4,99 €
Presionada por su madre para convertirse en la mejor de su área profesional, Penny cree que el destino ha tocado a su puerta cuando recibe la noticia de que no solo es una de las herederas del Rancho Steele, sino que tiene un padre que nunca conoció. Penny aprovecha la oportunidad para liberarse de la familia de la que nunca se sintió parte y se dirige a Barlow, Montana.
Allí, dos vaqueros se deslumbran con esta rubia inteligente y hermosa y no tienen intención de dejarla ir. Jamison y Boone le darán lo que ella quiere, especialmente desde que domaron su corazón.
Este es el segundo libro de la serie del Rancho Steele, donde las mujeres son inteligentes e insaciables y donde ellas podrán dar montadas salvajes a sus hombres.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2018
Derechos de Autor © 2018 por Vanessa Vale
Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.
Diseño de la Portada: Bridger Media
Imagen de la Portada: Deposit Photos- prometeus
¡Recibe un libro gratis!
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Contenido extra
¿Quieres más?
¡Recibe un libro gratis!
ACERCA DE LA AUTORA
Únete a mi lista de correo electrónico para ser el primero en saber de las nuevas publicaciones, libros gratis, precios especiales y otros premios de la autora.
http://vanessavaleauthor.com/v/ed
JAMISON
Observé a los patrones llegar y abandonar el Silky Spur. Estando de pie, bailando toda la noche en el bar local a las afueras de la ciudad, el lugar tenía vida. A diferencia de todos los demás que se acercaron pensando en divertirse, yo luché contra ello. No, luché contra mí mismo porque ella estaba ahí. Y yo ignoraba que mi pene, que descansaba abajo entre mis muslos, estaba dolorosamente duro y sin la esperanza de que se bajara. Si escuchara lo que quería esa cabeza, estaría metido dentro de ella hasta las pelotas. Pero yo no vivía por lo que mi pene quería —ya no tenía diecinueve años— hasta ahora. Hasta ella.
La había visto entrar con Shamus y Patrick y otros pocos del rancho hacía poco más de una hora. Sí, yo la estaba acechando, pero ella necesitaba a alguien que la cuidara. Que la protegiera. En comparación con algunas de las mujeres que llevaban pantalones, cortos que apenas les cubrían el trasero, y camisas pequeñas, ella estaba vestida modestamente con una falda de mezclilla, botas de vaquera y una blusa occidental.
No importaba si usaba eso o un saco. Podía imaginarme cada centímetro de su cuerpo. Un bulto pequeño y voluptuoso. Solo importaba que nadie más veía toda esa perfección. Apreté el volante; mis nudillos se pusieron blancos, sabiendo que golpearía a cualquier tipo que le pusiera un dedo encima. Excepto por Boone. Quería observarlo poner sus manos por toda ella.
Demonios. Me senté en el estacionamiento, haciendo nada. Habían pasado tres días desde la primera vez que vi a Penélope Vandervelk, la segunda hija y heredera Steele en llegar a Montana, y desde entonces, no había pensado en nada más sino en ella. Su largo cabello rubio. Lo pequeña que era. La parte de arriba de su cabeza, de seguro, no pasaba de mi hombro. Ojos azules. Y esos senos y ese trasero. Para alguien tan pequeño, tenía más curvas que una carretera en las montañas. No había duda de que ese monte de venus sobrepasaría las palmas de mis manos y sus caderas… eran perfectas para agarrarla y sostenerla mientras la follara desde atrás.
Gemí dentro de los confines de la cabina de la camioneta. La deseaba con una desesperación que nunca había experimentado. Había visto lo rápido que Cord Connolly y Riley Townsend se habían enamorado de Kady Parks. A pesar de que no me había reído por lo repentino, por la intensidad de su conexión, sin duda alguna, había dudado que alguna vez eso me pasara a mí. Estaba tan jodidamente equivocado. Demonios, estarían riéndose de mí ahora mismo si supieran lo que estaba haciendo. De nuevo, con un pene tan duro como una viga de acero.
Quería a Penélope. Mi pene —y mi corazón— no tendrían a nadie más. Ahora no veía a otras mujeres. Demasiado altas, demasiado delgadas, demasiado… lo que sea. No importaba. Ellas no eran ella.
¿La peor parte? Tenía veintidós. Dios, yo era dieciséis años más viejo. ¡Dieciséis! Lo suficiente para saber más que solo ensuciarla. Y lo que quería hacerle la pondría muy sucia. Debería dejarla en paz. Dejar que encontrara a un chico de su edad. Oh, sí. Aunque ningún chico joven conocería el camino hacia una vagina aplicando algún tipo de destreza. Se estaría perdiendo lo que Boone y yo podíamos darle, lo que se merecía. Y, aun así, sabía que estaba mal. Por eso era que estaba en Silky Spur con Patrick y Shamus. Ellos todavía estaban en la universidad, nacieron en la misma maldita década. Al igual que los otros del rancho con los que estaba. Ellos la habían invitado a bailar. Un grupo de chicos interactuaban unos con otros para encontrar el modo de acercarse a ella. Solo el pensamiento de uno de ellos tocándola —demonios, incluso, pensar en alguno metiéndose entre esos muslos exquisitos— me hacía poner jodidamente rojo.
Boone y yo éramos los únicos que veríamos esos senos, que lameríamos sus pezones para luego probar su miel dulce y pegajosa directamente desde su fuente. Para escucharla gritar nuestros nombres mientras se viniera. Para que exprimiera mi pene y sacara cada gota de semen de mis pelotas.
Demonios, sí. Y cuando me sacara todo, la observaría tomar su turno con Boone porque un pene duro no sería suficiente para ella. No iba a ser capaz de caminar apropiadamente y no recordaría ni su propio nombre.
Y por eso es que estaba aquí. Me había contenido lo suficiente. Mi pene decía “ve por ella”. Mi mente decía “apártate”. Hasta ahora. Deberían darme una maldita medalla por contenerme por tanto tiempo. Tres días fueron una jodida tortura. Ya no más. El propio pensamiento de ella, bailando y meneando ese perfecto trasero en frente de otros hombres, derrocó mi última resolución. Había estado esperando el momento indicado para acercarme. Treinta y ocho años. No era un rollo de una noche. No era una picazón para ser rascada. No. Esto era algo serio.
Quería a Penélope —para siempre— e iba a tenerla.
Decisión tomada, agarré mi teléfono, llamé a Boone.
“Me rindo”.
Eso fue todo lo que dije, pero él sabía exactamente a lo que me refería. “Hasta que al fin sacaste la cabeza de tu propio trasero. Mi pene está asqueado y cansado de mi puño”.
Parecía que había llenado nuestras fantasías en los últimos días. Mientras que Boone se había volado la cabeza con pensamientos sobre Penélope, yo me había aguantado. Quería guardarle cada gota de mi semen y me dolían las pelotas en protesta. Mi puño no iba a hacer nada. Una mirada a ella y quería venirme con ese coño ajustado y envuelto en calor alrededor de mí. Por siempre.
Boone estaba en el rancho cuando ella llegó por primera vez, cuando escaló desde su pequeño auto cargado con sus cosas. Dulce, joven, inocente. Jodidamente hermosa. Él me había dado la mirada y supe que había pensado lo mismo que yo. Era la indicada. Iba a ser nuestra. Como no había estado listo, luché como nunca para mantener distancia hasta una presentación básica; él había evitado acercarse a ella por más. Lo haríamos juntos porque ella pertenecería a los dos. La tomaríamos, la reclamaríamos, la follaríamos. Juntos.
Obviamente, él sabía que eventualmente me rendiría a la tentación de ese cabello rubio. Odiaba su profunda paciencia. La había odiado desde que éramos pequeños —el hijo de puta—. No me dejaba llevar por un cabello, pero en comparación a Boone, yo era imprudente y espontáneo. Por eso es que él era tan buen doctor. Pero sus palabras demostraban que no estaba tan despreocupado por ella como yo había pensado.
“Ven a Silky Spur”, dije, abriendo la puerta de mi camioneta y saliendo. “Es hora de reclamar a nuestra chica”.
PENNY
No tenía idea que bailar en fila podía ser tan divertido. No podía evitar la sonrisa en mi cara o cómo me sentía… bien. Entendí por qué las personas decían que patear con los tacones era divertido. Me había perdido la diversión mientras estuve metida de cabeza haciendo investigaciones y escribiendo la tesis de mi maestría y el esquema de mi disertación. Oh, pero había valido la pena; incluso, me habían enviado un correo electrónico sobre una oferta de trabajo en una compañía de petróleo y gas. Otras pequeñas firmas también habían hecho sus ofertas, pero la firma internacional estaba verdaderamente interesada y eran serios con respecto a su propuesta. Sin embargo, todo el trabajo y las aburridas —aunque altamente lucrativas—oportunidades de trabajo solo confirmaban lo que ya sabía. No quería trabajar con petróleo y gas. No estaba viviendo mi vida.
Por supuesto, nunca me habían dado una oportunidad para solo divertirme. Mis padres —mi madre y el hombre que pensé que era mi padre— se habrían hubieran desmayado si me hubieran visto en un bar de una ciudad del Oeste. Me reí mientras movía mis pies en sincronía con el ritmo de la canción, aprendiendo los pasos y siguiendo a los que estaban delante de mí en la fila. Me dejé caer, pero no me importó. Nadie se estaba dando cuenta de mis errores, ni señalándolos ni avergonzándome. Nadie sabía quién era. Y más importante aún, nadie sabía quiénes eran mis padres. Gracias al cielo.
Todo el mundo daba pisotones y aplaudía, se meneaban y volteaban juntos. El aire lleno de humo estaba un poco mezclado con vapor por la multitud. Shamus capturó mi atención cuando me giré, me guiñó un ojo y me dio una pequeña sonrisa. No pude hacer más nada, sino sonreírle también y saludarlo, luego me quedé un poco atrás en el pie talón que vino después. Cuando se terminó la canción, todos aplaudían y gritaban; algunos, incluso, gritaban de una forma ensordecedora, como la que usaba el ama de llaves de mis padres para llamar a los perros. Nunca había aprendido esa habilidad, aunque mi mamá consideraba grosera la acción y dijo que esa era una de las razones por las que nunca ascendería a la señora Beauford de su puesto.
Dios, mi madre.
¿Por qué siempre pensaba en ella, en la familia, todo… el… tiempo? No estaba en la escuela, ni en mi viaje de investigación o trabajo en Islandia. Estaba en Montana y lejos de sus pulgares opresivos, completamente decepcionada por mi madre. No había forma de que vinieran aquí, incluso, si fuera para sacarme del bar.
No. Estaba a salvo de ellos. A salvo no era exactamente la palabra adecuada. Ellos no eran peligrosos. Nunca me lastimarían físicamente. ¿Emocionalmente? Sí, tenía unas buenas cicatrices. De lo único que estaba en peligro con los Vandervelks era de perderme a mí misma. Y Aiden Steele, bendito sea su corazón muerto, me había salvado. Desearía que estuviese vivo para poder agradecerle, abrazarlo y besarlo con una demostración pública abierta y vergonzosa. Ahora sabía por qué nunca había encajado en mi familia. Esto explicaba tanto, incluso por qué posiblemente me gustaba bailar en fila. ¿Le habrá gustado a él? Si había dejado cinco hijas ilegítimas por todo el país, entonces tenía que pensar que, al menos, había intentado bailar en fila.
Solo tenía que preguntarme cómo un hombre como él había podido estar en la cama de mi madre por una noche. Me sequé la frente y me lamí los labios secos mientras volvía hacia donde estaban todos, tratando de borrar de mi mente la imagen de mi madre teniendo sexo con alguien.
“¿Te estás divirtiendo?”, preguntó Patrick. Estaba en una mesa alta, con sus antebrazos descansando sobre ella mientras esperaba mi respuesta.
“Absolutamente”. Me sacudí la camisa tratando de enfriarme. El bar estaba lleno de gente y bailar me dio calor. “¿Conseguiste una cita?”.
Sonrió, y a pesar de la tenue iluminación, podría decir que se había sonrojado. Justo después de que habíamos llegado, vi a una mujer que era dulce —sus palabras, no mías— y fui hacia ella.
“Mañana por la noche. ¿Estás lista para una cerveza?”.
Asentí y me sirvió un vaso de la jarra de plástico que estaba en el medio de la mesa mientras me contaba sobre ella. Estaban, definitivamente, locos por ella. Patrick, Shamus y los otros chicos eran muy amables todos. Y tampoco estaban tan mal a la vista. Ninguno en el Rancho Steele era poco menos que guapo. Debía de haber algo en el agua por aquí. O quizás era el trabajo duro en el rancho el que bronceó sus pieles y esculpió sus músculos. Pero no era en ninguno de ellos en quien yo pensaba. O en sus preciosos cuerpos. Ellos estaban bien y todo, pero más como hermanos que como chicos con los que saldría… o dormiría. Eran Jamison y Boone los que hacían que me derritiera.
Sí, Jamison y Boone.
Yo había encontrado la carta de Riley Townsend, el abogado del Estado, sobre mi herencia, después de que regresé de Islandia. Había estado en la oficina de correos con la gran pila de correos que había puesto en espera. Por meses. Riley fue el único al que le conté de mis planes de venir a Montana, pero no le di fecha ni hora. Crucé todo el país manejando y, en ese momento, no tenía idea de cuánto iba a tardarme. Cuando finalmente llegué a la casa principal del rancho, conocí a un montón de chicos. Ellos debían de haberme escuchado acercarme o haber visto el polvo que se levantó detrás de mi auto sobre la larga y sucia carretera. Sea cual fuere la razón, lo primero que pensé cuando salieron fue que estaban haciendo unas fotografías para un calendario de vaqueros porque estaban todos vestidos de mezclilla, camisas apretadas, bellezas en sombreros Stetson. Uno tras otro tras otro.
Pero dos específicamente habían captado mi atención y detenido mi corazón. Jamison y Boone. Sí, eran guapos en exceso. Por la forma en que me miraron, la intensidad de sus miradas como si pudieran ver lo nerviosa que estaba, lo cansada, emocionada, esperanzada, parecía que eran capaces de verme.
Los otros parecían jóvenes, cachorros en comparación. Jamison era el capataz del Rancho Steele, el principal a cargo. Boone había dicho que él no vivía en el rancho como los otros, estaba ahí para examinar a uno de los hombres que se recuperaba de una concusión.
Me había sentido pequeña al lado de ellos. Siendo bajita, prácticamente, cualquiera que tuviera más de doce años era más alto que yo, pero Jamison tenía que tener un pie extra sobre mí; Boone, un poco más. Debí de haberme puesto nerviosa; ellos podían dominarme o lastimarme fácilmente. No me sentía así. No, me sentía… protegida. Y un poco atontada porque me excitaron. Bastante. Me sentí excitada al darles la mano, estando bajo su cercano escrutinio. Se me mojaron las bragas con solo una presentación rápida, y con la forma en que sus miradas habían hurgado sobre cada centímetro de mí. Y no había pensado en nada más que en ellos desde entonces. Dos vaqueros mayores y experimentados quienes, sin duda alguna, sabían exactamente qué hacer con sus manos y… cualquier otra gran parte de ellos.
“Disculpa que Kady no haya podido venir”, dijo Shamus, levantó la voz sobre la música. Él era estudiante de ciencia animal en la universidad del Estado y volvería a su último año en unas pocas semanas. “Cord y Riley se la llevaron al Este. Algún tipo de fiesta de despedida. Sé que ella está emocionada por conocerte”.
Tomé un sorbo de mi cerveza fría, intentando imaginarme a Kady. No sabía nada sobre ella, solo que era maestra y que estaba en una relación seria con el abogado, Riley, y otro hombre. Una menuda relación. Debería estar sorprendida, y quizás lo estaba, pero solo porque me gustaban dos chicos a mí también. Solo había estado con ellos por diez minutos y, aun así, estaba… atraída por Jamison y Boone. ¿Loca? Sí.
Quería verlos otra vez, para averiguar si este sentimiento era algo fortuito o algo más. Jamison parecía no pasar el rato con los otros chicos —ya que no estaba aquí— quizás, porque era mayor o no le gustaba bailar en fila. Suponía que estaba más cerca de los cuarenta años que de los treinta. Igual Boone. Que fueran mayores no me molestaba. Nada de lo que supe —o vi— me molestó ni un poco.
Si Kady podía hacer que una relación con dos chicos funcionara y a nadie parecía importarle, quizás, yo también pudiera. Dios, estaba pensando en una relación y yo apenas había tenido una conversación con Jamison y Boone. Estaba siendo ridícula. El hecho de que no los había visto desde que llegué solo comprobaba que, probablemente, no pensaban en mí. Ellos solo habían sido caballeros recibiéndome. Nada más.
Tomé un gran trago de mi cerveza.
“Está bien. Ella volverá pronto y yo no me voy a ir a ninguna parte”.
No lo iba a hacer. Yo pretendía quedarme en Barlow. Solo tenía que lidiar con mi madre. En algún momento. Solo que no ahora. Me estaba divirtiendo mucho. Montana, definitivamente, me gustaba.
“¿Tienes otros hermanos y hermanas?”, preguntó cuando hubo un silencio entre canciones.
“A parte de Kady, me han dicho que tengo otras tres medias hermanas que no he conocido. Además, tengo tres medios hermanos. Una hermana y dos hermanos. Todos mayores”. Ellos eran hijos de mi padre —no, de mi padrastro— de un matrimonio anterior y no éramos muy cercanos, por decir lo menos. Resulta que ni siquiera estábamos relacionados. No compartíamos sangre entre nosotros. Siendo medias hermanas, esperaba que Kady y yo, al menos, pudiésemos ser amigables entre nosotras.
“Es genial de tu parte que me invitaras a venir”, dije, cambiando de tema. “Bailar en fila es divertido”.
Cuando pregunté qué usaba alguien para semejante actividad, ellos solo se miraron a sí mismos, sus vaqueros y camisas, y luego me contaron de la tienda de ropa del Oeste en el pueblo. Betty, la dueña de la tienda, había sido de gran ayuda encontrando cosas que me quedaran, incluyendo las botas de vaquero y la bonita falda.
“¿Nunca antes lo habías hecho?”, preguntó Patrick, acomodándose en uno de los taburetes altos y agarrando la jarra para llenar su vaso.
Negué con la cabeza. “No. No es algo que haya hecho en la universidad y, desde entonces, he estado en Islandia”. Como si eso lo explicara todo. No lo hizo. Me había apresurado con la misma fraternidad de mi madre y bailar en fila, definitivamente, no se adaptaba a esa multitud. Tampoco le hubiese gustado Islandia —muy salvaje—, pero era a donde tenía que ir a hacer la investigación para mi título, así que era aceptable. Intenté imaginarme a mi madre en un bar de pueblo y eso me hizo sonreír. Luego volvieron los pensamientos de ella metiendo a Aiden Steele en su cama. Puaj. Dejé el vaso, me llevé el cabello detrás de las orejas. “Voy al baño de damas. Ya vuelvo”.
Ellos asintieron antes de que me fuera, abriendo espacio a través de la multitud de gente hasta el pasillo en la parte de atrás. Tenía que pasar por la tienda y agradecerle a Betty por su ayuda. Las botas me quedaron perfectas, usarlas era divertido y, completamente, diferente a mi estilo. No, quizás fueran la nueva yo.
Un chico se atravesó en mi camino, puso su mano en mi cintura. “Hola, ¿qué tal?”, dijo. Tenía veintitantos años, grande. Su sonrisa no era amable y su tacto era rústico. Me alejé, pero sus dedos se me clavaron.
“Hola”, dije, sin mirarlo a los ojos. “Me dirijo al baño”.
Di un paso a mi derecha tratando de pasar alrededor de él. Me quitó la mano de encima, plantó su mano sobre la pared, bloqueándome.
“Te vi bailando allá afuera. Me gustan tus movimientos”. Su respiración caliente se avivó sobre mi cuello y me encogí.
“Gracias. Mira, tengo que ir al baño”. Me escabullí rápidamente bajo su brazo —una ventaja por ser tan bajita— y me metí al baño. Exhalé. Me quedé más tiempo de lo que debí, agradecida por primera vez por hacer fila, esperando que se hubiese rendido o encontrado a alguien más para hablar. Alguien que estuviese interesado. Yo no lo estaba en absoluto.
Sin embargo, cuando salí todavía estaba ahí, recostado sobre la pared, de brazos cruzados. “Te tomó demasiado tiempo”.
Fruncí el ceño, empecé a caminar por el pasillo decidiendo ignorarlo, pero me alcanzó el paso. “Vamos, princesa”.
“Mi nombre no es princesa”. Giré a la izquierda. Se puso de pie en frente de mí.
“Entonces, ¿cuál es? Porque necesito saberlo para decir el nombre correcto cuando te folle”.
¡Puaj!
“No va a pasar”. Negué con la cabeza, giré a la derecha, luego a la izquierda, tratando de escaparme de él. No era el primer imbécil con el que tenía que lidiar y él era demasiado persistente. Cuando se puso a mi lado, me giró así que quedé de espaldas contra la pared, con cada centímetro de su duro cuerpo inmovilizándome, y empecé a asustarme. Él olía a cerveza rancia y a desagradable olor corporal.
Y cuando su gran pie se instaló en la parte trasera de mi muslo, empecé a resistirme. Era solo cuestión de tiempo antes de que se arrastrara hacia arriba.
“Déjame ir”. Mis manos fueron a su pecho para empujarlo, pero era demasiado grande. Demasiado fuerte.
