Borges enamorado - Patricio Zunini - E-Book

Borges enamorado E-Book

Patricio Zunini

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Beschreibung

"Si hay un aspecto misterioso y equívoco en Borges, es el de sus amores. Desde su perdido amor adolescente por Concepción Guerrero —ella más adolescente que él—, hasta la figura última de María Kodama, pasando por relámpagos como Estela Canto, entre otras, las relaciones amorosas de Borges son inseparables de su fabulación literaria. Un ejemplo es la identidad de Beatriz Viterbo. Y hay más. En este punto, si un sentido tiene la investigación de Patricio Zunini es el de iluminar un lado de Borges íntimamente conectado con su escritura. Con rigor y obsesión, Zunini entra en una zona escasamente conocida de Borges y se suma con valor propio a su vasta bibliografía" (Guillermo Saccomanno).

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2025

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BORGES ENAMORADO

Patricio Zunini

BORGES ENAMORADO

Página de legales

Zunini, Patricio

Borges enamorado / Patricio Zunini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-631-6632-65-4

1. Ensayo Literario. I. Título.

CDD A864

©2025, Patricio Zunini

©2025, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-631-6632-65-4

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Foto de tapa: archivo de Alejandro Vaccaro

Foto de solapa: Alejandra López

Primera edición en formato digital

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

NOTA PRELIMINAR

PRIMERA PARTE

LOS AMORES BLANCOS

CAPÍTULO 1.

UNA NOVIA EN EL ÚLTIMO ARRABAL

CAPÍTULO 2

. LA MUJER DE LA VENTANA

CAPÍTULO 3.

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO

SEGUNDA PARTE PEQUEÑAS MAGIAS INÚTILES

CAPÍTULO 4.

LA INEXPLICABLE ELSA (PARTE I)

CAPÍTULO 5.

CHAMPAGNE

POR MARÍA ESTHER

CAPÍTULO 6.

LA INEXPLICABLE ELSA (PARTE II)

CAPÍTULO 7.

LA MUJER DEL FANTASMA

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

Lista de páginas

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Puntos de referencia

Portada

Portadilla

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Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

Para Sarah

¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.

Julian Barnes

NOTA PRELIMINAR

No son tantas —pero tampoco son tan pocas— las mujeres en los cuentos de Borges: la viuda Ching, la Lujanera, Emma, Beatriz Viterbo, Juliana Burgos, Ulrica. Casi todas comparten un destino de sangre y muerte; son vehículos de pasiones bajas: la infamia, el rencor, la venganza, las minucias del sexo. En una entrevista de María Esther Gilio para la revista Crisis, Borges vinculaba lo femenino con la debilidad y la deshonra. Las mujeres de su vida, sin embargo, fueron —todas— fuertes, resueltas, atrevidas. Con cada una, él sentía que podía librarse del infierno de la soledad. En esa contradicción está el origen de este libro.

Tímido y enamoradizo, Borges tuvo muchos amores —trágicos—. En el 58, Bioy y Silvina ensayaron una lista: Margot Guerrero, Silvina Bullrich, Estela Canto, Daly Nelson, Cecilia Ingenieros, Marta Mosquera, Alicia Jurado, Susana Bombal, Pipina Diehl, Mandie Molina Vedia, Gloria Alcorta, Wally Zenner, Elsa Astete. Faltaban varias.

Mi recorte se ocupa de las mujeres que le provocaron sus cuentos más icónicos. El recorrido me llevó por sus libros y por lo que otros escribieron de él. Vi documentales, entrevisté a escritores y críticos. Como aquel hombre que se había propuesto dibujar el mundo —y qué es Borges sino una forma de mundo—, descubro ahora que yo también hice el retrato de mis obsesiones.

Tigre, 22 de junio de 2025

PRIMERA PARTE LOS AMORES BLANCOS

CAPÍTULO 1

UNA NOVIA EN EL ÚLTIMO ARRABAL

1

Era su primer libro, pero era sobre todo una gesta familiar: la constatación de que habían parido un escritor. Lo había intentado el padre, pero la ceguera y una idea anticuada de la literatura se lo negaron. Entonces fue él, desde muy niño, desde que tenía cuatro o cinco años, el que asumió aquel destino como propio. Antes que un mandato, era una certeza. Todos —todos: el padre, la madre, la hermana— lo daban por descontado. “Esas convicciones son más importantes que las cosas que meramente se dicen”, escribió en su autobiografía como quien dice: “Aparta de mí este cáliz”. Dicen que la madre de Fernando Botero conservó los dibujos que el artista había hecho en la infancia; es un gesto —una gesta— que marca un norte. Algo así le pasó a él: Leonor guardaba el relato “La visera fatal” que había escrito a los seis años, después de leer a Cervantes. Iba a ser escritor: no había duda.

La suya es una vida que se cuenta desde el futuro, desde que alcanzó la condición de Gran Autor Nacional y el público comenzó a preguntarse quién era, cómo había llegado hasta ahí. Y él se ocupó de contarles su historia: de darles una historia. “A veces”, escribió Adolfo Bioy Casares, “arreglaba su pasado para que quedara mejor literariamente. Es como si hubiera preferido realmente la literatura a la verdad. Podía tener cierta falta de escrúpulos que lo hacía reír muchísimo cuando uno la descubría y se la señalaba”.

Primero corrigió algunas circunstancias menores. Después, envalentonado con esas pequeñas victorias, arriesgó más y creó sus mitos. La verdad estaba cerca, pero él había leído a Poe: sabía dónde esconderla. Escritor al fin, se convirtió en su propio personaje.

Toda vida prodigiosa parte de una escena que revela al genio: el concierto de Mozart, las correcciones de Gauss a los cálculos del padre, la partida de Bobby Fischer contra Max Pavey, las gambetas de Diego con los Cebollitas. La de él fue en 1908 —tenía nueve años—, cuando el diario El País publicó su traducción de “El príncipe feliz”. Era tan precisa que muchos creían que la había hecho el padre. Esa confusión de identidades y autorías —que sería una marca en su obra— irónicamente iba a volver a pasar, pero con carga opuesta, cuando salieran las traducciones de Virginia Woolf y William Faulkner firmadas por él pero casi seguro hechas por la madre.

Entre “El príncipe feliz” y la publicación de su primer libro pasaron quince años, un tiempo de formación en el que gastó las horas y los ojos en la biblioteca. Leyó todo lo que tenía a su alcance: las novelas de aventuras de Mark Twain y la ficción científica de Wells, la poesía de Shelley y Keats, la gauchesca de Eduardo Gutiérrez y José Hernández, la filosofía de Berkeley y el orientalismo de Burton y Payne. Su padre fue una figura central: se educó con sus libros, con sus enseñanzas, también con sus amigos. En 1914 la familia viajó a Suiza —el padre tenía que hacer un tratamiento en la Nouvelle Clinique Ophtalmologique de Ginebra— y a él lo anotaron en el Collège Calvin. Allá se hizo de nuevos amigos, tuvo un romance fugaz que duró una tarde, descubrió a Kafka, escribió un libro que luego perdió. Quiso aprender alemán para leer a Goethe y Kant en su lengua materna: no pudo con ellos, pero sí con Heine. Se dio cuenta de que sabía francés cuando empezó a soñar en ese idioma. En 1918 la familia recaló en Barcelona y luego en Mallorca, donde conoció a Rafael Cansinos-Assens y el ultraísmo español. Se interesó y se desinteresó por las vanguardias. Escribió sonetos en inglés —que destruyó— y una oda en castellano —que hubiera querido destruir— a la revolución bolchevique. Escribió el cuento de un hombre lobo que nadie quiso publicar y un poema à la Whitman, “Himno al mar”, que salió en el número del 31 de diciembre de 1919 de la revista Grecia:

Yo he ansiado un himno del Mar con ritmos amplios como las olas que gritan;

del Mar cuando el sol en sus aguas cual bandera escarlata flamea;

del Mar cuando besa los pechos dorados de vírgenes playas que aguardan sedientas;

del Mar al aullar sus mesnadas, al lanzar sus blasfemias los vientos,

cuando brilla en las aguas de acero la luna bruñida y sangrienta;

del Mar cuando vierte sobre él su tristeza sin fondo la Copa de Estrellas.

2

Volvió al país en 1921 y se encontró con que Buenos Aires había dejado de ser una aldeíta poscolonial en el fin del mundo y empezaba a pensarse a sí misma como una ciudad burguesa y cosmopolita: la París de Sudamérica. Eran los años locos. Los porteños se abrazaban al optimismo de la bonanza económica y el crecimiento demográfico. La flecha del tiempo avanzaba imparable.

La ciudad había tenido transformaciones radicales en el plano arquitectónico, en los medios de comunicación, en las costumbres privadas. El Centro —la calle Florida, a la que Martínez Estrada calificó como “un estado de ánimo”— pendulaba entre la vida diurna, con oficinas y tiendas departamentales, y la vida nocturna, con milongas y tanguerías, pero también con clubes de jazz donde bailaban las flappers. La ciudad infinita había habilitado la figura del flâneur, un tipo de explorador urbano que salía sin rumbo en busca de historias y novedades. “¿Será acaso, porque me paso vagabundeando toda la semana, que el sábado y el domingo se me antojan los días más aburridos de la vida?”, escribía Roberto Arlt en el diario El Mundo.

Había una explosión de diarios y revistas, había libros populares —La novela de la semana vendía 300.000 ejemplares—, había galerías de arte y teatritos. Los intelectuales se reunían a debatir sobre política y literatura, armaban revistas que duraban pocos números, se separaban y se convertían en miembros de nuevos grupos que publicaban nuevas revistas que, otra vez, duraban pocos números.

Florecían los “ismos”: futurismo, cubismo, babelismo, panlirismo. En diciembre del 22, Oliverio Girondo publicó su primer libro: en los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía había autos, bares, policías de tránsito, rascacielos, desayunos en hoteles, una intimidad que asomaba detrás de las ventanas, libros, mendigos sin tiempo que perder y mujeres de senos bizcos que buscaban una sonrisa. Toda una celebración surrealista de la vida moderna. Buenos Aires era el territorio de la juventud, la belleza, la felicidad.

Pero él no estaba entre los acólitos del progreso. En estas calles que habían sido sus calles se sentía un extranjero: Fervor de Buenos Aires fue una respuesta al desarraigo. Muchos años después, iba a decir que en ese primer libro se prefiguraba todo lo que haría en los demás. Declaraciones como esta suelen maquillar cierta condescendencia del escritor consagrado hacia el escritor cachorro que alguna vez fue, pero en este caso es posible observar la operación político-literaria que nunca abandonó. T. S. Eliot escribió en 1919: “Pobre del escritor que no tenga una tradición”. Cuatro años después, Fervor ubicaba una tradición en los márgenes de la ciudad que se perdía y en la memoria familiar que actuaba no como la restitución de una certeza, sino como una usina de la ficción. Ante la experimentación de las vanguardias: la poesía española del siglo XVII. Ante los flâneurs del Centro: la ciudad dormida de las orillas. Ante la convicción de que “mañana es mejor”: las coplas de Francisco Manrique. Ante la imposición de una vida vertiginosa: las casas bajas, los patios, los atardeceres demorados, los aljibes, las partidas de truco, las quintas con verjas de fierro, las carnicerías, las plazas, las lluvias, los arrabales, los cementerios, la nostalgia.

Olorosa como un mate curadola noche acerca agrestes lejaníasy despeja las callesque acompañan mi soledad,hechas de vago miedo y de largas líneas. La brisa trae corazonadas de campo,dulzura de las quintas, memorias de los álamos,que harán temblar bajo rigideces de asfaltola detenida tierra vivaque oprime el peso de las casas.

3

Fervor de Buenos Aires salió en una edición casi secreta de 300 ejemplares, que pagó el padre. La portada tenía un grabado de Norah, su hermana. Es el dibujo de una casa blanca, baja, lacónica, dibujada en líneas puras. Tiene el sol en lo alto y por una puerta abierta se ve un patio ajedrezado —la casa de la infancia en Palermo tenía tres patios: uno de baldosas en damero para la familia, otro de tierra donde estaba el aljibe, y otro más con árboles frutales—. Las ventanas enrejadas terminan en pequeñas columnas jónicas. No hay ochava. El punto de fuga de la calle empedrada queda fuera de la vista.

Veinte años después, Norah iba a ilustrar el primer cuento de Cortázar, que cuenta la historia de dos hermanos en una casa que, de repente, se les vuelve extraña. Dibujó una casa, quizás la misma casa, pero con un trazo más crudo y con las cortinas corridas: amenazante. Acá, en cambio, todo transmitía quietud y serenidad. Un fervor apocado.

La portada tenía el título en una tipografía art nouveau modernista muy común por aquellos años, y más abajo, justo encima del año de publicación —1923 en números romanos—, el nombre del autor. Era una edición muy descuidada. “Juvenil”, recordaría él. Faltaba el índice, las páginas no estaban numeradas y el lomo, delgado como cualquier libro de poesía, estaba en blanco. Iba a perderse en cualquier estante. Como tampoco tenía colofón, no podía saberse dónde había sido impreso. Es posible que fuera en la Editorial Serantes, una casa que se hizo famosa por publicar la revista pornográfica Mimí.

Como todo libro iniciático, Fervor de Buenos Aires está rodeado de leyendas. Una: que el contrato de publicación estipulaba una edición de 64 páginas y los poemas que él había llevado excedían la longitud, por lo que tuvo que desechar ahí mismo cinco, que se han perdido. Otra: que la edición se hizo en un tiempo récord de cinco días. El padre tenía que retomar su tratamiento en Ginebra y les dieron los libros justo a tiempo. Otra más: que nadie revisó las pruebas de imprenta; por eso, la falta del índice y la numeración. La más difundida: que él convenció a Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros, para que metiera los ejemplares en los abrigos —era julio— de quienes iban a visitarlo a la redacción. “Cuando regresé después de un año de ausencia”, escribió en su autobiografía, “descubrí que algunos de los habitantes de los sobretodos habían leído mis poemas e incluso escrito acerca de ellos. De esa manera me gané una modesta reputación de poeta”. Hoy sabemos que aquel desapego tímido no era cierto; muy por el contrario, él hizo circular los poemas en distintas revistas, dedicó y regaló ejemplares. Desarrolló una estrategia de posibles lecturas y pidió que se hicieran reseñas. Operó sobre el libro y sobre las lecturas… como lo haría cualquier escritor.

A pedido del padre, nadie de la familia leyó los poemas hasta que se hubieron publicado. La madre, dicen, recién los leyó en el barco. Habrá sido en el camarote o en la cubierta —podemos imaginar que estaba sola— cuando Leonor Acevedo leyó con asombro o estupor que su hijo, Jorge Luis Borges, le había dedicado el único poema de amor del libro a una desconocida: “Sábados (para mi novia, Concepción Guerrero)”.

4

Era su primer libro, pero era sobre todo una gesta familiar: los poemas de Fervor de Buenos Aires hablaban de patios y aljibes y tardes morosas, pero también de un linaje: de su bisabuelo, el coronel Isidoro Suárez, que luchó en las guerras de la Independencia; de Macedonio Fernández, amigo de la casa; de Juan Manuel de Rosas, a quienes consideraban un tirano y quien había incautado las tierras de su abuelo; de los muertos de la Recoleta; de Guillermo de Torre, que poco después se casaría con la hermana.

En esta trama, Concepción es apenas un nombre. Una intrusa.

5

Se conocieron en la casa de Norah Lange.

Nora —todavía sin hache; esa letra recién aparecerá en su segundo libro de poemas por sugerencia de Guillermo de Torre— era la cuarta hija de una familia muy numerosa: seis hermanas, dos hermanos y tres chiquitos que habían muerto a poco de haber nacido. Con Borges tenían un parentesco lejano, eran primos de primos. La tía de ella estaba casada con el tío de él. Quizá se hayan cruzado en algún evento familiar, pero la amistad arrancó en el 21, cuando él volvió de Europa. Él era una joven promesa de la literatura y ella era una adolescente precoz, histriónica y expansiva, que soñaba con escribir y estaba interesada en las artes. Era alta, nórdica, pelirroja, voluptuosa.

Borges y Norah supieron estar muy unidos. Se iban a caminar por Belgrano, él le prestaba libros, hablaban de las vanguardias, ella le daba a leer sus poemas y él la hacía participar en todas sus aventuras literarias. Salían con brocha y engrudo a pegar los afiches de la revista mural Prisma, fueron miembros fundadores de la Revista Oral, que “inventó” Alberto Hidalgo, y cuando ella conoció a Evar Méndez se sumó al staff de la revista Martín Fierro, donde él era una figura sobresaliente. En 1925, Norah publicó su primer libro, La calle de la tarde, y Borges escribió el prólogo: “Preclara por el doble resplandor de sus crenchas y de su altiva juventud, leve sobre la tierra”. Con los años se impuso como una verdad irrefutable que Borges estaba enamorado de Norah Lange. Suena plausible, pero quizás haya que morigerar el tono. Ante alguien que prefería la literatura a la vida, conviene no tomar a la ligera una dedicatoria tan explícita: “Para mi novia, Concepción Guerrero”.

En la década del 90, Félix Luna dirigió una colección de biografías y María Esther de Miguel escribió la de Norah. Borges, decía De Miguel, no estaba enamorado de Norah, sino de su hermana Haydée, cuatro años mayor. Era una mujer bellísima con cierta monumentalidad física y un gran talento para las letras. Fue traductora y, de habérselo propuesto, habría sido una muy buena escritora. Muchos hombres se enamoraron de ella; Xul Solar, uno de ellos. El poeta Jorge Eduardo Bosco, que fue su novio, se mató de celos.

De Miguel también decía que Borges le había dicho a Josefina Delgado que en su momento había estado muy enamorado de Haydée (y Josefina me dijo a mí que no recordaba esa conversación). De todas maneras, el saber popular sitúa a Norah como su gran amor no correspondido. Así lo sostienen biógrafos —Edwin Williamson—, novelistas —Jay Parini—, historiadores —Daniel Balmaceda—. Tal vez Borges, como Zeno, el personaje de Italo Svevo, se haya enamorado a un tiempo de una y de otra. O tal vez de ninguna de las dos.

Quienes ubican a Norah como la mujer esquiva de sus afectos señalan el desenlace fatídico un mediodía de noviembre de 1926. Ese día, que fue sábado, se hacía un homenaje a Ricardo Güiraldes en La Rural y Borges llegó acompañado por Norah y Ruti Lange, la hermana menor. Para agregar un poco más de patetismo a la historia dicen —lo cual es improbable— que él había arreglado todo para declararse. Pero apareció Oliverio Girondo, que no era menos feo que Borges pero sí mucho más carismático, y entre él y Norah nació un amor inmediato, sin matices y para toda la vida.

Andrés Di Tella sostiene una tesis interesante en Cuadernos: “La señal más contundente del efecto que tuvo el rechazo de Norah fue que, desde ese día y durante catorce años, Borges no escribió un solo poema”.

6

Volvamos al comienzo de la década. Todos los fines de semana, la casa de las Lange en Belgrano R se convertía en el punto de encuentro de escritores y artistas. Había sido Guillermo Borges —el primo intermedio— quien había comenzado a organizar las tertulias en 1920. Berta Erfjord, la madre de las chicas, la que se ocupó de mantenerlas. Entendía que esa era una manera segura de que sus hijas tuvieran roce social. Continuaron durante años. Hasta que, una a una, las chicas se fueron casando. Paradójicamente, la única soltera fue Haydée.