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Andrés Valenzuela, "Papudo", miembro del Comando Conjunto, desertor de la Fuerza Aérea de Chile durante la dictadura de Pinochet. Verónica Estay es quien recoge su último y más largo testimonio, y asume la paradoja de una autobiografía ajena.
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© LOM ediciones Primera edición, mayo 2024Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560018199 ISBN digital: 9789560018847 RPI: 2024-A-3682 Fotografía de portada: Archivo personal, Andrés Valenzuela Morales diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago. Teléfono: (56-2) 2860 68 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de GrÁfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile
Estamos prisioneros,carcelero.Yo de estos torpes barrotes,¡tú del miedo!Adónde vas, que no vienesconmigo a empujar la puerta;no hay campanario que suenecomo el río de allá afuera.
«Coplera del prisionero»Letra: Armando Tejada GómezMúsica: Horacio Guarany
Fue en diciembre de 2019. El primer contacto había sido por Facebook: para mi sorpresa, Andrés Valenzuela se paseaba por las redes sociales «a rostro descubierto», usando su verdadero nombre. Después de mucho pensarlo, le envié un mensaje claro y directo: «Hola, Andrés, me llamo Verónica. Verónica Estay Stange; seguramente ubicas mis apellidos… Soy la sobrina del ‘Fanta’, la hija del ‘Fanta chico’. Vivo en París. Estoy tratando de reconstruir la historia quebrada de mi familia, y creo que podría ayudarme conversar algún día contigo, si tú lo deseas y si te parece posible». Mi sorpresa fue aún más grande cuando me respondió: «Hola, Verónica, me agradaría mucho poder hablar contigo; creo que nos haría bien a ambos. Hay episodios de la Historia que cambian según la persona que los cuenta y según el bando al que pertenecía en esa época. Quedo a tu disposición».
Tuvimos una primera conversación telefónica, más bien breve. Nos presentamos, y pronto quedó claro que lo que teníamos que decirnos exigía hacerlo cara a cara. Acordamos entonces encontrarnos en la ciudad de Francia donde él vive. Dado que el viaje en tren costaba demasiado caro, decidí ir en bus. Alrededor de las diez de la noche, salí de mi casa hacia la estación. Un poco justa. Acto fallido, casi: llegué raspando. Durante el trayecto, que duró toda la noche, revisé mis notas.
Andrés Valenzuela, alias «Papudo»: personaje controvertido. Se trata del único agente de la represión en Chile que, en plena dictadura, denunció a través de una entrevista con la periodista Mónica González los crímenes cometidos por el grupo del cual formaba parte: el «Comando Conjunto». La publicación imprevista de las declaraciones de Valenzuela a fines de 1984 provocó, en marzo de 1985, el asesinato de tres militantes comunistas –Manuel Guerrero, José Manuel Parada, Santiago Nattino–, que habían comenzado a profundizar en las informaciones entregadas por él: el «Caso Degollados», crimen emblemático.
Pero eso no es todo. Debo decir que mi deseo de encontrarme con ese hombre obedecía a otros motivos, de orden personal. En 1976, Andrés Valenzuela era uno de los guardias de la prisión donde estuvieron detenidos mis padres. Más aún, por esa misma época y durante varios años, trabajó con el hermano de mi padre (mi «tío» por consiguiente, si bien la designación me suena extraña). El «Fanta» era su apodo: un militante del Partido Comunista que, primero bajo tortura y luego por convicción, participó en la represión de sus antiguos compañeros. Dada su implicación en el Caso Degollados, fue condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad. El «Fanta chico» es el sobrenombre con el que Valenzuela designó a mi padre en sus declaraciones, si bien no era esa su chapa oficial. De cualquier modo, él era centinela en el centro clandestino donde mi papá y mi mamá estuvieron presos, y durante varios años perteneció a la misma banda que mi tío.
No soy periodista ni historiadora ni socióloga, pero siempre he sido una curiosa de mierda. Hasta el punto de disponerme a entrevistar al carcelero de mis padres.
Lo que buscaba a través de esa entrevista yo misma lo desconocía. Sabiendo que Valenzuela, en tanto desertor de la Fuerza Aérea de Chile, había vivido varios años bajo protección judicial, puse al tanto de mi viaje a algunas personas cercanas, por si acaso las redes internacionales de la inteligencia chilena seguían activas.
Acudí al encuentro llena de reticencias y contradicciones internas, lista para librar la batalla apenas la más mínima ocasión se presentara: un dato equívoco, un argumento falseado, un intento de justificación... Ahí, en la comunidad de Emaús donde trabaja Andrés Valenzuela y donde nos vimos esa primera vez, llegué con la bandera en alto y mi coraza bien firme.
No obtuve más informaciones de las que ya tenía: que mi tío, considerado como uno de los más grandes traidores de Chile, entregó a todos sus compañeros después de haberse dado vuelta por razones que se pueden entender –o no–. Que hasta el último momento intentó proteger a su hermano y a su cuñada –o no–. Que, por varias generaciones, mi apellido llevará el estigma del crimen –o no–.
Conversamos durante horas. El día se hizo corto. Yo preguntaba y preguntaba sin parar: quién, cómo, cuándo, dónde, por qué. Por qué, Papudo, por qué. Como si la persona sentada frente a mí pudiera entregarme todas las respuestas. Tuve que aceptar la realidad del «no sé». Tuve que entender que, a los diecinueve años, Andrés Valenzuela no era más que un conscripto en la Fuerza Aérea, que su margen de acción se limitaba a las tareas que le eran asignadas, que el panorama global de lo que estaba ocurriendo escapaba a su propio campo de visión, que más adelante fue testigo y partícipe del horror, y que para entonces se había convertido en un autómata, sin poder de decisión ni siquiera sobre sí mismo. Tuve que entenderlo, difícilmente. Dolorosamente.
Al despedirnos, la emoción fue grande. Por razones distintas para cada cual, pero la intensidad era la misma. La Historia entera de nuestro país parecía condensada en ese encuentro improbable. Confieso que lloré: de pena, de pasmo, de vértigo frente al abismo sobre el cual estábamos tendiendo un puente.
Con el paso del tiempo, Andrés y yo logramos entablar una conversación «desinteresada». O más bien, en lo que a mí concierne, interesada en aspectos distintos de las informaciones que pretendía obtener. Cómo, por qué: son preguntas que persisten, que resisten, más allá de mi propia historia familiar. ¿Cómo un hombre puede ser arrastrado –o dejarse arrastrar– a formar parte de un sistema criminal que reprime a sus semejantes? ¿Cómo los torturadores pueden ejecutar sus sucias tareas y, paralelamente, llevar una vida de familia «normal»? ¿Por qué algunas personas soportan ese funcionamiento? ¿Por qué te quebraste? ¿Por qué en ese momento y no antes? ¿Por qué tú sí y otros no? Por qué, Papudo, por qué…
Ahora pienso, ahora sé, que Andrés Valenzuela se planteaba las mismas preguntas que yo. Preguntas a las cuales ambos tratamos de responder en este libro, sin lograrlo plenamente.
«Me gustaría hacer un trabajo contigo sobre el Comando Conjunto, y te aseguro que seré muy honesto. Solo quiero que la justicia sea lapidaria, pero con los verdaderos culpables», me escribió un día Papudo. Durante años había sido acosado por periodistas, documentalistas y cineastas que le ofrecían mucho dinero por venderles su historia.
En un principio temí que el saco me quedara demasiado grande. Demasiado grande, digo, ya que son experiencias que rebasan lo humanamente soportable: torturas, asesinatos, desapariciones. Pero, en el fondo, nada de eso me es ajeno: hija de tales, sobrina de tal, conozco esa realidad de cerca, o desde adentro. Se quiera o no, esas experiencias se maman con la leche materna.
Acepté pues escribir este libro porque tu historia, Andrés, en algún punto se cruza con la mía: eres el carcelero de mis padres y el excolega de mi tío criminal. Me entregué a esta empresa llevada por la curiosidad, obviamente, pero también porque se me ocurre que tu vivencia y la mía pueden echar luces sobre otras vivencias, más allá de nuestro espacio personal, nacional e incluso geopolítico.
Durante las cincuenta horas de entrevista que condensa este relato, Andrés Valenzuela me contó su historia. Pero, una vez más, no siendo periodista ni historiadora ni socióloga, me permití intervenir libremente, modificando en el camino el punto de vista de mi interlocutor. Nada de lo que aquí está escrito es literal, pero nada es pura invención mía. Por eso decidí darle al texto la forma de un relato. Un relato que llevaría el subtítulo de «autobiografía» –vaya pretensión la de escribir una autobiografía ajena–. Pero el resultado es eso: la autobiografía de otro, escrita por mí. Heterobiografía, si se quiere, aunque redactada en primera persona. Cada frase ha sido conversada con Andrés Valenzuela y validada por él. Nada le he robado, nada me debe.
Tampoco soy detective, pero sí semiotista: especialista de la significación tal como se manifiesta en el lenguaje. Durante nuestras horas de intercambio, me concentré incansablemente en las marcas de la «verdad» o de la «mentira» en el discurso. Disimulos, encubrimientos, incoherencias…: con los modestos medios de los que dispongo, nada de ese orden pude detectar. Y, al final, nada de eso buscaba ya.
Entonces supe que lo que esperaba encontrar a través de esa entrevista, que se prolongó durante dos años, era una verdad humana, fuera de los datos factuales que la memoria, a estas alturas, está en condiciones de restituir. Una verdad humana que entrego aquí, en carne viva.
«Está ocultando informaciones», «quiere proteger a otros individuos», «se está haciendo pasar por víctima»: muchas objeciones podrán oponerse al testimonio de Papudo. «Te dejaste engañar», «estás manipulada», «eres demasiado ilusa», podrán decirme también.
Es posible; pero el diálogo, a partir de ahora, queda abierto sobre la base de lo que aquí está consignado.
Para alimentar los debates que vendrán, quisiera traer a cuento el trabajo de Françoise Sironi, psicoanalista que efectuó el peritaje psiquiátrico de Duch, jefe de un campo de exterminación durante el genocidio de los jémeres rojos en Camboya. En ese marco, Sironi observa que los torturadores y sus secuaces deben activar distintos mecanismos psíquicos para hacer frente a la situación extrema que ellos mismos están viviendo. Mecanismos entre los cuales se encuentra el «clivaje», definido como la disociación de un individuo en dos entidades distintas –por ejemplo, el padre y el represor–. En el relato que aquí presento, el prototipo por excelencia es el «Wally», que podía torturar y luego ir a jugar fútbol con sus colegas como si nada hubiera pasado.
En Andrés Valenzuela, el clivaje no funcionó –por suerte–.
Esta «autobiografía» narra la historia de un hombre que, mal que bien, logró mantenerse entero. Un hombre que, tarde o temprano, tuvo que volver a sí mismo.
Por qué, Papudo, por qué. Por qué tú sí y otros no.
Por qué.
Nunca lo sabremos.
Hace tiempo que decidí no hablar más con periodistas. Mucho se ha dicho y escrito sobre mí. Demasiado. Decenas de reportajes han pretendido dar cuenta de mi experiencia, narrar mi vida, interpretar mis propios pensamientos. Me han designado como «el hombre que olía a muerte», «el hombre que torturaba», «el represor arrepentido», preguntándose si soy «héroe o villano». Hay documentales donde aparecen entrevistas mías, una novela de la que soy el personaje principal, y hasta un capítulo de una serie centrado en mi «caso». Puedo reconocerme en ciertos elementos de esos materiales; en otros, no. Todos ellos intentan sin embargo, cada cual a su manera, revelar quién soy, cuando yo mismo no lo sé con certeza –¿quién puede afirmar sin titubeos «este» o «esto soy yo»?–. No quiero que me encierren en una categoría de individuos ni que me atribuyan una identidad inmóvil, petrificada. No quiero que mi imagen sea un objeto comercial ni que se reduzca a lo que hice o no hice en determinado momento. Alguna vez un cineasta español me ofreció cincuenta mil dólares por venderle mi historia. No acepté. Este relato me pertenece, soy su único dueño. Y esta vez seré yo quien lo cuente, de principio a fin. Es tiempo ya: los años pasan, envejecemos, y poco a poco nos acercamos a la partida. No es que tenga una edad demasiado avanzada: podría decirse que la carrocería está bien. Pero el motor no tanto…
Poco o nada agregaré en términos factuales a los diversos testimonios que he entregado a la justicia. He declarado todo lo que sé, y los hechos no cambian. Pero sí trataré de profundizar en los recuerdos y volver sobre lo dicho para recuperar las vivencias, más allá de cualquier información inmediata y puntual. Quiero restituir del modo más fiel posible lo que sucedió en esos años. Quiero que las lagunas de esta narración sean solo aquellas, inevitables, de mi propia memoria, y no las que impone el sesgo de un punto de vista ajeno –el de un actuario, un documentalista, un escritor o un periodista–.
Hace tres o cuatro años leí la novela de Nona Fernández, La dimensión desconocida, centrada en un personaje que lleva mi nombre. Si bien se trata en el fondo de una ficción, me identifico con algunos rasgos de ese individuo. La autora «imagina», como ella misma lo reconoce, pero puedo decir que, de modo general, imagina bastante bien. En la novela, ella le habla a ese personaje que se llama igual que yo. Echando a volar la imaginación, a la manera de Nona, podría suponer que esas palabras me están efectivamente destinadas. Podría imaginar que una mañana encuentro un sobre en mi buzón; que lo abro y extraigo el libro acompañado de una nota donde la novelista me dice que ese texto sobre mí es también para mí. Y podría imaginar una respuesta.
Estimada Nona,
He tenido el honor de ver figurar mi nombre en una novela de su autoría; más aún, he tenido el insólito privilegio de ser uno de sus personajes principales. Al inicio de ese relato situado entre la ficción y la realidad, en una zona confusa y gris a la que solo nosotros, los seres de papel, los sonámbulos o los fantasmas, tenemos acceso, usted me imagina una tarde de 1984, en el centro de Santiago, caminando por la calle. Alto, delgado, con bigotes y pelo negro, como efectivamente fue el caso en mi juventud, mucho antes de que mis cabellos fueran tornándose grises. Usted me imagina apurado; creo que sí, lo estaba. Fumando un cigarrillo, con una revista bajo el brazo. Me imagina también nervioso, pero quizás en ese punto se equivoca: tengo la impresión de que, a esas alturas, ya nada podía sentir.
Entré a las oficinas de redacción de la revista Cauce: eso usted no lo imagina, sino que lo sabe, o dice que lo sabe, porque lo leyó en un reportaje publicado más tarde en la misma revista. Supone también, según lo que leyó en ese reportaje, que la recepcionista me reconoció, dado que –cree saber usted– no era la primera vez que yo me presentaba pidiendo hablar con la autora de uno de los artículos publicados en el número de Cauce que llevaba conmigo. Usted cree saberlo, digo; pero yo sé, por mi parte, que era imposible que la recepcionista me reconociera. Porque a ese lugar acudí una sola vez. Ese día, a esa hora, me jugué el todo por el todo.
Se trata de un detalle, pensará usted. Lo importante, lo esencial, es lo que le dije a la periodista cuando me encontré sentado frente a ella en su oficina: que formaba parte de un comando secreto responsable del secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de decenas de personas. Imagino que eso piensa usted, y me digo que tiene razón. Sin embargo, en torno al asunto de la recepcionista, ese desfase entre lo que usted creer saber y lo que yo sé, está lejos de ser anodino. Es la prueba de que quien a usted se dirige, aquí, ahora, no es el personaje de su novela, sino el hombre. El hombre, de carne y hueso. «El hombre que torturaba», como usted lo llama, y cuyo retrato publicado en la portada de Cauce la obsesionó, según lo que cuenta en la carta dirigida al personaje que lleva mi nombre, al punto de conducirla a escribir un libro sobre mí, o sobre él.
Estimada Nona, aquí la torre de control. Yo estoy aquí; ¿está usted ahí? Me pareció escucharla a lo lejos; ¿puede usted escucharme a mí? Estimada Nona Fernández, escritora, nacida bajo el nombre de Patricia Paola Fernández Silanes el 23 de junio de 1971, número de Rol Único Tributario 5.129.550-1, soy Andrés Antonio Valenzuela Morales, nacido el 30 de noviembre de 1955, pero no el personaje de su novela. Tampoco el soldado 1°, carnet de identidad 39.432 de la comuna de La Ligua. Soy Andrés Antonio Valenzuela Morales: este que, cuarenta años después, descubre sorprendido a ese personaje y recuerda con dolor a ese joven soldado. La historia del personaje la ha contado usted, y muy bien contada. La historia del soldado soy yo quien va a contarla ahora. Será la historia de un hombre que, perteneciendo a un comando secreto responsable del secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de decenas de personas, decide un día entregar su testimonio a quien quiera escucharlo. La historia de un hombre que, para entonces, nada puede sentir. Un hombre que ya no tiene esperanza, pero tampoco miedo. Un hombre muerto.
«Papudo» me decían. Era mi apodo. Porque nací en esa comuna de la provincia de Petorca, cerca de Valparaíso; un pueblo de mar y de montañas donde prosperan los boldos. Los habitantes de la región nos conocíamos como si fuéramos parientes. Éramos alrededor de diez familias –los Guerra, los Martínez, los Encina, los Figueroa, los Reinoso, los Valenzuela…–, todas muy humildes.
Mi padre era pescador en el verano, y durante el invierno trabajaba como albañil. Con su barco y su equipaje de cinco marineros, se internaba en altamar durante varios días para cazar marlines, arpón en mano. También practicaba la pesca con línea.
De tanto en tanto, mi hermano menor y yo lo acompañábamos. Partíamos caminando del pueblo al bosque, y de ahí a las Las Playillas. Nos bañábamos en unos laguitos de agua tibia que caía de una vertiente. Alrededor crecían los berros. Cerca de la costa pescábamos unas inmensas corvinas. Yo miraba a mi padre lanzar el señuelo con sus manos gruesas y callosas, curtidas por la sal y el cemento de la construcción. Luego esperábamos expectantes. Cuando el corcho se agitaba, recogía el hilo de nailon enrollándolo en un tarro. Pequeñas ondas circulares se propagaban en la superficie del agua mansa. Y aparecía el pez, ahora pescado. Cortábamos unos cuantos berros, encendíamos una fogata, cocíamos las corvinas, y la cena estaba lista. Nos bastaba con llevar pan, aceite, limón y sal. Nos acostábamos al aire libre, envueltos en frazadas. Así, tumbado, de cara a las estrellas, me entregaba al arrullo del mar. Y era feliz.
Una vez, corriendo por esa playa alejada de la civilización, puse el pie sobre un cactus semienterrado. Mi viejo dejó el equipaje abandonado y regresó al pueblo conmigo sobre sus espaldas, gritando como verraco. Cinco kilómetros anduvo. Varios meses estuvieron sacándome las espinas del pie.
En los cerros, nos enseñaba a cazar conejos. Subíamos el sábado y bajábamos el domingo. En el camino, cortaba hojas de boldo que nos daba a masticar. Son buenas para la salud, decía. En contraste con su olor suave, su gusto amargo e intenso me inundaba, como si el espíritu del árbol hubiera entrado en mí. Ese sabor me acompañaba durante el ascenso. Allá en lo alto cazaba los conejos mi padre. Fabricaba trampas con un trozo de alambre muy fino. Por la noche, salía a revisarlas. A veces el grito del conejo lo alertaba y corría entonces a buscar la presa. Nosotros íbamos detrás, sigilosos. Después de la cacería, nos sentábamos en torno al fuego. Zapallar, Concón, Quinteros, Ventanas y Valparaíso a lo lejos, brillaban en la noche. Y Papudo, al otro lado, también: todo el pueblo lo veíamos iluminado. Las lucecitas de unos pocos autos centelleaban.
Acostumbrado al trabajo rudo, el viejo era parco y poco expresivo; pero ahí, en la cima del mundo, nos contaba historias. Nos hablaba de unas tierras que tenía en Rari, su comuna natal, cerca de la cordillera, por las termas de Panimávida: «yo tengo ahí tierras, niños; cuando me muera, serán para ustedes». Pensábamos que era mentira, pero nos gustaba oír esos cuentos. El timbre de su voz era como el mío, ahora. A veces, cuando hablo, tengo la impresión de escucharlo a él. En eso y en otras cosas nos parecemos. Una noche, cuando él ya había fallecido, un tipo al final de una feria del pueblo me dijo: «por este camino andan los borrachos. Si pasas por ahí, van a pensar que el alma de tu padre, el viejo Daniel, está penando. Hasta se les va a pasar la borrachera».
Mi madre, Delia Felipa, tenía problemas psiquiátricos. En su locura, un día regaló a mi hermano menor, Sergio, a un terrateniente que tenía un fundo en Santiago. Cuando el tipo se lo llevó, me sentí perdido: Sergio y yo éramos inseparables. Él tenía cinco años, yo seis. Mi padre estaba desesperado. Fue probablemente a raíz de ese episodio que decidió internar a la Delia. Unos hermanos de ella la vinieron a buscar y se la llevaron a una clínica en la capital. Antes de casarse con mi padre, había tenido una primera hija –Luisa, la Lucha–, diez años mayor que yo, que vivía con nosotros. Se fue al poco tiempo, acompañando a nuestra madre.
Para entonces, mi hermano mayor, Mario, también se había ido. Tenía dotes de locutor. Un circo pasó por el pueblo, y los saltimbanquis le propusieron sumarse a una gira por todo el país. Partió a la aventura. Luego empezó a trabajar como animador en las ferias. Durante mucho tiempo no tuvimos noticias de él. Más tarde se volvió carabinero.
Un verano, mi viejo se fue a la capital a cuidar la parcela de un farmaceuta que pasaba las vacaciones en Papudo. En su casa de Santiago había una empleada. Olga, se llamaba. Mi padre se enamoró de ella y se la trajo al pueblo.
Fue ella quien se dio a la tarea de buscar a mi hermano menor. Preguntó por todo Papudo quién conocía al terrateniente, y viajó a Santiago a recorrer los fundos. Un buen día dio con Sergio. Durante más de un año, desde la tarde en que la Delia se lo regaló, el hombre lo había tenido trabajando como espantapájaros: cuando las aves llegaban a comerse el trigo, tenía que tirar de una cuerda, haciendo sonar un tarro con piedras. Sentado en un banquito, así pasaba las horas. Dormía en un gallinero. La Olga lo recuperó y se lo trajo de vuelta a la casa.
Cuando lo vi llegar, tuve la alegría más grande de mi corta vida. Flaquito y pelado al rape, al primero que se acercó fue a mí: «Andrés, dame agua», me dijo.
La Olga nos adoptó a los dos. Se transformó en nuestra segunda madre. La única, más bien, porque a la otra casi no la conocimos.
También fue ella, la Olga, quien me llevó a visitar la provincia natal de mi viejo, en el sur. Él quería que Sergio y yo fuéramos a ver a nuestros tíos, porque nunca nos habíamos encontrado con algún miembro de la familia por el lado de los Valenzuela. Como no teníamos suficiente dinero para ir todos, se decidió que yo iría solo con la que ahora era mi madre. Los tíos vivían en el campo. Uno de ellos nos invitó a recorrer las viñas. Yo cortaba a manos llenas y me comía vorazmente las uvas rosadas que desbordaban de los racimos. «No te comái las uvas», me retaba mi vieja. «Déjelo nomás que se las coma», le decía el tío.
Había un campito donde crecían unas matas desconocidas para mí, con unos frutos alargados, rojos y brillantes. Mientras mi madre conversaba con el tío, corté uno a escondidas y me lo metí al bolsillo. Un poco más lejos, le pegué una mordida. Dios mío. Eran ajíes. Los había visto preparados sobre la mesa, pero no así, en la planta. Aspiré el aire a bocanadas, empecé a transpirar, las lágrimas me corrían por las mejillas.
Caminando por un sendero, llegamos a un río en cuya ladera había árboles frutales. «Mira –me dijo el tío–: todo este sector es de tu padre. Un día será de ustedes». Mi abuelo tenía varias hectáreas de tierras, y sus hijos, cinco o seis, se habían dividido las parcelas. Moqueando todavía y con los ojos enrojecidos por el ají, descubrí que el cuento que mi viejo nos contaba era verdad.
En Papudo, nuestra casa estaba situada, junto con otras cinco, al pie de la montaña, a dos kilómetros del conglomerado de habitantes. Cerca del club de golf, en un barrio residencial de veraneantes adinerados, había jardines que la Olga cuidaba y niños con los que yo jugaba cuando venían a pasar las vacaciones. Si los jardines eran de los veraneantes, el club de golf era de la comunidad. Lo habían construido los ricos, pero todos los papudanos acudían con sus familias: los pescadores, los albañiles, el carnicero, el peluquero, y nosotros. El hijo del cuidador del club, Guillermo Encina –mi vecino y compañero de escuela, poco mayor que yo–, era el mejor golfista del pueblo. Ese barrio tenía buena estrella, porque otro vecino nuestro, el Papudo Vargas, era el más prometedor en el fútbol.
Uno de mis amigos se llamaba Carlos. Carlos Vicencio. Su tío era mi padrino de bautismo, de comunión, o algo por el estilo. Carlos también era alumno de mi escuela. Todavía lo recuerdo de overol, jugando al fútbol con las niñas en el patio. En compañía de otros chicos, pasábamos las tardes en los roqueríos de la costa, ahí donde desembocaban los desagües del alcantarillado. Llegábamos caminando sobre un gran tubo de cemento, y entre pura mierda nos sumergíamos, dichosos. Una vez apareció flotando frente a mí un feto enorme, casi transparente. Había visto imágenes así en el libro de Ciencias Naturales, pero nunca me había topado con un feto de verdad.
Desde el desagüe, nadábamos cincuenta metros hasta la primera isla. Luego cien metros hasta la segunda. Ciento cincuenta hasta la tercera. Después trescientos, hasta la siguiente. El que de ahí lograba llegar a la playa chica a lo lejos, era el campeón. Yo no siempre les ganaba a todos, pero sí a Carlos, porque era cuatro años menor que yo.
Mis hermanos y yo crecimos con algunas carencias. No demasiadas. Sin rabia ni frustración. No andábamos bien vestidos: el más pequeño heredaba los zapatos del más grande. Pero nunca tuve hambre. Durante el boicot al gobierno de Salvador Allende, jamás me tocó hacer cola para comprar provisiones. El único sacrificio que debía hacer era tomar el bus hacia Catapilco y luego caminar siete kilómetros para llegar a un supermercado mejor abastecido que el de Papudo. En mi casa no había violencia física, aunque sí fuertes discusiones. Mi padre cayó en el alcohol y terminó enamorándose de una tercera mujer. Yo lo veía todos los días pasearse con ella por el pueblo. Se fueron a vivir juntos en una de las últimas casas, a la orilla del bosque. Mi hermano Sergio y yo nos quedamos con la Olga.
No pude cursar los estudios secundarios porque para eso habría tenido que viajar a La Ligua en bus todos los días, y la plata no alcanzaba. Pero terminé la educación primaria en la escuela fiscal número 21 de Papudo.
Me gustaba leer. En los recreos me iba a la biblioteca del colegio. Entonces me transformaba en El último grumete de la Baquedano de Francisco Coloane. Me embarcaba en un buque de guerra, escondido en el peñol de la proa. Por los canales del sur recorría Punta Arenas, el Estrecho de Magallanes, la Tierra del Fuego. Desafiando las tempestades, el bramido del viento, el frío glacial, los monstruos marinos, el encanto fatal de las sirenas y el destino mismo, me convertía en un diestro marino, en cacique de los indios yámanas, me casaba con una hermosa mujer y me aventuraba en busca de mi hermano desaparecido en las costas de Magallanes, para luego volver al regazo de mi pobre madre, cargado de pieles y oro. O bien, herido de amor y de miseria, vagaba por un arrecife solitario donde el fantasma de un náufrago me ahogaba en sus brazos de mar. Me adentraba en las minas del norte con palas, picos y martillos. Bajo la tenue luz de las lámparas a punto de extinguirse, golpeaba furiosamente y, abriendo grietas en la roca viva, desentrañaba el carbón. Ante la mirada cruel del capataz, entraba en el Chiflón del Diablo, caminaba por el corredor de piedra porosa y, sudando sangre, barreteaba hasta el instante del derrumbe. Exasperado en las calicheras, colérico, insumiso, viajaba a Iquique, y en una plaza clamaba huelga con los obreros del salitre. Me llamaba Alejandro Silva Cáceres, me llamaba Sebastián, me llamaba Pablo, me llamaba Cabeza de Cobre, me llamaba Olave. Lleno de sol, de mar y de tierra, adoptaba todos los nombres, menos el mío. Me fascinaban las historias de esos marinos, mineros, agricultores, tan sufridos, tan explotados. Pobre gente, pensaba, «el hombre y la mujer tienen olor a tumba; el cuerpo se me cae sobre la tierra bruta lo mismo que el ataúd rojo del infeliz»…
Puedo decir, en suma, que tuve una infancia normal para un niño de mi condición social.
Lo único más o menos extraordinario es el contacto que yo, y solo yo, tenía a veces con otros mundos. No sé si Nona Fernández lo habrá imaginado, pero mi cercanía con «la dimensión desconocida» no comenzó la tarde en que acudí a la redacción de la revista Cauce, sino mucho antes. De hecho, cuando me fui de mi pueblo perdí el vínculo con esa zona flotante e intermedia, esa especie de purgatorio, para entrar simplemente en el infierno.
Antes de eso, a los catorce o quince años, ciertas noches, durante el sueño, me veía a mí mismo abandonar mi cuerpo para irme volando a recorrer Papudo. Hasta que una sensación extraña en las piernas, entre dolor y cosquillas, me obligaba a despertar sobresaltado.
Una mañana, en el cerro, tuve otra visión. Con mi padre y un amigo de él bajamos los tres por un sendero que conducía al camino principal. Más adelante había un río. Mientras descansábamos sentados junto al camino, vi a un señor que pasaba corriendo. Se afirmaba de los matorrales para no caerse, ya que la pendiente era pronunciada.
–Se va a caer ese señor, mira cómo corre –le dije a mi padre.
Él y su amigo se miraron.
–¿Qué señor?
–Ese caballero que está ahí.
Yo lo veía, lo seguía viendo. Iba vestido con unos blue-jeans, una camisa a cuadros y un gorrito. Yo lo veía; veía también el polvo que levantaba al correr y los matorrales que se movían a su paso cuando se agarraba de ellos.
–¿Tai hueón? No hay nadie –me dijo mi padre.
–¿Cómo que no hay nadie? Ya llegó abajo, y nos está mirando.
Vi al hombre perderse entre los árboles que daban al río. «No hay nadie, Andrés», insistían mi viejo y su amigo. Pero yo lo había visto. Con mis propios ojos lo había visto. Sería un muerto, quizás. Un alma en pena.
También estaban los presentimientos. Mi hermano menor y yo éramos bomberos. Jovencitos, formábamos parte de la brigada del pueblo. Una noche, al irnos a dormir, le dije: «Acuéstate vestido porque nos van a llamar». «¿Qué?», me preguntó, sin entender. «Va a sonar la sirena y nos vamos a tener que levantar». No me hizo caso, pero yo no me desvestí. Una hora después, empezó a sonar la sirena: un accidente automovilístico.
Hace muchos años dejé de ser chileno. Pero sigo siendo profundamente papudano. Allá en Papudo están mis raíces; están mis viejos, sepultados. Allá se me quedaron las visiones, los viajes astrales, las premoniciones. La inocencia. Todo cambió cuando me fui de mi pueblo. En Santiago hay demasiados lugares a los que no quiero volver, ni siquiera con el pensamiento: la calle donde detuvimos a alguien, los cuarteles y centros clandestinos, las casas que allanamos, la esquina donde un militante cayó asesinado. Hay postes todavía agujereados por las balas que disparamos.
He vivido dos vidas distintas. O quizás tres.
En Papudo, decía, se me quedó la inocencia. No pretenderé pues ser inocente ahora. Aunque parezca increíble, nunca maté a alguien. Pero no por mérito propio, sino por una razón muy simple: tuve la suerte de que nunca se me confiara esa misión. Si me hubieran dado la orden, lo habría hecho. El autómata en el que me transformé no tenía voluntad. Tampoco apliqué torturas, contrariamente a lo que afirmé, por motivos que explicaré aquí, en el primer testimonio que di frente a la periodista de Cauce. No las apliqué yo: no acosté a los detenidos en la parrilla, no los amarré, no les puse los electrodos, no conecté el cable en el enchufe, no apreté el botón. No los interrogué. No los golpeé. De nuevo, porque no se me dio la orden. Pero sí los conduje a la sala de interrogatorios. Sí escuché sus gritos, sí esperé detrás de la puerta para trasladarlos en vilo a sus celdas después de cada sesión, sí vi sus rostros y sus cuerpos tumefactos. Y, en el punto álgido de mi implicación, sí asumí junto con otros guardias la tarea de «prepararlos» antes de la sesión: ponerles el scotch o la venda en los ojos para que no pudieran ver a sus torturadores, colocar retazos de tela entre las esposas y las muñecas cuando se les iba a aplicar corriente. Más tarde me tocó presenciar directamente los tormentos que les infligían. Y nada hice. O nada podía hacer. ¿De verdad nada podía hacer? Aún hoy me lo pregunto. No tengo respuesta. Si hubiera intervenido o si me hubiera negado a cumplir con la labor que me habían asignado, seguramente me habrían matado. Pero ¿acaso mi vida vale más que la de cualquier otro?
Por eso la tarde en que deserté, sintiendo que el fin se acercaba, me pareció lógico decir que sí, yo también había torturado. Me sigue pareciendo lógico: ¿dónde comienza y dónde termina la tortura y eso que se llama «crimen de lesa humanidad»? La larga cadena de responsables incluye también al guardia que custodia el edificio sabiendo lo que ocurre en el interior, o al chofer del vehículo donde trasladan a los detenidos. Yo formé parte de esa cadena que se extiende más lejos aún. La justicia tiene sus parámetros y sus gradaciones: el autor intelectual, el ejecutor, el cómplice voluntario o involuntario, el colaborador, el encubridor, el testigo silencioso... Dejo entre sus manos la evaluación objetiva de mis faltas. Pero en la experiencia todo es más confuso. La culpa es también la que se lleva adentro. No pretenderé pues ser inocente ahora. De nadie espero el perdón, ni siquiera de mí mismo. Lo he pedido, sí, pero no lo espero.
Hasta donde recuerdo, en dos o tres ocasiones me ordenaron someter a los detenidos por la fuerza. También una vez, en un centro de torturas, me tocó golpear a alguien: era un señor al que le habían impuesto como castigo estar de pie durante horas, días quizás. Tuvo un ataque de locura. Se azotaba la cabeza contra la pared. Si bien los guardias teníamos prohibido tocar a los presos, junto con otro conscripto le pegamos para que no se matara y siguiera cumpliendo su castigo.
No trataré de justificarme: haciendo un balance de mis actos, me queda claro que estoy en deuda. Con los otros y conmigo también.
Podría imaginar que en este preciso instante se encuentra sentado frente a mí el soldado que yo era en otra época: alto, delgado, con bigote y pelo negro. Imaginar que lo invito a contar su historia desde el principio, sin prisa, pausadamente, como si su interlocutor no fuera ya un actuario, un juez, un periodista o un cineasta, sino un viejo amigo. Pero no hace falta imaginarlo: el soldado está aquí. No frente a mí: dentro de mí.
Habla, soldado. Sin prisa, pausadamente. Cuéntale a este hombre que eres tú mismo, pero más viejo y con los cabellos grises, lo que has visto, lo que has hecho. Habla de ti conmigo. Solo esta vez habla por ti.
Dame un cigarro, viejo. Fumando recuerdo mejor.
Fumemos juntos, soldado: el humo que expiramos sale cargado de recuerdos.
