A clase en pijama - Miguel Pérez - E-Book

A clase en pijama E-Book

Miguel Pérez

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Beschreibung

¿Alguien se habría imaginado que, en un hospital, además de médicos y personal sanitario, habría otro tipo de profesionales? En principio, estas personas no se dedican a asuntos relacionados con la salud, pero realizan una tarea imprescindible para el proceso hospitalario. Hablamos de maestros. ¿Alguien se habría imaginado que, en un hospital, podría existir una escuela que se ocupase de atender a los pacientes en edad escolar? Esta historia es el testimonio inspirador de Miguel Pérez, maestro de Educación Especial en el Aula Hospitalaria CPEE Hospital del Niño Jesús en Madrid, y su experiencia como educador de los niños que se han visto obligados a pasar sus días en un hospital. Y es también la historia de algunos de estos maestros, que abandonaron su entorno natural, las escuelas e institutos, para dedicarse a la atención de los pequeños pacientes en las aulas hospitalarias de los hospitales pediátricos y al servicio de la misma especialidad en otros hospitales generalistas. Estas páginas guiarán a los lectores hacia el conocimiento de una profesión que requiere de una gran vocación y entrega, la de los maestros de hospital.

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Seitenzahl: 180

Veröffentlichungsjahr: 2022

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A clase en pijama

La aventura de ser profesor en un hospital infantil

Miguel Pérez

Primera edición en esta colección: enero de 2022

© Miguel Pérez González, 2022

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18927-13-3

Diseño de portada: Ariadna Oliver

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

1. Mi primera sonrisa2. Cómo llegué hasta aquí3. De duquesas, rifas y el nacimiento de un colegio4. Un joven profesor en el cole de un hospital5. La historia de Ling6. Cómo lo hacemos7. Showman8. No todo es estudiar9. La clave está en colaborar10. Miguel, o el alumno perfecto11. El equipo cuenta12. El mejor de los premios13. Esos árboles que nos ven crecerAgradecimientos

Las historias personales contadas en este relato están basadas en experiencias reales, pero no hacen referencia a ningún caso concreto. Es una manera de ejemplificar la clase de problemáticas (enfermedades) con las que nos encontramos en las aulas hospitalarias. En ningún caso son el propósito del relato en sí mismo, sino que se utilizan para explicar la amplia gama de funciones que desempeñamos en nuestra labor educativa diaria.

A mis padres, Carmen y José, por educarme.

A mi abuelo Juan, por enseñarme a leer y por abrirme la puerta del conocimiento.

A todos los que sois parte de mí, por hacerme mejor persona.

A los héroes con pijama que cada día me enseñan que una sonrisa ilumina el mundo.

Nosotros debemos pensar que somos una de las hojas de un árbol, y el árbol es toda la humanidad. No podemos vivir los unos sin los otros, sin el árbol.

PAU CASALS

1.Mi primera sonrisa

Ponte en su lugar

Quién, de cualquiera de vosotros que estáis comenzando a leer este libro, en algún momento de vuestras vidas no ha tenido que visitar un hospital durante más o menos tiempo. Ha podido ser simplemente por una operación ambulatoria que no haya requerido tener que pernoctar ni siquiera una sola noche en el centro, o tal vez hayáis tenido que sufrir una operación que precisaba de una convalecencia más larga de tres o cuatro días, o incluso a algunos de los que estéis adentrándoos en estas páginas en este preciso momento os esté viniendo a la cabeza una temporada en la que, por circunstancias de vuestra vida, y por suerte o por desgracia, una estancia en el hospital os mantuvo fuera de la rutina, de todo aquello que conformaba vuestro día a día durante una temporada aún más larga. El motivo es irrelevante: operación, enfermedad, parto, accidente, recuperación...

Me gustaría que os detuvierais a pensar durante un instante en cómo os sentisteis en esos momentos en los que estabais efectuando el ingreso en ese hospital, sabiendo el día y la hora a la que entrabáis, pero en la que desconocíais por completo cuándo, cómo o en qué circunstancias podríais salir.

Imagino que muchas sensaciones os estarían recorriendo el cuerpo de arriba abajo: angustia, ansiedad, frustración, impotencia, inseguridad... ¿Me equivoco?

La agenda programada para esa semana quedaba totalmente anulada; esa reunión tan importante que tenías el jueves no se iba a producir; el partido de pádel que cada miércoles jugabas con tu amigo Dani quedaba cancelado; por no hablar del fin de semana romántico que habías planeado con tu pareja en una casa rural en un pueblecito encantador de la Sierra, y eso que habías logrado encontrar canguro para los niños. ¡Los niños! ¿Cómo se las iba a componer tu pareja para poder atender a los niños y compaginar su cuidado con el trabajo, contigo encima en una cama y entre las cuatro paredes de la habitación de un hospital?

¿Cuántas cosas de repente, de forma totalmente circunstancial y arbitraria, pueden dejar de suceder en un solo segundo y por algo que para nada habías previsto ni programado?

Tu vida por un lapso de tiempo (pocos o muchos días, no lo sabes) deja de existir tal y como la tienes planificada, pero, sin embargo, el planeta sigue girando, continúa su ritmo y no deja de funcionar a pesar de que tú hayas quedado fuera de él por una temporada.

Todo el mundo que te llama por teléfono o pasa a visitarte por el hospital te dice lo mismo: que ya verás cómo esto pasa enseguida, que al trabajo que le zurzan, que nadie es imprescindible, que lo importante es la salud y que te recuperes cuanto antes mejor y en las mejores condiciones posibles, y que sí, que dentro de un tiempo nos reiremos de todo esto y hasta lo recordarás como algo anecdótico... y no sé cuántas frases hechas más que a ti, a la hora de encontrarte en esa situación, te suenan ya tan manidas, tan repetidas, que ya les has cogido hasta asco, tanto que, al próximo que te las diga, o le cuelgas el teléfono o lo mandas a freír espárragos.

Qué difícil y qué largo y tedioso se te hace todo ese tiempo que transcurre entre las visitas del médico, la enfermera que viene a ponerte la vía para engancharte el suero, el auxiliar que te pasa la cuña para que orines por si no te apetece o no puedes levantarte al baño, o comer de esas bandejas que de repente y sin saber por qué te recuerdan a las que salen en las películas de presidiarios.

¿A que muchos de vosotros os sentís identificados con todo lo que estoy contando? ¿A que mis palabras os recuerdan a las experiencias que habéis vivido en un hospital, como si estas hubieran ocurrido ayer, aunque hayan tenido lugar hace meses o años?

Y esto es así porque la vida en los hospitales parece detenerse, porque siempre asemeja ser igual, como si el tiempo allí no transcurriera. Da igual que hayas pasado allí un mes, una semana o un año, y que esto tuviera lugar hace un año, o dos, o veinte... Es como un agujero en la línea temporal donde sientes que los días no discurren, que el fluir del día a día, para el que está allí, preso de su enfermedad, de su rutina, sin poder salir, se detiene.

Duro, ¿a que sí?

Pues ahora, en un ejercicio de imaginación, trasladad estas mismas sensaciones a la circunstancia añadida de vivir todo esto siendo un niño o una niña.

¿Cómo os sentiríais? ¿De qué manera lo asimilaríais? Tened en cuenta que los niños no disponen de las herramientas que la experiencia y la vida adulta os ha otorgado con el paso de los años.

Situaciones idénticas, momentos vitales distintos

Un niño que entra en un hospital para ser atendido no sabe cuánto tiempo pasará fuera de su casa, durmiendo lejos de su cama, sin sus juguetes... Además, para un niño el tiempo transcurre de un modo totalmente diferente de lo que lo hace para los mayores, y actividades cotidianas que pueden parecer rutinarias e incluso sin importancia, como comer y cenar con toda la familia en casa (aunque sus hermanos y hermanas le hagan rabiar muchísimo), o incluso fastidiosas y tediosas, por las que protesta en ocasiones, como ir al cole, le suponen un gran trastorno y una grave alteración de sus hábitos que le puede llegar a preocupar muchísimo, porque le dolerá perderse las clases que más le gustan, no poder jugar con los amigos en el patio, hacer bromas y comer esos bollos que mamá le mete en la mochila y que le encantan, ni poder ir a kárate o a ballet por las tardes, ni poder visitar a los abuelos, ni poder tomar su comida favorita los domingos, ni tantas y tantas y tantas cosas...

¿Qué mal rollo, no?

La circunstancia es la misma, sí: se trata de un ingreso en un hospital, y tal vez por un mismo periodo de tiempo, pero un niño lo vive de un modo muy diferente a un adulto porque el momento vital no es el mismo.

En el caso de un niño, este se encuentra en pleno desarrollo de sus capacidades y habilidades, necesita socializar, pasar tiempo con los suyos, educarse y aprender.

Pero también se ha producido un parón en su vida. Su mundo se ha quedado fuera de esa habitación que, aunque con vistas al parque del Retiro (si es que a ese niño lo han ingresado en el hospital del Niño Jesús, que es del que vamos a hablar en este libro), no le permite tocar la arena ni correr detrás de los pavos reales que oirá graznar con toda probabilidad desde su ventana, ni ir al estanque a ver los patos y las barcas o, seguramente, lo que más le gustará: montar en los columpios y saltar y brincar, sudar, gritar, reír y compartir un rato con sus amigos y amigas o con otros nuevos que pueda hacer en ese momento.

Afortunadamente, y en muy poco tiempo, ese niño o niña descubrirá que, pese a que está en un hospital, no todo es tan negativo.

Una bata blanca diferente

De repente, y como caído del cielo, aparece un nuevo personaje.

Entre tanta gente que pasa a verlo para preguntarle cómo está, darle algún que otro pinchacillo o sacarlo de la habitación para realizarle una prueba médica, y otra, y luego otra más, en algún momento va a aparecer otro señor o señora, también con bata blanca, que le sonreirá con la misma amabilidad y simpatía con que lo harán los demás médicos, enfermeras y auxiliares, pero que resulta que lo único que lleva encima son bolis, lápices, pinturas, plastilinas en pequeños tubitos, libros, juegos... Esa persona no le pregunta ni le habla de nada relacionado con cómo se siente o qué le duele. No parece que se preocupe de lo mismo de lo que se preocupan los demás. Parece que todo ese asunto no va con él o ella.

Está más interesado en escucharlo, en hablar, y no le importa el enfado terrible que el niño tiene encima y que le hace llorar como si no hubiese un mañana, no por nada, sino porque sencillamente no sabe cómo gestionar toda aquella situación que parece no tener fin, un enfado que, además, se acrecienta cada vez que sus padres no dejan de repetirle que estará allí por muy poco tiempo —pero no aciertan a decirle cuánto—, y que es por su bien —pero sin llegar a explicarle con claridad por qué—, y que en menos de lo que piensa volverá a estar en su casa —pero no cómo y en qué condiciones, y si por fin bueno del todo o no—.

Esa persona totalmente nueva, con su bata y sus bolis y su plastilina, con su paciencia infinita, quiere enseñarle cosas, sabe un montón de ellas, y le habla de temas que realmente conoce y maneja: le habla de Lengua, de Mates, de Ciencias Naturales y de otras materias del colegio que antes de llegar al hospital ese niño o niña estaba aprendiendo con su profe en su cole de siempre, y que ahora ese nuevo profe con bata blanca está dispuesto a continuar enseñándole. También le presenta a otros niños y niñas que están en su misma situación y con los que puede compartir parte del día para, así, olvidarse un poco de todas aquellas medicinas, potingues, sueros, agujas... Porque, aunque por mucho cariño con que lo traten las enfermeras, los médicos y demás personal, lo cierto es que no perdonan ni una, y hay que seguir haciéndoles caso para que pronto se produzca la tan ansiada recuperación y, con ella, la salida.

Mucho más que enseñar

Pero los profes de hospital enseñan mucho más que Mates y Lengua. Un profe de hospital también enseña juegos divertidos y consigue que las lágrimas de un niño enfermo se sequen y comiencen otras, las de la risa.

Y, de repente un día, se presenta en la habitación con otras personas nuevas y diferentes que vienen de otros lugares (museos, universidades, fundaciones...) y enseñan a ese niño o niña muchos más conocimientos: cómo funciona un robot o cómo hacer un gorrocóptero, como el de Doraemon y Nobita.

O lo que más le impresiona: lo lleva a otra estancia que parece una sala de teatro a ver a un montón de magos que hacen unos trucos alucinantes, o a un señor que toca un sinfín de instrumentos a la vez con la ayuda de una marioneta y que le enseña infinidad de canciones y músicas nuevas que nunca antes había escuchado.

Aunque no solo se trata de diversión. Los profes de hospital también saben enseñar a los niños que están allí ingresados cuando estos están cansados o no se sienten con fuerzas. En esos momentos los visitan y les siguen enseñando a los pies de sus camas, y les hablan de sus colegios y de sus compañeros, que les mandan mensajes de ánimo y dibujos a través de ellos.

Y algunas veces, cuando esos niños no tienen ganas de nada, pero de nada de nada de nada, con mucha paciencia, un profe de hospital les lee una historia maravillosa que los lleva a mundos lejanos y les hace conocer personajes fantásticos para que, casi sin darse cuenta, con la cabeza apoyada en su hombro, esos niños y niñas se relajen, disfruten y se puedan sentir un poquito mejor, casi hasta el punto de que por un rato parezcan esfumarse toda su angustia y sus preocupaciones. Entonces, aunque leve y tímida, aparece una pequeña sonrisa en el rostro de esos niños que funciona como la más grande de las carcajadas, y el señor o la señora de la bata blanca se dan por satisfechos y saben que han logrado con creces cumplir su misión de ese día.

Es así cómo, poco a poco, casi sin darse cuenta, ese niño, o niña, enfermo se va recuperando, con la ayuda de tanta y tanta gente de bata blanca, de médicos y enfermeras, pero también de profesores y de todo el personal del hospital. Cada día se encuentra un poco mejor, parece que todo el mundo está muy contento y que llega, sí, su momento, porque lo que le ocurre ya había sucedido con otros compañeros y compañeras con los que compartía confidencias y que habían acabado siendo grandes amigos. Llega un punto, incluso, en que sus propios padres se atreven a sonreír y le comentan que están preparando una gran fiesta en casa porque en breve podrá regresar a su vida «normal». Y es que va a salir del hospital.

Y al final ese niño, o esa niña, llega a pensar para sus adentros, aunque quizá no termine de manifestarlo, que aquella experiencia, por más dura que haya resultado, no ha estado tan mal como podría haber sido, como parecía que iba a serlo en un principio, aquel día lejano en el que, con miedo, sin saber lo que le esperaba, llegó al hospital.

Y, por qué no, un poquito, muy muy poquito, ha podido contribuir a que las cosas hayan sido más llevaderas ese tipo de la bata blanca, un poquito loco, siempre tan sonriente, que ha sido su profe de hospital.

Un profe que, en este caso, fui yo, ese señor de la bata blanca con bolis de colores en el bolsillo y tubos de plastilina en vez de termómetros o jeringuillas o gasas.

Ella se llamaba Ana, pero el nombre realmente no es lo que importa, porque esta historia podría también haber sido la de Juanjo, o Silvia, o Carmen, o Ignacio, o Ángela o Julia. Qué más da.

Lo que realmente importa es que a partir de Ana, mi primera niña, mi paciente cero, mi primera sonrisa, tuve claro a lo que me quería dedicar: a una profesión que llevan a cabo muchos otros señores y señoras con batas blancas que, aunque no se dediquen a la medicina, ni a la enfermería ni a ninguna otra de las profesiones de la rama sanitaria, desarrollan su labor en las salas de los hospitales de muchas ciudades de España como maestros de hospital.

2.Cómo llegué hasta aquí

Esos locos llamados «maestros de hospital»

Este relato que aquí comienzo nace sin mayor pretensión que la de contar una realidad y exponer, a través de mi voz, el día a día de un grupo de personas entre las que me encuentro y que trabajamos con niños y niñas que, debido a sus circunstancias, se encuentran ingresados en la habitación de un hospital. Nuestra tarea tiene como objetivo hacer posible que esta particularidad, sufrir una enfermedad, no suponga un obstáculo en su desarrollo educativo ni un aislamiento del mundo que los rodea.

Todos nosotros somos compañeros que hemos elegido estar allí donde queremos estar, que tenemos la suerte de poder dedicarnos a aquello que más nos gusta y que sentimos el orgullo de poder hacerlo cada mañana.

Formamos, en suma, un grupo de maestros y profesores que un día decidimos, por voluntad propia, dejar los colegios en los que impartíamos nuestras clases y solicitar un puesto voluntario en un entorno absolutamente distinto, ajeno y desconocido al que estábamos acostumbrados, para dedicarnos a la enseñanza de alumnos y alumnas en esta situación tan especial, y si he elegido hablar así, en primera persona del plural, es porque, ante todo, me siento uno más de este colectivo y, con esta historia —que es mi historia, que es nuestra historia—, busco, ante todo, dar a conocer nuestro trabajo y acercarlo a un público lo más amplio posible, a todo un caudal de lectores para que, a través de la crónica de nuestra realidad, de nuestro día a día, se pueda entender mejor su importancia.

Porque, quiero creerlo, somos importantes. Cualquiera que ayuda lo es, y los que ayudan a los niños, nuestro auténtico futuro, lo son más todavía, ¿no os parece?

Así pues, esta no es la historia de una sola persona, sino de todo un colectivo dedicado a una disciplina que en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda en los círculos educativos y que hoy se suele denominar «pedagogía hospitalaria».

Pero, si he de ser sincero, lo cierto es que lo que hacemos mis compañeros y yo es algo que se viene practicando desde hace largo tiempo, como pasaré a explicar más adelante con cierto detalle, ya que no es mi intención aburriros tan al principio con tecnicismos.

Y es que todavía no me he presentado, y digo yo que hará falta decir quién soy porque, al fin y al cabo, bastante llevo ya escrito sin haber explicado por qué voy a ser el hilo conductor que os conducirá por este relato que —eso espero— os entusiasme, os atrape, os emocione (al menos un poquito) y os anime a querer saber más de la labor educativa que se lleva a cabo con los alumnos-pacientes en las aulas hospitalarias de muchas instituciones sanitarias de nuestro país. Y es que, aunque sé de sobra que en muchos otros países y continentes también existen aulas como las nuestras, de lo que yo me siento más cómodo hablando es de aquello que conozco bien, y mi experiencia se centra en mi vivencia profesional y en las de aquellos que cada día comparten conmigo las salas del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid.

¿Y quién soy yo?, ¿cómo llegué hasta aquí?

Este loco se presenta

Mi nombre es Miguel y nací hace ya unos cuantos años, ni muchos ni pocos, al sur de Granada, en un pueblecito de casas blancas sobre un peñón y un castillo que lo corona y desde el que se divisa un manto verde de fértil vega que te lleva hasta el mar. En este marco tan bucólico, en Salobreña, vine al mundo en una familia modesta, trabajadora y maravillosa, que me dio el empuje, el coraje y los valores que me hacen ser quien soy hoy en día, y cuyos miembros, del primero al último, son, en cierta forma, culpables de que me dedique a esta profesión.

Pero ¿por qué soy maestro, por qué me especialicé en la rama de Pedagogía Terapéutica y por qué decidí acabar dando clases en un hospital? ¿Qué hizo nacer en mí esta vocación?

Lo cierto es que pienso que, en nuestra vida, sí puede haber pequeñas pistas, señales o motivos que nos van marcando, ya desde la infancia, sin que nos percatemos, y en mi caso mi historia cuenta (o así me la contaron mis padres, porque obviamente yo no lo recuerdo) que no vine a este mundo sin ciertas dificultades. El mío fue un parto difícil. Llegué a este valle de lágrimas dando guerra y, como no se cansó de decirme mi madre durante toda mi infancia: «Tenías tantas ganas de salir y comerte el mundo que te tragaste todo el líquido amniótico que encontraste a tu paso».

Debido a esto quedé ingresado en una unidad de neonatos en el Hospital Clínico de Granada durante una buena temporada. Y yo me pregunto: ¿sería una primera señal?

Quién sabe; hoy, dedicándome a lo que me dedico, quiero creer que sí, pero lo más probable es que si a estas alturas de mi vida fuera pastelero, me recordaría de pequeño haciendo flanes de arena en la playa y encontraría que eso podría explicar en cierta parte mis decisiones laborales posteriores. ¿O no?