Sab - Gertrudis Gómez de Avellaneda - E-Book
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Beschreibung

"Sab", la obra maestra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, es una novela que se inscribe en el contexto del romanticismo hispanoamericano del siglo XIX. A través de la vida de su protagonista, un esclavo con un alma noble y un amor prohibido, la autora aborda temáticas como el racismo, la libertad y la lucha contra la opresión social. El estilo literario de Avellaneda es caracterizado por su intensa carga emotiva, el uso de un lenguaje poético y su capacidad para retratar la dualidad de la condición humana. La narrativa refleja una crítica pertinente a la esclavitud y el sistema colonial, lo que le otorga una relevancia histórica y social innegable. Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en 1814 en Cuba, fue una escritora y feminista pionera, cuyas experiencias y observaciones sobre la injusticia social influenciaron su obra. Su vida estuvo marcada por el exilio y la lucha por los derechos de las mujeres, lo que se traduce en su escritura, llena de emotividad y compromiso. "Sab" fue publicado en 1841 y es considerado una de las primeras novelas antiesclavistas en la literatura hispanoamericana, reflejando su visión de un mundo más justo y equitativo. Recomiendo fervientemente "Sab" a todos aquellos interesados en la literatura que aborda los problemas sociales y las luchas por la identidad. Esta novela no solo ofrece una historia conmovedora, sino que también invita a una profunda reflexión sobre la condición humana, la desigualdad y la empatía. Es una lectura esencial para entender no solo la obra de Avellaneda, sino también el contexto sociopolítico de su tiempo. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Gertrudis Gómez de Avellaneda

Sab

Edición enriquecida. Una historia de amor, esclavitud y libertad en la Cuba colonial
Introducción, estudios y comentarios de Iker Olmos
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547827542

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Sab
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

En Sab, la pasión que afirma la humanidad de un hombre choca contra el engranaje deshumanizador de la esclavitud y del matrimonio entendido como transacción, revelando cómo el deseo de amar y ser libre se estrella una y otra vez contra una sociedad que convierte cuerpos y afectos en mercancía, mide la valía por el color y la fortuna, y disciplina las aspiraciones de mujeres y hombres por medio de leyes, contratos y silencios, mientras la naturaleza, pródiga y tremenda, parece cantar a la vez la promesa de la libertad y la melancolía de lo imposible.

Publicada por primera vez en 1841, Sab es una novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, autora nacida en Cuba y figura destacada del Romanticismo en lengua española. La obra pertenece al ámbito de la novela romántica con una marcada dimensión social y se sitúa en la Cuba colonial, en torno a ingenios azucareros y espacios domésticos donde se cruzan jerarquías raciales y económicas. Su contexto histórico es el de la expansión de la economía esclavista y las tensiones del orden colonial, coordenadas que la autora aborda desde una sensibilidad crítica que conversa con las corrientes literarias de su época sin subordinárseles.

La premisa inicial es tan sencilla como perturbadora: Sab, un hombre esclavizado, ama en secreto a una joven criolla de la que depende su destino, mientras alrededor se prepara un matrimonio ventajoso que promete consolidar capitales y apellidos. Ese triángulo instala de inmediato preguntas sobre la libertad de elegir y el costo humano de los arreglos sociales. Sin adelantar su desarrollo, basta señalar que la trama se mueve entre haciendas, caminos y salones, en un crescendo donde decisiones íntimas y fuerzas económicas se entrelazan, guiando al lector por una historia de afectos contenidos, lealtades tensas y expectativas que el orden vigente moldea.

La experiencia de lectura se caracteriza por una prosa vehemente, imaginería natural y una voz narrativa que combina cercanía emocional con observación moral. El paisaje tropical no es mero telón: acompasa los estados de ánimo, intensifica contrastes y simboliza aperturas o cercos. La sintaxis amplia, los ritmos cadenciosos y la atención a los matices del sentimiento remiten al Romanticismo, pero la novela evita el ensimismamiento decorativo y orienta su lirismo hacia una indagación ética. El tono oscila entre lo elegíaco, lo indignado y lo contemplativo, produciendo una resonancia afectiva que invita a leer despacio y a sopesar cada gesto.

Entre sus temas centrales destacan la esclavitud como sistema de desposesión, el racismo como trama cotidiana, el amor bajo coerción social y la mercantilización de los vínculos a través del matrimonio y el crédito. La novela indaga en cómo el dinero organiza jerarquías, cómo el color de la piel marca destinos y cómo los afectos se ven negociados por intereses familiares. También explora los límites impuestos a las mujeres, sujetas a expectativas que restringen su agencia. Todo ello aparece no como tesis abstracta, sino dramatizado en situaciones donde la compasión, el deseo y la honra se prueban bajo presiones dispares.

Leída hoy, Sab resulta relevante porque ilumina las raíces históricas de problemas que persisten: desigualdad racial, violencia económica sobre los cuerpos, y tensiones entre autonomía personal y normas impuestas. Su crítica al cálculo mercantil que invade la vida íntima mantiene vigencia en sociedades donde el valor se mide a menudo por la utilidad y la apariencia. Al mismo tiempo, el lugar que la obra otorga a voces vulneradas invita a pensar la justicia más allá de castigos y recompensas, como reconocimiento de humanidad. La singular perspectiva de una autora del siglo XIX aporta matices sobre género, deseo y poder que siguen interpelando.

Acercarse a Sab implica aceptar una lectura que exige atención a los signos: silencios que pesan más que declaraciones, paisajes que funcionan como argumentos, emociones que contienen crítica social. La novela recompensa esa vigilancia con una red de paralelismos y contrastes que enriquece cada escena, y con una construcción de personajes que rehúye lo unidimensional. Sin revelar desenlaces, puede afirmarse que la obra propone pensar el amor como experiencia ética en un mundo que intenta tasarlo, y la libertad como trabajo interior y colectivo. Por ello, su poder conmovedor se sostiene más allá de su época de origen.

Sinopsis

Índice

Publicada en 1841, Sab de Gertrudis Gómez de Avellaneda es una novela situada en la Cuba colonial que entrelaza una historia sentimental con una crítica social de amplio alcance. La narración sigue el vaivén de afectos, intereses y jerarquías en una sociedad esclavista y patriarcal. Con prosa enfática y escenas de naturaleza que subrayan los estados de ánimo, el relato se centra en cómo el deseo, el dinero y la ley organizan los destinos de sus personajes. Desde las primeras páginas, la tensión entre una sensibilidad idealizada y un orden económico implacable marca el tono y orienta el desarrollo de la trama.

El eje argumental se inicia en una plantación azucarera donde Sab, un hombre esclavizado y de origen mestizo, guarda un amor silencioso por Carlota, joven blanca y heredera. Carlota está comprometida con Enrique Otway, forastero bien relacionado cuyo proyecto matrimonial liga sentimientos con conveniencia. Las diligencias para la boda revelan alianzas familiares, cálculos patrimoniales y expectativas sociales. Sab participa en ese mundo sin pertenecer a él: su posición lo obliga a la prudencia, pero su mirada perspicaz detecta fisuras entre lo que se dice y lo que se busca. Así se instala el conflicto entre pasión íntima y estructura de poder.

Entra en juego Teresa, pariente empobrecida y compañera de Carlota, cuya vulnerabilidad encarna el precio social de la dependencia femenina. Entre Sab y Teresa surge una comprensión ética que no se confunde con el cortejo, sino que articula confidencias, advertencias y actos de auxilio. La figura de Enrique, atento a las ventajas de un enlace provechoso, contrasta con ese vínculo desinteresado. A medida que avanzan las conversaciones domésticas y los preparativos, la novela teje una red de lealtades cruzadas donde cada gesto revela el peso de la clase, la raza y el género en la distribución de oportunidades y afectos.

Los episodios que siguen alternan desplazamientos entre ciudad y campo, encuentros fortuitos y escenas íntimas donde se perfilan los verdaderos móviles de cada personaje. Situaciones de peligro y pruebas de carácter ponen a Sab en el centro de acciones arriesgadas que refuerzan su talla moral sin alterar su desventaja legal. Documentos, negociaciones y confidencias privadas van sacando a la luz la trama económica del matrimonio proyectado. La tensión crece sin necesidad de intrigas rebuscadas: basta con el roce cotidiano de un sistema que premia la apariencia, sanciona la franqueza y encierra la virtud cuando no coincide con la utilidad.

A la par del argumento sentimental, la novela propone una indagación sobre el poder. Denuncia la esclavitud no solo por sus castigos visibles, sino por el disciplinamiento de deseos y proyectos de vida. Expone, además, la subordinación jurídica de las mujeres, para quienes el matrimonio funciona como contrato financiero y pasaje de tutela. El cálculo mercantil se opone a la idea de amor como reconocimiento moral, y la naturaleza caribeña se vuelve espejo y contrapunto de esa pugna. Sin sermonear desde fuera del relato, Avellaneda yuxtapone escenas que muestran cómo la propiedad dicta silenciosamente la gramática de gestos, silencios y renuncias.

Cuando se acerca la fecha de la boda, los dilemas se vuelven acuciantes. Sab, consciente del alcance real de su agencia, ensaya estrategias discretas para proteger a quienes aprecia y para desacelerar el engranaje de un destino ya trazado por otros. Movimientos de dinero, promesas y decisiones tomadas a solas alteran la superficie de lo previsto sin invertir la lógica del sistema. El relato acelera hacia un clímax marcado por sacrificios, malentendidos y consecuencias que desbordan a los protagonistas. Sin detallar sus resoluciones, puede adelantarse que el desenlace confirma el costo humano de confundir valor con precio.

La trascendencia de Sab reside en haber articulado, antes de las aboliciones y de las grandes reformas civiles, una crítica literaria a la esclavitud y al matrimonio utilitario dentro de la tradición narrativa en lengua española. La obra fue polémica en su contexto, y hoy se lee como texto clave para pensar raza, género y mercado en el mundo atlántico decimonónico. Su vigencia radica en mostrar cómo las estructuras económicas moldean afectos y opciones vitales, y en sugerir que la justicia sentimental requiere cambios materiales. Así, su cautela frente a giros y conclusiones preserva el impacto de una lectura que sigue interpelando.

Contexto Histórico

Índice

Sab se sitúa en la Cuba colonial de las primeras décadas del siglo XIX, cuando la isla era Capitanía General del Imperio español. La economía se reorientaba aceleradamente hacia la plantación, y la esclavitud africana sustentaba la producción y la riqueza de los sectores dominantes. La población estaba compuesta por peninsulares, criollos, libres de color y una mayoría creciente de esclavos de origen africano o afrodescendientes. El marco institucional combinaba autoridad civil y militar del capitán general, ayuntamientos locales y fuerte influencia de la Iglesia católica en la vida cotidiana, la educación y las normas morales, especialmente en materia de familia y matrimonio.

Tras la Revolución haitiana (1791–1804), el liderazgo azucarero caribeño se desplazó hacia Cuba. Las plantaciones y los ingenios se multiplicaron, con inversiones criollas y capital extranjero, y la demanda global de azúcar reforzó el sistema esclavista. Aunque España firmó tratados con Gran Bretaña para suprimir la trata atlántica y la declaró ilegal a partir de 1820, el tráfico clandestino continuó durante décadas con la complicidad de redes locales e internacionales. Este auge configuró regiones enteras en torno al ingenio, intensificó la vigilancia sobre la población esclavizada y consolidó la autoridad de los hacendados en la estructura económica y social insular.

La sociedad colonial se organizaba jerárquicamente por origen, raza y riqueza. Las élites criollas hacían valer su prestigio mediante la propiedad rural, el control del crédito y alianzas familiares concertadas. El matrimonio funcionaba como institución económica: las dotes, las herencias y las conveniencias sociales pesaban tanto como los afectos. Las mujeres blancas de familias acomodadas enfrentaban estrechos márgenes de acción pública y legal; su educación formal solía circunscribirse a artes “propias” del hogar y la religiosidad. Las personas libres de color encontraban ascensos limitados por normas y prejuicios, y los esclavos carecían de derechos básicos, sometidos al poder doméstico del amo.

El entorno narrativo remite a Puerto Príncipe (actual Camagüey), región interior de la isla caracterizada entonces por extensas sabanas ganaderas, haciendas dispersas y un poblamiento más laxo que el de La Habana o Matanzas. Aunque el auge azucarero transformó sobre todo zonas occidentales, también alcanzó áreas centrales mediante ingenios y cafetales asociados a familias criollas. Las distancias, los caminos difíciles y la vida rural favorecían sociabilidades centradas en la casa grande, las fiestas religiosas y las visitas entre estancias. En ese paisaje, la naturaleza —ríos, bosques, llanuras— adquiría relevancia estética y simbólica en consonancia con sensibilidades románticas de la época.

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació en Puerto Príncipe en 1814 y emigró a España en 1836, integrándose en el ambiente literario del Romanticismo hispano. Ese movimiento valoraba la subjetividad, la naturaleza y la crítica a jerarquías opresivas, rasgos que moldean su escritura. En el Atlántico hispano circulaban debates sobre esclavitud, moral cristiana y derechos, con intervenciones de reformistas cubanos y presión diplomática británica. Las mujeres escritoras enfrentaban barreras institucionales y sociales; su autoría era objeto de vigilancia moral y editorial. En ese horizonte, Avellaneda abordó temas sensibles para la colonia, combinando recursos sentimentales con una intención abiertamente polémica.

El régimen esclavista en Cuba combinaba trabajo coercitivo en los ingenios, cuadrillas bajo capataces y un control cotidiano sustentado en castigos legales, documentos de pase y patrullas rurales. Existían vías de manumisión, como la coartación, y bautismos y matrimonios religiosos para esclavos, pero la sujeción jurídica al amo limitaba fuertemente esos derechos. Las personas libres de color enfrentaban regulaciones policiales, controles de movilidad y discriminación en oficios y vestimenta. En el plano político, el capitán general Miguel Tacón (1834–1838) consolidó una administración autoritaria con amplia censura, vigilancia y obras públicas, un clima que reforzó silencios y autocensuras en torno al tema esclavo.

Sab se publicó en Madrid en 1841, cuando la autora residía en la península. Por su enfoque abolicionista y su crítica de las jerarquías coloniales y patriarcales, la obra encontró obstáculos para circular en la isla; no se autorizó su edición cubana durante el siglo XIX. Con el tiempo fue reconocida como una de las primeras novelas abolicionistas en lengua española, anterior a Uncle Tom’s Cabin (1852). Su recepción temprana en España combinó elogios a su estilo romántico con reservas frente a su denuncia social, un contraste que ilustra las tensiones entre sensibilidad literaria y conservadurismo político del período.

La novela refleja de modo nítido el entramado económico y moral de la Cuba esclavista y patriarcal, y lo somete a examen desde una sensibilidad romántica que privilegia la dignidad humana, la compasión y la libertad. Al confrontar la mercantilización del matrimonio, el racismo estructural y el poder omnímodo del amo, la obra participa del debate transatlántico que, décadas después, desembocaría en reformas como la Ley Moret (1870) y la abolición de la esclavitud en Cuba (1886). Así, su crítica literaria del orden colonial funciona como testimonio temprano y audaz de una época en tensión.

Sab

Tabla de Contenidos Principal
Primera parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Segunda parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Conclusión

Primera parte

Índice

Capítulo I

Índice

¿Quién eres? ¿cuál es tu patria? ………………… ………………… Las influencias tiranas de mi estrella, me formaron monstruo de especies tan raras, que gozo de heroica estirpe allá en las dotes del alma siendo el desprecio del mundo.

CAÑIZARES

Veinte años hace, poco más o menos, que al declinar una tarde del mes de junio un joven de hermosa presencia atravesaba a caballo los campos pintorescos que riega el Tínima[1], y dirigía a paso corto su brioso alazán por la senda conocida en el país con el nombre de camino de Cubitas, por conducir a las aldeas de este nombre, llamadas también tierras rojas. Hallábase el joven de quien hablamos a distancia de cuatro leguas de Cubitas, de donde al parecer venía, y a tres de la ciudad de Puerto Príncipe[2], capital de la provincia central de la isla de Cuba en aquella época, como al presente, pero que hacía entonces muy pocos años había dejado su humilde dictado de villa.

Fuese efecto de poco conocimiento del camino que seguía, fuese por complacencia de contemplar detenidamente los paisajes que se ofrecían a su vista, el viajero acortaba cada vez más el paso de su caballo y le paraba a trechos como para examinar los sitios por donde pasaba. A la verdad, era harto probable que sus repetidas detenciones sólo tuvieran por objeto admirar más a su sabor los campos fertilísimos de aquel país privilegiado, y que debían tener mayor atractivo para él si como lo indicaban su tez blanca y sonrosada, sus ojos azules, y su cabello de oro había venido al mundo en una región del Norte.

El sol terrible de la zona tórrida se acercaba a su ocaso entre ondeantes nubes de púrpura y de plata, y sus últimos rayos, ya tibios y pálidos, vestían de un colorido melancólico los campos vírgenes de aquella joven naturaleza, cuya vigorosa y lozana vegetación parecía acoger con regocijo la brisa apacible de la tarde, que comenzaba a agitar las copas frondosas de los árboles agostados por el calor del día. Bandadas de golondrinas se cruzaban en todas direcciones buscando su albergue nocturno, y el verde papagayo con sus franjas de oro y de grana, el cao de un negro nítido y brillante, el carpintero real de férrea lengua y matizado plumaje, la alegre guacamalla, el ligero tomeguín, la tornasolada mariposa y otra infinidad de aves indígenas, posaban en las ramas del tamarindo y del mango aromático, rizando sus variadas plumas como para recoger en ellas el soplo consolador del aura.

El viajero después de haber atravesado sabanas inmensas donde la vista se pierde en los dos horizontes que forman el cielo y la tierra, y prados coronados de palmas y gigantescas ceibas, tocaba por fin en un cercado, anuncio de propiedad. En efecto, divisábase a lo lejos la fachada blanca de una casa de campo, y al momento el joven dirigió su caballo hacia ella; pero lo detuvo repentinamente y apostándole a la vereda del camino pareció dispuesto a esperar a un paisano del campo que se adelantaba a pie hacia aquel sitio, con mesurado paso, y cantando una canción del país cuya última estrofa pudo entender perfectamente el viajero:

Una morena me mata[1q] tened de mí compasión, pues no la tiene la ingrata que adora mi corazón.

El campesino estaba ya a tres pasos del extranjero y viéndole en actitud de aguardarle detúvose frente a él y ambos se miraron un momento antes de hablar. Acaso la notable hermosura del extranjero causó cierta suspensión al campesino, el cual por su parte atrajo indudablemente las miradas de aquél.

Era el recién llegado un joven de alta estatura y regulares proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto.

Era su color de un blanco amarillento con cierto fondo oscuro; su ancha frente se veía medio cubierta con mechones desiguales de un pelo negro y lustroso como las alas del cuervo; su nariz era aguileña pero sus labios gruesos y amoratados denotaban su procedencia africana. Tenía la barba un poco prominente y triangular, los ojos negros, grandes, rasgados, bajo cejas horizontales, brillando en ellos el fuego de la primera juventud, no obstante que surcaban su rostro algunas ligeras arrugas. El conjunto de estos rasgos formaba una fisonomía característica; una de aquellas fisonomías que fijan las miradas a primera vista y que jamás se olvidan cuando se han visto una vez.

El traje de este hombre no se separaba en nada del que usan generalmente los labriegos en toda la provincia de Puerto Príncipe, que se reduce a un pantalón de cotín de anchas rayas azules, y una camisa de hilo, también listada, ceñida a la cintura por una correa de la que pende un ancho machete, y cubierta la cabeza con un sombrero de Yarey bastante alicaído: traje demasiado ligero pero cómodo y casi necesario en un clima abrasador.

El extranjero rompió el silencio y hablando en castellano con una pureza y facilidad que parecían desmentir su fisonomía septentrional, dijo al labriego:

—Buen amigo, tendrá Vd. la bondad de decirme si la casa que desde aquí se divisa es la del Ingenio de Bellavista, perteneciente a don Carlos de B…

El campesino hizo una reverencia y contestó:

—Sí señor, todas las tierras que se ven allá abajo, pertenecen al señor don Carlos.

—Sin duda es Vd. vecino de ese caballero y podrá decirme si ha llegado ya a su ingenio con su familia.

—Desde esta mañana están aquí los dueños, y puedo servir a Vd. de guía si quiere visitarlos.

El extranjero manifestó con un movimiento de cabeza que aceptaba el ofrecimiento, y sin aguardar otra respuesta el labriego se volvió en ademán de querer conducirle a la casa, ya vecina. Pero tal vez no deseaba llegar tan pronto el extranjero, pues haciendo andar muy despacio a su caballo volvió a entablar con su guía la conversación, mientras examinaba con miradas curiosas el sitio en que se encontraba.

—¿Dice Vd. que pertenecen al señor de B… todas estas tierras?

—Sí señor.

—Parecen muy feraces.

—Lo son en efecto.

—Esta finca debe producir mucho a su dueño.

—Tiempos ha habido, según he llegado a entender —dijo el labriego deteniéndose para echar una ojeada hacia las tierras objeto de la conversación—, en que este ingenio daba a su dueño doce mil arrobas de azúcar cada año, porque entonces más de cien negros trabajaban en sus cañaverales; pero los tiempos han variado y el propietario actual de Bellavista no tiene en él sino cincuenta negros, ni excede su Zafra de seis mil panes de azúcar.

—Vida muy fatigosa deben de tener los esclavos en estas fincas —observó el extranjero—, y no me admira se disminuya tan considerablemente su número.

—Es una vida terrible a la verdad —respondió el labrador arrojando a su interlocutor una mirada de simpatía—: bajo este cielo de fuego el esclavo casi desnudo trabaja toda la mañana sin descanso, y a la hora terrible del mediodía jadeando, abrumado bajo el peso de la leña y de la caña que conduce sobre sus espaldas, y abrasado por los rayos del sol que tuesta su cutis, llega el infeliz a gozar todos los placeres que tiene para él la vida: dos horas de sueño y una escasa ración. Cuando la noche viene con sus brisas y sus sombras a consolar a la tierra abrasada, y toda la naturaleza descansa, el esclavo va a regar con su sudor y con sus lágrimas al recinto donde la noche no tiene sombras, ni la brisa frescura: porque allí el fuego de la leña ha sustituido al fuego del sol, y el infeliz negro girando sin cesar en torno de la máquina que arranca a la caña su dulce jugo, y de las calderas de metal en las que este jugo se convierte en miel a la acción del fuego, ve pasar horas tras horas, y el sol que torna le encuentra todavía allí… ¡Ah!, sí; es un cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud y en su alma la desesperación del infierno.

El labriego se detuvo de repente como si echase de ver que había hablado demasiado, y bajando los ojos, y dejando asomar a sus labios una sonrisa melancólica, añadió con prontitud:

—Pero no es la muerte de los esclavos causa principal de la decadencia del Ingenio de Bellavista: se han vendido muchos, como también tierras, y sin embargo aún es una finca de bastante valor.

Dichas estas palabras tornó a andar con dirección a la casa, pero detúvose a pocos pasos notando que el extranjero no le seguía, y al volverse hacia él, sorprendió una mirada fija en su rostro con notable expresión de sorpresa. En efecto, el aire de aquel labriego parecía revelar algo de grande y noble que llamaba la atención, y lo que acababa de oírle el extranjero, en un lenguaje y con una expresión que no correspondían a la clase que denotaba su traje pertenecer, acrecentó su admiración y curiosidad. Habíase aproximado el joven campesino al caballo de nuestro viajero con el semblante de un hombre que espera una pregunta que adivina se le va a dirigir, y no se engañaba, pues el extranjero no pudiendo reprimir su curiosidad le dijo:

—Presumo que tengo el gusto de estar hablando con algún distinguido propietario de estas cercanías. No ignoro que los criollos cuando están en sus haciendas de campo, gustan vestirse como simples labriegos, y sentiría ignorar por más tiempo el nombre del sujeto que con tanta cortesía se ha ofrecido a guiarme. Si no me engaño es usted amigo y vecino de D. Carlos de B…

El rostro de aquel a quien se dirigían estas palabras no mostró al oírlas la menor extrañeza, pero fijó en el que hablaba una mirada penetrante: luego, como si la dulce y graciosa fisonomía del extranjero dejase satisfecha su mirada indagadora, respondió bajando los ojos: