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Jornada exaltante. Stravinski tocó alguna cosa del David futuro. No es posible describir lo bello que era. (…) Escaladas a las cimas de las montañas. Se encuentran las últimas nieves, bajo las cuales trabaja la primavera. De noche, muerto de cansancio, uno se acuesta a las nueve. Mis cartas son cortas por dos razones. La primera es el sueño y el trabajo. La segunda, nuestro gusto por lo breve… ¡es la condensación moderna!". Las cartas que Jean Cocteau (1889-1963) escribió a su madre entre 1906 y 1918 poseen una riqueza cautivante. Relatos de aventuras, diálogos, pensamientos, bromas y hasta consejos para el perro Choko muestran que Cocteau no escatima tinta cuando se trata de reconfortar a su madre. Detrás de la inocencia de estos textos, el versátil autor consigue superar lo cotidiano y dar cuenta, a través de su pluma de poeta, del apogeo y ocaso de la Belle Époque, que coincidió con sus años de juventud.
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Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2021
Jean Cocteau
Cartas a mi madre
Cocteau, Jean
Cartas a mi madre / Jean Cocteau. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Pedro Ubertone.
ISBN 978-987-599-509-3
1. Cartas. I. Ubertone, Pedro, trad. II. Título.
CDD 846
Traducción y notas . Pedro Ubertone
Ilustración de tapa y contratapa . María Rabinovich
Diseño . Ixgal
Título original: Lettres à sa mère.
© Gallimard, 1989
© Libros del Zorzal, 2003
Buenos Aires, Argentina
Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Am-bassade de France en Argentine.
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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www.delzorzal.com.ar
Índice
Cronología | 5
1906 | 8
1907 | 21
1910-1911 | 26
1912 | 31
1913 | 47
1914 | 51
1915 | 55
1916 | 64
1917 | 91
1918 | 98
Cronología
1889
5 de julio: Nacimiento de Jean Cocteau en Maisons-Laffitte. Tiene una hermana y un hermano mayores, Marthe y Paul.
1898
5 de abril: Suicidio en París del padre de Jean Cocteau.
1906
30 de agosto: Llega al Val-André (Côtes du Nord), donde va a preparar en casa de los Dietz la segunda parte del examen de bachillerato.
30 de septiembre: Retorno a París.
1907
4 de agosto: Comienzo de su segunda estadía en Val-André para una nueva preparación intensiva del examen de bachillerato, en el que fracasará
otra vez. La señora Cocteau se queda con su hijo en Val-André desde el sábado 31 de agosto hasta el lunes 2 de septiembre.
1908
Septiembre: Jean y su madre viajan al norte de Italia. Visitan la Isola Bella, Verona y Venecia.
1910
Agosto: Vacaciones en Suiza, en Clarens, con André Paysan.
1911
Estadía de Cocteau y su madre en el hotel Cap, en el Cap-Martin (Alpes-Marítimos).
Agosto: Jean Cocteau es el invitado de la familia Daudet en el castillo de la Roche, en Chargé, cerca de Amboise.
1912
Marzo: Viaje a Argelia con Lucien Daudet.
Del 8 al 15 de agosto: Estadía en casa del pintor Jacques-Émile Blanche, en Offranville.
Del 25 al 30 de septiembre: Estadía en Cambo, cerca de Arnaga, en la propiedad de los Rostand. Del 21 al 24 de octubre: Nueva estadía en Offranville.
1913
Encuentra a Gide en Offranville. Esbozo del proyecto Potomak. Dibuja los “Eugenios”.
1914
Marzo: Estadía en Suiza, con Paulet Thévenaz. Trabaja en el proyecto del David junto con Stravinski.
Septiembre: Encuentro con Maurice Barrès.
Noviembre: Cocteau es colocado en el servicio auxiliar por el Consejo de revisión del Sena.
1915
4 de marzo: Llamado –que no acatará– a la actividad en el 13º regimiento de artillería de campaña.
18 de marzo: Pasa a la 22º sección de los commisouvriers (intendencia).
Octubre: Encuentro con Erik Satie, en casa de Valentine Gross, nacimiento del proyecto Parade.
13 de noviembre: Es emplazado a pedido de la Sociedad Francesa de Socorro a los heridos, calle François-Ier. Afectado al Servicio de las ambulancias.
Diciembre: Encuentro con Picasso.
18 de diciembre: Parte en el convoy automóvil nº2, dirigido por Étienne de Beaumont, que se instala en Coxyde (Bélgica).
1916
29 de julio: Regresa a París.
1917
Febreroabril: Viaja a Italia, con Picasso, Diáguilev y Massine.
17 de abril: Llega al valle de Arcachon. Su estadía en Le Piquey se prolonga hasta mediados de octubre.
30 de diciembre: Partida hacia Grasse, se instala en la casa de campo de los Croisset.
1918
Retorno a París.
Abriljunio: Cocteau, enfermo, es atendido por el doctor Capmas.
Agosto: Partida hacia Le Piquey. 6 de octubre: Regreso a París.
1906
Val-André, 30 de agosto de 1906.
Mamá querida:
La llama de una vela tiembla. El mar murmura. Todo está en calma. Comienzo por abrazarte mil veces. Sigue el relato de mi viaje.
En un vagón está un señor bien, sentado enfrente mío saborea la lectura de los “envenenadores de Chicago”1. Su rostro se alarga en señal de comodidad y parece tomar un inmenso placer en esa lectura; lo dejo para sumergirme en los 4 S2. A izquierda y derecha corren los matorrales, ¡todos iguales! ¡Tengo tiempo para leer!
Hasta el almuerzo, nada especial ocurre, Gorenflot y Chicot me han hecho olvidar los horarios.
Voy al vagónrestaurante, no sin haber hecho antes contra las paredes del corredor una imitación casi perfecta de un péndulo. Como como un ogro. El señor bien está delante mío, le pasan salchichón y... ¡se niega! ¡Eso es tan tonto como leer libros de ese estilo en el tren! Lo dejo intercambiando con otro viajero consideraciones sobre el tamaño de la madera en general y de la haya en particular. Allá... de cada lado se deslizan las planicies, un áspero olor de almuerzo terminado se mezcla con los perfumes sosos de superficiales abluciones de agua de Colonia. Los W.C. fraternizan con degustadores de tabaco inglés y esos aromas forman un conjunto entristecedor para el corazón.
A los tumbos, el tren dispara, el sol brilla, hace un calor espantoso, el vagón tiene sobresaltos terribles. El señor bien tiene hipos de angustia... de repente desaparece.
Me siento mareado... ¿estaré mal del corazón? ¡Un silbatazo! ¡Estación, alto! Estoy salvado, a mí el oxígeno, lo drago con frenesí y llego perseverando en este ejercicio respiratorio a calmar el molesto vaivén de mi estómago a la deriva.
Ahora estoy mejor. Puedo leer tranquilamente. El señor bien conversa a viva voz, mitad para mí, mitad para sí. Ávido por mostrar la ciencia que posee en viajes, enuncia las horas de llegadas, los nombres de estaciones, etc. Mi admiración es largamente moderada por el obstáculo que su barullo monótono impone a mi lectura.
¡Estación Lamballe! Nos frotamos, nos sonamos la nariz. Nos empujamos. Tomo mis cosas y me vuelve esta impresión que ya te he comunicado de un descenso veloz en ascensor. ¿A quién voy a encontrar...? Es ese hacer tripas corazón molesto, tonto tal vez pero molesto de todas formas.
Nadie ha venido a esperarme... y en vez de sentirme incómodo es un suspiro de satisfacción lo que lanzo, ¡todavía cuento con dos horas para prepararme!
Hay allí un mundo muy distinto al de aquí, ¡ya se ven pasar las mujeres aterciopeladas y con cofias! Los hombres visten corto y de azul. No hay forma de obtener mis valijas... al fin hay dos vehículos... tomaré el segundo... Estoy solo primero, dos buenas señoras vienen a alcanzarme, están todas sudadas, resoplantes y cargan inmensos paquetes.
Seguimos una ruta blanca, casi entizada de tanto polvo. A la derecha el asiento me obstruye la visión, enfrente mío y a mi espalda... están las planicies inmensas y feas. Una nube gris, dorada por el sol, persiste atrás de nosotros y marca sobre el camino nuestro paso a medida que avanzamos... por mucho, mucho tiempo seguimos esta ruta... y ahora este tonto agujero en el pecho me vuelve a ganar. ¿Es signo de que nos acercamos? Le pregunto a una
de las señoras, ¡ella me responde que una media hora será suficiente!... Tenía ganas de responderle que, con esos tumbos, diez minutos bastarían, pero ella no habría pescado el juego... y me abstuve.
El paisaje se vuelve más pintoresco... Uno ve el cielo caer de todas partes hacia el horizonte, azul sobre nosotros, es gris allá abajo y ese gris mezclado con malva flota como una bruma ligera, delante mío todo es devorado por el poniente... y aparecen dos molinos cuyas alas blancas giran y giran.
La vieja dama, confundiendo sin dudas mi rodilla con la banqueta, golpetea sobre ella unas marchas militares... De pronto, dos gritos se elevan... “¡Le Verdelé!”3Y veo esa famosa roca desfigurada por su acento, que se yergue por una escotadura... violeta y verde en un rincón azul.
... Y esos dos molinos colorados cuyas alas rubias giran todo el tiempo... me siento cada vez más oprimido.
Finalmente unas casas, chalets... ¡y rocas! ¡Estamos llegando! Una pequeña niña empuja delante suyo dos vacas... Mis sienes laten al punto de estallar. Ahí estamos, chalet Georges-Anne. Todo el mundo está en el tennis y me quedo solo. Tengo
unas ganas locas de hacer como Triplepatte4en la alcaldía... ¡de escapar! Pero es suficiente. Ya estoy aquí y me quedo.
¡En un señor y una señora sobre la ruta adivino al matrimonio Dietz5! “No hay más dudas, son ellos”,
diría la señora Belazor. Empujan la cerca... Suben la escalera... un golpe en mi puerta. Ahí están.
Él: un falso Mounet-Sully6, ojo demasiado huidizo... mirada altanera... palabras entrecortadas.
Ella: con arrugas en la frente, me anuncia dando grititos que desde mañana, día de franco, haremos sesenta kilómetros en bicicleta, “Si usted no puede, se lo perderá”, me toma el mentón con un gesto que no admite resistencia, me explora la garganta para anunciarme que no tengo prácticamente más nada, cosa que sé muy bien.
Cena de familia.
Tres pensionistas y el hijo, otro vendrá y tomará mi lugar en la casa. Yo a dónde iré, “no lo sé”. Me dejo conducir por los acontecimientos –es todavía la opción más simple y la he adoptado.
Desde esta noche he trabajado el latín –¡cristi no pierde su tiempo! Estoy entorpecido y completamente desmoralizado. ¡Dios, qué solo me siento! Espero que la noche me ponga de mejor humor. Y termino mi carta para irme a dormir.
Te adoro, mamita querida, llorando amargamente por no tenerte conmigo, te cubro de besos.
Jean
(Escríbeme largas cartas así estaré menos lejos).
Val-André, domingo 2 de septiembre de 1906.
Mi querida mamita adorada:
Heme aquí en mi nuevo cuarto –no lejos de la casa de ellos y... (en el último orejón del tarro) me
encuentro cien veces mejor que en cualquier otra de las habitaciones de aquí.
Una cama –a la bretona– alta, alta, alta, duermo allí de todas formas, un techo atravesado por vigas de madera roja... Un enorme arcón, mesas, etc. El balcón mira al mar y al campo y... ¿lo creerías? Un cuarto de baño casi tan espacioso como la habitación. Es un poco rústico pero no detesto ese tipo de ambientes. Cuando los candelabros, las sábanas de seda cruda y los parqués grises no me asquean, terminan por divertirme, y ése es el último sentimiento que he metido a la fuerza en mí, si es que puede decirse de esa manera.
Los Dietz son agradables conmigo, y salvo por sus miradas altaneras y los largos silencios que él introduce para observarlo a uno entre sus frases, diría que mi maestro me gusta del todo.
Su mujer es notoriamente inteligente, aunque desgraciadamente ella lo sabe demasiado bien y, como esa clase de gente, adquiere una cierta superioridad que se traduce por una manera de hablar doctoral y perentoria, que puede hacerla pasar por una persona que siempre está en pose.
Ella enseña historia de una manera agradable, tiene en la voz un acento que no conozco, pero que es muy gustoso y, como su saber es inmenso, eso fluye, fluye, fluye... simple y claro.
De todas formas, y para hablarte francamente, este trabajo con el mar y su playa blanca que me atrae enfrente... es duro.
Uno siente cerca suyo el infinito... el cielo... la libertad... Es sucesivamente apenante.
Tú también, mi pobre mamá querida, estás sola... La diferencia es que estás en tu casa... espero que eso te consuele... el abismo es enorme, te lo aseguro.
Hoy, creo que vamos a hacer un gran paseo... Voy incluso a pasar por lo de los Dietz... Te abrazo fuerte, fuerte, antes de partir... y te escribiré al volver...
Hasta mañana mamita querida.
Jean
Val-André, 3 de septiembre de 1906.
Mi mamá querida:
Empiezo a habituarme del todo a mi nueva vida y si tu alejamiento no estuviera allí para traerme una gran tristeza, todo estaría prácticamente perfecto.
Esta mañana el señor Dietz ha constatado un progreso sensible en traducción (me hace trabajar
particularmente al respecto), ¡y eso que no hace más que cuatro días que estudio con él! Estoy muy bien instalado en mi cuarto. Es sobre su mesa cubierta de hule que te escribo.
Dulces sueños me han visitado esta noche pero desgraciadamente también las pulgas, cosa que me ha ocasionado amargas reflexiones sobre Bretagne en general y sobre los bretones en particular. Cubierto por las marcas de esos animales, he abrigado hacia ellos una rabia serena según la ley de los discípulos... de Epicuro (viene al caso decirlo).
En este momento somos dietz... perdón: diez a la mesa y la familia del guarda, que vive aparte, viene a sumarse al número.
Ayer, excursión. Fortaleza en ruinas7... escalera ruinosa de vetustez, hiedras y fortificaciones... pozos negros (perfectamente de la época) y pozos mucho más oscuros o, dicho de otra manera, mazmorras (lo cual no quita que fuera en las primeras de las profundidades citadas en donde uno se... iluminaba).
Desayunábamos sobre la hierba y después de una siesta de dos horas retomábamos (¡qué nivel de tiempos verbales!) la ruta del Val-André.
Es a la vez un espectáculo peligroso y encantador. Toda esa blancura que une los verdores en un tinte indiferente y los difumina... Toda esa bruma que hace desaparecer en formas ligeras la línea del horizonte... Cae sobre uno como una lluvia y penetra las ropas hasta la piel... felizmente... de caucho... ¡Por suerte estamos salvados!
El domingo íbamos a la iglesia y luego al mar... En la primera veíamos un bedel, en la segunda... veíamos muchos más de ellos.
... Los rincones rocosos son realmente muy peligrosos también, un barco inglés cargado de carbón ha
venido a chocárselos esta mañana y me han despertado los gemidos lamentables de su sirena repitiendo señales de S.O.S.
A propósito de despertarse, ¿ya te dije cuál es mi horario habitual para levantarme? No... Adivina... inútil por otra parte, nunca lo descubrirías, cinco y media de la mañana. Sípi sípi... como dicen aquí, y uno no tiene derecho a acostarse después de las diez y media...
