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"El Artista Barquero" es una obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda que destaca tanto por su contenido como por su estilo literario. Publicado en un contexto en el que la literatura romántica se consolidaba en Hispanoamérica, este relato aborda la vida de un artista que se convierte en barquero, explorando las luchas del individuo frente a las adversidades de su entorno. La prosa de Avellaneda es rica en matices y rebosante de emoción, utilizando descripciones vívidas que capturan la esencia de la naturaleza y la condición humana. Su estilo poético y su mirada introspectiva hacen de la lectura una experiencia envolvente, ofreciendo un retrato profundo de la búsqueda de libertad y realización personal. Gertrudis Gómez de Avellaneda, escritora cubana del siglo XIX, es considerada una de las figuras más importantes de la literatura hispanoamericana. Su vida estuvo marcada por la lucha por los derechos de las mujeres y la oposición a las convenciones sociales de su tiempo, lo que le llevó a plasmar en su obra su anhelo de libertad y justicia. "El Artista Barquero" refleja su deseo de explorar temas como la identidad, el arte y la resistencia, elementos centrales en su trayectoria literaria. Recomiendo encarecidamente "El Artista Barquero" a los lectores interesados en el romanticismo y la literatura feminista. Este texto no solo es un ejercicio literario de gran calidad, sino también un testimonio enriquecedor de la lucha por la identidad y la expresión artística en una época de restricciones sociales. Con su profundidad y belleza, esta obra invita a una reflexión sobre la vida y la búsqueda de la autenticidad. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Entre la urgencia de ganarse la vida y la llamada inaplazable de la belleza, se libra aquí una batalla silenciosa. Gertrudis Gómez de Avellaneda, figura mayor del Romanticismo hispánico del siglo XIX, ofrece en El Artista Barquero una narración breve en la que las pasiones, los oficios y las aspiraciones se tensan bajo la mirada de una prosa lírica. Compuesta en el clima estético que privilegió la sensibilidad individual y la naturaleza como espejo del alma, la obra condensa la potencia emocional de su autora sin sacrificar claridad ni ritmo. Esta introducción acompaña la lectura situando su contexto, su premisa sin desvelar sucesos y los temas que la vuelven perdurable.
El Artista Barquero es, ante todo, un relato romántico de corte decimonónico, donde la observación de lo cotidiano se sublima en símbolo. Su ambientación se percibe atravesada por el motivo del tránsito, del cruce y del borde, acorde con la sensibilidad de una época que hizo de la naturaleza un interlocutor moral. Su inscripción temporal pertenece al siglo XIX y al horizonte del Romanticismo en lengua española. Avellaneda, autora nacida en Cuba y establecida en España durante buena parte de su trayectoria, solía difundir narraciones en revistas y volúmenes misceláneos; este texto participa de esa tradición de intensidad breve y resonancia duradera.
Desde su propio título, la obra propone la tensión entre un oficio anclado a la orilla y una imaginación que empuja hacia la travesía interior. Sin adelantar la trama, puede decirse que el planteamiento inicial presenta a una figura ligada al río y a la sensibilidad creadora; a partir de ahí, se articulan escenas de encuentro, contemplación y elección. La voz narrativa acompaña de cerca al personaje, pero conserva una distancia reflexiva que invita a pensar. La experiencia de lectura combina fluidez y densidad: períodos amplios, imágenes sugerentes y un diálogo sobrio que abre espacio a la insinuación más que a la explicación.
En este marco, emergen temas afines al Romanticismo que el libro convierte en preguntas vivas: la tensión entre libertad y necesidad, el valor del arte frente a la utilidad inmediata, la dignidad del trabajo y la posibilidad de transformar la experiencia mediante la imaginación. También late una reflexión sobre el cruce como figura del cambio: pasar de una orilla a otra, dejar atrás una identidad y asumir el riesgo de otra. La naturaleza no es simple decorado, sino contrapeso moral y resonancia emocional, de modo que los paisajes participan del conflicto sin absorberlo ni dictar un destino prefijado.
La prosa de Avellaneda se distingue por su musicalidad y por una imaginería que alterna luces y sombras, torrentes y remansos, con un cuidado ritmo interno. Aquí, esa voz despliega descripciones que sugieren sin recargar, y apoya el movimiento del argumento en contrastes bien medidos antes que en giros truculentos. Se percibe una estrategia de focalización que acerca y aleja al narrador según conviene a la emoción del momento, y una inclinación a la sentencia que no cancela la ambigüedad. El resultado es una lectura envolvente, de cadencia clásica, que deja resonancias más allá del último párrafo.
Sin depender de fechas ni de anécdotas biográficas para comprenderse, el libro conserva una actualidad nítida. En sociedades donde tantos equilibran trabajos exigentes con vocaciones creativas, su pregunta por el sentido del arte y del esfuerzo cotidiano interpela sin estridencias. La atención al entorno y al movimiento —propia del Romanticismo— dialoga además con inquietudes contemporáneas sobre desplazamiento, fronteras y pertenencia. La dignidad de los oficios, la empatía ante vidas invisibilizadas y el valor de imaginar otros destinos ofrecen claves de lectura vigentes. Por ello, más que documento de época, la obra actúa como espejo ético y emocional.
Leer El Artista Barquero hoy supone afinar la escucha a sus símbolos de pasaje, atender a cómo los espacios modelan las decisiones y reconocer el diálogo con otras piezas de la autora. En su novelística y en su teatro, Avellaneda defendió la intensidad de los afectos y una conciencia crítica de las jerarquías; esa impronta permite apreciar aquí la tensión que convierte la anécdota en meditación. Conviene entrar sin prisa, dejando que la prosa marque el compás, y permitir que las resonancias se desplieguen. Al final, la travesía propuesta es menos geográfica que íntima, y por ello perdura.
Relato del siglo XIX de Gertrudis Gómez de Avellaneda, El Artista Barquero sitúa su mirada en un ámbito ribereño donde un barquero, dotado de una sensibilidad inusual para la belleza, alterna la faena cotidiana con impulsos creativos. Desde las primeras escenas, la narración equilibra paisaje y carácter, marcando un tono romántico que confronta necesidad material y aspiración estética. En torno a la barca, espacio de tránsito y contemplación, se abre la pregunta central: ¿es posible que el arte, nacido en la humildad, alcance o transforme las esferas que lo desprecian, sin quebrar los vínculos que sostienen la vida del protagonista?
La tensión toma forma con el cruce entre dos mundos: el popular, hecho de trabajo a la orilla, y el culto, traído por viajeros y residentes que valoran la obra según códigos ajenos a la comunidad. El barquero, cuyo talento se manifiesta en gestos y oficios sensibles que traslucen armonía y medida, despierta curiosidad y recelo. Una presencia foránea, asociada a ese mundo exterior, opera como espejo y catalizador, sin reducir la intriga a un premio sentimental. El relato registra miradas, insinuaciones y malentendidos que avanzan la acción mientras perfilan el conflicto de clase, reconocimiento y pertenencia.
Las circunstancias precipitan una coyuntura decisiva que obliga al protagonista a medir su deseo de crear frente a sus obligaciones y a la lógica del honor local. Amigos y rivales hacen oír sus voces, y las autoridades de su entorno imponen ritmos que no siempre se ajustan a los tiempos del arte. La presencia foránea —y quienes la rodean— introduce promesas y riesgos. Avellaneda ensambla escenas de espera, ensayo y prueba, donde el barquero aprende a leer los límites visibles y los invisibles, y donde cada gesto, por mínimo que sea, compromete su reputación y su porvenir.
La autora despliega aquí preocupaciones centrales de su obra: la libertad individual frente a estructuras sociales rígidas, el lugar de las mujeres en esos sistemas y la idea de mérito en contextos estratificados. El río y la barca funcionan como símbolos de tránsito, frontera y oportunidad, mientras el arte aparece como espacio de riesgo y verdad. Sin sermonear, el relato señala contrastes entre autenticidad y fachada, así como la distancia entre espectáculo y creación. La tensión se sostiene en atmósferas y elecciones éticas, más que en grandes discursos, y permite leer en clave contemporánea problemas de acceso y legitimidad cultural.
Un acontecimiento imprevisto reordena las relaciones y somete a prueba la frágil red de apoyos que sostiene al barquero. La intriga se acelera sin perder sutileza: lo íntimo se vuelve público, y lo público exige respuestas prontas. Para el protagonista, el dilema no solo involucra el posible reconocimiento, sino también la fidelidad a su origen y a las personas que lo han sostenido. Esa presencia externa, lejos de ser mero estímulo, articula otras lealtades y evidencia límites de libertad para todos los actores. El arte, entonces, deja de ser aspiración abstracta para convertirse en decisión concreta, con costos y consecuencias.
El tramo final reúne las líneas afectivas, sociales y estéticas en una resolución de intensidad romántica que evita soluciones simplistas. No conviene adelantar el modo en que se trenzan destino y voluntad, pero la obra subraya que toda conquista —material o simbólica— deja zonas de pérdida y aprendizaje. El barquero entiende, a su manera, qué significa crear en medio de fuerzas que lo exceden, y qué precio tiene sostener una voz propia. Avellaneda culmina con un cierre que ilumina, sin clausurarlas, las preguntas abiertas sobre movilidad, amor y la función del arte en vidas precarias.
Más allá de su anécdota, El Artista Barquero dialoga con la tradición romántica hispánica y con la poética de Avellaneda: sensibilidad social, protagonistas liminales y una prosa que convierte el paisaje en personaje. Su vigencia se siente en debates actuales sobre desigualdad, acceso a la formación artística y validación del talento por parte de élites culturales. La narración propone imaginar itinerarios de reconocimiento que no cancelen la dignidad de los orígenes, y sugiere que la belleza puede interceder entre orillas en conflicto. Leída hoy, ofrece una reflexión compacta y emotiva sobre cómo y para quién se hace el arte.
Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 1814 – Madrid, 1873) escribe en el marco del Romanticismo hispánico del siglo XIX. Tras dejar Cuba en 1836, se integra en el campo literario español mientras el país atraviesa la regencia de María Cristina, la Primera Guerra Carlista (1833–1840) y la inestabilidad que sigue a la muerte de Fernando VII. Entre 1840 y 1850, los cambios de gobierno —del regente Espartero a la Década Moderada— reconfiguran la vida cultural mediante leyes de prensa, patronazgo teatral y censura variable. Ese entorno de tensiones entre liberalismo y orden conservador define los límites y posibilidades de su escritura.
El auge de la imprenta periódica y de los espacios de sociabilidad literaria en Madrid y otras ciudades fue decisivo. El Ateneo Científico y Literario (fundado en 1835) articuló debates estéticos e históricos; los teatros del Príncipe y de la Cruz estrenaban dramas románticos; y revistas ilustradas como El Artista (1835–1836) y el Semanario Pintoresco Español (desde 1836) difundían poesía, leyendas y cuadros de costumbres. Avellaneda colaboró con la prensa y publicó piezas breves junto a poemas y dramas, aprovechando un mercado lector en expansión. La circulación periódica favoreció relatos con fuerte imaginería, tono lírico y moraleja, rasgos afines a sus leyendas.
El Romanticismo introdujo en España el culto al genio creador, la exaltación del sentimiento y el gusto por escenarios pintorescos o históricos. La naturaleza y la ruina funcionaban como marcos simbólicos de conflicto moral y libertad. Autores como Espronceda, Zorrilla y Larra consolidaron un estilo que Avellaneda adaptó con voz propia, incorporando introspección, fe en la dignidad del arte y atención a sujetos marginados. Su condición de mujer escritora —en un medio mayoritariamente masculino— confirió a su obra una energía polémica: en 1853 fue propuesta sin éxito para la Real Academia Española, episodio que evidenció barreras institucionales persistentes.
Las décadas centrales del siglo XIX presenciaron transformaciones económicas y urbanas que afectaron a oficios, artes y jerarquías sociales. Las reformas liberales, incluida la desamortización de Mendizábal (1836–1837), alteraron la fisonomía de ciudades y corporaciones tradicionales, mientras el comercio y la incipiente industrialización ampliaban el público lector. El prestigio del “artista” se redefinió: ya no sólo vinculado a academias cortesanas, sino también a talentos individuales que emergían de contextos populares. La crítica romántica ensalzó esa creatividad autónoma y la presentó en contraste con la rigidez de normas y etiquetas, un contraste que atraviesa relatos centrados en la virtud del trabajo y la inspiración.
El trasfondo atlántico de Avellaneda aporta otra clave. Cuba y Puerto Rico permanecían como colonias tras la independencia de la mayor parte de Hispanoamérica; la economía azucarera basada en la esclavitud marcó la sociedad cubana durante su juventud. Su novela Sab (1841) denunció esa institución, señal de una sensibilidad humanista que atraviesa su producción. Al instalarse en la península, Avellaneda integró perspectivas transatlánticas en un campo literario español cada vez más cosmopolita, atento a debates sobre derechos, modernidad y tradición que circulaban entre La Habana, Madrid y París.
En el horizonte europeo, la cultura romántica privilegió leyendas y relatos breves situados en paisajes cargados de resonancias artísticas. Italia, con su herencia renacentista y ciudades acuáticas, simbolizó belleza y decadencia para lectores hispanos, mientras la figura del artesano-artista encarnaba el ideal de maestría individual. Sin exigir documentación histórica exhaustiva, la leyenda romántica combinó color local, intensidad lírica y lección moral. Avellaneda cultivó ese género en la prensa y en colecciones posteriores, desplegando una prosa rítmica y escénica que hacía del arte —música, pintura, tallas, labores— un lugar de ascenso espiritual y de examen ético de la sociedad.
Las condiciones de publicación condicionaron enfoques y tonos. La normativa de imprenta cambió varias veces entre 1834 y 1845, con etapas de mayor libertad y otras de exigencias de depósito y censura previa bajo gobiernos moderados. Para las autoras, los salones, lecturas públicas y prólogos de aliados varones fueron vías clave de legitimación. Avellaneda reunió leyendas y poemas en volúmenes que circularon en España y ultramar. Esa difusión consolidó un público sensible al sentimentalismo moral y a la exaltación del arte como valor cívico, contexto inmediato para la recepción de El artista barquero.
En este marco, El artista barquero resuena como pieza romántica que exalta la dignidad del creador y la nobleza del trabajo, y que observa los límites sociales de su tiempo. Al situar el arte en contacto con ambientes populares y con paisajes simbólicos —el agua, la ciudad, el tránsito—, la obra dialoga con debates contemporáneos sobre mérito, reconocimiento y jerarquía. Sin adelantar su desenlace, puede leerse como una meditación sobre la libertad interior frente a convenciones estamentales y sobre la capacidad del sentimiento estético para cuestionar prejuicios. Así, refleja y a la vez interroga las sensibilidades dominantes del siglo XIX.
Esta novela está fundada sobre cierta anécdota, bastante conocida, de la vida de un hombre célebre.
La autora.
Empezaba a declinar la más apacible tarde de junio de 1752, y aunque era domingo—día de reposo y de oración, en que se disminuye un tanto el bullicioso hervidero de la vida comercial—el puerto de Marsella, poblado de mástiles y banderas de todas las naciones del mundo, presentaba, como siempre, el aspecto animado que le es característico. Uníase más bien al movimiento ordinario de la activa multitud que de continuo bulle por los muelles—formando pintoresco contraste con sus variados trajes, y alegre algazara con sus diversos idiomas—el considerable número de oficinistas domingueros, touristes transeúntes y distinguidos ociosos, que iban llenando lanchas y botes, para visitar los fuertes o las islillas que se levantan en grupo, a media legua apenas de la costa, como para contemplar de frente a la hermosa reina del Mediterráneo.
Entre las pocas barcas que aun aguardaban pasajeros, se distinguía por su blancura una que casi tocaba con su popa los pies del pesado edificio consistorial, y que con su graciosa vela latina—plegada todavía—se asemejaba a un cisne dormitando al suave balance de las tranquilas olas.
La única persona que la ocupaba era un rubio y gallardo mancebo, como de diez y ocho a veinte años, vestido con pulcra sencillez que no carecía de elegancia, y cuya mano derecha—apoyada negligentemente en el timón—mostraba tan aristocrática hermosura, que no era posible presumir estuviese avezada a manejarlo.
Prestando poco interés al bullicioso espectáculo que le rodeaba, dejaba el joven perderse sus miradas por la inmensidad del espacio, cuando de pronto le sacó de su contemplación melancólica el movimiento que imprimió a la barquilla el peso de otro individuo, que saltó a ella con agilidad poco común a sus años—que bien podían pasar de sesenta,—y que se arrellanó sin decir palabra en el asiento más cómodo.
Presentaba la fisonomía de aquel recién llegado cierto contraste difícil de pintar; pues temperaba la severidad de algunas líneas del rostro, y la expresión profunda y un tanto desdeñosa de sus ojos penetrantes, cierto no sé qué de benévolo y dulce que se traslucía, digámoslo así, en su gesto habitual y hasta en la misma gravedad de su espaciosa frente; aviniéndose bien con la extremada modestia de su traje y el sans-façon[1] de sus francos modales.
Detuvo la vista nuestro hombre por breve momento en su joven compañero de embarcación, y la volvió en seguida hacia el muelle, paseándola por todos los que con trazas de barqueros circulaban en él; pero sin satisfacerse, al parecer, con el resultado de aquella muda investigación, gritó al cabo con alguna impaciencia:
—¡Eh! ¿no tiene patrón esta barca? ¿dónde diablo se esconde?
—Perdonad, caballero,—dijo entonces el mancebo,—yo soy el que buscáis.
—¡Vos!..... exclamó sorprendido el anciano.
—Ciertamente, señor, y si queréis salir del puerto, estoy a vuestras órdenes.
—Mi deseo se limita a dar un corto paseo,—respondió el desconocido mirando con creciente curiosidad a su galán conductor:—quisiera gozar mejor de la suavidad de esta halagüeña brisa, admirando a la vez en horizonte más vasto los últimos crepúsculos de tan deliciosa tarde.
—Tenéis razón,—repuso el barquero levantando al occidente una mirada de artista;—porque no hay espectáculo que iguale en magnificencia a una puesta de sol en el hermoso cielo de la Provenza.
Pronunciando estas palabras soltó la blanca vela del esquife, que empezó a hender al instante las serenas aguas de la bahía.
Hubo entonces largo intervalo de silencio, que rompió bruscamente el desconocido, diciendo:
—Ni vuestro aspecto ni vuestro lenguaje son propios del oficio que venís ejerciendo, y que indudablemente no es el vuestro.
—En efecto, señor, contestó el joven suspirando; sólo soy barquero los días festivos, porque en ellos está cerrado el obrador del lapidario con quien trabajo el resto de la semana.
—¿Tenéis grande afición a ese otro oficio?
—¡Ah! no, por desgracia: la pintura de paisajes y de arquitectura ha sido desde la infancia mi vocación decidida.
—¿Quién os impide, pues, cultivar tan noble arte?
—El anhelo de ganar pronto dinero, lo cual no es posible en el largo y costoso aprendizaje que aquél requiere.
—Sois demasiado joven para tanta codicia.
—No adolezco, gracias a Dios, de semejante defecto.
—Pues confieso que no os comprendo, amigo mío,—dijo el anciano deponiendo la involuntaria aspereza con que acompañara su observación última.
—Me explicaré más claro, ya que tenéis la bondad de mostrar ese interés,—pues no es dable sospechar en vos ociosa curiosidad. Yo, señor, he nacido en París, donde mi padre desempeñaba un cargo ventajoso que proporcionaba a la familia medianas comodidades, y me dediqué a la pintura teniendo por maestro un distinguido artista, que aseguraba hallar en mí excelentes disposiciones. Desgraciadamente perdió mi padre su colocación, y tuvo que resolver entonces establecerse en Marsella, por la circunstancia de tener aquí su mujer algunos bienes raíces, y varios amigos que le prometían facilitar a su marido pronto y decente acomodo. Hízose así, quedando interrumpidos mis estudios, que posteriores infortunios me obligaron, antes de mucho, a renunciar completamente, para dedicarme a otro oficio de más breves resultados. Siendo, sin embargo, harto escaso todavía el provecho que éste me proporciona, utilizo—como veis—los días que me deja libre el maestro, ganando algo con esta barca prestada; y aun, así y todo, mi pobre madre y mis dos hermanitas carecerían de lo más indispensable para la vida, si no se ayudasen ellas mismas, ocupándose día y noche en labores de su sexo.
—¿Según eso, vuestro afán por dinero nace de que veis pobre a vuestra familia, y anheláis, como es natural, poder aliviar su suerte?
—¡Oh señor! ¡sí! no me es dado olvidar un momento que mientras yo no consiga reunir considerable suma, vivirán tres ángeles en el dolor y la miseria, y arrastrará mi desdichado padre sus ominosas cadenas.
—¡Cómo! ¿está acaso en presidio vuestro padre?
—La honradez de su vida no podía conducirle a la infamia—respondió el mancebo con dignidad;—pero la aciago de su estrella le ha llevado a la esclavitud.
—Os ruego, amigo mío,—dijo el desconocido con nuevo y vivo interés,—que me deis explicación más amplia, si no os lo impiden poderosos motivos de reserva.
—Todo os lo diré en pocas palabras, caballero. Cierto comerciante trastornó la cabeza de mi padre con grandes proyectos de especulaciones, por cuyo medio le aseguraba serían los dos, en cortísimo tiempo, millonarios. Vendidos, con tal objeto, los pocos bienes que poseíamos, mi padre fletó un buque cargado de mercancías, que constituían ya toda su fortuna, y renunciando a su lucrativa ocupación de corredor de comercio, quiso capitanearlo él mismo, como en efecto lo hizo, dándose a la vela para Esmirna, hoy hace precisamente dos años.
La voz del narrador quedó durante algunos minutos ahogada por violentos sollozos que no pudo reprimir, y el desconocido—respetando su dolor—guardó también silencio, aunque visiblemente agitado por cierta ansiedad penosa, que se convirtió en profundo enternecimiento cuando el joven pudo articular por fin, en medio de sus lágrimas:—Fué apresado por un corsario.... se halla cautivo en Tetuán desde entonces.... quizá para siempre.... no es cosa fácil reunir los seis mil francos que exigen por su rescate.
—Calmaos, pobre joven, dijo el anciano con casi paternal acento, y no desesperéis de alcanzar de la Providencia los medios de libertar al autor de vuestra vida.
—Cuando ocurrió la desgracia, añadió su interlocutor, quise y aun intenté hacerme llevar a Tetuán para ofrecerme en cambio del cautivo; pero mi madre llegó a saber mi proyecto, no sé cómo, y no solamente lo trató de absurdo e irrealizable, amenazándome con su maldición si persistía en él, sino que también habló a los capitanes de buques que frecuentan las costas africanas, rogándoles que ninguno me admitiese a su bordo. Así me hallé privado del único medio inmediato que alcanzaba para volver a mi pobre padre al seno de su familia.
—¿Y aun os halláis dispuesto a sacrificar vuestra libertad por restituirle la suya?—preguntó el anciano con tono cada vez más afectuoso.
—¡Siempre, señor!—contestó el interpelado con voz firme.—¡Mi libertad, decís? ¡Oh! eso no es nada.... otro sacrificio mayor haría ahora alejándome de Marsella.... pero no vacilaría ante ninguno si lograra que consintiese mi madre.
—Habláis de sacrificar algo que apreciáis más que la libertad, ¿estaréis por ventura enamorado?
El joven bajó los ojos, empañados aún por las lágrimas, y su bella frente se coloreó como la de una virgen que ve sorprendidos de improviso los secretos de su corazón.
—¡Vamos! sed del todo franco,—dijo su compañero, procurando desmentir con una sonrisa la emoción que revelaba su acento. Ya que me habéis dispensado la confianza de referirme la historia de vuestros infortunios, no me dejéis ignorar la de vuestros amores. Decidme quién es vuestra novia, y qué esperanzas os animan a ambos.
—No puedo decir que tengo novia, señor, respondió el joven, pues no alimento la más leve esperanza. Amo, es verdad, amo apasionadamente, para colmo de mi desdicha, a la hija única de cierto mercader enriquecido en una de las Antillas españolas, y que goza al presente en esta ciudad—que es su patria—una opulencia de príncipe. ¿Cómo puedo prometerme que quiera dar su heredera a un infeliz artesano?
—La dificultad no sería tan grande si se tratase de un aventajado artista,—observó el desconocido.
—Lo creo así, señor; pero yo no puedo ser ya, cuando más, sino humilde lapidario.
—¿Quién sabe? ¿Cómo os llamáis?
—Huberto Robert, caballero.—¿Y vuestro padre?
—Tiene mi mismo nombre.
—¿Habéis podido saber quién es su dueño?
—Sí, señor; pertenece al jefe de los jardines reales.
—Se me figura que ese jefe de los jardines no ha de ser un mal amo, y tengo, además, amigo Huberto, profunda convicción de que la Providencia premiará al cabo la nobleza de vuestros sentimientos y de vuestra conducta, mejorando la suerte de vuestra cara familia y dispensándoos a todos días serenos y felices, que sincerísimamente os deseo. Ahora servíos atracar la barca al muelle a que nos vamos acercando, y recibid las gracias que os debo por la condescendencia que habéis tenido de darme conversación durante mi paseo.
—Conversación bien triste y que os ha privado del placer que os prometíais gozar, admirando la magnificencia del cielo a la despedida del rey de los astros.
—No importa; todo tiene compensaciones, mi joven amigo, y ésa es una verdad que no debéis olvidar nunca.
Terminando estas palabras el desconocido, se envolvió en su abrigo y guardó meditabundo silencio, hasta que, atracando el esquife, deslizó en la mano que le tendió Huberto—para ayudarle a saltar al muelle—un objeto algo pesado, y sin darle tiempo para ver lo que era, se confundió entre la multitud, que iban envolviendo ya las primeras sombras de la noche.
En el mismo instante en que el desconocido se separaba de Huberto, abríanse las persianas de una rasgada ventana en el entresuelo de la casa más próxima al paseo público llamado le Cours[2], a la extremidad de la monumental calle de la Canebiére, y aparecía en el hueco una linda joven vestida toda de blanco.
Aquella figura,—que se destacaba a la pálida claridad del último crepúsculo sobre el fondo de una habitación aun no alumbrada por luz artificial,—presentaba rasgos distintivos de una organización desarrollada prematuramente, bajo cielo más poderoso que el que entonces la acariciaba con moribundos reflejos.
Comprendíase por la casi infantil expresión de su fisonomía candorosa,—llena, sin embargo, de gracia francesa y vivacidad española,—que apenas había gozado de la primera sonrisa del alba de la vida; mientras que sus formas mórbidas y perfectas; su tez delicada y un poco morena; sus magníficos ojos negros de largas pestañas y acariciadora mirada, y cierta voluptuosa dejadez en todos sus movimientos, caracterizaban la especial belleza de la criolla; de la mujer precoz que ostenta toda la lozanía de la juventud, sin haber perdido aún las inocentes gracias de la niñez.
Apoyando sus pequeñas y torneadas manos en los hierros, de la reja, tendió la hermosa criatura larguísimas miradas por la extensión de la ancha calle, y las dejó vagar seguidamente con aire escudriñador por entre las sombras del arbolado que adorna profusamente al antes mencionado paseo; mas no pudo descubrir sin duda lo que buscaba, pues bajó con gesto mohino su graciosa cabeza, cubierta de oscuros rizos, y empezó a deshojar maquinalmente, con cierto despecho, un encarnado clavel que se levantaba a sus pies en rica maceta de porcelana.
Terminada tal operación, repitiéronse las miradas con creciente afán, y al parecer con no más satisfactorio éxito; pues esta vez el disgusto que se siguió fué mucho más ostensible, y un delicado piececito,—de aquellos que sólo produce Cuba,—golpeó repetidas veces el pavimento en señal inequívoca de impaciencia.
—¡Eh! no enfadarse; ya vino:—pronunció al mismo tiempo en extraño patuá, medio español medio francés, que no nos es posible conservar,—una rolliza mulata que se dejó ver a espaldas de la joven, ostentando en su crespa cabeza vistoso pañuelo de madrás, y en sus toscas facciones la expresión mimadora de una ternura casi maternal.
—¡Ya vino! ¿pues dónde está?—dijo al punto la niña, hablando con pureza la elegante lengua de Racine, pero dejando percibir cierta acentuación extranjera, a la vez que el dulce dejo criollo.—Creo que sueñas, Niná.
—No por cierto, Josefina mía,—respondió ella, enlazando con sus robustos brazos la gentil cintura de la doncella, con esa familiaridad cariñosa que usan en nuestras Antillas con los hijos de la casa las esclavas nacidas y envejecidas en ella.—Estoy muy despierta y muy alegre también, porque os vengo a comunicar una noticia que debe causaros la más grata sorpresa.
—¿De veras, Niná?
—Sí, vida mía; sabed que si él no está ya al frente o al pie de vuestra ventana, es porque os aguarda en la verja del jardín, donde podréis hablaros libremente.
—¡Qué dices!—exclamó Josefina, entre gozosa y asustada.—¡Hablarle en el jardín!.... Pero eso es muy arriesgado.
El jardinero anda siempre rondando por los que considera dominios suyos, y si llegase a sorprendernos no dejaría de charlar de ello con los otros criados, llegando muy presto todo a los oídos de papá.
—Nada, repuso la mulata; no sucederá nada de cuanto se forja vuestro miedo. ¿Soy tan tonta que no haya tomado mis medidas? El jardinero duerme una turca que no lo dejará en muchas horas, y los demás que pudieran curiosear se aprovechan con ansia del permiso que les he dado, en mi calidad de mayordoma, para ir a solazarse hasta las diez, ya que pasan sin paseo tantos otros domingos, por las rarezas del amo.
—Pero, ¿y él? ¿y mi padre?....
—Sabéis que hoy apenas le hemos visto la cara, y cuando sube tanto de punto su acostumbrado mal humor, maldito lo que se cuida de vos ni de nadie. Venid, pues, querida niña: tiempo es ya de que se explique el afortunado galán, que con sólo el lenguaje de los ojos ha tenido la habilidad de hacernos perder la chabeta, sin que sepamos de él otra cosa sino que se llama Huberto.
—Yo estoy segura,—dijo la joven con graciosa gravedad,—de que es un caballero en toda la extensión de la palabra.
También a mí me lo parece, y además,—no sé si será por verlo ya como novio vuestro, o porque él tenga en su persona cierta hechicería natural,—pero confieso que no hallo hombre en Marsella que sirva para descalzarle. Sin embargo, bueno es que cuanto antes se sepa ser verdad lo que nos figuramos, y se pueda decir a boca llena que habéis hecho una elección que no deja nada que desear.
