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Vendedor de Sueños está compuesto por 26 capítulos llenos de detalles que muestran cómo se prepara un festival de estas características. Pero lo más interesantes es que podremos emocionarnos con episodios sorprendentes, capítulos amenos, situaciones curiosas y muchas veces surrealistas. La desilusión es una perniciosa plaga para este empresario, cuya biografía autorizada, escrita por Marcos Eduardo Neves, se titula Vendedor de sueños (Nowtilus). Sobre todo lo es para un modelo de negocio como el de Rock in Rio, en el que los patrocinadores son cruciales. Su padre le enseñó a soñar con neveras y estufas que pintaba de colores chillones para diferenciarse de las blancas de la competencia. Él, Roberto Medina, imagina megaconciertos por el mundo con su idea, Rock en Río. En su biografía, que no casualmente se titula El vendedor de sueños, narra el hecho fundacional de la dinastía. Abraham Medina, su padre, al que admira profundamente, era dueño de la cadena de electrodomésticos más grande de Brasil. Y es que el periodista Eduardo Neves ha escrito el 'Vendedor de sueños', libro que narra la vida del empresario y publicista brasileño antes de la llegada de Rock in Rio a España. La obra editada por la casa Nowtilus, destapa en 26 capítulos el camino que Medina ha recorrido para convertirse en un modelo a seguir. La biografía del creador de Rock in Río, el festival musical más grande de la historia, un hombre incansable capaz de reunir a figuras como Freddie Mercury, Bob Dylan, Santana o Alejandro Sanz.
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Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2010
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VENDEDOR
VENDEDOR DE SUEÑOS
La vida y obra de Roberto Medina, el creador de Rock in Rio: el mayor festival de música y ocio de todo el mundo
MARCOS EDUARDO NEVES
Colección: A Debatewww.adebate.com
Título: Vendedor de sueñosSubtítulo: La vida y obra de Roberto Medina, el creador de Rock in Rio: el mayor festival de música y ocio de todo el mundo.Autor: © Marcos Eduardo NevesTraducción: © Mario Merlino
Copyright de la presente edición: © 2008 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño del interior de la colección: JLTV
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN-13: 978-84-9763-543-1
Libro electrónico: primera edición
A Rodolfo, Roberta, Raíssa y Junior, que me enseñaron a sonreír y a llorar de felicidad y me incitan a soñar siempre, y cada vez más, con un mundo mejor. ROBERTO MEDINA
ÍNDICE
1. El sueño en Madrid
2. Pasaporte para el éxito
3. Apoteosis en el Maracaná
4. El viejo Medina
5. Un gobernador más para Rio
6. El terror desmorona a los Medina
7. Artplan pide paso
8. El Papa es carioca
9. Rock in Rio’s Festival
10. El mayor festival del mundo
11. Un abuso en los números
12. El secuestro
13. Crimen hediondo
14. El Reage Rio
15. Rock in Rio 2
16. El Árbol de Navidad de Lagoa
17. El hombre de los grandes hechos
18. Rock in Rio por un mundo mejor
19. Siete días de sueño
20. Creando esperanza
21. Dream Factory Comunicação
22. Rock in Rio-Lisboa
23. Un día único en la vida de los portugueses
24. La copa del mundo del rock
25. Agradecimientos
26. Fotos
EL SUEÑO EN MADRID
Después de seducir a millones de brasileños en tres ediciones y enamorar a un sinfín de portugueses en los dos festivales realizados en Lisboa, ha llegado el momento de que los españoles acojan, entre junio y julio de 2008, el mayor espectáculo de música y entretenimiento del planeta.
Rock in Rio-Madrid más que un festival, puede ser sintetizado como cinco días de pura fiesta. Días y noches ciertamente mágicos, que servirán para dar secuencia a la nueva etapa de un sueño que existe desde hace 23 años y que va transformando la vida de innumerables personas, ya sea con la música o con el proyecto social que lo mueve.
Esta es la primera vez que Rock in Rio traspasa la frontera de la lengua portuguesa y Madrid ha sido la ciudad elegida para dar continuidad a la nueva etapa del proyecto de internacionalización de una de las marcas más valoradas del mundo. El sueño de Roberto Medina, una especie de don Quijote de Sudamérica, es hacer que el festival pueda darse, algún día y al mismo tiempo, en varias partes del mundo.
La experiencia española es un desafío enorme, porque aunque Madrid conoce muy bien el poderío de los cracks brasileños del balón de fútbol, todavía no ha conocido a los de la Cultura.
—Un proyecto de esa envergadura llega para romper paradigmas en un mercado de una economía fortísima, como es la española, que es el ejemplo de un país que ha tenido éxito —explica Medina.
Piedra fundamental de una ambición incontrolable, que crece con cada edición que termina, Rock in Rio-Madrid podrá extender el proyecto de hacerse marca mundial en poco tiempo.
Certezas, ya hay muchas. La primera es que el pueblo español será alegrado con algunos días de sueño cada dos años.
En las calles, el público ya ha empezado a manifestarse. Alegría, ansiedad y esperanza son sentimientos que de inmediato dominan a las personas; a todo tipo de personas y a diversos sectores de la economía.
Rock in Rio agrega al proyecto cultural otros factores importantes para cualquier país. ¿Un ejemplo? La increíble capacidad hostelera de la ciudad. Con 60 millones de turistas por año, Madrid da un gigantesco paso para ser considerada una especie de capital europea del Rock.
—Creo que, de alguna forma, estaremos ayudando aún más a la ciudad, puesto que es un mercado que el consumidor del mundo entero ya quiere comprar.
Roberto Medina acompañado de dos reconocidos cracks brasileños Robinho y Marcelo, jugadores del Real Madrid.
Roberto Medina y la estatua de don Quijote. El personaje de Cervantes le sirve al empresario como fuente de inspiración. Esta foto fue tomada en la antigua sede de la agencia en Lagoa.
En Arganda del Rey, municipio vecino, fue construida la más bella de todas las Ciudades del Rock existentes. Un regalo al público exigente y también a los que creyeron que la capital española era merecedora de una fiesta tan florida y tan rica de alegría.
Es exactamente ese espíritu que los españoles ya sienten, pero que aún no consiguen verbalizar lo que sintetiza Rock in Rio. ¿Es un proyecto de comunicación? Sí. Pero que quiere alcanzar un ideal y alcanzarlo con calidad y en proporciones jamás vistas. Más que las bandas, el espíritu de fiesta germina en todo el evento. Y mueve a Roberto Medina a continuar soñando en distribuir esa magia por todo el planeta.
PASAPORTE AL ÉXITO
El deslumbramiento se dio allí. Uno de sus clientes, la Seagram, acababa de ofrecerle a Artplan la promoción del whisky Mansion House. Cuando le encargaron un cartel de propaganda —de esos que aparecen expuestos en los bares—, Roberto Medina no solo diseñó un atractivo anuncio, sino que creó un proyecto que aspiraba a incrementar la venta del producto de manera notable. En aquel momento, su plan parecía no tener pies ni cabeza, pues el presupuesto era mínimo: solo alcanzaba para hacer el cartel y punto. Pero Medina creía en su idea de que era posible darle un endorsement (respaldo) internacional a la bebida y asegurarle un valor agregado. Esta propuesta era importante porque, al fin y al cabo, los whiskies embotellados en Brasil llevan el rótulo “industria brasileña” cuando no tiene por qué hacerlo, pues solo se embotellan en el país. Así se pierde la credibilidad, indudablemente. Por eso, Roberto Medina pensó que sería mejor romper esa imagen: el certificado de calidad volvería al producto aún más verosímil. El publicista, entonces, llevó al gerente de Seagram un proyecto audaz: quería hacer un anuncio, mejor dicho toda una campaña, protagonizada nada menos que por David Niven.
Nacido en Londres en marzo de 1910, James David Graham Niven, a los 66 años, era una figura destacada del cine internacional, uno de los principales astros de Hollywood. Después de algunos trabajos como figurante, su carrera despegó a los 25 años, cuando lo descubrió Samuel Goldwyn y le propuso inmediatamente trabajar en su compañía. Con Mesas separadas (1958), Niven ganó su primer Oscar, superando a aspirantes de peso como Paul Newman, Tony Curtis y Spencer Tracy. En 1976 se preparaba para el rodaje de Muerte en el Nilo. No había duda de que su firma, en cualquier producto, vendería. El problema era conseguirla.
Roberto Medina le transmitió su idea al gerente de la Seagram, quien, en lugar de rechazarla de inmediato, le pidió unos minutos al publicista. Dejó a Medina solo en una sala y, después de un cuarto de hora, volvió con una expresión de euforia:
—Venga conmigo, le voy a presentar al presidente de la compañía.
Aparte del gerente, Medina no conocía a nadie en la Seagram. Se ocupaba del producto menos rentable. Pero, sentado frente al presidente, José Gonçalves, seguro de sí, firme, expuso su idea de hacer un spot comercial con David Niven. Explicó la importancia del endorsement, el porqué de su propuesta. Después de su exposición, directa, clara y sucinta, el ejecutivo se volvió hacia el joven y preguntó:
—¿Y eso cuánto me va a costar?
—Trescientos mil dólares —respondió sin pestañear.
A decir verdad, Medina no sabía a ciencia cierta cuánto costaría el proyecto. Ni siquiera conocía al actor ni lo había sondeado previamente. Sin embargo, en aquel momento, tenía que recurrir a una salida rápida, a un juego de cintura, para no perder credibilidad. Necesitaba decir una cantidad para poder seguir conversando, un valor aproximado; en caso contrario, el asunto se agotaría en ese preciso instante. Después de unos segundos de introspección, el ejecutivo le dijo lo que pensaba:
—Bien, si eso es posible, estoy de acuerdo —Medina sonrió para sí—, pero no con el Mansion House. Tengo que lanzar otro producto para una campaña como esa.
Al final, Medina consiguió otra promoción: el whisky Passport.
Como buen profesional, cumplió con el encargo prometido y el cartel de propaganda del Mansion House quedó estupendo.
Pocos días después Roberto viajó a Los Ángeles para hacer contactos y acceder al actor. Lo cierto es que logró encontrarlo sin mayores dificultades. Sin embargo, su idea de llevarlo a Brasil no se concretó porque Kristina, la hija adoptiva de Niven, de 16 años, sufrió un terrible accidente de coche en Suiza. La solución fue filmar el spot en un castillo de Inglaterra, donde el actor se encontraba en pleno rodaje. En el comercial, el actor decía que en Gran Bretaña se bebía whisky de manera diferente —puro, al estilo cowboy—, mientras que en Brasil se tomaba con hielo. Al final, brindaba por los brasileños y les deseaba salud, todo en portugués, lo que confería un resultado técnico fantástico, enfatizado por la hermosa banda sonora de fondo que se había elegido. Está de más decir que la campaña protagonizada por Niven obtuvo un éxito clamoroso.
—Aumentamos la venta hasta en un 900 % —recuerda Medina—. No vendimos más porque no quedaban botellas. Cisper, la compañía que producía las botellas de la Seagram, no conseguía entregarlas a la velocidad con que se vendía el whisky.
El spot se convirtió en el hit de Brasil. Solo se hablaba de eso y, además, el whisky desaparecía de las estanterías a una velocidad impresionante. Pasó un año y José Gonçalves, el presidente de la Seagram —con quien, para entonces, ya Medina había trabado una buena relación— lo citó para un nuevo encuentro.
—Ahora tenemos un problema, Roberto.
—¿Cuál?
—¿Cómo vamos a dar continuidad a la campaña? Nadie supera a David Niven.
De pronto, Medina replicó:
—No, señor. Hay alguien aún mejor que él.
—¿Quién?
—Frank Sinatra.
—Ah, claro… claro… Pero estamos de acuerdo en que Frank Sinatra es absolutamente imposible, ¿no?
—¿Imposible? ¿Por qué?
—¡Imposible! ¡Él nunca ha hecho un spot en su vida! —el tono de Gonçalves reflejó cierto desdén.
—No, señor, discúlpeme, pero no es imposible. Y por esa razón creo que es el hombre ideal.
Gonçalves reflexionó un momento.
—Bien, Roberto, pero recuerda que tenemos un plazo. Esta es una campaña que no puede parar. ¿Y si lo que intentas después no resulta? Me parece mejor que creemos un plan B, una alternativa en caso de que el primer intento fracase.
Confiado, Medina dio la palabra final.
—¡No! No voy a crear ninguna alternativa. Voy a hacer el spot con Frank Sinatra y no se hable más.
La suerte estaba echada.
Al sentir que estaba en el momento justo para volar más alto después del afortunado anuncio con David Niven, Roberto Medina empezó a reunir fuerzas para transformar en realidad el sueño de contratar a Frank Sinatra, el mejor cantante del mundo.
El publicista tenía plena conciencia de la magnitud del cantante. The Voice había grabado hasta entonces cerca de dos mil canciones en casi 700 discos. Hombre imprevisible, de humor variable, que reaccionaba por instinto, Sinatra se había enfrentado a varios procesos por implicación con la mafia y, con el mismo talento con el que encantaba a multitudes a lo largo del planeta, sorteaba con gallardía las críticas por sus contradicciones políticas en los últimos años. Medina sabía que no sería fácil convencerlo pero, confiando en sí mismo y en su habilidad, se empeñó en hacer posible lo inimaginable.
Su idea era grabar el spot en el Caesar´s Palace, una especie de cuartel general de Sinatra en Las Vegas. En el anuncio, de 30 segundos, el cantante llegaría al lugar en un Rolls-Royce, saldría del coche, entraría paseando por el casino frente a las miradas y flashes del público y haría una declaración sobre el Passport en el escenario. Medina vislumbraba una actuación impecable de Sinatra, como en De aquí a la eternidad, película con la que consiguió el Oscar al mejor actor de reparto en 1953.
Como primer paso en su largo recorrido para llegar a Sinatra, Medina buscó la ayuda de Sergio Mendes.
A los 37 años, Sergio Mendes, nacido en Nitéroi —y que recibiría el premio Grammy en 1993—, era uno de los músicos brasileños más célebres en el exterior. En 1962, se presentó en el Carnegie Hall, en Nueva York, antes incluso de formar Brazil 66, que realizó giras de éxito y logró que una canción, Más que nada, se situase entre las más difundidas en los Estados Unidos.
A Sergio Mendes le hizo mucha gracia enterarse de la idea del spot comercial con Frank Sinatra. Sin embargo, como Medina se mostró muy decidido, le dio el teléfono de Robert Fielkenstine, abogado del cantante.
Medina no tardó en hacer el primer contacto con él. Planteada la idea del spot, Fielkenstine le dijo que analizaría el proyecto. Una semana después, como no hubo respuesta, Medina le envió un télex. Como siguió sin recibir respuesta, mandó otro a la semana siguiente. El tercero, poco después. Un mes y nada. Cuando ya estaba a punto de perder las esperanzas, llegó al despacho del brasileño un télex en el que el abogado estadounidense reconocía que la idea era interesante, pero que necesitaba más detalles.
Medina dio saltos en el aire, al mejor estilo Pelé cuando metía un gol. En cuanto recibió el mensaje, no lo pensó dos veces y se fue a los Estados Unidos.
En dos días, estaba ya a la puerta del despacho del abogado tocando el timbre.
—¿Quién es usted? —preguntó Bob Fielkenstine.
—¡Encantado, soy Roberto Medina!
—Pero, ¿qué está haciendo usted aquí?
—Mire, usted me dijo que quería conocer el proyecto más detalladamente y he venido a darle precisamente esos detalles en persona.
—¿Se ha vuelto loco? ¿Ha venido hasta aquí, desde Brasil?
Después de un momento de desconcierto, seguido de minutos de charla, Medina poco pudo sacar en claro. A pesar de su decepción, convenció al abogado de que fuese a almorzar con él.
En el restaurante, con el ánimo más distendido, entre charla y charla, Fielkenstine al notar la buena disposición de su acompañante, se animó a decir la verdad:
—Mira, Roberto —empezó con el tono bajo, más amistoso que confidencial—, yo soy un filtro, amigo, no decido nada. Cuando llega alguna solicitud internacional importante, la evalúo y luego la remito al despacho de Mickey Rudin. Él es su apoderado y quien realmente manda.
—Pero no es posible… ¿Entonces mi viaje hasta aquí ha sido inútil?
—No te desanimes, Roberto. Te voy a echar una mano. Mañana te acompaño a verlo, ¿de acuerdo?
Menos de 24 horas después, Medina se encontraba ya en una reunión con otro abogado, Eddie Perlstein, socio de Mickey Rudin.
—No fue nada fácil —dice ahora Medina—. Me entrevisté con Perlstein y me citó para otro día. Volví en la fecha fijada y tuve que contarle todo de nuevo, esa vez con otros dos abogados. En definitiva, expliqué el proyecto una, dos, tres, tantas veces que ya he perdido la cuenta, y, cuando creía que estaba a punto de lograr mi objetivo, fijaban otra entrevista y aparecían otros abogados más… En fin, ¡una cadena que no se acababa nunca!
Después de una semana de reuniones exhaustivas, Medina, estresado, dio un puñetazo en la mesa, harto, furioso incluso, y soltó su frustración e ira.
—¿Queréis que os diga una cosa? ¡Ya no tengo ningún interés en hacer nada con vosotros! ¡Sois incapaces de entender la proyección de mi idea! En realidad, lo que yo quiero es solo el comienzo —lanzaba todo lo que sentía, incluso hablando de más—, es solo el principio de un proyecto mucho mayor: llevar a Frank Sinatra a Brasil.
Habló de un tirón, se retiró en el acto, sin haber pensado antes lo que había dicho. Ese proyecto surgió así, en el calor de la discusión, hasta entonces no había articulado nada. Fue más por reacción que por cualquier otra cosa. Sobre todo porque nadie lo había comprendido durante todos esos días.
Por suerte, en ese preciso instante de exasperación, frustración y lucidez, pasó por el pasillo, cruzando el recinto, un individuo gordo, de más de sesenta años, con aspecto de mafioso y que llevaba una pistola de 45 mm enfundada en la cintura. Al oír los gritos de Medina, se detuvo de improviso, volteó y se acercó despacio.
Después, con gran tranquilidad se dirigió a Medina:
—Por favor, repite lo que has dicho, muchacho.
—¡Estoy harto! ¡Ya no quiero hacer ningún negocio con estos señores! Mi idea era grabar un spot con Sinatra, pero eso no sería más que el comienzo de la historia, que para mí terminaría con una viaje de él a Brasil, para una presentación en el mayor estadio del mundo, el Maracaná, lleno hasta los topes. Al fin y al cabo, ese es un proyecto del que se habla desde hace treinta años en mi país y nunca se concreta. Sería el principio de un proceso mucho mayor, pero ¡se acabó! ¡Renuncio! ¡Basta, no aguanto más!
En ese instante, el sombrío individuo se acercó aún más, dio una palmada cariñosa en la mano de Medina, caminó con pasmosa calma hasta un mueble, sacó de allí una botella de Royal Salute y se la obsequió.
—Muy bien… Muy bien… Puedes hacer el contrato que quieras —sonrió y se marchó.
Sorprendido, Medina miró a cada uno de los abogados sin saber qué hacer. Ya había desistido del 90% de las cosas que quería.
—¿Y ahora qué hago?
—Él te ha dicho que hagas el contrato.
—Sí, pero ¿en qué me baso para hacerlo?
—¡Vaya! ¡Como quieras! Exactamente como quieras. ¿No es eso lo que él te acaba de decir?
“Él”, en realidad, era nada menos que Mickey Rudin.
Con 52 años de actividad en el show business, Rudin tenía en su currículum representaciones de Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, The Jackson 5 y la Warner Bros., entre otros. Para proteger a sus clientes actuaba como un bulldog si hacía falta. Así, si alguno pretendía llegar hasta alguno de sus representados, los empresarios tenían que conquistar la confianza de Mickey Rudin primero. Por eso, muchos desistían al saberlo.
Pero Medina había logrado convencerlo, aunque con rodeos.
Junto a los abogados subalternos, se sentó en otra sala, redactó al calor del momento un contrato, atravesó el pasillo y solicitó la firma de Rudin, que se despidió con una amplia sonrisa:
—Entonces… hasta el Caesar´s. ¡Nos encontramos allí!
Hasta hoy Roberto Medina conserva guardada en su casa la botella de Royal Salute que le regaló Mickey Rudin. Vale más que cualquier trofeo.
En cuanto pisó suelo brasileño, Medina convocó una rueda de prensa.
—Nuestros argumentos, además de nuestra sinceridad, permitieron un final feliz y, por primera vez, Sinatra ha aceptado hacer un spot para la televisión.
Nadie le creyó. ¡Nada menos que un spot comercial con Frank Sinatra! Todos se rieron. A pesar de las insinuaciones malintencionadas de que lo dicho era una patraña, un cuento para incautos, un desatino, Medina hizo caso omiso de todo eso y trató de preparar un equipo para rodar el anuncio. Fijada la fecha de grabación, optó por la experimentada productora PPP, cuyo director, Perrin, fue con él a Las Vegas.
El 6 de enero de 1977, Medina llegó a la cita a última hora, tenso y nervioso. En Brasil circulaban varias notas en la prensa sobre el asunto. Sin duda, la responsabilidad era grande. La idea era cenar con Frank Sinatra para romper el hielo y grabar enseguida el spot, antes del tradicional show del cantante en el casino. Sin embargo, en cuanto Medina entró en el Caesar´s, elegantísimo, se encontró con su equipo totalmente irreconocible: pálidos, temblorosos, con rostros sombríos. Le correspondió al grupo de Sinatra dar la noticia:
—Lo siento mucho, Roberto, pero no va a haber anuncio.
—¿Qué ha ocurrido, Dios mío? –Medina los miró asustado.
—Ha muerto la madre de Frank.
Natalie Della Dolly Sinatra volaba de Palm Springs a Las Vegas precisamente para asistir al show de su único hijo, pero murió como consecuencia de la caída del avión. El accidente se produjo al sur de California y Dolly no se salvó. Totalmente abatido, Frank Sinatra suspendió no solo el spot sino también el show.
De todos modos, para no perder el viaje, Medina se dirigió a un salón privado, en el mismo casino, y cenó con Mickey Rudin. En determinado momento, le confesó:
—Mickey, todo Brasil está ansioso por este spot. Ya sé que el momento es inoportuno, entiendo el dolor de Sinatra, pero te pido, te ruego encarecidamente que, si es posible aunque sea una simple declaración, solo eso, elimino toda la secuencia de la entrada de él en el Caesar´s.
El brasileño estaba convencido de que, en aquellas condiciones, poco importaba la calidad artística del comercial; el testimonio era más importante.
—Una breve declaración suya me bastaría.
Durante la cena, no se habló prácticamente de ningún otro tema. En cierto momento, Mickey Rudin se levantó de la mesa. Fue una espera pesada para Medina y su equipo, un clima de velatorio, hasta que un rato después el hombre volvió. Se acomodó en la silla y dijo:
—Escucha. Se hablan muchas tonterías acerca de él, pero Sinatra es muy profesional. Va a grabar el spot para vosotros, pero una sola vez, sin que se le exija repetirlo.
Aliviado, Medina entró en el camerino del artista. Era la primera vez que lo veía de cerca. Sinatra estaba llorando, casi inconsolable. Una ocasión peor para conocerse, imposible. El publicista brasileño, con toda calma, esperó el tiempo que fue necesario para que se repusiese del golpe. En unos minutos, el cantante se lavó la cara, su equipo comenzó a maquillarlo y, finalmente, le dirigió las primeras palabras a Roberto Medina:
—Solo voy a grabar una única vez, ¿le parece bien?
—Sí, de acuerdo.
Fue un primer contacto algo frío.
Medina le entregó entonces el birimbao de plata que había comprado para regalarle. Sinatra le dio amablemente las gracias. Enseguida preguntó:
—¿Cómo está Tom (Jobim)? ¿Está bien?
—¡Sí, estupendo!
—Mándele un abrazo fuerte de mi parte. Dígale que lo recuerdo mucho.
—No se preocupe, se lo diré.
Sin perder más tiempo, el cantante se sentó y grabó el spot, prácticamente con el mismo guión que tuvo David Niven. Al acabar, se volvió hacia Medina:
—¿Le gusta cómo ha quedado, jefe?
—No —dijo el brasileño secamente.
—Sí, lo sé. Entonces vamos a hacerlo otra vez.
Al fin, atento, Sinatra preguntó de nuevo:
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
En la primera toma, Frank Sinatra había estado visiblemente emocionado. Sin embargo, por ser temperamental, en el caso de que se hubiese negado a grabar por segunda vez —confiesa Medina—, aquella primera declaración podría haberse aprovechado de todos modos. Era cuestión de preciosismo, de perfeccionismo por parte de él.
Roberto Medina no escatima en elogios al hablar del comportamiento del ídolo:
—Mientras muchos artistas actuales no hacen más que poner pegas, Frank me llamaba jefe (boss). ¡El más grande del mundo llamándome jefe! Un profesional muy serio.
Como una manera de olvidar la pérdida de su madre por unos minutos, Sinatra sorprendió al volverse atrás también en la decisión de no cantar. Caminó lentamente hacia el escenario y ofreció su show al público que, a esas alturas, colmaba las dependencias del Caesar´s. En el espectáculo, citó incluso el whisky Passport, apoyando una botella sobre el piano, lo que nadie de la producción le había pedido. Aprovechó la ocasión para dedicar la presentación a su madre, pero en ningún momento se expresó públicamente sobre la tragedia. Solo envió un mensaje a Dolly, que poca gente del público entendió:
—Le dedico este show a una persona muy querida que está allá arriba, ahora, en este momento…
Al día siguiente, el equipo brasileño editó el spot en Las Vegas. Al volver al país, el único trabajo fue hacerlo circular. Antes, claro está, la Seagram se aseguró de que la Cisper tuviese reserva suficiente de botellas para atender la demanda que, sin duda alguna, habría del Passport.
Como era de esperar, el anuncio tuvo un éxito impresionante. Fue la mejor campaña de televisión. Roberto Medina ganó el premio de publicista del año y superó con creces a todos sus demás competidores de aquel entonces. Tanto por la calidad como por la osadía de todo el proyecto y su repercusión. Desde que ideó la campaña con Sinatra hasta la difusión del spot, el proceso duró entre tres y cuatro meses: un tiempo récord. Una victoria de vital importancia para la carrera de Medina.
En cuanto terminó de editar el comercial, aún en Las Vegas, antes de regresar a su país, Medina cenó una vez más con Mickey Rudin, que lo provocó:
—¿Y ahora, muchacho? ¿Qué más le pides a la vida?
Realmente, grabar un anuncio comercial con Frank Sinatra resultaba, para muchos publicistas, la cumbre de su carrera. Para Medina, en cambio, era solo el comienzo.
—¿Qué más le pido? ¡Vaya! Llevar a Frank Sinatra a Brasil. ¿Acaso usted se ha olvidado de eso?
A pesar de haber hecho un buen papel en el primeros contactos, aun mostrando tener palabra desde el principio hasta el final del desenlace de la grabación del anuncio, llevar a Brasil a Frank Sinatra no sería un proceso fácil.
Más de dos años de conversaciones, catorce viajes a Los Ángeles, algunos de ellos de varias semanas, y aún así, en los momentos en que Medina se veía a punto de concretar el proyecto, cuando comenzaba a creer que el sueño era realmente posible, las negociaciones se estancaban, volvía a comenzar de cero. Mickey Rudin siempre se escaqueaba. Decía que Brasil quedaba demasiado lejos para Sinatra, que presentarse en Sudamérica no tenía sentido para él. Otras veces declaraba que el negocio sería inviable para un empresario brasileño desde el punto de vista económico. Sin hablar del rumor de que una gitana le habría dicho al cantante que moriría si llegaba a presentarse en Brasil. Medina, por otra parte, nunca se tomó en serio esa historia. Creía que era un recurso que había inventado Rudin para ahuyentar a los aventureros: los hombres de Sinatra, probablemente, se lo soltaban a todo empresario que desease contratarlo en lugares en donde el cantante no tenía la menor intención de presentarse.
En la primera charla que Medina tuvo con Rudin en su despacho, el abogado buscó, en uno de sus cajones, una carpeta rotulada “Brasil”. Cuando se hicieron amigos, Rudin se la mostró. En ella había solicitudes de muchos empresarios brasileños, del gobierno federal de Rio, incluso cartas de su padre. Al lograr el éxito con Nat King Cole, Connie Francis y otras estrellas internacionales, en la década de 1950 Abraham Medina lanzó la hipótesis de buscar a Sinatra para presentaciones en el programa Noite de gala, de la TV Rio, y en el Maracanãzinho. Le ofreció al cantante 300 mil dólares. Desistió, temiendo que hubiese pérdidas, sobre todo porque los apoderados del artista le pidieron el doble en extras.
Roberto Medina, no obstante, no temía un perjuicio económico ni tampoco pretendía obtener beneficios. Se daría por satisfecho con recuperar los gastos pero, en el supuesto caso de que tuviese un pequeño déficit, ganaría en imagen. Durante la interminable negociación con Rudin, el publicista lo intentó todo. Hasta llevó a los Estados Unidos una vistosa maqueta, de tres metros de largo. Bien acabada, se veía en ella la figura de Sinatra, solitario, en medio del campo de un Maracaná repleto, todo en su debida proporción. Excelente manera de sensibilizar al cantante.
No obstante, la aduana estadounidense retuvo la maqueta, a pesar de su buena factura. Medina entró con ella en los Estados Unidos sin autorización, dispuesto a todo. Al día siguiente de la requisa, junto al fiel escudero Carlos Alberto Scorzelli —el director de la Artplan encargado de trabajar con él en la “Operación Sinatra”—, Roberto Medina salió por la mañana del hotel derecho al aeropuerto, llamó a un guardia aparte y le explicó el proyecto con riqueza de detalles. Sensato, el guardia cedió a las súplicas de los brasileños y liberó la maqueta, incluso sin la documentación. Medina acudió a la oficina de los agentes de Sinatra y la colocó encima de la mesa de un Mickey Rudin estupefacto. Rudin se quedó durante casi un año con el trasto a pesar de que estorbaba sus movimientos por el recinto. Sin embargo, lo utilizaba para estudiar cada detalle de lo que parecía que iba a ser el más grande espectáculo del mejor cantante del mundo en el estadio más gigante del planeta. Sin duda, era una tentación irresistible para el hombre conocido como La Voz.
Cierto día, con el negocio a punto de ser cerrado, un empresario brasileño entró en acción y ofreció 20 millones de dólares por un único show del cantante mientras que Medina intentaba cerrar toda la temporada de él en Brasil por 800 mil dólares.
En una de las reuniones, cuando el publicista carioca creía firmemente que estaba a dos pasos del paraíso, Mickey Rudin abrió el juego, con pesar:
—Lo siento mucho, Roberto, por todo el trabajo que te has tomado, pero acabamos de recibir una propuesta de 20 millones de dólares. He tomado la precaución de pedir que averiguasen si no era un chiflado cualquiera, si la cosa iba en serio. Y era, efectivamente, de fiar. Por eso lo siento mucho, realmente lo siento mucho…
Medina reconoció su tristeza, pero declaró que lo entendía perfectamente, que tenían toda la razón. Ahogó las lágrimas en el hotel durante la noche pero, a la mañana siguiente, Mickey Rudin lo despertó temprano con una llamada telefónica. Quería fijar una nueva cita.
—Vamos a retomar el asunto, amigo.
Sinatra había rechazado la oferta de los 20 millones de dólares. No quería hacer el show para el empresario, que deseaba verlo en vivo y en directo en un club paulista.
—Él no es cantante de club. ¡En un club, ni por 20, ni por 50, ni por 100 millones de dólares! Sinatra no quiso saber nada. Él quiere, sueña con el Maracaná. Está completamente obsesionado con esa idea —reconoció Rudin.
Bastó para que Medina se diese cuenta de que sus esfuerzos no estaban siendo en vano. La historia ya estaba en ese punto —o sea con él, con Frank Sinatra— y solo faltaban unos detalles para concretar el proyecto. El cantante estaba de acuerdo, lo que era una magnífica señal. Sin embargo, para variar, surgieron nuevos problemas: cuestiones de logística, como el hecho de que el cantante no quería viajar tantas horas para llegar a Brasil. Medina sudó para conseguir, a través de Air France, un Concorde que despegaría solo con el artista y sus invitados a bordo. Sinatra solo tendría que hacer el esfuerzo de coger el avión en Washington. El viaje duraría la mitad del tiempo habitual.
En esa oportunidad, el Concorde reavivó una discusión que estaba casi superada. En cada momento, Medina tenía que pensar en una nueva solución para que el acuerdo perdurase. Hasta que comenzaron discusiones más encendidas entre él y Rudin sobre la técnica del show, la divulgación, la prensa. Mickey Rudin era extremadamente autoritario y por eso los dos se enfrentaban bastante.
Cierta noche, en una cena en casa del estadounidense, las esposas se hablaban y ellos no. Habían chocado por cuestiones como la iluminación y la retransmisión televisiva.
Las riña continuas, el esfuerzo y el desgaste extenuaban sobremanera a Roberto Medina, que insistía en imponer las ideas que elaboraba. Un buen día, el brasileño salió de la oficina seguro de que desistiría de manera definitiva. Exhausto, no quería seguir gastando carretadas de dólares en viajes a los Estados Unidos que parecían en vano, debido a los problemas que sucesivamente postergaban la firma del contrato. En un paseo con Rudin por Beverly Hills, en el nuevo Rolls Silver Shadow del abogado (la Rolls-Royce le cambiaba el coche cada seis meses), Medina le espetó:
—Mire, Mickey, pienso que he sido un petulante: usted está junto al mejor cantante del mundo, tiene los mejores proyectos del planeta para analizar, y vengo yo, una persona insignificante, desde Brasil, y pretendo imponerle a usted cómo se hacen las cosas, enseñarle show business al hombre que echa las cartas del show business internacional. Así que paro aquí, desisto, creo que tiene usted toda la razón, le pido disculpas por la impertinencia y ya…
Inmediatamente, Rudin frenó el coche, puso la mano en el hombro del brasileño y le habló pausadamente:
—Amigo, mañana vamos a firmar el contrato.
Por lo visto, Rudin no pretendía mucho más del brasileño, solo que se pusiese en su lugar, que supiera que estaba a punto de contratar, no a un cantante, sino “al” cantante. Al día siguiente, sin discutir siquiera todo lo que se había venido negociando en aquel año de trabajo, el apoderado de Sinatra firmó el contrato según las pautas deseadas por el brasileño.
Muchas historias ligaban a Frank Sinatra con la mafia y el mundo del juego en los casinos de Las Vegas. Se rumoreaba sobre supuestos intercambios de favores y negocios en común entre el cantante y los mafiosos Willie Moretti y Carlo Gambino. Roberto Medina dejó de lado todo eso.
—Cuando busqué un abogado en los Estados Unidos para trabajar conmigo junto a Sinatra, él me dijo que no debería tener abogado, que ningún abogado estadounidense aceptaría discutir con él. Bastaba con que tuviese palabra. Dijo que con esas personas (las que rodeaban al artista) se hacen acuerdos verbales, basta con la palabra. Me pareció extrañísimo, siempre creí que ese asunto de la mafia era puro folclore. Sin embargo, en una de las ocasiones en que fui a la oficina de Mickey Rudin, me di cuenta de que el FBI había precintado el local. Me contaban que él, Rudin, había sido el abogado de Sinatra en la película El padrino1 pero conmigo siempre fue un tipo fuerte, firme, buena gente, serio, que cumplió con todas las obligaciones contractuales que acordamos. Solo era un poco duro en las negociaciones. Pero si era o no de la mafia, eso sí que no lo sé. Es verdad que el ambiente daba para eso. Conmigo, sin embargo, la relación fue siempre bastante profesional. Nunca conversamos sobre ese tema. Llegaban, sí, ciertos rumores durante el curso de nuestras negociaciones. Yo estaba preocupado, aunque tranquilo, porque lo que estaba haciendo era intentar contratar a un profesional, a un cantante, para una temporada de shows en Brasil. Solo eso.
Y tuvo éxito. En realidad, era una verdadera gloria que un empresario brasileño llevase a Frank Sinatra para una serie de cinco espectáculos en Brasil. Al fin y al cabo, se trataba de un artista que solo trabajaba dieciséis semanas por año. Sin sombra de dudas, Roberto Medina fijaba su nombre como el autor de la mayor hazaña de la historia del show business en Brasil.
En la recta final de 1979, el papa Juan Pablo II visitó a los estadounidenses para consolidar su liderazgo espiritual. Fidel Castro, después de diecinueve temporadas, regresaba a los Estados Unidos para pronunciar un discurso en la ONU; suavizando el tono, intentaba ser menos guerrillero y más estadista. En Brasil, la amnistía permitía que Fernando Gabeira volviese al país; el militante de la izquierda olvidaría los nueve años de exilio vestido con una tanga indiscreta en las arenas de Ipanema. Rio de Janeiro, por su parte, vivía la expectativa del juicio de Doca Street (Raúl Fernandes do Amaral), acusado de haber matado a tiros a su ex novia Ángela Diniz. Después de siete años y medio en prisión, Nelson Rodrigues Filho, a los 33 años, era puesto en libertad condicional por el régimen militar.
Este era el clima que precedió a la noticia del año. El 14 de octubre, frente a las cámaras de Fantástico, Roberto Medina aparecía al lado de Frank Sinatra en el Waldorf Astoria, en Nueva York, firmando el contrato de la actuación del cantante en Brasil. A los 32 años, el empresario pensó en la importancia de tener el aval de la TV Globo para que el público creyese finalmente en la historia e invitó al reportero Hélio Costa para cubrir el acontecimiento. Sinatra hizo una rápida declaración al periodista antes de firmar, mientras Medina, nervioso, temblaba.
—He contratado a lo largo de mi historia más de trescientas bandas y nunca había pasado por lo que sentí frente a Sinatra. Cuando entras en contacto con alguien al que admiras, y Frank Sinatra era mi pasión, no logras siquiera hablar bien delante de él.
Pero Sinatra fue bastante cariñoso, hasta el punto de que Medina se arriesgó a hacerle dos preguntas.
—Le pregunté si, después de todo lo que había conquistado, aún tenía algún deseo. Me dijo que soñaba con el día en que pudiese salir a la calle libremente, entrar en un bar y beberse en calma una cerveza. Aproveché la ocasión y le pregunté si aún se ponía nervioso cuando estaba en el escenario, después de tantos años. Dijo que siempre se ponía nervioso, que incluso llegaban a temblarle las piernas.
Frank Sinatra y Roberto Medina brindan por la firma del contrato que llevaría al famoso cantante a Brasil.
Al contrario de muchas —o hasta de todas— las grandes estrellas del show business, Frank Sinatra no pidió extravagancias en el contrato. Quería en Brasil solo los cigarrillos que fumaba y botellas del whisky Jack Daniels.
Feliz de la vida, cuando Roberto Medina divulgó la firma del contrato afirmó que realizaba un viejo sueño.
—Hace mucho leo noticias en la prensa con informaciones de que algún que otro empresario traería a Sinatra a Brasil. Lamentablemente, las noticias nunca se confirmaban y eso causaba gran frustración en la inmensa legión de fans que el cantante tiene en nuestro país.
Dijo que la contratación tenía un significado mucho mayor que la simple promoción de la empresa.
—El objetivo de la Artplan no es el lucro económico. La venida de Sinatra a Brasil es importante porque abre grandes perspectivas para nuestro turismo. No es casual que nuestra ciudad esté ocupando cabeceras en los principales periódicos del mundo.
Al día siguiente, muchos argentinos, por teléfono, hicieron reservas en hoteles de Rio.
Desde que obtuvo la firma del cantante para el anuncio de Passport, Roberto Medina se empeñó en llevar a cabo la idea de ver a Frank Sinatra en el Maracaná. A partir del momento en que la negociación adquirió visos de estabilidad, vislumbró la posibilidad concreta del viaje del mito a Brasil. El asunto, entonces, se convirtió en una cuestión de honor. Durante más de dos años, el publicista vivió el problema las 24 horas del día. Ahora tocaba relajarse. O ni siquiera eso. Tenía que preparar el show o, mejor dicho, los shows. Montó minuciosamente un plan para dar al hotel Rio Palace (hoy Sofitel, en el Puesto 6, en Copacabana) proyección internacional.
La elección del hotel donde se hospedaría el grupo de Sinatra no fue aleatoria. El Rio Palace corría por cuenta de la Artplan, y, como estaban dispuestos a contribuir a ayudarlo, Medina aprovechó la oportunidad para promocionar el establecimiento. Desde que se había iniciado el proyecto, era el momento ideal de retribuir a su cliente, haciendo que se convirtiese en el gran hotel de Rio de Janeiro. En el Rio Palace, casi dos mil seiscientas personas verían las presentaciones de Sinatra, entre los días 22 y 25 de enero de 1980. El sábado, día 26, el escenario para el artista sería el gigantesco estadio Mário Filho, el Maracaná.
El 18 de octubre de 1979, en la rueda de prensa, Medina repitió que, con su iniciativa, Artplan estaba contribuyendo a crear una buena imagen del país en el exterior y, de paso, a incentivar el turismo en el territorio nacional. Según él, los 20 mil cruzeiros (435 dólares), desembolsados por los fans que quisiesen ver al cantante en cada una de las cuatro presentaciones en el Rio Palace, no eran un precio tan alto como parecía. En Egipto, por ejemplo, el show de Sinatra había costado el equivalente a 75 mil cruzeiros por cada privilegiado espectador. En el Maracaná, por tanto, los brasileños pagarían menos de la cuarta parte del valor que el estadounidense solía gastar para escuchar a Sinatra en vivo. Aún así, Medina insistía en resaltar, cuantas veces fuera necesario, que la llegada del cantante al país no era importante solo desde el punto de vista artístico-promocional.
—Con la crisis energética por la que estamos pasando, en realidad estamos dando un despegue sensacional a nuestro turismo.
Por aquel entonces, si aún quedaba alguien que dudase de la iniciativa, ese era Abraham Medina. Su padre temía que los aires del país no le hiciesen bien a Sinatra.
—No se lo dije a Roberto, pero tenía un poco de miedo, esa es la verdad. Paul Anka, recuerdo, se negó a cantar aquí. Vino con un contrato firmado y todo, pero en cuanto llegó cambió de idea.
En diciembre de 1979, en el Caesar´s Palace, Frank Sinatra conmemoró 40 años de carrera y 64 de edad con un show al que asistieron Tom Bennett y Sammy Davis Jr. Lo ovacionaron durante veinte minutos al final de la última canción. El 19 de enero de 1980 cantó en Beverly Hills, en un espectáculo en homenaje a Simon Wiensenthal, su amigo personal, conocido por su intervención en la caza de los nazis. Al final del espectáculo, un descanso irrisorio y con las maletas ya preparadas, la leyenda viva de la música volaba al día siguiente camino de Brasil.
1 Se decía que Mickey Rudin había sido abogado del cantante en la época en que el Columbia Studio se había negado a contratar a Sinatra para De aquí a la eternidad. Rudin habría escuchado la negativa del presidente del Columbia, Harry Cohn. El resto de la historia puede verse en la película: esa misma noche, la cabeza del principal caballo del ejecutivo, que valía una fortuna, apareció cortada en su cama. Rumor o no, una cosa es cierta: en el momento en que se anunció que el libro The Godfather, de Mario Puzzo, sería llevado al cine, Rudin defendió con uñas y dientes a Frank Sinatra y logró eliminar el 80 % de las escenas de Johnny Fontane, personaje basado en la figura del cantante, ya que Sinatra estuvo presente en el cumpleaños de la hija del mafioso Willie Moretti, en 1948.
APOTEOSIS EN EL MARACANÁ
El 21 de enero de 1980, a Brasil parecía importarle más la noticia de la llegada de Frank Sinatra, que cualquier otro hecho de repercusión mundial o nacional. Todo pasaba a segundo plano. Incluso el hecho de que el presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, hubiese oficializado la petición al Comité Olímpico norteamericano para organizar un boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú —qué ironía— si las tropas soviéticas no se retiraban de Afganistán…
Fueron tres ansiosos meses de espera para el pueblo y de mucho trabajo para Roberto Medina y su equipo. A unos días de la llegada del cantante, el pelo del publicista encaneció como por arte de magia. Tampoco pudo escapar de una gastritis. Pero eso era lo de menos: él no veía la hora de que el icono de la música llegase a Brasil. Estaba todo preparado. Sinatra inauguraría la suite presidencial de los pisos séptimo y octavo del Rio Palace, la más grande de Brasil. Era un enorme dúplex de 500 metros cuadrados. Con cristales a prueba de balas, el lugar era una invitación al lujo y al confort. Muebles del siglo XVIII, cuarto de baño revestido en mármol, cuadros de Pancetti, Da Costa y Zaluar. Si el hotel no hubiese sido cliente de la Artplan y Medina hubiese tenido que correr con los gastos diarios, los ocho días del cantante en el país habrían salido carísimos.
Una mañana de bochorno, el lunes día 21, a las 8.38, aterrizó el DC-8 fletado desde la Braniff, con el ídolo y sus principales invitados a bordo. Una llegada rápida y fría. Cansado después de diez horas de un vuelo que había comenzado con dos de retraso, Sinatra mascaba chicle y caminaba despacio. Con gafas oscuras, pantalones grises, chaqueta blanca y camisa sport a cuadros, al bajar del avión, el mito esbozó pocas sonrisas y gestos ante unos pocos brasileños que pasaron la noche en el aeropuerto de Galeão con el afán de recibirlo, aunque solo fuera desde lejos. En menos de dos minutos, dejó el avión, firmó el Libro de Oro del aeropuerto y subió al helicóptero que lo llevó hasta el aeropuerto Santos Dumont acompañado por Barbara Jane Blakely, ex mujer del comediante Zeppo Marx, ex bailarina de un casino de Las Vegas con la que se había casado hacía tres años. Barbara era su cuarta y última esposa: las otras, Nancy Barbato, Ava Gardner y Mia Farrow. Además de su mujer, una comitiva de veinte invitados, uno de ellos especial: Spiro Agnew. Ex vicepresidente de los Estados Unidos durante la administración Nixon, Agnew había renunciado por problemas con el fisco. El siciliano Don Costa, arreglador y director de varios discos de Sinatra, también llegó a Brasil con el cantante, solo para asistir a sus espectáculos, no para trabajar.
Si los primeros pasos de Sinatra en el país fueron tranquilos en el Galeão, hubo bastante tumulto cuando entró en el Rio Palace. Para resumir, con menos de cincuenta minutos en Brasil el artista ya tenía una opinión formada sobre el viaje:
