Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La India, país de la mística por excelencia, es también maravilloso crisol de cuentos religiosos, de historias y de narraciones fantásticas. No solamente nos ha legado el tesoro inapreciable de sus Libros Sagrados, sino también el de sus hermosos cuentos. Los Gurus enseñan a sus discípulos las artes del espíritu a través de narraciones. No solamente reciben aquellos la doctrina pura y metafísica, sin ningún lazo de unión con lo literario, sino que además, cuando la enseñanza de los grandes Sastras finaliza, se agregan los cuentos para que estos fijen más aun, en las almas de sus discípulos, la sabiduría impartida. Satsanga significa "buena compañía". Dicen en India que un hombre puede perderse —o reencontrarse espiritualmente— de acuerdo a cuál sea la compañía con la que cuenta en su paso por el mundo. Si la misma es baja, el hombre se verá empequeñecido. Si, por el contrario, es noble y pura, ese hombre resplandecerá en bienes espirituales. Quiera el Señor que este libro sea la "buena compañía" de aquellos que anhelan llevar una vida dedicada al cultivo del espíritu y el acercamiento a Dios.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
OM SRI GANESHAIA NAMAHA
Reverencia a Sri Ganesha
Deva de la Sabiduría Espiritual
en la Religión de la India y
Guía de los devotos de Dios
¡Hablar de Ti no es Amarte
pensar en Ti no es quererte
ni siquiera es el rezarte
el camino para Verte!
Ni tampoco es admirarte
la manera de tenerte
la clave está en el negarte
donde es imposible verte.
Y no se te puede ver
Señor, en lo temporal
en lo vano y terrenal
en el pobre parecer.
Así, el que anhela tener
de Ti celestial visión
de la mano de la Fe
que te halle en su corazón.
Ada Albrecht
Ada Albrecht
2013
EDITORIAL HASTINAPURA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
Satsanga: Cuentos de la India
Ada Albrecht
Ediciones: 1983, 2001, 2013
Imagen de la portada: Los Dioses Brahmâ, Vishnu y Shiva, conocidos como la Trimurti o las tres Formas de Dios.
Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.
El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.
Albrecht, Ada
Satsanga : cuentos de la India / Ada Albrecht. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4038-92-0
1. Cuentos. I. Título.
CDD
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
© by Editorial Hastinapura
Riobamba 1018 (C1116ABF)
Ciudad de Buenos Aires, República Argentina
Tel. (0054-1) 4811-9342
E-mail: [email protected]
Internet: www.hastinapuralibros.com
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
A manera de prólogo
1. Historia de Ganesha: Dios de la Sabiduría
2. Historia de Shiva: Dios de la piedad
3. Historia de Sati: esposa de Shiva
4. El encuentro de Shiva y la Diosa Uma
5. Historia de Krishna Avatara
6. El Divino Pastor y Sus amigos del bosque
7. La batalla de Krishna y la serpiente Kaliya
8. Krishna vence al Rey Kamsa
9. El rey, el águila y la paloma
10. Historial del Rey Harischandra
11. Historia de Bharata, el Rey
12. Una libra de harina
13. Yayati, el emperador mundano
14. Historia del brahmín Utanga y Vasudeva
15. La fuente encantada
16. Shiva, Arjuna y el arma Pasupata
17. La devota de la Diosa Uma
Glosario
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Ada Albrecht, Fundadora de Hastinapura, en la Sede Central de Hastinapura, en Buenos Aires, República Argentina
La India, país de la mística por excelencia, es también maravilloso crisol de cuentos religiosos, de historias, de narraciones fantásticas. No solamente nos ha legado el tesoro inapreciable de sus Vedas, Mahâbhârata, Upanishads, Puranas, sino el de sus cuentos que, desgraciadamente, no son conocidos en la medida que ellos se merecen en las tierras de Occidente.
Los Gurus enseñan a sus discípulos las artes del espíritu a través de sus narraciones. No solamente reciben aquéllos la doctrina pura, metafísica, sin ningún lazo de unión con lo literario, sino que además, cuando la enseñanza de los grandes Sastras finaliza se agregan los cuentos para que éstos fijen más aun, en las almas de sus chelas, la doctrina impartida.
Al deambular por las selvas y santuarios de los Himalayas, suelen hacer un alto, a un costado de la Madre Ganga-Ji para dar lugar a sus fantásticas narraciones. Inútil intentar describir con cuánto interés son seguidos. El paisaje milenario cobra nuevo color a los ojos de los discípulos; éstos creen ver realmente pasar como otrora, el carro de Arjuna y su divino auriga, porque, allí mismo, a distancia muy breve de donde nos hallamos sentados, entre las piedras, fue donde Draupadi... o bien Bhimasena... o el mismo Dios Indra... Uno se da cuenta entonces que se halla en tierra sagrada: está en los Himalayas. Allí se guarecieron los cinco príncipes Pandavas, durante años sin cuento, perseguidos por los Kuravas, allá fue donde Gatotkacha, el hijo de Bhima... o el Rey de Kasi, o el mismo Dios Shiva...
Las narraciones son entonces historias, y ellas, realidades. El Alma corta las cadenas del tiempo, y el ayer está ahora presente. Arjuna puede sorprendernos en cualquier recodo del camino, Vashista puede hallarse en meditación en cualquier ermita, y el mismo Sankara, quizás nos sorprende con sus enseñanzas, en ese minuto de la vida nuestra que tal vez se una con la fe más sublime.
Difícilmente llegue a saber si, en mi estadía en los Himalayas, aprendí la doctrina milenaria de sus sabios a través de sus Sastras, o de sus cuentos. Ambos iban unidos. Hablar del Dharma, era hablar de las mil y una aventuras de Yudhistira, hablar del Karma, quedarse sobre la trama del Ramayana y repetir mil veces las historias del Dios Rama, o Hanuman, o Sita... En fin, era dar color a la enseñanza fría y austera, que recibía uno en los ashrams.
Pero eso no es todo: junto a los innumerables cuentos del Mahâbhârata y del Ramayana, hay centenares de miles de narraciones sobre santos, guerreros, príncipes, brahmines, devotos, en fin, un enjambre fantástico de “había una vez” para adultos, que se desgranan como jazmines de una cósmica guirnalda literaria, sobre el alma de aquél que las escucha.
En apretada síntesis, he recogido de mi memoria estas narraciones desprendidas del Mahâbhârata, otras de libros religiosos, o bien de narradores anónimos.
El lenguaje y la forma en que fueron escritos han sido buscados ex profeso: del modo más simple posible. Son narraciones que los padres podrían leer a sus hijos, a la vez que los adultos podrían extraer de ellas algunas enseñanzas.
Ni por un instante se pensó en el simbolismo que encierra cada uno de ellos. La Historia del Rey Bharata, por ejemplo, convertido en gacela, daría para escribir todo un tratado de ontología o metafísica pero, contándolo así, como si fuera parte de viejas historias, se buscó otro camino: no dar que pensar a la mente, sino por el contrario, hacerla descansar. Sin pensamiento, dicen en el Oriente, suele abrirse más rápidamente el loto del corazón... y este “loto del corazón” es un raro sentimiento de amor, una especie de inclinación hacia lo divino, que saca al hombre del mundo de las formas y las especulaciones y lo lleva a un paraje desconocido para él: el de la devoción. Cosa extraña, quienes lo alcanzan dicen que reencuentran al pensamiento antes abandonado, pero esta vez, no ya revestido de opinión, sino de verdad.
Satsanga significa “buena compañía”. Dicen en India que un hombre puede perderse —o reencontrarse espiritualmente— de acuerdo a cuál sea la compañía con la que cuenta en su paso por el mundo. Si la misma es de baja calidad, el hombre se verá empequeñecido, y a esto, llaman sangadosha. Sí, por el contrario, es noble y pura, ese hombre resplandecerá en bienes espirituales, y será cada vez mejor.
Ada Albrecht
A la puerta de su choza se hallaba sentado un sannyâsin (1), de larga barba blanca.
—¿Quieres conocer la historia de Ganesha, el Dios de la Sabiduría? —pregunta a un joven brahmachâry (2) moreno detenido a su lado. Éste no contesta, pero se acomoda a sus pies y escucha.
Entonces, el sannyâsin comienza:
Las miríadas de estrellas del cielo apenas si alcanzarían, como el más débil candil, para iluminar la figura de nuestro Dios que, como te decía, es el padre de la Sabiduría y del Amor Puro y también el Señor de los Resplandores.
¿Te das cuenta, brahmachâry? Él ha enseñado al lirio a florecer, al agua a cantar, al fuego a alumbrar. Ha hilado la vestidura del Día en su propia Divina Rueca, y también la hierática vestidura de la noche. Él ha dispuesto también que todos los caminos de este mundo tengan piedras y flores. Porque si sólo de flores estuvieran conformados los caminos, nadie trascendería al Camino. Fue necesario alternarlas, para que el hombre busque aquello que está más allá de ambas. Con la flor, el Dios Ganesha los incita a perseguir la belleza eterna, pero esa flor que los mueve a la gran Búsqueda, que sirve de acicate, debe ser efímera, pues ésta es la Casa de Mâyâ, la Gran Ilusión. La piedra cumple su papel, haciendo que el Hombre anhele el fin de esa senda, para no encontrarlas más a su paso. Alegrías y pesares, placeres y dolores: ¡he allí la divina mezcla, he allí el mágico filtro que convierte a enanos en gigantes, a peregrinos vagabundos en reyes de sí mismos!
Disgusta al hombre sabio la felicidad de este mundo, porque sabe que inexorablemente será seguida por el dolor. Este tampoco lo turba en demasía, pues no ignora que aquélla lo ha de seguir. Y así, viendo este juego de luces y de sombras en todas las cosas, aprende a diferenciarse de ellas, bajo la guía de nuestro Señor Divinísimo.
¡Benditas sean las tumbas y las cunas, benditos el bien y el mal, la sonrisa y el llanto! ¿No te das cuenta lo que persiguen? ¿No ves lo que buscan con sus alocados vaivenes, con sus flirteos con el hombre? Buscan cansarlo, ¡oh discípulo!
“¡Salid de nosotros!”, gritan a los oídos del Alma. “¡Buscad lo Consistente, enamoraos de la Perennidad que no podemos ofreceros!”
Con sus danzas carnavalescas, con sus innumerables máscaras, con sus vestiduras de ángeles y demonios, buscan humillarlo. El Hombre es un Rey, y nada hay peor para un Rey que verse humillado. Tan pronto coge en la cesta de su tiempo el fruto de la felicidad, tan pronto la mano del dolor se lo arrebata. No ha terminado de llorar su última lágrima, cuando una nueva alegría ya amanece. Nunca está seguro, siempre vive incierto. Su esencia, que es la Eternidad, no se aviene con estas pendulaciones, y así termina maldiciendo la vida, maldiciendo la muerte, maldiciéndose a sí mismo, abrazado a un cósmico cansancio de ser juguete de las circunstancias.
¡Reíd, reíd! Deteneos. Ahora, ¡llorad, llorad! Deteneos otra vez. Ahora seréis Amos. ¿Os gusta vuestro papel? Entonces ahora, pasaréis a ser esclavos y mendigos.
Nuestro Dios Maravilloso espera con todo esto hacer comprender cuál es el verdadero Camino. Pocos lo comprenden. Lo comprenden sólo aquéllos que tienen despierto al Rey en sus corazones, pues los Reyes no nacieron para participar de estas danzas alocadas. Los Reyes son estáticos. El verdadero Rey no gusta del movimiento. Además, tan sólo los Reyes saben lo que significa haber perdido un Reino. Tal vez, esa sea la causa por la cual sólo ellos están dispuestos a abandonarlo todo por volver a conquistarlo.
Sus ojos saben diferenciar muy bien la corte del mercado. En los mercados, a veces se venden tronos para Reyes, pero el verdadero Rey, no se aviene a su compra. Los tronos legítimos son de otra naturaleza, y sólo cuando se es Rey puede entenderse en qué se diferencian.
Los falsos Reyes van detrás de los tronos de perlas y rubíes, poseen cortejos de bayaderas, príncipes genuflexos e hipócritas que los alaban en todo momento, y habitan en grandes palacios de mármoles lujosamente trabajados.
También hay falsos Reyes que se coronan a sí mismos llamándose humildes, visten de andrajos, comen en cuencos raídos, y duermen sobre jergones nauseabundos, en chozas de paja y lodo. Cualquier cosa serían capaces de hacer estos hipócritas por conservar sus máscaras de soberanos. Mas los reyes apegados a la riqueza, y estos otros, fascinados por la miseria, han comprado su reino en la casa del tiempo, y éste inexorablemente los destruirá entre sus poderosas mandíbulas. Los primeros tienen al orgullo material por amo. Los segundos, al orgullo espiritual. Ambos son orgullo, y senda es que lleva hacia la tierra, no hacia la Liberación Celeste.
Por eso te digo que despertar al verdadero Rey en el corazón es el último tramo del Camino, pues es despertar a la indiferencia por todo cuanto se halla manifestado. A esto nos lleva el Dios Ganesha. Él sabe que, en días por venir, todos los monarcas falsos de la tierra, a solas, se preguntarán:
“Pero... ¿a qué estamos jugando? ¿Qué es todo esto que nos rodea, qué es ese afán nuestro de gloria y honor? ¿No pasan glorias y honores? ¿Qué habrá detrás de esos telones suyos?…”
Tímidamente al principio, con ansiedad después, tomarán el Camino de la Gran Búsqueda... Entonces, Ganesha sonreirá esplendorosamente, y abrirá sus brazos para que en ellos se refugien aquellos que decidieron ser auténticos Reyes de sí mismos.
El viejo sannyâsin hizo una pausa, y luego dijo a su discípulo:
¿Te hablé de las innumerables formas de este Dios? En Egipto los Hombres le dieron figura de perro, y así lo llamaron Anubis, el Gran Salvador de las Almas que cruzan el océano de la vida y la muerte. Él, decían ellos, conducía a la Humanidad hasta su verdadera Patria espiritual. Fue el gloriosísimo Apolo en Grecia, y también fue Minerva. Aquí, en India, lo adoramos bajo la figura del Dios Elefante... Al respecto existe una larga historia que voy a narrártela como pueda. El misterio de los Dioses queda siempre allende las palabras, y sólo logra captarlo el corazón que no habla, pero ama. Comenzó el sannyâsin:
Según nuestras más viejas tradiciones, el Dios de la Sabiduría, al nacer, era tan bello y majestuoso que todas las esencias del universo se disputaban su conquista. Dioses, Rakshasas, Suras y Asuras (3) lo deseaban para sí, pues bien sabían ellos que por su contacto y cercanía, se podía librar uno de la manifestación cambiante. Hijo de Parvati, la diosa Existencia, y de Shiva, el Dios de la Liberación, vino al mundo a traer la Verdad de lo que somos, la mejor y mayor presea de todas cuantas existen. Su angustiada madre, cruzando los mares y ríos del Tiempo, veía extenderse hacia su hijo sagrado manos impuras, que para nada lo merecían todavía.
—¿Qué hacer? —dijo entonces, dolorida.
Y Brahmâ, el Señor de la Creación, repuso:
—Escóndelo detrás de una máscara digna de su Ser excelente. Así, tan sólo los sabios podrán intuir la presencia que se oculta detrás de ella, y venerarlo como corresponde, mas los ilusos no, pues se sujetan a la forma, que es lo único que pueden ver, ya que sólo poseen visión física.
Sri Ganesha
Entonces Parvati interrogó al Dios Soberano:
—¿Cuál es el mayor de todos los animales que tú creaste en esta tierra?
—El elefante —dijo éste.
—¿Y el más noble y bueno?
—El elefante —respondió por segunda vez.
—Entonces —dijo Parvati—, lo ocultaré detrás de una máscara de elefante, para que nadie me lo arrebate, excepto los clarividentes.
Y, tomando una cabeza de este animal, ocultó en ella el rostro de su hijo divino. Desde entonces, a Ganesha le hemos levantado templos y recitado Mantras (4) a sus pies.
Los que nada entienden de esta historia suelen reírse de nosotros, y nos llaman idólatras: dicen que adoramos un elefante en nuestros templos. Mas, los versados en las ciencias religiosas, bien sabemos a quién rendimos culto y tributo, bien sabemos quién está detrás de esa forma, y a Él nos entregamos con alma y vida, pues es el Señor del Dharma, el Camino Perfecto, luz en este inmenso valle de tinieblas mortíferas, el que de la mano nos lleva hasta su Padre Shiva, el Padre de los Videntes de Dios, Hombres Perfectos, Reyes verdaderos sobre la tierra.
—Entiende en este símbolo y esta historia —continuó el sannyâsin—, la verdad misma que Ganesha representa. Hasta que no purifiquemos nuestro corazón, no podremos darle cabida en nosotros. La verdad sólo reside en los auténticos: no puede ser conquistada por quienes comparten sus deseos con lo Ilusorio, pues mentira y verdad no han nacido para habitar el mismo trono. Cuando una de ellas impera en el espíritu, falta la otra, y viceversa...
Sin embargo, Él trabaja en líquenes y bayanes, en chispas de fuego y en estrellas, para despertarlos a su Ser, que es la Única Realidad. Peregrino de la vida, quiere llevar a ésta hacia la Eternidad, y nada escapa, en la casa-universo, a su esfuerzo fantástico.
Calló el sannyâsin, pues era el atardecer, hora de Puya (5) y meditación. El brahmachâry, respetuosamente, se alejó con el corazón hilando devociones sin cuento, en su rueca enigmática.
“…Trabaja en líquenes y bayanes, en chispas de fuego y en estrellas”, se repetía, al alejarse por el sendero que lo llevaba hasta su morada. Entonces, y como si deseara cantar de algún modo la gloria de este Dios, detúvose en un recodo del camino y dijo, a su manera, palabras que eran la continuación de las expresadas por su maestro el sannyâsin. Con toda su alma, el joven anacoreta cantó así:
¡Salve, Ganesha, Dios Universal de la Sabiduría!
Dueño de los Secretos de Ishvara (6), eres Tú quien conoce los enigmáticos resortes de su alquimia cósmica. De una hoja crecida como tantas, artista divinísimo, sabes cómo ingeniártelas, para purificarla y convertirla en pétalo de flor.
Arquitecto de maravillas, has sido Tú quien diagramó el palacio del cosmos, según las necesidades y fantasías de su moradora, la Vida. Respetas su romanticismo de poetisa, su mente analítica de científica, su grandeza de filósofa, su sensibilidad de música. Pones, aquí y acullá, las farolas de tu genio para que Ella no se desoriente en su Camino. Cuando esta honorable veleta desnuda el capricho de su corazón diciéndote “quiero ser tigre”, haces las garras de su defensa, y si luego te dice “colibrí” estructuras el puntiagudo pico y las alas movedizas... o la piel del erizo, la mole geométrica del rinoceronte, la sutileza extrema del lirio, la etereidad casi mágica del alba. Donde Vida quisiera estar, y como quisiera manifestarse, allí Ganesha sapientísimo te diriges a hacer la morada para esta dulce niña, morada serpiente, gusano, átomo o estrella.
¡Oh, para verte mejor quisiera poder ir a esconderme en las raíces de los pinos! Vería entonces que esas raíces son el arco, y tu Amor, la flecha verde y cantarina que las convierte en ramas perfumadas y dulzura de brotes maravillosos. La tierra deja de ser tierra, para convertirse en copa de tu vino alegre de poeta. La escancias con tus labios, y la conviertes en blancos arrayanes, sabios nogales, álamos dorados... Si pudiera volar como los pájaros, con ellos me uniría para verte trabajar en las corolas de sus cuerpos, y sentirme hechizado antes los “mirubíes”, claveles rojos convertidos por Ti en llamaradas de cantos, o en las gaviotas ebrias de mar, o las azules golondrinas sin hogar... ¡Oh amadísimo Timonel de la barca de la Existencia! ¡Qué sería sin Ti tu propio padre Shiva! Estático, indiferente al mundo entero, espera en su mansión de luz, por las almas de aquellos hombres píos que despertaron al gran camino de la liberación...
Él, Señor Perfecto, aguarda, pero, Ganesha, eres Tú quien se arrodilla ante la sombra, la cubres de besos, la acunas en el espacio universal, y le enseñas con la paciencia de los sabios cómo se llega a ser aurora.
