10,99 €
Paula, la loca flaquita; Caty, la Santa, de flequillo teñido; Gisela, con su nariz fracturada; Sandra, la romántica; Jessica, la heavy, todas condenadas a prisión. Una profesora de educación física propone armar un equipo de rugby de mujeres. Si los hombres del penal San Martín formaron el equipo Los Espartanos, ¿por qué no las pibas? Una escritora, Agustina Caride, entra a la Unidad 47 del pabellón femenino número 2 seducida por ese espacio desconocido y amenazador. ¿Por qué están acá? ¿Qué fue lo que hicieron? En cada capítulo, irá develando de manera luminosa la oscuridad primigenia de las prisioneras, una oscuridad que no es vacío y tiene diferentes tonalidades. Cambiarse y prepararse para salir a la cancha son escapes al aislamiento y la humillación a la que las somete el sistema carcelario. La entrenadora lo sabe y por eso las arenga. ¡Vamos las pibas! es el grito del equipo con el que se dan valor. La autora descubre que la mejor manera de ayudarlas es escribiéndolas y contando esta historia de Las Espartanas, un pase magistral de la oscuridad a la redención. "Ustedes van a salir a esta cancha, y la van a romper porque acá y ahora es cuando tenemos que mostrarles a los gorras, a las familias y al mundo lo que estuvimos haciendo cada semana. No las paró el frío, ni el sueño, ni la falta de zapatillas. Entrenaron con las uñas largas y los aros puestos. Así que no me jodan, están listas para salir y dar guerra" (Agustina Caride).
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2024
Caride, Agustina
¡Vamos las pibas! : las espartanas, el primer equipo de rugby de mujeres en prisión /
Agustina Caride. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2024.
Libro digital, EPUB - (Ficciones Reales / Alarcón, Cristian)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-041-2
1. Narrativa Argentina. 2. Feminismo. 3. Deportes. I. Título.
CDD 796.333092
Dirección editorial: Constanza Brunet
Coordinación editorial: Víctor Sabanes
Asistencia editorial: Carmela Pavesi
Comunicación: Verónica Abdala
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Marisa Corgatelli
Foto de tapa: Gonzalo Muinelo
© 2024 Agustina Caride
© 2024 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-040-5
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Estas líneas no componen, y nunca quisieron componer,
una autobiografía: componen –querrían componer–
una serie de violencias salteadas,
que le tocaron a ella, que también han tocado a otros.
Sylvia Molloy,
En breve cárcel
Los ojos de los otros son nuestras prisiones;
sus pensamientos, nuestras jaulas.
Virginia Woolf,
Una novela no escrita
El secreto del cambio es enfocar toda tu energía
no en luchar contra lo viejo, sino en construir lo nuevo.
Sócrates
INTRODUCCIÓN - Un rincón sin escape
Pidiendo el cambio
Gisela, la lesionada
Paula, la sexta
Caty, la del medio
La entrenadora
La convocatoria
Las alas de Sandra
Pisar la cancha
Jessica, toco y me voy
Una mala jugada
En segunda línea
Cubrir la espalda
Avance táctico
Estrategias
La jugada
Tarjeta roja
La capitana del pabellón
Ofensiva
Caty en
offside
Defensa y contrataque
¿Hay equipo?
Falta un referí
El pase
Espartanos vs. Espartanas
El precalentamiento
Tackleadas
Sin tercer tiempo
TMO favorable
El
haka
Un juego escrito
Caty de gira
¡Vamos las pibas!
Pitada final como epílogo
El equipo de las pibas
Glosario tumbero
Agradecimientos
Portada
INTRODUCCIÓN
Un rincón sin escape
Hay algo en la oscuridad que nos atrae. Cuando un pozo es profundo, nos asomamos hipnotizados por ese fondo que no alcanzamos. ¿Si no por qué bajamos la velocidad del auto cuando sabemos que hubo un choque? ¿Por qué, a la pregunta “¿qué pasó?”, respondemos “nada” si no hay un muerto en el piso y sangre chorreando por la banquina? ¿Será que el morbo es una condición humana? ¿Será por eso que me interesó entrar en un penal penitenciario?
Delphine de Vigan, en Las gratitudes escribió: “Lo que me sigue sorprendiendo, lo que me alucina incluso, lo que aún hoy –tras más de diez años de práctica– me deja a veces sin aliento, es la perdurabilidad de las penas infantiles. La huella ardiente, incandescente, que dejan a pesar de los años. Una huella indeleble”. Mi infancia es ese rincón al que vuelvo cuando quiero recordar un episodio que me haga feliz. La infancia, en las condenadas a prisión, es ese rincón del que no pudieron escapar.
Cuando era chica, si no había sufrimiento la diversión no tenía gracia. Volvíamos del colegio a las seis de la tarde, dejábamos el delantal hecho un bollo, nos preparábamos la merienda e íbamos ideando el juego. Primero pensábamos los nombres, había algo en la identidad que nos fascinaba, convertirnos en otras, en las sufridas. Después armábamos la historia: éramos hermanas y huérfanas. La orfandad era nuestra predilección. Tenía algo de fruta carnosa, casi prohibida. Nos liberaba de las leyes paternas, pero con la confianza y protección de saber que las poseíamos. Las enfermedades estaban en segundo plano y de todas las posibles estar paralítica era cuestión de pelea. Ser el ama de casa resultaba aburrido, representaba lo cotidiano, la rutina de la que queríamos escapar, aunque fuera en muletas o con un muñón en el brazo. La tragedia tenía que ser épica. Y la tragedia incluía, siempre, pobreza.
A veces íbamos en familia al campo de una amiga de mis padres. Lo mejor sucedía de noche, después de la cena. Patricia preparaba el Citroën, le hacía colocar reflectores, abría el techo de lona para que asomáramos la cabeza y salíamos a cazar liebres. Al ver el rifle surgía el respeto, era tan largo, tan poderoso, tan mortal. Quería tocarlo, pero no me animaba, como tampoco me animaba a mirar. Patricia hacía rebajes, buscaba el instante en que la ecuación se conjugaba, la de enfrentar los ojos del animal con la potencia del reflector que llevábamos al frente. En el momento en que la liebre quedaba tiesa y hechizada éramos testigos de la caída de sus defensas, y entonces nos surgía una inexplicable temeridad. Ahí, de pie y con la cabeza sobresaliendo por el capó, se conjugaban en mí el placer y la amargura. Quería escuchar el disparo y al mismo tiempo hacer un movimiento que despertara a la liebre de esa luz que la mantenía hechizada. Patricia había resultado más inexperta de lo que había sabido vender, no tuvo la puntería precisa para quitarle la vida instantáneamente, el disparo fue un roce que dejó al animal herido, sangrando, boqueando expresiones del silencio. Atraída por la agonía, necesité ver al animal de cerca y compadecerme. Entonces se me acercó mi hermano por la espalda y dijo la frase que durante muchos años se repitió en la familia: “No seas morgosa”.
En esa época todavía se jugaba en la calle, y la mayor trasgresión que cometíamos era saltar la empalizada de los terrenos baldíos que rodeaban el edificio donde vivíamos. Los espacios abandonados tentaban. Había algo ahí para explorar, algo que llamaba a desobedecer la consigna: no entren en los terrenos baldíos. El más interesante estaba sobre la avenida del Libertador. Saltar la valla era fácil, pero en ese teníamos terminantemente prohibido meternos, existía una construcción que podía caernos encima. Nunca reparamos en la falta de techos o en las paredes sin terminar, la diversión estaba afuera, un piso inmenso de hormigón armado, una superficie plana para el patinaje en skate o sobre las cuatro rueditas naranjas.
Miento, no fue la mayor trasgresión, uno se olvida.
Existía una chica en particular, cuyos juguetes nos encandilaban. Sus Barbies tenían casas de dos pisos, roperos llenos de vestidos Made in Japan (a mí me tejía mamá los pulóveres en miniatura). Había algo de envidia y desprecio por aquello que ella tenía. No sé cuándo decidimos que no era justo que sus Barbies tuvieran aquellos muebles e ideamos el plan. Mi hermano era amigo del hermano de ella, fue el encargado de distraerlos a ambos en el living mientras yo metía en la mochila un roperito que adentro traía la aspiradora, una plancha, la tabla, el escobillón y la pala. No fue un acto delictivo, nos justificamos, tampoco de rebeldía, era pura justicia. Fue un segundo de vértigo y la adrenalina duró hasta el día siguiente, cuando tuve que mentirle a mamá y jurar que me lo habían regalado.
Las primeras dos veces que entré en una cárcel ya estaban convertidas en museo. La primera fue en 1999, en Tierra del Fuego, la segunda, en 2018, en Irlanda y en ambas ocasiones fue imaginar y suponer, fue ese asomarme al pozo que representaba cada habitación y, aun con luces encendidas, no ver. La tercera vez que atravesé una puerta penitenciaria fue en 2021, con las secuelas de la pandemia, con barbijo y alcohol en gel. Ingresé en el penal de San Martín, en la Unidad 47 del pabellón femenino número 2, el de Las Espartanas. Pero diría que realmente entré cuando al salir empecé a escribir sus historias. Cuando me asomé, finalmente, escuché y vi muchas cosas, no solo en ellas sino también en mí: la oscuridad no implica el vacío.
Había escuchado sobre Los Espartanos en un asado en el que un amigo contó la historia de un abogado que había armado un equipo de rugby con los peores reclusos de San Martín. Mientras escuchaba el relato yo iba haciendo bolitas con las migas del pan, dibujaba mentalmente el mapa de lo que podía ser una penitenciaría, algo similar a campos de concentración. En mi cabeza todo se fue construyendo en blanco y negro, una fotografía fuera de época a la que el tiempo le había quitado el brillo y los colores, tiñendo los ambientes de un mismo tono grisáceo, manchado por grafitis y figuras bizarras que no lograba representar, apenas se me ocurría una cruz y un cristo, la cara de Maradona o la del Gauchito Gil. En mi cabeza surgieron ciertos términos como tumba, tumbero. El gris viró a oscuro, a un sucio tono embarrado por el prejuicio.
–Me gustaría enseñarles a jugar al rugby –le dijo el abogado al director del penal.
–Hay que hacer una nota, autorizarla, no es fácil.
–Tengo lapicera, ahora te la escribo.
–El rugby es un deporte muy violento, acá adentro es como tirar nafta al fuego.
–Dame la oportunidad de mostrarte todo lo contrario. Hay algo que tiene el rugby: valores.
–Bueno, ¿cuándo querés venir? –el director estaba acostumbrado a tipos como ese, dijo mi amigo.
–El martes nueve y media estoy acá.
Ya en el auto, volviendo a San Isidro, el tipo prendió la radio. Una señora, siguió contando mi amigo mientras algunos traían el postre, hablaba del sentido de los números, y al escucharla nombrar el 48 creyó que aquello estaba arreglado, como si le estuvieran haciendo una cámara oculta para la televisión. El número 48, siguió explicando la mujer, y él solo pensó en el número de la unidad en la que acaba de entrar, representaba la mezcla perfecta entre la intuición y el sentido práctico. Muestra a personas capaces de experimentar y buscar lo mejor de su esencia. El 48, le contestó él a la radio, como si verdaderamente fuera un diálogo, es la unidad de alta seguridad. El número, siguió la mujer haciendo oído sordo a lo que él acotaba, en la quiniela representa al muerto que habla.
A la semana volvió. En la cancha había dos tipos enormes que se hacían llamar los cancheros. En uno de los rincones podía verse un brote de yuyos, el resto era pura piedra. Los caños de los arcos estaban doblados y la red era el recuerdo de lo que alguna vez contuvo un gol. Había dos puertas de acceso escondidas entre el alambrado. El director lo miró socarronamente.
–Podés elegir entre internos del pabellón 1 al 12, que es como decir del blanco al negro pasando por todos los grises. En el 1 están los evangelistas. Son tranquilos, ayunan y oran. En el otro extremo está el 12, donde muere uno por mes.
–Empecemos por los evangelistas.
Cuando el director dio la espalda para el pabellón 1, los grandotes de la cancha le hicieron señas moviendo la mano.
–Eh, rugby, nosotros queremos jugar.
Del 1 al 12 ¿en qué pabellón estarían esos? Unos minutos más tarde el director apareció con el único que había aceptado, al mismo tiempo que los cancheros volvían con nueve. El abogado vio que la cara del evangelista se transfiguraba y lo supo del mismo modo que yo lo imaginé, temblando, porque sentada frente a una mesa y sirviéndome otra copa de vino, estaba entendiendo que aquellos eran del 12.
Ya en casa googleé “Los Espartanos” en la computadora y descubrí las fotos de un partido de rugby en el San Isidro Club, las camisetas rayadas celestes y blancas del SIC, los tonos perdidos en el barro, algún que otro paraguas abierto porque la lluvia se había largado. El color amarillo de Los Espartanos poblaba la pantalla de mi computadora y yo estaba hipnotizada por el reflejo que iluminaba la imagen: uno de los presos tomaba de la cintura a un jugador del SIC para hacerle un tackle. Dos vuelos, ambos en el aire, captados en el instante en que uno voltea al otro, justo antes de caer. Sentí los tapones frente a mis ojos y no pude dejar de pensar que aquello, en los pies de un preso, era un arma. Sin embargo, la noticia no hablaba de disturbios, la foto ilustraba una nota poblada de palabras tales como “encuentro”, “unión”, “equipo”, “amistoso”. Volví a mirar la foto y en ese segundo instante el tackle pareció un abrazo.
Pero entrar en un pabellón y quedar expuesta delante de hombres me dio un vértigo que me acobardó. Hasta que supe que también existían ellas, no las condenadas, sino Las Espartanas. Me anoté como voluntaria en la Fundación, no sabía lo que haría, solo sabía que quería hacer algo, tal vez un taller de escritura, leer con ellas, dar algo que yo tuviera y ellas necesitaran. Una vez dentro descubrí, por oposición, el significado de libertad; entendí la diferencia entre encierro y aislamiento. Entre asesino, homicida, parricida, fratricida y suicida. Y entonces supe cómo podía ayudarlas: escribiéndolas. ¿Por dónde comenzar las crónicas de mis visitas a lo largo de un año? ¿Cómo, si soy novelista y no cronista?
En su libro La Patagonia blanca, Germán Sopeña escribe en los agradecimientos: “Todo libro tiene muchos autores, aunque solo uno resuma al final la escritura”. Ahí estaba la respuesta. Ellas como protagonistas y yo como una simple compiladora de sus historias. Ellas, las que dejan todo en la cancha.
Agustina Caride
Buenos Aires, enero de 2024
Pidiendo el cambio
Después de atravesar cada puente el paisaje cambia. Lo nota al salir de la autopista, siente que abandona la ciudad y se interna en el campo, aunque hacía no mucho tiempo que los edificios habían quedado atrás. Será la extensión verde que se abre detrás de la alambrada, o los caballos pastoreando, la falta de galpones o fábricas que dan a la geografía cierto aire civilizado. La máxima es de sesenta kilómetros por hora, nadie la respeta, pero de todas formas ella baja la velocidad, la neblina en esa zona todavía no se disipa. Había estudiado el trayecto antes de salir de su casa: doblando a la izquierda tomar el Camino del Buen Ayre hasta el primer y único peaje, cruzar las orillas del río Reconquista y entonces ahí, apenas a unos dos kilómetros, sobre el margen derecho, estaría el penal.
No hay forma de equivocarse, aquello no es como buscar una aguja en un pajar, y a pesar de suponerlo lo pasó de largo. Los nervios, piensa. Todavía no está segura de lo que hace. Conduce relojeando el horizonte, esperando ver la construcción que, imagina, debe ser imponente. Desde la ventanilla se ve un verde cansado, desteñido por el frío y la escarcha. El sol se mantiene a media asta, la luz blanquecina genera una bruma encaprichada por quedarse y da al cuadro una geografía distópica, la de un mundo ya sin mundo, ausente de paisaje u horizonte. Gira el volante y retoma en la primera salida, sintiendo en el gesto de retroceder una señal de fracaso. El camino, paralelo a la autopista, no es de tierra, y sin embargo está completamente embarrado. O tal vez la sensación de ausencia de asfalto se la dan los pozos, esa necesidad de bajar la velocidad y acercar la mirada al parabrisas, mirar dónde meter cada rueda. Hubiera sido mejor retomar la autopista, buscar el modo que la condujera por una vía segura. Por dónde, se pregunta, porque ahí no ve alternativas, salvo arriesgar el auto por la huella dinamitada.
Del lado derecho y por el rabillo del ojo, percibe la fugacidad de los autos deslizándose velozmente con una comodidad que ella no tiene, los baches son demasiado profundos para un Fiat como el suyo. Mala idea, se dice, ¿qué hacés acá? Como si la música fuera un impedimento que le prohibiera razonar, apaga la radio y baja, apenas, la ventanilla. No sabe si es el repentino silencio o el aire, pero de pronto siente que se le impregna el frío, como si el rocío le hubiera entumecido los labios. Mira la hora, el tiempo es un lujo que nunca le sobra. A las 11.30, a más tardar, tiene que estar de vuelta en el colegio dando una clase.
Alguien le había dicho alguna vez que sobre el Camino del Buen Ayre estaba el corredor de basura. Recién ahora, junto a los desperdicios de la sociedad, entiende la ironía. Pone las balizas y estaciona a un costado. No pasa ni un alma, preguntar tampoco le resulta una buena elección. Está perdida en tierra de nadie y saberlo la incita a subir lo poco del vidrio que había bajado. Vos estás loca, dice mirándose por el espejito retrovisor. ¿Cómo vas a entrar en el penal si estando afuera sos tan desconfiada? Con la pantalla del celular iluminándola busca la ubicación en el Google Maps. Efectivamente ahí está, más adelante y a unos pocos metros, el Complejo Penitenciario de San Martín.
Dos inestables puestitos sostenidos por ladrillos sin revocar parecen, más que la entrada de un penal, la antesala de una villa. Al techo de chapa le intuye agujeros provocados por el óxido. Sobre la pared del primero hay un cartel escrito a mano: Remises. La última “s” es más grande que las demás letras, como agregada a último minuto. El otro puesto no lleva ningún tipo de indicación más que los productos que vende, anunciando algo así como un polirrubro cuyos alimentos, sospecha, habrán olvidado su fecha de vencimiento. Nada de lo que a simple vista se ve ahí parece legal. Hacia el frente, un roído guardarraíl le indica que se termina el camino. Siguiendo la intuición deja, en ese efímero estacionamiento, el pequeño Fiat. Antes de bajarse se peina con los dedos chequeando su aspecto en el espejito retrovisor. Todavía le cuesta reconocerse pelirroja, se había teñido hacía pocos días después de firmar los papeles del divorcio, como si en el color estuviera retratado el cambio que viene necesitando.
La entrada al penal es confusa. Busca algún cartel que le confirme dónde está, pero la ambigüedad parece pretender identidad por sí misma. Cerrándose la campera observa las dos posibles entradas: hacia el lateral izquierdo, donde la tierra se rellenó con basura, una vacilante barrera corta el paso (resulta demasiado simple para acceder a una cárcel); y hacia el frente, la tienta un portón de alambrado tejido.
–No, es por allá –siguiendo la trayectoria de la mano enfundada en uniforme negro ve un camión blindado, con una pequeña ventanita enrejada en la parte trasera. La barrera se levanta justo en el momento en que ella olvida el discurso que tanto había ensayado: “Hola, mi nombre es Carolina Tolosa, soy profesora de educación física, tengo entrevista con el director general del penal”.
Desconoce las palabras exactas, no sabe si debe decir “penal” o “unidad”, si el director será general o exclusivo de cada pabellón. Sabe que lo que diga lo tendrá que decir rápido y segura, como si fuera cierto que la entrevista ya fue concertada. Una vez frente a la barrera, cuando el oficial, o policía o gendarme (también desconoce los modos de llamar al personal), sale a su encuentro la lengua se le anestesia de golpe, ofreciendo a cambio un inseguro buenos días que necesita ser acompañado con todo el cuerpo. Levanta la mano, sonríe y pone esa cara que toda mujer sabe poner cuando necesita que un hombre no piense demasiado.
–¿A dónde va?
–Unidad 48 –escucha su propia voz, formal.
–¿Visita?
–Sí –miente.
–Dame el DNI por favor. –Aquello parece ser un trámite de rutina que ella, siendo pariente o amiga de un interno, ya debería conocer.
Después de anudar la bufanda al cuello, protege las manos hundiéndolas en los bolsillos de la campera. De la boca le sale un vaho de vapor que le va empañando los anteojos negros, iluminados por un sol al que le cuesta ascender; la luz le llega de frente, con esa cadencia que da el invierno. Estoy adentro, piensa, y al segundo se desdice. Apenas está detenida sobre una calle que parece demasiado angosta y será una semana después, al volver, cuando descubrirá que por ahí pueden circular cómodamente dos autos, uno de ida y otro de salida. A lo lejos, como si fuera el único horizonte, reconoce al camión deteniéndose.
Es entonces cuando lo ve, imponiéndose. Monstruoso. Un muro de hormigón, de un gris gastado que contrasta con la integridad celeste del cielo, un cielo que no distingue entre el allá y el acá, su color es el mismo en ambos lados, y sin embargo el paredón lo tala dividiéndolo en mitades desiguales. La va acompañando mientras avanza, intimidando, y aun percibiendo que a la distancia existe un final, le parece eterno. Tal vez por las espinas que lo coronan, esos círculos de púa brillan con el reflejo del sol. Orillando el alambrado sigue hasta comprobar que está frente a la Unidad 48, junto al camión del Servicio Penitenciario.
–Vengo a ver al entrenador de rugby.
No pudo mentir. Ahí ya es otra cosa, está a un paso de la entrada, como si fuera fácil estirar una mano y correr los pasadores que impiden ingresar: las puertas de hierro, las rejas, las púas, los barrotes y candados.
Esto es vivir en la boca de la tumba, piensa. Es respirar la indiferencia.
Gisela, la lesionada
Cuando escucha la puerta del camión celular cerrándose, Gisela entiende, por primera vez, que su vida cambió. Es ese ruido, mucho más fuerte que un simple clic, el que le anuncia lo que termina. No lo sabe por la misma ropa que lleva puesta hacía tres días, ni por las otras mujeres a su lado, ni siquiera por las de enfrente (a ellas las puede ver bien), o por los ganchos ajándole las muñecas. Cuatro días y tres noches en la comisaría de Villa Martelli y había aprendido parte de la jerga, como si hubiera nacido para vivir entre cautivas.
Ve al mundo irse de a poco, en cámara lenta, porque alguien detuvo la puerta un segundo antes de cerrarla. Gisela escucha una conversación, esas voces que la alcanzan ya desde la lejanía, parece una conversación sostenida a larga distancia, el sonido llega distorsionado. O tal vez serán sus oídos, perdieron frecuencia hace apenas un par de noches, en ellos también aterrizaron varios puntapiés.
–Tienen que levantar a una por la 45 –oye decir.
No presta del todo atención a la conversación, quiere ver, por última vez y aunque sea recortada por los marcos del camión, la calle. Esas veredas desparejas, el cambio de los rombos en las baldosas a lo largo de la cuadra. Hay una hilera de árboles, pelados por el invierno, y en uno llega a ver dos palomas batiendo alas. No entiende si hay coqueteo en el gesto o si es la mímica de una pelea; los picos se cruzan, como si se los estuvieran afilando, una se mueve unos centímetros y la otra (otro tal vez), pega un saltito para alcanzarla. Quizá, piensa, están defendiendo el espacio. Es la última imagen que trasporta con ella, esa que la deja en la duda de saber si ahí hay amor u odio. Supervivencia, se le ocurre, y la palabra se escribe en su mente con el calor de la indignación. Esa rama habría sido conquistada primero por una de ellas.
Todavía le duele el tabique, es un dolor continuo, suave, que la violenta en cada movimiento brusco, incluso sonreír es un calvario. Apoya la cabeza contra la chapa del celular para mantenerla firme y erguida, no puede cerrar los ojos, ni siquiera ahora que la puerta se cierra y ya no queda nada interesante para ver. Parpadea varias veces hasta acomodar la visión a la nueva falta de luz, un rayo que apenas ilumina, colado por la única ventanita en la puerta del camión. Adentro van cinco, contándose a ella, seis cuando metan a la que hay que buscar. Las mira de frente, con el mentón levantado porque así las heridas duelen menos. Como si las venas irrigaran sin obstáculos, como si el hueso no tuviera algo que ver con la sangre que se coaguló en el labio superior. Al costado hay sentadas otras dos, a esas no las puede espiar, el simple movimiento delataría la extenuación generada en cada inclinación de cabeza porque ahí, en la cabeza, algo quedó, si no flojo, roto. Los moretones en el brazo (el derecho) terminarán yéndose con el tiempo, su organismo ya tiene implementado un sistema de defensas contra los golpes. Pero es novata en fisuras. No necesita un espejo para saber que su cara delata el padecimiento cada vez que el camión se sacude con los baches. Ahoga la queja, esconde eso que tiene trabado en el cuerpo, eso, piensa, tiene nombre y se niega a nombrarlo.
Las dos de enfrente son muy distintas entre ellas, le llama la atención no la pendeja sino la otra, la vieja. ¿Qué delito podía cometer una mujer de su edad? Pregunta boluda, piensa, como si ella no fuera capaz de entender cómo una mujer llega a sentarse en un camión penitenciario. Solo hay tres caminos: la droga, los hombres, o los hijos. Apuesta por la última opción, esa mujer estaría cubriendo las cagadas ajenas con la esperanza de que el sacrificio materno salvara al retoño torcido. Recuerda a la suegra, ¿se habría puesto en el lugar de Oscar?, ¿habría permitido que su nene no fuera a una prisión? Fue decir Oscar, nombrarlo, y sentir el aguijón en el estómago que le genera una arcada.
El mono quedó a un lado, parece olvidado, ni siquiera sabe lo que tiene adentro. Lo había armado casi con los ojos cerrados y la nariz chorreando sangre. Ahora que lo piensa, muy seguramente, la poca ropa que contiene el mono estará manchada, habrán quedado pegoteadas las huellas de Oscar. Trata de acomodar con el pie la tela que envuelve sus pertenencias, el nudo atado como si fuera un moño, pero el movimiento le da una puntada en la nariz que la obliga a mostrar impotencia. Sumerge el grito que hubiera pegado de estar sola. No puede confiar en las otras hasta no conocer sus causas. Tal vez una sea la asesina que ella no pudo ser y pensarlo le da, en vez de miedo, rabia. Incluso envidia.
Desde que la habían subido al patrullero, cuatro días atrás, que no se enfrenta a su propia imagen. Desconoce cómo es su aspecto, aunque puede imaginarlo por el zumbido que producen sus cuerdas vocales. Siente la fractura en la nariz incluso al hablar, el rugido gangoso que patina sobre la lengua, cualquier diálogo con ella será de ahora en más inentendible. ¿Qué? Fue lo único que escuchó en los últimos días. Ella afirmaba y como respuesta recibía una pregunta. El abogado defensor, el comisario, los policías, todos la miraban impávidos, se alejaban de ella, como si la perspectiva fuera una cualidad para obligarla a elevar el volumen y así pudiera decirlo mejor: ¿A dónde me llevan? En su cabeza la pregunta se oía perfectamente, aun siendo consciente de la rendija por donde iba perdiendo letras: a nde e eva.
¿Qué? El gorra la había mirado impaciente, la paciencia no era una cualidad en aquella comisaría (lo supo incluso cuando la metieron adentro del patrullero). A nde e eva, había repetido con mayor fuerza, pero lo suyo no era un problema de volumen sino una falla en el sistema respiratorio y entonces tuvo que silenciarse. Callala vos, escuchó que se decían los canas y cuando uno detuvo la mirada sobre ella fue instintivo, la espalda de Gisela se replegó hacia el pecho y quiso hacerse un bollito, levantó los brazos y los puso delante de la cara, para protegerla. Es lo que menos soporta de su estancia en aquel calabozo, la debilidad que mostró delante de los gorras, el gesto que le quedaría de ahí en más al escuchar una voz masculina, el de un perrito con las orejas caídas. Todavía dentro del camión celular sigue sin saber a dónde la llevan. Pero le basta saberse lejos de Villa Martelli.
Ubica la lengua hacia atrás, junta saliva y escupe en el piso del camión, es un gesto nuevo, el de salivar agua podrida cuando piensa en su marido. Actitud compadrita, eso quiere ahora, un sombrero de ala ancha, negro, ladeado sobre la cara. Cada loma de burro la hace contener puntadas que brillan frente a sus ojos. El dolor es debilidad, le había dicho una vez Oscar a uno de sus hijos, ya no recuerda por qué, seguramente el crío estaría llorando. Ella no llora, hace tiempo se le secaron los lagrimales. Aguanta endureciendo cada uno de sus músculos, los glúteos son los que más aprieta cuando frena el camión. Entonces recuerda a la que levantarían en la 45.
–Hagan lugar que nos suben a una loca –dice la más vieja, sin levantar la vista ni mirar a ninguna en particular. Puede ser, después de todo, que esa mujer no estuviera protegiendo a nadie más que a sí misma.
–¿Cómo que a una loca?
Gisela agradece que sea otra la que pregunta, no se siente cómoda anunciando su discapacidad verbal.
–La 45 es una unidad psiquiátrica –la vieja parece disfrutar de la información que está dando. La sexta presidiaria preocupa a Gisela. Le meten a una trastornada. Ahí hubiera querido ella mandar a su esposo, al infierno o a la 45. Mueve lentamente la boca para hidratarse con la lengua. La cicatriz que le cruza el labio superior todavía tironea, la sangre seca empezó a endurecerse formando una cascarita que pica y arde. Las costras son heridas superficiales que vuelven a supurar, una, dos, infinitas veces. Se forma la dureza, pero la piel la repele, entiende que no es parte de la naturaleza del cuerpo. Le tienta morderse, rasgar con la uña y sacarse eso que delata la derrota en una pelea. Y la vuelve, adentro de ese camión celular, vulnerable. Las costillas rotas saben mantener la inflamación oculta, son imperceptibles a la mirada ajena. La cara, en cambio, declara el destrozo que lleva por dentro.
La loca es flaquita, no más de un metro sesenta y cinco, pelo largo atado en una colita desprolija. El mono es un bolso de un rosa chillón, como el chicle Bazooka que le compraban cuando era chica, y del cierre cuelga una estrella con brillantina. La flaca lo ubica en el piso de chapa y antes de sentarse mira, como si estuviera esperando que le coloquen un almohadón para apoyar el culo. Verla sosteniendo el bolso con los pies le recuerda su propio mono, tirado a un costado, como si lo poco que tiene no le importara. Tal vez es cierto, en el fondo no quiere volver a ver esas cosas que Oscar le alcanzó a la comisaría pretendiendo ser un santo angustiado por la detención de su mujer. Pobrecita, le oyó decir, no sabía lo que hacía. El muy turro le había alcanzado solo un par de medias, una remera y unas calzas, eso es todo lo que se dignó a llevarle adentro de una bolsa de plástico, del supermercado.
Un golpe seco contra la chapa anuncia al conductor que puede arrancar. Ya está todo el equipo, dice una voz nueva.
–¿Alguna sabe a dónde nos llevan? –pregunta la loquita del mono rosa al ubicarse entre la vieja experimentada y la pendeja.
Gisela no responde, no lo sabe y aun sabiéndolo no abriría la boca: su voz, ahora, es un peligro para sí misma.
–A la 47. Tenemos un viajecito por la ciudad –contesta la vieja.
–¿A San Martín? No está mal, el primor de los penales –agradece la loca que de loca parece tener solo el recuerdo de lo que habría visto y oído en los pasillos de la Unidad.
Paula, la sexta
–Estévez, armá el mono que te vas de viaje.
La vida es circular, pensaba Paula recostada en el colchón pulgoso de la celda. La habían metido en un globo, por dentro vacío, nada más que una luz difusa que llega desde afuera, el contorno de algo sin puntos de conexión, sin entrada ni salida. “Armá el mono que te vas de viaje”. Esa misma frase se la habían dicho hacía ¿cuánto? ¿Tres meses? Exactamente la misma oración, como si no tuvieran otra cosa para ofrecerle, como si no supieran mantener un diálogo que incluyera nuevas palabras. La puerta estaba abierta pero igual ella, para evitar la compañía de otras internas, no salió nunca.
