Bhakti sûtras - Ada Albrecht - E-Book

Bhakti sûtras E-Book

Ada Albrecht

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Beschreibung

Estos 84 sûtras o sentencias breves del sabio Nârada están dirigidos a aquellos que buscan el camino de salida del dolor a través de la devoción a Dios. Con extensas notas explicativas de Ada Albrecht.

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Seitenzahl: 293

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Nârada

Bhakti Sûtras

— El Sendero del Amor a Dios —

Con notas pedagógicas de Ada Albrecht

2014

Editorial Hastinapura

Buenos Aires, Argentina

Índice
Portada
Introducción
Bhakti Sûtras
Sûtra 1
Sûtra 2
Sûtra 3
Sûtra 4
Sûtra 5
Sûtra 6
Sûtra 7
Sûtra 8
Sûtra 9
Sûtra 10
Sûtra 11
Sûtra 12
Sûtra 13
Sûtra 14
Sûtra 15
Sûtra 16
Sûtra 17
Sûtra 18
Sûtra 19
Sûtra 20
Sûtra 21
Sûtra 22
Sûtra 23
Sûtra 24
Sûtra 25
Sûtra 26
Sûtra 27
Sûtra 28
Sûtra 29
Sûtra 30
Sûtras 31 y 32
Sûtra 33
Sûtra 34
Sûtra 35
Sûtra 36
Sûtra 37
Sûtra 38
Sûtra 39
Sûtra 40
Sûtra 41
Sûtra 42
Sûtra 43
Sûtra 44
Sûtra 45
Sûtra 46
Sûtra 47
Sûtra 48
Sûtra 49
Sûtra 50
Sûtra 51
Sûtra 52
Sûtra 53
Sûtra 54
Sûtra 55
Sûtra 56
Sûtra 57
Sûtra 58
Sûtra 59
Sûtra 60
Sûtra 61
Sûtra 62
Sûtra 63
Sûtra 64
Sûtra 65
Sûtra 66
Sûtra 67
Sûtra 68
Sûtra 69
Sûtra 70
Sûtra 71
Sûtra 72
Sûtra 73
Sûtra 74
Sûtra 75
Sûtra 76
Sûtra 77
Sûtra 78
Sûtra 79
Sûtra 80
Sûtra 81
Sûtra 82
Sûtra 83
Sûtra 84
Glosario de términos sánscritos

Bhakti Sûtras: El Sendero del Amor a Dios

Con notas pedagógicas de Ada Albrecht

Primera edición: 2007

Segunda edición: 2014

Imagen de la portada: Sri Krishna

Todos aquellos que deseen profundizar sus estudios sobre los temas tratados en este libro pueden llamar o acercarse a cualquiera de las direcciones dadas al final del volumen.

El tipeo, diseño y corrección del presente libro ha sido realizado íntegramente por Miembros de la Fundación Hastinapura.

Albrecht, Ada

Bhakti sutras : el sendero del amor a Dios / Ada Albrecht ; Devarishi Narada ; comentarios de Ada Albrecht. - 2a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hastinapura, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4038-41-8

1. Espiritualidad. I. Narada, Devarishi. II. Título.

CDD 294.544

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

© by Editorial Hastinapura

Riobamba 1018 (C1116ABF)

Buenos Aires, República Argentina

Tel/Fax (0054-1) 4811-9342 / 4813-0685

E-mail: [email protected]

Internet: www.hastinapuralibros.com

Primera edición en formato digital: octubre de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

OM SRI GANESHAIA NAMAHA

Reverencia a Sri Ganesha

Deva de la Sabiduría Espiritual

en la Religión de la India y

Guía de los devotos de Dios

Ada Albrecht durante uno de sus viajes a India

INTRODUCCIÓN

Querido lector:

Todo el tiempo que dure para ti la lectura de este libro, recuerda la frase siguiente: “La infinita compasión del Señor depositó en mi mente el pensamiento de que Él era la única Verdad, y todo lo demás, una mera ilusión”. Estas palabras son las que el Rishi Nârada dijo al famoso Santo y Sabio Vedavyasa, autor del Mahâbhârata. Voy a repetirte: “La infinita compasión del Señor depositó en mi mente el pensamiento de que Él era la única Verdad, y todo lo demás, una mera ilusión”. De todas las frases escritas en los Libros Sagrados, esta es un diamante purísimo, cuyo fulgor ilumina el corazón de los hombres, y los extrae de las garras del dolor, de la tristeza, de la muerte, llenándolo de Eterna Bienaventuranza. Por lograr que Dios haga florecer en nosotros el pensamiento de la Devoción, del cual habla Nârada, los Santos sacrificaron sus vidas, y con ellas, sus apegos, conquistando sus instintos y los desvíos en los cuales incurre la personalidad humana cuando se conecta demasiado con el mundo. Dios, Nuestro Señor “deposita este pensamiento” sólo en el corazón de los hombres bienaventurados que lo eligen a Él como compañero de sus horas.

Así pues, estos Bhakti Sûtras están dirigidos a aquellos que buscan el camino de salida del dolor, porque, como dice el Bhagavad Gîtâ, “Si viniste a este mundo transitorio y aflictivo, adórame”, y también “Posa tu mente en Mí, sé Mi devoto, sacrifica en Mi honor, póstrate ante Mí, y de este modo llegarás a Mí”. La mayoría de los hombres tienen amigos y compañeros ilusorios, mientras viven en esta Tierra; amigo dinero, amiga fama… las ambiciones de la mente son infinitas. Sólo unos pocos seres humanos son capaces de vislumbrar Quién es la compañía a la que debe aspirar el alma. Estos son los que reciben la compasión del Señor, estos, los espíritus que por hallarse deseosos de contactar con lo Real, se evaden del hechizo de los juguetes del tiempo, y conquistan su Sagrada Esencia, que es Aquello, Dios Padre, cuyo resplandor se oculta a la mente, demasiado pequeña para comprenderla.

Hermano lector, ¡despierta! ¡Mira las estrellas en el regazo del Universo, mira los ojos de la Vida que a su vez te observan por los ojos de sus cuerpos innumerables, y descubre en ella la mirada de Aquel que todo lo ha creado! ¡Ámalo, búscalo, hermano lector! Si sigues las huellas de tu corazón, que siempre —lo sepamos o no— se encaminan hacia Él, entonces, sin duda alguna, a Él lo hallarás.

¡Que los Sûtras de Nârada sean amigos íntimos de tu alma, y que nunca las danzas de Mâyâ te separen de ellos!

¡Om Sri Ganeshaia Namaha!

¡Reverencia al Divino Señor Ganesha!

¡Reverencia al Dios de la Sabiduría Espiritual!

Ada Albrecht

Buenos Aires, 20 de Julio de 2007

BHAKTI SÛTRAS

El Divino Sabio Nârada, Maestro del Amor a Dios

y autor de los Bhakti Sûtras

Om Sri Ganeshaia Namaha

BHAKTI SÛTRAS

Sûtra 1

Ahora hablaremos del Amor a Dios.

NOTAS:

Es muy importante el adverbio de tiempo “ahora”, con el cual comienza este primer Sûtra. Ello nos recuerda a las palabras que el Señor Krishna emplea para revelarle a Arjuna la Gran Verdad en el último Capítulo del BhagavadGîtâ, cuando le dice: “Escucha ahora mi última y más secreta palabra, que en tu provecho voy a declararte”.

“Ahora” significa que el discípulo se encuentra capacitado para comprender la enseñanza que se le dará a continuación, puesto que en estudios previos se hizo merecedor de lo que se le entregará. “Ahora” su alma puede concientizar la infinita grandeza del Amor a Dios. No cualquiera puede hacerlo. Si se vive en el mundo inmerso en experiencias que no se relacionan con lo espiritual, difícilmente se logre la comprensión sagrada del por qué es necesario este Amor a Nuestro Señor. “Amar a Dios” parece una enseñanza trivial, para los que se hallan espiritualmente desorientados. Para ellos estas palabras no tienen eco en su ser; de este modo, están sordos y ciegos ante las verdades que conmueven el alma de aquel que ya se halla preparado para el Camino. Por eso, Nârada dice “Ahora hablaremos…” y hablaremos porque anhelamos entender aquello que los Maestros enseñan y que es la cumbre de todo conocimiento: el Amor a Dios. “Ahora” es la invocación —en este caso— del amanecer más sagrado al que puede aspirar el espíritu del hombre. Este último ha pasado por mares de infortunios, recorrido las cavernas de la angustia, soportado los cilicios de la incertidumbre. De tanto en tanto, ha sentido la caricia de alguna efímera felicidad, de alguna monedilla de placer que la vida depositó en sus manos de mendigo, ya que todos nosotros ejercemos la mendicidad mientras habitamos la Casa de Mâyâ. La “Casa de Mâyâ”, la verdadera “Casa de Mâyâ”, es el olvido de Dios. Nuestro Amanecer, la reconquista espiritual, se produce cuando alguien nos despierta, y con amor misericordioso nos dice “hablemos del Amor a Dios”. Si estamos atentos, si somos concientes de “qué” hablaremos —porque en ese “qué” se hallan comprometidos para nosotros, nuestra resurrección o nuestra muerte—, podremos comenzar a andar el camino hacia la salida de la Caverna del Minotauro: ¡Ariadna ha llegado! ¡El hilo de luz que nos dejan sus manos, en ese lóbrego mundo de piedras filosas y grises, heridoras y horrendas, por donde transitáramos durante tanto tiempo, ha comenzado a aparecer!

Sûtra 2

La Devoción a Dios es Amor Intenso por el Señor.

NOTAS:

Difícilmente hallaremos a alguien que no pronuncie el nombre de Dios diariamente. “Dios quiera que me salga ese negocio”, “viajaré si Dios quiere”, etc. Dios está en nuestros labios, pero rara vez, un destello de Amor a ese Ser Infinito, logra abrirse paso en la selva de nuestra indiferencia. Las garras del mundo son poderosas para la extrema fragilidad del cordero humano que siempre sucumbe ante ellas. Pocos son los que logran escabullirse de este trágico infortunio. Es por eso que debemos tener muy en cuenta la palabra “Intenso”, de este Sûtra. Ello equivale a lo que decíamos previamente, o sea, el constante nombrar a Dios nada tiene que ver con la esencia de Bhakti o Devoción. La Devoción es un estado espiritual infinitamente elevado. Devoción es Amor por lo Divino, Amor total, entrega total, como la que posee el avaro por su dinero. Nadie puede convencerlo de que lo abandone, y es porque todo su ser está radicado en él. Vaya donde vaya, el oro tintinea en su cerebro, como en el cerebro del santo lo hace la Sagrada Ansiedad por Dios. Su Amor es inmenso, es intenso, es Bhakti.

Sûtra 3

Ese Supremo Amor es Inmortal Bienaventuranza, la cual nos es otorgada sin que la busquemos y sólo a través de la Gracia de Dios y la auto-purificación.

NOTAS:

“Inmortal Bienaventuranza” significa Liberación o Moksha. ¿Liberación de qué? De Mâyâ; uno cree ser ese Mâyâ, esa ilusión, pero ella es inexistencia, es vacío. Cuando se diluye, uno nace a Vijñâna o Auto-Conocimiento del Ser. El Auto-Conocimiento del Ser no se puede buscar como si fuera una fórmula química o el fraseo de una sonata. La mente cesa de ser en ese estadio de la vida, de modo que nada puede conquistarse con ella, con la mente. Es una Gracia de Dios, y es producto de dos pasos previos del discipulado: acción y devoción. Esto es: Karma Yoga y Bhakti Yoga.

En Karma Yoga, es decir, en el trabajo inegoísta por los otros, o como dice el Bhagavad Gîtâ, “deseosos del bienestar del mundo”, en la labor sacrificada y constante que realiza el Discípulo en bien de los demás, olvidado de sí mismo, lluvias de purificaciones sumergen su corazón en las aguas sagradas e inmaculadas de la Devoción. Primeramente, esta Devoción es débil, mas, a medida que el Discípulo persevera en su labor, y no se detiene en la ayuda que prodiga a los otros, florece el Sentimiento Divino y finaliza poseyendo a todo su ser. El Bhakti, el Amor a Dios, se transforma en su verdadera naturaleza. El mundo le es indiferente, el mundo —Mâyâ, ilusión— con todos sus oropeles pasajeros, con sus triunfos, glorias, fortunas, le es indiferente. Nada quiere ya de él, como no desea la débil llama de un fósforo aquel que ha sido capaz de conquistar la luz del Sol. Se halla pletórico de infinitos esplendores. Ama. En ese Amor conquistó el Gran Misterio, se abrazó a la Sabiduría Total, su adoración lo hizo uno con Dios, Nuestro Señor. Todo esto le fue otorgado sin buscarlo, le fue otorgado a través de su vida en Karma Yoga. Este Karma Yoga, esta purificación perfecta lograda a través de la acción correcta, lo llevó a Bhakti Yoga —Devoción—, y este Bhakti Yoga lo depositó a los pies de Moksha o Liberación de la ignorancia.

Para que todo esto nos quede más claro, narremos un breve cuentecillo:

El discípulo Lalo

Cierto día, un joven llegó hasta el Ashram del Sabio Devananda, y le dijo:

—He venido hasta tu hogar, deseoso de saber quién soy. Tú puedes iluminarme. Me han dicho que eres el Sabio más grande de la comarca, y es por eso que he llegado hasta ti.

—Toma una escoba y barre el piso de las habitaciones donde habitan tus otros compañeros —dijo el sabio Maestro.

El discípulo, de nombre Lalo, quedóse atónito. Se sintió desolado. Había llegado ante la presencia del Gran Maestro con la pregunta de preguntas, y por respuesta obtuvo el mango de una escoba.

—De todos modos, haré lo que me pide —pensó para sus adentros, y dirigiéndose hacia las habitaciones señaladas, comenzó a barrerlas.

Hay que decir que Lalo era un holgazán consuetudinario. No le gustaban las tareas domésticas, y el servicio a los otros le era indiferente. Con mucho sacrificio, logró hacer lo que su Maestro le decía. Al finalizar su tarea, se sintió reconfortado al ver el piso de las habitaciones sin mácula alguna. Fue nuevamente a su Maestro y con todo orgullo le dijo:

—He terminado mi labor. Considero que nunca esas habitaciones estuvieron tan resplandecientes.

El Maestro lo miró sonriendo y le dijo:

—Ahora barre la habitación de tu ego, donde habita el orgullo.

Una vez más, Lalo quedóse sin saber qué decir.

—Lee el capítulo duodécimo del Bhagavad Gîtâ; algo sacarás de él que te haga más humilde —dijo Devananda.

Lalo fue a su habitación en el Ashram y leyó el capítulo duodécimo con dificultad. En él había muchas cosas que no entendía, y como lo único que sí comprendía era el último verso, se quedó repitiéndolo una y otra vez. El último verso de ese capítulo decía:

“Más, en verdad, aquellos devotos llenos de Fe, para quienes Yo soy el Supremo Objeto y participan de esta vivificadora sabiduría que aquí te revelé, ellos son a quienes predilectamente amo”.

—Dios en mí, Dios en todos —se dijo Lalo, y agregó:

—Es de lo que debo tener conciencia, si deseo despertar espiritualmente.

Con el tiempo, Lalo se acostumbró al servicio. Hizo trabajos de huerta, cuidó a los enfermos, enseñó a los niños, cuidó de los animales del Ashram, etc. Era tal su trabajo que terminó amándolo, pues, tras cada acción que realizaba, sentía que su alma agradecida se tornaba más pura, y así, Lalo llegó a ser un ejemplo en el Ashram.

Un día dijo:

—Gracias Señor, gracias por haberme otorgado este sitio en el mundo tuyo, que es el de ayudar a los otros. Es cierto que sigo sin saber nada de mí, es cierto que he venido aquí preguntando quién soy, y sólo he recibido la orden de trabajar, realizando tareas humildes. De todos modos, otra vez, gracias Señor.

A partir de ese momento, Lalo se acostumbró a dar gracias a Dios cada tarde al finalizar sus tareas. Luego tomó otra costumbre: la de agradecer al Señor por el día por venir, en el cual ocuparía todo su ser en obras para los otros. Después sintió que orar dos veces diariamente era algo muy pobre, y comenzó a hacerlo también al mediodía. Por fin, Dios se instaló en él como un Rey en un trono inmaculado, y ya no pudo realizar acción alguna sin nombrarlo constantemente. De nombrarlo pasó a amarlo, y de amarlo pasó a constantes éxtasis, repitiendo, entre lágrimas de profunda devoción, el adorado Nombre del Señor.

Devananda, a veces lo veía arrodillado ante un árbol de mango, abrazado a sus ramas, dando gracias al Todopoderoso por sus frutos. Y lo vio un día también abrazado a su escoba, a la que llamaba Maestra y Guía en el Camino Espiritual.

—Nada es grande, nada es pequeño —decía Lalo, y agregaba:

—Esta escoba fue un altar, donde aprendí el arte sagrado del servicio a los demás.

—¿Quién eres, Lalo? —le preguntó cierta vez su Maestro.

—Soy humilde servidor, humilde esclavo del Sagrado Rey Servicio, mi Padre Espiritual, después de ti, Maestro. Soy también esclavo del Amor a mi Señor, y espero serlo toda la vida. Sólo servir y amar, sabio Padre Devananda, no quiero nada más.

Y Devananda le dijo, repitiendo las palabras de algunos Libros Sagrados:

—Ahora la sagrada fruta del árbol de la Liberación caerá en tu mano. Estás preparado para recibirla, y su dulzura inundará tu corazón, volviéndolo bueno y sabio. Has cumplido con los dos pasos previos para el logro de la Sabiduría Inmortal, has cumplido con la Acción, y te has realizado como Devoto.

Sûtra 4

Habiendo logrado esto, el ser humano realiza su perfección espiritual y se torna profundamente feliz.

NOTAS:

Al Amar a Dios con todo su ser, el espíritu salta las barreras del tiempo para vivir su propia naturaleza, que es beatífico estado de Bienaventuranza. En ella radica su Perfección y también su Felicidad. Los santos hindúes la llaman Ananda; es sumirse en Aquello, en Dios, lo que se logra luego de haber superado toda atracción mundana en virtud del Amor al Señor, y no por mera ambición de crecimiento espiritual. Ningún deseo que provenga de la mente puede llevarnos a éxito alguno en el Sendero.

Sûtra 5

Cuando el ser humano obtiene ese Divino Amor, ya no posee deseos de ninguna otra cosa. Se libera de la tristeza y el odio. No se regocija con nada. No se compromete realizando actividades que lo auto-gratifiquen.

NOTAS:

El deseo es hijo de la carencia, de la ausencia de algo. Deseamos lo que no tenemos y nos agradaría poseer, mas, ¿qué anhelo por algo puede existir en quien, por amor, se hizo dueño del Todo? En el estado devocional, el regocijo del corazón es indescriptible. ¿Cómo pueden caber en él odios o tristezas? Después de haber alcanzado lo Supremo, ¿cómo comprometerse en actividades auto-gratificantes, siendo que esto último es propio de un ego humano que ya no existe en quien ha alcanzado, por Amor, la Visión de la Conciencia Divina?

Sûtra 6

Cuando la criatura humana logra el Amor a Dios, toda su naturaleza, fascinada y embriagada por este sentimiento tan puro se inmerge en la Bienaventuranza.

NOTAS:

Para el ser humano, la inmersión en la Bienaventuranza Divina es un sublime Misterio. Desde nuestro plano, podemos apenas intuir el desarrollo de Bhakti en el corazón. ¿Cómo se da, cómo nace, y cómo se acrecienta en el alma ese sentimiento por lo Ininteligible, Inconmensurable, y lo que más ha herido y mortificado el corazón de los Santos, lo Invisible? No se lo Ve, sino en Sus manifestaciones, sean estas estrellas o rosales. ¿Dónde apoyar este sentimiento de Búsqueda, dónde, para amar a ese Dios Infinito? Sin embargo… ¡Él deja huellas! Una muy importante es la Belleza de Su Creación, sobre todo, en el Alma del ser humano. El Hombre es creador por naturaleza, como su Padre. De este milagro, de este gigantesco poder de gestar, propio de su espíritu, la criatura humana, un día descubre que la investigación científica del Universo, o la composición inefable de una sinfonía, son expresiones mínimas, comparadas con el Amor inconmensurable que el corazón debe sentir por la Causa de esas expresiones. En ese punto, ya sin tiempo, en esa toma de conciencia, comienza a nacer la Suprema Devoción. Allí comienza el verdadero nacimiento humano. Allí la verdadera Música, la verdadera Poesía, y la verdadera Ciencia, allí esplende el Ser, y el Ser es Dios. Antes de llegar a Él, sin embargo, es menester que descubra el segundo nivel, profundo y divino, del acto creador. Deberá crear, sí, pero, en su Taller Interior, deberá generar Amor por sus semejantes, deberá generar perdón, comprensión, inegoísmo. Estas virtudes son como maderos cuyas llamas poderosas terminan por extinguir la soberbia del ego, y al ego mismo. Entonces, el alma, inmersa en la purificación, está preparada para la Gran Conquista de la que habláramos en renglones precedentes.

Sûtra 7

Esta Devoción nada tiene que ver con la codicia o la lujuria espiritual, o sea, algo que uno busca obcecadamente. Es, más bien, una forma de renunciación.

NOTAS:

En la primera parte de este Sûtra leemos las palabras “lujuria espiritual” y “obcecadamente”. ¡Cuánto nos enseña esta frase! ¡Cuántos miles de pseudo-místicos, a través de la historia, se abocaron a “la conquista de Dios”, como si Éste fuese un territorio, un objeto! Recordamos aquí la triste figura de la monja designada como maestra de Santa Benardete para que la guíe en el Camino Espiritual. La monja en cuestión odiaba profundamente a la pequeña niña elegida por la Virgen para efectuar a través de ella sus apariciones. Benardete nada buscaba “conquistar”, ni los bienes del Cielo, ni los de la Tierra. Con la Virgen, ella sostenía simplemente una relación de Amor, mientras que su “maestra”, la monja, fustigaba sus carnes hasta lacerarlas, noche tras noche, en la oscuridad de su celda, convencida de que este camino de violencia la llevaría a ser la predilecta de Dios. Su corazón todavía estaba huérfano de Amor; en él imperaban la envidia y, como dice este Sûtra, la obcecación. ¡Parece tan simple, y sin embargo es tan difícil para el alma humana, comprender la naturaleza de Bhakti! Este divino Param Prema o “Supremo Amor” es el Amor porque sí, que no va detrás de nada, que no quiere alejarse del infierno, ni quiere poseer el Cielo. No quiere nada, porque Param Prema es Amor Total. Por eso, en el segundo punto de este Sûtra, se habla de él —de Param Prema— como una forma de renunciación. Se renuncia a los baladíes anhelos mundanos, sean éstos la corona de un reino, la fortuna de un emperador o el genio de Beethoven o Rafael. ¿Puede compararse el esplendor de una rosa con el de las miríadas de estrellas que brillan en el Universo? El que posee conciencia material, tiene en mucha estima los tesoros ofrecidos por el tiempo; el que posee conciencia espiritual, sabe que todo esto es intrascendente. Él ha descubierto el mundo perfecto del Ser. Su mente ya no puede entretenerse con los juguetes ofrecidos por las Horas, hijas de Cronos, juguetes que inexorablemente conocerán la destrucción.

Narremos un cuento al respecto:

La Reina de Channa

Sucedió en el sur de la India, varios siglos atrás. Cerca de Tiruchinapali, en el Estado de Channa, se elevaba un bellísimo Templo a la Madre del Universo, la Divina Diosa Lakshmi. Ésta se hallaba adornada con maravillosos collares de perlas. Era la Gran Protectora de sus hijos humanos, y también, de animales y vegetales. Hasta las mismas piedras conocían el abrigo de Su Amor. Sus hijos, los sacerdotes, la reverenciaban y amaban. Sin embargo, las constantes prácticas de austeridades, ayunos, lecturas de Textos Sagrados que efectuaban a los pies de Su Imagen, eran incapaces de despertar en ellos una auténtica Devoción. No obstante, sea por la milenaria costumbre aprendida de sus mayores, sea por temor, día a día, a través de los años, realizaban las mismas acciones.

En aquellos días vivía en la aldea cercana una aguatera de nombre Kimu, que acostumbraba a ir todas las mañanas a saludar a su Madre Universal, la Divina y Compasiva Lakshmi.

Depositaba fuera del Templo sus vasijas cargadas de agua, e ingresaba en él extremadamente exhausta. Lejos estaba el río, y mucho era lo que debía caminar para llegar a la Casa de su Madre con sus vasijas repletas de agua cristalina. Extrañamente, asombraba a algunos sacerdotes, ver que cuando abandonaba la Divina Casa, Kimu se veía resplandeciente y plena de energía. Acomodaba, como era costumbre, sus tinajas sobre la cabeza, y se marchaba con paso ligero y tarareando canciones que ella misma componía como si fuera un ruiseñor humano.

—¡Qué curioso lo que sucede con Kimu cuando ingresa al Templo! Llega cansada, y sin embargo, al salir de él, ¡su renovación no tiene límites! —decían los sacerdotes, en especial, uno de ellos, de nombre Palava.

Y como la criatura humana siempre se ha sentido inclinada a resolver los enigmas cuando éstos se presentan, Palava la esperó al día siguiente, para ver qué acontecía de extraño en el sagrado recinto que Kimu acostumbraba visitar. Oculto detrás de unas columnas cercanas al Sancta Sanctorum, Palava pudo ver cómo la Divina Madre Lakshmi extraía una de las perlas de Su collar para depositarla afectuosamente en las manos unidas de Kimu, que arrodillada ente Ella, la recibía con devoción infinita.

El pobre sacerdote Palava, creyó ser presa de una alucinación. ¿La Madre Lakshmi, la Divina Madre, dialogando y ofrendando los tesoros de sus ornamentos a una simple aguatera?

Palava no pudo dormir esa noche ni las noches siguientes. Y durante el día no podía comer. El pobre sacerdote estaba deshecho. Oraciones, Puyas, meditaciones, la lectura de sus Textos Sagrados, no calmaban su inquietud. Estaba sumergido en un abismo de incertidumbre. Mañana tras mañana, espiando detrás de las columnas a Kimu, no atinaba qué hacer. Crecía su sorpresa, su incredulidad, y crecía también su iracundia. ¡Tantos años viviendo en el Templo, leyendo sus libros, haciendo sacrificios, y cuando miraba a la Madre Lakshmi, sólo era para recibir la visión de una piedra labrada! ¿Cómo era posible que la Diosase manifestara con su cuerpo dévico para entregar a Kimu sus ornamentos, y hablar con Ella?

Una mañana, llegó al límite de la tolerancia, de modo que, saliendo de su escondite, se presentó ante la Diosa y su devota.

—¡Miles de horas he pasado en adoración ante Tu imagen, y nunca te manifestaste ante mí como lo haces frente a esta mísera aguatera! —exclamó Palava loco de dolor, y no pudo continuar hablando, porque le ahogaban sus sollozos.

—No mereces que yo me dirija a ti, Palava —dijo una voz de infinita dulzura—. Pero lo haré esta vez, y sólo esta vez, para extraerte del error en que vives tú e innumerables humanos. Llamas a esta niña “mísera aguatera”. Mira en el espejo de mi mano derecha, espejo donde se refleja todo el Universo, míralo atentamente. Verás que esta “mísera aguatera”, fue la reina más perfecta del imperio de Channa, hace centenares de años; sin embargo, su Amor por Mí la convirtió en una mendiga. Deambuló por el mundo, rechazando honores y fortunas, ya que sólo a Mí se devocionaba con todo su corazón. Durante muchas vidas su indesviada mente se sumergía en Mi esencia, como río en el mar. Su ser era mío. ¿Has visto las perlas y otras joyas preciosas que deposito en sus manos cuando me visita? Cada una de ellas representa una vida sagrada que Kimu ha puesto a mis pies. Y en cada una de esas vidas ella me ha ofrendado su alma. ¿Has cuidado a mis criaturas desvalidas, a niños y ancianos de la aldea, como Kimu lo hace? ¿Y has logrado verme en ellas? ¿Has ido al río una y otra vez para dar de beber a plantas y animales de la villa cercana? ¿Te has dedicado al cuidado de los otros, o sólo pusiste tu atención en tu propio cuidado? Cada uno de los ornamentos que le he dado a Kimu, al llegar a sus manos, se transformaban en virtud infinita de Devoción. Hoy le entrego la última perla. Hoy, ella y Yo seremos Uno, porque su alma alcanzó la cumbre del Amor Perfecto. Durante muchas vidas Me adoró. Yo sólo le retribuía con Mi silencio. Durante muchas vidas me buscó en altares e imágenes. No pudo hallarme. Pese a ello, su amor jamás conoció la fría palidez de la Luna, como la de tantos supuestos religiosos; su amor siempre poseyó la luz y la tibieza del Sol. Kimu llegó a la cumbre de la Devoción, y ésta es, la “Devoción porque sí”. Para un hombre de lógica, éste es un sentimiento alocado, propio de un idiota. El lógico no encuentra razón que justifique este extraño sentir. ¿Me has amado acaso tú, como Kimu? He leído en tu corazón cómo, a diario, esperabas las ofrendas que Mis fieles me obsequiaban en la forma de dinero y especias. Adoleces aún de la enfermedad del apego al mundo y a sus bienes. Así nunca podrás alcanzarme. Aprende, pues, de Kimu, y como ella, libérate de las garras del tiempo, hijo mío, si lo que deseas es llegar a la Unión con lo Divino en tu corazón.

Y la Divina Madre retornó a la morada del silencio, regresó a la pétrea quietud de su imagen, ante la cual se inclinaban los hombres y mujeres que visitaban el Templo. El sacerdote Palava, también se guareció en el silencio. Se había tornado más sabio… y menos altivo. Rogó poseer las vestiduras de la humildad y la paciencia, para abrigar su alma, y tornarla más pura.

—Algún día —se dijo— mi corazón ha de llenarse de Amor, como el corazón de Kimu, y seré capaz, como ella, de merecer la revelación de la Santísima Madre del Templo.

Sûtra 8

Esa renunciación, que es una característica primordial de la Devoción, es la consagración de todas nuestras acciones al Señor.

NOTAS:

La renunciación de la cual nos habla Nârada es la “renunciación dichosa” ¿Y por qué hablamos de “renunciación dichosa”? Porque decir que el santo renuncia al mundo para amar a Dios es un sin sentido. Sería como decir que un mendigo renuncia a su miseria para vivir en un palacio. ¿Qué clase de renunciación puede ser la renunciación de la miseria? El hombre devoto sabe que Dios lo es todo, por lo tanto, al abandonar el mundo no renuncia sino a la nada. Por eso dice este Sûtra que la característica primordial de la Devoción es la consagración de todas nuestras acciones al Gran Amado. El Alma enamorada no puede a menos que ponerse a Sus Pies para Servirlo.

Sûtra 9

En esta divina renunciación a través de la consagración al Señor hay una completa unificación con Dios, y por lo tanto, indiferencia a cualquier cosa opuesta a ello.

NOTAS:

Ilustraremos este Sûtra mediante la narración de un cuento:

El Príncipe devoto

Había una vez un Monarca muy bueno que supo conducir a su reino a la cumbre de la prosperidad. Eran ricos los ministros, ricos los maestros, los comerciantes, los obreros y también los campesinos eran ricos. Maravillaba tanto esplendor. Y ello hubiera sido la envidia de los otros reinos cercanos si semejante riqueza no se viera ensombrecida por la actitud del príncipe heredero, único hijo del Rey. Éste se vestía con andrajos, dormía sobre una esterilla, y alimentaba su cuerpo con unos panes viejos y alimentos magros. Dolíanle mucho al Rey las actitudes del príncipe heredero, pero, ¿qué hacer? Él había visitado con su hijo a los grandes médicos de la corte. Su hijo permanecía en silencio ante ellos. Nadie sabía cómo curar la enfermedad del príncipe. En el colmo de su dolor, el Rey se dijo:

—Debe ser algún pecado que he cometido en otras vidas, sí, eso debe ser. Por lo tanto, tendré que visitar más a menudo el Templo y adorar a Dios con todo mi corazón, para que mi hijo sea curado.

Así pues, todos los días con sus noches, el Rey permanecía en el Templo. Descuidó sus labores de Rey, y dejó todo ello en manos de sus Ministros. Como su devoción era muy grande, un día tuvo un Darsham, esto es, una Visión Divina. La Visión le dijo:

—Los cofres de los tesoros del reino están repletos de oro. Has cuidado muy bien de tus súbditos, y todos ellos viven en la riqueza. Sin embargo, no te has dado cuenta aún de que cuanto oro y bienestar posees nacen de una sagrada vertiente.

—¿Cuál es? —preguntó el Rey.

—El corazón de tu hijo, el príncipe heredero. En el cuarto mágico de su corazón, ya no ingresa el mundo. El tiempo ha sido desalojado y tan sólo Yo impero en él. Es del caudal de su amor que proviene el otro caudal de la bienaventuranza que gozan los súbditos de tu reino. El que a Mí llega, querido Rey, tiene el cofre del universo en sus manos. Tú eres un buen monarca, pero tu hijo es mi más grande devoto, y para él, las arcas de la felicidad estarán siempre colmadas. De ellas surge el bienestar de tus súbditos, ya que los Dioses son generosos con la tierra bendita donde mora un alma que tiene amores con el Cielo.

Sûtra 10

Unificación significa aquí el abandono de todo otro soporte que no sea Dios.

NOTAS:

A menudo, el “creer en Dios”, para nosotros, es “pedir a Dios”. Pedimos salud, bienestar, pedimos ser amados, siempre pedimos. Sin embargo, los Libros Sagrados nos dicen que es menester renunciar “a la voluntad intencionada”. En el ser humano, “intención” es siempre ego. Las intenciones siempre pertenecen a un yo. Aún cuando decimos “mis intenciones son buenas”, “yo quiero consagrarme a Dios”, “mis intenciones son honorables”, etc., todo eso pertenece al reino de nuestra personalidad. El verdadero devoto se refugia tan sólo en el Amor a Dios, y no conoce nada más y nada menos que este soporte. Debemos leer mucho el Libro de Job del Viejo Testamento, mucho sobre las historias de los Pandavas hindúes, mucho acerca de los santos sufíes. Demos el siguiente ejemplo al respecto:

Imaginemos que en cierta ocasión debemos cruzar un río tormentoso y descontrolado en plena inundación. Su ancho es gigantesco como el de un mar, enormes sus olas. A pesar del peligro, ingresamos en sus aguas e intentamos atravesarlo. Una vez que nos hallamos en su poder somos arrastrados por la corriente. Es tan poderosa que no podemos luchar contra ella, y poco después estamos a punto de ahogarnos. En ese momento a nadie se le ocurriría pedirle ayuda al río diciendo: “¡Oh río, sálvame!” Esto, que nos parece tan absurdo, es lo que hacemos a menudo cuando, soltándonos de la mano de Dios, pedimos ayuda para salir de nuestra miseria, a criaturas y objetos terrenales, en vez de buscar nuestro soporte en el Señor. Porque sólo Él, y nadie más que Él, está en la mano que nos ayuda, en el que nos alcanza el pan que necesitamos para vivir, en el que cura nuestras heridas. Por eso, “el abandono de todo otro soporte que no sea Dios”, es propio de las almas santas. Ellas sienten que la voluntad del Señor se halla en cuanto existe, y en cuanto sucede. Pueden ver el resplandor de Dios, en lo considerado bueno, y también en lo considerado malo; ellas saben que Todo es Dios. Cuando el Sûtra nos habla de “unificación” nos quiere decir “identificación”. Ella se produce a través de ese lazo misterioso e inefable del Amor.

Sûtra 11

Debemos sentir indiferencia y rechazo por todo lo que nos aleje de la Devoción, y por lo tanto, realizar sólo acciones que favorezcan el desarrollo de esta Devoción.

NOTAS:

¿Cuál es la esencia de la Devoción? La esencia de la Devoción es Dios mismo. En el cofre sacratísimo de la inmaculada Devoción, la criatura humana, identificada con su Padre del Cielo, guarda su corazón para que no lo toque ni lo macule nada perteneciente al mundo del tiempo. Al amar a Dios, el devoto vive ya en la Eternidad. Ha abierto las corolas blancas de su rosal interior, y ha depositado, pétalo por pétalo, todo ese esplendor a los pies de su adorado. Tal vez, como dicen los poetas, la Devoción sea una santa locura, inexplicable para nosotros. Es misterioso y último idioma, entre la criatura y su Creador. Decimos “último idioma” porque este sentimiento de infinitud, tal vez sea la expresión final del corazón antes de abandonarse completamente al sagrado y total silencio místico.

Cuando el Sabio Nârada nos habla de “realizar sólo acciones que favorezcan al desarrollo de esta Devoción”, nos viste el alma de fiesta. Nada existe ya en el campo de las efimeridades, nada hay que pueda ser engullido por el hambre lobuna del tiempo, nada que se deshaga en el abrazo hipócrita de las horas. ¡Muerte a las pasiones vagabundas, a las ambiciones del ego, muerte al deseo, muerte a lo que pierde el corazón del hombre, y lo despeña en el abismo del dolor! Para lograr esa bendita muerte, hemos de ser cautos, hemos de saber en qué invertimos cada minuto de nuestra vida. Toda acción que se realiza yendo de la mano del mundo y no de la mano de Dios es semilla que al germinar ha de traernos como frutos las lágrimas del dolor. Sin embargo, ellas también tienen su gran razón de ser, ya que la Madre Actividad es nuestra escuela de purificación. Su Sabiduría proviene del alto Cielo, y al que conquistó la capacidad de Oír le dice: “Trabaja inegoístamente, deseoso tan sólo del bienestar del mundo”. En las cofradías religiosas siempre se abominó el trato con lo perecedero, siempre el hombre de santidad ha huido de todo comercio con lo ilusorio. Es lo que nos reafirma este Sûtra, recordándonos cómo efectuar la acción, si lo que deseamos es despertar a la alborada de la Devoción.

Sûtra 12

El estudio de los Textos Sagrados debe ser constante para todos: para los espiritualmente iluminados, y también para aquellos que aún no lograron la Realización de Dios.

NOTAS:

Si tan sólo intuyéramos —en virtud de algún don conferido por la suerte (Karma