la estación, momento que aprovecharon para subirse a un carro y permanecer recostadas en el suelo. El inspector, al verlas y comprendiendo la situación, les dijo que permanecieran sin moverse. El maquinista, al percatarse de la caótica situación del pueblo, decidió continuar la marcha y de paso recoger a algunos despavoridos judíos que huían solo con lo puesto.
Rudolf vendía con éxito aguardiente a la salida de la mina “A 10 coronas el vaso”. Pregonaba y servía a los hombres que hacían fila, desde una tinaja que Moisés ayudaba a vaciar con un gran cucharón. Entre 250 y 300 coronas hacían al día que luego repartían entre los Schwedrewitz y ellos. Esto era suficiente para lograr una ganancia que supliera, en parte, las mermadas entradas que dejaba el cada vez más deteriorado hostal por falta de mantención y cuidado de parte de su padre.
Un día de otoño, con un cielo poblado de nubes grises y algunos espesos cúmulos blancos que se movían a gran velocidad, Rudolf volvía de su clase preparatoria para su Bar mitzvá cuando avistó un grupo de personas andrajosas que caminaban hacia las barracas. Algunos se asomaban a la ventana para comentar:
—Son los sobrevivientes que escaparon del pogrom de hace una semana en Bielorrusia.
Rudolf fijó la vista en una señora que llevaba de la mano a una linda niña rubia. Ambas, que sobresalían del resto por estar bien vestidas, lo miraron en forma insistente como preguntándose “¿dónde estamos?”.
—Mi padre tiene un hostal que podría servirles de refugio —les dijo Rudy.
Las separó del grupo conduciéndolas a una esquina oscurecida por una larga sombra. La señora recogió su largo vestido y de la bastilla sacó unas monedas de oro diciéndole:
—¿Bastará con esto?
Rudolf asintió.
Ambas se acomodaron en la única habitación disponible. Isaac, por su parte, no demostraba ningún entusiasmo en estos nuevos inquilinos aportados por Rudolf, pero este se entusiasmaba de tener cerca a la hermosa niña de bucles dorados.
Finalmente llegó el día tan esperado del Bar mitzvá. Habiéndose aprendido su alocución, se dirigió a Cracovia vistiendo su nuevo traje comprado con las ganancias de la venta de aguardiente. Montado al anca del alazán guiado por su padre, llegaron a la sinagoga y saludaron a los asistentes al evento.
—Shabbat Shalom —replicaban al encontrarse entre ellos.
Rudolf ascendió al altar y junto al rabino comenzó:
—Baruj Atá Adonai, Eloheinu Melej Haolam…10.
Todo transcurrió según lo planeado, con su padre acompañándolo en esta oportunidad con un dejo de emoción. Terminada la ceremonia, sus amigos Moisés y Juan lo abrazaron felicitándolo con alegría mientras compartían panes dulces y jugos en el patio del templo.
El regreso al pueblo se hizo con premura, ya que la noche se hacía presente y la oscuridad dificultaba el viaje. Los inquilinos esperaban al joven con una pequeña sorpresa organizada a instancias de Charlotte y su madre, quien insistía en hablar en alemán y no en yiddish para demostrar su alcurnia. Bailaron y cantaron hasta tarde, retirándose a sus aposentos cansados pero felices de compartir lo que unía en estas fiestas al pueblo judío, sin importar diferencias sociales ni culturales.
El otoño ya se insinuaba con días más cortos, noches frescas y aire seco. Lotte le enseñaba a Rudolf a cocinar exquisiteces de la comida judía sin adscribirse mucho a la tradición kosher11, ya que se consideraba una alemana culta y liberal como su madre. Rudolf, como buen alumno, viendo que esta experiencia podría servir para mejorar la atención de los pasajeros del hostal, sacó gran provecho de su aprendizaje.
El jovencito solía dar largos paseos por el campo con Charlotte, donde le contaba sus sueños de hacer del hostal un gran hotel y de cómo sus ganancias, con la venta de aguardiente, contribuirían a ello. Lotte admiraba su actitud visionaria, tan bien elaborada en un niño que pensaba como adulto y que seguía haciéndola sonrojar cada vez que la miraba a los ojos.
La madre de Charlotte seguía quejándose del lugar donde vivían, alegando que ella no pertenecía a ese pueblo perdido ni al lugar donde residían. Le molestaba la presencia de animales en el recinto, la frialdad de las habitaciones sin arreglo y el escaso aseo.
Hacía unos meses había escrito a una pariente en Breslau para ver la posibilidad de trasladarse a esa ciudad de fundamento y cultura germana. Al no recibir respuesta andaba de mal humor, y cada vez que pasaba el cartero corría con ansiedad a solicitar la correspondencia.
Finalmente, un día de noviembre llegó la anhelada misiva. Esto logró que su hosquedad se disipara y la alegría tomara lugar al saber que sería bien recibida. La vorágine de la partida hizo que todos participaran afectuosamente en los preparativos, menos Rudolf que veía con tristeza el alejamiento de su amiga Charlotte.
La estación de ferrocarriles de Cracovia, hundida en el vapor de las locomotoras y el olor a carbón quemado, le dejaría a Rudolf un recuerdo amargo por muchos años.
La migración interna entre la alta y la baja Silesia se producía hacia todos los sentidos entre Berlín y Praga. En 1899, frente a la llegada del nuevo siglo, la agricultura estaba en crisis y las ciudades crecían con la instauración de grandes fábricas para abastecer a los ciudadanos de sus requerimientos.
Rudolf, a sus diecinueve años, ya era un joven maduro, y su experiencia de vida le había formado un carácter enérgico. Su baja estatura y su tendencia a engordar no lo amilanaban en su predisposición a mirar el mundo con optimismo y agresividad intelectual. Su cabello rojizo y su naturaleza jovial tampoco lo hicieron pasar inadvertido durante sus años de estudio en el Gymnasium de Cracovia.
Su padre había muerto a consecuencia de una tuberculosis pulmonar. La venta del hostal y los ahorros del negocio del aguardiente le habían permitido trasladarse a Cracovia para terminar su educación. Vivía en una pensión barata en Kazimierz, sin que sus contertulios y compañeros de estudio notaran que poseía una pequeña fortuna guardada para ser utilizada en su futuro.
Comerciantes, vendedores ambulantes y simples viajeros en busca de mejores oportunidades poblaban los caminos. Fue allí donde Rudolf vislumbró su oportunidad de instalar un hostal de buen nivel. El alquiler de habitaciones por hora también sería una buena ocasión de sacarle mayor provecho. Sin dejar de pensar en Charlotte, su destino sería Breslau, donde sabía se encontraba ella y donde idearía cómo conquistarla.
Terminada la fiesta de graduación celebrada con cerveza traída de Pilsen, cánticos alusivos al Gymnasium y algo de borrachera, Rudolf se retiró a su pieza. Al día siguiente, después de ingerir una sopa de tomates para espantar la resaca, armó su maleta y puso a buen resguardo sus monedas de oro, ya que los zloty variaban su valor según la época. Bajó las escaleras desde su habitación al primer piso y se encontró cara a cara con el administrador.
—¿Te vas tan luego después de la fiesta? —le preguntó este.
Rudolf se sumió en una larga explicación del porqué de su decisión para que nadie entrara en sospechas de su extraña conducta.
—Mi familia requiere de mi presencia, ya que están recién instalados en Breslau y la agricultura no alcanza como medio de subsistencia —mintió con convicción—. Usted sabe que pasamos por tiempos difíciles y el costo de mi estadía aquí significó un gran sacrificio —dijo mientras pagaba su última cuota de arriendo.
—¿Y cómo te irás?
—En tren, y no se preocupe ya que la estación está cerca. Solo me queda agradecer todas las atenciones brindadas durante mi estadía —replicó con emoción—. Escribiré para contarle mis experiencias como hombre de trabajo y espero usted me mantenga al tanto del funcionamiento de este pensionado —espetó Rudolf mientras en forma apresurada daba un abrazo y un firme apretón de manos al hombre que había sido su guardia, padre y amigo durante tres años.
Emocionado, caminó unas cuadras, con dificultad. Su maleta se hacía a cada paso más pesada y el torso se le arqueaba por la mochila que colgaba en su espalda. La mañana estaba fresca pero luminosa. Solo se escuchaban algunos golpes que las dueñas de casa daban a las alfombras colgadas de sus balcones para sacarles el polvo. Un perro lo siguió hasta la estación de trenes, donde le fue inevitable recordar el momento cuando había despedido a Lotte.
Sentado en un asiento de tercera clase pero con ventana, inició un viaje que duraría seis horas, atravesando diferentes ciudades. Rudy admiraba el paisaje de Katowice y los bosques de Zabiza y Opole. No dejaba de soñar en sus planes mientras, con los ojos semicerrados por el cansancio, veía pasar a gran velocidad los postes y el verdor de los campos.
De pronto el tren empezó a disminuir su velocidad y emitió un silbato que hizo volar una veintena de patos de una laguna cercana. Al cabo de unos minutos apareció el río Oder, con su magnificencia y fluir lento, en cuyas orillas se apreciaban algunas casas dispersas. Estaba llegando a Breslau. Los rieles corrían un largo trecho que bordeaba el río y las casas se hacían cada vez más continuas hasta que aparecieron calles colmadas de carruajes y paseantes.
Rudolf abrió su ventana y sacó su torso por ella. A lo lejos divisó dos torres paralelas que sobresalían sobre los tejados.
—¿Qué es ese edificio? —preguntó a la señora que viajaba en su asiento vecino y que no había abierto la boca en todo el viaje dedicándose solo a comer pollo y huevos duros.
—La Catedral de Breslau —replicó en voz baja, tal vez por timidez o desconfianza, pensó Rudolf.
El tren se detuvo finalmente en la Pilsuds-Kiego Bahnhof, una estación no solo diez veces más grande que la que lo vio partir, sino que con un frenético movimiento de pasajeros. Oscurecía y Rudolf caminó por calles tenuemente iluminadas con lámparas de gas. Llegó a una gran avenida con mejor iluminación y se abocó a buscar un lugar donde pasar la noche. La Tashenbastian Promenade era un paseo obligado a toda hora y allí encontró un hostal con paredes pintadas de rosado y ventanas de verde que denotaba pulcritud.
Su habitación daba al patio interior y se encontraba en el segundo piso. Una cama, un ropero y una mesa de luz sobre una alfombra vieja, pero limpia, era todo el mobiliario. Se recostó y se quedó dormido con la ropa puesta hasta la mañana siguiente.
Ese día amaneció nublado y con viento Este, lo que anunciaba lluvia. Se abrigó con un viejo sobretodo y salió a recorrer la ciudad. Había pocos transeúntes ya que era muy temprano, y entró a un café donde se sirvió un té caliente y una salchicha como desayuno.
Viadrina, una fraternidad de estudiantes judíos fundada en 1886 como reacción al sentimiento antisemítico imperante en las organizaciones estudiantiles, era el destino perseguido por Rudolf en Breslau. No le fue difícil encontrarlo, solo tuvo que entrar a una tienda de sombreros llamada Salomon Frankel y preguntar, en yiddish, por la dirección.
Caminó unas seis cuadras mientras empezaba a lloviznar cuando se enfrentó a un edificio antiguo con la pintura descascada y las ventanas sucias. Tocó el timbre chicharra y la puerta se abrió al descorrer el pestillo tirado por una larga cuerda que subía por la muralla paralela a la escalera, y que comenzaba su primer escalón en el umbral de acceso. Arriba lo esperaba una vieja regordeta que lo miró fijamente mientras se limpiaba las manos en su delantal.
—¿Qué se le ofrece, joven? —preguntó en un alemán con acento extranjero.
—Acabo de llegar a la ciudad y necesito orientación en cuanto a estudios o trabajos —dijo Rudolf en voz baja y algo temeroso.
Ella, sin contestar, le pasó un formulario que sacó de un estante y espetó:
—Llénelo.
Rudolf contestó casi todas las preguntas con un pequeño lápiz grafito que siempre llevaba consigo, y al entregar el papel de vuelta a la vieja, ella dijo, en yiddish:
—Vuelva mañana.
Rudolf volvió sobre sus pasos y ya llovía con cierta intensidad. A su alrededor varios transeúntes corrían a resguardarse bajo los aleros de los edificios y los frondosos árboles circundantes. Pensó “¿qué me deparará el futuro?”.
Pasaron algunos días en que, acostado en su camastro, pensaba y pensaba en qué decisión debía tomar: seguir estudiando en la famosa politécnica de Breslau o trabajar el dinero que poseía para incrementarlo y así ser “digno” de Charlotte.
Solía frecuentar la costanera, donde se imaginaba se la toparía algún día. “Era cosa de tiempo no más”, se repetía. Hasta que el momento llegó una calurosa tarde de junio. Se sentó en una banca a observar a las parejas enamoradas, los niños correteando y los soñadores solitarios cuando, de pronto, distinguió la rubia cabellera de una joven de caminar de pasos cortos. La muchacha iba del brazo de una señora elegantemente vestida y algo excedida de peso. Pasaron frente a él y este vociferó dos veces:
—Lotte, Lotte…
La jovencita detuvo la marcha y volteándose le fijó sus ojos azules con una expresión de pregunta.
—¿Rudy? ¡No puede ser! —exclamó después de unos segundos.
La señora, su madre, la miró inexpresivamente y se acercaron a saludar con un suave apretón de manos.
—¿Qué haces en Breslau? —preguntó Charlotte entusiasmada.
Rudolf, en una cascada de palabras y frases mal hilvanadas, les relató sus experiencias vividas desde que se habían separado. Después de una larga conversación entre ambos, que la señora escuchaba sin interrumpir, le preguntó a Rudolf:
—¿A qué se dedica actualmente usted y cuáles son sus planes?
Rudolf replicó que la fraternidad estudiantil le ayudaba a orientarse en la ciudad. Ella gruñó como asintiendo y dejó ver que se hacía tarde y debían volver a casa. Rudolf tomó un papel del suelo y con su lápiz grafito anotó la dirección que Charlotte le dictó, haciéndole presente que iría a visitarla. Al verlas alejarse se volvió a sentar para recobrar el aliento.
