Diarios (1999-2003) - Iñaki Uriarte - E-Book

Diarios (1999-2003) E-Book

Iñaki Uriarte

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Beschreibung

«Un diario formidable».—Enrique Vila-Matas «Un ejemplo de naturalidad y agudeza».—Antonio Muñoz Molina «Cada página, escrita siempre como al desgaire, sin levantar la voz, es un prodigio de ironía e inteligencia».—José Luis García Martín (El cultural, ABC) «Acierta tantas veces y tan a menudo que se siente la tentación de creer que es un personaje de ficción o una obra maestra rescatada de algún remoto tiempo pasado. […] Solo puede tener razón con tanta frecuencia y humor quien ha descreído de casi todos los sermones».—Jordi Gracia (El País) «A Iñaki Uriarte me gustaba verlo como un gran lector, como un hombre muy inteligente y sensato ágrafo, un radical del silencio. Pero un día me sorprendió mandándome unos fragmentos del formidable diario que había estado escribiendo a lo largo de los años. Me pareció tan bueno lo que leí que aún no me he repuesto de la impresión. Le envidio porque es libre».—Enrique Vila-Matas

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Pepitas de calabaza s.l.

Apartado de correos n.0 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© Iñaki Uriarte, 2010

© De la presente edición, Pepitas ed.

Grafismo y esas cosas: Julián Lacalle & Miguel Ropero

ISBN: 978-84-18998-83-6

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, mayo de 2010

Segunda edición, julio de 2010

Tercera edición, octubre de 2011

Cuarta edición, junio de 2015

Quinta edición, mayo de 2018

Sexta edición, marzo de 2023

Diarios

1999-2003

Diarios

1999-2003

Iñaki Uriarte

1999

 

 

MIENTRAS ME HACEN el escáner la doctora repite mi nombre: «¿Qué tal estás, Ignacio?». «Ponte aquí, Ignacio.» «Ahora un poco más a la derecha, Ignacio.» «Ya está, Ignacio.» «Ahora vendrán a buscarte, Ignacio.» «Adiós, Ignacio.» Ya sé que es un truco para tranquilizarme, pero funciona. Aunque todo el mundo me llama Iñaki, no me habría venido mal incluso algún don Ignacio. Sin embargo, sólo me relajo de verdad cuando llega el celador para subirme a la habitación, gira la camilla de golpe y arranca al grito de: «¡Vamos, moreno!».

PLA DICE QUE hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo.

UNA VEZ ESCRIBÍ para el periódico:

«La observación es de Nietzsche: “Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez. Ello incumbe a la moral”. Es fácil señalar unos cuantos defectos morales que empujan a ser grandilocuente. El primero es la falta de aplicación. A quien escribe con descuido se le llena la página de expresiones que tal vez fueron elocuentes en su origen, pero que hoy son tópicos grandilocuentes. Otros enemigos de la escritura sencilla son la vanidad y el miedo. Quien escribe para publicar y ser leído tiende a adornar o proteger su pensamiento con grandes palabras. Y esto de las grandes palabras hay que entenderlo literalmente. Gracias a un artilugio del ordenador, veo que el tamaño medio de los vocablos de los “Puntos de vista” que publico a veces en El Correo es de 4,6 letras. Las mismas teclas aseguran que el tamaño medio de los que empleo en otros textos que escribo y guardo en privado, sin pensar en su publicación, es de 4,3 letras. He aquí un 0,3 de grandilocuencia añadida del que podría corregirme. Por ejemplo, siendo más fiel al consejo dado una vez por Valéry a un aprendiz de escritor: “Entre dos palabras semejantes, escriba usted la más corta”. Todo un precepto ético».

LEER EL PERIÓDICO hasta la última coma, o prescindir absolutamente de él, entretenerme con novelas baratas, seguir con atención programas birriosos en la tele, ser afable con todo el mundo, ésos son mis síntomas más claros de bienestar.

YO LE SEGUÍA atento y cordial, y le decía que seguro que su libro estaría muy bien y tendría éxito, pero por dentro pensaba que con esa cara nadie puede escribir una buena novela. De cualquier modo, siempre considero un buen síntoma el que al leer un libro me sienta impulsado a mirar la foto del autor en la solapa. Algo tiene para mí ese libro, aunque la mayoría de las caras de los autores no lo haría suponer.

UN DOCUMENTAL DE la tele muestra una aldea de masais hartos de los elefantes. Les comen las cebollas, los tomates, los puerros, destrozan sus poblados, matan a gente. Los masais quieren acabar de una vez con esta especie en extinción. No son pocos los que opinan lo mismo con respecto al euskera.

AMA HA TARDADO casi una hora en contarme su operación de cataratas. No me ha preguntado por lo mío. No quiere saberlo. No se lo he impuesto. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos para con sus padres es el de ser felices, no el de obedecerlos o respetarlos. «Ese médico está chiflado», le dijo a María su madre cuando se enteró de que su hija tenía cataratas.

Dos días después de la muerte de la suya, Borges escribió un poema que comienza con unos versos célebres: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz». Más tarde, María Kodama dijo que se había quedado descontento con ese poema porque le parecía demasiado sentimental. Esos primeros versos no lo son. Tal vez resulten algo aparatosos los siguientes. Supongo que a quien no le gustan es a María Kodama, que no soportaba a la madre de Borges.

No veo claro que el único deber que tengamos para con nuestros padres sea el de ser felices. Ni que constituya un deber nuestro, ni que ellos se conformen con eso. Suelen querer otras cosas, por encima de nuestra felicidad. Por ejemplo, que nos convirtamos en personas prestigiosas, importantes, y que nuestro relumbrón les alcance, aunque sólo sea para presumir delante de sus amigos. «El Estado son las amigas de mi madre», he comentado a veces. Las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Recuerdo una película de James Cagney que termina con el pobre hombre rodeado por la policía, subido al tejado de una refinería en llamas, a punto de explotar, mientras grita: «¡Mira, “mam”, mira! ¡Estoy en la cima del mundo!».

La primera vez que me encontré con los versos de Borges: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz», fue en un drugstore que había en la calle Velázquez de Madrid, a las cinco o seis de la madrugada. Estábamos allí un grupo de amigos con muchas copas encima. Algunos se acercaron a una máquina que por unas monedas proporcionaba «tu horóscopo personalizado». Yo fui hacia la mesa donde se exponían las novedades literarias. Había un libro nuevo de Borges. Lo abrí por una de sus páginas al azar y leí esos dos versos. Aquello sí que me pareció un «horóscopo personalizado». No sin cierta aprensión, lo compré y me lo llevé a casa como un tesoro.

Muchas personas han pedido a lo largo del tiempo consejo o augurio a la Biblia, al I Ching, a las obras de Virgilio, abriendo esos libros por cualquiera de sus páginas. En general, creo que es verdad lo que ocurre en una película de Godard de la que no recuerdo el título. La escena es más o menos así: varios personajes se encuentran discutiendo apasionadamente en un salón. De pronto, uno de ellos se levanta, alcanza un libro cualquiera de la biblioteca y lo abre al azar. Lee un párrafo en voz alta, todos los personajes asienten con respeto y se acaba la discusión. «Los buenos libros funcionan siempre», sentencia el que ha leído mientras devuelve el libro a su estante. Tal vez lo que sucede es que los buenos libros tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no sólo son las más importantes, sino que son las cosas que nos pasan todos los días.

San Agustín se convirtió una mañana al abrir la Biblia por una cualquiera de sus páginas y leer ciertas palabras que creyó dirigidas expresamente a él. A Petrarca le sucedió algo semejante al hojear al azar las Confesiones de san Agustín, mientras descansaba en la punta del Mont Ventoux después de una penosa ascensión. Pero la verdad es que ni siquiera hace falta que el libro sea bueno para que se produzcan estos milagros. No hay lector con algún problema muy particular que no lo encuentre mencionado en la primera novela que se decida a leer. La novela no es «un espejo a lo largo del camino», como dijo Stendhal. Es un espejo que nos ponemos delante para mirarnos. Es como una foto o una película en la que también salimos nosotros. Aunque en ella aparezcan Claudia Schiffer o el Papa en pelotas, lo primero que hacemos es buscarnos y mirarnos.

M. G. le regaló a su madre una novela que describía la relación entre una chica maravillosa y su malvada progenitora. M. G. me dijo: «Así se va a enterar por fin esa bruja de lo que pienso de ella. Se va a ver exactamente retratada en la novela». Unos días más tarde, cuando la madre terminó de leer el libro, le comentó encantada a M. G.: «Qué novela tan estupenda me regalaste, hija. Refleja exactamente la relación que yo tuve con mi madre».

Todos estos párrafos podría resumirlos con el título: «Sobre la imposibilidad de tener madre».

HUBO UNA ÉPOCA en que no bostezaba nunca. Los nervios y la tensión me mantenían siempre alerta y entretenido. Bostezar me llegó a parecer un lujo sólo al alcance de la gente feliz. Un día vi por la ventana a un hombre que abría la boca en un gran bostezo mientras esperaba el cambio del semáforo. Sentí tanta envidia que escribí: «Bostezaba mientras leía el periódico, bostezaba en las conversaciones con sus amigos, bostezaba al ver la tv o pasear por la playa, bostezaba cuando estaba con su novia, bostezaba hasta en la ducha, bostezaba mientras le insultaban o le dolían las muelas. Era imbatible. Bostezaría ante el pelotón de fusilamiento, ante el mismo Dios habría bostezado».

LEO QUE EN 1962 hubo una epidemia de risa en Tanganica. Empezó en una escuela con dos chicas que comenzaron a reírse como histéricas. Se extendió a los demás alumnos, luego al pueblo, al distrito, al país entero. Sólo remitió totalmente seis meses más tarde. ¿Cómo no se conoce más este bendito episodio de la historia?

LA GENTE MÁS activa, la más enérgica y dinámica, es la que más se queja. Los que más se mueven, los que más hacen, son quienes más despotrican.

«En el principio fue la acción», escribió Goethe. No me extraña que una vez le confesara a Eckerman que en toda su vida sólo había sido feliz durante cuatro semanas. Por mi parte, si un día hago muchas cosas, vuelvo a casa angustiado y con la sensación de que me han robado un día. Aunque me lo haya pasado bien, es un día menos.

Abderramán iii fue todavía más coqueto que Goethe. Dicen que, a la hora de su muerte, mandó escribir: «He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce»

Pero, para coqueterías, prefiero la de La Fontaine, que escribió este «Epitafio»:

«Jean s’en alla comme il était venu,

Mangea le fond avec le revenu,

Tint les tréssors chose peu necessaire.

Quant à son temps, bien su le dépenser:

Deux parts en fit, dont il soulait passer

L’une à dormir, l’autre à ne faire rien».1

¿Quién eres tú para tomarte en serio, incluso al pie de la letra, a tipos como Epicuro, Montaigne o La Fontaine?, me digo a veces. Pero el caso es que lo hago. A menudo creo que he sido incluso más perfecto que mis maestros, que eran un poco hipócritas al acusarse, o al presumir, de sus defectos.

CASUALIDADES. ME LLAMÓ Enrique Vila-Matas. «No te llamo para nada, sólo para charlar». En ese momento me encontraba releyendo un cuento de Roberto Bolaño dedicado a él. Y el libro de Bolaño se titula Llamadas telefónicas.

De todos modos, la mejor casualidad que me ha ocurrido con Vila-Matas hizo que me lo ganara para siempre. Desde entonces lo tengo como en prisión provisional. Fue en Boccacio, en Barcelona, hace más de quince años, el día que nos presentaron. Hablamos de un libro suyo, el primero o el segundo. Le comenté que la descripción del apartamento donde vivía uno de sus personajes era igual a la que hacía Truman Capote en ya no recuerdo qué novela. Se sobresaltó. Pero la casualidad había querido que yo leyera su libro y el de Capote con dos días de diferencia. «Es que no se me dan muy bien las descripciones», dijo y, según me ha recordado alguna vez él mismo, salió corriendo. Supongo que plagiar algo de vez en cuando no es tan grave. Supongo, incluso, que habrá algún gracioso que diga que nadie es un buen escritor si no ha plagiado nunca.

COMPRA LIBROS DE viejo carísimos, primeras ediciones de millones de pesetas. Me habla de no sé qué Biblia que sólo la tienen cinco o seis en España. Como se las da de muy católico, le indico: «Comprar eso es pecado». Ni me oye. «Un vicio como otro cualquiera —dice—. Otros se van al bingo, o se gastan el dinero con mujeres. Hay días que pierdo en la bolsa 40 ó 50 millones. Hoy no he querido ni mirar las cotizaciones, con esta puta guerra de Kosovo. Tengo un libro de Juan de Icíar.» «¿De quién?» «De Juan de Icíar, el polígrafo de Felipe ii. El mejor polígrafo del mundo». «¿Calígrafo?», insinúo. «Sí, eso, calígrafo. Los japoneses pujan muy alto por estos libros.» «¿Y dónde los tienes?» «Los guardo en cajas fuertes. O en el banco.» «Eso es tristísimo.» «A veces los saco», dice.

«PAR COEUR», «BY HEART», o sea, «de corazón», así se dice en francés y en inglés «de memoria». En Benidorm, en el piso 19 de un edificio de apartamentos, como en una nave espacial sobre el mar, me llega el recuerdo del poema «De vita beata», de Gil de Biedma, y de los versos de Rimbaud: «Elle est retrouvée. Quoi ? L’eternité. C’est la mer allée avec le soleil». Palabras almacenadas de corazón en la memoria y que vienen de vez en cuando. Creo que las de Gil de Biedma me llegaron por los versos «en una casa junto al mar» y, sobre todo, «no leer...». Llevaba unas horas sin leer, mirando el mar y el cielo del atardecer. Cómo me agarro a la lectura, hasta acabar medio mareado, cuando no estoy bien.

HUYO DE DESARROLLAR las ideas. Como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud. Sólo es falta de talento. No sé quién ha dicho que escribir es hablar sin ser interrumpido. Pero yo me interrumpo de continuo a mí mismo. Tampoco soy lo suficientemente charlatán, ni me gusta mucho escucharme. Hablo a trompicones. Escribo de la misma manera. Y como dijo Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario».

EL AZAR y la necesidad me llevaron a hacer crítica literaria en los periódicos. Llegar a Bilbao deprimido, sin dinero, trabajo, casa, novia ni amigos, me había hundido. Pasar directamente del más impresentable «fracaso» a exhibir mi firma en el periódico fue un buen modo de saltarme muchos pasos y aparentar «ser alguien». Resultaba una buena coartada. Lo cuento tal como fue, pero se ríen cuando digo lo de la coartada. Creen que es un chiste. Ahora que ya no publico prácticamente nada en el periódico, debería inventarme que estoy escribiendo un libro.

UN TIPO BRILLANTE, de no mucha inteligencia, con muy mala leche, rápido y plástico en su manera de expresarse, pasa por ser alguien gracioso, entretenido, que anima las conversaciones, pero nunca alcanza el respeto social que obtiene, con las mismas artes, un escritor. La gente, como no tiene práctica de escribir, otorga más mérito a lo dicho por escrito que a lo hablado.

OTRA PRESENTACIÓN DE Juaristi. Una novela de J. I. Como es su costumbre, Juaristi la pone mal, ironiza sobre el autor, que empalidece poco a poco ante el asombro y la piedad del público. Juaristi concluye asegurando que escribir novelas es una tarea baladí, que lo que hay que hacer es lo suyo, escribir ensayos. Al final del acto, alguien sugiere tomar unas copas. Juaristi dice que sí, encantado. Su mujer lo coge del brazo y se lo lleva, advirtiéndole: «Aquí no podemos quedarnos. No vamos a seguir haciendo el ridículo».

LEO LO QUE sea. Con los libros me sucede como con los amigos: no tengo muchos que conozca bien y a los que recurra de continuo. Pero cuento con infinidad de amistades menores, muchas de ellas puro lumpen, o de esas que a la gente le parecerían sin interés.

Lo mismo que quien pasa gran parte de su tiempo en sociedad conoce a personas muy variadas, yo he conocido de todo entre los libros. Tengo amigos hoy famosos con los que me sucede lo que supongo le ocurre a la gente con los suyos. Los conocimos hace muchos años, y no con una gran intimidad, pero luego, como se hicieron célebres por llegar a ministros u ocupar otros puestos de relevancia en la sociedad, y los vemos constantemente en los periódicos o en la tele, nos convencemos de que son muy amigos nuestros. Hablamos de ellos como si fueran íntimos, pero no es verdad. Algo de eso me ocurre con ciertos escritores, Cervantes y Shakespeare, por ejemplo, no digamos Dante u Homero. Una vez, hace ya mucho tiempo, dedicamos diez o doce horas a Balzac y ya nos pasamos toda la vida citándolo como si fuera una inseparable amistad. Yo he ocupado esas mismas horas con muchísima gente de la que no guardo el mínimo recuerdo.

En la cena salieron Baroja, Unamuno, Azorín, Pemán, Castresana, Cela, etc. Parecía el colegio. En parte porque ninguno lee ya casi nada de lo nuevo. Pero también porque de estos escritores, aunque tampoco sean muy leídos, con los años, después de tantas conversaciones, alguna opinión se le va pegando a todo el mundo. Todos tenemos algo que decir sobre ellos. Todos somos un poco como aquel que no paraba de hablar de Stendhal y al que algún impertinente preguntó: «¿Pero ha leído usted a Stendhal?», a lo que respondió, tan tranquilo: «Hombre, claro. Bueno, personalmente, no, pero...».

DE AITA PUEDO hablar poco. Le cuidamos unos días en la clínica. Pobre hombre. Tere y yo pensamos que había que disponer de algo para suicidarse. O por lo menos de algún tipo de droga que provocara la tranquilidad. Murió a los pocos días. Tere y yo coincidimos en que la muerte no es para tanto. Pero sí lo es la agonía. Pobre hombre. Pobres todos. Era como un fuego que no terminaba de apagarse. No quedaban más que brasas, pequeñas llamas, algo aquí y allí que aún ardía. Pero no se consumía del todo. Qué tristeza. Respiraba mal, le pusieron una mascarilla de oxígeno. En vez de avivarse, se apagó del todo.

No ha habido un derrumbamiento lacrimógeno. Es la suerte de tener una familia así. Nos hemos reído contando cosas y viendo los absurdos que se producen en estas situaciones. Ama bajó al tanatorio con Antón y se dio un buen susto al levantar la sábana de la camilla de otro creyendo que era la de aita. Iñaki Rotaetxe, que no está muy bien de la cabeza, vino a la clínica, vio a aita muerto, volvió al trabajo y les contó a todos que estaba estupendamente. Si a Tere y a mí, un día en que le cuidábamos, nos hubieran filmado con una cámara oculta y sin sonido, los espectadores podrían haber pensado que estábamos practicando algún ritual sádico, o que por el contrario, en la cama había un bebé recibiendo muestras de cariño. Nos reíamos de él, le cuidábamos con la máxima ternura, pero nos reíamos de él, de nosotros, de la impresentable condición humana. Quería la radio, pedía la radio, se la pegaba de mala manera al oído y escuchaba con toda atención los últimos avatares de Clinton y la Lewinsky. Parecían interesarle muchísimo. Se estaba muriendo.

ADEMÁS DEL GÉNERO policíaco, fantástico, erótico, rosa, de ciencia ficción, histórico, etc., existe otro género en la novela, el de las novelas literarias. En él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas. Este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura.

NO BEBO. LA conversación evoluciona a medida que los otros toman copas. No cambian tanto los temas como el mismo mecanismo de la conversación, que poco a poco te va excluyendo. Suben la voz, parecen entender frases, palabras y argumentos a los que tú no ves mucho sentido. Pero es que ya no hablan como al principio. Ahora es como si se escucharan sobre todo a ellos mismos, cada uno con su charla particular, que a veces se entrecruza en algún punto con la del otro. No argumentan. Cada uno se oye a sí mismo, se regodea en sus propias opiniones, lo que dice el de al lado no es más que un punto de apoyo para coger impulso y continuar cada uno a lo suyo.

CONFIRMO QUE LA tranquilidad y la ausencia de dolores me llevan a una especie de pasividad estupenda. A tumbarme en el sofá, mirar el techo, las plantas, las moscas. Hoy ha brotado la primera flor en la buganvilla de la ventana.

PRESENTÉ LA NOVELA de R. tras una semana de pánico y una pastilla de sumial tomada una hora antes. Lo llevaba muy pensado y más o menos escrito, pero preferí hablar. Resulta que soy bueno en esto de hablar en público. Me felicitaban al final como si fuera un cantante. Me doy cuenta de que lo más importante no es el contenido de lo que dije, aunque lo llevaba bien preparado, sino el modo. El caso es que me senté, me puse las gafas, miré a la gente, empecé a hablar y no paré en media hora. «Has dominado», me dijo Santi Cámara al final. «Ha sido muy cálido», dijo otro. «Serías un estupendo profesor en una universidad americana», añadió M., misteriosamente. «Cuando escriba un libro, te pediré que lo presentes», ha gritado un empleado de la librería, que no sé cómo se llama, al despedirse.

CUANDO HE LEÍDO biografías (ahora acabo de comenzar una de Proust), siempre las he empezado por las páginas en que el biografiado tenía ya mi edad (pero Proust no la alcanzó nunca). Hay un momento absurdo en la vida. Cuando te das cuenta de que todos los grandes de este mundo son más jóvenes que tú. Ayer leí que hasta Atila se murió con menos años que los míos.

HE PASADO UNOS días releyendo casi todo Borges.

Borges suele asimilar lo prodigioso a lo ordinario, lo fantástico a lo trivial. El Aleph es una cosa asombrosa, pero para contemplarlo hay que ir a casa de un imbécil, someterse a sus groserías, bajar al sótano, tumbarse de espaldas en la oscuridad y dirigir la mirada hacia un determinado peldaño de la escalera.

Funes es un ser extraordinario cuya mente le permite recordar con pelos y señales cualquier cosa que pasa por su vida. Es un tipo portentoso, pero a la vez no es más que un tullido, el hijo de la planchadora de un pueblo perdido en el campo, que se pasa el día tumbado en la cama, mirando una higuera o una telaraña.

Ésta es una técnica de Borges. En parte supongo que la tomó de Kafka. Cuando dijo que el relato «Walkfield», de Hawthorne, prefiguraba el mundo de Kafka por la «profunda mediocridad del héroe, que contrasta con la magnitud de su maldición», estaba hablando de sus propios cuentos.

Lo eminente y lo mínimo vienen a ser lo mismo en los cuentos de Borges. Todos los habitantes de Babilonia han sido alguna vez procónsules y alguna vez esclavos. Los sacerdotes de la Secta del Fénix se nombran entre los esclavos, los leprosos y los pordioseros. El orden inferior no es más que el reflejo del orden superior, y viceversa.

Nada más zarandeado que el lugar de Dios, o de los dioses, en los libros de Borges. Es posible hallarlos en la mancha de la piel de un jaguar o en una letra minúscula escondida en un mapa de la India hallado al azar entre los cuatrocientos mil tomos de una biblioteca. Hay un cuento donde los dioses irrumpen en un aula universitaria y resultan ser unos sujetos de aspecto bestial, que ya no saben ni hablar. En uno de los relatos creo que hasta Judas es Dios.

Los Judas, los traidores, son un tema favorito de Borges. Un guerrero lombardo deja a los suyos durante el asedio de Rávena y muere defendiendo la ciudad. Tadeo Isidoro Cruz abandona la fila de los soldados en plena batalla y se pone a pelear junto a Martín Fierro, que también es un desertor. La vindicación, o por lo menos una cierta rehabilitación poética de la traición, la defensa de lo más vil, me parece que es para Borges una forma extrema de aludir a la compasión, a la identificación con el otro, a la fuente de cualquier moral.

SI ALGO DE poder he disfrutado en esta vida, no ha ido mucho más allá de cierta influencia sobre los camareros y algunas mujeres. Pero sin contar a las interinas. P. acaba de ordenarme de nuevo los libros desparramados por toda la casa. Ya no hay ninguno en la mesilla de noche, los montoncitos del sofá y de la otra mesa han desaparecido. Los ha puesto en las baldas de la biblioteca que ha encontrado más a mano, como coloca los cacharros y los platos en los armarios de la cocina. Para ella todos son iguales. Un libro es igual a otro libro, como un plato a otro plato. Al principio me he enfadado. Luego, no. Los que tengan que volver, volverán. Ya han empezado a germinar nuevos montoncitos.

EL OTRO DÍA, en el Carlton, Pérez Reverte le quiso dar un cabezazo a E. porque en una ocasión se había burlado de él en un artículo. «La próxima vez te vas a inspirar en tu puta madre», le dijo. Como E. se escabulló, Pérez Reverte amagó con el cabezazo.

Disfruto con las polémicas entre escritores, sobre todo cuando se arremeten con saña. Primero, porque disponen de una lengua especialmente apta para el ataque brillante y malvado («cual mozos de camino»). Segundo, porque esto ocurre en un mundo supuestamente más tolerante, noble y desinteresado que el del común de los mortales. Por eso, aunque ya sé que está mal, me reí cuando me enteré de que unos cuantos a los que S. O. satirizaba y despreciaba en una de sus novelas, un día le agarraron en un bar y le dieron unos golpes. No me parece del todo reprochable. ¿Qué iban a hacer? ¿Aguantar? ¿Escribir otra novela? ¿Contraatacar, como el conde de Greffulhe, cuando se publicó «A la recherche...», se vio caricaturizado en el personaje del duque de Guermantes, y avisó: «Salgo de París. Me marcho a mi castillo a escribir un libro para contestar a Proust»?

CONOZCO A MUCHOS escritores que dicen tener en su mujer a su mejor crítico. Supongo que siempre ha sido así. Proust, en una carta sobre su amante y chófer Agostinelli: «Un ser extraordinario, ¡que posee quizá las más grandes dotes intelectuales que he conocido en mi vida!». Hay citas para todo en Proust.

ALGUIEN ACABA DE tocar el timbre del portal con una insistencia impertinente. Como me dice que viene de la parroquia contesto que bien, que le abro, pero que no vuelva a tocar el timbre así. Escucho sus pasos por el pasillo. Le voy a mandar a tomar por culo, pienso. Le voy a decir que estoy escribiendo un mensaje por correo electrónico y que no puedo interrumpirlo. Oigo ladrar al perro del vecino. Suena el timbre. Es un cura. Se presenta como el padre Saturnino y va acompañado por uno que parece seglar. Dicen que vienen de la parroquia a hablar porque «el Señor ha resucitado». Me alegro, les digo, me alegro mucho, pero estoy trabajando. Les doy la mano y se van. «Por lo menos usted nos ha atendido», se despiden con una sonrisa.

Hasta los ateos tenemos cierto miedo a que la fe se desvanezca por completo del mundo. De ahí llega parte del placer que sentimos al ver en la tv a gente que asegura creer en las historias más peregrinas.

VUELVO A HABLAR con Miguel sobre lo de escribir o no escribir. Resumo lo que le digo: yo no escribo bien, no he escrito cuentos ni se me ha ocurrido empezar una novela, no tengo voluntad, talento ni ambición suficientes para meterme en ese berenjenal de angustias y montaña rusa de vanidades y humillaciones que supone intentar publicar un libro. En fin, que no dispongo del arsenal necesario para ir a esa guerra.

¿Que me hubiera gustado ser un escritor? Si hay obligación de ser algo, tal vez más que otra cosa, pero sólo eso.

HAY GENTE QUE lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel. Hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto les traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba.

NI LA NOVELA erótica ni la cómica parece que sean obras respetables. No sé por qué. Nunca lo han sido. Borges dice que el humor no es un talento literario, sino algo así como un género oral, un favor que se nos depara en las conversaciones. Dice que el humor español consiste sobre todo en retruécanos. Siempre me ha parecido que los juegos de palabras hacen parecer más listos a los tontos y más tontos a los listos. El humor demasiado explícito resulta en literatura como el maquillaje excesivo en una mujer. Mihura a Mingote al terminar Melocotón en almíbar: «Ahora le estoy quitando los chistes».

PARA ACTUAR EN política te tiene que interesar la política, no las ideas. La política no es más que una lucha personal por el poder entre ciertos hombres, a hostia limpia. «El mejor libro de política que conozco es la Vida de los doce Césares, de Suetonio», dice Robert Harris. Don DeLillo define la política como «un asunto de hombres reunidos en cuartos». Es posible que en la política haya un componente homosexual. Por lo menos, seguro que hay cuartos oscuros.

«LA CITA, CONFESIÓN de debilidad, recita con predilección los discursos de la melancolía» (Starobinski).

Es verdad. La mayor parte de las citas que se salvan en el tiempo y se repiten en una y otra época son más bien tristes, melancólicas. Confesiones o advertencias sobre la debilidad humana, avisos para navegantes, consuelos para el herido, bálsamos. A Peru, en Washington, los funcionarios de la DEA le decían siempre que las drogas con un mayor pasado y un mayor futuro son las analgésicas y las tranquilizantes, no las excitantes. El opio y la heroína, no la cocaína o las anfetaminas.

TODAVÍA NO HE llegado a aprender que un cabrón no piensa nunca, ni en el fondo, en el fondo, que es un cabrón. Lo que piensa siempre es que el cabrón eres tú.

TENGO MUY MAL oído. A veces me he preguntado si el ritmo o la musicalidad del estilo literario tendrán algo que ver con el oído y el sentido musical propiamente dichos. Pero grandes estilistas como Umbral o Flaubert han asegurado carecer de cualquier sensibilidad para la música. Borges contaba que él y Lugones tenían un oído tan malo que siempre que empezaba a sonar alguna pieza se ponían de pie por miedo a que se tratara del himno nacional.

NUNCA ME ACOSTUMBRARÉ a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada. A lo que sí me he acostumbrado es a que sean amigos míos.

AVILÉS. EN LA primera página del periódico viene una chica en tanga anunciando una sala de strip-tease. Las pintadas en las calles siguen siendo rojas, algunas anarquistas. «Fondo Monetario Internacional, asesinos». Aquí, el periódico todavía trae los movimientos del puerto: «Entradas: RYSUM