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Es este un libro dirigido, no meramente a la mente inquieta y curiosa que tenemos, sino principalmente al corazón, a aquella "zona" de nuestro ser que palpita con los latidos de la Verdadera Vida. Es un mensaje a aquellos que han vislumbrado en su vida una realidad diferente a la que nos muestra nuestra cotidiana rutina, un canto a quienes han comprendido que la vida tiene un sentido, una finalidad trascendente, y hacia ella se encaminan. Con ágil y atractivo estilo, y una profunda vocación pedagógica y humanista, la autora busca transmitirnos el espíritu filosófico-místico de la milenaria cultura hindú, sintetizado en aquellos versos del Bhagavad Gîtâ donde Krishna en su carácter de Dios Supremo dice: "Posa tu mente en Mí, sé Mi devoto, sacrifica en Mi honor, póstrate ante Mí, y de esa forma llegarás a Mí".
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Seitenzahl: 210
Veröffentlichungsjahr: 2024
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OM SRI GANESHAIA NAMAHA
Reverencia a Sri Ganesha
Deva de la Sabiduría Espiritual
en la Religión de la India y
Guía de los devotos de Dios
Ada Albrecht en las afueras de Dehra Dun, en la región de Uttar Pradesh, en el norte de India.
Detrás puede apreciarse la precordillera de los Himalayas.
Ada Albrecht
2021
EDITORIAL HASTINAPURA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
Om Guru Om
Ada Albrecht
Ediciones: 1982, 1991, 2007, 2021
Imagen de la portada: Un templo hindú
Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.
El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.
Albrecht, Ada
Om Guru Om : relatos de un viaje a la India / Ada Albrecht. - 2a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2024.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-4038-79-1
1. Filosofía Hindú. I. Título.
CDD 181.4
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
© by Editorial Hastinapura
Riobamba 1018 (C1116ABF)
Buenos Aires, República Argentina
Tel/Fax (0054-1) 4811-9342
E-mail: [email protected]
Internet: www.hastinapuralibros.com
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4038-79-1
Primera edición en formato digital: julio de 2024
Versión 1.0
Digitalización: Proyecto451
HOY, CUANDO ESCUCHAMOS hablar de la India, pensamos en un país pobre en que los hombres mueren de hambre, en una tierra de exóticos paisajes y ritos extraños. En esta novela Ada Albrecht trata de mostrarnos otro aspecto de esa arcana tierra —y de toda la riqueza que encierra—, la que antiguamente fuera llamada “BharataVarshya”, o el país de los enamorados de Dios.
Por ello es este un libro dirigido, no meramente a la mente inquieta y curiosa que tenemos, sino principalmente al corazón, a aquella “zona” de nuestro ser que palpita con los latidos de la Verdadera Vida.
Es un mensaje a aquellos que han vislumbrado en su vida una realidad diferente a la que nos muestra nuestra cotidiana rutina, un canto a quienes han comprendido que la vida tiene un sentido, una finalidad trascendente, y hacia ella se encaminan.
Con ágil y atractivo estilo, y una profunda vocación pedagógica y humanista, la autora busca transmitirnos el espíritu filosófico-místico de la milenaria cultura hindú, sintetizado en aquellos versos del Bhagavad Gîtâ donde Krishna, en su carácter de Dios Supremo, dice:
“Posa tu mente en Mí,
sé Mi devoto,
sacrifica en Mi honor,
póstrate ante Mí,
y de esa forma llegarás a Mí”.
Quienes tenemos la oportunidad de recibir directamente de la autora todo el caudal de conocimiento espiritual que constantemente brinda, queremos hacernos eco de la reverencia que los discípulos en India hacen a su Maestro en señal de gratitud hacia la enseñanza recibida, y que es precisamente la que lleva por título esta obra: ¡Om, Guru, Om!
Gustavo Canzobre
Bs. As., 1982
NAIVANO, EL ANCIANO FILÓSOFO DE LA INDIA DEL SUR. RANGALSIN, EL SABIO MONJE DE LOS HIMALAYAS. LA PROFUNDA DEVOCIÓN DE RANGALSIN. UNA GUIRNALDA DE FLORES. VIAJES. UN LARGO DIÁLOGO.
MI ENCUENTRO CON RANGALSIN tuvo lugar en los últimos días de un caluroso mes de noviembre, en la India del sur. Entre él y yo existía un mar de diferencias profundas e intensamente marcadas. Nada teníamos en común: ni raza, ni cultura, ni idioma. Yo venía de América. Toda mi vida estaba centrada en una excesiva actividad, ya que me hallaba al frente de una organización espiritual, joven, dinámica, con ramificaciones en muchos países del mundo. Atenderla me demandaba gran esfuerzo; debía alternar con todo tipo de personas, viajar constantemente, dar conferencias, clases, enfrentarme con problemas y tratar, en lo posible, de triunfar sobre los mismos para que la organización pudiera seguir adelante. Mi sistema nervioso, por cierto, no se hallaba en óptimas condiciones; todo mi ser anhelaba por dentro paz, meditación y sosiego, pero sabía muy bien que estos eran lujos del alma a los que no podía sucumbir mientras cargara sobre mis espaldas con la responsabilidad de dirigir un movimiento día a día más necesario en un mundo donde el escepticismo amenaza constantemente con imperar sobre los hombres.
Por amor a ellos, había fundado yo esa organización. El universalismo místico-filosófico era su base. No se trataba de un camino circunscripto a un dogma. Absolutamente fiel a las enseñanzas del Bhagavad Gîtâ, libro considerado por muchos como “La Biblia de Oriente”, yo quería construir un camino para todos, porque “cualquiera sea el sendero que los hombres elijan para llegar a Mí, los bienrecibo, porque todos ellos, ¡oh Arjuna!, son Mi Sendero”, como enseñaba Krishna en el mencionado texto. Estaba yo cansada de dogmas, de atajos, de verdades sólo para pocos, mínimas verdades, que no abarcaban la sagrada totalidad del corazón humano.
Con mis humildes fuerzas me hallaba trabajando para construir un camino en el cual imperase una sola enseñanza que, a mi juicio, es la más universal de todas y la más excelsa: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, sin que importe el “rostro” de nuestro Señor, ya que la más pequeña dosis de sentido común nos lleva a entender que la forma de la Divinidad para el chino o el africano no puede ser la misma que para el europeo o americano. Hay que amar a Dios, la esencia de Dios, allende el escenario teológico donde Aquel se presenta. Algo tan simple y, por ello mismo, difícil de ser comprendido. Si hay amor ciego, si hay amor magro y empequeñecido, es precisamente el del hombre prisionero de una forma religiosa.
A Dios hay que buscarlo y hay que amarlo más allá de sus innumerables máscaras en su sagrada esencia, y hacia ella, hacia ese amor, encaminaba yo la mente de mis discípulos: la mente y el corazón. Tenía, pues, que trabajar denodadamente y no disponía de tiempo para ningún tipo de Sâdhana(1) espiritual. Pagaba con alegría el precio de mi olvido cambiándolo por suscitar en los demás el Amor a Él, sin que me importara en absoluto mi propia realización. Pensar en ella era para mí el summum del egoísmo, y no podía someterme a él. No había paz para mí ni de día ni de noche. Durante el día, por mi actividad frente a centenares de personas; durante la noche, por las llamadas internacionales, llamadas telefónicas de mis Escuelas, que solicitaban ayuda o consejos en cualquier momento.
Con cuánta nostalgia recordaba los años de mi adolescencia, cuando la lectura de los libros sagrados de las religiones se alternaba con un amor inmenso por lo divino. Con un grupo de jóvenes de mi misma edad, habíamos comenzado a soñar con un imperio espiritual del Amor a Dios y la no-violencia para el mundo. Todos unidos habíamos convertido el abismo de la personalidad en un cielo de ideales gloriosos. Nuestras fuerzas eran escasas, mediocre nuestro ingenio, pero inconmensurable nuestro anhelo de Servicio. No pensamos demasiado, y nos lanzamos al mar de la acción llevando por todo bagaje aquella dulcísima pureza que es galardón sagrado de la juventud. Comenzamos, pues, a levantar Escuelas de Filosofía por todo el orbe. Esa acción desmedida, ese esfuerzo constante por encaminar las almas a Dios, fue en mi caso un alejarme de Él por acercar a los otros a Su Ser Divino. La santidad de aquellos días de mi juventud, y de aquellas noches recordadas con nostalgia, donde el espíritu era taller alquímico de sueños e ideales, habían quedado atrás. Estaban ahora las inacabables ruedas de prensa, los periodistas poco dispuestos a comprender, y a quienes se debían explicar una y otra vez los fines que se proponía el movimiento. Atender o alentar caravanas de jóvenes, escuchar sus problemas, conducirlos a la Vida Divina, diagramar programas de estudios, eran la labor cotidiana. No había tiempo sino para los demás.
Rangalsin era mi antítesis. Acababa de descender de los Himalayas, lugar donde pasara toda su vida en un Ashram(2) o Casa de Religión en compañía de sus Maestros. El sánscrito, la meditación y los incensados templos eran su diaria compañía. No comprendía nada sobre el mundo; era un niño grande que se sentía completamente desorientado aun cuando debía cruzar una calle; sus carreteras eran las del cielo y no se avenía al tránsito por las otras. Hablaba keralés, sánscrito, inglés... extraño en un hindú, su dominio del idioma sajón era perfecto. No poseía el acento que adquiere por lo general esta lengua al ser pronunciada por labios orientales.
Mi idioma era el castellano: en cuanto a mi inglés, dejaba mucho que desear. Así pues, comenzando por el lenguaje, lo más importante entre dos personas que deben convivir, entre Rangalsin y yo se alzaban diferencias abismales.
NAIVANO, EL ANCIANO FILÓSOFO DE LA INDIA DEL SUR
Él vivía en la aldea de Kurkala, desde la cual había sido llamado por un anciano filósofo del sur, al cual ambos venerábamos como un padre. Su nombre era Naivano. Si la paz, la bienaventuranza y la sabiduría residieron una vez sobre la tierra, seguramente fue en el cuerpo-templo de Naivano. Yo había tenido la inefable dicha de conocerlo durante una gira que él hiciera por los países de América, años atrás. Jamás ser alguno sobre la tierra me había impactado como él, por la santidad emanante de sus gestos, de sus palabras. La diafanidad y pureza que se desprendían como halo de gracia de su presencia, me habían llenado el alma de celeste regocijo. En aquel entonces yo era muy joven, razón por la cual, tal vez, se grabó profundamente en mí el instante de nuestro primer encuentro que, por lo demás, fue bastante insólito.
Me hallaba entre centenares de personas en un salón de conferencias, escuchando una disertación suya sobre la belleza. Al finalizar la misma, lo vi erguirse, mirar a la multitud, y señalarme para que me aproximara hasta él. Tardé en hacerlo, pensando que se dirigía a alguna otra persona de su conocimiento, cercana al lugar donde estaba yo misma. Me llamaba a mí, sin embargo. Desde aquella vez, mantuvimos una estrecha amistad espiritual. Él viajaba mucho y sus ocupaciones eran innumerables, pero durante años jamás le faltó tiempo para mí. Yo escribía sus cartas desde Europa, Oriente o América. En mis años juveniles, esas cartas eran rayos de sol, eran mi más arcano tesoro, y las aguardaba como quien padece sed en medio del desierto necesita al agua clara, para él, la vida. Nunca fue mi Maestro en el sentido común de esta palabra. Jamás me enseñó nada. Sólo me entregó su profunda simpatía y su amor. Nunca escribió para mí valiéndose de una máquina de escribir. Él redactaba las cartas personalmente; muchas veces, por cierto, sacrificando las horas de su descanso, me enviaba libros, discos, y trataba de orientarme, seguramente a su manera oriental, en el sendero espiritual. La gran orientación, sin embargo, yo la recibía de su amor. En una oportunidad, me había confesado saber la edad exacta en que abandonaría su cuerpo físico.
Esa edad se hallaba cercana. Quise verlo por última vez y viajé a India por esa y otras razones. Su nombre, como llevo dicho, era Naivano, y vivía en una vieja mansión de Kerala, rodeada de un esplendoroso parque. Me hospedé en ella por un tiempo, y allí le confesé, durante las conversaciones que mantuviéramos, mi íntimo anhelo de profundizar en la metafísica hindú. Desfilaban por su vivienda verdaderas caravanas de monjes tibetanos, ceilandeses y nepaleses, que iban a presentarle sus respetos. Ninguno de ellos atrajo mi atención. No sucedió así con Rangalsin. Supe, de algún modo, que él era el camino largamente soñado y presentido hacia un conocimiento superior. Venía como yo, a despedirse de Naivano, y Naivano mismo, que sonreía ante vida y muerte, esas dos ilusiones, como solía decirnos, quiso que este monje me sirviera de guía en el viaje a Mahabalipuram y otras ciudades cuyos templos, Ashrams, etc., yo tenía que visitar. Rangalsin podía entenderse con los nativos en su mismo idioma, y allanarme así toda dificultad que apareciera. Había otra razón para que descendiera de su aldea en el norte. Él era un hombre de religión, por lo tanto, yendo a su lado, yo podría penetrar en los templos sin que el cartel de “prohibido el paso a los extranjeros” me cerrara toda posibilidad de acercamiento a los mismos. Existían todavía motivos más serios que provocaron el encuentro entre Rangalsin y yo. Por el momento, los desconocía. Para mí, se trataba sólo de un monje con el cual debería visitar los templos del sur.
RANGALSIN, EL SABIO MONJE DE LOS HIMALAYAS
Si el ya lejano encuentro con Naivano había dejado huellas en mi ser, no fue menos lo que sucedió con Rangalsin. Yo sabía que vendría una persona del norte, pero no se me dio detalle alguno, de modo, que, dejando correr la imaginación, pensé en un caballero hindú, vestido a la usanza europea, un docto pandit(3) tal vez, con el cual podría hablar de temas familiares dentro de la filosofía. En vez de ello, me encontré frente a un monje de túnica amarilla, que me observaba con tanta extrañeza, como la que yo misma traslucía en ese momento al contemplarlo.
—¡Oh —balbuceó—, es usted europea! ...pensé que sería oriental.
—Bueno... —repuse—. Yo sabía que vendría un oriental, pero lo imaginé un poco más europeo. De cualquier modo, yo misma no soy europea, sino americana.
Descubriría luego que esta última aclaración carecía de sentido para Rangalsin. Docto como ningún otro en metafísica, ignoraba de manera radical la geografía; un niño de diez años podía darle, con todo éxito, clases al respecto. Mi país sudamericano se hallaba en Europa, y estaba gobernado por el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Su principal fuente de divisas era el ganado vacuno que exportaba a Inglaterra, y que lo hacía odioso a sus ojos, pues go era un símbolo de amor universal, y no había que matarla. Nombró también a este animal como Kâmadhenu.
—¡Kâmadhenu, qué hermoso nombre! —dije. Él lo pronunciaba en sánscrito, y por cierto sonaba extremadamente dulce.
Su rostro adquirió una extraña luminosidad, al responderme:
—Sí; Kâmadhenu es el símbolo más claro del inegoísmo. Imagínese usted, en el taller alquímico de su cuerpo la simple mata de césped se convierte milagrosamente en el blanco líquido de sus sagradas ubres, dador de vida a millones de personas. Por eso, en India nos resulta profundamente desagradable el saber que ustedes asesinan a esta especie tan útil al ser humano. El ganado vacuno es amigo nuestro, todo nos entrega generosamente. Como premio a su dación inegoísta, recibe la muerte. A un amigo que nos beneficia, ¿cómo hemos de pagarle con moneda tan vil?
Me ofreció luego una explicación riquísima de su simbolismo en la religión y la mística del pueblo indio. Lentamente fuimos trasladados al vasto océano metafísico ya proverbial de este pueblo. Mis preguntas eran innumerables, e innumerables también sus ligeras y exactas respuestas. De tanto en tanto, analizábamos conjuntamente uno que otro concepto. Fue así como me encontré hablando en inglés de filosofía hindú. Lo más asombroso para mí fue descubrir que Rangalsin seguía atentamente mis pensamientos ayudándome a hilvanarlos no bien notaba mi dificultad para estructurar una frase. Estuvimos dialogando sobre ello largo tiempo, sentados en rústicos bancos de madera, bajo un árbol bayán que era, a la vez, santuario. Efectivamente, varias estatuas del divino Señor Krishna se hallaban depositadas entre sus múltiples troncos. Sabido es que el bayán es una especie muy extraña en el reino vegetal. Su tronco central da nacimiento a las primeras ramas, las que, a su debido tiempo, crían diminutas raicillas en sus extremos, las cuales se orientan hacia la tierra. Alcanzada la misma, se afianzan en el suelo formando nuevos troncos. Esta operación es repetida en algunos casos cientos de veces, lo que termina por conformar una copa inimaginablemente pródiga.
LA PROFUNDA DEVOCIÓN DE RANGALSIN.UNA GUIRNALDA DE FLORES
El monje y yo nos entendíamos tan perfectamente que, por instantes, me parecía estar hablando a solas conmigo. En verdad, éramos el eco uno del otro —por lo menos en el comienzo de nuestra relación—. Fue así que ni siquiera advertimos la presencia de alguien que caminaba a nuestras espaldas. Luego de un instante, la voz amada de Naivano nos extrajo de ese ensimismamiento, diciéndonos:
—Me alegra verlos dialogar y comprenderse en temas tan elevados. Hace ya tiempo que estoy observando conversar a América con los Himalayas y no he visto el menor asomo de desarmonía.
Me di vuelta feliz, para saludarlo y festejar su irreprochable sentido del buen humor. Rangalsin, en cambio, se arrojó a sus pies: tendió ambos brazos hacia adelante y quedóse con el cuerpo totalmente extendido sobre la tierra. Su actitud me sacudió hasta el fondo del alma. Mi ser mediocre, mi ser ínfimo para todo sentimiento de devoción no alcanzaba a entender la actitud del monje. Ninguno de nosotros, los occidentales, poseemos esa clara sabiduría del corazón, que lleva a venerar como a Dios mismo manifiesto sobre la tierra a los Gurus, o Maestros. Sin embargo, ¡qué sería de la pobre humanidad sin ellos! Yo amaba a Naivano con todas las fuerzas de mi alma, mas... postrarme así frente a él...
Hablaron en keralés. Rangalsin ya no me veía. Todo su ser se hallaba pendiente de Naivano. Instantes después se retiraba y quedaba yo con el anciano filósofo bajo el árbol bayán.
Una profunda tristeza embargaba mi corazón. No quise hablar y permanecí en silencio por un instante que me pareció la misma eternidad. Naivano se había sentado en uno de los rústicos bancos del pequeño santuario. Él también se encontraba silencioso. Yo caminaba alrededor del añoso tronco. Mil ideas encontradas se agolpaban en mi mente. Contemplé la adorada figura de Naivano. Era la paz, la ternura, la quietud. En verdad, el templo real de ese sagrado lugar estaba allí, en Naivano. Regresé hasta él y me arrodillé frente suyo.
—Señor, yo lo idolatro. A veces, caminando por el parque, al verlo pasar, llego con su sola presencia a un estado casi teofánico. La misma naturaleza parece florecer adonde usted se encuentra; sin embargo, jamás le he saludado como Rangalsin.
Me cortó la frase.
—No sea niña. ¿Qué tiene que ver un saludo? Usted viene de Occidente; él, en cambio, jamás salió de los Himalayas ni de India. Todo su ser está preparado para la devoción.
—¿Y el mío? —balbuceé.
Estaba al borde de las lágrimas. El saludo de Rangalsin era la manifestación de un estado de conciencia. En él se traslucía reverencia, amor, entrega, sabiduría. El estado de la conciencia mía, en cambio, era una misérrima gota de agua comparada con la vastedad de un océano. Sentí una profunda decepción de mí misma. Así, olvidé las horas maravillosas que había pasado con el monje, y no hice sino lamentarme frente a Naivano de lo que yo consideraba una profunda falta de devoción. Estaba reprochándome todavía cuando regresó Rangalsin con una guirnalda de flores.
—Akah —me dijo.
Akah, en uno de los idiomas de India, significa “hermana”. Se inclinó luego y me puso alrededor del cuello la guirnalda de flores. Había tanta felicidad en su rostro, que parecía iluminar el ambiente.
Guardé silencio. ¿Qué extraños seres son éstos, tan alejados del amor, tan cercanos, sin embargo, en una dimensión ignorada por nosotros? Yo podía entender su reverencia para con nuestro común amigo. No podía comprenderla para con alguien que acababa de conocer.
—Rangalsin quiere decirle con esta guirnalda de flores que la protegerá constantemente, mientras permanezca usted en India, —me aclaró Naivano, al tiempo que se levantaba de su rústico banco para marcharse. Yo también me puse de pie.
Rangalsin lo acompañó, regresando un instante después.
VIAJES. UN LARGO DIÁLOGO
—Mañana saldremos para el sur —me dijo, extendiendo un mapa sobre el banco, y señalando con un lápiz los distintos lugares que visitaríamos. Eran diez ciudades desde Mahabalipuram a Kanyakumari, pasando por Tanjore, Madura y otras.
—Permaneceremos un tiempo en el sur. Luego, deberé regresar a Kurkala y buscar comodidades para usted. Por su parte, y mientras pase el invierno en los Himalayas, deberá permanecer en Kerala.
Yo no salía de mi estupor.
—¿Kurkala? —dije—. ¡Yo no pensé jamás ir hacia el norte!
—Pues su destino es el norte, a menos que no desee usted profundizar en ninguno de los temas metafísicos de los cuales me habló hace unos instantes.
—Rangalsin —le dije—, usted sabe perfectamente que debo regresar a mi país, que no puedo permanecer mucho tiempo en India.
No me contestó.
Lo miré entonces y conocí de pronto otra dimensión del extraño monje.
Su rostro estaba serio, disgustado, poseído de una extraña gravedad.
—Hace años que estábamos esperándola —me espetó—. ¿Regresará de nuevo como vino? ¿Cuándo aprenderá a matar en usted la emoción?
Hablaba como si me conociera de toda la vida; pasando momentáneamente por alto este hecho, le dije:
—¡Nunca! No deseo convertirme en una piedra racional. Mi trabajo está en occidente, mis jóvenes me necesitan. Sólo muerta me quedaría en India. En cuanto a mis emociones, son cosas mías.
—Y mías. Tiene una terrible afectividad, todo le resuena adentro, todo la toca, la acaricia o la golpea.
—Escuche —le dije poniéndome de pie—, no me psicoanalice; no tengo el menor interés en escuchar lo que piensa sobre mi sensibilidad ni creo que en una conversación de pocas horas haya podido captar algo de mi ser, de modo que detenga su excesiva imaginación. En cuanto a mi viaje al norte, señor, puede ir poniéndose ya, con todo respeto, los Himalayas en los bolsillos de su túnica. Mi trabajo está en occidente, y allí regresaré. Estén completamente seguros, usted y sus amigos del norte, que no me quedaré en India. En cuanto a las enseñanzas de metafísica…
Me detuve; no podía seguir hablando. Durante toda mi vida había acariciado la secreta esperanza de estudiarla en sus fuentes. Se me presentaba la oportunidad. ¿Debía decir “no” una vez más? Pensé en mi organización, en el rostro de todos mis discípulos, en sus continuas cartas... pero... ¿debía otra vez decir que no?
—Es explosiva —me dijo sonriente—. Defiende su organización como una loba a su prole. No se preocupe, nadie volverá a pedirle a usted que permanezca en India más allá del tiempo que usted misma disponga para tal fin.
—Si por mí fuera, no regresaría jamás. India es mi patria espiritual; pero bien sabe usted que está América, Europa, y hay una gran labor por realizar. ¿Cómo podría olvidarlo?
—Jamás le pediríamos que lo olvide. Por el contrario, nuestro deseo es que cuando usted se aleje de India, pueda llevar algo que casi nunca logran poseer la inmensa mayoría de organizaciones como la suya, y por eso fracasan.
—¿Qué es ese “algo”, si puede saberse?
—Verdad, Energía Celeste; no mero impulso, no simple deseo de plasmar algo en la forma, no opiniones lúcidas, no discursos altisonantes. Usted deberá llevar el corazón de su movimiento. Todavía no lo tiene, pero usted lo llevará cuando regrese.
—¿En qué consiste ese “corazón”, como usted le llama?
—Ya se lo dije, consiste en llevar la Verdad sobre la realidad del hombre, y el porqué de su paso por la tierra, en fin, saber cuál es la tarea capital de la vida humana.
—Bellos conceptos; pero no me aclara nada con eso —repuse.
—Lo entenderá usted más adelante.
No agregó una palabra más.
—Mañana a las siete, deberemos partir. No lleve mucho equipaje; sólo un bolso de mano.
Nos despedimos hasta el día siguiente. En ese momento estaba yo muy lejos de imaginar la inenarrable aventura espiritual que viviría junto al extraño monje; pero ya lo sabría en los días por venir.
1- Disciplina espiritual. Todas las prácticas espirituales, tales como la recitación de plegarias, Mantras, ayunos, vigilias, etc., sondiferentes clases de Sâdhanas.
2- Es el lugar donde el Guru enseña a sus discípulos. En los Ashrams se realizan prácticas espirituales y se estudian los Libros Sagrados.
3- Un erudito. Alguien que es versado en los Libros Sagrados.
