Santos y Enseñanzas de la India - Ada Albrecht - E-Book

Santos y Enseñanzas de la India E-Book

Ada Albrecht

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Beschreibung

Mientras la mayoría de las criaturas humanas se sien­ten cómodas en el mundo tal como este es, y no solamen­te cómodas, sino partícipes de cuanto sucede en él, mis­teriosamente, ha existido desde siempre un grupo de las mismas criaturas, que ha observado de soslayo la vida en esta Tierra y sus innumerables altibajos como si buscaran algún otro modo de Ser. Quienes para hallarlo se valieron de la razón, resultaron inventores de la filosofía; quienes se apoyaron en la fuerza del sentimiento, escalaron la difícil cuesta de la santidad. El ser humano común se conforma con tener la con­ciencia de un yo; el santo es ese mismo ser humano que, en oportunidad de tiempo, se da cuenta de que ese "yo" no sirve para nada, como no sirve para nada el hermoso castillo de arena que levantan los niños junto a las playas. El viento, el mar, el menor roce, terminan por desmoro­narlo. El santo sabe, por Gracia Divina, que la Vida Verda­dera y la Suprema Realidad se hallan lejos de cuanto se enmarca dentro del tiempo y el espacio. A la minúscula conciencia del yo, se opone la infinita Conciencia Cósmi­ca; es esta última la que conquistan los santos, y la conquistan de una única manera: saturando el espíritu de Amor.

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2024

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OM SRI GANESHAIA NAMAHA

Reverencia a Sri Ganesha

Deva de la Sabiduría Espiritual

en la Religión de la India y

Guía de los devotos de Dios

Ada Albrecht, Fundadora de Hastinapura, en la Sede Central de Hastinapura, en Buenos Aires, República Argentina

Ada Albrecht

SANTOS Y ENSEÑANZAS DE LA INDIA

GUÍA PARA TRANSITAR EL SENDERO ESPIRITUAL SIGUIENDO EL EJEMPLO DE LOS GRANDES SANTOS HINDÚES

2017

EDITORIAL HASTINAPURA

BUENOS AIRES, ARGENTINA

Página de legales

Santos y enseñanzas de la India

Ada Albrecht

Ediciones:

Primera edición: 1992

Segunda edición ampliada: 2017

Imagen de la portada: El santo Tukaram

Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.

El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.

Albrecht, Ada

Santos y enseñanzas de la India : Guía para transitar el sendero espiritual siguiendo el ejemplo de los grandes santos hindúes / Ada Albrecht. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4038-93-7

1. Espiritualidad Oriental. 2. Literatura India. I. Título.

CDD 294.5

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

© by Editorial Hastinapura

Riobamba 1018 (C1116ABF)

Buenos Aires, República Argentina

Tel/Fax (0054-1) 4811-9342

E-mail: [email protected]

Internet: www.hastinapuralibros.com

Primera edición en formato digital

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Prólogo

PARTE I VIDAS DE SANTOS HINDÚES

Capítulo 1: Chaitanya Mahâprabhu

Capítulo 2: Bolaram

Capítulo 3: Damaji

Capítulo 4: Tukaram

Capítulo 5: Tyagaraja

Capítulo 6: Mirabai

Capítulo 7: Tulsidas

Capítulo 8: Surdas

Capítulo 9: Sakhu

Capítulo 10: Chokamela

Capítulo 11: Pundalik

PARTE II RELATOS DE SANTOS

Capítulo 1: Min, el que dudaba

MIN, EL QUE DUDABA

Capítulo 2: Gudaji

GUDAJI

Capítulo 3: Midiko y Vagudar

MIDIKO Y VAGUDAR

Capítulo 4: Mukunda, el mendigo

MUKUNDA, EL MENDIGO

Capítulo 5: Ragakabir

RAGAKABIR

Capítulo 6: Migo, el haragán

MIGO, EL HARAGAN

Capítulo 7: Nanda-Ji

NANDA-JI

PARTE III EL JARDÍN DE JÑÂNA —ENSEÑANZAS ESPIRITUALES—

Voluntad intencionada

Viveka y las Gunas

Shravana

Darshan

Kumbha Mela

APÉNDICE ENSEÑANZAS SOBRE LA DEVOCIÓN A DIOS

Las cinco Formas del Señor

Los cuatro espejos de la Devoción

Once cualidades del discípulo devoto

Las nueve formas de la Devoción

Glosario de términos sánscritos

Lista de páginas

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Puntos de referencia

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Legales

Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

PRÓLOGO

Nos enseñan los Maestros que el Camino Espiritual tiene sólo un requisito indispensable: el Amor a Dios.

Sin esta condición esencial, el Buscador de la Verdad se halla a ciegas en el siempre cambiante y desconocido escenario del mundo.

En todas las culturas, y en todos los tiempos, han existido —por la Gracia de Dios—, seres bienaventurados que han vivido más en el Cielo de los Dioses que en el mundo de los hombres. Ellos han sido conocidos como Sabios, Maestros, Gurus, Iniciados, Místicos y Santos. Constituyen la encarnación misma de la Compasión y la Devoción.

Sea cual sea la ciencia o el arte que escoja, el ser humano necesita de ejemplos a seguir, y mucho más en la Sagrada Ciencia del Espíritu.

Los Libros Sagrados y los textos de metafísica nos enseñan cómo debemos actuar, cómo reverenciar a Dios, cómo meditar. Sin embargo, las dificultades se presentan cuando tratamos de poner en práctica tales enseñanzas. Una cosa es leer que “debemos amar al prójimo como a nosotros mismos”, otra, muy diferente, es que en nuestra vida diaria, cuando nos vemos obligados a relacionarnos con otras personas, actuemos de acuerdo a ese principio.

El real valor de nuestro ser reside no en lo que sepamos sobre religión y filosofía, sino en cómo aplicamos a nuestra vida lo mucho o poco que conozcamos.

Por ello es que la mera letra de los libros —aunque de inestimable ayuda—, no basta. Es necesario de alguien que se halle a nuestro lado y que tenga el poder de otorgarle —de un modo misterioso y sublime— vida a lo que esos Libros encierran. Esa persona de la que hablamos es el Maestro Espiritual, o, como es llamado en las tierras de India: el Guru.

Tan necesario es el Maestro para el aspirante espiritual que éste último no puede ser concebido sin el primero.

De nada sirve un Camino si no está presente el Guía que nos indique cómo transitarlo. Quizás por ello, en un célebre Canto de Paz del Krishna Yajur Veda, se expresa lo siguiente:

“Señor, protégenos a ambos:

Maestro y discípulo.

Puedas Tú cuidar de nosotros.

Que podamos alcanzar el auto-conocimiento.

Que el estudio pueda otorgarnos

el esplendor de la Iluminación Espiritual.

Y que nunca haya desavenencias entre nosotros.

Paz, Paz, Paz”.

Explicando el significado de los Textos Sagrados y narrando historias devocionales, el Maestro enseña a sus discípulos sobre religión y metafísica; mas, por sobre todas las cosas, enseña con su propia vida y su ejemplo constante. Transmite la Sabiduría Divina, más que con palabras, con actos plenos de amor e inegoísmo. Y son estos actos los que irán sembrando en el corazón del discípulo, las semillas de la futura santidad.

Sin embargo, para que esta divina siembra halle un terreno fértil es necesario que el discípulo vaya, poco a poco, preparando su corazón, del mismo modo en que un campesino prepara cuidadosamente la tierra que albergará a las delicadas semillas.

Y una de las más valiosas ayudas en esta tarea esencial es la lectura y el estudio de las Vidas de los Santos.

Por extraño que parezca, los obstáculos que se van presentando en nuestras vidas, son los mismos que aparecieron en el camino de las Grandes Almas. La diferencia suele hallarse en que el hombre común y el santo no reaccionan de la misma manera frente a similares dificultades.

El hombre de santidad es, en realidad, un Sagrado Alquimista. En virtud de su Amor, transmuta las dificultades que surgen en su camino, en peldaños celestes de una escala que paso a paso, lo llevará al Cielo. Las adversidades que se nos presentan hacen que reaccionemos —a menudo violentamente— contra ellas y contra quienes nos las provocan, ya que suelen oponerse a los dictados de nuestro propio ego, el cual —las más de las veces— actúa como si fuera nuestro rey. En cambio, el Rey del hombre de santidad no es ya el pequeño ego mortal, sino Dios. En virtud de ello, para él, todo cuanto llega hasta su vida, no proviene de “afuera”, sino de Dios. Visto de esta forma, una adversidad no es tal, sino una “sagrada posibilidad” de acercarse más a su amado Señor. Así, no tratará de sobreimponer su voluntad a la Voluntad Divina, sino que sumisamente la acatará, y de este modo, pasará a ser parte de la Acción del Señor.

De igual modo, recordemos que muchas veces, los mayores obstáculos llegan “disfrazados” de aparentes “goces” y “dichas” que son tales para el incauto, pero no para el ser maduro espiritualmente.

Por ello, el Bhagavad Gîtâ nos dice:

“Cumple tus acciones, morando en Unión con la Divinidad, renunciando a todos los apegos y por igual sereno en el éxito que en el fracaso. Este equilibrio se llama Yoga”.

Y también:

“El Espíritu de quien está en plenitud de paz y regulado por el Espíritu, se mantiene inalterable en el calor y en el frío, en el gozo y en la pena, en la honra y en la infamia”.

¿Cuál es la actitud de un alma enamorada de Dios? ¿Cómo consagra su vida al servicio divino? ¿De qué forma convive con sus hermanos? ¿Cómo actúa? Las respuestas a estos interrogantes se hallan, muchas veces, en la lectura atenta de las Vidas de los Santos. Para el aspirante espiritual, ellas no son simples recopilaciones de actos de seres virtuosos, sino un modelo a seguir, una guía que lo orienta en el camino de la vida.

Conociendo dicha necesidad, y llevada por un infinito Amor a Dios y a los seres humanos, nuestra Maestra Espiritual, Ada Albrecht ha escrito el presente libro.

En la primera parte ha narrado en forma maravillosa una selecta serie de Vidas de Santos Hindúes a fin de que sirvan como una celeste inspiración para nuestras propias vidas.

La segunda parte se halla conformada por diversos relatos y cuentos sobre maestros y discípulos, en los cuales hallaremos valiosas respuestas a muchas de las dudas que nos asaltan durante nuestra peregrinación por la Senda Divina.

Y en la tercera y última parte del libro nuestra Maestra nos da profundas enseñanzas del misticismo hindú presentadas de un modo sencillo, claro, práctico y pedagógico, sin por ello desatender la exactitud de las explicaciones en los tratados (1).

¡Quiera Dios que este libro pueda brindar luz espiritual a muchas almas!

¡Que muchas almas puedan afianzarse en el Sendero hacia Dios!

Claudio Dossetti

Bs. As., 24 de Mayo del 2003

Ampliado el 13 de Mayo de 2016

1. La presente edición de Santos y enseñanzas de la India incluye las ocho historias del libro Vida de Santos Hindúes, al cual pertenece el prólogo aquí transcripto.

PARTE I

VIDAS DE SANTOS HINDÚES

Chaitanya Mahâprabhu adorando al Divino Señor.

Capítulo I

CHAITANYA MAHÂPRABHU

India, o Bharata Varsha, esto es, “el país de los hom­bres enamorados de Dios”, es el país de los santos por ex­celencia. De norte a sur, de este a oeste, en cada aldea, en cada villa o gran ciudad, siempre florecieron como inefa­bles lotos humanos, hombres y mujeres cuyo único fin en la vida era la entrega total a los pies de Nuestro Señor. Siguen floreciendo ahora, como en épocas pasadas, pues detener la vocación de santidad del indio es tan difícil —si no imposible— como querer cambiar la naturaleza de los ríos, que siempre tienden al mar.

Los occidentales, tan lejos como están del espíritu indio, saben poco sobre sus innumerables santos. Los hay por millones, como estrellas en el Cielo, como flores en los campos que despiertan al beso de la primavera, así ellos, al beso de la Devoción. Lo que conmueve en ellos, es su universalismo, su amplitud, su amor sin límites dogmáti­cos, sin encasillamientos. Unos, se entregan a Rama, otros a Krishna, los de más allá a Sankara, a la Madre Kali, a Parvati, al Divino Ganesha... o a ninguno. Estos últimos, resumidos en el Absoluto Brahman, tratan de lograr la Unión con Aquello, lejanos a todo lo que sea manifestación formal de Dios Nuestro Señor. Todos juntos y unidos, conforman una verdadera Familia Celeste de criaturas infinitamente puras y sublimes. Ellos lograron llegar a la última meta que el destino depara al Hombre: la total entrega a Dios, allende el intelecto y sus especulaciones, allende toda teología o puntos de vista particula­res, pues sabido es que donde el Amor enciende su mara­villosa lámpara, se desvanecen las sombras nacidas de la orgullosa doxa.

Es una pena, como decimos, que conozcamos tan poco so­bre la vida de sus santos. Cuanto sabemos de India, suele ser un poco de sus Vedas, Upanishads, alguno que otro Purâna... su Vedânta(2)... Nos aventuramos a nadar en el océano de su intelecto, pero el infinito océano de su Mís­tica de Amor, para nosotros suele hallarse cubierto por el velo inigualable de su Jñâna(3) que, racionales como somos, tanto nos fascina, aunque no siempre lo compren­damos...

La historia del santo Vishvambhar (4), por ejemplo, es de una naturaleza tal que, a menos que se tenga un corazón de hierro, nos arroba y redime de muchas angustias en este torbellino de nuestra Madre Mâyâ(5).

Nació en el mes de febrero del año 1486, durante plena do­minación musulmana, en el seno de una familia de Brahmines consagrados al culto de Hari (6).

Su padre, Jagannath Mishra, que era un gran erudito en los Vedas, en el momento del nacimiento de su hijo se hallaba a la orilla del sagrado río Ganges, participando de una fiesta mística que todos los habitantes de Navadvip —que tal era el nom­bre de la ciudad— se hallaban realizando en honor al Dios Hari.

Ciertamente, las plegarias llenaban el aire de mieles espirituales cuando se produjo el divino nacimiento del niño que llegaría a ser, con el paso del tiempo, uno de los más grandes místicos de India.

Contaba sólo con unos pocos meses de edad, cuando su sabio abuelo, Nilambar Chakravarti, un renombrado astrólogo, querien­do probar las aptitudes de su nieto, lo sometió a una prueba. Esta consistía en esparcir al paso del pequeño numerosos objetos, tales como joyas, dinero, juguetes, dulces... y también poner a su alcance libros sagrados, inciensos, rosarios, etc. Existe una creencia en India, que nos dice que de acuerdo a nuestros Samskaras, esto es, de acuerdo a nuestra herencia espiritual, nos inclinaremos, ya sea por unos objetos, ya sea por otros, desde nuestros primeros me­ses de vida. Según nuestra naturaleza, pues, nos sentire­mos atraídos, o bien por las cosas mundanas, o bien, divinas. Así fue como al pequeño Nimai —sobrenombre familiar de nues­tro santo— le extendieron, como decimos, a su paso, todos estos elementos... Desconociendo dulces y juguetes, el pequeño se abrazó al sagrado Bhagavatam(7), el libro divino de los grandes devotos hindúes.

También existe en India la creencia de que las peligro­sas serpientes cobras, de veneno mortal, se tornan man­sas y tiernas ante los hombres con espíritu de santidad, yendo tras ellos como mansos perrillos y resguardándolos con sus propias cabezas, de los rayos del Sol. Vishvambhar poseía una gran amiga cobra que siem­pre que lo veía jugando en el jardín, salía de su guarida a contemplarlo con reverencia. Incluso jugaba con él, es­condiéndose entre las matas y deslizándose por sus pe­queñas piernas como inofensiva serpentina. Vishvambhar abría sus fauces y tocaba sus peligrosos colmillos, pero la cobra se mantenía arrobada ante el niño a quien jamás hizo daño alguno.

A medida que éste crecía, el Amor a Dios también au­mentaba en él, al punto de que para verlo feliz todo lo que debían hacer su Madre Sachi Devi y su Padre Jagannath, era cantar el nombre de Hari: esto llevaba al pequeño a un estado de alegría tal que su rostro se iluminaba como besado por mil soles, comenzando a bailar y bailar sin de­tenerse, anheloso tal vez de conquistar esa sublime liber­tad de la Luz interior que no se aviene a limitación alguna.

Si en la vecindad se preparaban alimentos para Hari (8), el pequeño intuitivamente lo sabía y comenzaba a llorar reclamando los dulces. ¡Tal era su identificación con la Divinidad que anhelaba participar de las ofrendas que a Ella se le rendían!

Al llegar a los ocho años, sin embargo, su vida plena de devoción, de mística y alegría, sintió el ramalazo de la tragedia: su hermano mayor, Visvarupa, había renuncia­do al mundo, tomando las vestiduras de Sannyâsin(9). Esto en India, para una familia común, es dramático, pues equi­vale a la pérdida del hijo en cuestión. Profundamente acongojados, los padres de Nimai pensaron que el excesivo conocimiento de los Shâstras o Libros Sagrados había llevado al hijo mayor al camino de renunciante, y no deseando que ocurriera lo mismo con el más pequeño, decidieron mantenerlo en la más suprema ignorancia de todo lo Divino.

Tal vez era la experiencia que Nimai necesitaba para demostrar que por sí mismo y sin ayuda de enseñanza alguna, él encontraría a Dios Nuestro Señor.

En efecto, pasaba horas y horas sentado en oración ante el divino rostro de la Madre Ganga-Ji (10), y no se movía del lugar ni aun cuando caía la noche. Su alma era una campana donde resonaban los cánticos divinos de su propio cora­zón. Su Fe y Amor a Nuestro Señor eran tales que derri­tieron por fin los hielos del temor y el apego en sus propios padres.

—Lo que tenga que ser, que sea —dijeron por fin, retor­nando a su pequeño hijo al mundo del conocimiento celeste.

Todos los Shâstras le fueron enseñados, se hizo perito en sánscrito, en rituales, etc. Años después, tuvo que afron­tar la pérdida de su padre, quedando como único sostén de su madre viuda. Siguió estudiando, hasta convertirse en uno de los más renombrados sabios. No llegaba a los veinte años cuando su fama era ya inmensa. Mas, si bien la sabiduría de su intelecto era copiosa, la de su corazón lo era más.

Cierta vez escribió comentarios al Nyâya Shâstra(11), mas, viendo que uno de sus colegas bajaba la cabeza apesadumbrado, le preguntó el porqué de esa actitud. Su condiscípulo le dijo:

—Sucede que yo también había escrito un comentario del mismo libro, mas... ¿que posibilidad tengo ahora de que sea leído, estando también los tuyos? Los míos, pasarán como la arena entre los dedos, nadie querrá saber nada con ellos...

No había terminado de escuchar las palabras de su amigo, cuando, tomando sus propios comentarios, y con una sonrisa generosa, los echó al fuego.

—Nada es más sublime, hermano mío, que la amistad —le dijo. Y luego añadió:

—Es poca la ofrenda que hago, destru­yendo mi obra, pues estaría feliz si por ello se me pidiese la misma vida...

Mientras todo esto sucedía, su ya anciana Madre le había buscado esposa, como es costumbre entre los hindúes. Sin embargo, su casamiento fue de breve duración. Su esposa murió a los pocos meses de casados. Y luego abandonó a su segunda consorte sin llegar a consumar el matrimonio.

—Madre, es inútil que sigas insistiendo con mi casamiento —explicó Nimai—. Lo que anhelo desde el fondo del alma es mi casamiento con Dios... Déjame libre como el viento, déjame cantar Su Nombre, permíteme vivir para Él, pues si no lo haces, por obedecerte, me harás el más infeliz de los mortales.

Comprendió por fin su madre, abandonando todo inten­to de retenerlo para la vida de hogareño... y Nimai se transformó en un latido del corazón mismísimo de la devoción...

Sin embargo, como toda obra de arte necesita para su terminación del último pulido del creador, así también el alma de Nimai, necesitó de un viaje: ir a la sagrada ciudad de Gaya.

En esa ciudad se eleva un maravilloso Templo donde se guarda celosamente la huella de Nuestro Divino Señor Vishnu (12), dejada en uno de Sus pasos por la Tierra. Gaya es un centro de Fe infinita. Allí se guardan reliquias maravillo­sas de Hari, pero por sobre todas las cosas, Hari mismo se guarda en el corazón de sus innumerables devotos.

Allí fue nuestro santo... y cuando regresó a su ciudad natal, ya no era el mismo. La semilla de Dios se había convertido en árbol frondoso, y el pequeño sonido en sinfo­nía magistral.

Sentado junto a sus alumnos, iba perdiendo la capacidad discursiva, mientras crecía en él su capacidad místi­ca. El leve arrullo de un pájaro, la brisa más débil que lo acariciara, el pétalo de una flor, o la visión de un grano de polvo, traía a su memoria el recuerdo de Hari, Nuestro Señor. Entonces comenzaba a cantar, y las más de las veces, a llorar desconsoladamente, lleno de nostalgia por Su lejanía.

—Desciende Dios mío a mi corazón —gritaba desconsola­do—. No permitas que viva separado de Ti, mira que las sombras son muchas y no quiero caer enredado por las lianas de Mâyâ. Sosténme, Dios misericordioso, en Tus brazos, quiero ser Tuyo, quiero amarte a Ti, sólo a Ti...

Era inútil. Ya no podía enseñar. Sus alumnos se le iban yendo uno a uno, y más y más devotos iban buscando su compañía.

Cierta vez, Ishvarapuri, un renombrado Pandit(13), habiéndose conmovido profundamente por la fe que de­mostraba el joven Vishvambhar, decidió tomarlo como discípulo e iniciarlo en los misteriosos e intrincados pro­blemas de la Vedânta, esto es, el final de toda sabiduría, o encuentro con Dios. Para su asombro, descubrió que su joven discípulo, sabía más que él mismo sobre los difíci­les textos estudiados. Esto hizo que ciudades enteras aclamaran al joven Pandit Vishvambhar... mas... no era gloria ni honor lo que éste buscaba, sino algo mil veces superior: amar a Dios con todo su Ser... Él quería hallar ese amor infinito, con cuya luz de fuego se corta todo terreno lazo para ascender de una vez y para siempre al mundo del cual jamás se regresa a los dominios del Infierno, es decir, esta misma Tierra (14). Él sabía que para conquistarlas, era necesaria la humildad, el sometimiento absoluto del pe­queño déspota y tirano del yo al fuego resplandeciente de Âtman(15). Iba pues, cantando por las calles el nombre de Hari, y mientras algunos lo llamaban “el santo”, para otros era “el loco”, y para los más era “el tonto”, el que había perdido su sabiduría maravillosa y su conocimiento, por tomar un sendero equivocado... Sea como sea, calles y senderos de Navadvip, su ciudad natal, lo veían pasar, las manos hacia el cielo, los ojos perdidos, cantando Bayans y Kirtams(16) en loor al Único.

Cierta vez, dos hermanos Brahmines(17), cansados —o envi­diosos— de tanta devoción, decidieron golpearlo sin piedad valiéndose de grandes piedras. Recibió Vishvambhar los golpes, como si se trataran de ofrendas, y extendiendo sus brazos hacia sus enemigos, los estrechó entre ellos como si fueran su vida misma. Avergonzados y entristeci­dos por su mala acción, depusieron éstos su odio, y arrojándose a los pies del santo, pidieron su perdón y misericordia.

—Dios Nuestro Señor vive de Amor, fue la respuesta de Vishvambhar... y todos debemos hacer lo mismo que Nuestro Padre... Fue tan puro y sincero ese abrazo, que los dos hermanos Brahmines, llamados Jagai y Madhai, se sintie­ron resurrectos para el reino de la pureza... como si aguas cristalinas hubieran lavado las oscuras manchas de sus corazones.

—Jamás —gimieron—, jamás levantaremos las manos contra ti, hombre divino.

¡Y así fue! Ambos se convirtieron en sus más íntimos discípulos, y como la vieja cobra de su infancia, ellos también seguían sus pasos envueltos en humildad y reverencia por esa alma sublime, sin el menor deseo de causarle daño alguno.

Un jefe musulmán, a quien el resurgimiento del amor a Vishnu tenía preocupado, decidió crear una ley por la cual a partir de la fecha ninguna manifestación de amor a Hari estaría permitida. Su oculta intención era disminuir el fervor religioso de los hindúes a fin de debilitar la fe en sus creencias ancestrales. Sabido es que la religión del Islam, como todas las Religiones, es maravillosa, pero caída muchas veces en manos de sectarios fanáti­cos, se ve disminuida, dogmatizada, y magra en Verdad. Alah es idéntico a Brahman, éste a Zeus, y éste a Osiris, mas... ¿cómo lograr que semejante comprensión se asile en las mentes estrechas? Estas pequeñas mentes han sido desde siempre la causa de cruentas guerras y toda clase de vicisitudes entre los hombres.

Chand Kazi —que tal era el nombre del jefe musulmán de nuestra historia— no era una excepción. Así pues, apoyándose en la soldadesca impuso su ley arbitra­ria, creyendo que de ese modo quedaría acabada la devoción a Hari.

Pero Vishvambhar era un santo, y quería con gran amor a todo el mundo. Así es como fue hasta el palacio del musulmán con los brazos abiertos, y éste, más por miedo a sus miles de seguidores que a su propia conciencia, lo recibió, lo escu­chó, y dispuso por fin que su propia ley sería revocada a fin de que pudiera continuar libremente el maravilloso culto a Dios Nuestro Señor, en forma hindú.

Cierta vez en que uno de sus discípulos —que era precisamente un converso de la religión de Alah— contrajera lepra, se vio totalmente curado de esa enfermedad por el solo abrazo divino que le prodigara su Maestro Vishvambhar. Lo que éste tocaba convertía en luz, en salud, en bienaventuran­za, y eso acontecía porque él mismo se hallaba tan pleno de Dios, que obraba milagrosamente sobre los cuerpos y las almas de quienes tenían la fortuna de pertenecer a su círculo íntimo.

A medida que iba pasando el tiempo, Vishvambhar acrecentaba su devoción y su Fe. Solía pasearse por las ri­beras del sagrado río Jamuna, donde Sri Krishna, pasara su niñez junto a las Gopis(18), en su tiempo de pastorcillo. ¡Cuánta beatitud despertaba la visión de esas divinas aguas en el corazón de Vishvambhar! Una maña­na, en que su amor por Nuestro Señor parecía desbordar hasta el infinito, no midiendo las consecuencias, y excla­mando: “¡Hari, Hari, ya voy, me llamas desde el corazón de todas las cosas!”, arrojóse a las aguas hundiéndose en las mismas ante los ojos horrorizados de sus devotos que nada pudieron hacer para impedirlo. Horas después, su cuerpo fue extraído del fondo del río, gracias a una red de pescadores que fortuitamente diera con tesoro tan subli­me. Puesto su cuerpo sobre la playa, se vio descender una luz purísima y supremamente rutilante que, tomándolo por las espaldas, convertida ella misma en dos divinos brazos, lo ponían de pie al tiempo que una voz maravillosa decía: “¡Sigue, Hijo mío, expandiendo la doctrina del amor a Dios!”

Así lo hizo el santo Vishvambhar por algunos años más, hasta el día en que ocurrió ese milagro de milagros, en cuya historia se recrean todavía los hindúes de hoy. La misma es narrada una y otra vez en todas las casas, todos los Templos, todas las aldeas, como si el alma quisiera extraer fuerzas para emprender idéntico camino, merced al recuerdo constante de este gran amador de Dios.

Corría el año 1533, y una maravillosa mañana, en la cual el perfume de lotos y Champakas(19) acariciaban como el ala invisible de algún ángel sutil las mejillas infantiles del día, en el Templo de Jagannath se preparaban las ceremonias al Divino Hari.

El recinto se hallaba colmado de devotos. Vishvambhar, entre ellos, estaba apoyado sobre la columna llamada Garuda, observando con el mismo amor de siempre el Sanctum Sanctorum(20), y escuchando con lágrimas en los ojos, los cantos de los fieles.

Allí, en ese divino Sanctum Sanctorum, como decimos, se hallaba expuesta la imagen de nuestro Señor, el divino Hari, el bienaventurado Vishnu, en una de sus formas. Algo debió ocurrir en el corazón de Dios y en el corazón de Su devoto, ambos debieron sintonizar en el mismo instan­te, ambos sentir el dolor de la misma lejanía, ambos recla­mar la unión para siempre de Padre e Hijo, pues, inexpli­cablemente las pesadísimas puertas del santuario, a las que para mover, eran necesarios dos o tres hombres cor­pulentos, comenzaron por sí solas a abrirse de par en par. Ya no sólo se veían las imágenes, como todos los días, sino todo el santuario, que por regla general y por ser innecesa­rio, se mantenía a medio cubrir. Un rayo de luz muy tenue, desprendióse de la imagen de Hari, a los ojos de todos. El recinto fue dulcemente iluminado, como si “al­guien” estuviera aguardando a quien seguramente ven­dría. Súbitamente, se vio al santo Vishvambhar, extender los brazos hacia el Sanctum Sanctorum exclamando: “Ya voy Señor, ya voy”.

Ingresó pues, al Sanctum Sanctorum, ante los ojos de miles de fieles, que vieron estupefactos cómo las puertas del mismo se cerraban luego de que el santo ingresa­ra. Instantes después, las mismas se abrieron, pero...

Vishvambhar había desaparecido para siempre. Nunca más regresaría al mundo de Myalba. Él había coronado su existencia, tornándose Uno con Dios.

* * *

Nuestra marcada propensión a razonarlo todo nos impide entrever el perfu­me sutil y verídico de esta narración. No comprendemos cómo pudo “esfumarse”, y tendemos a negar siempre aquello que no se devela con razones ante nuestra mente. Con mayor humildad, sin embargo, podríamos confesar que mucho, pero mucho más, es lo que vivimos ignorando que sabiendo, y muchos, pero muchos más los milagros que asisten a nuestra vida, cotidianamente, que aquello ordenado por nuestra razón. Necesitamos tal vez, los ojos puros de los niños, sin ideas preconcebidas, para acercar­nos al Reino de lo Real, y por ellos al Reino Divino.

La mente nos lleva hasta un punto del Camino, mas es el Camino en sí el que nos otorga la difícil capa­cidad de Amar, la cual sólo anida en los corazones de los hombres que van marchando paulatina, pero seguramen­te, hacia la dulcísima coronación humana: la Santidad.

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2. Los Vedas son los Libros Sagrados fundamentales de la India, ellos son revelaciones directas de Dios a los Sabios Iluminados. Los Upanishads son la parte más metafísica de los Vedas. Los Purânas son relatos acerca de Dioses, sabios y santos. La Vedânta es el principal sistema de filosofía mística de la India.

3. Jñâna significa “conocimiento”. Indica al camino del conocimiento espiritual.

4. Vishvambhar Mishra era el nombre de nacimiento de Chaitanya Mahâprabhu. También era conocido con el nombre de Nimai.

5. La ilusión del mundo manifiesto.

6. Otro Nombre del Divino Señor Vishnu, el compasivo Dios Protector del Universo.

7. También llamado Srimad Bhagavatam y Bhagavata Purâna.

8. En India se preparan alimentos a los Devas o Divinidades a fin de entregárselos como ofrenda en los Templos y frente a las Imágenes Sagradas.

9. Monje renunciante.

10. La personificación del sagrado río Ganges. También es llamada Ganga Devi.

11. Tratado de lógica hindú.

12. El Templo, muy antiguo y venerado, es llamado Vishnupada Mandir, es decir, “Templo del Pie de Vishnu”. Muchos santos y devotos lo han visitado desde tiempos inmemoriales, entre ellos los santos Ramanuja y Madhavacharya.

13. Un Pandit es alguien muy versado en los Textos Sagrados. Es un erudito que posee gran conocimiento intelectual.

14. A la Tierra en la cual habitamos, los Budhistas Tibetanos llaman Myalba, es decir un infierno al cual nos hallamos obligados a regresar una y otra vez hasta que extingamos todo Karma de apegos y deseos terrenales.

15. Âtman es la Esencia Divina que habita en nuestro interior y que constituye nuestro verdadero Ser. Lo maravilloso de Âtman es que es idéntico a Brahman o Dios Absoluto.

16. Bayans y Kirtams son cantos devocionales.

17. Es decir, pertenecientes a la casta sacerdotal.

18. Pastoras devotas del Divino Señor Krishna cuando este era un Gopala, es decir, un pastor que cuidaba a las mansas y bondadosas vacas de la aldea.

19. Una clase de magnolia de gran tamaño, cuyas flores blancas y amarillas poseen un maravilloso perfume.

20. La parte más sagrada del Templo, donde se halla la imagen de la Divinidad. En sánscrito recibe el nombre de Garbhagriha.

El Señor Hanuman, Dios de la Devoción, cantando al Señor Rama y a Sita, de quienes era un gran devoto Samartha Ramadás, el amado Guru de Bolaram.

Capítulo II

BOLARAM

Para llegar a Dios, Nuestro Señor, la única sabiduría im­prescindible, es la del corazón, o sea la capacidad maravi­llosa de amar. Es inútil que la criatura humana busque llegar a lo Absoluto por los caminos del conocimiento. Lo que es una brizna de paja comparada con el esplendor miste­rioso del bosque, eso mismo es la más grande sabiduría humana comparada con la Conciencia Infinita de Dios.

¿Qué pueden a Él importarle nuestros razonamientos mentales, nuestras especulaciones? El conocimiento humano, granito de arena de Su inmenso mar, pasa de modo invi­sible ante Sus ojos que sólo se conmueven cuando desa­rrollamos esa misteriosa capacidad de Ser, que es la De­voción.

Como nos enseña el Bhagavad Gîtâ:

“Ni el conocimien­to de los Vedas, ni los grandes sacrificios, ni las fastuosas limosnas pueden alcanzarme: tan sólo la devoción de mis criaturas, hace posible que Yo me manifieste” (21).

Por eso, todas las Religiones y sus Maestros enseñan una y otra vez que debemos amar a Nuestro Señor; no pensar: amar. Buscarlo a través de la razón es perderlo definitivamente. De algún modo, la razón es un diálogo con las ideas... mientras que la Devoción amorosa hacia Dios, es un diálogo con Él Mismo que efectúa el corazón, postrado ya para siempre, ante la Suprema Realidad.

En la religión cristiana nos emociona profundamente leer sobre devotos iletrados, pastorcillos y campesinos que nada sabían de ciencias ni filosofías, y que sin embargo llegaron fácilmente a los pies de nuestro Padre por el camino santificado del Amor. Tal es el caso, por ejemplo, de San Cristóbal, cuya figura mística impacta profundamen­te en el alma del lector. En India, la patria de los santos por excelencia, la de los místicos, maestros, y hombres plenos de Verdad, las historias sobre ellos son casi infinitas. En cada recodo del camino, en cada una de sus centenares de miles de aldeas, en cada pueblo o ciudad, se narran las vidas de santos y santas. Los mismos suman millones en esa tierra bendecida donde se tiene conciencia de que el fin capital de nuestra estadía en la Tierra es precisamente la búsqueda de Dios Nuestro Padre y Señor. Se dice que quien no lo anhela no vive una vida humana, sino simple­mente la de su mente gobernada por sus instintos, como son las vidas de las criaturas animales.

Suman pues, miles de miles las historias de santos. De ellas, vamos a narrar ahora la de Bolaram, un discípulo de otro santo famoso, Samartha Ramadas (22). Este discípulo de nuestra historia, era absolutamente analfabeto. Descono­cía tanto que incluso ignoraba el concepto básico sobre las imágenes divinas que se encuentran en los Templos. Una cosa sí había aprendido: a amar a su Maestro, Ramadas, como si este fuera Dios mismo.

Sabido es la altísima estima que se tiene en India por aquella alma sagrada que guía nuestros pasos en el Sendero hacia Dios, y que llamamos Maestro. Así, Bolaram, que se juz­gaba a sí mismo muy pequeño como para llegar a los pies de loto del Padre Celeste, amaba infinitamente a su Maestro, a quien sentía en su corazón como medio y camino que lo conduciría, a su debido tiempo, hasta Dios.

Sólo esto sabía: que su amor por el Guru debía ser tan inconmen­surable como la Esencia del universo.

Si Ramadas le ordenaba quedarse una noche entera con los pies en la nieve, Bolaram se sentía el más feliz de los mortales obedeciendo la orden de su Maestro. Si era sometido a una semana de ayunos, sus ojos sólo sabían derramar lágrimas de felicidad y agradecimiento.

Cierta vez en que su Maestro se hallaba en meditación en la cima de una lejana montaña, no vaciló, mañana tras mañana, en subir la escarpada cuesta llevando sobre sus espaldas un gigantesco pote con agua, a fin de que Ramadas no se viera privado ni siquiera un solo día de sus baños y abluciones.

Otra vez, en que la corriente del río era extre­madamente peligrosa a causa de una inundación que asola­ba el lugar, impidiendo el paso de las embarcaciones, lle­vó a su Maestro de una a otra orilla sobre sus hombros sin que hubiera fuerza en el mundo que pudiera convencerlo que hacer eso era una locura.

Bolaram tenía la totalidad de su mente y de sus senti­mientos concentrados en su Maestro, razón por la cual, su naturaleza se tornó tan pura y trasparente como un diamante, ya que no convivía con nada del mundo, sino que habitaba en la Casa bendita de la Devoción.

Cierto día, en que Ramadas debía salir con sus discípu­los a una peregrinación hacia Kashi, la sagrada ciudad de los hindúes, quedó Bolaram encargado del cuidado del Templo. En el mismo había dos imágenes maravillosas, de Rama y Sita.

—Has de cuidar el Templo —le dijo su Maestro—, y ofrecer a ambas imágenes de Dios Nuestro Señor, el alimento co­tidiano a fin de que este sea bendecido (23).

Bolaram, que como ya dijéramos, nada sabía de sa­gradas imágenes, tomó al pie de la letra las palabras de su Guru, preparó del mejor modo que pudo la comida, y la ofreció a los divinos residentes del Templo. Ofrecer, para la mente simple de Bolaram, era ingerir; las dos estatuas pues, debían comer el alimento, tal como lo haría cual­quier criatura humana. Quedóse pues, con sus manjares, ante las imágenes divinas, y como viera que estas no hacían el menor movimiento para servirse de ellos, co­menzó a llorar amargamente diciendo que de ese modo, estaría en falta ante su Guru. Él le había dado la orden de ofrecer el alimento a Sita y Rama. ¿Cómo era que éstos se negaban a comerlo?

Quedaba una única solución: Si seguían empecinados en abstenerse de probar bocado, Bolaram terminaría con su vida allí mismo, destrozándose la cabeza contra las pie­dras del Templo. Para él, faltar a una orden de su Guru, era faltar a la Vida misma.

Su sinceridad era tan cristali­na y sus intenciones tan santas que lo que no pueden lograr las grandes austeridades, ni el estudio de los Libros Sagrados, esto es, la manifestación de Dios Nuestro Señor, lo logró Bolaram: ¡Sita y Rama comieron el alimento ofrecido por él!

Como no quedaba nada del mismo, Sita, la Madre del Mundo, Señora amantísima de Sus criaturas, decidió co­cinar unos ricos panqueques para Bolaram. Al ir a ofre­cérselos a este, Bolaram exclamó en el colmo de la felici­dad:

—¡Son justo la clase de dulces que encantan a mi Maestro Ramadas! ¡Antes de probarlos, debo bendecirlos dándole a gustar primero a él! ¡Y sin reflexionar que le sería difícil alcanzar a su Maestro, quien ya llevaba andando varias millas, dióse a correr por los caminos con el plato en alto y la alegría estallándole en el corazón!

—Es inútil detenerlo —se dijo Sita, llamando entonces a Hanuman (24) y dándole las indicaciones necesarias para que, cargándolo sobre sus divinas espaldas lo llevase junto a Ramadas.

Una vez frente a su Guru, y absolutamente inconsciente del prodigio divino que hiciera posible su encuentro con Ramadas, Bolaram le dijo:

—No sabes Maestro el trabajo que me dieron esos dos huéspedes que dejaste en el Templo; me refiero a Sita y Rama. Tuve que decirles que me iba a matar si no comían para que por fin se determinaran a hacerlo. Tienes que tener en adelante, mucho cuidado y estudiar mejor a las personas que admites en ese lugar sagrado, aunque tu co­razón compasivo te inste a admitir a todo el mundo, no creo que debas hacerlo. Mira si no, como te cuento, el trabajo que me dieron estos dos. Ahora los dejé cuidando el Templo mientras venía a traerte los panqueques. El camino se me hizo mucho más corto, gracias a este mono que enviaste en mi ayuda.

Luego Bolaram continuó hablando, absolutamente inconsciente de la divinidad de Nuestro Señor de la Devoción Perfecta, que encarna, pre­cisamente, la figura de Hanuman.

Ramadas, que sí conocía la verdad de todo lo que había acontecido gracias a su extraordinario poder espiritual, vertió su propio cora­zón transformado en lágrimas ante este milagroso suce­so, y luego pronunció las siguientes palabras:

—Debemos aprender —dijo a sus discípulos—, que el as­censo a Dios, Nuestro Padre, se da a través de la misterio­sa magia del Amor. ¡Cuántas son las puertas que abre su santificada energía! ¡Cuántos los muros que derriba con su poder!

Y así, a través del tiempo, esta historia de Bolaram el devoto, llegó a oídos de hombres y mujeres ilustres que tomaron ejemplo de esta vida sin par, vida de humilde sencillez, para encauzar más divinamente las suyas, y más ajustadas al Plan de Dios, que no nos pide que seamos intelectualmente ilustres, sino que tengamos un corazón enamorado de Su Resplandeciente Ser.

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21. Bh. G. XI, 53 y 54.

22. Un célebre santo hindú del S. XVII dC. Fue un gran místico, músico, poeta y un Maestro de la Vedânta Advaita. Uno de sus tratados más conocidos es el Dâsbodh o “Consejos a los discípulos”, donde brinda instrucciones acerca de la devoción y el Conocimiento Espiritual. También compuso muchos cantos devocionales. Fue un gran devoto del Dios Hanuman y del Señor Rama.

23. El ofrecimiento diario de alimento ante el altar de las imágenes de los Devas es parte muy importante de las ceremonias sagradas de India. Una vez ofrecido, el alimento así santificado pasa a llamarse Prasad, es decir, un alimento ofrendado a Dios. Ese alimento, pleno de bendiciones divinas, luego es distribuido entre los devotos y los peregrinos. Algo similar ocurre con el agradecimiento a Dios que realizamos antes de ingerir todo alimento.

24. El sabio y poderoso Dios de la Devoción, quien tiene el aspecto de un mono.

El devoto y compasivo santo Damaji.

Capítulo III

DAMAJI

Sabido es