Amo a Rusia - Elena Kostyuchenko - E-Book

Amo a Rusia E-Book

Елена Костюченко

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Beschreibung

Este libro es el incansable intento de Elena Kostyuchenko por documentar la experiencia de su país a través de quienes este país elimina sistemática y brutalmente: niñas de pueblos reclutadas para el trabajo sexual, personas queer en las provincias, pacientes y médicos de una maternidad ucraniana y reporteros como ella. En marzo de 2022, como corresponsal de Novaya Gazeta, Kostyuchenko cruzó la frontera con Ucrania para cubrir la guerra. Su misión era asegurar que los rusos fueran testigos de los horrores que Putin cometía en su nombre. Escribió sus artículos sabiendo que, si regresaba a casa, probablemente sería procesada y condenada a hasta quince años de prisión. Sin embargo, impulsada por la convicción de que la mayor expresión de amor y patriotismo es la crítica, continúa escribiendo. Amo a Rusia combina reportajes de los últimos quince años con ensayos personales, con una narrativa caleidoscópica que, según Kostyuchenko, podría ser la última obra sobre su tierra natal que publique en mucho tiempo, quizás para siempre.

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Seitenzahl: 610

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Amo a Rusia

A Nugzar Mikeladze

Ni más ni menos:

si hoy cerráis los ojos

en medio de la noche,

mañana los abriréis

en medio del día.

Fiódor Svarovski

Índice cronológico

26 de diciembre de 1991

Disolución de la URSS.

8 de junio de 1991

Chechenia se declara independiente de Rusia.

12 de junio de 1991

Boris Yeltsin es elegido primer presidente de la Federación Rusa.

1 de abril de 1993

El diario Novaya Gazeta publica su primer número.

11 de diciembre de 1994

al 31 de agosto de 1996

Primera guerra de Chechenia.

7 de agosto de 1999

Segunda guerra de Chechenia.

16 de abril de 2009

Rusia se anexiona Chechenia.

9 de agosto de 1999

Vladímir Putin es nombrado primer ministro.

31 de diciembre de 1999

Boris Yeltsin dimite como presidente de Rusia.

7 de mayo del 2000

Putin inicia su primer mandato como presidente.

12 de mayo del 2000

El periodista del Novaya Gazeta Ígor Domnikov es atacado y muere el 16 de julio.

3 de julio de 2003

El periodista del Novaya Gazeta Yuri Shchekochijin es asesinado.

7 de mayo de 2004

Putin inicia su segundo mandato como presidente.

1 de septiembre de 2004

Masacre de Beslán.

7 de octubre de 2006

La periodista del Novaya Gazeta Anna Politkóvskaya es asesinada.

7 de mayo de 2008

Dmitri Medvédev asume la presidencia y nombra a Putin primer ministro.

8 de agosto de 2008

Rusia invade Georgia.

19 de enero de 2009

El abogado Stanislav Markelov, especializado en derechos humanos, y la periodista Anastasia Baburova, del Novaya Gazeta, son asesinados.

15 de julio de 2009

La periodista del Novaya Gazeta Natalia Estemirova es asesinada.

7 de mayo de 2012

Putin inicia su tercer mandato presidencial.

11 de junio de 2013

La Duma Estatal aprueba una ley que restringe y sanciona cualquier discurso público que pueda considerarse «propaganda de la homosexualidad». Según la ley, las personas LGTBQ+ «no tienen los mismos derechos que los ciudadanos heterosexuales».

18 de marzo de 2014

Rusia se anexiona Crimea.

7 de abril de 2014

Comienza la guerra en el Dombás; las tropas rusas entran clandestinamente en Ucrania por el este del país.

30 de septiembre de 2015

Rusia interviene con efectivos del ejército en la guerra civil en Siria.

7 de mayo de 2018

Putin comienza su cuarto mandato como presidente.

24 de febrero de 2022

Rusia invade Ucrania.

Amo a

RUSIA

Crónicas desde un país perdido

01

La gente de la televisión

No guardo ningún recuerdo de cuando era bebé. A partir de los cuatro años, quizá tres, veo siluetas, pero ningún rostro; a lo mejor ni siquiera veo siluetas. Me acuerdo de mi abuela, que murió cuando yo tenía cinco años. Mi babushka se divertía dándome palmaditas en la mano y riéndose de mí. Ya estaba enferma y cuando la demencia se apoderaba de ella se volvía tímida y revolvía toda la casa como si hubiese perdido algo importante. A veces no nos reconocía y creía que vivía con extraños; esos días caminaba ansiosa e intentaba agradarnos. Cuando recuperaba el juicio, volvía a ser la mujer que había sido siempre: la cabeza de familia, acostumbrada a ser obedecida y a exigir obediencia.

Me resfriaba con frecuencia y solía pasar largas temporadas en casa; era raro que saliese a dar un paseo. En mis recuerdos siempre hay una luz crepuscular. Empezaron a levantar un edificio frente a mi casa, que fue elevándose lentamente hasta tapar la luz que se filtraba por las ventanas. En el salón, un piano aguardaba en un rincón a que yo creciera mientras mi madre imaginaba el día en que por fin aprendería a tocarlo. En otra esquina, teníamos una televisión. No se puede decir que no funcionara, pero veíamos las imágenes borrosas a través del ruido blanco de la pantalla; diría que era en blanco y negro. Era un aparato enorme o me daba esa impresión cuando me ponía frente a la pantalla panzuda de color gris. El polvo la adoraba. Yo acercaba una silla y me subía para acariciarla con los dedos. Era como tocar con delicadeza las alas de una mariposa. Mi madre decía que era la electricidad estática.

Cada tarde esperaba a que llegara la hora de ¡Buenas noches, pequeños! Primero aparecían las marionetas conversando, el cerdito Jryusha y una conejita llamada Stepashka, y luego ponían los dibujos animados. Me encantaban los fotogramas dibujados a mano, pero a veces eran personajes de plastilina o simplemente muñecas en movimiento. El stopmotion me parecía una extravagancia ajena a la magia de la televisión: ya podía yo sola jugar con las muñecas.

Me había percatado de que mi madre encendía la tele antes de que empezara ¡Buenas noches! Llegaba del trabajo, se quitaba la cazadora y se sentaba en el sofá con los zapatos puestos. Antes de descalzarse, se tomaba su tiempo para sentirse en casa. Después se levantaba y la encendía directamente. Siempre había un programa para adultos o el telediario.

Yo, que odiaba las noticias, no entendía que nadie pudiera ver el telediario por voluntad propia. Las imágenes que desfilaban ante mis ojos escapaban a mi comprensión: gente que gritaba e iba de un sitio a otro y presentadores que parecían gemelos con una entonación idéntica. No entendía lo que decían. Mamá observaba en silencio. Estaba muy cansada.

Poco a poco, me fui dando cuenta de lo que pasaba. Un día, mi madre me contó que antes el país se llamaba la URSS, pero ahora era solo Rusia. En la URSS todo era mejor: teníamos suficiente comida y la gente era amable con los demás. Ahora las cosas habían cambiado. Después supe que mi madre era profesora de Química en un instituto donde ya no pagaban,[1] así que, además de profesora, trabajaba de limpiadora y también iba a lavar pañales a mi guardería. Por eso estaba tan cansada y ya no jugaba conmigo ni me abrazaba tanto como yo quería. Le pregunté de quién era la culpa de que la URSS fuera ahora Rusia.

—De Yeltsin —me respondió mirando la pantalla.

—¿Quién es Yeltsin?

—Es el presidente, la persona más importante del país.

La persona más importante del país era un tipo viejo y feo, y tenía una cabeza gigantesca. No entendía lo que decía. Murmuraba entre dientes alargando las palabras igual que hacía mi abuela después de enfermar.

Le miraba y pensaba: «Tú eres el culpable de que mi madre esté cansada, de que vaya arrastrando los pies como si fuera una anciana, de que no juegue conmigo y no me abrace tanto como me gustaría, de que la gente ya no sea amistosa, de que antes viviéramos en la URSS y ahora vivamos en Rusia, y de que Rusia sea peor». Cuando Yeltsin aparecía en la pantalla, yo fruncía el ceño y decía: «Yeltsin es malo». Y mamá sonreía. Empecé a ver las noticias con mi madre solo para gritarle a Yeltsin y así verla sonreír.

A veces nos visitaban sus amigos del instituto. Se iban a la cocina a conversar y yo me acomodaba en el suelo debajo de la mesa, atenta a la conversación. Cuando alguien mencionaba el nombre, yo soltaba:

—Yeltsin es malo.

Todos se reían y le decían a mi madre:

—Qué mayor está, ¡cómo ha crecido!

Contaban que Yeltsin era un borracho, así que completé la frase:

—Yeltsin es un borracho malo.

Los mayores se reían aún más.

A medida que me hacía mayor, entendía mejor las noticias. Los mineros protestaban golpeando con sus cascos un puente en Moscú.[2] Mi madre les enviaba dinero, decía que se estaban muriendo de hambre. Los chechenos luchaban contra los rusos. Los chechenos me aterrorizaban, en la tele salían unos tipos siniestros con barba, como los piratas. Soñaba con ver a uno de verdad. Más tarde llegaron los tiroteos. Nunca los veía, pero a veces se oían disparos y mamá me alertaba:

—No te acerques a la ventana.

El tiempo pasaba y cuando cumplí los cinco años comprendí que un día todos moriríamos, incluida mi madre. Me percaté de que a lo mejor mi madre no moriría de vieja, sino de un disparo en la calle en cualquier momento. Empecé a tener miedo de las noches e imaginaba que la oscuridad le daba la bienvenida al mal. Entonces me subía al alféizar de la ventana y miraba fijamente el paisaje en penumbra. Creía que mi mirada iluminaba el camino de mamá a casa y la protegía. Cuando sentía que el terror me paralizaba, sacaba la caja de botones viejos y los examinaba como si fueran un tesoro. Los botones eran mi amuleto contra el miedo.

La primera vez que vi a los criminales disparar de cerca ya iba a tercero. Fue un día en que regresaba del colegio. Solía tomar un atajo a través de los patios interiores, en vez de ir por la calle. A mi madre no le gustaba y me decía que no fuera por ahí, pero yo siempre tenía prisa. Me encontré con tres hombres que venían con otro y se notaba que este último no pertenecía al grupo. Recuerdo que llevaban gabardina de cuero negro, aunque quizá me lo he inventado. Uno de los tres hombres soltaba muchos tacos y otro sacó una pistola negra muy pequeña. Me escondí en el edificio más cercano a esperar el fin del tiroteo. Sonaron dos disparos. Esperé un poco más y me asomé a la puerta. Habían dejado al hombre que estaba apartado tirado en el suelo con algo rojo detrás de la oreja. Ya no se veía a los otros. Salí de mi escondite, di una vuelta alrededor del hombre inmóvil y eché a correr. No le conté nada a mi madre. Había escuchado decir que las preocupaciones podían hacer que el corazón se detuviera y deseaba con toda el alma que mi madre viviera siempre.

Yeltsin era el culpable de la muerte del extraño y de los tiroteos, de la oscuridad al otro lado de la ventana, de las largas noches en vela esperando a que llegara mi madre y de que nunca tuviéramos suficiente dinero. Ya sabía lo que era el dinero y lo que costaba ganarlo. No siempre teníamos comida. A los nueve años, me apunté a un coro, cantábamos en hospitales y en casas de cultura. Nos pagaban treinta rublos por concierto, a los solistas les pagaban el doble. Así que yo quería ser solista, con sesenta rublos podíamos comprar siete barras de pan.

Le pregunté a mi madre:

—¿Por qué no defendisteis la URSS si era un país tan bueno?

—Nos engañaron. Yeltsin nos mintió —me respondió.

Empecé a ver las noticias con avidez, esperando impaciente el día en que comunicaran la muerte de Yeltsin.

Pero no se moría. Morían otras personas. Funerales no faltaban ni ataúdes tapizados de rojo que cruzaban una y otra vez nuestro patio. Me acercaba a algún vecino y preguntaba:

—¿De qué ha muerto?

Morían de intoxicación etílica, se habían ahorcado, en un tiroteo, durante un atraco o en un hospital donde no había medicinas ni médicos. Al menos mi madre seguía viva, mi mirada la protegía. A veces negociaba con Dios: «Si mamá se muere, yo me voy a vivir al bosque. Entonces, Dios, ¿qué harías tú sin nosotras?».

La noche del fin de año que estudiaba primero de secundaria, mi madre y yo estábamos cenando con la tele encendida y escuchamos que Yeltsin declaraba:

—Estoy cansado. Me retiro.

Y, de facto, dejó de ser el presidente de Rusia. Fue un milagro de fin de año. Mi madre lloraba y reía al mismo tiempo mientras llamaba a sus amigos y yo pensaba: «¡Por fin! Ahora es cuando empieza la vida».

Seis meses después, hubo elecciones. Vladímir Putin ganó. Putin no se asemejaba en nada a Yeltsin: era un tipo joven y atlético con unos ojos clarísimos, que eran lo único reseñable de su rostro. Su voz era especial, siempre sonaba como si estuviera conteniendo un gruñido. Pero cuando sonreía, hacía feliz a todo el mundo.

Mamá no votó a Putin. Decía que era del KGB. Yo sabía bien lo que era ser agente del KGB, porque había dos que vivían enfrente. Sospechaban con desespero de todo el mundo, bebían mucho y nunca eran educados. Nosotras no les solíamos dirigir la palabra.

El día de las elecciones, salí al patio a jugar. La gente volvía a casa desde el colegio electoral y quería saber cuanto antes quién nos gobernaría.

—¿Has votado a Putin? Yo también.

Alguna gente me preguntaba sin rodeos a quién había votado mi madre. Yo respondía que estábamos con los comunistas. Los chicos del patio me dijeron que los comunistas se estaban pudriendo en la tumba y casi me peleo con ellos.

La gente pensaba que Putin los iba a proteger. Antes de las elecciones, hubo explosiones en varios edificios de diferentes ciudades. Fue entonces cuando aprendimos la expresión «atentado terrorista». Los hombres de nuestro edificio hacían guardia por la noche para vigilar que nadie pusiera explosivos. Putin afirmó que bastaría con matar a todos los terroristas para que los edificios dejaran de volar por los aires. Empezó una nueva guerra en Chechenia. Por esos días, me puse a fregar suelos. Ya era casi una adulta y quería ganar algo de dinero para que mi madre estuviera menos cansada. Llegaba a casa agotada y hacía exactamente lo mismo que ella: me sentaba en el sofá con los zapatos puestos hasta que se me relajaban los pies. Mi madre no se enfadaba.

La televisión se veía cada vez peor; resultaba difícil distinguir las caras. Me dediqué a leer los periódicos de la biblioteca del instituto. Estaba obsesionada con la lectura, las imágenes no cambiaban y podía pensar mientras leía. Decidí ponerme a trabajar en un periódico, aunque el sueldo no era mejor que el de friegasuelos. Escribía sobre las estafas de los abonos del autobús, sobre una clínica de salud para adolescentes y sobre los skinheads que habían aparecido en la ciudad. Me sentía orgullosa de escribir sobre cosas de adultos y ya me consideraba periodista.

Un día encontré por casualidad un ejemplar del NovayaGazeta. Lo abrí y leí un artículo sobre Chechenia. Trataba de un niño que no dejaba que su madre escuchara canciones rusas en la radio. Los soldados rusos se llevaron a su padre y un tiempo después les devolvieron el cadáver sin la nariz. El artículo se titulaba «Centro de limpieza y filtración». Los soldados mataron a treinta y seis personas en el pueblo de Mesker-Yurt. Un sobreviviente de la matanza contó que lo habían crucificado: le clavaron las manos y los pies. El artículo estaba firmado por Anna Politkóvskaya.

Pedí la colección del Novaya Gazeta en la biblioteca pública. Buscaba los artículos de Politkóvskaya y los devoraba mientras mi cuerpo ardía. Me sentía como si tuviese fiebre. Me toqué la frente, estaba húmeda, y me sentí exhausta. No sabía nada de mi propio país. La televisión me había mentido.

Esa nueva percepción de la realidad daba vueltas en mi cabeza. Leía, paseaba por el parque y seguía leyendo. Quería comentarlo con una persona adulta, pero no había ninguna, porque todas creían a pies juntillas lo que salía en la televisión.

Estaba enfadada con los periodistas del Novaya Gazeta. Me habían arrancado de cuajo la verdad colectiva. Nunca había tenido mi propia verdad. A los catorce años, me sentía como una inválida.

Tomé la determinación de que tenía que trabajar en el Novaya Gazeta.

Tres años después se hizo realidad.

Putin lleva mucho tiempo en esto, pero elegir a Medvédev fue un quebradero de cabeza

8 de mayo de 2008

Desde las once de la mañana del 6 de mayo, el Kremlin está en estado de alerta máxima por la investidura.[3] Hoy, en lugar del trasiego de turistas cámara en ristre, resalta el color negro. La plaza está abarrotada de militares, de gente extraña trajeada, de músicos con esmoquin y de coristas. Allá donde se mire, se divisa el color negro. Se están celebrando los últimos ensayos del desfile, del coro y de la orquesta. Pero la prueba más importante es la de los centenares de corresponsales de prensa.

Las cámaras, instaladas en las torres de la plaza, ancladas al suelo, en la cintura o sobre los hombros de los operadores, filmarán la ceremonia. Serán sesenta y nueve cámaras las que enfocarán al nuevo presidente en la toma de posesión. Canal 1 cubrirá el acontecimiento desde varios helicópteros. Tras muchas negociaciones, un equipo de la televisión belga ha obtenido permiso para instalar sus cámaras en una plataforma sobre los muros de la fortaleza.

Los ensayos comenzaron a finales de abril. El campamento de Canal 1, con varias furgonetas y una carpa, lleva una semana instalado junto a la plaza Sobornaya. En el interior tienen Internet, agua caliente, salami y ramen. Dentro, cuelgan por todas partes comunicaciones impresas, el horario de los ensayos y trajes oscuros. Los periodistas y asistentes tienen que ir vestidos para la ocasión. Ya han rodado desde todos los ángulos de la plaza cien horas de los cincuenta minutos inaugurales: la procesión de Putin, luego la de Medvédev, la ceremonia en el Gran Palacio del Kremlin y las reapariciones de ambos presidentes ante la multitud. Han desgranado sus discursos una y otra vez.

La coreografía de cámara es más bien sencilla. El diseño protocolario solo incluye dos figuras principales. Los puestos uno y dos los ocupan Putin y Medvédev. Putin se dirige de un edificio a otro, luego sube por la escalera derecha del Palacio del Kremlin. Después la comitiva de Medvédev sale de la Casa Blanca y se dirige al Kremlin. Entra por una puerta diferente. Los dos líderes solo se encuentran una vez dentro. Tras la ceremonia, bajan juntos a saludar a los soldados.

Los directores, periodistas, cámaras, fotógrafos, redactores, guardias y soldados deambulan por la plaza Sobornaya. Nadie lleva identificación: ya se conocen tras una semana de ensayos. La gente de los medios de comunicación se apresura a obedecer a los jóvenes de los pinganillos transparentes. Todos, los cámaras y los fotógrafos, los soldados y los guardias, hablan sin parar a través de los walkie-talkies. De repente, alguien grita:

—¡Saquen las ametralladoras del plano!

No sucede nada.

Nueve pelotones desfilarán frente al Palacio del Kremlin. De momento, los treinta soldados que forman el primer pelotón, acompañados por su general en jefe, desfilan con paso de oca hacia la plaza, elevando las piernas rectas y con los pies en punta. Los soldados llevan pesadas gabardinas; el general, el rostro inexpresivo.

—Menos mal que hace frío. Anteayer, uno de esos chicos se desmayó por el calor en mitad del ensayo —comenta el cámara que está a mi lado.

Una docena de barrenderos pasa entre las filas de soldados. Llaman la atención su apariencia de hombres eslavos y sus bonitos uniformes verdes. No hay atisbo de suciedad en el suelo, pero siguen barriendo entre los adoquines. Cada cierto tiempo, una mujer con traje de chaqueta les grita:

—¡Más vale que brille hasta el último centímetro de la plaza!

—¿Y por qué no nos han dado aspiradoras? —replican los barrenderos.

La mujer mira hacia los guardias.

—No lo permitirían.

—Barrenderos, ¡largo de ahí! ¡Ya! ¿Dónde están los presidentes? —pregunta Natasha, una mujer delgada con vaqueros. Es de la oficina presidencial y dirige el movimiento de las cámaras.

En el ensayo, los «presidentes» y sus «guardaespaldas» son figurantes que esperan a que les digan qué tienen que hacer. «Putin» es un tipo moreno con gabardina cuyo único parecido con el original es su falta total de rasgos distintivos. El doble de Medvédev es muy joven, con el pelo rizado, un cable en la oreja y una mirada exageradamente astuta.

—¡No se parecen en nada! —protesto.

—Lo que importa es la altura, al milímetro, para que las cámaras claven el plano mañana —explica Lyosha, el técnico, mientras pone un protector para la lluvia sobre los camarógrafos—. Este «Putin» lleva mucho tiempo en esto, pero elegir a Medvédev ha sido un verdadero quebradero de cabeza.

—Muévete, Putin —grita Natasha.

El militar se pone en marcha y, con andares presidenciales, recorre la primera fila de soldados en formación. Un fotógrafo con la cámara atada al chaleco de plástico se mueve en paralelo, por detrás de la fila de soldados. Un ayudante agarra al cámara por la cintura para darle estabilidad y, paso a paso, ambos retroceden con rapidez y precisión. El doble de Putin se acerca a la escalera de moqueta roja y empieza a subir. El cámara se inclina hacia atrás para mantener a «Putin» en el centro del encuadre.

—¡Se ha despistado el cámara! Repetimos de nuevo.

Más tarde, ensayan la salida del final de la ceremonia. Los «presidentes»se esfuerzan por caminar al mismo paso, pero de nuevo a nadie le parece perfecto.

—¡Son solo veinte! ¡Veinte pasos! ¡Otra vez!

—¿Estás segura de que «Medvédev» tiene que ir a la izquierda de «Putin»? —pregunta otro de los directores a Natasha—. ¿Y si los intercambiamos?

—Estoy segura. ¡Repetimos desde el principio!

Entonces, se enzarzan en una larga discusión sobre el lugar que debe ocupar el imponente atril dorado sobre el que descansará mañana el discurso del presidente. Discuten por medio metro, que, por lo que se ve, tiene una considerable repercusión en el efecto visual.

Por fin, el general de división se acerca con paso firme al estrado y espeta:

—Camarada presidente, las tropas que participan en el desfile para celebrar la toma de posesión del presidente de la Federación de Rusia están formadas.

El falso Putin saluda mirando hacia la cámara más próxima y mueve los labios en silencio durante varios minutos; es el discurso de despedida del presidente saliente. Los cámaras filman la escena de cerca.

Mientras cambian la iluminación, los dos «presidentes»esperan en la escalera mientras observan a los soldados dándose aires de importancia.

—Menos mal que no hará sol, porque entornar los ojos te hace parecer enfadado. Sin sol se puede mirar de frente —dice «Putin».

—Tienes razón —dice «Medvédev».

Uno de los directores se apresura a explicar por enésima vez en qué dirección va cada uno, cuándo y qué cámara los enfocará. Los guardias son los que están más atentos, ya que son quienes tendrán que guiar a los verdaderos Putin y Medvédev por todo el laberinto de la ceremonia.

—Espero que se estén enterando —refunfuña Lyosha—. La última vez, en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, también lo ensayamos todo. Hicimos telones de fondo, rellenamos una pista de hielo, había guardias y cámaras por todas partes. De repente, Putin sale del coche y le dicen que camine delante de las cámaras así y asá. Él les increpó que no iba a dar tanto rodeo y empezó a caminar por la pista de hielo, ¡sobre el hielo! Los guardias enloquecieron y nosotros nos quedamos de piedra.

—¿Y si Putin estornuda?

Lyosha me mira sin comprender la pregunta.

—¿O Medvédev tropieza en directo?

—Precisamente por eso siempre hay un ligero retraso en la emisión de este tipo de acontecimientos —me dice con orgullo de profesional consagrado.

Entonces, ¿qué hacemos aquí? Todos estamos en vilo, preocupados por si alguien da un traspiés sobre una alfombra traidora que se desliza sin aviso, por si salta algún terrorista de entre los arbustos o por si el presidente tartamudea durante su juramento, cuando, en realidad, el final feliz ya está escrito. ¿Por qué preocuparse tanto?

02

El final de la infancia

Estaba en casa de una amiga cuando mi madre me llamó y me dijo que no podía localizar a Vania, mi hermano menor. Mi madre lo adoptó.

No me apetecía nada irme, porque estaba en medio de una conversación interesante con mi amiga, me sentía como una diosa esa noche de verano y ya me había bebido media botella de vino. No recuerdo qué le dije exactamente, pero mi tono de voz debió sonarle distante. Aun así, fui.

Empezaba a amanecer, iba en taxi y hablaba con la policía por teléfono. El conductor atravesaba las calles de Moscú a toda velocidad y había dejado atrás el pomposo y bien cuidado centro histórico para internarse en el bosque de altas torres residenciales de la periferia. Me sorprendió toda la maraña de árboles colosales que llegaban hasta el último piso de los edificios.

Vania vivía entre Yaroslavl y Kostroma. Solo Dios sabe a qué se dedicaba. Mi hermana me contó que creía que se acostaba con tíos por dinero. En el puente de mayo[4] intercambiaron su piso: mi hermana se fue a Yaroslavl y él se quedó esos días en el piso que ella alquilaba en Moscú e invitó a sus amigos.

Subí al piso. La policía abarrotaba la escalera. Estaban esperando a que llegaran los bomberos para abrir la puerta.

Cuando los bomberos llegaron, dijeron que no derribarían la puerta sin que el propietario estuviera presente. El propietario era un anciano que vivía en una dacha en el campo. No teníamos su número de teléfono.

Les dije:

—Mi hermano está ahí dentro. Si no abrís la puerta y le pasa algo, os denunciaré a todos por negligencia.

En realidad, no creía que le hubiera pasado nada. Pero me gustaba mostrarme como una adulta fuerte capaz de intimidar a los polis y a los bomberos.

Los hombres guardaron silencio.

Dos macarras amigos de Vania estaban por ahí diciendo sandeces y chorradas; los dos eran mayores que mi hermano. Habían salido a comprar birras y después no pudieron entrar. Uno de ellos se había dejado la bolsa dentro y se quejaba todo el tiempo.

Uno de los bomberos bajó las escaleras, evaluó el edificio desde el exterior y regresó diciendo que podía intentar entrar por el balcón.

Los vecinos se ofrecieron a dejarle pasar.

Transcurrieron unos minutos.

La cerradura chirrió y la puerta se abrió. El bombero recorrió con la mirada a los presentes y preguntó:

—¿Algún familiar?

Entré.

Yacía en el sofá; su cuerpo estaba muy rígido y su cara, azul verdoso. A su lado había una bolsa, un cuchillo y una bombona de butano.

Su abuela se negó a venir, pero exigió que lo enterráramos en su pueblo.

Al final, decidimos enterrarlo en Moscú.

A partir de ese momento, tendría una tumba de la que ocuparme.

Lo maquillaron demasiado para el funeral, estaba irreconocible. Los huesos se le marcaban en la cara y llevaba el pelo engominado. Mi madre dijo que parecía un cantante de ópera.

Vino su prima, tenía la misma cara que Vania, los mismos ojos. Yo ni siquiera sabía que tenía una prima. Ella también había crecido en un orfanato.

Mi hermano no entendía las fracciones. Tampoco sabía leer la hora en un reloj analógico. Era un buen imitador y sin saber una palabra de inglés, sacó un notable repitiendo a la perfección lo que decía el profesor. Cantaba estupendamente canciones en otros idiomas y le encantaba bailar.

Mamá solía decir que sería Vania quien le diera su primer nieto, no nosotras.

El ataúd era blanco por dentro.

Le pegaron en la frente una oración escrita en un trozo de papel y metieron una pequeña bolsa de tierra bendita dentro de la caja.

Sus amigos vinieron para decirme que había sido un verdadero hechicero. Me dieron su libro de hechizos escrito a mano. Vi su letra por primera vez: escribía como un niño, con letras dispares que caían una encima de la otra.

Tras poner el libro a sus pies en el ataúd, no dejaba de pensar que ya era toda una adulta.

Como buena adulta, tuve que rellenar muchísimos documentos. Después me quedé sin documentos.

Y me quedé sin hermano.

Nunca volví a visitar la tumba. No podía, era algo más fuerte que yo.

Tenemos fotos de él en un ordenador viejo. Se le ve tan joven, sentado con una cerveza mientras mira a la cámara con una sonrisa tierna. Mi hermana hizo un vídeo con algunas fotos más en el que suena una canción de fondo, el estribillo dice: «A mí también me traicionaste».

Mi hermana Sveta también es adoptada. Antes de la muerte de Vania, apenas nos hablábamos. Sveta bebía, robaba y mentía siempre. Se escapó en alguna ocasión y ahuyentaba a todo el que intentaba acercársele. En aquella época no creo que tuviera un plan de vida. La recuerdo en el funeral, se quedó allí con la cara hinchada de tanto llorar y con su enorme cabeza redonda. Su cuello no podía aguantar el peso de la cabeza con la que asentía todo el rato. Arrojó un puñado de tierra sobre el ataúd y luego se metió los dedos sucios en la boca, como una cría. Después de la muerte de mi hermano, dejó de beber y de perder el tiempo. Estudió Derecho y se hizo fotógrafa. Hoy es una joven inteligente con mucho aplomo y demasiada tristeza. Vania le salvó la vida.

El HZB

25 de mayo de 2011

Katia[5] tiene trece años y está preñada, su exnovio Gleb es el padre de la criatura. Está casi de seis semanas.

—Aborta —le dice Maga—. No te arruines la vida, solo se vive una vez.

—Mi madre me dijo que si abortaba, me mandaría directamente al orfanato o me empujaría por el hueco del ascensor, de forma que pareciera un accidente. Y la abuela ha dicho que si entraba en casa con un bebé, me pondría de patitas en la calle.

Katia vive con su abuela porque su madre es alcohólica. La tuvo con quince años y Katia pasó los tres primeros años de su vida en un orfanato. A la familia le fascina contar la historia de la prole. La abuela obligó a la madre a firmar un documento cuando la niña nació por el que renunciaba a ella. La madre esperó a cumplir los dieciocho para exigir a la abuela que firmara los papeles que necesitaba para recuperar a su hija.

—Mi abuela todavía se arrepiente —explica Katia y bebe otro sorbo de GD.[6]

—¿Está bien que bebas? —le pregunta Maga—. Estás en el primer trimestre.

—¡Es chungo! Lo mejor sería un aborto natural.

—Si quieres abortar, bebe vodka. El GD no sirve para eso —espeta de repente Ania, una niña muy pequeña.

—Conozco una clínica que es de fiar. Ahí te lo harán guay y te costará quince de los grandes. Es un chollo, ¡a mí me costó veinticinco! Pero incluía el posoperatorio.

Maga tiene diecisiete años y abortó hace un año. Su novio se iba a la mili cuando se enteraron de que estaba embarazada.

—Me puso la pasta delante de las narices, me dijo que tomara una decisión y me lo pensé. ¿Quién me iba a acompañar al hospital? Mi madre es una buena persona, pero ya me había advertido de que no cuidaría a ningún mocoso.

Estamos en un balcón del tercer piso del Hovrino, el hospital abandonado. En Moscú todo el mundo lo conoce como el HZB: tres edificios interconectados que se hunden lentamente. Detrás de nosotros, unas quince personas de entre diez y treinta años se ríen de buena gana. Se las conoce como stalkers o acosadores, diggers, suicidas, seguratas y fantasmas.[7]

El enorme complejo hospitalario con capacidad para mil trescientas camas se empezó a construir en 1980, pero cinco años después se interrumpieron las obras. Algunos explican que el proyecto se abandonó por falta de financiación, otros porque las aguas del río Lijoborka inundaron los cimientos, a pesar de que habían sido desviadas a través de unas tuberías subterráneas instaladas con ese fin. Cuando paralizaron la construcción, ya estaban en pie tres edificios de diez plantas, tres naves dispuestas en forma de estrella. Incluso entregaron algunos pabellones con camas de hospitalización. Solo faltó que instalaran los ascensores y las barandillas. Hasta principios de los años noventa, el edificio en obras permaneció vigilado. Después retiraron a los guardias de seguridad y el HZB se convirtió en el centro de suministro de material de construcción del barrio. La gente literalmente se llevó todo.

Ahora el HZB se hunde cada vez más. La planta baja de los tres edificios ha quedado sumergida y aislada bajo una capa de hielo permanente. Todo está lleno de escaleras sin barandillas, de huecos de ascensores bostezantes y de agujeros en el suelo. El polvo inunda las antiguas instalaciones, a cada paso la gravilla chirría bajo los pies, entre bloques de hormigón y trozos de cemento. El agua gotea por las vigas de carga. Los grafitis cubren las paredes y fluyen como una marea de conciencia colectiva: «Los patriotas apestan», «Salve, Satán», «Strogino el mejor». Tampoco faltan confesiones de amor, poemas, juramentos y nombres. Mientras el Gobierno escurría el bulto de la responsabilidad en la seguridad del edificio, el HZB se fue llenando de gente que no tenía otro sitio adonde ir.

En el tercer piso, unas quince personas están sentadas en la barandilla del balcón con las piernas colgando. En el centro han improvisado una mesa con tablas y ladrillos que está repleta de bolsas. Junto a la pared hay otra mesa sobre la que se han sentado algunas parejas.

Se pasan entre ellos dos botellas de GD de litro y medio.

La mayoría no ha cumplido aún los quince años. Conocen el edificio como la palma de su mano, son expertos en huir de la policía por los oscuros pasillos y en traer turistas para que conozcan el hospital y buscarse un dinero extra.

Pasan la mayoría del tiempo en ese balcón del tercer piso porque desde allí tienen una excelente vista de «la entrada oficial»: un agujero en la alambrada con púas.

La abertura atrae a góticos, a críos impresionables, a acosadores, a estudiantes universitarios y a jugadores de paintball. La entrada cuesta ciento cincuenta rublos por cabeza e incluye una gira en la que los niños guían al grupo por el edificio mientras cuentan las leyendas del hospital. Se presentan como «las fuerzas del orden júnior». Maga es la jefa del equipo.

—Estaba guay ir por ahí recorriendo el edificio, intentando oír si alguien se había colado. Pero ahora son los niños los que me traen la pasta.

Más tarde llegarán otros a hacer el turno de guardia: Cazarratas, Álex el Investigador Criminal y Zheka el Energúmeno.

Para no meterse en líos, los chicos de las fuerzas del orden comparten lo que ganan con los de la comisaría de Hovrino. De vez en cuando, los policías vienen a recoger a los escolares. Los guardias del HZB nunca ahuyentan a otros niños, comparten de mala gana el alcohol y el tabaco con ellos, a veces les dejan hacer los recorridos. Pero si la policía hace una redada en el edificio, se termina la camaradería y es un sálvese quien pueda. Siempre es un sálvese quien pueda por aquí.

—Les hicieron la prueba de alcoholemia. Jumper dio 1,26 y Psycho 0,09 —cuenta Katia.

Jumper, la chica pelirroja, arruga la nariz al oír su nombre. Tiene catorce años, pero aún va a sexto de primaria. Después de que la pillaran en el HZB y la metieran en la lista de delincuentes, le hicieron repetir un año en la escuela.

—Cuando veas a un policía, grita: «¡Mira! ¡Un dragón!» —dice Psycho—. El poli se dará la vuelta y entonces aprovechas para echar a correr.

—Así que nos pillaron a Katia y a mí y nos llevaron al hospital —continúa Jumper—. Al cuarto día, su familia vino a recogerla y la mía apareció al quinto. Para entonces, ya les había dejado el pabellón hecho una puta mierda.

—¿Cuándo fue eso?

—Más o menos cuando la viola de Jenya.

Se refiere a «violación», en la jerga del HZB.

Los chicos se entretienen lanzando cuchillos. Cada uno tiene el suyo. Casi todos los cuchillos son trofeos robados a algún turista con mala suerte.

Katia y Psycho juegan a pelearse sin dejar de abrazarse y al final suben a la cuarta planta.

Los demás continúan con la discusión sobre el embarazo de Katia.

—Ella bebe y eso no es gratis. Además, compra tabaco —dice Maga—. Son ciento cincuenta rublos al día, un pastón, pero, aun así, yo le dejaría dinero si me lo pidiera. Por mí puede llevarse lo que sacamos de las giras.

—También puede repartir folletos —dice Jumper metiéndose en la conversación.

—Trabajé en el KFC cuando tenía doce años —añade Slam.

—Bueno, tú es que eres la leche, Miner.

A Slam le pusieron el apodo de Miner por los gigantescos dilatadores de cinco centímetros de diámetro, que eran como túneles en el lóbulo de sus orejas. Aunque a él le gustaba mucho más su nombre de guerra: Slam. Admiraba mucho a su hermano, que fue campeón de boxeo y soldado en Chechenia.

—Cuando estaba en primero, llegué a casa con un suspenso y mi hermano me mandó hacer flexiones. Al principio hacía diez, luego subí a cien. Cuando me cansaba de las flexiones, me pedía que hiciera sentadillas. Cuando me cansaba de las sentadillas, empezaba otra vez con las flexiones. Me daba leche condensada para fortalecer los músculos. Hasta quinto, todos me zurraban, pero después era yo el que les daba las palizas.

Slam nunca fue un buen estudiante, pero llegó a ser un experto kickboxer, hasta que se lesionó el hombro. Hace ya dos años que está fuera de juego. Ahora vive en el HZB.

Sigue quedando con su hermano, pero no con su madre. «Es una chillona, no soporto que me grite».

—¡Soy una leyenda! —grita Slam—. ¿A que sí, Jumper?

—Eres una puta leyenda —le contesta Jumper muy seria.

—¿Quién defenderá a Slam? ¿Jumper?

—Todo el HZB.

—¡Sííí! ¿Lo has oído? ¡Soy la hostia! ¡La hostia! ¡Puedo con cualquiera!

Slam pone el ejemplo de uno de sus«excelentes ganchos»y les cuenta la historia de lo fuerte que golpeó a su novia de Tver.

—Se le hinchó toda la cara, le estallaron los capilares… ¡Con solo un puñetazo! Tío, no he bajado a verle la jeta otra vez. Estará más cabreada que una mona.

—Un patólogo es el único médico que no mata —explica Chamán a los niños que le escuchan.

Chamán tiene más de treinta años, la cara abotargada y roja, el pelo grasiento y lleva una chaqueta de cuero negro. Tiene tres hijos y otro aún «en el horno» que viene de camino. Bebe mucho. Luchó en Chechenia y ahora corre por el HZB en medio de un delirium tremens, blandiendo una ametralladora invisible. También equilibra los chakras con la imposición de las manos; por eso le llaman Chamán.

A los guardias no les agrada demasiado porque se lleva una parte de sus beneficios. Sin embargo, siempre hay chicos a su alrededor para formarse como guías turísticos. El derecho a organizar visitas guiadas también hay que ganárselo.

Un grupo de acosadores se ha presentado en el piso de abajo. Los cuatro visten ropa de camuflaje y uno de ellos lleva una máscara de gas bajo el brazo. Chamán baja, sus chicos de doce años y Maga le siguen. La conversación transcurre sin sorpresas.

—¿Quién es usted?

—Esta zona está restringida y bajo vigilancia. ¿Tengo que llamar a los guardias? ¿De verdad queréis que os lleven a la estación?

Los acosadores aceptan sin quejarse pagar la entrada de ciento cincuenta rublos cada uno. Les entregan el dinero y piden que los trasladen a Nemostor, una habitación en la planta baja que es el escenario de muchas de las leyendas sobre el HZB.

Una de estas historias cuenta que un grupo de satánicos vagaba por el edificio haciendo sacrificios humanos. Un día, la policía, harta de la matanza, selló el edificio, los acorraló en el sótano inundado y los voló por los aires.

—¿Es cierto que volaron el sótano con granadas? —pregunta uno de los turistas.

—En aquellos días, trabajaba en la sala de autopsias del Hospital 81 —comienza Chamán, tras un silencio—. El jefe de mi unidad estaba trabajando esa noche y me contó que llevaron a algunos ya muertos y que luego trajeron el equipo de trasplante de órganos. La operación la organizó el FSB…[8]

Nemostor no es muy diferente de otras habitaciones. Está llena de polvo y de grava, y la luz del sol entra por donde deberían estar las ventanas. Las paredes están cubiertas de pentagramas y cantos a Satán escritos en eslavo antiguo y en inglés, con una gramática macarrónica. Aquí es donde los residentes del HZB celebran la fiesta de fin de año.

—La última vez que entró aquí un satánico fue en 2007 —me comenta Maga en voz baja—. Los chicos lo atraparon en el sótano con un cuchillo en la mano. ¡Hostia puta! Tenía la cara como cubierta de harina y unas ojeras enormes. Todo el mundo se partía el culo y fotografiaba al tío. Le preguntamos:

»—¿Cómo te llamas, pedazo de friki?

»—Me llamo Zinzan. —Zheka le soltó unos cuantos puñetazos y enseguida cambió de nombre—. ¡Soy Serguéi! Soy Serguéi.

»Después Zheka lo zarandeó mientras todos se morían de risa.

Los satánicos son hábiles. A veces consiguen colarse en el edificio y maquillarse cuando ya están dentro. Luego corren por aquí con sus cuchillos. Una vez pillaron a uno con un machete.

El tour estándar incluye Nemostor; el monumento a Edge, un estudiante que cayó por el hueco de un ascensor; «el pasillo del cineasta», los chicos lo cubrieron con espuma de poliuretano y lo pintaron para que pareciera el plató de una película de terror («Estos son vuestros cerebros, vuestros intestinos y vuestras cabezas»), el tejado, y el sótano inundado, donde «algunos cadáveres de satánicos flotan todavía en el agua».

Bajamos a «las negativas», las plantas que están bajo el nivel del suelo, para ver el cachorro. El perrito murió hace mucho tiempo y solo le quedan los huesos y la piel. Chamán hurga en el esqueleto con un palo y da lecciones de anatomía canina mientras los chicos lo graban todo con el teléfono.

—¿Por qué tiene las patas atadas?

—Sé quién se las ató. —Maga sonríe, satisfecha de conocer la historia.

Maga acabó en el HZB cuando tenía quince años. En esos días, su novio murió y ella pasó un mes en un psiquiátrico.

—¿Que de qué murió? Lo mataron. Le vaciaron el líquido de frenos del coche. Iba con un amigo. Cuando se dio cuenta de que no podía frenar, chocó contra un poste por el lado del conductor. Su amigo sobrevivió. Mi novio tampoco murió de inmediato. Cuando estaba en el hospital la enfermera salió a fumar y a partir de ese momento todo son sospechas. El pobre se dirigía a nuestra dacha a verme.

Ahora tiene diecisiete años, pero la mayoría de los que viven en el HZB piensa que es mucho mayor. Lleva un walkie-talkie colgado a la cintura, va vestida de camuflaje, tiene el pelo largo, la mirada siempre alerta y una sonrisa apacible. Su valentía salta a la vista. Hace un año, cuando «cuarenta daguestaníes con cuchillos» se presentaron en el edificio para luchar contra los residentes, Maga se defendió ella sola hasta que llegaron refuerzos.

Consiguió terminar el primer año en la Facultad de Medicina, pero decidió dejarlo.

—Me di cuenta de que, a decir verdad, me importa una mierda la gente. No quiero salvar a nadie. Se supone que un médico presta juramento y yo no soy de juramentos. De todos modos, si lo hubiese jurado, sería una zorra más de esas desalmadas que trabajan en los hospitales.

Este verano, Maga va a apuntarse a las oposiciones de administrativa. Tiene que esperar a cumplir los dieciocho en agosto.

—Antes no puedo porque no quiero meter a mi madre en esto.

Los otros chicos guardan un silencio bien avenido. Ninguno quiere que su padre o su madre se impliquen en su futuro profesional ni en ningún otro asunto de su vida. Como dijo una de las chicas: «Ya es más que suficiente con que aparezcan en mi certificado de nacimiento».

—Mi madre ya ha decidido que voy a ser policía. ¡Ni siquiera lo hemos negociado! Puta borracha. No se entera de que quiero ser arqueóloga —dice Liza—. Este verano me iré a las cuevas de Vorontsov.

—Ya hace medio año que no te pega, ¿no? A lo mejor ha cambiado —dice Ania—. Ya no vienes a clase llena de moretones.

—Eché cuentas —dice de repente Liza— y, sin todos los abortos, espontáneos o inducidos, habría tenido nueve hermanos y hermanas.

—¿Y qué?

—Pues eso, ¡nada!

Los chicos se van a jugar. El juego es muy sencillo: coges un bloque de hormigón del suelo, no importa que esté roto, e intentas golpear en la cabeza a alguien. Bien mirado, con este juego entrenan el sentido espacial, aprenden a tender una emboscada, a saltar en la oscuridad y a acercarse a alguien sin ser vistos. En general, en el HZB, disfrutan de los pequeños placeres de la vida. En verano, las chicas se broncean en el tejado. Los chicos cagan por el hueco del ascensor, lo cual requiere habilidad y resistencia. La mierda que hace más ruido al caer gana. Maga recuerda:

—Una vez le cayó encima a un turista. Era un tipo muy rarito y serio. Venía preparado para pasar aquí tres semanas superbién con los fantasmas del HZB. La cagada de sombrero terminó con sus vacaciones. Se cabreó mucho y repetía que los espíritus le habían traicionado.

Dimas entra a trompicones en el balcón con un pedo monumental. Tiene diecisiete años y es el hermano pequeño de Nychka.

—¿Dónde se ha metido? —pregunta chillando.

Simka, la novia de Dimas, está escondida en algún sitio. Se han peleado y Dimas quiere patearle la cara. Nychka y Slam intentan retenerlo.

—¡Tú no eres Slam, pedazo de mierda!

Dimas se enfrenta a él y le empuja, se corta la mano con un trozo de hormigón roto al caer al suelo. Agarra a Nychka por el cuello.

—Te voy a machacar.

—Venga, hazlo —responde Nychka con calma—. ¿A qué esperas?

Suelta a su hermana y se marcha. Un poco después, reaparece en el tejado. Todos salimos corriendo a un balcón del cuarto piso, desde donde podemos verlo mejor. Dimas camina por el borde del edificio y de vez en cuando saca un pie señalando al abismo.

—No se va a tirar —dice Nychka, impasible—. Acabará tirándose, pero no será hoy y menos por ella, porque no la quiere tanto.

—¡Tenías que haber visto a la chica que salió volando del tejado el otro día!

Taya, la borrachina, se pega a su novio Tyoma, un chico serio con el pelo rizado, y forcejea entre sus brazos. Él intenta sujetarla. Tienen quince años.

—Túmbate ya, Taya. Quédate quieta y cierra los ojos.

—¡Suéltame, maricón, que no estoy pedo!

Taya se tiró desde el cuarto piso cuando huía de la policía.

—¿De verdad?

—Cogí impulso y salté. —Sonríe y me mira a los ojos—. Entonces me di cuenta de que no estaba tan borracha.

—Corrió doscientos metros más en estado de shock y se escondió entre los matorrales. Lesión medular, lesiones internas… Taya, ¡túmbate! Ahí fue donde cayó.

Un montón de ramas caídas, vigas de acero y ladrillos rotos cubren el lugar que señala.

—Prefiere la muerte antes de que la pille la poli —dice Tyoma orgulloso—. Ella es así.

Mientras tanto, Dimas ha vuelto del tejado «para despedirse». Recorre la habitación con la mirada y se detiene un rato sobre un marco de cemento. Luego abraza a los chicos y besa a las chicas. Se va hacia la escalera y nadie se lo impide.

Vuelve a caminar por el borde del tejado y a veces se detiene. Me estoy poniendo mala de verlo.

Simka sale al balcón. Es una chica menuda y dulce de dieciséis años. Apresuradamente, intercambia con Nychka unas palabras. Entonces, Nychka le grita a Dimas:

—¡Oye! Aquí hay alguien que quiere hablar contigo.

El chico baja.

—¿Quién?

—Aquí está, es ella.

—No veo a nadie. —La mira—. ¿Te digo una cosa? Cuando estaba ahí de pie a punto de lanzarme al vacío, pensé: «¿Y yo voy a tirarme por culpa de esta puta…?».

Simka se da la vuelta y entra corriendo en el edificio.

—¡Eres un máquina! —le grita Nychka a su hermano.

Dimas echa a correr tras ella.

Vuelven los dos juntos unos veinte minutos después.

—Pídeme perdón, Nychka —le dice Dimas.

—¿Por qué?

—¿Quién gritaba: «Venga, tírate, te recogemos en el suelo»?

—¡Yo no fui! ¡No fui yo!

—¿Quién ha dicho que no la quiero? Claro que la quiero. Pídele perdón.

—Vale, lo siento —murmura Nychka.

—Estuve al borde del abismo, a punto de dejarlo todo. Pero por esta chica…

Simka se aprieta contra él. Sus ojos muestran un extraño vacío, está radiante.

La muerte puede encontrarte en cualquier lugar del edificio: en los resquicios de medio metro a ambos lados del pasillo entre el suelo y la pared; en las escaleras sin barandillas; en las vigas de metal afiladas que cuelgan sobre la cabeza y salen de las paredes agujereadas, y bajo los pies hay un paisaje de ladrillos rotos y varillas retorcidas con las que fácilmente se tropieza. Pero lo peor son los fosos sin pared de los ascensores, esos agujeros en el suelo que de repente cruzan un pasillo oscuro.

Los residentes del HZB recitan con entusiasmo los nombres de quienes se han despeñado sin remedio, los que se han roto algún hueso y aquellos que han desaparecido. Todos se han acostumbrado a la cercanía de la muerte, a la posibilidad palpable de abandonar la vida en cualquier momento a través de una trampilla que se abre justo bajo los pies. Cualquiera de ellos se ha cortado las venas al menos una vez, aunque ninguno muestra las cicatrices. Las cicatrices son el signo de un fracaso.

—Coges una lata, la cortas con una piedra y sacas unas tiras metálicas con un filo de lujo.

—No tiene sentido cortarse las venas. Las cicatrices no le quedan bien a nadie. Necesitas atención y empiezas a hacer tonterías.

—Aquí hay un chico que se llama Fedia. Un día estaba en plan: «¡Voy a suicidarme! Me voy a suicidar». Y los demás estábamos como: «Bueno, vale, tío». Agarró el cuchillo, se lo acercó a la muñeca y entonces se detuvo. No tuvo huevos.

—Todo va en función de cómo sale el sol.

—Cuando todo va bien, a nadie le importa cómo estás.

—Hay amigos que no te pueden ver llorar. ¡Qué fastidio!

—Tenía ocho años cuando mi padre se murió de un infarto. Mi madre estaba todo el día: «Ven aquí, anda». Me encerré en mi habitación, no quería que me viera. Puse la cama detrás de la puerta y dormí así todo un mes.

—Me da miedo llorar —dice Ania—. Nada me asusta tanto como llorar, no sé por qué.

—Venid aquí, voy a ayudaros a que os reconciliéis. —Maga se lleva a Dimas y a Simka a un lado.

—Este fen[9] te da un subidón de una hora. Mola en la disco, es buena onda. Luego alucinas bastante, pero no está tan mal…

Susurran, se van y vuelven unos diez minutos después.

—Simka, ¡tu nariz! —le grita Jumper.

Simka inhala todo de golpe, se frota el tabique y se da la vuelta.

—Esnifó hasta la prueba del delito. —Dimas se ríe.

—Escuchadme un momento —les dice Maga muy seria—. Os doy diez bolsitas y vosotros me traéis diez de los grandes. Cada bolsa es un gramo. Sale un gramo y entra uno de los grandes, uno de mil rublos. ¿Entendido? Podéis cortarlo como queráis si los que van a comprar parecen pardillos, pero que nadie se queje de la calidad.

Les veo meter las bolsitas en las mochilas, son como pequeñas burbujas de plástico.

—Habrá suficiente para todos —dice Maga—. No os agobiéis.

—Estoy limpio —dice Slam—. Algunos se sorprenden mucho cuando lo digo. Me dicen: «Jo, vas a por el récord mundial, llevas sobrio cuatro días enteros». Yo no fumo. —Maga le acaricia la espalda porque lo ve triste—. ¿Me das un abrazo?

—Estoy enamorado de ella. Estuvimos saliendo seis meses. Yo era de la tribu emo, el flequillo me llegaba hasta la barbilla. En marzo me lo corté. Pasé cuatro días con los colegas sin pisar el edificio. Mientras, ella estaba follándose a todo quisqui. Me la llevé a otro piso y le pregunté: «¿Tú quieres estar conmigo?». Me respondió que sí. Pero luego ¡la veo morreándose con un tío discapacitado! ¡Un discapacitado! ¿Te lo puedes creer?

El tipo en cuestión se llama Gosha y está de pie abrazando a Yen mientras bebe sorbos de Jägermeister.[10] Tiene parálisis cerebral leve y por eso anda como si estuviera bailando. Se escapó del internado donde le recluyeron sus padres cinco días a la semana. Se jacta de que estaba rodeado de concertinas. Los padres de Gosha beben, pero «son majos» porque le dan quinientos rublos a la semana de su pensión por incapacidad.

Yen permanece callada y mira con desdén hacia donde está Slam. Tiene quince años y una mirada fría como el hielo. Es muy guapa. Lleva una mochila a la espalda que pone: «Digger Yen».

Samurái emerge de las profundidades del edificio enfundado en una túnica. Tendrá unos cuarenta años y es otra de las leyendas del HZB. Lleva una katana.

—Me alegro de conocerte en este lugar aterrador y enigmático —me dice Samurái, luego repite lo mismo, pero en cantonés.

Utiliza el edificio para meditar y beber.

—Este es un lugar de tolerancia; cuando lo estás pasando mal allá fuera, aquí dentro siempre eres bienvenido —dice Samurái sombrío—. Es un mundo imposible, el mundo postapocalíptico.

Empieza a blandir la katana. La hoja corta el aire.

Slam se pone a lanzar golpes antes de pedírsela. Samurái se la tiende haciendo una reverencia. Slam se acerca a Yen y desenfunda la espada.

—Hazlo —dice Yen, mirándole fijamente a los ojos—. Venga, atrévete.

Titubea y se aleja de ella. Le quitan la katana.

—Ni para matar vales —le dice Yen con desprecio.

Mientras tanto, en el balcón, la gente ha empezado a hablar de política.

Vera ha empezado la conversación. Es una adolescente de quince años, está en segundo de secundaria y trata a todo el mundo de usted.

—En mi clase todos son de derechas menos cuatro —comenta Vera—. Pero el director de la escuela se apellida Arakelian, es armenio. Este churka[11] en cuanto llegó despidió a los profesores rusos que llevaban trabajando allí veinte o treinta años. Su sobrina se pasea por el colegio como si fuera una reina. Una vez que estábamos preparando un medicamento contra la tos en el aula, nos vio y se asustó tanto que se puso a gritar como una loca: «¡Sois unos yonquis! ¡Sois yonquis!». Por su culpa, nos estuvieron haciendo test de drogas todo el mes.

Vera se hizo de derechas por influencia de su amiga Marina, que es mayor que ella.

—Ella me ha enseñado todo sobre la vida. Esta gente viene aquí desde Chechenia y actúa como si estuviera en su propia casa —continúa Vera, como si recitara un guion—. Se enamoran de nuestras mujeres como si fuesen suyas, pero ellos son de Chechenia, de otro país.

—En realidad, Chechenia forma parte de Rusia —le contesta Antón.

Hay una breve discusión sobre los territorios que integran el sur, en la que Vera se entera de que Daguestán e Ingusetia forman parte de Rusia, pero Armenia y Azerbaiyán no.

—Bueno ¿y qué? —suelta Jumper—. Un churka es un churka.

—Una vez, Liza y yo estábamos cruzando la calle con el semáforo en rojo y vimos a un khach[12] sentado en su Volvo —sigue Vera—. Sacó la cabeza por la ventanilla y nos gritó: «¡Putas!». Lo gritó en su idioma, claro, pero por la forma en que lo dijo eso fue lo que entendimos. Le solté un «¡Que te den!» y «¡Sieg heil!» y enseguida echamos a correr. Ya sabéis que son como bestias.

—En mi clase hay una churka quese llama Aishat —dice Ania—. Su padre y yo cumplimos años el mismo día, el 28 de marzo. ¡Vaya rollo!

—¡Vas al colegio con la hija de un inmigrante! Aquí no te queremos —grita Dimas.

—Lo entiendo, los khachas son mejores que nosotros —suelta Vera—. Todo el mundo lo sabe, por eso la gente se mete con ellos. No beben, se ayudan entre ellos y están unidos. Míranos a nosotros, no hay ni un hombre que no beba. Ellos tratan bien a sus hijos, a la familia, lo he visto. Tienen fe en que su Dios está con ellos. La guerra es más bien cultural, nos enfrentamos a ellos desde nuestros prejuicios. Una vez, me presenté borracha a un examen de ruso un sábado y suspendí. ¡Me sentí tan mal! ¡El ruso es mi lengua materna! Tendría que haber sacado un sobresaliente.

—En Italia te multan solo por tirar un papel al suelo —dice Liza de repente.

—No digo que todos los churkas sean malos. Me parece bien que frieguen portales y esas cosas. El problema es cuando se ponen chulos y quieren pasarnos por encima.

Desde el balcón, ven a tres hombres que están dando la vuelta por fuera de la valla como si estuvieran inspeccionando algo, pero no entran en el edificio.

—¿Serán polis?

Maga y Dimas tienen que bajar a evaluar la situación, así que recorremos los pasadizos y de vez en cuando nos detenemos para escuchar. Cuando ya estamos a metro y medio del suelo, Maga salta, cae mal y se muerde el labio para no gritar de dolor.

—Me he dislocado la rótula —murmura—. Creo que tengo un desgarro en el tendón. —Pero no quiere ir a Urgencias—. Esperaré a Cazarratas, que ya me lo arregló una vez.

Le llama llorando por teléfono y Cazarratas no tarda en llegar. Es un tío cachas, barbudo y pelirrojo, vestido con una chaqueta de motero. Es la persona más importante del edificio, de uno en uno van subiendo todos a saludarle. Poco se sabe de él, más allá de que está enganchado a los juegos de rol y que es muy espabilado; él es quien negocia con la policía. Cuando no está «liado con el trabajo del edificio», trabaja como guardia de seguridad en la floristería que está cerca de la estación de tren. Le examina la pierna a Maga.

—Ve a Urgencias.

—Vale, termino esto y voy —dice Maga mientras abre una lata de Strike.

—Por fa, dame la anilla, las colecciono.

Liza colecciona las anillas de las latas, coloca la de Maga en la cuerda del collar, que ya está casi lleno. Presume de haberse bebido más de cien cervezas; con la de Maga, solo tiene seis que no se ha bebido ella.

Cazarratas se va a negociar con Álex, porque al parecer no entregó todo el dinero de sus turistas. Este se desentiende y señala a Chamán. Los guardias deciden interrogarle al día siguiente en «una mañana de cuchillos largos» para saldar cuentas pendientes.

Oímos gritos bajo el balcón. Un par de madres han conseguido entrar en el edificio: dos rubias vestidas con botines de tacón alto y cazadoras de colores brillantes. Una de ellas ha agarrado a Psycho por la capucha.

—Quiero que vengas aquí ahora mismo, joder.

Psycho logra librarse de ella y se esconde detrás de Liza.

Se oye un grito abajo:

—¡Hija de puta!

Una de las rubias agarra a otra niña.

—Irina, vámonos de aquí.

Subimos siete pisos por las escaleras sin barandilla hasta llegar al tejado; me tiemblan las piernas. Hace muchísimo calor allí arriba y es ahora cuando nos damos cuenta del frío que hay dentro del edificio. Nos tumbamos sobre el musgo bañado por el sol. Sasha, la novia de Cazarratas, lleva una tirita en la mejilla. Nos cuenta la historia de la primera vez que vino al HZB; entonces tenía siete años.

—Esto ha cambiado mucho. Antes había un estanque con casetas de madera alrededor. Ver una puesta de sol desde aquí era algo espectacular. En cambio, ahora estamos rodeados de rascacielos y el HZB se ha convertido casi en el edificio más bajo del barrio.

Nos llega el sonido de la megafonía de la estación que anuncia la llegada de un tren. Una paloma blanca sobrevuela el helipuerto. Detrás del helipuerto, Vera vomita.

—Dicen que cuando una paloma da vueltas a tu alrededor hay que pedir un deseo —dice Liza—. Aunque solo es una superstición y una mierda que nunca se hace realidad. ¡Si lo sabré yo!

—¿Qué deseo has pedido?

—Cinco billetes de los grandes por mi cumpleaños.

Vera sale de detrás del helipuerto, saca el teléfono y tarda en marcar un número. Grita al teléfono:

—¿Por qué estás flipando? ¿Nunca has estado pedo o qué?

—Quiero encontrar la cura para el cáncer. Ese ha sido mi único deseo desde los doce años —interviene Sasha.

Bajamos a la cuarta planta. Yen y algunos otros se acercan gritando:

—¡La policía! ¡La policía!

Nos desperdigamos por los pasillos. Yen se esconde en un agujero en la pared y los demás niños corren cada uno por su lado.

Solo Gosha sigue delante de nosotros corriendo con una zancada larga e impulsándose con los brazos, mientras el anorak de nailon se le abomba a los lados.

Doblamos por un pasillo donde no hay nada de luz y caminamos más despacio, en silencio. Gosha sigue delante de nosotros. De improviso, dejamos de oír sus pisadas. Se oye el silbido del nailon. Encendemos los teléfonos para poder ver. Nos hemos quedado a un paso del hueco de un ascensor, un agujero cuadrado con un bordillo de diez centímetros.