Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cuentos para el Alma es un conjunto de 108 historias breves, cada una de ellas contiene un mensaje espiritual muy claro, y, al mismo tiempo, esencial para para nuestro develamiento interior.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
OM SRI GANESHAIA NAMAHA
Reverencia al Señor Ganesha
Deva de la Sabiduría Espiritual
en la Religión de la India y
Guía de los devotos de Dios
Ada Albrecht en las afueras de Dehra Dun, en la regiónde Uttar Pradesh, al norte de India. Detrás puede apreciarse la precordillera de los Himalayas.
Ada Albrecht
2020
EDITORIAL HASTINAPURA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
Albrecht, Ada Dolores
Cuentos para el alma / Ada Dolores Albrecht. - 1a ed. 3a reimp. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4038-38-8
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.
CDD A863
Cuentos para el Alma
Ada Albrecht
Ediciones: 2001, 2003, 2011, 2020
Imagen de la portada: la santa hindú Mirabai
Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.
El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.
Primera edición en formato digital: junio 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4038-38-8
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
© by Editorial Hastinapura
Riobamba 1018 (C1116ABF)
Buenos Aires, República Argentina
Tel/Fax (0054-11) 4811-9342
E-mail: [email protected]
Internet: www.hastinapuralibros.com
En este nuevo libro, la reconocida pedagoga y escritora argentina Ada Albrecht nos conduce con suma maestría e insuperable diafanidad por el maravilloso mundo de los cuentos espirituales. Este conjunto de ciento ocho narraciones-enseñanzas —ambientadas la mayoría de ellas en las sagradas tierras de India— además de poseer el encanto único de los cuentos, conforma de por sí una guía inestimable para todos aquellos que se encuentran anhelosos de transitar por el Sendero Espiritual, de ser mejores cada día, de hallar la paz y la armonía en sí mismos a través del amor y la comprensión, en fin, para todos los que anhelan vislumbrar la Realidad allende las efimeridades del mundo. Así, “Cuentos para el Alma”, más que un libro es una barca divina que nos ha de conducir a través del mar de la vida, hacia el reino celeste en el que la Paz y la Belleza Eternas reinan soberanas en el amoroso seno de Aquel que es fuente inagotable de toda Misericordia, Compasión y Bondad.
Claudio Dossetti
Bs. As., 26 de Febrero de 2001
La mayoría de las veces, los hombres más inteligentes razonan como niños. Se acepta como algo absolutamente natural que en esta Tierra nuestra existan Reyes y presidentes, ministros y jueces, campesinos y pescadores. Sí, todo aquí, sobre la Tierra, pero... digámosle a cualquier intelectual que en los mundos sutiles también existen Reyes y presidentes como en la Tierra, y ministros, y campesinos, y los veremos sonreír de modo escéptico, como si estuvieran escuchando las palabras de un paranoico. Opinarán que toda esa jerga sobre los mundos sutiles es simple mitología ya trascendida por el hombre de razón. Sin embargo, allende nuestras opiniones, en la corona de Dios brilla majestuosamente el diamante de la Verdad, y la verdad es que nuestro quasimódico orden, mal estructurado, defectuoso, es apenas un cómico remedo del orden perfectísimo que existe en los mundos invisibles, mundos tan abstractos, tan inverosímiles para nuestra razón que ni el más grande de los pensadores podría imaginar. Cierta vez, desde ese mundo, descendieron a la Tierra las almas diamantinas que lo habitan, y fue a causa de un santo... sí, esa vez, esa única vez. Yo les hablaré de ello a todos ustedes.
Estas fueron las palabras introductorias del sabio Maestro Rama a sus discípulos de Mahabalipuram. Comenzó entonces su narración:
Contaban los viejos sacerdotes del Ashram (1) de Mathura que existió en él una criatura humana realmente santa. Por regla general, escasísimos hombres pueden entender eso de la santidad. Preguntad vosotros a cualquiera y escucharéis opiniones como:
“Un santo es un hombre bueno”.
“Es aquel que se halla sumido en oración”.
“Es aquel que ama a Dios sobre todas las cosas”.
“Es el más puro de los hombres”.
“El ecuánime”... “el que todo lo perdona y todo lo comprende”... etc., etc.
En verdad, mis queridos discípulos, ninguno de ellos es un santo. En todo caso se direccionan hacia la santidad. Por cierto, nosotros también, lo sepamos o no, nos dirigimos hacia ella... La verdad es que el santo, se adueña de Dios. No sé si pueden comprender lo que quiero decir; esto es, no lo busca, no lo piensa, no se purifica para alcanzarlo. ¡Ay, ni siquiera podemos decir que lo Ama! Se halla tan poseído por Dios que de modo misterioso e ininteligible para nosotros, meros andariegos del camino espiritual, lo que sucede realmente es algo inverso: se halla tan poseído por Dios –como digo– que Dios termina siendo, a su vez, posesión suya. Mueren los “tú” y “yo”, cesa el dualismo y se pasa a la dimensión de la Verdad Brillante. Su luz no es para nuestros ojos, porque de enfrentarnos a ella acabaríamos ciegos, que todo en esta vida tiene su medida y tiene su tiempo.
Este santo del que os hablo se llamaba Kumar, y había nacido de padres ilustres. La noche de su nacimiento, siete estrellas parecieron desprenderse de su altísima morada para adornar la cuna del pequeño con sus rayos de luz. Hubo conmoción en toda la naturaleza. Temblaron las impenetrables raíces de las montañas y los árboles, en pleno invierno, se cubrieron de dorados frutos. Los campesinos de la aldea donde naciera Kumar juraban una y otra vez que escucharon hablar a los vientos, hablar a los vientos con las aguas del mar, y hablar al mar con sus hijas la olas, y a los pájaros en los pinares. ¿Fantasía?, ¿imaginación? La aldea donde naciera Kumar era extremadamente pobre, pero, el mismo día de su nacimiento, se encontró en ella un tesoro real. La riqueza, pues, cubrió a todos con su manto dorado, y desde las cumbres del Espíritu, hasta los cuerpos manifiestos, se llenaron de regocijo y contentamiento.
A los diez años, y ya pasada su primera infancia plena de milagros, Kumar era un niño encendido de sabiduría como un fuego de luz. Jamás se apartó de lo que él llamaba “mi casa”, esto es, el Templo del Ashram. En Él vivía, dormía, comía, y siempre hablaba con alguien a quien nadie veía. A veces, se reía a carcajadas, y otras lloraba amargamente, razón por la cual, pensaban algunos, que se había convertido en un loco, mientras otros guardaban silencio, recordando los extraños acontecimientos que habían tenido lugar cuando naciera. Kumar nunca se casó, y para no hacerlo, la simpática renunciación, esa dama que tanto atrae a los inocentes aspirantes del Sendero no se encontraba en él. Seguramente estaba de visitas en la celda de algún anacoreta, que luchaba todavía con el gigante llamado “Falta de Determinación”, el que a su vez es hijo de un ilustre cojo: el Amor Imperfecto. En fin, que en esa afortunada aldea, donde el oro parecía inacabable, y los bienes materiales infinitos, el único que vestía túnica humilde, era Kumar, no porque la buscara, sino porque estaba tan lejos de su apariencia personal, que ni recordaba que poseía una. Toda su vida era dialogar con Alguien dentro del Templo, cantar a ese Alguien dentro del Templo, vivir, en fin, para ese Alguien. Cierta vez, según cuentan, en que Kumar se alejó unos metros de su amado santuario, persiguiendo a un cervatillo para alimentarlo, escucharon todos, dentro del recinto, quejidos y llantos, como proferidos por una persona, al sentirse abandonada por un ser inmensamente querido. Tal vez, éste haya sido el único pecado de Kumar, y la única vez que se separó de su amado Templo, porque al escuchar el llanto de Alguien, regresó a su alegre confinamiento, y nunca más se apartó de él. Llegado a los sesenta años de su vestidura física, los habitantes del Ashram dejaron de escuchar la voz de Kumar. Se acercaron entonces, ingresando al recinto, y allí presenciaron algo absolutamente increíble. Un cortejo de seres luminosos, arrodillados ante el cuerpo de Kumar que yacía a los pies de su Dios Narayana dialogaban apasionadamente:
“Como Rey del Cielo”, dijo el más hermoso de todos ellos, “me opongo terminantemente a que este sea su último nacimiento. Creo que le será necesaria a esta alma una vida más... o tal vez dos o tres. Porque si bien es cierto que abandonó su vida a los pies del Señor, es cierto también que descuidó de manera imperdonable acercarse fraternalmente a sus semejantes. Descuidó el amor por los más pequeños, y es algo que deberá aprender renaciendo”.
“¡No!”, dijo otro de los Luminosos, que extrañamente poseía el rostro de un simio (se trataba de Hanuman, el Dios de la Devoción). “Me opongo terminantemente a que este ser perfecto regrese nuevamente a un cuerpo”. Y como los Luminosos no lograban ponerse de acuerdo, tomó la palabra el Dios Yama, Señor de la Arcana sabiduría, y dijo:
“Todavía le quedan unos minutos de vida. Hemos de decirle que el Rey de los Cielos, Indra, cree necesario su regreso a la vida manifiesta. Eso sí, le daremos la libertad de elegir el día que a él le plazca para tomar nuevamente forma humana”.
Interrogado Kumar sobre el particular, éste, sonriendo, dijo:
“¿Me dais vuestra palabra de honor de que yo renaceré el día que os pida?”
“Sí”, dijeron a coro. “El Rey Indra, aquí presente, y toda su corte de ministros celestiales, te prometemos que así será. Dinos en qué fecha quieres regresar a la Tierra, y ese será tu día de nacimiento”.
“Entonces”, dijo Kumar, “debéis hacerme nacer el treinta y dos de Diciembre. Escuchadme bien lo que os digo. El treinta y dos de Diciembre no es el primero de Enero. Yo quiero nacer en la fecha que os digo”.
“¡Pero eso es imposible!” –exclamó el Rey Indra–, “porque no existe en el calendario esa fecha que tú has elegido como día de tu futuro nacimiento”.
“Pues nazco el treinta y dos de Diciembre porque vosotros me habéis dado vuestra palabra, y ese es el día que yo quiero tomar un nuevo cuerpo”.
Se alejaron entonces los Perfectos del Cielo para discutir el asunto. De todo se habló, y cada quien expuso sus razones y soluciones a la diatriba que se les había presentado, pero no hallaban solución al problema. Fue entonces que el sagrado lugar se cubrió de una luz diferente a la de esos extraños y maravillosos seres que ya de por sí poseían el sutil encanto que irradia la perfección. Alguien ingresó al Templo, y todos cayeron a sus pies.
“¡Narayana! ¡Narayana!”, exclamaron, abrazando al recién llegado, que era Mahavishnu, Señor del Universo.
“Hijos míos, tú, Indra, Rey de los Cielos y tu corte de ministros. Nunca podrán hallar solución al problema que se os presenta, porque es tan perfecta el alma de esta criatura, que hoy parte en su viaje hacia Mi corazón, que ni vosotros poseéis la suficiente claridad como para daros cuenta del por qué el santo Kumar ha pedido nacer el treinta y dos de Diciembre. Un Realizado sabe que esa fecha no existe. Por lo tanto, lo que Kumar desea, y he venido a concedérselo, es nacer para la Eternidad. El treinta y uno de Diciembre, Mi servidor, el Tiempo, se deshace de una de sus vestiduras, para cubrir su cuerpo con un manto nuevo, el repetido manto de otro año. No interesa cómo dividamos los meses o milenios en el cuerpo de los Soles, o aquí, sobre la Tierra. Lo cierto es que el treinta y dos de Diciembre es el día en que se abren las puertas de Mi alma para que un Hijo Mío regrese a Ella.
Y Kumar sonriendo, y emocionados los Devas (2), y mudos de asombro los habitantes del Ashram, vieron cómo se producía el milagro del único abrazo que buscan las criaturas en tantos miles y miles de abrazos que se prodigan los unos a los otros: el abrazo único de la Re-Unión del espíritu del hombre con Su Gran Adorado.
1- Los Ashrams son los lugares donde los Maestros conviven con sus discípulos, brindándoles sus enseñanzas y guiándolos con amor por la Senda que conduce hacia la Unión con Dios.
2- Los Dioses o Seres Luminosos plenos de Amor que habitan los mundos celestiales.
“¡Por nada del mundo ingresaré a la Tierra!”, dijo la semilla de pino. “¡Abomino la oscuridad, y ni qué decir, el lodo! ¿Se imaginan?, yo, la hija de un árbol hermoso, permitir que me aprisionen esos toscos y oscuros terrones”.
Pidió entonces, a la brisa, su amiga, que la impulsara un poquito y la escondiera junto a unas piedras.
“Aquí estaré a salvo”, se dijo, y quedó dormida bajo el sol, y luego bajo otro sol, y otro y otro más.
Así pasaron muchos años. Cuando despertó de su largo sueño estaba en medio de un bosque.
“Hola”, le dijeron sus hermanas. “¿No nos reconoces? Ahora somos grandes árboles, pero cuando nacimos, éramos pequeñas semillas como tú, y estuvimos a tu lado en el muelle regazo de una piña”.
La diminuta semilla no atinó a decir nada.
“¡Qué torpe he sido!”, pensó. “Por no haber seguido el camino que me era propio en la vida, no tengo ahora ni ramas ni verdes hojas ni pájaros que canten en mi follaje. El viento no me acuna, la luna no me acaricia, ni conozco el beso sutil de las doradas estrellas. No he podido realizarme y así, moriré siendo tan sólo una semilla a la que el egoísmo no le permitió desarrollarse en una existencia generosa y plena”.
Hermano querido, este es un cuento muy simple, pero lo cierto es que cualquiera de nosotros puede tener una existencia similar a la de esa desdichada semilla. Cuando cerramos el corazón para dar, cuando todo nuestro ser se deja hipnotizar por la mirada artera del cuervo del egoísmo, cuando nos amamos sin poder amar... ¡ay! estamos alejando de nosotros la alegría que florece en los Jardines Interiores de la bendita criatura que se entrega a cumplir la Voluntad del Señor.
“¡Ay, quién fuera como tú!”, dijo la llama de la lámpara, al sol maravilloso del atardecer.
“Eres como yo”, le dijo éste sonriendo..., “realmente eres como yo...”
Al llegar la noche, todo el espacio se pobló de sombras. Éstas, sin embargo, no pudieron ingresar en la casa donde ardía la llama.
“Soy como Tú... realmente soy como Tú”, dijo entonces la llama; y se abrió como una mágica flor de pétalos de fuego, iluminando generosamente la morada...
“De todos mis oficios”, dijo Dios conversando con su Hija Armonía..., “de todos mis oficios, el que ejerzo con mayor unción es el de poeta”.
“¡Ah! ¿te imaginas? ¡Qué gloria infinita es esta de crear alas para los ángeles, y perfumar con mi aliento los cuerpecillos núbiles de jazmineros y madreselvas!”
“...por cierto que de todos los poemas, el más amado por Mí se halla escrito en el corazón de Mis hijos, los Santos”.
“¿Qué poema es ese?”, dijo entonces su Hija, Armonía Celeste.
“Es el poema que comienza con la oración que dice... ‘Padre Nuestro que estás en los Cielos...’, porque toda oración es, en verdad, poesía escrita por el corazón...”
“¿Y por qué crees que de todas las poesías, ella es la más excelente?”, preguntó con humildad, su Hija Armonía. Y Dios le respondió:
“Podré ser el dueño del Tiempo, Señor absoluto de la Sabiduría, Creador del universo. Sin embargo, ese poema del que te hablo, es la nave en la cual viajan las almas, para llegar hasta Mí, y nada puede ser más conmovedor para un Padre que aguardar el regreso de Sus Hijos, y recibirlos en sus brazos luego, con el corazón pletórico de Amor.
“Yo todo lo sé”, dijo la Mente al Corazón, y agregó: “en cambio, tú, eres analfabeto. ¿Has estudiado ciencias?, ¿entiendes de filosofías? Sólo una cosa sabes, y esto es, latir y latir en tu casa roja, ajeno a todo pensamiento, iletrado, sin erudición alguna”.
Mente continuó descansando en los cojines de su ego, allá arriba, muy alto, en su castillo de ideas, mientras pleno de amor inegoista, Corazón bombeaba y bombeaba con suma atención y cuidado, la sangre necesaria para que ella pudiera continuar hilando sus encajes de humo y nadidades, en la rueca del intelecto.
“Qué extraño”, dijo el Viento del Norte, que era muy curioso, y acostumbraba a estar en todas partes.
“¿Extraño qué?”, preguntó un ruiseñor amigo suyo, que lo acompañaba en sus viajes, siempre que podía.
“Mira”, le dijo señalando una casa, “en ese lugar se detuvieron todos los relojes”.
“Realmente es asombroso”, contestó el ruiseñor. Y volando con su amigo, penetró por uno de los ventanales. Efectivamente, todos se habían detenido.
Uno estaba sobre la mesa de luz, otro que era un reloj de pie a la derecha de la sala, y por último un reloj de pared en la alcoba siguiente; pero ninguno funcionaba.
Vieron entonces cómo del carillón emergía una figura vestida de rojo. Primero parecía muy pequeña, pero a medida que se alejaba del reloj se hacía más y más grande. Cuando salió de la casa y llegó a los jardines, su figura se tornó realmente gigantesca.
“¿Quién eres?”, le dijo el Viento del Norte, poniéndose de puntillas para alcanzar la cabeza del gigante.
“Soy el Tiempo y me voy. Aquí no tengo nada que hacer”.
“¿Qué ha pasado?”, quiso saber el ruiseñor.
“Observen. Allá, en el ático de la casa... ¡Véanlo por ustedes mismos!”
“Pero... ¿qué pasa?”, balbuceó el Viento del Norte.
“Hay un santo que medita”, dijo el gigante. “Un hombre santo en meditación es el único que detiene la rueca de mis hijas, las Horas, el único capaz de vencerlas. De la mano de la devoción estos sagrados seres conquistan el Reino de la Eternidad, de modo que yo no tengo nada que hacer aquí. Mi existencia en la mansión de la vida persigue un solo fin: el aprendizaje. Estrellas, galaxias, hombres y gusanillos, aprenden tomados de mi mano la lección más difícil de todas: el logro de la purificación del corazón a fin de tornarlo apto para que en él florezca la devoción a Nuestro Señor. Sólo los santos consiguen hacer suyo este Bien Supremo, y cuando esto acontece, yo guardo mis horas, años y siglos, y me voy, dejándole el lugar, como ya dijera, a mi Sagrada Madre y Maestra: Eternidad”.
Antes de alejarse definitivamente, confesó emocionado:
“Cuando la meditación de un hombre santo logra detener mis relojes, que son las casas donde yo me manifiesto, cuando esto pasa, todo el universo se halla de fiesta. Hasta en el corazón de la estrella más lejana, se produce una emotiva conmoción a causa de este evento. Todo el mundo se llena de gloria. ¡Aleluya! ¡Svaha! ¡Gloria a Dios!, dice la vida emocionada, ¡mirad, un bendito despierto ha tomado el camino del regreso, y ya nunca volverá a nacer, se ha liberado de mí, del Tiempo, el Señor de la muerte y la tragedia, de los placeres efímeros, se ha liberado de este padre de las mil nadidades que soy yo. Todo en mi reino es perescible y son sólo estos sagrados despiertos los que logran abrir la puerta de mi morada”.
Se fue el Tiempo y se perdió en la lejanía. Viento Norte y Ruiseñor se postraron solemnemente ante esa casa bendita y a ambos les pareció que una paz infinita les envolvía acariciadoramente el corazón.
“Pobre desdichado”, le dijo la pulsera de oro a un anillo también de ese metal. “Mientras yo me luzco cubierta de rubíes y diamantes en los brazos de una bailarina, tú habitas en el dedo de una pobre anciana de la cual eres su único tesoro”.
Con el paso del tiempo, envejeció la danzarina, conoció la miseria, la indiferencia y tuvo que vender sus joyas. También el anillo de la anciana fue vendido, y ambos, anillo y pulsera, se reencontraron en el crisol del orífice.
“¿Haz entendido la lección?”, le dijo el anillo a la pulsera, poco antes de perder su forma, “ahora tú y yo somos una sola cosa: oro. ¡Cuán equivocadamente juzgamos la realidad al ir por la vida de la mano del orgullo!”
Así como es oro el oro de un lingote, el de un prendedor o el de una moneda, así también todas las almas humanas, allende las características que las recubren, son una, en el crisol inefable del corazón de Nuestro Señor.
“Canta como yo”, le dijo el ruiseñor, en tono burlón, al agua del arroyo.
“Y tú, calma la sed de los viajeros como yo”, dijo el agua.
Enmudeció el ruiseñor y se alejó profundamente avergonzado.
Al amanecer del día siguiente, el universo se había liberado de un poco de orgullo valiéndose del ruiseñor, y el magisterio celeste se había elevado un poco más, valiéndose del alma pura de la hermana agua.
¿Te has dado cuenta que el corazón no ve? Haz un ejercicio conmigo: cierra los ojos. ¿Puedes permanecer con la mente vacía?, ¿no es cierto que no?, ¿no es cierto que pasan por tu espejo mental, las imágenes que viste, cuando permanecías con los ojos abiertos? Observa: desfilan miles de formas, y todas ellas intrascendentes. ¿Has tomado conciencia de lo que la mente ve?, ¿y has tomado conciencia que tu corazón no lo hace? ¿Es entonces ciego tu corazón? Voy a contarte un secreto: tu corazón puede ver, pero las formas en su reino son formas hechas de sentimientos. Él ve a través de lo que siente. Si permites que ingresen en él la cólera, la envidia, el rencor o los celos, todo tu ser se hallará maculado, pues de la misma manera que a él le corresponde bombear la sangre que alimenta la totalidad de tu cuerpo físico, así también es trabajo suyo, llevar los sentimientos que en él depositas hasta los lugares más recónditos de tu ser. Permite que se posen entonces en su roja superficie las blancas palomas de la concordia, de la sagrada compasión, del amor divino y verás partir desde su centro hacia todos los rincones de tu cuerpo y tu alma, las fragancias celestiales que adornan la más elevada espiritualidad. El ojo de tu mente ve imágenes. El ojo de tu corazón “ve” sentimientos. Deja entonces que él vea, dentro de su reino, los sentimientos que te edifican y elevan. Templanza, fortaleza, sabiduría, todos ellos son dignos de alabanza, pero de todos, recuerda que lo que llena de claridad a la divina pupila de tu corazón es el Amor a Dios inmaculado.
“Mira”, le dijo el Amor al rencor niño que acababa de nacer, “tus alas son oscuras, y vuelan siempre bajo, a tal punto que por culpa de ellas, de continuo tropiezas y te hieres con cuanta piedra encuentras. ¿Por qué no te aferras a mí? Aférrate a mi luz, y asciende conmigo hasta las cumbres del perdón, del olvido de las ofensas, y la celeste compasión. Encontrarás allí armonía y felicidad suprema”.
...y como se trataba de un rencor niño, recién nacido de su madre orgullo y su padre egoísmo, siguió los consejos del Amor y al ascender, halló que su vida como rencor era ilusión, halló que su destino inexorable era hacerse uno con Amor. Entonces toda su angustia, su dolor y tristezas, quedaron por un instante suspendidos en el espacio, hasta que por fin, se desvanecieron en el aire...
...Y así como hay semillas de girasoles, semillas de lino, etc., hay también, en un remoto lugar del universo, un campo donde se cultivan semillas de caminos sutiles...
Su padre es el Ángel de la Búsqueda, pues toda criatura humana cuando elige un camino para andar, va en pos de algo. Algo necesita, algo le falta, algo desea. Por eso, de acuerdo a nuestro querer, es el rostro del camino que andamos. Los caminos, como las personas, tienen el rostro que le es propio, según su naturaleza. Es así que hablamos de “camino espiritual”, “camino a la gloria”, “camino de muerte”, “feo camino”, “hermoso camino”. En realidad, no recorremos caminos: nos recorremos a nosotros mismos, porque caminando, esperamos acercarnos a la unión con nuestro Ser en cada paso que damos.
Y así como nosotros, al hallar la perfección, permanecemos silenciosos y estáticos, reinando plenos de conciencia en la morada del corazón, así también, según nos cuentan los sabios, la infinita variedad de caminos se detiene en el corazón de su Padre, el Ángel de la Búsqueda.
Por todos los senderos de esta Tierra, buscamos al Ser, y una vez que lo hallamos, ¿para qué el movimiento?, esto es, ¿para qué el camino?
Cuando el hombre interiormente realizado halla la Paz, entonces, en aquel lejano lugar del universo donde nacen los caminos, hay semillas de los mismos, que para ese bendito despierto ya no podrán germinar más. Quien halla su centro, ya no se mueve. Reina sobre sí mismo por eternidades porque ha aprendido a permanecer estático y arrobado ante el Supremo Encuentro.
“¡Ay cállate por favor! ¡No quiero escuchar tu voz!”, dijo la flauta al Viento del Sur que pasaba junto a la ventana donde ella vanidosamente descansaba sobre los cojines de su orgullo.
Suspiró el Viento del Sur y abandonó junto a la caña de madera su dádiva cotidiana, un soplo de brisa sutil y delicada.
“¡Qué tristeza Señor, qué tristeza, si mi pequeña hermanita musical se quedara un día sin la gracia del aire que la hace cantar para bien de toda la gente de la aldea!”, se dijo el Viento Sur. Y continuó su viaje arropado en su manta de nevisca.
Hermano mío, no seas como la flauta, y pon mucha atención. Tal vez la música de tu alma brote porque alguien que sólo recibe tu ironía, la hizo posible.
Se lamentaba entristecido el ruiseñor ante el hermoso ciruelo del jardín.
“¡Qué desdicha más grande la mía! Canto y canto durante todo el día, y eso es cuanto sé hacer. En cambio, ¡mírate! ¡Tus ramas se encuentran pletóricas de dulcísimos frutos y a todos das de comer con ellos!”
“Pero... ¿cómo?, ¿acaso no te has dado cuenta?”, respondió el ciruelo. “Tus gorjeos constantes durante tantos amaneceres se convirtieron, por divina alquimia, en las mieles que habitan las rojizas pulpas de mis hijos, los frutos. Cuando los hombres beben su líquido sagrado, amigo ruiseñor, están bebiendo también de modo mágico –y bendiciéndote por ello– el celestial encanto de tu música. Nota a nota, tú los acunaste al cantar entre mis ramas, otorgando dulzura a sus pequeños cuerpos. En realidad, tú fuiste el padre de sus mieles. Hay pues, algo tuyo en la esencia de mis frutos, como hay también algo mío en tu canto, y ello es, la infinita alegría de Dar...
“Vamos a cantar”, le dijo el mar a la brisa.
“Soy débil, y también es débil mi voz, que, comparada con la tuya, es apenas un murmullo”.
...pero el mar caprichoso, se negó a escucharla, y la llevó a las profundidades de su reino, poniéndola a vivir en una cueva de corales y piedras preciosas.
Es claro que el llanto sutil y perenne de la brisa, maculó para siempre la voz del océano y ahora, cuando él ruge, lleva en su voz el gemido de la desdichada. Mientras siga siendo océano, ese gemido ha de escucharse siempre...
Es asombroso cómo la tinta roja con la cual escribimos en el libro de la vida los capítulos de nuestras malas acciones, suele macularnos por eternidades, a hombres, océanos y ángeles.
¡Controla tus ambiciones, hermano hombre, no las lleves a morar en las cuevas de tu egoísmo! Cuando humanos y océanos aprendamos a vivir de acuerdo a nuestra naturaleza, sin hurtar ni desear la posesión de aquello que no nos es otorgado por el Gran Sabio, entonces, y no antes, el ángel de la belleza divina, habitará para siempre en el reino de nuestras almas.
“¿Qué tengo que hacer yo para ser santo?”, preguntó el joven Kumar a su Maestro Tulsideva.
“¿Debo ser bueno?”
“Debes ser bueno, sí, pero ello no es todo”, respondió Tulsideva.
“¿Debo ser puro?”
“Sí, pero tampoco ello lo es todo...”
“Tal vez lo que necesite es hacer una peregrinación a los lugares sagrados, alimentarme de frutos solamente y vivir para la oración”.
El Maestro permaneció callado. Como llegaba la noche, prendió la lámpara de su cuarto, y una mariposa, atraída por su luz, se fundió con ella.
Tulsideva, al contemplar este hecho, dijo entonces a su discípulo:
“Kumar, esa mariposa no ha leído como tú, grandes tratados de metafísica, ni ha buscado un Maestro a quien preguntarle cómo hacer para fundirse con su amado fuego. Tú también, como la mariposa, cuando tengas el corazón pletórico de Amor por Dios, te fundirás en la llama de su Amor para ser Uno con Él, quemando de ese modo los trajes de tu ego y sus inacabables preguntas, dudas y filosofemas. Interrogamos cuando todavía no sabemos andar el camino. Cuando ya lo conocemos se duermen nuestras elucubraciones. Así también, cuando el Amor a Dios despierta en nuestros corazones, nos dedicamos simplemente a amarlo y esa es, querido Kumar, la más pura Santidad”.
Cavilaba nuestro Divino Señor, suspirando al observar su gigantesco universo.
“He hecho galaxias, he creado estrellas y planetas. He desplegado en su totalidad y ante los ojos de mis hijos, los hombres, al Bien, la Verdad y la Belleza. Les he dado inteligencia, les he otorgado sensibilidad, y sin embargo, cuán difícil les resulta a todos ellos, el regresar a Mí. Suelen acusarme de permanecer en silencio, inconscientes de que mi voz se halla infundida en las plurifacéticas voces de mi universo. Me dicen también que soy invisible, y sin embargo, a todos los observo asomado en las pupilas de mis hijos, sus hermanos. Estoy presente, pero no me ven en nada, y así el camino del retorno se les vuelve más y más difícil”.
