Violencias - Doménico Chiappe - E-Book

Violencias E-Book

Doménico Chiappe

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Beschreibung

Este libro de Doménico Chiappe —que es una auténtica joya del periodismo— se presenta como una larga crónica que reúne historias de violencia social, sexual, de género, económica... que tienen como denominador común el abuso de poder de quien ostenta una posición dominante, sea individual o institucional. Los testimonios fueron recogidos mediante entrevistas directas entre los años 2018 y 2025. Es muy difícil definir qué es violencia, pero la lectura de este volumen la acota, la visibiliza y da la oportunidad de expresarse a las víctimas. La suma de estas historias traza un mapa difícil de asumir, pero imprescindible de transitar si queremos comprender lo que ocurre a nuestro alrededor.

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Seitenzahl: 290

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Violencias

DOMÉNICO CHIAPPE

Violencias

Voces de la violencia en España

Pepitas de calabaza s. l.

   Apartado de correos n.0 40

   26080 Logroño (La Rioja, Spain)

   [email protected]

   www.pepitas.net

© Doménico Chiappe

© De la presente edición, Pepitas ed.

Cubierta: detalle de «Los peces grandes se comen a los pequeños», grabado de Pieter van der Heyden de 1557 a partir de un dibujo de Pieter Bruegel de 1556.

ISBN: 978-84-10476-36-3

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, septiembre de 2025

PRÓLOGO

LA VIOLENCIA SE PERCIBE, como todo lo capaz de envolver e impregnar su alrededor. Como una peste. A veces se ve, se escucha, se huele. Otras, no. Pero siempre está allí al cerrar los ojos. Durante la preparación de este libro intenté definirla. Incapaz, traté de que otros dieran con un concepto de la violencia. No obtuve un enunciado categórico después de repetir lo que escuché de personas, como Ana, Ismael, Wafa, Lydia. Los diccionarios no van más allá de lo obvio (vivimos rodeados de la violencia obvia) y el Código Penal no ofrece una definición. Haga usted la prueba. Siéntese con sus amigos y saque el tema. Inquiera y procure obtener una respuesta. Qué es violencia y qué no lo es. ¿Alguna vez ha sido usted violento o ha sido agredido o ambas?

Aventuro que violencia es todo aquello que intenta doblegar la voluntad de alguien o causarle un daño permanente, y lo logra cuando es más fuerte que esa persona y lo que debería protegerle. ¿Encierra esta idea toda forma de violencia? No sé acotarla. Ante sus límites, balbuceo. Como la mayoría. Este libro transcurre también en esa frontera trazada por la subjetividad y la tolerancia, que influyen en la percepción, tanto individual como social. De la intimidación ambiental al salvajismo, lo que ayer se creía que no era, lo es hoy.

No intento aquí ensayar un tratado sobre la violencia. Este libro no es una digresión intelectual y sí una larga crónica periodística que reúne testimonios, obtenidos a través de entrevistas personales, para mostrar algunas de sus caras. Con absoluta realidad. Alizia, Gabriel, Leticia. Estas páginas no pretenden ser un catálogo total ni un compendio de agresiones y destrucción. Sé que faltan muchos tipos de violencias, como la política y la terrorista, pero también descubre otras tantas que nos rodean, invisibles para la mayoría.

Estas páginas contienen una reunión de historias de personas que tenemos al lado. Vicky, Houda, Samanta, Samir, Celia. A pesar de su cercanía no solemos escuchar sus relatos desgarradores, aunque no victimistas. Unidos por la búsqueda de la redención, son capaces de remover y sorprender. En este libro conviven algunas de las historias que me sacuden cuando las encuentro, cuando las confronto, cuando las escribo y ahora, cuando las releo.

Aquí habla gente que se rebela, al instante siguiente de una agresión o seis décadas después. Anna, Luz, Miriam, Christina. Resisten con su voz a las formas de reducir al individuo a través de las distintas violencias. Porque quien cuenta se adueña del relato, una forma de mostrar entereza en una sociedad que, por una parte, alza la voz para acusar, pero, por otra, intenta silenciar algunos sometimientos. Desde lo individual en el espacio privado hasta lo institucional en el público. Estoy convencido de que la denuncia otorga poder a aquellos que se enfrentan a los recuerdos y vencen en el relato de la memoria. Nina, Tania, Asell, Sonia, M.

Las voces que se escuchan en este libro pertenecen a personas que entrevisté entre 2018 y 2025, como parte de mi trabajo en la agencia Colpisa del grupo Vocento. En modo directo, sin cuestionarios. De alguna forma compartimos una historia común. Como periodista siento el deber de ayudar a que sus voces tengan un amplificador. Como ser humano, firmo la empatía. En este libro, discutido largamente con el editor, se enhebran sus voces, para que se escuchen como una polifonía de nuestro tiempo más reciente. Con varios he hablado durante años y continúo el seguimiento, cuando lo permiten. Tienen mi teléfono personal y yo, casi siempre, el suyo. B., David, Raquel, Sandy.

En este volumen reúno sus voces liberadas de las convenciones que rigen los periódicos. En los reportajes publicados, las entrevistas se editan para componer un texto que incluye las perspectivas de supervivientes, autoridades y expertos alrededor de un tema. El espacio es limitado y prima la estructura de la narración. Ahora se recoge lo que quedó fuera, en la medida de lo posible. Libretas y audios extraviados han imposibilitado que incluya algunas historias o que expanda otras. Las que sí están corresponden con fidelidad a sus ideas y palabras, aunque hay un trabajo de autor que organiza la oralidad y transforma una entrevista en un testimonio. Rosa, Carlos, Piedad, Rafael. En estos años también encontré otras tantas historias extraordinarias que, por estar fuera de los círculos de la violencia, no fueron incluidas en este volumen.

Con absoluto respeto, se dota a sus palabras de pericia narrativa, sin perder la fuerza y el estilo de su expresión. Saïda, Petra, L., José, A. Existe, desde luego, una edición que evita repeticiones, saltos temporales, muletillas y fragmentaciones. En esta conversión de una entrevista en literatura también se pretende la poética y la exactitud, que cada frase sea precisa y logre la reflexión del lector, con una dinámica que combina diferentes estrategias. En esta selección se evita redundar en algunos temas, lo que también hizo que varios testimonios quedaran fuera del libro. A pesar de su fuerza se solapaban con otros similares.

Durante los últimos siete años, desde la primera sentencia de La Manada de Pamplona hasta la Dana de Valencia, estas voces han encontrado espacio en las ediciones de El Correo, Diario Vasco, La Rioja, El Diario Montañés, El Comercio, Las Provincias, Norte de Castilla, Ideal, Hoy, Sur y La Verdad, interesados en la humanidad tras la actualidad. En las referencias de las historias aparece el título y la fecha del artículo tal y como se publicó por primera vez. Ante la variedad de formas de identificación pactadas con el entrevistado (desde el nombre completo hasta la eliminación de toda referencia), decidí identificarlos aquí con el nombre de pila, con una inicial o con el anonimato acordado en su momento. Para esta edición algunos pidieron modificar su identidad.

Como periodista que tiene el privilegio de entrar en lo más oscuro de unas vidas, sello el compromiso de no manipular ni tergiversar sus historias, sus opiniones ni sus perspectivas. También verifico los datos que proporcionan con fuentes independientes, documentos y otras bases de información disponibles. Pero, sobre todo, confío en sus testimonios, sin ingenuidad.

Las entrevistas originales sucedieron de diversas maneras. Algunas duraron horas y requirieron varias sesiones, mientras que otras apenas necesitaron un puñado de minutos. Perseguí historias durante meses y encontré otras por casualidad. En unas pregunté de forma directa, en otras bordeé con delicadeza el tema. Unas se hicieron con un café, otras por teléfono o videollamada. Pocos de los entrevistados tenían un discurso elaborado y la mayoría exteriorizó por primera vez su memoria bajo la instigación del periodista. C., Irene, Nani, Juane.

A veces los hechos se extraen de nebulosas mentales y requieren diez preguntas por párrafo hasta que, en ocasiones, se logra llegar a un punto en que las imágenes se deslizan hacia el redactor. Soy consciente de lo que implica reflotar recuerdos crudos y dolorosos. Al trasladarlos al texto, mi intención es también mostrar la complejidad de los seres humanos, mediante la reconstrucción fiel de escenas vividas, concentradas en un solo hecho o en un conjunto de acciones. En la entrevista se busca obtener detalles y ordenar los hechos en una cronología.

El autor tiene, en esa escritura, el poder de caracterizar al protagonista de forma simple o compleja, con la selección de sus palabras, pasajes y descripciones. Al hacerlo, convierte a una persona en personaje. Al asumir esa enorme responsabilidad, elijo la profundidad del sujeto, en un ejercicio de periodismo hecho con la mayor honestidad. En este libro, los testimonios están despojados de intromisiones exteriores y en ningún caso hay episodios morbosos.

Importa también el punto de vista, desde dónde se narra la historia. Esta decisión crucial desvela la intención de un autor para dotar de verosimilitud y credibilidad a la historia. ¿Puede ejercer violencia el escritor que aparentemente está fuera de la narración? Pienso que sí, cuando obvia el sufrimiento de la víctima y asume la perspectiva del agresor, que en ocasiones recrea su crimen como si lo cometiera dos veces. La línea no es tan fina como parece. Para reforzar la intención de este libro como documento, a excepción de unas pocas reconstrucciones, elegí narrar desde la primera persona. La primera persona del otro, aquel a quien escuché.

Cuando se habla a un lector siempre se crea un vínculo y, entrelíneas, se pide comprensión. El punto de vista, que también dosifica la información y la distorsiona, la manipula o la esconde, tiene el poder de convertir en humano, incluso en héroe, a lo que carece de humanidad. No se puede escribir sin asumir una posición y trasladarla al universo de lo escrito. Aquí se asume la perspectiva de los que han sufrido, y sufren, algún tipo de violencia.

¿Qué es la violencia? ¿Cuántos tipos hay? Los ecos de estas páginas hablan de violencia sexual, social, institucional, económica, interior y autodestructiva, climática, violencia de género y violencia sin más. Tienen como denominador común el abuso de poder de quien ostenta una posición dominante, sea individual o institucional. Van desde la agresión machista hasta los abusos de menores, desde las empresas y gobiernos que cortan la luz a un poblado hasta los que se sumergen por propia voluntad en universos de dolor y adicciones. Sé quiénes son las personas que están en estas páginas. Ana Bella, Isabel, Óscar, Jimmy, Maricarmen. También los de la madre y su hija, los de la familia M., el de J. Una vez decidida la selección, les pregunté si deseaban volver a ver sus palabras publicadas. No se incluyó a los que me dijeron que preferían no estar.

Este libro, así como los reportajes en los que se basa, les da la oportunidad de expresarse, y a la sociedad, de oírles. No creo que por haberlos escuchado, yo haya vivido sus experiencias. Tampoco lo hará el lector. Ninguna imaginación alcanza para saber lo que sucede en el interior de quien sale del horror. Pero sí es posible la comprensión.

Para hacer mi trabajo periodístico, casi siempre a la intemperie y en solitario, ha sido imprescindible el apoyo constante de los directores de la agencia y los periódicos. Ahora una faceta de esta tarea diaria se convierte en un libro que teje un universo complejo alrededor de una palabra: violencias, en plural.

Al lector que llegue al final de estas páginas quizá le pase como a mí, que no podrá definir qué es violencia, pero espero que sí sepa reconocerla incluso en sus fases más sutiles.

ASELL

Era domingo y a las nueve y media de la mañana mi madre empezó a llamarme. Me dijo: ha pasado algo muy triste. Acaban de asesinar a Mateo. Salí de la habitación, no sabía dónde iba. Me dio por poner la tele, no decían nada, pero la gente me empezó a escribir, porque ya se estaban enterando. Cuando salió la noticia en el canal 24 Horas, me duché y salí al pueblo. Se tarda cuarenta y cinco minutos en llegar. No me cabía en la cabeza que pasara eso en un pueblo de cinco mil habitantes [Mocejón, donde apuñalaron hasta la muerte al niño, de once años]. Solo sabía que en el polideportivo estaban su prima y su madre. Cuando llegué aún seguía el cuerpo de Mateo en el campo de fútbol y también toda la prensa, las ambulancias y la Guardia Civil. No dejaban pasar a nadie y una tía mía tuvo que salir a buscarme.

Mateo había subido con sus amigos a jugar al fútbol, hablaron con los monitores porque también había un torneo de pádel. Era una pachanga. Se me encoge el estómago cuando pienso en ese momento tan duro, que todavía duele, de verlo allí, víctima de un acto tan atroz y tan al azar, porque le pasó a él como le podía haber pasado a cualquiera.

Se llevaron su cuerpo al anatómico forense a las dos de la tarde. Hasta esa hora no nos fuimos. Mientras esperábamos la madre de Mateo dijo que su hija, de trece años, iba a venir al polideportivo con nosotros y que no quería que la grabaran. Como ella no estaba para hablar con los medios de comunicación y como yo era el periodista de la familia, me tocó. Salí, pedí respeto a nuestra intimidad y que por favor se retiraran de la puerta, pues la madre pedía que no hubiese imágenes suyas. Me preguntaron quién era yo y les dije que era el primo de la madre de Mateo. Me pidieron unos totales y yo les conté lo poco que sabíamos: cómo nos habíamos enterado del asesinato. Fue por una de mis tías, que paseaba cerca de allí y se encontró a un chico que corría asustado. Le preguntó qué le pasaba y él le respondió que acababan de matar a su mejor amigo. ¿Qué dices, a quién?, le preguntó ella. ¡A Mateo!, respondió el niño. Han asesinado a Mateo. Eso fue lo que conté.

No era consciente del alcance mediático que iba a tener el caso. A las dos o tres horas del asesinato ya decían en redes sociales que en Mocejón había un hotel que recibía menas [menores migrantes no acompañados]. A las siete se convocó a un minuto de silencio y me pidieron que leyera un manifiesto. Los medios estaban en la plaza y me preguntaron mi opinión sobre el hecho de que el asesino pudiera ser un migrante. Ahí dije que no se criminalizara a nadie hasta que la policía y la Guardia Civil dieran con el culpable, que nos daba igual la raza, la religión o el credo, que se dejara trabajar a las autoridades. Cuando se abrieron los informativos a las nueve de la noche y salí pidiendo que no se criminalizara a nadie, empezó el ataque en redes sociales. Eran grupos ultra organizados que iban a por mí.

Mi vida era tranquila, centrada en mi trabajo. Como periodista doy visibilidad a personas que lo pasan mal y participo en proyectos que cuentan la realidad de diferentes países. Estoy muy sensibilizado con el tema de la migración y he aprendido a no romantizar la pobreza. Yo acababa de llegar del último viaje que había hecho con Misioneros por el Mundo, con el que estuve quince días en colegios y hospitales de comunidades indígenas. Había terminado de montar los programas pendientes y estaba de vacaciones.

Los ultras empezaron a investigarme y pusieron las fotos que tengo en redes sociales de los viajes de trabajo. Dijeron barbaridades, como que yo pertenecía a una red de trata de personas y el niño había visto cosas que no debía y yo lo había asesinado: por eso era el portavoz. Que el Gobierno me había puesto ahí para ocultar la verdad. Que era un «follanegros» y me acostaba con los del hotel porque soy maricón. Cantidad de mensajes que vi después.

Yo no tenía ni idea de lo que pasaba. Me llegaban notificaciones, pero no las miraba. Al día siguiente del asesinato de Mateo, los matinales abrieron con esa noticia, mientras el asesino estaba suelto y el pueblo consternado. Me insistieron en que el culpable podía ser uno de los chicos del hotel y yo repetí que no se les criminalizara, que sabíamos que la Guardia Civil estaba tras la pista de un perfil muy concreto, porque había testigos y cámaras de seguridad. Lo más probable era que fuese alguien del pueblo.

Pero los grupos ultra deseaban que los asesinos fueran migrantes y se estaban organizando para venir al pueblo a liarla, mientras que la gente de aquí estaba apoyando a la familia y no pensaba en nada más. Queríamos que se atrapara al asesino. En una entrevista en directo me preguntaron cómo estaba yo por los ataques y les dije que no me hacían daño, que no les hacía caso. Me sentía muy cansado por tener que contar siempre lo mismo a los medios, era muy difícil mantener el tipo y no quería perder la educación ni dejarme llevar. No quería transmitir a mi pueblo un mensaje de nerviosismo ni del odio que se estaba fraguando.

Empezaron a decir que al lado del hotel había una mezquita, que el asesino era negro o magrebí, y ponían mapas donde se veían el polideportivo, el hotel y la mezquita. También que, como Mocejón votó por la izquierda en las últimas elecciones generales, teníamos lo que merecíamos. Un eurodiputado [Alvise Pérez, fundador de Se Acabó la Fiesta] estaba detrás de esos bulos, retuiteando que en el pueblo habían aumentado las violaciones y los robos cuando llegaron esos chicos. Había medios que sembraban la duda sobre ellos, sin aportar nada. Siguió la desinformación. Gente que decía que se confirmaba que el asesino era un magrebí o que pedía que quemaran el hotel.

Por la tarde, con el último informativo, me fui a casa de mi madre a comer y abrí Instagram. Me había empezado a seguir un montón de gente y tenía muchos mensajes: rastrero, vaya mierda de trabajo que tienes... Intenté bloquear mi cuenta, y no supe hacerlo. En Twitter era la locura. Eres un hijo de puta, vamos a por ti, tenemos la dirección de tu casa, me escribían. Comprendí que no me iban a dejar tranquilo en el duelo de mi primo pequeño. Superaba el límite de estrés y miedo, una sensación que no sé describir.

Yo vi los ataques en ese momento, pero no pensé en defenderme. Yo hablaba lo que había consensuado mi familia en un momento tan complicado. Lo que nos importaba a nosotros era Mateo, que no estaba.

En la grabación que resolvió el crimen se ve que el asesino va al polideportivo por la calle principal, sale después por un camino que lo bordea, atravesando campos de maíz, aparece en la parte principal y va a casa de su abuela. Pero una vez que lo cogieron nadie rectificó. Como es rubio, empezaron a decir que era rumano. Comenzó otro bulo, según el cual el asesino había huido en el coche de una familia de Rumanía, del que sacaban la matrícula.

Yo volví a insistir en que queríamos justicia y no venganza, y me preguntaron cómo llevaba el tema de los ataques. Ahí me rompí. Me dio vergüenza llorar en la entrevista, pero a raíz de ahí dio vuelta la situación. Mucha gente comenzó a apoyarme, gente anónima y gente conocida. Paró ese acoso que se había producido sin ningún sentido contra mí y de una forma como a nadie habían hecho. No eran cuatro nada más. Eran muchos, tantos que, si no tienes una red familiar, te llevan a un extremo, a un sitio muy oscuro y peligroso con ese ataque tan despiadado, descarnado y organizado.

Recuerdo dejar el tanatorio. Iba todo el pueblo a apoyar a la familia y mucha gente venía a llorar conmigo. Me vi convertido en protagonista sin querer, cuando el protagonista debía ser Mateo, con cuya vida habían acabado. Me decían que no callara, que siguiera adelante. Pero no había nada valiente en lo que dije, era algo racional y lo volvería a hacer tantas veces como fuera necesario. Va con mis valores y mi forma de ver la vida. A mi prima no le conté nada de los ataques y mi madre estaba preocupada por lo que pudiera pasarme, por que fueran contra mí en la calle.

Yo no quería que eso empañara el asesinato, que era lo importante. Estaba muy orgulloso de mi familia por ese mensaje de amor contra el odio en esas circunstancias, y mi prima era una lección de vida. Con sus sentimientos abiertos y a flor de piel, pues le habían quitado lo que más quería, hablaba con tanto amor que te dejaba sin palabras. Ella se enteró más tarde de los ataques que sufrí. Me dijo que yo había servido de escudo para que pudiéramos vivir con intimidad el duelo por Mateo, en la medida de lo posible, y que nuestro dolor fuera solo nuestro. Me agradeció que la gente no la reconozca en la calle y que los medios no tengan una foto de su hijo. Mi prima pudo ir al entierro de Mateo sin que nadie la acosara o la hiciera pasar un mal rato, y a la vigila sin que se la reconociera. A veces no te dejan tener esa intimidad.

Ahora es complicado. Hay que asimilar muchas cosas. Mi familia está destruida, rota, pasándolo mal. Cada uno lo encara a su manera, pero ninguno nos podemos comparar con el dolor de mi prima y no hay palabras de consuelo. Solo podemos acompañarla. Para mí, a partir de ese día cambió todo. Además del duelo, me ha dado pena hacerme conocido por esta situación. A mí me ha creado un trauma el acoso en redes, que provoca que vaya intranquilo por la calle y no quiera meterme en sitios con mucha gente. Este tipo de ataques, que mezclan bulos y migración, se repite en España cada vez que ocurre una catástrofe o una desgracia, y son los mismos de siempre.

Yo los voy a denunciar, ahora que estoy más tranquilo, aunque me vuelva a poner en el punto de mira. Ya estoy preparado para aguantar y si lo que hemos pasado sirve para algo positivo y ayuda a combatir ese tipo de ataque en redes, los delitos de odio y la discriminación por raza, sexo, ideología u orientación sexual, adelante.

NINA

A Jack lo adopté durante una relación de cuatro años. A mi ex lo conocí en el trabajo. Yo tendría treinta y él, cuarenta y cinco. Todo iba perfecto, maravilloso, hasta que decidí irme a vivir con él, al año. Se suponía que nos conocíamos. Ahí empezó a ejercer cierto control: con quién salía, qué hacía después del trabajo. Soy corredora y empezó a decirme que no le gustaba que fuera sola a entrenar, que me miraran con la ropa ajustada. Empezó así y acabó por aislarme. Los únicos planes que yo hacía eran con él o con él y sus amigos. Estuve dos años sin ver a mi familia. Lo único que tenía en esa ciudad era a él. Cuando vio que ya no había escapatoria, que no podía irme ni dejarle, empezó con las agresiones físicas.

El primer golpe no lo vi venir. Muchas veces, cuando he contado mi historia, me han dicho: ¿cómo no te diste cuenta de las señales? Por mi carácter, por cómo soy. Nunca pensé que fuera a llegar a esa escala de violencia conmigo, hasta que me vi en el suelo de un puñetazo. Cuando empezaron las agresiones físicas ya tenía a Jack. Antes de llegar el perro, a mí ya me pegaba y me anulaba como persona. Cuando el perro llegó a mi vida, yo no tenía nada. Lo adoptamos de mutuo acuerdo. Me concedió el capricho de tenerlo. Yo era la que lo quería. Lo busqué, lo recogí en una protectora. Cuando llegó el perro, me sentía muy sola. Lo que más recuerdo es ese sentimiento de soledad. Lo único que deseaba era su compañía y algo que querer, porque estaba sola.

Mi idea, lo que siempre había querido, era tener un perro cuando me independizara. Pensaba en tener un galgo, adoptarlo. Adoptarlo por el historial de maltrato de esa raza. Buscando un galgo aparecieron unas fotos de mi cachorrito y me enamoré. Lo único que quería era ese perrito. Vinieron a casa a hacer una evaluación psicológica mía y de las condiciones en las que viviría el perro. Él no estaba. Al final me dieron el visto bueno y fui a recogerlo.

Para entonces yo aún no me había dado cuenta de que era víctima de maltrato. Cuando salí de casa y denuncié, y me alejé completamente de esa persona, estuve yendo a terapia y tardé más de un año en aceptar que había sido maltratada. No me reconocía como mujer maltratada.

Yo pasé a preocuparme solo del perro. Básicamente deposité todas mis fuerzas en su bienestar. Evadí mi mundo. Me preocupé de que no le pasara nada a él, que no fuera el motivo de que mi pareja explotara. Las agresiones se mantenían y el perro las veía. Si yo hacía algo que no le gustaba, al final se desataba y acababa agrediéndome por cosas absurdas, como que el arroz no quedaba suficientemente suelto... excusas. Eran palizas continuadas. Sabía dónde golpearme para ocultar las marcas. En la cara muy rara vez me tocó. Sobre todo era en el torso. Con ropa no se me veían las agresiones. No fui a ningún médico pero seguramente alguna fisura de costilla tuve. Me golpeaba con sacos, con el cinturón.

No quería que el cachorro, por mear en el suelo, provocara esa ira. Yo volcaba toda mi atención en sus movimientos. Me preocupaba antes de que él le hiciera algo a Jack. A él le gustaba estar con el perro. Aunque me decía que no lo quisiera más que a él. Yo me lo tomaba a broma, pero esa broma era una amenaza, viéndolo en retrospectiva.

El perro le tenía miedo y se alejaba de él. Pero no vi que lo agrediera. Un día que me retrasé en el trabajo, porque él tenía controlado mi horario y mis descansos, me mandó una foto del perro bastante temeroso, en una posición acobardada, diciéndome que si se enteraba que estaba con otra persona y le engañaba, me encontraría al perro colgado de la ventana. Podría ser que le pegara cuando yo no estaba. Esa fue la primera vez. Lo llamé y le dije que había salido tarde por un problema en el trabajo. Fui corriendo a casa para que no le hiciera nada.

Me amenazaba con tirarlo a la basura, estamparlo contra el suelo, tirarlo por la ventana. He llegado a hacer noche en un parque con Jack y dormir con mucho frío, temiendo que le hiciera algo. En las ocasiones en que más valiente me he sentido ha sido cuando amenazaba con pegarle. Una vez que me pegaba a mí con el cinturón lo hizo resonar en el suelo cerca del perro, que salió corriendo y se metió bajo la cama. Esa vez también cogí la correa del perro y dormimos en el parque. Después de la violencia, la reacción de él al día siguiente era llamarme: ¿dónde estás, cariño? Vuelve, vamos a desayunar, he preparado café. Yo acababa volviendo porque no tenía a dónde ir. Así fue el primer año de vida del cachorro. Lo cogí con tres meses. Aquel año pasó todo eso.

Yo ya había decidido dejarlo con él. Habíamos hablado y yo buscaba un piso para irme. Yo no tenía relación con mi familia, no hablaba con ella. Mientras tanto dormía en una habitación con el perro, y él, en otra. Seguíamos viviendo en la misma casa y él seguía usando al perro como coacción, hasta que lo denuncié por una agresión en la que casi me mata. Ni siquiera me golpeó. Me cogió del cuello y empezó a estrangularme. Antes habían sido golpes y demás, pero ese día buscaba acabar conmigo.

Yo estaba cenando y mirando el móvil, y él me dijo que cómo era posible que viera el móvil y comiera a la vez, que prestara atención a una de las dos cosas. Le respondí que yo hacía lo que me daba la gana. Él se enfadó. Después de estampar el mando de la televisión contra la pared, se abalanzó sobre mí. Yo me levanté de la silla corriendo hacia la puerta y en la puerta me alcanzó, me empujó, me cogió el cuello con las dos manos, me tiró al suelo y comenzó a estrangularme. Intenté gritar, defenderme, pero no pude.

Estoy viva porque dejó de apretar, seguramente por Jack. Cuando yo estaba desmayada, me salvó. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es a mi perro ladrándole y mordiéndole los brazos. Cuando me desperté y él notó que yo había recuperado la conciencia, intentó violarme. Conseguí quitármelo de encima y busqué a Jack, que estaba muy asustado bajo una silla, pegado a la pared. Supongo que, cuando me defendió, le hizo algo. A mí me costó mucho recuperar el control de mi cuerpo porque estaba convulsionando totalmente.

Cogí a mi perro, me fui y llamé a la policía desde la calle. Me dijeron que fuera a un lugar público donde pudieran recogerme. Acabé en la puerta de una gasolinera esperando con el perro, que temblaba y no paraba de llorar. No vi que le doliera nada. Era mucho nervio, estaba muy asustado. Comprobé si le había hecho daño en algún sitio pero no vi que se quejara. No pude entrar en la comisaría con el perro. Mientras ponía la denuncia, Jack se quedó en el coche de la policía municipal. Intentaban tranquilizarlo dando paseos, pero el perro estaba muy nervioso.

Yo no salí de esa casa más rápido porque en todos los pisos donde preguntaba no aceptaban mascotas y no me iba a ir sin él. Cuando hablé con la asistente social para ponerme en una casa de acogida, en ninguna aceptaban animales. Yo les dije que no iba a ningún lado sin mi perro. Para mí, Jack era fundamental. Lo pasó bastante mal.

Los meses después de salir de ahí estaba muy ansioso, tuvo problemas en la piel y la veterinaria me preguntó si había vivido una situación de estrés. Qué mayor estrés que ver a tu responsable casi muerta... tiene que ser bastante duro para un animal. La ansiedad le causó problemas en las orejas y las patas. Tuvo un eccema enorme en la oreja y casi se quedó sin pelo. Ahora no deja que se me acerque ningún otro perro y, al principio, tampoco hombres. Ni siquiera mi padre. Ahora lo adora, pero él no dejaba que me tocara, acariciara ni abrazara. Se ponía alerta.

El pobre ha estado conmigo en mi debacle psicológica después de todo esto y llegó a ser capaz de detectar mis ataques de ansiedad. Se venía conmigo y ponía su pata en mi hombro o en mi pecho y se tumbaba a mi lado con su cabeza en el cuello, para hacerme ver que estaba ahí. Otras veces, en el sofá, él sabía cuándo me estaba poniendo nerviosa y empezaba a ponerme la pata en el hombro. Eran ataques de pánico. Los primeros años me costaba salir de casa, tenía miedo de que me hubiera seguido, de que averiguara dónde vivía. Me daban taquicardias, temblores, de puro miedo. Necesitaba medicarme. Ahora tengo treinta y siete años y Jack, ocho. Estuve tres años medicándome.

M.

En esa época falleció un familiar cercano en un accidente y me impactó muchísimo. Una amiga me dijo que los lamas ayudan a las personas que mueren para que tengan un buen tránsito y no se queden enganchadas. Me lo presentó y yo sentí que él había ayudado a mi familiar. Siempre quise devolverle lo que hizo por mí de forma desinteresada. Él tenía buen corazón. Al principio daba clases de yoga, que no quería cobrar, en bajos alquilados o en un colegio. Se ponía un dinero y se pagaba el alquiler.

Al año dijo que se iba a la India y nos devolvió el dinero que había sobrado. Todo era muy honesto. Estuvo un par de meses y cuando regresó nos explicó que, para beneficiar a más gente, quería comprar unas tierras. Si en vez de ir a la India con él, poníamos ese dinero para comprar el terreno, las clases serían gratuitas. Cada uno puso unos tres mil ochocientos euros y levantamos allí [en una parcela rústica en Murcia] un centro. Con nuestro trabajo pintamos y pusimos incluso suelo radiante. Empezamos a finales de 2007 y en 2008 ya estábamos allí instalados.

Lo que hablaba era muy coherente. Era la filosofía budista. A mí me interesaba el mundo del yoga y la meditación. Yo no buscaba un maestro, sino aprender para crecer personalmente. Algunos queremos ir más allá. Él te hacía entender que todo lo malo que ves en el maestro es una proyección tuya y tienes que purificar tu mente, porque está contaminada. Decía que eso lo debilitaba y si él enfermaba nos hacía responsables a nosotros, pues algo habríamos hecho. Él trabajaba con nuestro karma.

Al principio no era así. Hubiéramos salido corriendo todos. Era amable, cercano, un amigo, nos íbamos a cenar juntos... Poco a poco empezó a encerrarse y salía en éxtasis. Ahora entiendo que era efecto de las drogas y nosotros creíamos que era por su práctica. También hubo cambios en mí que no eran normales. Seguramente nos daba alguna droga. Que de repente tu corazón se abra y te pongas en gozo y creas que él tiene una energía especial, son efectos de las drogas. Lo sé ahora.

Conforme construyó el centro, empezaron los cursos intensivos y los retiros, de una semana o quince días, y las ceremonias con ayahuasca. Me aconsejó ir a varias con peyote, savia... Me exaltaba, tenía movimientos espásticos, parecía la niña del exorcista. Él me decía: se te están ajustando los canales.

Mi búsqueda personal era muy simple y conmigo misma. Ese señor nos dijo que nos entregáramos cada vez más y yo lo dejé todo, mi trabajo y mi forma de vida, para ayudarlo a él al cien por cien. Impartí clases de ayurveda en Madrid y Murcia, sin cobrar nada. Filtré mercurio diez meses en su laboratorio. Él lo metía en agua o leche y nos lo daba a beber. Decía que, si querías avanzar más para ayudar a los demás, lo tomaras, para ser mejor persona, ya que purificaba las cosas negativas y era un atajo para purificar mi porquería de dentro. Dijo que beberlo era voluntario pero que el que no aceptara se iba.

En las ceremonias nos ponía en la cabeza una corona de bolas de mercurio. Era como meterte en... era rarísimo. Tenía una bola más grande, como un huevo de avestruz, y la colocaba en medio. Eso hacía que te exaltaras mucho. Si encima hay droga, sales adorando a este señor. Por los síntomas, deduzco que nos daba éxtasis o LSD