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Jonathan Vaughters se ha convertido en una de las personas más influyentes del ciclismo actual. Este exciclista, antiguo compañero de equipo de Lance Armstrong, llegó a batir el récord de la ascensión al Mont Ventoux cuando estaba en el equipo U.S. Postal. Actualmente dirige el equipo Education First de la categoría World Tour. En su libro Billete de ida describe su viaje desde las categorías inferiores de su Estados Unidos natal, viajando por todo el país a bordo de la furgoneta de su padre, hasta cumplir su obsesivo sueño de llegar a lo más alto del ciclismo europeo, al precio que fuera, pasando por su debut en el profesionalismo en España. Nos cuenta en primera persona cómo pasó de ser ladrón a policía tras su dolorosa decisión de confesar sus prácticas dopantes y dar su testimonio y convencer a otros de que hicieran lo mismo ante la USADA (Agencia Antidopaje de los EEUU), lo cual supuso el fin del mito de Armstrong. Escrito en colaboración con Jeremy Whittle, el que fuera corresponsal ciclista de The Times, ahora escribiendo para The Guardian, Vaughters revela el alivio que supuso para él abandonar el ciclismo profesional europeo cuando fueron desvaneciéndose sus ilusiones. Narra sus sufrimientos como corredor y los posteriores intentos de formar un equipo y dirigir a jóvenes talentos que le han llevado a conseguir grandes éxitos como mánager en pruebas como el Tour de Francia, Giro de Italia o la París-Roubaix. Vaughters reflexiona en este libro sobre el ciclismo y ofrece una mirada única sobre este deporte que todavía lucha, tras años de escándalos, por recuperar su credibilidad. A lo largo de sus memorias, Vaughters destapa sus experiencias más personales sobre este deporte que ha odiado y amado a partes iguales; ha tenido contacto directo con grandes nombres como Lance Armstrong, Pat McQuaid, Johan Bruyneel, Bradley Wiggins y Dave Brailsford, con los que tuvo sus más y sus menos y nos explica los porqués.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
BILLETE DE IDA
SIETE VIDAS SOBRE RUEDAS
JONATHAN VAUGHTERS
Con JEREMY WHITTLE
© Jonathan Vaugthers 2019, del texto original.
Publicado originalmente bajo el título One-Way Ticket: Nine Lives on Two Wheels por Quercus, un sello de Hachette, en 2019.
© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2020.Bilbao-Galdakao errepidea 10-348004 [email protected]
Primera edición: mayo 2020
Traductor: David Batres Márquez
Edición: Eneko Garate Iturralde
Portada y maquetación: Amagoia Rekero García
Foto inferior portada: Pascal Pavani/AFP via Getty Images
Foto superior portada y retrato en solapa: Sarjoun Faour Photography/WireImage
Foto interior portada: Pascal Pavani/AFP via Getty Images
Foto interior contraportada: Doug Pensinger/Getty Images
ISBN: 978-84-120188-9-9
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Dedicado a TK
INDICE
Nota del autor
Prólogo
Primera parte: 1986-1988
El último
Escapada en Buckeye
Aquel Volvo Station Wagon Naranja
Moab
Segunda parte: 1989-1995
La generación de oro
La gran aventura
Ventricularmente prometedor
Golpes de realidad
Tercera parte: 1996
El fin de la inocencia
Entierran mi bici en Burgos
«¡Viva la química!»
Uno de los nuestros
Cuarta parte: 1997-2000
Hola Edgar
Cartero
El espectáculo de marionetas
Passage du Gois
Quinta parte: 2001-2006
Adicto
La picadura
Sumido en la oscuridad
Un trato con Doug
Día de elecciones
Sexta parte: 2009-2012
La guerra de Brad
Haz lo correcto
Se acabó la partida
Séptima parte: 2010-2019
Fusiones y absorciones
Roubaix
Aguanta
Educando a JV
Rupturas
Epílogo
Agradecimientos
Índice onomástico
Nota del autor
Cuando empecé a competir sobre una bicicleta lo hice ignorante del hecho de que, desde su nacimiento, este deporte se había visto mancillado por las más diversas maneras de hacer trampa. Cuando me retiré, me sabía todas las trampas posibles. Resulta complicado marcar el momento preciso en el que perdí la inocencia, ya que fue una senda que recorrí poco a poco, no hubo un momento determinado en el que de repente vi la luz. Imagino que algo similar le debió de ocurrir a todo aquel que tuvo relación con el ciclismo durante la década de los 90 y, seguro, a comienzos de los 2000. Hay tantos ciclistas que han dado positivo en los controles antidopaje, aparte de los que han admitido haberse dopado, como para que nadie pueda rechazar la idea de que este deporte llevaba muchos años sumido en la cloaca del dopaje, fuera del tipo que fuera. Pero eso no significa que todo el mundo recurriera a ello, ni que todo el mundo lo supiera por aquel entonces, y no hay nada en este libro que haya que tomarse como una acusación sobre cualquiera que no haya sido encontrado culpable por, o haya admitido, el uso ilegal de sustancias prohibidas.
Todo lo que diré es que, teniendo en cuenta lo extendido que estaba el dopaje, todo aquel que lograra algún éxito en este deporte sin haberse dopado merece un reconocimiento por su excepcionalidad y su honor. Resulta doloroso, sin embargo, que todo aquel que tuvo algo que ver con el deporte profesional del ciclismo en ruta durante aquella era soporte el nubarrón de la sospecha sobrevolando su persona. Uno de los motivos por los que he escrito este libro es el de reconocer el grano de arena con el que contribuí a que se creara dicho nubarrón, además de documentar aquello que he hecho desde entonces en mi empeño por enmendar el daño.
Prólogo
Una de las primeras cosas que llaman la atención al dirigirse hacia el oeste desde la casa de mis padres, situada sobre una colina en un barrio de las afueras de Denver, es la descomunal formación rocosa del Monte Evans.
Cada vez que mi padre me llevaba al colegio en su Volvo Station Wagon naranja, y cada vez que salía a entrenar con mi bicicleta cuando era un crío, me veía contemplando la cima de esta enorme montaña.
Resulta una vista hermosa e imponente que contemplar cada día. Me insufló un propósito, una motivación y, aún siendo apenas un crío, hizo que en mi corazón arraigase el espíritu de la alta montaña.
Es una montaña preciosa de contemplar desde lo alto de la pequeña colina en la que se asienta la casa de papá y mamá. Durante el invierno te devuelve la mirada un gigantesco coloso cubierto de nieve. En verano es el vivo ejemplo del «esplendor de la montaña florida» de la canción America, The Beautiful (La hermosa América), de Katherine Lee Bates.
Con 4347 metros de altura es una de las cimas más altas de Colorado y, con diferencia, la más visible desde la ciudad de Denver. Lo que la convierte en especial, sobre todo para los ciclistas, es que cuenta con una carretera asfaltada que lleva hasta la mismísima cima. Es la carretera asfaltada de mayor altura de toda Norteamérica y una de las más altas del mundo.
Todo niño que haya competido sobre una bicicleta en Colorado sueña con vencer en la legendaria carrera que asciende al Monte Evans. Pero el encanto de esa carrera no reside solamente en la victoria, sino en marcar el mejor tiempo en la ascensión a La Vieja Señora. Para un adolescente obsesionado con el ciclismo, ostentar el récord de la subida al Monte Evans es como recibir la llave a la inmortalidad.
A los 4000 metros la naturaleza cambia de manera repentina y, si deseas romper ese récord, necesitarás un poco de ayuda divina. El viento ha de ser el preciso y el tiempo atmosférico ha de mantenerse lo suficientemente estable. Si quieres conseguir el récord no puedes bajar el ritmo en ningún momento, pero tampoco puedes dejar de vigilar a tus contrarios, ya que pueden coger tu rueda en las rampas menos duras esperando a que la victoria les caiga en las manos, sin haberse preocupado por el récord.
Bob Cook, natural de Colorado y amigo del tres veces ganador del Tour de Francia Greg LeMond, no solo era un ciclista de clase mundial, sino que era, además, todo un intelectual e ingeniero de gran valía. Bob ganó la subida al Monte Evans una y otra vez en los 70 y los 80, pero, después, tras licenciarse en la universidad, le fue diagnosticado un tumor cerebral y falleció. Desde entonces la carrera recibió la denominación de Memorial Bob Cook.
La primera vez que vencí en el Monte Evans tenía catorce años. Fue una «victoria técnica», ya que competía contra chicos mayores y terminé el quinto, solo que los cuatro que terminaron por delante de mí tenían todos entre diecisiete y dieciocho años. Nuestra carrera solo ascendía hasta la mitad de la montaña, tras lo que nos pusimos a contemplar cómo pasaban frente a nosotros los ciclistas profesionales, adentrándose en el fino y enrarecido aire empujados por un agónico esfuerzo montaña arriba.
Quise así convertirme en uno de ellos. Pensaba que, tal vez, Bob Cook era una suerte de mentor espiritual para mí. Quería ser como él.
Tras aquella victoria acabé obsesionado con el Monte Evans. Quería convertirme en una de las leyendas que conquistara aquella montaña. Quería reinar. Y así fue como empecé un camino por el que, durante quince años, intenté batir el récord del Monte Evans.
Ese récord se convirtió en mi Moby Dick, evocándome a «Ahab y su angustia... yaciendo juntos en una misma hamaca».
Lo intenté con un empeño cercano a la locura. Hubo muchas ocasiones en las que, estando prácticamente a punto de caer en mis redes, sin saber cómo, lograba escabullirse de entre mis manos. Tras cada nuevo fracaso contemplaba aquella montaña durante todo el año, esperando una nueva oportunidad de hacer mío el récord.
Taladré mi bicicleta, busqué los componentes más ligeros con los que montarla, experimenté con dietas novedosas y sumé semanas de entrenamiento en altitud extrema. Hoy en día, en 2019, esas cosas resultan de lo más normal, pero a principios de los 90 se consideraba un comportamiento demencial y obsesivo. Y es cierto que estaba obsesionado.
Mi primer intento serio de romper el récord fue en 1992. Un año antes, con apenas diecisiete años, ya había terminado quinto en la carrera absoluta. Así que supuse que un año más de crecimiento adolescente me pondría en las condiciones óptimas para salir a por la victoria. Le pedí a mi equipo que me dejase fuera del calendario de carreras y así poder ir a entrenar a Leadville, a 3000 metros de altura. A regañadientes, me dieron permiso para concentrarme en aquella vieja ciudad minera durante un mes y convertirme en un ermitaño trastornado.
Entrené más duro que nunca y adopté una dieta baja en carbohidratos con la que traté de perder unos pocos kilos. Asumí el riesgo de que me echaran del equipo al desmontar todos los componentes de mi bicicleta proporcionados por los patrocinadores, cambiándolos por los más livianos que pude encontrar.
El resultado fue una bicicleta tan ligera que hoy en día abriría un boquete en el reglamento de pesos de la UCI. Los frenos apenas cumplían su función, toda la tornillería era de titanio o aluminio y la despojé de todo lo que pudiera quitarle. No puse cinta en el manillar, el sillín no tenía acolchado y la tija no pesaba prácticamente nada. Mi peso era de 58 kilos, mi bicicleta apenas aportaba lastre y me había tirado todo un mes respirando aire con poca concentración de oxígeno. Al igual que Gollum con el anillo, estaba listo para aceptar la llave a la inmortalidad.
Desde el mismo comienzo de los 45 kilómetros de ascensión la carrera se desarrolló tal y como yo necesitaba. Los del equipo profesional Coors Light habían decidido ir a por el récord, también, e impusieron un ritmo feroz desde la misma línea de salida. El Monte Evans no comienza a endurecerse de verdad hasta el kilómetro 12, más o menos, así que para batir el récord siempre será necesario contar con un equipo sólido; hay que cubrir esos casi 12 kilómetros lo más rápido posible.
Soldado a su rueda, asistí tranquilamente al trabajo que realizaban. Yo era todo un desconocido para ellos y, rebosantes de confianza, no le prestaron demasiada atención a ese flacucho chavalín de dieciocho años con frenos de plástico en su bicicleta.
En el kilómetro 25, cuando la carretera se despide del firme ancho y bien pavimentado para desembocar en la mucho más estrecha carretera de parque estatal, es cuando el desnivel también aumenta. Justo después de ese cambio, más o menos cuando se alcanzan los 3350 metros de altitud, decidí lanzar un duro ataque.
Pese a su estupefacción los Coors Light acabaron respondiendo, aunque les costara unos cuantos minutos alcanzarme. Para entonces yo ya había mostrado mis cartas, aunque tal vez un poco pronto. Necesitaba reducir el grupo cabecero un poco más, llevar conmigo, como mucho, a otro Coors Light, pero nunca tres.
Me pareció que, ya que me había puesto a ello, lo mejor era ir a por todas. Así que aceleré de nuevo. Y luego otra vez. En muy poco tiempo me quedé solo junto a Mike Engleman. Podía sentir lo mucho que le costaba seguirme, así que mantuve el ritmo, pensando que podría asestar el golpe de gracia en los kilómetros finales. El día estaba totalmente calmado y la temperatura era cálida, incluso había algo de viento a favor en la parte más larga de la subida, la que va de Echo Lake a Summit Lake. Acababan de reasfaltar la carretera y se notaba lo suave que estaba la superficie. Íbamos rápido, muy rápido.
A casi 4000 metros hay un pequeño descenso que lleva hasta Summit Lake. Dejé correr la bicicleta por esa única bajada que concedía toda la carrera, con Engleman todavía a mi rueda. Llevaba un rato sufriendo y se había quedado sin compañeros, así que solo podía aguantar conmigo y jugárselo al esprint. Volví a acelerar en cuanto regresó el desnivel, pero ahora la carretera estaba llena de baches y con el asfalto roto por culpa del clima extremo de esas alturas.
Miré atrás para comprobar si, por fin, me había librado de Engleman, y justo en ese mismo instante me comí un bache.
¡Crack!
Rompí la tija y el sillín cayó al suelo. Durante unos minutos pensé que sería capaz de seguir hasta la cima pedaleando de pie sobre los pedales, pero a 4250 metros no es tan sencillo pedalear fuera del sillín. Por fin, exhausto, reventé y no pude más que mirar a Engleman mientras desaparecía y pulverizaba el récord. Acabé abatido. Haber asumido tantos riesgos en la elección de componentes acabó convirtiéndose en una patada en el trasero. Pero aun así seguí decidido a regresar y ganar, y destrozar el récord; solo que, al final, ese acabó siendo el día que más cerca estuve de lograrlo.
Tras aquello seguí empeñado en conquistar el Monte Evans, pero siempre se me cruzaría algún contratiempo estrambótico: un pinchazo, calambres que no venían a cuento o cambios de clima de lo más extraño. El incidente que mejor lo ejemplifica tuvo lugar en 1999, cuando logré la victoria, pero no el récord.
Con mi equipación del U.S. Postal Service y recién conquistado el Mont Ventoux, en el sur de Francia, no había duda de que era un ciclista mucho más poderoso que aquel capullo de dieciocho años. Pero, además, para ese año de 1999 ya había hecho mis pinitos en el dopaje.
Dejé atrás al pelotón con toda facilidad. Volaba montaña arriba directo al récord, bailando sobre los pedales. Justo cuando comenzaba a pensar en cuánto tiempo rebajaría el récord se levantó el viento. Y sopló muy fuerte. Sin apenas tiempo de darme cuenta me vi luchando contra un vendaval de cara, apenas era capaz de mantenerme sobre la bicicleta. La violencia de las ráfagas se mantuvo durante la larga sección entre Echo Lake y Summit Lake. Da igual lo fuerte que pudiera encontrarme aquel día, no lograría batir ningún récord.
En el mismo momento en el que crucé la meta el cielo se abrió, de repente, y el viento cesó. Terminada la carrera me senté bajo los apacibles rayos del sol mientras me roía el sentimiento de culpa. ¿Acaso trataba de decirme algo aquella montaña? ¿Se habría vuelto, de alguna manera, en mi contra ante las oscuras prácticas en que estaba envuelto?
A lo mejor era el propio Bob Cook el que no estaba nada contento de verme batir aquel récord. Aún hoy sigo pensándolo. De alguna manera, el espíritu que habitaba aquellas alturas quería que comprendiera que no podía tener todo lo que quería; no si para ello pasaba por encima de lo que fuera necesario. Le debía un respeto a la montaña y a la pureza que representaba. Y no se lo había tenido.
La ascensión al Monte Evans fue, además, la última carrera en la que luché por una victoria. Quise terminar mi carrera deportiva allí, porque había sido la montaña que me había inspirado durante tantos y tantos años. Nunca conquisté a La Vieja Señora, pero conseguí estar en paz con ella.
Ambos sabíamos que no merecía aquel récord, pero en un guiño a todos mis intentos, incluso puede que al camino de regreso que poco a poco recorrería en mi intento de ser una persona más recta y honesta, me permitió ganar aquel año. Fue como un rápido beso de despedida en la mejilla.
Primera parte
1986-1988
El último
No tengo muy claro por qué me apunté a mi primera carrera ciclista.
En el colegio era un desastre y en los deportes también. Apenas tenía coordinación, mi musculatura era raquítica y era prácticamente quince centímetros más bajito que el más bajito de la clase. El último adjetivo con el que a nadie se le ocurría describirme era «deportista». En pocas palabras, tenía el talento académico y atlético de un gusano.
Entonces ¿cómo, incluso por qué, decidí a los doce años de edad convertir el ciclismo de carretera en mi gran aventura? No tengo la menor idea. Pero así fue. En una mañana de primeros de julio de 1986 mis padres me llevaron desde la beis y urbanita Denver a la pintoresca y azulada Boulder. Iba a competir en la Red Zinger Mini Classic, una carrera infantil por etapas que duraba una semana, y que trataba de imitar la famosa carrera por etapas Coors Classic.
La primera etapa era una contrarreloj. No estaba nada familiarizado con aquella disciplina y me preguntaba si, de verdad, me había apuntado a una carrera para correr a solas por una carretera vacía, toda para mí. Al notar lo nerviosos y concentrados que estaban mis rivales me retiré al maletero del coche familiar de mis padres y me puse a pelearme con Angie, nuestra adorable bedlington terrier. Es posible que lo mío fuera más montar en bici que ser ciclista. Por supuesto que me encantaba ir de un lado a otro sobre mi bicicleta, a ver a mis amigos y a las chicas por las que estaba colado. Pero ¿competir para ganar? Todos aquellos chicos parecían más grandes, agresivos y fuertes que yo. Me parecían lobos hambrientos.
De manera apocada avancé hasta la línea de salida, sin tener la más remota idea de dónde me metía. Sobre el papel, aquello era de lo más simple: ocho kilómetros, ir del punto A al B en el menor tiempo posible. Aun así, coherente con mi naturaleza, había estado dándole vueltas a todo aquel calvario y casi prefería escabullirme hasta el Oldsmobile de la familia para pedirles a papá y a mamá que me llevaran a casa. Acabé tomando la salida, rumbo al territorio desconocido de una carrera en solitario contra el reloj por la Autopista 36. Poquísimo después de la salida otro ciclista pasó volando por mi lado. Y entonces, muy poco después, un segundo hizo lo mismo. Mi actuación en esa carrera ciclista iba de acuerdo con la absoluta ausencia de logros atléticos que había experimentado hasta entonces en mi vida.
Era lento. Muy lento.
Habíamos salido en orden alfabético y unos pocos puestos detrás de mí salía Chris Wherry. Wherry era alto y apuesto, con doce años era toda una leyenda en el folclore ciclista de Colorado. Ganaba casi todas las carreras en las que participaba e inspiraba respeto, incluso entre las otras «superestrellas» de doce años que merodeaban por el sucio aparcamiento que hacía las veces de salida.
Por supuesto que pasó volando a mi lado tras muy poco tiempo, directo a una nueva victoria en otra carrera. Según me adelantaba gritó: «¡Venga, colega! ¡Tienes que echarle un poco más de ganas!». Fue bochornoso. Como era de esperar intenté subir mi ritmo para poder seguir con él, pero apenas duré treinta metros. Me dejó atrás resollando y padeciendo, mitad avergonzado mitad dolorido.
Me arrastré hasta la línea de meta. Sabía que no lo había hecho muy bien, pero calculé que Wherry tampoco me había atrapado demasiado pronto, así que con suerte habría acabado en mitad de la tabla de la categoría de doce años. Me temo que fui un poco más que optimista.
Mis padres habían traído un pícnic para comer entre la contrarreloj de la mañana y la carrera de critérium vespertina. Nos sentamos junto al resto de familias, esperando con paciencia a que anunciaran los resultados de la contrarreloj.
Me comí un sándwich de mortadela y queso y me bebí una soda, todo aquello mientras, a escondidas, daba de comer a Angie algunos de los trozos de mi sándwich que no me apetecían. Por fin colgaron una hoja de papel en la pared de uno de los servicios del parque.
Mi padre y yo fuimos de mala gana a ver cómo me había ido.
Por encima de todos esos cuellos estirados y cabezas más altas que la mía conseguí ver al fin mi nombre: en la mismísima última línea de la hoja.
El ultimísimo lugar.
Estaba destrozado y avergonzado de, tan siquiera, estar allí. Quería irme a casa. Quería salir de allí, de inmediato.
Era más de lo mismo, como con todo aquello que intentaba. En esto tampoco era bueno, para nada. Igual que en el colegio, igual que en los juegos en el patio, igual que cuando trataba de encajar. Había fracasado en todo aquello y ahora sería también un fracasado en el ciclismo. No valía para nada: en nada.
Hablé con mi madre y le dije que quería irme de allí, de inmediato. No pintaba nada en ese lugar. Se mostró comprensiva, escuchándome mientras le contaba lo malo que era en el ciclismo y que, seguramente, lo mejor que podía hacer era salir de allí e irme a casa.
Angie notó lo triste que estaba. Se acercó y comenzó a darme pequeños besos perrunos, en un intento de comprender qué ocurría. Le di un largo abrazo con la esperanza de que saldríamos de allí, que nos alejaríamos de aquel lugar y aquella gente.
Mientras tanto, mi madre y mi padre estaban inmersos en una discusión sobre algo. Estaba claro que estaba siendo una discusión acalorada, y podía ver a mi padre gesticulando con sus brazos.
A mis padres nunca les interesó demasiado el deporte. Mi padre es un abogado con una acusada querencia por la Constitución de los Estados Unidos y un gran sentido de la justicia. Tenía gran pasión por la lectura y la justicia, lo que he heredado de él. Le encantaba ayudar a los demás, llegando hasta límites insospechados a la hora de defender los derechos de sus clientes. Era querido y respetado. A menudo nos daban leña, carne de pollo o nos ayudaban en las tareas domésticas como pago por las facturas que sus clientes no podían pagar; clientes a los que, no obstante, había aceptado representar. Si algo le movía era el ideal de igualdad para todos, no el dinero.
Mi madre trabajaba con niños con problemas de aprendizaje y habla. Quiso ser doctora en medicina, pero su abuelo, quien a su vez era médico, le quitó aquella idea de la cabeza diciéndole que la medicina no era para mujeres. Siempre le atormentaría no haber luchado por ser doctora.
Pese a esto acabó siendo bastante moderna para una mujer que llegó a la mayoría de edad en la chovinista década de los 50: obtuvo un máster en patologías del lenguaje y antepuso su carrera a todo lo demás.
Se había casado con un hombre más joven que ella a una edad ya avanzada, y no me tuvo hasta los treinta y ocho años. Mis padres formaban un extraordinario conjunto de potencia intelectual. Pero, su hijo, al tomar parte en los deportes, en particular en un deporte tan poco extendido y minoritario como el ciclismo, era todo un desconocido para ellos.
Me senté en el césped mientras observaba su discusión, hasta que por fin llegaron a un acuerdo por el cual (sabiendo lo decidida y combativa que era mi madre) cargaríamos el coche y regresaríamos a casa.
Pero, en lugar de eso, mi padre se acercó a mí y con la mayor firmeza me dijo que nos quedábamos y que tomaría la salida en la carrera de la tarde. Me quedé estupefacto y me quejé con todas mis fuerzas.
Papá tiene un espíritu amable, poco predispuesto a ponerle límites inquebrantables a nada. Tiene una asombrosa habilidad para ver todos los lados de cualquier problema. Casi siempre cedía ante la naturaleza más decidida de mi madre, incluso ante mí.
Pero no en aquella ocasión. Hizo que me sentara.
«Tienes que acabar aquello que empiezas, maldita sea», me dijo con la mayor convicción. «Da igual que seas el mejor o el peor, nunca has de rendirte. Esta tarde tomarás la salida en esa carrera y lo harás lo mejor que puedas».
Me quedé sorprendido.
«Me ha costado un montón de dinero que vengas a esta chorrada, así que no vas a retirarte», dijo exasperado. «Ni hablar».
Mi padre era el apoyo, siempre comprensivo, que jamás contraatacaba en nada. Era la primera ocasión en la que me obligaba a hacer algo. Y con esa decisión cambiaría el resto de mi vida.
Aquella tarde tomé la salida en la segunda etapa de la Red Zinger, de mala gana y convencido de que me iban a machacar y me doblarían enseguida. No quería estar allí ni quería competir. Pero lo hice, por muy mala cara que llevara.
Sonó el disparo que daba la salida e intenté meter rápidamente en el calapié de mi bicicleta el pie que llevaba libre. Al final de la corta primera vuelta conseguí reintegrarme en el pelotón de púberes. Parecía que no era tan terrible como me había imaginado, y pasar tan rápido por las curvas era muy divertido. Incluso me lo estaba pasando bien.
Aunque fuera el peor de los ciclistas que allí había, me estaba gustando. Estaba a años luz de mis intentos de jugar al fútbol en los recreos, en los que odiaba cada minuto que duraba. No, esto era muy diferente. Estaba claro que era un manta, pero me encantaba.
El miedo al trazar las curvas a punto de perder el control era todo un subidón de adrenalina que hacía brincar mi corazón. Me centré en la rueda que llevaba delante y no me rendí. A cada vuelta se me hacía más y más complicado, pero apreté los dientes negándome a darme por vencido.
Uno tras otro comencé a adelantar a otros chicos que eran incapaces de aguantar el ritmo en la cola del pelotón. A pesar de que parecían mucho mejores que yo sobre la bici y de estar, no tengo dudas, mucho más en forma, yo era capaz de sufrir, de dejarme las entrañas ese poco más, para lograr aguantar. Apenas veinte minutos antes ni tan siquiera quería estar allí, pero ahora me lo estaba pasando mejor que en toda mi vida. Y eso era una experiencia nueva para mí.
En el tiempo que me llevó dar unas cuantas vueltas alrededor de una anónima caseta de un parque a las afueras de Boulder, mi mente cambió de parecer respecto al deporte.
Quería convertirme en deportista.
Quería competir.
Las carreras me habían inoculado su veneno. Era una combinación de aspectos mentales, técnicos, tácticos y físicos. De alguna manera se me hacía más natural mantener el equilibrio sobre una bicicleta mientras trazaba una curva, que lograr la coordinación necesaria entre vista y manos para atrapar una pelota. El movimiento circular de hacer girar los pedales tenía mucho más sentido para mi excesivamente cerebral mentalidad que el que tenía ese supuestamente más «natural» movimiento que se necesitaba para correr. Me había enamorado del ciclismo. Seguía dando pena de lo lento que era y la mala forma en que me encontraba, pero quería ser bueno en ello con todas mis fuerzas.
Aquella semana, día tras día, etapa tras etapa, fui mejorando mis habilidades competitivas. Aprendí a trazar las curvas, a seguir la rueda lo más cerca posible, a moverme por el pelotón. Quería luchar tan duro como fuera capaz por mejorar un poco, aunque siguiera estando lejísimo de ser capaz de ganar nada. Por primera vez en toda mi vida no iba a rendirme cuando las cosas se pusieran difíciles. En el colegio, en otros deportes, e incluso en la vida misma, había mostrado muy poco talento natural para cualquier cosa que no fuera memorizar anécdotas de la Guerra Civil sin orden ni concierto.
En lo más profundo de mí resultaba que era competitivo, solo que jamás lo había dejado florecer. Era, simplemente, que no se me daban igual de bien las típicas cosas en las que la mayoría de padres e hijos quieren ser buenos. Fútbol, béisbol, baloncesto... en todo aquello para lo que se precisase una pelota yo era un truño.
Era bajito y miope, por lo que la mayoría de la gente daba por sentado que se me darían bien los estudios, pero mis notas también eran un desastre.
Entonces apareció el ciclismo, y lo cambió todo.
Cuando se acercaba el final de la Red Zinger se me podía ver ya de vez en cuando en cabeza de carrera. Durante aquella semana me había dado cuenta de que podía superar a muchos de aquellos chicos que tenían mayor fuerza física que yo tan solo con estar dispuesto a llevar mi cuerpo un poco más allá.
En el penúltimo día de la carrera había otra contrarreloj, solo que esta vez era subiendo una gran colina. Comprendí que esta sería una ocasión inmejorable para poner a prueba esa teoría y ver si de verdad podía llevarme hasta el mismo límite, corriendo contra el crono.
Comencé la contrarreloj con una energía en las piernas y una excitación como no había sentido durante toda aquella semana. Quería comprobar hasta dónde podía llegar si me quitaba de encima aquel lastre perfeccionista.
¡Era tan liberador limitarme a intentar hacerlo lo mejor que pudiera sin dejar que los «¿y si?» que me habían atenazado hasta entonces me paralizasen!
«¿Y si no era el mejor?» o «¿Y si me ponía en evidencia?».
Así que me centré en dar hasta el último gramo de fuerza que albergara mi cuerpo.
Tras apenas un kilómetro y medio de dura subida ya sentía que estaba a punto de morirme, o de cagarme en los pantalones. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a poner el motor a tope todo el rato. No tenía la menor idea de cómo me las iba a arreglar para continuar a ese ritmo durante otros cinco kilómetros, así que me centré en superar los siguientes 15 metros, y después los siguientes 15, y así sucesivamente.
Seguí soportando una agonía autoimpuesta como jamás había sentido, sin cejar. Cerca de la mitad vi al ciclista que había salido por delante de mí. Estaba a punto de alcanzarlo. De nuevo comencé a hacer cálculos en mi cabeza, diciéndome que pedalearía lo más fuerte que pudiera hasta alcanzarlo, y que entonces me tomaría un pequeño respiro.
Pero en cuanto lo alcancé me sentí como un niño que acaba de probar las patatas Pringles por primera vez.
Estaba enganchado.
Fue delicioso atrapar y adelantar a esa víctima inocente. Ahora quería comerme toda la lata de golpe. Seguí adelante, cegado por mi empeño de encontrar más presas antes de cruzar la meta. Y obtuve mi deseo.
Al llegar al último kilómetro y medio comencé a ver en el horizonte cuerpos que apenas se movían. Los atrapé a todos ellos antes de la meta.
Justo después de cruzar la meta comencé a vomitar todo lo que había en mi estómago, dando arcadas como las que sufre un gato con una enorme bola de pelo. Jamás me había ocurrido algo similar. Puede que suene de lo más horroroso, pero en realidad era fantástico. Por fin me había liberado de mi miedo a no intentarlo. Había superado todas mis rendiciones.
Una vez más papá y yo esperamos pacientemente junto al servicio a que pusieran los resultados. A diferencia de lo que había pasado al principio de la semana, esta vez no había tanta gente. La mayoría de los niños se habían ido a casa, sabedores de que no iban a obtener ninguna recompensa, y un poco cansados ya tras toda una semana de competición.
Pero yo estaba revigorizado por completo. Estaba fascinado y lo único que deseaba era que aquella carrera continuara el resto del verano. Por fin colgaron la lista impresa en la parte trasera de aquel servicio portátil. Estaba en décimo lugar, entre los siempre importantes diez primeros de una carrera ciclista.
Había vencido a otros cuarenta chicos y no estaba tan lejos de la realeza de la categoría de doce años.
Durante un par de poco acostumbrados minutos sentí puro júbilo y orgullo. Después, cuando regresábamos al coche, me giré hacia mi padre.
«El año que viene ganaré esta carrera», le dije. «Ya lo verás, papá, voy a ganarla».
Desde ese momento comencé a pensar en cómo convertir a un lerdo en un deportista, a un perdedor en un ganador.
En los EE. UU. de 1986 no es que abundaran los mentores o entrenadores para los niños que quisieran convertirse en ciclistas. Había alguno que otro por Colorado que te podía dar algún consejo, pero no había nadie capaz de hacerme mutar de perdedor a vencedor de carreras gracias a su maestría como entrenador. Tendría que ser yo mismo quien averiguase cómo hacerlo.
Solo había una cosa para la que disponía de un talento natural, la lectura. Si algo me interesaba podía tirarme horas y horas leyendo, absorbiendo datos como una esponja.
La lectura siempre fue mi válvula de escape. Me ayudaba a evadirme de mis problemas a la hora de hacer amigos, a evadirme de los problemas en el colegio y a evadirme de la soledad de ser hijo único. Ni que decir tiene que la mayoría de cosas que nos hacían leer en el colegio no eran lo que me parecía «interesante», por lo que en el colegio no pude hacer mucho alarde de ese gran talento con la lectura.
Aun así, estaba listo para leer cientos de miles de palabras para mi recién comenzado proyecto de aprender a entrenar en ciclismo. Fui a la biblioteca y a muchas librerías para intentar encontrar los mejores libros de entrenamiento y ciclismo en general.
El primer vencedor de un Tour de Francia que habían dado los EE. UU., Greg LeMond, había escrito un libro; el viejo entrenador polaco del equipo olímpico norteamericano para los Juegos de 1984, Eddie Borysewicz, había escrito un libro; ya estaba disponible la traducción del libro del cinco veces ganador del Tour de Francia, Bernard Hinault, Recuerdos del Pelotón; y mi favorito era Periodización del entrenamiento, de Tudor Bompa. Pero devoraba todo lo que caía en mis manos.
Y así fue como siempre se me podía ver leyendo tirado en el sofá de la casa de mis padres.
Aprendí a poner bien mi bicicleta, a escoger el desarrollo adecuado, a cerrar el hueco con unos escapados, a comer en carrera, cuánto había que beber, cómo trazar las curvas y cómo frenar. Aprendí acerca de los entrenamientos de fuerza, de las series, del entrenamiento de resistencia, cómo dividir los entrenamientos y a entrenar el umbral anaeróbico, que por entonces era un concepto revolucionario.
Apenas dos meses después de acabar el último en mi primera carrera ya había aprendido más, leyendo por mi cuenta, de lo que había aprendido en seis años de colegio. Estaba listo para comenzar mi cruzada en busca de la conquista de la Red Zinger Mini Classic de 1987 y convertirme en una de las leyendas de trece años del folclore ciclista de Colorado.
Comencé mis entrenamientos el primer día de colegio de 1986. Calculé que necesitaría una cantidad de tiempo considerable para conseguir el nivel de fortaleza física que la mayoría de chicos ya tenían gracias a ser, por lo general, más activos en los deportes «normales» de lo que yo lo había sido. Después podría comenzar a entrenar más duro y durante más tiempo.
En mis estudios ya había comprendido que, con toda seguridad, las fibras musculares que predominaban en mi cuerpo eran fibras del tipo lento, y que si quería desarrollar la fuerza explosiva necesaria para poder ganar carreras ciclistas debía incrementar mi fuerza muscular, lo que me llevaría mucho tiempo. Comencé a entrenar de cara al siguiente verano antes siquiera de que hubiera terminado el verano en el que me encontraba.
Al principio, mis salidas de entrenamiento eran cortas y sencillas. Mi objetivo era tratar de ganar masa muscular en el sótano de mis padres con un equipo de pesas que mi padre me había comprado de segunda mano. Aquella cueva de cemento bajo nuestra casa fue testigo de multitud de sentadillas, extensiones de pierna y extensiones de isquios.
Cada día, al salir del colegio, salía a montar en bicicleta, sin importarme el clima: hiciera calor, frío, lloviera o nevara. Los fines de semana, en los que por lo general me había limitado siempre a hacer el tonto con mis amigos y tratar de ligar con chicas (de manera muy poco exitosa), se convirtieron en dos días en los que podría montar en bicicleta todo el tiempo.
Cada fin de semana exploraba carreteras cada vez más y más lejanas de la casa de mis padres. Experimentaba un inmenso sentimiento de libertad viajando por sitios a los que ninguno de mis amigos llegaría jamás sin suplicarle a sus padres que les llevasen en el coche.
Cada vez me alejaba más de los anodinos barrios periféricos, acercándome más y más a los límites de la ciudad, hacia las montañas y más allá, a un nuevo mundo. Estaba fuera de casa tres, cuatro e incluso cinco horas, machacando los pedales y explorando.
Mis padres no tenían la más remota idea de dónde me encontraba, ni tan siquiera de si estaba bien, pero aceptaban que debían dejar rienda suelta a mi obsesión para que yo creciera.
Y así salí en busca de mi sueño, de mi objetivo, en busca de mí mismo. Me encantaban esas largas salidas en las que podía soñar con victorias durante horas.
Pero, más que limitarme a soñar con ganar, comencé a soñar con ser ciclista profesional. En todas mis lecturas comencé a aprender cosas sobre el místico mundo del ciclismo profesional europeo. Y me encantaba. Me encantaban los héroes, el romanticismo, la dificultad, el sacrificio, el dolor, la fama y la gloria.
Me sentía hechizado por ello y comencé a buscar cualquier cosa que pudiera encontrar acerca de este mundo legendario. Además de aquellos libros encontré algunas viejas cintas de vídeo, como A Sunday in Hell (Un domingo en el infierno), y algunos resúmenes del Tour de Francia en la CBS, mal grabados. Esas cintas de VHS se convirtieron en mi posesión más preciada, las veía una y otra vez.
El ciclismo profesional europeo era un completo desconocido en la Norteamérica provinciana de los 80, y aquella obsesión mía les parecía toda una locura a mi familia y amigos. Trabajaba durísimo y soñaba horas y horas con una carrera profesional que mis padres dudaban tan siquiera de que existiera.
Mis amigos se cachondeaban de mis piernas, emergiendo como palillos de mis culotes de licra. Y cuando llegaba a casa contando lo lejos que había llegado con la bicicleta, no me creían. Se reían y se ponían a jugar al fútbol de nuevo. No era más que un niño raro y friki. Pensaban que, por algún motivo, había perdido la cabeza y había decidido expresar mis rarezas con la bicicleta. Aquel era un sueño que tendría que perseguir en solitario.
Pero lo cierto es que ya era un solitario desde mucho antes de todo aquello.
Jamás pude hacer un amigo en el colegio con el que me pudiera sentir identificado. Al no ser ni deportista ni muy empollón no había conseguido labrarme mucha fama. Era el niño más bajito del séptimo curso y me habían avasallado, se habían burlado de mí y me habían metido en unas cuantas taquillas y cubos de basura.
Ir al colegio no era lo que más me gustaba, así que la soledad de la bicicleta se convirtió en todo un alivio. En las carreteras no había nadie que me juzgara por mis notas de clase, nadie que me juzgara por ser incapaz de atrapar una mierda de pelota. A nadie le importaba que no obtuviese menciones honoríficas. Nada de eso, en la carretera solo importaba lo rápido que pudieras alcanzar la cima de una montaña.
La lectura me había facilitado amplísimos conocimientos sobre cómo entrenar y competir, pero aún carecía de la más mínima noción sobre cómo vestirme para practicar ciclismo. Puede que esto no parezca demasiado importante cuando se sale a entrenar en un cálido día de veranillo de San Miguel en Colorado, pero cuando los vientos de la montaña empezaron a soplar en noviembre mi plan de entrenamientos comenzó a hacerse un poco incómodo.
En cuanto llegó el frío mis pantaloncitos cortos, finos como el papel de fumar, eran incapaces de proporcionar el más mínimo calor. En un bienintencionado intento por solucionar este problema mi madre me compró un pantalón de chándal muy grueso, pensando que eso podría servir de algo. Probé a ponerme mi culote sobre aquellos pantalones grises de chándal estilo años 50, pero no dio resultado. Al llegar a la mitad de cada entrenamiento era como si me sentase sobre unos pañales meados, mientras que las patas del pantalón se me enganchaban con la cadena. Por no decir que tenía una pinta ridícula. Tenía que parecer un ciclista de verdad, incluso cuando solo estuviera entrenando. Debía olvidarme de aquellos pantalones.
El invierno se recrudeció. En los helados días de Colorado llegaba a casa con las rodillas entre azules y moradas y las manos doloridas por el intenso frío. Los dedos de los pies se me quedaban dormidos, era incapaz de mover los dedos de las manos y mis partes pudendas se encogían en un intento desesperado por escapar a esa cruda realidad.
Por fin, antes de que sufriera alguna lesión nerviosa causada por el frío, mis padres me llevaron a la tienda en la que habíamos comprado la bicicleta, con la esperanza de que hubiera algún tipo de equipación hipertérmica especial que me salvara de morir de hipotermia.
La tienda estaba escondida en una esquina de Middle America, en un insulso centro comercial, junto a una tintorería y un restaurante chino. A mí me pareció un diamante en bruto. Tenía el hermoso nombre de El Rincón de las Bicicletas, y los dueños eran una familia italiana de nombre Yantorno, apasionados de la bicicleta, y que, en algunas ocasiones, parecían unos maniáticos perturbados.
Creo que cuando mi madre me llevó allí para comprar una equipación de invierno debió de ser la primera vez que veían a un chico de trece años preguntar cómo entrenar a temperaturas bajo cero. A pesar de sus modales broncos y hostiles pude ver el brillo en la mirada de Frankie Yantorno, el mayor de los hijos de la familia, cuando manifesté mi absoluto entusiasmo por la competición. Vio a un niño completamente enamorado del ciclismo, tal y como lo estaba él.
Pero Frank jamás podría admitir abiertamente que le importasen lo más mínimo las bicicletas o el ciclismo.
«¿Y para qué hostias quieres salir a montar en bicicleta bajo toda esa mierda?», dijo mientras señalaba la tormenta de nieve que caía en el exterior y haciendo que mi madre se ruborizase ante aquel lenguaje.
«Porque tengo que entrenar», le contesté. «Para ganar hay que entrenar, ¿no?».
«Pues no vas a ganar una mierda con esos puñeteros pantalones de chándal, chaval», gritó. «La madre que lo parió... Vale, vale, espera un momento...». Tras aquello cerró de un portazo la puerta del almacén que había tras él.
Mientras regresaba comencé a explorar un poco aquella tienda. Era como estar en el cielo. Me sentí hechizado por las pletinas y racores pintados a mano de los cuadros Colnago, las pulidas bielas Campagnolo, el olor del caucho y el aceite de cadena, además de la amortiguada discusión en italiano que llegaba desde el almacén. Era mi puerta hacia el romanticismo y el glamur del ciclismo europeo. Me enamoré de ese lugar y quise convertirme en el pupilo de Frankie.
Por fin Frankie reapareció con unos paquetes de ropa. «Aquí no habrá nada de tu talla, chaval, pero es mejor que esos horribles pantalones de chándal... o que se te congele la picha».
Con timidez me probé toda aquella ropa. Eran muy exóticos, guantes italianos, perneras y manguitos.
Frankie tenía toda la razón, no eran mi talla para nada. Eran demasiado grandes para mí y se resbalaban por mi cuerpo, todo piel y huesos. Pero me daba igual, estaban hechos en Italia y olían a aventura europea.
Poco a poco mamá y papá habían perdido toda esperanza de que pudiera desear un perrito, o algo un poco más terrenal, a los pies del árbol de Navidad. Les había dicho a mis padres que lo único que quería por Navidad era algo de ropa que me mantuviera caliente mientras pedaleaba. Dubitativa, mamá le dio la tarjeta de crédito a aquel hombre malhumorado de la tienda de bicicletas.
Antes de salir le pregunté a Frankie si le importaría que regresara para hablar del ciclismo en Italia y, con suerte, que me pudiera dar algunos consejos.
«No tengo ni puñetera idea de ciclismo ni de bicicletas, pero a lo mejor puedo enseñarte alguna cosilla, chaval. Y ahora sal de aquí y ponte a montar en bici bajo esta nevisca, imbécil».
Fue el momento en que supe que Frankie se convertiría en mi nuevo mejor amigo. Hice lo que me dijo. Armado con aquellas prendas italianas que dejaban obsoleta toda excusa que tuviera que ver con el clima, pedaleé bajo neviscas. En cuanto terminaron las navidades llegó el momento de redoblar el duro trabajo que necesitaba llevar a cabo si quería ganar. También comencé a hacer unos cuantos amigos gracias a la tienda de bicis, algunos de ellos gente que ya competían.
Frankie, al que muy pronto comenzaría a llamar Tío Frank, se dio cuenta de que la única persona, aparte de mí, lo suficientemente loco como para entrenar en enero en Colorado era su excuñado, Bart Sheldrake. Bart era el ex de la hermana de Frank y hacía malabarismos para alternar tres trabajos, criar a un niño y entrenar para correr al máximo nivel amateur de Colorado.
Bart había corrido las clasificatorias para los Juegos de 1984 y era un ciclista de categoría. De vez en cuanto entraba quedamente en la tienda para recoger a su hijo de dos años después de que la hermana de Frankie lo hubiera recogido en el colegio. Frank pensó que deberíamos conocernos, así que me invitó a ir a la tienda un día en el que a Bart le tocaba la custodia compartida.
Pedaleé a través del tráfico después del colegio y me dirigí a la tienda para conocer a Bart. Tenía miles de preguntas que hacerle sobre cómo era ser un ciclista de verdad. Bart tenía la misma pinta que tenían los ciclistas que había visto en las revistas: una cara demacrada, larga, enjuta y como de cuero.
Tenía malas pulgas y era torpe en las relaciones sociales, además de tener una risa nasal muy graciosa. De muy mala gana accedió a compartir conmigo sus experiencias como ciclista durante la mayor parte de la tarde. Pero lo más importante fue que accedió a que lo acompañara a un entrenamiento.
Me dejó bien claro que si lo acompañaba en su entrenamiento dominical no quería lloriqueos, ni se pararía a esperarme, ni me ayudaría si pinchaba; y tampoco bajaría su ritmo. Con una sonrisa en la cara accedí, contando los minutos hasta el domingo, cuando saldría a pedalear con un ciclista de verdad.
Mi madre entró en pánico cuando llegó la mañana del domingo. Yo iba a hacer una ruta de más de 100 kilómetros con un hombre al que ella no había visto jamás, y que, de conocerlo, le habría producido pavor. ¿Por qué iba a querer un hombre que tenía un hijo pasar tanto tiempo montando en bicicleta un fin de semana y con aquel frío helador?
Bart tenía que salir a entrenar temprano, así que quedamos en la tienda a las nueve. Era lo más temprano que podíamos salir sin riesgo de pisar demasiadas placas de hielo sobre el asfalto. Con la cara congelada por el frío me dio unas instrucciones.
«Escucha, tengo que estar en casa para prepararle el almuerzo a mi hijo y quiero hacer cien kilómetros. Y los tengo que cubrir en tres horas», dijo. «Si eres capaz de seguirme, perfecto. Si no, mala suerte».
El ritmo que puso Bart fue implacable. No dejé de sufrir ni un instante, tan solo para seguir a su rueda. Pero en aquel entrenamiento había demasiado en juego.
Era mi oportunidad de ganarme su respeto, de ganarme el respeto de Frankie y, lo más importante, mi oportunidad de que siguiera diciéndome que saliera con él a hacer entrenamientos de verdad y aprender de un auténtico ciclista. No podía quedarme atrás.
Mi cuerpecito de gorrión se retorcía sobre el sillín, mis hombros iban de un lado a otro, apretaba los brazos y mis piernas me suplicaban que parara. Pero no permití que Bart me dejara atrás. Creo que le disgustó un poco que aquel mocoso de doce años fuera capaz de aguantar a su rueda.
A pesar de comenzar la ruta un poco entrada la mañana las carreteras seguían heladas y húmedas. Según fue avanzando aquella salida los cables del cambio de mi bicicleta se fueron cubriendo de hielo y quedaron fijos. Lo mismo le ocurrió a Bart. Durante la última hora no seríamos capaces de cambiar de desarrollo.
Me quedé atascado en un encantador 53x17. Seguí dando vueltas a los pedales, dolorosamente lento, pero Bart (quien estaba claro que ya tenía experiencia en este asunto) se mostró despectivo y siguió pedaleando.
«No tienes más que apretar el culo un poco más y aguantarte», gruñó.
Así era como Bart veía la vida, a más sufrimiento, mayor diversión.
Por fin, a cosa de quince kilómetros de casa, reventé, helado e hipoglucémico. Tal y como había prometido que haría Bart no me esperó, aunque pude escuchar que me gritaba algo según me detenía.
«¡Buen trabajo, chaval! ¡Nos vemos el próximo domingo!».
Sabía que me había ganado una pizca del respeto de Bart.
Me arrastré aquellos últimos quince kilómetros. Lo único que quería era detenerme y echarme a dormir en un sucio montón de nieve con la esperanza de que alguien me encontrara antes de que se hiciera de noche. Pero seguí moviendo los pedales, dolorosamente lento y cuadrado. No tenía dinero para telefonear a casa o para comprar un chocolate caliente. Solo me funcionaba una marcha. Y me caía hielo por la barbilla. Tenía muchísima hambre, muchísimo frío y me encontraba fatal, pero no había otra manera de llegar a casa que no fuera seguir adelante. Eso sería una gran lección. En ocasiones no queda otra opción. Lo único que puedes hacer es seguir adelante.
La cara de mi madre cuando entré por la puerta no tenía precio. Podías ver la furia, la decepción, el orgullo y el instinto maternal luchar entre ellos en su cabeza. Quería darme algo de comer, abrazarme, meterme en la bañera a darme un baño caliente mientras no dejaba de gritarme por ser tan imbécil; todo a la vez.
No suelen gustarme demasiado los baños. Me parecen demasiado indulgentes, largos y aburridos. Pero no hay nada en este mundo como un baño caliente después de pasar un día de frío que te cala los huesos sobre la bicicleta. El contraste entre llevar tu cuerpo tan al extremo que casi se hace pedazos bajo el agua y el frío y deslizarse en el interior de la cálida matriz que es una bañera caliente, es de lo más intenso.
Escapada en Buckeye
Cada mañana iba al colegio en mi bicicleta. Cuando salía al mediodía escuchaba las carcajadas de los chicos que subían a los autobuses del colegio o que iban al entrenamiento de fútbol, riéndose de mi ridículo culote y de mi casco en forma de cacerola.
Me dolía escuchar aquello y me dolía comprender que no encajaba, pero me repetía que iba a pasar el rato con un tío que molaba mucho más que los chicos del Instituto de Cherry Creek. Su nombre era Frankie, un artista que había visto mundo, un tío que se había ganado la vida en Nueva York como mensajero sobre una bicicleta.
En la tienda Frankie me mimaba con historias de grandísimos ciclistas con nombres tan fantásticos y exuberantes como Fons De Wolf. Me adoctrinó en su absoluta certeza de que todo componente de bicicleta fabricado en Japón era una auténtica basura, y que la única bicicleta de verdad es aquella que está hecha de cuadro de acero italiano y va montada en Campagnolo.
Me puso un apodo italiano, Gianni, y me ofreció algunas perlas de brutal sabiduría.
«Montar componentes de Marrano es como echar un polvo con condón, Gianni. Es seguro, funciona, pero es una puta mierda», decía de los componentes del gigante japonés.
La tienda se estaba convirtiendo en mi refugio. Amaba ese lugar y en él me sentía respetado y comprendido. Durante muchos de mis tortuosos años de adolescencia se convirtió en un segundo hogar.
Unos días después de aquel entrenamiento con Bart pedaleé hasta la tienda para contarle a Frankie mis peripecias de aquel domingo, y para que me arreglara la bici después de haberla convertido en un amasijo de hielo y sal.
«Me han contado que Bart te pateó el culo, chaval», me dijo Frankie a modo de saludo.
Después echó una mirada por mi lisiada máquina.
«Esa bici está hecha un puto desastre, imbécil. ¡Jesús! ¡Has de tener un poco de cuidado con esa porquería!».
Mientras Frankie convencía a mi bicicleta de que volviera a la vida me senté en el almacén, en el que se leía «Solo Empleados», a escuchar sus historias sobre la vida, el ciclismo y ser adulto. Le dio por llamarme «Gianni». De vez en cuando, tras una salida excepcionalmente dura con Bart le escuchaba decir «¡Gianni-morto!»o «¡ha palmado Gianni!». Durante muchos años más Frank pintaría con todo cuidado «Gianni» en el tubo superior de mis bicicletas.
A menudo, en la tienda estaban también las dos hermanas de Frank, Dominique y Mónica, a las que también había puesto apodos: Tiny y Priss, respectivamente. Cuenta la leyenda que Priss, la exmujer de Bart, fue toda una auténtica ciclista. Al principio parecía que verme por allí las exasperaba, aquel pequeño mocoso siempre detrás de Frank por toda la tienda; pero después de un tiempo creo que les comenzó a hacer gracia. Para mí aquello era increíble; me relacionaba con una familia de adultos que lo sabían todo sobre las bicicletas. Era muchísimo mejor que pasar el tiempo con un puñado de niñatos de instituto obsesionados con el fútbol y el maquillaje.
Los Yantorno tenían unas broncas tremendas. Se tiraban a la cabeza los platos de transmisión, comenzaban a escucharse las más variadas palabrotas en italiano y el perro de Frank, Ducco, que era un chucho bastante agresivo, comenzaba a agitarse y a tirar de la cadena con la que estaba atado, a menudo hasta romperla.
Cada mes llegaba por correo un nuevo catálogo de Victoria’s Secret. Yo sabía, más o menos, sobre qué día del mes llegaba, así que pedaleaba con todas mis fuerzas hasta la tienda de bicicletas para poder echarle un ojo. Priss y Tiny ya la estaban ojeando en el cuarto, riéndose cuando yo aparecía. Disimulaban como si no pasara nada. Un día me metieron en aquel cuarto, como si fuera su hermano pequeño.
«Vamos, Gianni, échale un vistazo», me dijeron. «Venga, será mejor que veas estas cosas si alguna vez quieres tener novia».
Yo estaba lejos, muy lejos, de tener novia en el instituto. No hay muchas animadoras interesadas en los chicos diez centímetros más bajitos que ellas y que se visten con unos pantalones de licra y un cubo en la cabeza. Pero Tiny y Priss veían potencial en mi futuro, y me decían que algún día crecería y me desarrollaría, y haría muy feliz a alguien. Se convirtieron en mis hermanas mayores.
Abrí aquel catálogo, con los ojos como platos y echando chiribitas mientras dejaba volar mi imaginación. Podía sentir como hervía mi sangre, de esa manera que solo los chicos que están pasando la pubertad pueden comprender. De repente me di cuenta de que llevar culote ciclista no solo me hacía blanco de las bromas de los chicos de mi edad.
Esperaba que nadie se diera cuenta. Pero claro que lo hacían; siempre. «Eh, Gianni, ¡parece que a alguien se le ha puesto tiesa!» dijo Frankie.
Priss y Tiny me defendieron.
«¡Que te den, Frankie! ¡Tienes celos de que a él todavía se le empalme!».
Y entonces estalló la guerra. Llaves de cadena, palabrotas en italiano y casetes Regina volaban por toda la tienda, una vez más, mientras Priss y Frankie se lanzaban uno contra la otra. Y así se consumían mis hermosas tardes, pasando el rato en aquella tienda. Lo adoraba.
Mientras tanto los entrenamientos iban viento en popa. Era capaz de comprobar cómo mejoraba semana tras semana. Cada vez estaba más y más fuerte y, de vez en cuando, sentía que se acercaba el momento en el que mis piernas conseguirían el volumen necesario como para rellenar esos culotes de talla extra pequeña que todavía me quedaban tan anchos.
Cuanto más entrenaba más cuenta me daba de que en mis habilidades ciclistas había un gran sumidero, el esprint. En comparación con otros ciclistas mi capacidad de aceleración era nula. En mis primeras carreras tampoco me había dado cuenta de aquella debilidad, pero ahora que estaba cada vez más en forma pude comprobarlo.
Pisar los pedales como un loco no era mi fuerte. Si lo miro con el beneficio del tiempo que ha pasado no sé de qué me sorprendía, ya que parecía un espárrago con brazos. Mis rodillas eran unos cuantos centímetros más anchas que cualquier otra parte de mis muslos, y mis piernas parecían dos palillos pinchando una aceituna.
Comencé a entrenar el esprint. Dos veces por semana esprintaba, una y otra vez, en un intento de aumentar un poco el volumen de aquellos palillitos. No era nada fácil. Para empezar, cualquiera podía ganarme. Cualquiera. Pero seguí picando piedra, por mucho que aquello pareciera una labor destinada al fracaso. Esprints largos, esprints cortos, esprints en subida, esprints en bajada, esprints con el viento a favor, esprints con el viento en contra... Esprintaba cada martes y sábado. Una y otra vez. Estaba obsesionado con el entrenamiento, pero durante mi preparación para la Red Zinger Mini Classic de 1987 acabé obsesionándome también con otra cosa, el equipamiento. En seguida me di cuenta de que este es un deporte para flipados. Me pasaba las horas babeando ante catálogos que mostraban radios planos y platos perforados. Ahorraba todo lo que podía para poder comprar cualquier cosa que pudiera hacerme ir un poco más rápido.
También me obsesioné con el peso, y para gran disgusto de Frank me compré un cuadro de aluminio Vitus. Frank decía que estaba torcido y que, dado que lo habían hecho los franceses, era una basura.
Muy pronto me di cuenta de que los Yantorno consideraban a los franceses culpables de todos los problemas del mundo.
No eran capaces de hacer cuadros de bicicleta, ni de hacer buena comida, ni de hacer volar aviones, ni de construir coches. Olían mal y eran unos esnobs. En resumen, eran el enemigo para cualquier familia ciclista italiana con un mínimo de amor propio. Y lo peor era que yo había roto el código de honor al comprar un cuadro hecho en Francia.
Frankie se puso manos a la obra.
«Gianni, parece como si alguien se hubiera cagado en los racores de esa cosa. El pegamento se cae. No voy a tocar esa puta mierda de cuadro, lo más seguro es que me pegue un herpes».
Acabé convenciéndole de que me montara mi ultraligero y pequeño cuadro Vitus de cincuenta centímetros. Me dijo que era demasiado flexible y se partiría. Puede que estuviera sobreestimando mi fuerza como ciclista. Le recordé que Sean Kelly usaba una Vitus. Pero seguía sin dar su brazo a torcer.
«Gianni, los ciclistas profesionales pueden montarse sobre cualquier cosa y seguir yendo rápido. Bernard Thévenet ganó el Tour de Francia con una bicicleta hecha para repartir periódicos. Así que tu Vitus sigue siendo una mierda. Como lo es la de Sean Kelly...».
Mierdosa o no, me encantaba mi Vitus azul.
Bajo mis piernas parecía una pluma y subiendo por la montaña era rapidísima; aparte de que dudo de que yo fuera capaz de hacerla flexar más que esos franceses adictos a las baguettes y al queso que la diseñaron. Seguía pesando apenas una pizca por encima de los 45 kilos y comenzaba a quedar patente que mi gran arma a la hora de competir sería la escalada. Incluso en mis sufridas sesiones de entrenamiento semanales junto a Bart ya era capaz de ir a su ritmo cuando la carretera picaba para arriba de verdad. Todavía daba la impresión de que yo sufría mucho más que él, pero de una forma u otra jamás le dejaba poner tierra de por medio.
Pronto, con la primavera, el clima comenzó a atemperarse y las carreras veraniegas se fueron acercando. Vigilaba el buzón en busca de los packs de registro a las carreras casi con tanto interés como el que ponía en encontrar catálogos de Victoria’s Secret extraviados.
Las carreras en las que había tomado parte a regañadientes un año atrás comenzaron a obsesionarme. Contaba los días que quedaban. Estaba nervioso e impaciente por comenzar a competir, mis salidas de entrenamiento en solitario y las de fin de semana con Bart comenzaban a aburrirme. El año anterior me había enamorado del excitante mundo de las carreras. Pero, como descubriría, el entrenamiento acaba convirtiéndose en algo un poco mundano, tedioso, en ocasiones aburrido. Sin duda, comenzaba a sentirme un poco estancado.
Por suerte había un paso intermedio entre el entrenamiento y la competición en sí misma. En cuanto entró el horario de verano Bart me habló de un evento vespertino improvisado, la Meridian. Entre sesenta y setenta ciclistas se presentaban en las oficinas del parque sur de Denver -que recibía el nombre de Meridian- cada anochecer de martes y jueves, y simulaban una carrera desbocada de una hora. La Meridian era, y sigue siendo, toda una institución en el ciclismo competitivo de Colorado.
Pero tenía algo de clandestino. Tenías que conocer a alguien que conociera a alguien que supiera cuándo había que aparecer. Era El Club de la Lucha del ciclismo. No había nada oficial en aquello; era clandestino, ilegal, en carretera abierta y no hablabas de ello, con nadie.
Bart era el rey de este Club de la Lucha sobre dos ruedas. Llevaba varios años invicto y las historias de las palizas que daba se extendían por toda la red ciclista de Colorado, como la leyenda de Paul Bunyan. En cuanto Bart consideró que estaba listo para conocer el Club de la Lucha, me invitó a presentarme a una y probar.
Me sentí tan honrado como acojonado, pero no había miedo capaz de hacerme desaprovechar esta invitación a la clandestinidad. La Meridian se convirtió en mi actividad extraescolar favorita.
