Guía para la Vida Divina - Ada Albrecht - E-Book

Guía para la Vida Divina E-Book

Ada Albrecht

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Beschreibung

Un maravilloso libro pleno de enseñanzas espirituales aplicadas a nuestra vida cotidiana, donde se expresa la absoluta necesidad de la vida compasiva, solidaria y afectiva para transitar la Senda Divina.

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Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Ada Albrecht

Guía para la Vida Divina

Editorial Hastinapura

Buenos Aires

2019

Índice
Palabras preliminares
Guía para la Vida Divina
1. El Divino Entusiasmo
2. Nuestra amada Familia Humana
3. Dios se despierta a Sí Mismo en mí
4. El triunfo y la figuración
5. Fervor
6. ¿De qué me culpas?
7. Los pequeños gigantes
8. Sobre la impaciencia
9. El gran fracaso
10. El Templo de Diamante
11. Sagrada gentileza
12. La calle de tu vida
13. El arte de saber escuchar
14. Elección
15. Andar el camino
16. Karma Yoga y Bhakti Yoga
17. Ignorante conocimiento
18. Camino y paciencia
19. Claridad interior
20. Cómo leer un libro espiritual
21. Sobre el silencio interior
22. El ayuno de la pereza
23. Viparîta Bhâvâna
24. Los innumerables Templos de Dios
25. Discípulos: padres de sus Maestros
26. El Divino Morador de tu mente
27. Dialogando contigo sobre el Amor
28. Divina sencillez
29. Satsanga
30. Diez conceptos escenciales sobre la meditación

Guía para la Vida Divina

Ada Albrecht

Primera edición: 2019

Imagen de la portada: Un sabio hindú

El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.

Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.

Albrecht, Ada

Guía para la vida divina / Ada Albrecht. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4038-45-6

1. Meditación. 2. Espiritualidad. I. Título.

CDD 294.5435

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

© by Editorial Hastinapura

Riobamba 1018 (C1116ABF)

Ciudad de Buenos Aires, República Argentina

Tel. (0054-1) 4811-9342 / 4813-0685

E-mail: [email protected]

Internet: www.hastinapuralibros.com

Primera edición en formato digital: octubre de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

OM SRI GANESHAIA NAMAHA

Reverencia a Sri Ganesha

Deva de la Sabiduría Espiritual

en la Religión de la India y

Guía de los Devotos de Dios

Ada Albrecht, Fundadora de Hastinapura,

en la Sede Central de Hastinapura,

en Buenos Aires, República Argentina

PALABRAS PRELIMINARES

QUERIDO HERMANO:

El libro que tienes en tus manos es una maravillosa Joya de Sabiduría Espiritual. Todo cuanto necesitas para elevar tu corazón hacia las esferas en las que reina la Eterna Luz de Dios, todo cuanto precisas para sobreponerte a las vicisitudes de la vida cotidiana y mantener la mente posada en Aquello que es la Morada de la Eterna Paz, en fin, todo cuanto requieres para que tu ser sea un Santuario de Sabiduría y Serenidad, se halla en las páginas de este libro.

Su autora es Ada Albrecht, Maestra Espiritual plena de amor y compasión hacia los seres humanos, y plena también del anhelo de que todos podamos acercarnos, siquiera en una pequeña medida, a nuestra Patria Celestial.

Este libro se halla conformado por treinta capítulos, los cuales han sido escritos por nuestra Maestra —en su gran mayoría entre los años 2003 y 2005— en forma de notas pedagógicas a fin de que sirvan de guía y orientación espiritual para sus discípulos.

Sus páginas nos muestran con belleza y sencillez cuáles son los pilares universales de la Vida Divina. Nos enseñan cómo hemos de comportarnos en relación a nuestros hermanos, a las diversas criaturas que pueblan la Madre Tierra, al mundo en general y a nosotros mismos. También nos previenen acerca de los obstáculos que se nos suelen presentar en la vida y que a veces son causa de tropiezos inesperados en la Senda Espiritual. Y además, nos recuerdan con gran pedagogía los fundamentos de la meditación en Dios.

Si leemos con dedicación, devoción y quietud mental estas enseñanzas, ellas serán como un manantial de agua pura y cristalina destinado a brindar una nueva Vida a nuestro corazón —la Vida que nace de la cercanía con lo Real— y nos ayudará a abrir los ojos del espíritu a fin de poder contemplar a la Divinidad que mora en todas las cosas, en todos los seres, y que brilla perpetuamente en nuestro propio interior.

Claudio Dossetti

Bs. As., 27 de Enero de 2019

GUÍA PARA LA VIDA DIVINA

CAPÍTULO I

EL DIVINO ENTUSIASMO

TÚ PUEDES OBSERVAR la vida con tus ojos materiales, puedes escuchar sus pasos en el corazón de las criaturas, puedes oírla cantar en el viento, puedes acariciarla en los pétalos de las flores, en la mejilla de los niños, puedes sentirte atraído por el perfume que te ofrece en el vaso níveo de sus jazmines, y puedes, por fin, gustarla en la dadivosa gloria de sus frutos. Puedes, sí, es cierto, observar la vida en todas las dimensiones de las formas. Sin embargo, donde ella logra ser percibida con mayor claridad es en el misterioso vaso canópico de tu corazón, donde Dios ha vertido el vino ambrosíaco de su Amor. A través de las formas que te ofrece el universo puedes gustar, con tus cinco sentidos, el licor de la vida, y puedes gustar el vino del Amor Sagrado si logras conectarte con el Rey y Soberano conductor del sentimiento humano: el Entusiasmo. Los griegos lo llamaban “trance divino”, “inspiración sagrada concedida al ser humano por los Dioses y para los Dioses”. El ser humano poseído por el entusiasmo genera alas y se eleva a lo Celeste, se convierte en música y poesía para depositarse él, todo entero, para abrazarse él, con toda su alma, a los pies de Dios, su amado, su única Meta, causa de su Ser Infinito. Su entusiasmo lo busca, otea por su presencia y lo descubre en su alma.

Es imposible seguir un Camino Espiritual si uno se encuentra desnudo de ese manto inefable que cubre y metamorfosea las miserias humanas, y que se llama, como decimos, Entusiasmo. Él es varita mágica que transforma nuestra niñez espiritual y convierte a la erizada piedra de las pasiones, con su toque divino, en diamante purísimo. Él extrae de nosotros el veneno de la cobra del mundo, y nos eleva hacia el País de las Criaturas Aladas. El Entusiasmo es música que convierte nuestros balbuceos en canción. Nos da caminos hacia lo alto. Al toque de su mano, nuestras cenizas de criaturas perecederas, son transformadas en esplendorosas lenguas de fuego pletóricas de luz y de tibieza. Todo lo transforma el entusiasmo, porque él es el abrazo del Señor al ser humano, y lo abraza, para transmutarlo, lo abraza para guiarlo, para otorgarle devoción por lo Bienaventurado.

El que pierde el entusiasmo por el Sendero Divino se transforma en una sombra. Ha perdido la guía de la Luz. Ya no tiene nada. Se ha convertido en un tronco hueco, nido de serpientes, pero ya nunca más, nido de frutos gloriosos, de verdes ramas. ¡Tanto que tememos a la muerte física, tanto espanto ante el presentimiento del último suspiro! ¿Y qué es ello sino la simple finalización de un ciclo de vida? ¿Qué es ello sino un natural acabamiento? ¿No es acaso peor que la muerte el deambular por la vida sin entusiasmo?

Hay muchas personas que sueñan en su juventud seguir por los senderos demarcados por Pitágoras, Sankaracharya, Cristo... Con el andar el tiempo, ese Divino Estusiasmo ya no encuentra eco en su corazón. El Divino Entusiasmo golpea y golpea las puertas de su alma, pero estas ya no se abren, están permanentemente cerradas. Y... cuando el Entusiasmo se aleja de nosotros, ¡oh Dioses!, el Entusiasmo por construir sendas hacia lo Divino, cuando ese Entusiasmo se aleja de nosotros, es cuando nos volvemos vulnerables a la más trágica de todas la muertes: la del corazón que ya no puede latir por lo excelso, y simplemente late para mantener una vida definitivamente muerta. Porque la muerte no es detención de la actividad de una estructura física; muerte es la detención de la actividad que realiza el alma para ponerse, con todas sus fuerzas, en puntillas, a fin de alcanzar el goce supremo de poder abrazarse a los gloriosos jazmineros del Cielo, gustar su perfume, la gloria de sus flores, sentirse poeta, músico, hoguera bendita, y descubrir que no es de esta tierra, que su Patria Celeste la llama y conmina a crecer por todas las infinitas bocas que posee el Gigante Universo. Una vez muerto el Entusiasmo, ya no se tiene razón para vivir, puesto que nos hemos convertido en fantasmas. Ya no son músicas los pasos, no somos ya sutiles, nos hemos convertido en piedra despeñada desde lo alto de la montaña, que inexorablemente caerá y se hundirá en las arenas hambrientas, trágicas... las hambrientas arenas movedizas del no ser, no creer, no anhelar, aterradoras arenas del marino humano que en los mares de Mâyâ (1), en las aguas cambiantes de este gran océano de la ilusión, ha perdido su rumbo y su brújula. Sin ese rumbo y esa brújula, no temamos morir, porque ya estaremos muertos. Respiraremos como los cactus espinosos, nos meceremos con el viento, como las ramas de la cicuta, pero ya no habrá lugar para la Vida Divina, entonces, ¿para qué aferrarnos a la existencia humana? ¿No es torpeza, no es ridículo sentimiento de temor el que nos impulsa a vivir estando ya muertos?

El Divino Entusiasmo, esa sagrada aspiración a Dios, que proviene del roce de Su mano, ha de hallarse presente en cada instante de nuestra vida. El entusiasmo no puede sucumbir. Debemos permanecer aferrados a él, para seguir existiendo en planos Olímpicos, en niveles de Gracia. A veces, es cierto, la criatura humana cae, y se deja arrastrar por los esclavos paridos por las entrañas de la madre Apego que lleva en su corazón, y a quien ha dado, de muy buena gana, asilo generoso. Cuando joven, muy joven, la madre Apego le confirió el regalo siniestro de mil ataduras ilusorias, pero... todo aquello que se ata, también se desata, todo aquello a lo cual nos apegamos, inexorablemente, un día hemos de perder. No permitamos nunca que estas nimiedades, estas execrables impermanencias, nos arrastren hacia la ciénaga que engulle al Caminante Espiritual. No perdamos de vista el Camino, seamos fuertes como los vientos, pacientes para crecer como los robles, no permitamos que el paso del tiempo deteriore el resplandor de nuestro viejo entusiasmo. Hay que construir un altar para él en lo más sagrado del alma, y mantenerlo iluminado con la llama del ideal inextinguible, ideal de Fe en Dios y Servicio a la Humanidad.

La Fe y el Servicio son el único fuego de la vida, la única razón por la que debemos existir. Oremos a Dios todos los días, de la mano del sagrado entusiasmo, y sirvamos a sus hijos todos los días, también de la mano del sagrado entusiasmo. No dejaremos de pasar por inviernos interiores, por rutas dolorosas, por desiertos hirientes: habrá vendavales azotando nuestros pasos al andar, pero habrá también Primaveras más allá de muertes e inviernos. No seamos el árbol muerto del Jardín de Dios, no seamos ese viejo tronco que por auto-determinación decidió arrojar de su cuerpo frutos y flores, cuando todavía estaba con capacidad de abrazarse a la alegría de Crear.

Hijo querido, sortea la tristeza, el pesimismo, y abrázate al Entusiasmo que debe hallarse en ti perennemente, y que Dios Nuestro Señor, te ayude para que te renueves una y otra vez como divino Idealista en todos los tiempos de tu vida.

1. La ilusión del mundo, lo transitorio, de acuerdo a la filosofía de la India.

CAPÍTULO II

NUESTRA AMADA FAMILIA HUMANA

NUESTRA FAMILIA es una sola: la Humanidad. En ella, tenemos padres, madres, hijos, maestros, criaturas de quienes aprender el arte de vivir, criaturas que nos acompañan todos los días de nuestra vida. También tenemos discípulos a quienes enseñar, hermanos de comportamiento negativo, a los que debemos ayudar para que vean la luz y retomen así el camino de la bondad.

Muchos de esos hermanos nuestros tienen ambiciones ilimitadas en el mundo de la materia, y a veces actúan con violencia para salvar lo que consideran sus “tesoros”. Tenemos hermanos emperadores, hermanos reyes, hermanos presidentes, hermanos mendigos, hermanos acaudalados, hermanos pobres, hermanos criminales, hermanos ladrones y también hermanos santos, hermanos poetas, hermanos científicos, hermanos músicos...

¡Qué familia la nuestra! Ese maravilloso tejido de estrellas y de sombras, ese inmenso conjunto de almas, viviendo algunas en la cumbre de las montañas espirituales, y existiendo otras en el abismo del error, son hermanos a los que debemos amar para aprender de unos y guiar a otros.

Cuando nos enfermamos, ¿quién es el médico que nos cura en el hospital? ¿Quién es la enfermera que nos alcanza los medicamentos o un vaso de agua? Cuando necesitamos ropas, zapatos, ¿quién es el vendedor que nos ayuda a hallar lo que buscamos, y hasta, arrodillado, nos prueba el calzado que precisamos? Son nuestra familia, nuestros parientes. De niños vamos a la escuela y un maestro mal pagado nos obsequia la mayor de las joyas como regalo que nos acompañará durante toda la vida: nos enseña el arte de la escritura, nos enseña matemáticas, etc.

Ya mayores vamos a los colegios nacionales, y luego a las universidades. Una caravana de almas generosas, los profesores, nos llenan de sabiduría. Si no es ese el camino que tomamos, y sí, el de ser obreros o comerciantes o artesanos, siempre conseguiremos un maestro que nos otorgue la riqueza del conocimiento que buscamos. Será algún hermano nuestro, seguramente, el que guíe nuestros pasos por la vida.

Cuando desconocemos esa familia de innumerables rostros es porque dejamos que el ego personal se salga con la suya y nos atrinchere en una micro-célula, no permitiéndonos respirar el bendito aire de la fraternidad universal. Si el cuerpo tiene sus hijos, probablemente ellos no estén junto a nosotros, en nuestro dolor, pero sí un enfermero, o un amigo que apretará nuestra mano para transmitirnos el afecto que necesitamos en ese momento, y también, tal vez, un sacerdote que vemos por primera vez.

Todos nosotros tenemos un solo ADN verdadero, y este es el de Nuestro Padre Dios. Esa es nuestra única genética, y todas las demás derivan de ella. Hemos de tener conciencia y despertar amor por nuestra macro-familia. Sí, ¡qué familia magistral la nuestra! ¡Qué hermanos gigantescos! En nuestro árbol genealógico —el único Real— nuestro hermano Beethoven nos arrulla con su Novena Sinfonía, y nuestro hermano Rabindranath Tagore con sus poemas. En verdad somos seres de suerte infinita, porque tenemos de quién aprender y recibir, y por ello, tenemos también, la obligación moral de dar y construir a nuestros hermanos más pobres y menos afortunados, porque del amor nace aquello de “deseosos del bienestar del mundo” (2).

A veces, los aspirantes espirituales preguntan “¿qué puedo hacer, hacia dónde dirigiré mis pasos, qué camino tomar?” La respuesta exacta sería “pregúntale a tu Padre Inegoísmo, y a tu Madre Compasión; luego toma el camino que desees, que será el acertado”. Hay mucho por construir, escuelas de espiritualidad a levantar, hospitales para curar cuerpos, templos para curar almas, casas para albergar a los indigentes... ¡Dioses, tanto es lo que podemos hacer y no nos damos cuenta!

Se dice que el intelecto es sólo ignorancia, y se dice que es el corazón el único sabio en este mundo; pues, entonces, seamos sensatos y sigamos las indicaciones que nos da el divino corazón, el corazón de la generosidad inconmensurable, ese corazón que no sabe de “yo soy” y “yo tengo”, sino que dice “yo estoy en todos y todos están en mí”, y exclama “lo que tengo es de todos, y apenas utilizo lo necesario para mí”. Sombra de ese luminoso y divino corazón, es el corazón del ego: sombra y egoísmo. No perdamos tiempo escuchando sus latidos, que son como dos palillos de tambor marcándonos el paso para que deambulemos por el sendero aterrorizador de las ambiciones egoístas.

¡Florezcamos! ¡Seamos primaveras dando a luz capullos de santos Ideales! Tomemos consciencia de nuestra gran Familia Humanidad, y olvidados de nosotros, trabajemos para ella, anhelosos de dignificarla del mejor modo que podamos. En la fuente de nuestro trabajo bien hecho, nace la rara planta de la alegría. ¿Acaso no deseamos tener esa planta en el jardín de nuestro hogar interior, no queremos que sus flores perfumen nuestras almas?

Nos dice Krishna, el Señor:

“Si Yo no estuviera en constante acción todos los hombres seguirían Mi camino” (3).

Seamos sobre la tierra, trabajando, jardineros del Cielo. Que Dios, Nuestro Señor, a través de nuestras manos, pueda sembrar, en los surcos de esta bendita Tierra, las semillas divinas del Ser, la Conciencia y la Bienaventuranza, por Amor a nuestra Gran Familia: la Humanidad.

2. Bhagavad Gîtâ III, 25.

3. Bhagavad Gîtâ III, 23.

CAPÍTULO III

DIOS SE DESPIERTA A SÍ MISMO EN MÍ

CIERTA VEZ, hace ya mucho tiempo, me confesaba un discípulo:

—Siempre estoy preso de la melancolía y la tristeza. Cuando creo vencer a este ego empecinado y tenaz, se levanta de nuevo y reconstruye su cuerpo infernal con las negras cenizas de sus despojos anteriores. Apenas me doy cuenta, y ya lo veo nuevamente erguido ante mí, presentándome batalla. Estoy en lucha con él, y jamás logro vencerlo definitivamente. ¡Cuán difícil es abandonar la ilusión del mundo, cuán arduo el camino hacia Dios, y qué dificultoso lograr la purificación interior, la liberación de tantos males!

Cuando se alejó quedé pensativa, creo que triste. Triste porque el peso de su dolor estaba ahora también en mí. Me dije:

—¿Realmente debemos hacer de la vida un constante campo de batalla? En una guerra los soldados llevan sus bayonetas y ametralladoras. Viven en estado de zozobra, y no tienen ni un minuto de paz. Temen morir a cada instante. Si la guerra dura mucho, estarán así hasta que un proyectil o una esquirla, o lo que fuese, le cierre para siempre los ojos.