Vihdas paralelas - Diego Lesnaberes - E-Book

Vihdas paralelas E-Book

Diego Lesnaberes

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Beschreibung

De manera cruda y directa, VIHDAS PARALELAS viene a poner sobre la mesa un tema del que poco se ha escrito y que, aún hoy, sigue siendo estigmatizador. Atravesado por una escritura y poética queer, esta obra no es pretenciosa, no intenta decorar palabras ni suavizar conceptos o esconder términos. En un relato urgente, llama a cada cosa por su nombre, dándole lugar al silencio, al dolor, a las pausas. VIHDAS PARALELAS mezcla y une narrativa con sus necesarias emboscadas poéticas, que penetran sin permiso. Este libro, al igual que el VIH, no comprende de tiempos exactos u ordenados de manera cronológica, como la mayoría esperaría en una narración. Escrito en primera persona, habla de ese niño nacido en los noventa en una ciudad pequeña de Argentina, con las adversidades y particularidades de atravesar su deseo, hasta mirarlo de frente ya en su adolescencia y adultez; así mismo con su sexualidad, luego con su VIH y —en medio— una lucha contra una sociedad que nunca supo estar a la altura. Rompiendo con las estructuras y con lo que un otro pretendería, este libro llega para acompañar, exponer y visibilizar todo aquello que siempre se nos ha sugerido callar. Es un grito de amor, un ¡hasta acá!, un despertar. Es puramente vihsibilidad.

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Seitenzahl: 99

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustración de tapa: Pablo Ferrara.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Lesnaberes, Diego

Vihdas paralelas : relato urgente / Diego Lesnaberes. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

112 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-460-0

1. Ensayo. 2. Reflexiones. 3. Autobiografías. I. Título.

CDD A864

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Lesnaberes, Diego

© 2022. Tinta Libre Ediciones

A mi madre, a mi padre y a mi hermano,

quienes me enseñaron a levantarme

A Olga y Abel, por el amor infinito

Y a mis amigxs, siempre.

Prólogo

La humanidad es una especie como cualquier otra que se desarrolló en un mundo de opuestos, donde hay 12 horas de luz y 12 horas de sombra, donde o vives en el agua o en la tierra, donde respiras en el aire o en el mar. Esto diseñó nuestro cerebro en comprender las cosas de manera dual. Debido a los peligros de la noche, consideramos que la oscuridad es mala. Debido a la claridad del día, consideramos que la luz es buena. Entonces elegimos la luz escapando de la oscuridad.

Durante millones de años, la vida en este mundo ha construido caminos neuronales en nuestro interior que han diseñado la forma en que vemos el mundo, y siempre, todo ello, ha sido en función de nuestros miedos y placeres, lo que acabamos por llamar “malo y bueno”. Esta constante comparación ha llevado a crear la moral.

La moral es el conjunto de conceptos buenos y malos que se tienen en relación a un lugar, a una posición. La moral es el atributo de la morada.

Pero, ¿qué pasa cuando la morada ya no nos da lo que necesitamos?

Que es momento de moverse hacia delante, avanzar, pasar a otro nivel, abrir nuevos horizontes. Pero eso aterra a muchos, y prefieren quedarse, sufrir la falta de alimentos, la guerra, antes que abandonar su posición.

Aquel que abandona la morada y su moral de lo bueno y lo malo, era un desertor, alguien que dejaba su lugar, llamado “aloco” (sin sitio), origen de la palabra loco, locura, aquel que perdió su sitio. Y aquellos que permanecían cuerdos en su lugar, eran los sensatos, del latín sanus, que dio la palabra sano. Pero para los locos, aquellos que no cambiaban sus vidas; se habían detenido, estaban quietos, y por lo tanto, estaban “enfermos”.

Enfermo proviene del latín “in-fermar”, que es permanecer firme en un sitio. El enfermo era el que no se atrevía a cambiar, el que no avanzaba en la vida, y por ello, se decía enfermo a la persona que postrada por un mal, no podía salir de su cama.

El concepto de enfermedad pasó a ser malo en nuestra escala de valores, y estar sano como lo bueno. De igual manera que moverse y transformarse es de los locos, y quedarse firme es de los sensatos.

En nuestras culturas, cuando hablamos de enfermedad, solemos sentir lástima o pena por la persona en cuestión, pero sin embargo, los locos sabemos que no es una tragedia, sino la puerta a un nuevo horizonte, a descubrir una parte del alma que estaba encubierta por la rutina, a desvelar el espíritu para movilizar al cuerpo hacia una nueva aventura de descubrir de lo que es capaz. Es el llamado de atención del ser hacia el ego, para recordarle que no lo controla todo, y que debe aprender a fluir, a soltar, y de una vez por todas: vivir.

Los humanos construimos una escala de valores que nos ayuda a llevar nuestras vidas en orden, pero al mismo tiempo, nos han encerrado en creencias limitantes, que sólo nuestro ser en su infinita sabiduría sabe cómo resolver, y a veces, basta creerse enfermo para empezar a moverse.

La vida es un camino, un recorrido hacia la muerte. Todos vamos a morir, nadie se escapará de ello, por esto, la vida no es el opuesto a la muerte, sino el camino hacia ella, y estar enfermo no es una forma de morir, sino de recordarnos lo que la vida significa: movimiento.

Por ello, el enfermo tiene dos caminos: permanecer quieto y esperar la muerte, o volverse loco y vivir la vida.

El camino iniciático no es la sanación de una vida pura, sino el descubrimiento de la gracia del vivir. El camino es arte, vida, alegría, experiencias, poesía, es movimiento y transformación. Así que, no es la enfermedad lo que impide la vida, sino la creencia de que hay que detenerse. No es enfermo el que se enferma, sino el que elije no vivir.

Y como loco que soy, elijo la vida. Por ello, el día que Diego -en un abrazo- me dijo sobre su situación, no lo dudé un minuto, supe allí que comenzaba su verdadera vida, su verdadera aventura, su verdadero camino, que acompaño e impulso como lo hice desde que éramos niños.

Por ello, pongo aquí mi intención de que sus palabras inspiren el camino de aquellos que están comenzando esta aventura de vivir.

Matías De Stefano

Prefacio

Claramente no elegí este virus. Tampoco me obsequié los miedos heredados. Pero esto me pertenece, me es propio, y permanece.

Si algo me ha sabido quitar los miedos o al menos me ha enseñado a convivir con ellos de manera menos tediosa es haberlos enfrentado, y así, haberme hecho cargo de los propios, despachando todos aquellos que nunca pedí.

Nadie elige dónde nacer, en qué condiciones o en qué situación, y eso nos limita, nos estipula cada noche en que las sombras se agazapan a nuestro alrededor. Crecemos y nos criamos cerca de los miedos ajenos.

“No tengo nada que realmente me pertenezca, que sea mío... solo mi perra, que fue un regalo, y este virus, que si bien no fue elegido, tal vez sí haya sido, de algún modo, un regalo”, terminé diciendo en una sesión de terapia, algo angustiado, algo perdido, algo encontrado. En ese momento, fue lo más propio y sincero que sentí. ¡Es mío!, pensé, y a partir de eso, apareció una infinidad de historias que, por ende, me pertenecen. Siempre fui parte de una minoría, ¡nunca pertenecí!

Supe pedir permiso, sintiéndome sapo de otro pozo —casi como estorbando—, primero por ser gay, luego por mi VIH, y —desde siempre— por mi fervor: la escritura. No opté por aquello convencionalmente aceptado y ¡claro! me demoró mucho más… más de lo que hubiese esperado para un verdadero encuentro conmigo. Me enojó demasiados años y me alejó de mi deseo en redundantes ocasiones.

Felizmente resiliente, busqué las pertenencias en historias vividas, y no en otros, no afuera. No forcé pertenecer, ¡logré no forzarlo!, mejor dicho. Aunque, luego, inevitablemente, necesité refugiarme, abrazarme y encontrarme de manera colectiva; y se volvió fundamental para sobrevivir y sortear los malos tragos o pisoteos de manadas que, aun opuestas entre ellas, se han aglomerado en una gran estampida a fin de callarnos, uniendo fuerzas, dejando por un rato sus propias rispideces de lado, decididas a silenciarnos.

¿Somos minorías por ser silenciadas? ¿O somos silenciadas por ser minorías? ¿O silenciadas para no dejar de serlo?

Divide y triunfarás, dicen.

Nefasto. Repudiable, sostengo.

¿Qué me pertenece?, me pregunto, y con base en eso pertenezco, ME pertenezco. Depende de mí, de la deconstrucción y reconstrucción que haga y ¡sí, por supuesto!, también del entorno, de esos fuegos que me rodean; si acaso son aquellos que iluminan o esos otros que apagan y ahogan. En algún momento sería necesario —ya estaría bien— separar la paja del trigo. Ni siquiera mi nombre me pertenece, mirá si destinaré tiempo atesorado de mi vida para pertenecer a todo ese manantial que me es ajeno, ¡solo! porque un montón de otrxs, desocupadxs… desorientadxs… profesan que así debiera ser. Ni mi apellido es propio (aunque sí adherente). Mirá si la persona que hoy me acompaña podría entenderla como mi propiedad privada. Menos aún he elegido el cuerpo en que me hallo atrapadx, mirá si va a valer mi desgaste, devenido de tu desconocimiento sobre mi deseo sexual, sobre mis genitales.

Ciertamente sí, me corresponde y concierne el tiempo: ¡MI tiempo! No significa que sepa cuánto me quede, pero sí —aun como parte de minorías— denota que usaré mis veranos, mis otoños, mis primaveras y sobre todo tus inviernos para gastarlo o invertirlo en lo que realmente se me cante, desde el fondo de mi escroto. ¡Ah! Y sí: sin tu permiso, sin tu compasión, sin tu modo de concepción de mundo ideal, al que nunca, siquiera, intentaste refutar.

Creo que el humo del cigarrillo fue una grata excusa para disipar las ansias de gritar o salir despavorido, o tal vez una defensa. Creí que al entrar en mi cuerpo taparía y nublaría lo dolido. Porque dejar salir todo esto y exponerlo en palabras sería convertirlo dos veces en realidad, y una vez fuera, todo cuesta más.

Creí que exponerme, exhibirme, desnudarme sería quitarme las carnes frente a todxs, y sinceramente no me creí tan importante para permitirme la queja en voz alta (o eso me hicieron creer). Ahora lo descifro: miedo; miedo a parecer un desagradecido o, sencillamente, por haber escuchado a anticuadxs recomendarme no hablar de ciertas cosas. Pero lo no dicho se vuelve invisible y hasta pareciera que así lograra su inexistencia, e indudablemente silenciarme —o autosilenciarme— solo hace que retumbe el doble… el triple y ¡ya no!, ya es otro mi lugar, otra mi posición y otras mis fortalezas; de objeto a sujeto, para atrás, nunca más.

Un silencio hace más ruido que una bomba; una implosión ha generado mayores calamidades que una explosión, aunque, si quería seguir jugando, debía respetar las reglas del juego de los demás. Después de todo, ser distinto está bien visto si no diferís tanto de lo “normal”. Las probabilidades de que un vínculo prospere o funcione, las estadísticas de que el amor fluya, en mi caso, dependen estrictamente de si ese otrx se bancará o no mi condición de VIH positivo, aunque este haya sido, desde un comienzo —hace casi ya diez años— indetectable y yo pueda llevar una vida más que corriente. Porque ese otrx nuevx llega a mi vida con virtudes, con defectos, con ignorancias, con desconocimientos, pero sobre todo con un ego herido al enterarse de mi diagnóstico, que le hace creer que va de él y no de mí. Hasta yo alcancé a especular —culpa de esta sociedad— que las posibilidades de tener amor dependerían, anticipadamente, de cómo reaccionaría otrx frente a mi VIH. ¿Qué decir?

La buena educación escasea, la mala desborda, la información está contaminada y las cabezas y corazones… ¡ni te cuento!

De todos modos, hablarían en mi ausencia con prejuicio, rabia, desconocimiento e ignorancia… de mí, de mi VIH (al que siguen llamando, erróneamente, enfermedad). Y acá me detendré unos segundos para recalcar que el VIH es un virus; virus no contagioso sino transmisible, no anda en el aire y se mete dentro de unx, se necesita contacto. Este virus no distingue razas, clases, edades ni géneros; este virus, mayoritariamente, es consecuencia de una penosa decisión entre dos personas; ¡sí!, esta clase de decisiones es de a dos (generalmente, con excepciones, claro). Y dirás: ¡no considero para nada que sea una cuestión de decisión!

Dejame expresar que sí, tal como yo lo siento, esto va de decisiones. Entiendo que no es una decisión directa ni premeditada, ¿pero acaso optar por no usar preservativo, no es una decisión…? ¿No es una decisión que involucra a tantas personas como haya en cada acto sexual? Callarse, hacerse el distraído o no proponerle al otro que se ponga un forro, profiláctico, protección —o como quieras llamarle— es, en sí misma, pura decisión. Siempre fue una disputa con mi grupo de amigos, todo este barullo; nadie nos ha enseñado, ni en los 90 ni en los 2000, ni en nuestra adolescencia, ni en casa y menos en los colegios, sobre sexualidad, enfermedades o virus de transmisión sexual, y siquiera sobre respeto al cuerpo del otro, y menos al propio.