Viajeras - Silvina Quintans - E-Book

Viajeras E-Book

Silvina Quintans

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Beschreibung

Ellas emprendieron viajes extraordinarios en tiempos en los que los desplazamientos eran difíciles y la mayor parte de las personas no salían de sus pueblos. Mujeres valientes, de distintos lugares del mundo, que se animaron a desafiarlo todo en busca de sus nuevos destinos.   Silvina Quintans, periodista especializada en viajes, nos invita a conocer las aventuras de once viajeras de diferentes épocas, y nos cuenta sus historias más increíbles y audaces.

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www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo

A Santiago, compañero de todos los caminos y también de este.

He de partir

Pero arremete, ¡viajera!

Alejandra Pizarnik

PRÓLOGO

Valientes, briosas y alegres

La historia de este libro comenzó en tiempos en los que viajar estaba prohibido. Tiempos de pandemia en los que parecía que nunca más cruzaríamos los estrechos límites del barrio. Tuve que replantearme, entonces, qué haría con la columna radial de viajes de los domingos: ¿cómo iba a sostener el espacio cuando no se podía salir —literalmente— ni a la esquina?, ¿volveríamos a viajar alguna vez?, ¿qué quedaría del mundo cuando la pandemia terminara? En un principio pensé en levantar la columna, pero luego me convencí de que era más necesaria que nunca: los viajes invitaban a la imaginación y a la esperanza en momentos de tristeza y confinamiento.

Durante meses recorrimos el mundo con los oyentes a través de fotos, relatos y hasta suvenires que rescatábamos de los estantes. No tardaron en aparecer libros de todas las épocas, con narraciones que invitaban a explorar horizontes desconocidos. Muchos de estos libros contaban historias de mujeres que habían dejado la seguridad del hogar para desafiar mares, selvas, desiertos y ciudades. Mujeres que recorrían el mundo sobre barcos, trenes, balsas, caballos, mulas, bicicletas, automóviles o simplemente a pie.

El tema fue creciendo hasta que, en el segundo año de la pandemia, cuando aún continuaban las restricciones para viajar, retomé las biografías de viajeras en una serie de artículos para el diario La Nación y en el espacio llamado Mujeres viajeras, por Radio Continental, con Fernando Bravo. Dos de las biografías que aparecen en este libro fueron aportadas por la audiencia del programa, que cada semana alentaba y sumaba nuevos datos.

Durante el ciclo en la radio fuimos compartiendo decenas de historias, de las que elegí solo algunas con la esperanza de escribir otras igualmente fascinantes que seguirán apareciendo. ¿Qué había llevado a estas mujeres a viajar? ¿La curiosidad o la necesidad? ¿Un impulso o un sueño? ¿Qué obstáculos tuvieron que enfrentar? ¿Cómo eludieron el mandato del hogar, el matrimonio y los hijos? Para responder a estas preguntas hubo que profundizar en sus biografías, descubrir de dónde venían, cómo habían sido sus familias de origen y los condicionamientos que las limitaron. Algunas ya habían sido investigadas por académicos y escritores; otras, como Ana Beker, eran prácticamente desconocidas.

Así surgió este libro, uno de los tantos posibles, que solo trata de contar historias y no intenta hacer un relevamiento sistemático de viajeras. Incluye travesías realizadas entre comienzos del siglo XVIII y mediados del siglo XX por mujeres de distintas nacionalidades y clases sociales. Más allá de esta diversidad, mientras escribía fui descubriendo algunos hilos conductores: todas desafiaron las convenciones de su época, conocieron la intimidad de otras culturas y trataron de comprender las diferencias, aunque eso no significa que estuvieran exentas de prejuicios.

Como las viajeras, todos avanzamos a veces a tientas, atravesamos tormentas y tratamos de retener los instantes de belleza. En el confinamiento, como en los viajes, el miedo a lo desconocido nos recordó la fragilidad de la condición humana, por eso es tan importante rescatar estos ejemplos de resiliencia, que invitan a vencer los propios límites.

Valientes, briosas, alegres, tal como las describió Ada Elflein, las viajeras de este libro nos invitan a recordar que la libertad es posible y que los viajes siempre guardarán espacio para el asombro con el que alguna vez descubrimos el mundo. Espero que las voces de las viajeras también convivan con los lectores, que los inspiren, que les despierten la curiosidad y las ganas de conquistar el horizonte.

LAS QUE DIERON LA VUELTA AL MUNDO

Nellie Bly (1889-1890)

Annie Londonderry (1894-1895)

A fines del siglo XIX, en la segunda Revolución Industrial, los adelantos técnicos como el barco y el tren a vapor parecían poner el planeta al alcance de la mano. Desde la publicación de la novela La vuelta al mundo en ochentadías, de Julio Verne, en 1872, los desafíos para viajar alrededor del globo estaban a la orden del día. Nellie Bly y Annie Londonderry partieron desde Estados Unidos para recorrer el mundo en esa época, mientras los movimientos de mujeres reclamaban el derecho a votar, trabajar, sostenerse económicamente y —por qué no— también a viajar.

Foto aparecida en el suplemento The World, Nueva York, 2 de febrero de 1890.

Nellie Bly,LA PERIODISTA QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO EN 72 DÍAS (1889-1890)

“Es solo una cuestión de 45.000 kilómetros, 75 días y 4 horas hasta que esté de regreso”, pensó Nellie Bly, mientras el Augusta Victoria dejaba atrás el puerto de Nueva York, en una mañana serena, a finales de 1889. Iba en busca de un sueño, pero algo la incomodaba, su cuerpo temblaba ante todo tipo de fantasías: se preguntaba si alguna vez volvería, si tendría que soportar calores o fríos intensos, si naufragaría en una tormenta, si se enfermaría de fiebres que la harían delirar. “Me sentía como me imagino que se sentiría alguien a quien encerraran en una cueva oscura como la medianoche y le dijeran que toda clase de horrores se agazapan en las sombras, dispuestos a devorárselo”, escribió más tarde.

La intrépida Nellie, la periodista que no había dudado en hacerse pasar por enferma mental para reportar las terribles condiciones en las que se internaba a las pacientes, la que había cuestionado al dictador Porfirio Díaz en México, la que se había convertido en obrera para dar voz a las trabajadoras, quería bajarse del barco. Ella, Nellie, la que había propuesto a su editor romper un récord de ficción y dar la vuelta al mundo en menos de 80 días, ahora sentía miedo.

Por la noche, mientras cenaba con el capitán y otros pasajeros en una larga mesa, tuvo que levantarse tres veces para que el mareo no la traicionara frente al resto de los comensales. No pudo retener ni un bocado, el cuerpo se libraba de la comida como si quisiera espantar las sombras.

Tuvo que pasar casi un día entero en la cama para recuperar las fuerzas. Entonces, se despertaron su apetito, su poder de observación y sus ganas de devorar el mundo. La travesía hasta Southampton, Inglaterra, duró una semana, en la que, luego del impacto inicial, se sintió protegida por la calidez de los demás pasajeros y los ritmos que marcaban las comidas y las conversaciones. Cuando bajó del transatlántico en un oscuro y neblinoso muelle inglés, sintió que dejaba atrás aquel confortable mundo en miniatura para enfrentarse, nuevamente, a la incertidumbre del viaje.

El Augusta Victoria, en una reproducción realizada con Minecraft.

LA HUÉRFANA SOLITARIA

Elizabeth Jane Cochran había nacido el 5 de mayo de 1864 en Cochran’s Mills, Pensilvania, lugar que tomó el nombre de su padre, Michael Cochran, quien comenzó trabajando como obrero y se convirtió en un exitoso comerciante y respetable juez de la localidad.

Michael se casó dos veces, tuvo diez hijos con su primera esposa y cinco más con Mary Jane Kennedy, la madre de Elizabeth. La familia tenía un buen pasar y la niña se crio sus primeros años en una situación privilegiada. Pero, en 1871, Michael Cochran murió y su esposa quedó a cargo de los niños. La sucesión debía repartirse con los diez herederos del matrimonio anterior, así que tuvieron que dejar la mansión familiar e intentar conseguir algún sustento.

Mary Jane se casó en segundas nupcias con un hombre cruel y abusador que la amenazó varias veces con una pistola en público. La relación fue tan violenta que la madre huyó con sus cinco hijos y pidió el divorcio, algo muy inusual para la época. Huérfana de padre y víctima de violencia familiar, Elizabeth supo desde chica que debía sostenerse por sus propios medios. Se matriculó en la Escuela Normal de Indiana para recibirse de maestra, pero las dificultades económicas solo le permitieron estudiar durante un semestre. Su educación fue muy básica porque desde joven tuvo que contribuir a la economía familiar con trabajos precarios.

Nellie leía con avidez todo lo que tenía a su alcance. Cada semana seguía las columnas de Erasmus Wilson, periodista estrella del Pittsburgh Dispatch que firmaba sus textos con el seudónimo “Quiet Observer” (Observador silencioso). Pero el interés de Nellie se convirtió en furia cuando leyó una columna titulada “¿Para qué sirven las chicas?”, en la que el periodista insistía con que las mujeres estaban destinadas a ser los “ángeles del hogar” y con que era una “monstruosidad” que salieran a trabajar. En tono sarcástico llegó a sugerir: “En China matan a las niñas. Quién sabe si este país quizás tenga que recurrir a esto en algún momento”.

Nellie envió al diario una carta firmada bajo el seudónimo “Lonely Orphan Girl” (Huérfana solitaria), en la que refutaba con ferocidad el artículo de Wilson. El editor, George Madden, quedó tan impresionado con la respuesta que al día siguiente publicó un anuncio en el que invitaba a la “Huérfana solitaria” a que se contactara con la redacción. Elizabeth decidió acudir en persona y se sorprendió cuando el hombre le encargó que escribiera un artículo sobre “la esfera de las mujeres”. Así comenzó su carrera en el periodismo, con una nota titulada “The Girl Puzzle” (El rompecabezas de la chica).

Litografía de Armor, Feuerhake & Co. Muestra el edificio del periódico Pittsburgh Dispatch en 1876; está incluida en un libro que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Pittsburgh.

El artículo se concentraba en la situación de las mujeres “sin belleza, sin talento, sin dinero” y cuestionaba: “¿Pueden los que tienen mucho y en abundancia darse cuenta de lo que es ser una pobre mujer trabajadora, habitando en una o dos habitaciones desnudas, sin suficiente fuego para mantenerse caliente, mientras que sus ropas raídas se niegan a protegerla del viento y el frío, y negándose a sí misma el alimento necesario para que sus pequeños no pasen hambre?”.

Esta mirada sensible hacia las desigualdades acompañaría a Elizabeth durante toda su carrera: “Deje que un joven comience como chico de los mandados y este se abrirá camino hasta ser uno de la empresa. Las niñas son igual de inteligentes, mucho más rápidas para aprender; ¿por qué, entonces, no pueden hacer lo mismo?”.

Convencido del talento de la joven, que tenía apenas 20 años, el editor decidió contratarla y, como estaba mal visto que las mujeres firmaran con sus nombres reales, la bautizó con el seudónimo Nellie Bly, tomado de un pegadizo tema musical de la época. Sus primeros artículos fueron reportajes de investigación sobre mujeres divorciadas —tema que conocía por la difícil situación que habían pasado con su madre— o sobre las condiciones de las trabajadoras en las fábricas, pero debido a las quejas de algunos hombres poderosos terminó confinada en las secciones “femeninas”: hogar, chismes, moda y jardinería.

Nelly Bly, la canción que le dio nombre

El seudónimo de la periodista fue tomado de la canción Nelly Bly, compuesta en 1850 por el cantautor Stephen Foster. Existe una pequeña diferencia en el deletreo del nombre “Nelly” de la canción y el “Nellie” adoptado por la periodista. El tema habría estado inspirado en una mucama negra que asomó la cabeza para escuchar a los amigos del autor mientras daban una serenata. La letra de la canción poco tiene que ver con el espíritu de la periodista, que reivindicaba la independencia de las mujeres. Aquí van los primeros versos traducidos:

¡Nelly Bly! ¡Nelly Bly! Trae la escoba. / Vamos a limpiar la cocina, querida, / y a cantar una pequeña canción.

Atiza la leña, mi amor, / y haz que el fuego arda. / Y mientras traigo el banjo, / dale una vuelta a la comida..

SEIS MESES EN MÉXICO

En México, a los 21 años.

Aburrida de las notas que le encomendaban, Nellie logró que la enviaran como corresponsal a México, hacia donde viajó en un tren a vapor acompañada por su madre como chaperona. Ingresaron al país por Paso del Norte y continuaron luego hasta el Distrito Federal.

Nellie era una joven de 21 años que nunca había viajado fuera de los límites de Pensilvania. En pocos días de tren llegó a un país de gran complejidad cultural, en el que se hablaba un idioma que ella desconocía. ¿Cómo se saludaban los mexicanos? ¿Cómo estaban amoblados los salones? ¿Cómo era la vida en las calles? Su curiosidad la llevaba a captar con avidez cada detalle: no se le escapaban los colores, los paisajes, las vestimentas ni los sabores. Hasta llegó a transcribir algunas recetas de cocina y dedicó un capítulo entero a las bondades del “pulque”, una bebida destilada de la planta del agave.

La cronista estaba más interesada en observar a la gente y sus costumbres que en recoger historias de monumentos: “Las escenas callejeras de la Ciudad de México —escribe— forman un panorama brillante y entretenido, por el cual no se cobra”. Sus lectores de Pensilvania recibían cada semana pinceladas de la vida cotidiana que desarmaban todos los estereotipos: “La Ciudad de México guarda muchas promesas luminosas para el futuro (…), es una ciudad para que los hombres acumulen fortunas; un paraíso para estudiantes y para artistas, un campo fértil para el cazador de lo curioso, lo bello y lo raro. Su brillante futuro no puede estar muy distante”.

La fascinación, sin embargo, no opacó su interés por las personas en situación vulnerable: “Nueve de cada diez mujeres en México tienen bebés. Desde una edad tan temprana como los cinco días, los bebés están completamente escondidos en los pliegues del rebozo, colgados de la espalda de las madres, muy cerca de las gigantescas canastas de verduras en sus cabezas (…). [Los bebés] siempre son buenos. Sus pequeños ojos negros como el carbón contemplan lo que será su mundo con solemne asombro. Nunca se ven sonrisas de bebé ni lágrimas de bebé en sus rostros. Desde la edad más temprana son viejos y parecen ver la vida en toda su negrura. No conocen un hogar, no tienen escuela y, antes de que puedan hablar, se les enseña a llevar bultos sobre la cabeza o la espalda (…). Miles de ellos nacen y crecen en las calles. No tienen hogar y nunca estuvieron en una cama”.

La viajera montaba en carruajes, trenes, tranvías y canoas para reportar de primera mano cada una de sus impresiones. Durante meses se interesó por las historias y las leyendas populares, recorrió los salones, asistió al teatro, a las corridas de toros —aunque criticaba la crueldad hacia el animal— y a las muestras de fe popular frente al Santuario de la Virgen de Guadalupe, recorrió la aristocrática ciudad de Puebla y se interesó por las culturas originarias.

La periodista continuó con sus reportes hasta que despertó la alarma del régimen del dictador Porfirio Díaz: “Muy poca gente fuera de la República de México tiene una mínima idea de cómo se llevan aquí los asuntos gubernamentales. Los habitantes de México —por lo menos así se estima— suman 10.000.000 de almas, de las cuales 8.000.000 son indios, ineducados y muy pobres. Esta amplia mayoría no tiene voz en ningún asunto, de manera que el Gobierno es conducido por la clase más pequeña, supuestamente, superior (…). De república solo tiene el nombre, pues es en realidad la peor monarquía [sic] que existe”.

Su situación se tornó insostenible cuando denunció las persecuciones a la prensa. “Solo por una ofensa imaginaria en sus escritos, son enviados a prisión y se los mantiene en celdas oscuras y sucias, sin conexión con el mundo, sin juicio previo y sin siquiera lo suficiente para comer”. Las autoridades mexicanas amenazaron con llevarla presa y tuvo que regresar de apuro a Pensilvania.

Aunque sus crónicas habían tenido una excelente recepción y luego serían recopiladas en el libro Six Months in Mexico (Seis meses en México), de regreso en Pittsburgh, sus jefes la confinaron nuevamente a las páginas de chismes, moda y jardinería. Nellie renunció, entonces, con una escueta nota que dejó sobre el escritorio de su editor: “Me voy a Nueva York. Esté atento. Bly”.

DE NUEVA YORK AL MUNDO

Litografía de J. Pulitzer, de 7 cm de alto por casi 4 cm de ancho, para la serie de 50 editores americanos, en la que se ubicó una en cada paquete de cigarrillos Allen & Ginter, en 1887.

En 1887, Nellie llegó a Nueva York para cumplir su sueño de trabajar en alguno de los grandes diarios, pero no le resultó fácil conseguir empleo. Deambuló durante cuatro meses por las redacciones sin éxito, hasta que, agotados sus recursos, se plantó ante el editor del New York World, el diario del empresario de origen húngaro Joseph Pulitzer, dispuesta a tomar cualquier encargo. El hombre le encomendó una misión riesgosa y casi imposible: infiltrarse en el centro para mujeres con problemas de salud mental de la isla de Blackwell, para comprobar si eran ciertos los rumores de malos tratos.

Nellie logró que la internaran en el temible hospicio. Allí pudo experimentar en carne propia las crueles condiciones en las que vivían las 1600 mujeres internadas y a lo que se las sometía: baños con agua fría, comida en mal estado, falta de higiene y castigos brutales. Los diez días que permaneció en el asilo fueron el descenso a un infierno helado, en el que las mujeres desfilaban amarradas con cuerdas o permanecían atadas durante horas en posiciones dolorosas. Sufrió maltratos y castigos físicos hasta que pudo salir con la ayuda de un abogado y luego publicó sus crónicas, que escandalizaron al público y forzaron mejoras en el tratamiento de los pacientes con enfermedades mentales.

Nellie había ganado su puesto en New York World, que estaba en una feroz competencia para ganar lectores. Se le ocurrió, entonces, una idea que la llevaría a la fama mundial: le propuso a su editor dar la vuelta al globo en 75 días, para vencer a Phileas Fogg, el célebre protagonista de la novela de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochentadías.

Su jefe no confiaba en una mujer para llevar a cabo semejante empresa, consideraba que necesitaría de alguien que la protegiera y suponía que iba a llevar toneladas de equipaje. Cuando el diario amagó con enviar a un hombre en su lugar, Nellie retrucó: “Entonces mande a un hombre y yo saldré el mismo día que él, lo venceré y escribiré la historia para algún otro periódico”. La propuesta quedó congelada durante un año, hasta que un día el editor le preguntó: “¿Puedes comenzar el viaje alrededor del mundo pasado mañana?”.

La prensa compite por los lectores

A fines del siglo XIX se produce el auge de la prensa escrita en Estados Unidos: nunca antes se habían vendido tantos periódicos. El New York World había sido comprado por el editor Joseph Pulitzer en 1883 y no solo apuntaba a las clases medias, sino también a trabajadores, inmigrantes y personas que apenas sabían leer, con coberturas accesibles sobre temas sociales. Los artículos del psiquiátrico en la isla de Blackwell y de la vuelta al mundo de Nellie Bly tuvieron un espacio muy destacado y dispararon las ventas. En 1895, William Randolph Hearst adquirió el New York Journal y se desató una batalla entre ambos medios en busca de lectores a través de coberturas sensacionalistas que llevaron el nombre de “prensa amarilla”.

En poco menos de dos días Nellie preparó el viaje. Concentró sus pertenencias en un pequeño bolso de mano y completó el ajuar con el vestido que llevaba puesto —lo confeccionó un modisto en apenas una tarde y luego se convirtió en furor entre las mujeres de la época—, un abrigo de cuadros y un impermeable bajo el brazo. En el diario le dieron dinero inglés y un pasaporte especial firmado por el secretario de Estado. Hubo quienes sugirieron que llevara una pistola para defenderse, pero ella se negó: “Mi creencia de que el mundo me recibiría como yo lo recibía a él hizo que rechazara la idea”.

El jueves 14 de noviembre de 1889, a las 9:40 de una mañana serena, Nellie dejaba atrás la ciudad de Nueva York a bordo del Augusta Victoria, un rápido vapor que había sido construido el año anterior. Mientras el barco se alejaba de la costa, la incertidumbre del viaje anudaba su garganta y algo parecido al miedo se apoderaba de su cuerpo. Las tensiones de los últimos días cedían frente al temor a lo desconocido, a unos horizontes que se irían corriendo cada vez más lejos y que apenas podía imaginar.

Nellie Bly, pionera del periodismo encubierto

Las crónicas de Nellie Bly sobre la isla de Blackwell fueron recopiladas en el libro Diez días en un psiquiátrico y son consideradas precursoras del periodismo de investigación y del periodismo encubierto, en el que se oculta la identidad del periodista para revelar situaciones a las que no se podría acceder de otro modo. Este sería también un antecedente remoto del llamado “periodismo gonzo”, que impulsaron hacia 1970 cronistas estadounidenses como Hunter S. Thompson, en el que el periodista aborda de manera directa la noticia desde su subjetividad y se convierte en parte importante de la historia.

El bolso de Nellie

Para viajar alrededor del mundo Nellie empacó estas pocas pertenencias en un bolso de mano: dos gorros de viaje, tres velos, un par de pantuflas, artículos de tocador, papel y pluma para escribir, alfileres, aguja e hilo, una bata, una chaqueta liviana, una petaca, un jarro para beber, varios conjuntos de ropa interior, pañuelos, una camisola de seda y un pote de crema hidratante que luego se arrepintió de haber llevado.

Maleta Gladstone de cuero marrón como la que usó Nellie, de solo 41 x 18 cm. Pero la de la periodista era de cocodrilo.

Moneda británica de oro de 1 libra, de las que llevaría Nellie en su bolsillo. Se las había entregado el periódico que la patrocinaba

CITA CON JULIO VERNE

Fotografía de J. Verne tomada por Félix Nadar alrededor de 1878.

Luego de desembarcar en el puerto inglés de Southampton, Nellie desvió su recorrido hasta la ciudad francesa de Amiens, donde un hombre de cabello y barba blancos la recibió con una enorme sonrisa. El legendario Julio Verne, el hombre que había inspirado su aventura, la estaba esperando junto a su esposa.

Le tour du monde en 80 jours, de Julio Verne. 1.ª edición, París: J. Hetzel et Cia, 1873. Con dibujos de Neuville y Benett y un planisferio. Antes, el libro había sido publicado por entregas en 1872 en el periódico Le Temps.

La vuelta al mundo en 80 días había sido publicada casi veinte años antes y aún gozaba de un enorme éxito editorial. Sus páginas habían impulsado travesías en los más diversos medios de transporte: barco, tren, bicicleta; aunque nadie había batido la marca de tiempo que proponía la novela.

Verne le confió a Nellie que la idea del libro había surgido de un recorte periodístico en el que se estimaba que gracias a los nuevos transportes se podría dar la vuelta al mundo en tiempo récord. Pero hubo un detalle en el que nadie había reparado que disparó su creatividad: la diferencia horaria entre los meridianos. Verne detalló que esa vez —al contrario de cuando escribió otras de sus novelas— no había podido recorrer los lugares por los que viajaba su personaje debido a su estado de salud y que había tenido que documentarse con mapas y descripciones.

La casa de Verne en Amiens, aproximadamente en 1894.

La viajera pudo ver el recorrido de Phileas Fogg en un mapa desplegado sobre una pared, pero lo que más la impactó fue el pequeño y despojado estudio del escritor: “Había una sola silla en la habitación y estaba frente al escritorio. El otro mueble que había era un sillón bajo y enorme en un rincón, y allí, en ese cuarto, con ese entorno tan modesto, Julio Verne había escrito los libros que lo habían llevado a la fama eterna”.

Antes de despedirse, Verne la alentó: “Buena suerte, Nellie Bly. Si lo hace en 79 días, la aplaudiré con ambas manos”. Sintió que el desvío para conocer al escritor había dado sentido a todo su viaje, aunque retrasara el cumplimiento de su meta.

DE BRÍNDISI A HONG KONG

Estampilla impresa por fotograbado en Fort Worth, Texas, en septiembre de 2002. Smithsonian. Museo Postal Nacional.

Nellie se apresuró a hacer las conexiones de tren necesarias para llegar a Bríndisi, en el sur de Italia, y embarcar en el Victoria, un enorme barco de bandera británica. La viajera no tendría inconvenientes con el idioma porque la mayoría de las paradas serían en colonias de Inglaterra, la gran potencia de la época. “A medida que viajaba —observó— y me daba cuenta de que los ingleses se habían robado casi todos, por no decir todos, los puertos marítimos más deseables, crecía mi respeto por la astucia del Gobierno inglés y dejé de asombrarme ante el orgullo con el que los ingleses veían a su bandera flamear en tantos climas distintos y en tantas nacionalidades diferentes”. Sin embargo, la periodista buscaba distinguirse de sus compañeros de viaje: “Temía encontrarme con personas inglesas y sus conversaciones llenas de prejuicios”, escribió.

Aunque la mirada de Nellie fuera por lo general más abierta y compasiva que la de otros viajeros, tampoco estaba libre de preconceptos, como cuando se negó a sacarse los zapatos en un templo hinduista porque “ya había visto suficiente de sus ídolos”; o cuando se refirió a los hombres que tiraban de los rickshaws —un transporte a tracción humana— como “caballos”; o cuando se quejó de la demora de los trabajadores negros que subían el carbón en condiciones terribles para aprovisionar el barco; o cuando, en China, visitó un templo en el que “los escalones estaban colmados de mongoles sucios con todos los tamaños, formas y padecimientos”.

La pobreza de las colonias abofeteaba en cada puerto: hombres, mujeres, niños, mendigos, personas con enfermedades impronunciables se acercaban para pedir dinero. En Puerto Saíd, Egipto, los pasajeros bajaban pertrechados con palos y paraguas para repeler a los árabes que se acercaban en botes. Nellie, que se negó a llevar aquellas armas caseras, observó en su diario: “Los hombres del grupo usaron sus palos con bastante energía, pero sin ningún resultado, y aunque pensé que la conducta de los árabes justificaba el tratamiento severo que les propiciaban, aun así, sentí pena por ver cómo administraban sus golpes con tanto derroche a esos pobres desdichados, apenas vestidos, y no dejaba de asombrarme su perseverancia y testarudez, aun mientras se encogían frente a la paliza”.

Puerto de Adén, grabado de 1891. Imagen similar a como lo ha de haber visto Nellie algún tiempo antes.

En el trayecto, malabaristas, magos, encantadores de serpientes, músicos y vendedores ambulantes subirían al barco ofreciendo espectáculos y chucherías frente a la mirada indiferente o curiosa de los turistas. Nellie se interesaba por los atuendos de las mujeres: en Egipto observó los velos que las cubrían, mientras que en Adén (Yemen) la impactaron las que iban apenas cubiertas con un paño de seda y, pese a su pobreza, se veían elegantes con sus pulseras y abalorios. También quedó fascinada con un grupo de niños somalíes que nadaba junto al barco con asombrosa sincronización.

Bajo un calor agobiante cruzaron el canal de Suez y el mar Rojo. La viajera fue aligerando sus ropas, mientras se quejaba de que los hombres acapararan el privilegio de pasar la noche en cubierta, disfrutando de la brisa. En Colombo (capital de Sri Lanka), apreció la vegetación generosa y las playas sobre el océano Índico, distintas de los paisajes desérticos de la península arábiga que acababa de recorrer, aunque también la impactó el contraste entre el lujo de las construcciones coloniales y la pobreza de las locales. En esta ciudad se vio obligada a hacer una pausa de cinco días, hasta la llegada del barco que la llevaría hasta China.

Singapur hacia 1890. Nellie elogió el ancho de sus calles. Fotografía que se conserva en la Biblioteca del Congreso de EE. UU., Washington.

Nellie intentaba conocer todo lo que podía en cada una de las breves escalas, pero en algunas encontraba dificultades por ser mujer. En Singapur le negaron la entrada a un templo hinduista: “Pregunté, con curiosidad por saber, por qué mi sexo, en tierras paganas, era motivo para excluirme de un templo, de la misma manera que en los Estados Unidos me confinaban a ingresar por las entradas laterales de los hoteles y otras cosas igualmente incómodas y extrañas”. En el mercado de animales de esta ciudad compró un mono pequeño al que llamó McGinty, que la acompañaría durante el resto de la travesía.

La navegación hasta Hong Kong fue por momentos aterradora debido a la furia de los monzones, que sepultaba la embarcación bajo el oleaje. Los pasajeros, atemorizados, se refugiaban donde podían, pero Nellie ya no era la viajera temerosa que había embarcado en Nueva York: “Si el barco se iba a pique, habría tiempo suficiente para preocuparse mientras estuviera sucediendo y, si el barco no se iba a pique, solo habría perdido mi tiempo preocupándome. Así que dormí plácidamente hasta la hora del desayuno”. Finalmente, cuando llegaron a Hong Kong y todo parecía encaminado, Nellie recibió una noticia desconcertante.

DE HONG KONG A NUEVA YORK

E. Bisland durante la carrera de la vuelta al mundo contra N. Bly. Archivo de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Elizabeth Bisland era una periodista sureña que trabajaba en la sección literaria de la revista Cosmopolitan, competencia del New York World. El 14 de noviembre de 1889, cuando llegó a su trabajo, John Brisben Walker, el dueño de la publicación, le encomendó que diera la vuelta al mundo en menos de 80 días, pero partiendo rumbo al oeste, con escala en San Francisco. Elizabeth tuvo apenas seis horas para prepararse porque ese mismo día Nellie Bly partía de Nueva York en sentido contrario.

El público seguía con avidez ambas travesías. Ajena a la competencia, Nellie recién se enteró cuando llegó a Hong Kong, donde le informaron que su contrincante había pasado por allí algunos días antes y que le llevaba ventaja. La viajera reaccionó con frialdad: “Le prometí a mi editor que daría la vuelta al mundo en 75 días y, si lo logro, me sentiré satisfecha conmigo misma (…). Yo no estoy compitiendo con nadie. No competiré contra nadie. Si alguien quiere hacer el recorrido en menos tiempo, ese es un problema suyo”.

Desde Hong Kong se trasladó a Cantón, donde pudo internarse en los mercados y las calles, visitar un enorme recinto con los pisos manchados de la sangre de los condenados a muerte, conocer los terribles instrumentos con los que se torturaba a los condenados y visitar un leprosario en el que hombres, mujeres y niños vivían en condiciones infrahumanas.

Sus impresiones de China fueron muy desfavorables; Japón, en cambio, fue para ella un paraíso al que definió como la “tierra del amor, la poesía, la belleza, la limpieza”. Su mirada se centra en la situación de las mujeres, a las que describió como “auténticas, leales y fieles” pero “tan cándidas e ingenuas que cualquiera, si se presentaba la oportunidad, podía aprovecharse de sus confiados corazones”. Quedó, además, encantada con la gracia de las geishas que la recibieron con una ceremonia.

El 7 de enero de 1890, Nellie se despidió del puerto de Yokohama (Japón) con toda la pompa a bordo del Oceanic, un barco moderno y confortable. Mientras se alejaba de la costa, una escolta de lanchas la seguía con bandas que tocaban en su honor. Sobre los motores y en la sala de máquinas se había fijado una inscripción: “En honor a Nellie Bly, ganaremos o moriremos”.

Dos semanas después, desembarcaba en San Francisco con su equipaje —que había crecido de manera considerable— y el mono que había sumado en Singapur. Los oficiales de aduana hicieron horas extras para facilitar sus gestiones en el menor tiempo posible. La esperaba un tren especialmente dispuesto, el Miss Nellie Bly Special, con una moderna locomotora y un único vagón con todas las comodidades. El tren atravesó el país de costa a costa en apenas 69 horas, el lapso más rápido del que se tuviera registro, con dos maquinistas que se iban alternando para no detenerse a tomar descansos.

Nellie se sorprendió de la recepción, a la que definió como “digna de una reina”, ya que en cada parada los pobladores la recibían con regalos, música, cartas y muestras de afecto. “En todas las estaciones, cuando el tren se alejaba, las multitudes corrían detrás de él, tomándome la mano por tanto tiempo como pudieran”. En Kansas le propusieron que se postulara como gobernadora, en Topeka la recibieron más de 10.000 personas y en Chicago la ovacionaron en la Bolsa de Comercio.

El 25 de enero de 1890 a las 3:51 p. m., Nellie Bly apoyó los pies en Nueva York, donde miles de personas la aclamaban mientras se disparaban cañones para anunciar su llegada. Durante su ausencia el diario había sostenido el interés en la travesía con concursos y apuestas sobre cuándo regresaría. Había tardado 72 días, 6 horas y 11 minutos en dar la vuelta al mundo, ocho días menos que Phileas Fogg y tres días antes de lo previsto.

En una de las estaciones, le alcanzaron un telegrama de bienvenida que le habían enviado a San Francisco: “El señor y la señora Verne envían sus más sinceras felicitaciones a la señorita Nellie Bly, en el mismo instante que esa intrépida jovencita pise suelo norteamericano”.

Tres días más tarde llegó a Nueva York Elizabeth Bisland, otra mujer que, aunque no logró superar a Nellie, también venció el récord de Phileas Fogg.

LA VIDA DESPUÉS DE LA VUELTA AL MUNDO

La vuelta al mundo con Nellie Bly. The World’s Globe Circler. Juego de mesa sobre el viaje. Contiene casilleros para cada uno de los días de su viaje, flanqueados por imágenes de Nellie, Julio Verne, un barco a vapor y un tren; fue publicado en el New York World el 26 de enero de 1890 (p. 21). Algunos casilleros dicen, por ejemplo: “Accidente en tren indio, retrocede 5 casillas”; “Estrecho de Malaca, adelanta 1 día”. Imagen conservada en la Biblioteca del Congreso de EE. UU., Washington.

Juego de mesa sobre litografía de 1890, fabricado por J. H. Singer, en Nueva York. Actualmente, en una versión similar, se vende en Amazon.

Nellie fue inmensamente popular: se compusieron canciones en su honor y hasta se armó un juego similar al de la oca que mostraba su recorrido. Sus crónicas fueron recogidas en el libro La vuelta al mundo en 72 días, que fue un éxito. El New York World multiplicó sus ventas gracias a su viaje, los lectores participaban del concurso para intentar acertar cuándo llegaría y estaban cada vez más interesados en sus crónicas. No obstante, el diario no le ofreció ninguna bonificación extra y poco tiempo después ella renunció.

Para ese entonces era una periodista muy reconocida y ya no podía camuflarse (como había hecho en otras ocasiones) para reportar sobre temas que le interesaban. Escribió ficción sin demasiado éxito y pocos años después, a los 30, se casó con el magnate industrial metalúrgico Robert Seaman, un hombre mucho mayor que ella, con el que colaboró en la compañía. Cuando falleció su esposo, se convirtió en una poderosa empresaria que, fiel a sus principios, se ocupó de mejorar las condiciones laborales de sus empleados. Su talento la llevó a patentar para la empresa un nuevo diseño de envases para leche. Tiempo después, la mala administración y una serie de fraudes la llevaron a la bancarrota.

Foto de aproximadamente 1920. Fue publicada el 28 de enero de 1922 en The Oklahoma City Times, con ocasión de la muerte de Nellie.

Estaba en Austria cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Decidió entonces volver al periodismo y se convirtió en una de las primeras corresponsales de guerra. Desde las trincheras en el frente retrató la crueldad del conflicto con la pluma afilada que la caracterizaba: “En el valle entre nosotros y los rusos hay un pueblo cuyo nombre no puedo revelar. Allí se libró una feroz batalla y se dispara constantemente contra la gente. La tierra está cubierta de soldados muertos y oficiales de ambos ejércitos. Quizás haya algunos vivos entre ellos. Han estado allí durante diez días. Los muertos no pueden ser enterrados, los vivos no pueden ser ayudados hasta que cese la lluvia de fuego infernal”.