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Tel Aviv, hora punta. Un ataque suicida provoca una masacre en un restaurante atestado de personas. El doctor Amín Jaafari, israelí de origen palestino, atiende en el hospital a los supervivientes cuando recibe la noticia de que, entre los muertos, se encuentra su mujer, y que todo apunta a que se trata de la causante del atentado. En busca de una explicación a lo sucedido y convertido de repente en traidor para muchos con quienes compartía el mundo aparentemente a salvo en el que vivía, el protagonista tratará de penetrar en el complejo entramado del terrorismo islámico.
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Seitenzahl: 288
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Yasmina Khadra
El atentado
Traducción de Wenceslao Carlos Lozano
[No recuerdo haber oído...]
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Créditos
No recuerdo haber oído ninguna explosión. Quizá un silbido, como el crujido de una tela al desgarrarse, pero tampoco estoy seguro. Estaba pendiente de esa especie de divinidad rodeada de un enjambre de fieles a la que su guardia pretoriana intentaba abrir paso hasta su vehículo. «Dejen paso, por favor... Por favor, apártense.» Los fieles se daban codazos para ver al jeque de cerca y tocar su kamis. El venerado anciano se daba la vuelta de cuando en cuando para saludar a un conocido o dar las gracias a un discípulo. De su ascético rostro irradiaba una mirada afilada como un alfanje. Intenté sin éxito romper el cerco de los cuerpos en trance que me aplastaban. El jeque se metió en su vehículo y agitó una mano tras el cristal blindado mientras dos guardaespaldas se sentaban a cada lado de él... Y nada más. Algo desgarró el cielo y fulguró en medio de la calzada como si fuera un rayo; su onda expansiva me alcanzó de lleno, desarticulando al grupo cuyo frenesí me tenía cautivo. En una fracción de segundo, el cielo se vino abajo y la calle, hasta ahora henchida de fervor, quedó completamente patas arriba. El cuerpo de un hombre, o un chico, se cruzó ante mi aturdimiento como un flash oscuro. ¿Qué está pasando?... Una avalancha de polvo y fuego me succiona bruscamente y me catapulta entre mil proyectiles. Tengo la vaga sensación de estar deshilachándome, disolviéndome en la onda de choque... A pocos metros –o quizá a años luz–, el vehículo del jeque está ardiendo. Lo engullen unos tentáculos voraces que desprenden en el aire un espantoso olor a cremación. Su zumbido debe de ser aterrador, pero no lo percibo. Una fulminante sordera me ha arrebatado los ruidos de la ciudad. No oigo ni siento nada, sólo planeo y planeo. Planeo durante una eternidad antes de caer a tierra, grogui, descoyuntado pero curiosamente lúcido, con los ojos más grandes que el horror que acaba de abatirse sobre la calle. Justo cuando alcanzo el suelo, todo se detiene; las antorchas por encima del coche destartalado, los proyectiles, el humo, el caos, los olores, el tiempo... Una voz celestial sobrevuela el insondable silencio de la muerte, cantando un día regresaremos a nuestro barrio. No es exactamente una voz; parece un leve temblor, una filigrana... Mi cabeza rebota sobre algo... Mamá, grita un niño, con voz débil pero clara y pura. Viene de muy lejos, de alguna sosegada lejanía... Las llamas que devoran el vehículo se niegan a moverse, los proyectiles a caer... Mi mano se busca a sí misma entre las piedras, creo que estoy herido. Intento mover las piernas, alzar el cuello; ningún músculo obedece... Mamá, grita el niño... Aquí estoy, Amín... Ahí está mamá, surgiendo tras una cortina de humo. Avanza entre los escombros en suspensión, los gestos petrificados, las bocas abiertas al abismo. Por un momento creo que es la Virgen, con su velo lechoso y su mirada martirizada. Mi madre siempre ha sido así, triste y radiante a la vez, como un cirio. Cuando ponía su mano sobre mi frente ardiendo, desaparecía toda fiebre y desazón... Y ahí está, con su magia intacta. Siento cómo un escalofrío me recorre de pies a cabeza a la vez que libera el universo y pone en marcha el delirio. Las llamas recobran su macabra actividad, la metralla su trayectoria, el pánico su profusión... Un hombre harapiento, con la cara y los brazos tiznados, intenta acercarse al coche en llamas. Aunque gravemente herido, hace lo imposible por socorrer al jeque, movido por una especie de terquedad. Cada vez que alcanza la puerta del coche, una llamarada lo repele. Los cuerpos atrapados arden dentro del vehículo. Dos espectros ensangrentados se mueven del otro lado, intentan forzar la puerta trasera. Los veo aullar órdenes, o de dolor, pero no los oigo. Cerca de mí, un anciano desfigurado me mira fijamente, como alelado; no parece darse cuenta de que está destripado, de que su sangre cae en cascada dentro de un bache. Un herido se arrastra sobre los escombros, con una enorme mancha humeante sobre la espalda. Pasa justo a mi lado, gimiendo como un loco, y muere un poco más allá, con los ojos como platos, como si no admitiera que esto podía ocurrirle a él. Los dos espectros acaban rompiendo el parabrisas y se abalanzan en el interior. Otros supervivientes acuden en su ayuda. Arrancan con sus propias manos trozos de coche ardiendo, rompen los cristales, se ensañan con las puertas y consiguen extraer el cuerpo del jeque. Una decena de brazos se lo llevan en volandas y lo alejan de la hoguera antes de tumbarlo sobre la acera mientras una nube de manos se esfuerza en apagar las llamas de su ropa. Siento una miríada de punzadas en la cadera. Mi pantalón ha desaparecido prácticamente y sólo me cubren aquí y allá unos retazos calcinados. Mi pierna yace pegada a mi costado, a la vez horrible y grotesca, aún unida al muslo por un hilo de carne. De repente me abandonan todas mis fuerzas. Siento como si mis fibras se disociaran unas de otras y ya se estuvieran descomponiendo... Por fin oigo los aullidos de una ambulancia, y poco a poco regresan los ruidos de la calle, acuden en tropel y me ensordecen. Alguien se inclina sobre mi cuerpo, lo ausculta someramente y se aleja. Lo veo agacharse ante un amasijo de carne carbonizada, tomarle el pulso y luego hacer una señal a los camilleros. Otro hombre me toma el pulso y deja caer mi mano... «Éste está listo. No se puede hacer nada por él...» Tengo ganas de retenerlo, de obligarle a que me vuelva a examinar, pero mi brazo se amotina y reniega de mí. Mamá, vuelve a gritar el niño... Busco a mi madre en medio del caos... Sólo veo vergeles hasta donde me alcanza la vista... Los vergeles del abuelo... del patriarca... una tierra de naranjos donde siempre era verano... y un chaval soñando en lo alto de una cresta. El cielo es de un azul límpido. Los naranjos se dan los unos a los otros la mano. El niño tiene doce años y un corazón de porcelana. A esa edad en que todo son flechazos, pues su confianza es tan grande como sus alegrías, querría hincarle el diente a la luna como si fuera una fruta, convencido de que no hay más que tender la mano para aferrar toda la felicidad del mundo... Y allí, ante mis ojos, a pesar del drama que acaba de desfigurar para siempre el recuerdo de este día, a pesar de los cuerpos que agonizan sobre la calzada y de las llamas que siguen envolviendo el vehículo del jeque, el chico pega un bote y, con los brazos desplegados como si fueran alas de gavilán, echa a correr por el campo donde cada árbol es una maravilla... Tengo la cara surcada de lágrimas... «Quien te haya dicho que un hombre no debe llorar ignora lo que significa ser un hombre», me confesó mi padre cuando me pilló abatido en la cámara mortuoria del patriarca. «Llorar no es ninguna vergüenza, hijo. Las lágrimas son lo más noble que tenemos.» Como me negaba a soltar la mano del abuelo, se agachó ante mí y me cogió en sus brazos. «No sirve de nada quedarse aquí. Los muertos, muertos están, ya han expiado sus pecados. En cuanto a los vivos, no son sino fantasmas anticipados...» Dos camilleros me levantan y me echan sobre una camilla. Se acerca una ambulancia marcha atrás con sus puertas muy abiertas. Unos brazos me introducen en el interior de la cabina y casi me tiran en medio de otros cadáveres. Con un último sobresalto, oigo mi sollozo... «Dios, si se trata de una horrible pesadilla, haz que me despierte de inmediato...»
Tras la operación, nuestro director Ezra Benhaím viene a verme al despacho. Es un hombre ágil e impetuoso, a pesar de sus sesenta años cumplidos y su sobrepeso. En el hospital lo llaman el sargento de caballería por su excesivo militarismo, agravado por un sentido del humor de lo más inoportuno. Pero, a las duras, es el primero en remangarse y el último en abandonar la nave.
Ya estaba él allí cuando, antes de adoptar la nacionalidad israelí y siendo yo un joven cirujano, ponía todo mi empeño en convertirme en médico de plantilla. Aunque por entonces sólo era un modesto jefe de servicio, recurría a la escasa influencia que le confería su puesto para mantener a raya a mis detractores. Por entonces, no resultaba fácil para el hijo de un beduino unirse al gremio de la elite universitaria sin provocar un rechazo manifiesto. Mis compañeros de promoción eran unos niñatos judíos afortunados, con pulsera de oro y descapotable en el aparcamiento. Me miraban por encima del hombro y consideraban mis hazañas una afrenta a su categoría. Así, cuando alguno de ellos se excedía conmigo, Ezra ni siquiera intentaba enterarse de quién había empezado y se ponía sistemáticamente de mi lado.
Abre la puerta sin llamar y me mira de soslayo con la sonrisa en la comisura de los labios. Así es como suele demostrar su satisfacción. Acto seguido, como hago girar mi sillón para ponerme frente a él, se quita las gafas, las limpia con el faldón de su bata y dice:
–Al parecer, has traído de vuelta del limbo a tu paciente.
–Tampoco hay que exagerar.
Se coloca las gafas sobre su nariz de ingratas aletas, menea la cabeza tras meditar brevemente y recupera su austera mirada.
–¿Te apuntas al club esta noche?
–Imposible, mi mujer regresa hoy.
–¿Y mi revancha?
–¿Qué revancha? No me has ganado una sola partida.
–No eres legal, Amín. Siempre aprovechas mi baja forma para apuntarte un tanto. Hoy, que me encuentro en condiciones, te escaqueas.
Me retrepo sobre el respaldo de mi asiento para mirarlo mejor de frente.
–Si quieres que te diga, amigo Ezra, ya no tienes la pegada de antes y me da pena abusar de ti.
–No me entierres tan pronto. Acabaré poniéndote en tu sitio de una vez por todas.
–Para eso no necesitas raqueta. Te basta con suspenderme de empleo y sueldo.
Promete pensárselo, se lleva con desparpajo un dedo a la sien para despedirse y regresa a los pasillos para increpar a las enfermeras.
Una vez solo, intento recordar en qué estaba pensando antes de la interrupción de Ezra y recuerdo que iba a llamar a mi mujer. Agarro el aparato, marco el número de mi casa y cuelgo tras la séptima llamada. Mi reloj marca la una y doce minutos de la tarde. Si Sihem hubiese tomado el autocar de las nueve, hace un buen rato que debería haber llegado.
–No te preocupes tanto –me suelta de improviso la doctora Kim Yehuda invadiendo mi cuartucho.
Y añade de seguido:
–He llamado antes de entrar. Es que estás en las nubes...
–Lo siento, no te he oído.
Rechaza mis excusas con gesto altivo, vigila el movimiento de mis cejas y pregunta:
–¿Llamabas a tu casa?
–No se te puede ocultar nada.
–Y, claro está, Sihem aún no ha regresado.
Su perspicacia me irrita pero ya estoy hecho a ella. Conozco a Kim desde la universidad. No éramos de la misma promoción –yo le llevaba tres cursos– pero simpatizamos desde el principio. Era guapa y espontánea, y a diferencia de las demás estudiantes, que se mordían siete veces la lengua antes de pedirle fuego a un árabe, por buen estudiante y apuesto que fuera, ella no se andaba con remilgos. Kim tenía la risa fácil y el corazón en la mano. Nuestros flirteos eran ingenuamente conmovedores. Sufrí enormemente cuando un adonis ruso, recién llegado de su komsomol, vino a robármela. Como soy buen perdedor, no me quejé en absoluto. Más tarde, me casé con Sihem y el ruso regresó a su casa sin previo aviso, tras el desmembramiento del imperio soviético. Kim y yo seguimos siendo excelentes amigos, y nuestra colaboración estrecha ha tejido entre nosotros una estupenda complicidad.
–Hoy es día de regreso de vacaciones –me señala–. Las carreteras están saturadas. ¿Has intentado localizarla en casa de su abuela?
–No hay teléfono en la finca.
–Llámala al móvil.
–Otra vez ha olvidado llevárselo.
Aparta los brazos en señal de fatalidad.
–Mala suerte.
–¿Para quién?
Arquea su magnífica ceja y me advierte con el dedo.
–Lo dramático de algunas buenas intenciones es que su compromiso carece de valor y de tenacidad.
–Es la hora de los valientes –digo levantándome–. La operación ha sido agotadora y necesitamos recuperar fuerzas...
La agarro por el codo y la empujo hacia el pasillo.
–Pasa delante, guapa. Quiero ver las maravillas que vas dejando tras de ti.
–¿Te atreverías a repetirme eso en presencia de Sihem?
–Los imbéciles son los únicos que no cambian de opinión.
La risa de Kim suena por el pasillo como el brillo de una guirnalda en un cementerio.
Ilan Ros se reúne con nosotros en la cafetería cuando estamos acabando de almorzar. Se instala con su sobrecargada bandeja a mi derecha para tener a Kim enfrente. Con la bata abierta sobre su vientre pantagruélico y sus mofletes rojos, empieza tragándose tres lonchas de carne fría y se limpia la boca con una servilleta de papel.
–¿Sigues buscando una segunda vivienda? –me pregunta en medio de un voraz chapoteo.
–Depende de dónde.
–Creo que te he encontrado algo. No lejos de Asquelón. Un bonito chalé con todo lo necesario para desconectar por completo.
Mi mujer y yo llevamos más de un año buscando una casita a la orilla del mar. A Sihem le encanta el mar. Uno de cada dos fines de semana, cuando me lo permiten mis días de asueto, nos metemos en el coche y nos vamos a la playa. Tras caminar un buen rato por la arena, subimos a lo alto de una duna y contemplamos el horizonte hasta bien avanzada la noche. La puesta del sol siempre ha ejercido en Sihem una fascinación que me cuesta entender del todo.
–¿Piensas que está al alcance de mi cartera? –le pregunto.
Ilan Ros suelta una breve sonrisa que sacude su papada carmesí como si fuera gelatina.
–Con el tiempo que hace que no te llevas la mano al bolsillo, Amín, pienso que te sobra para comprar la mitad de tus sueños...
De repente, una formidable explosión hace temblar las paredes y tintinear las ventanas de la cafetería. Todo el mundo se mira con perplejidad, y los que se encuentran más cerca de los ventanales se levantan y se vuelven hacia el exterior. Kim y yo nos abalanzamos hacia la ventana más cercana. Fuera, la gente que estaba volcada en sus ocupaciones en el patio del hospital se mantiene inmóvil, con la cabeza vuelta hacia el norte. La fachada del edificio de enfrente nos impide ver más allá.
–Seguro que ha sido un atentado –dice alguien.
Kim y yo salimos corriendo por el pasillo. Una cuadrilla de enfermeras sube del sótano y se dirige a la carrera hacia el vestíbulo. Teniendo en cuenta la violencia de la onda expansiva, el lugar de la explosión no debe de estar lejos. Un vigilante activa su emisor-receptor para informarse de la situación. Su interlocutor le comunica que sabe tanto como él. Tomamos al asalto el ascensor y, al llegar al último piso, nos precipitamos hacia la terraza que da al ala sur del edificio. Ya se encuentran allí algunos curiosos, con la mano a modo de visera. Miran hacia una nube de humo que se eleva a una decena de manzanas del hospital.
–Ha sido por Haqirya –informa un vigilante desde una radio–. Una bomba o un kamikaze. Puede que un coche bomba. No tengo esa información. Lo único que veo es el humo que sale del lugar...
–Hay que bajar –me dice Kim.
–Tienes razón. Hay que prepararse para acoger a los primeros evacuados.
Diez minutos después, las informaciones fragmentadas dan cuenta de una auténtica carnicería. Algunos hablan de un autobús alcanzado, otros de un restaurante volado. La centralita amenaza con saltar. Tenemos alarma roja.
Ezra Benhaím decreta el despliegue de la célula de crisis. Las enfermeras y los cirujanos se reúnen en urgencias, donde camillas de ruedas y parihuelas están dispuestas en un carrusel frenético aunque ordenado. No es la primera vez que un atentado sacude Tel Aviv, y la asistencia se presta cada vez con mayor eficacia. Pero un atentado no deja de ser un atentado. La experiencia permite controlarlo mejor técnicamente, pero no humanamente. Ni la emoción ni el pavor casan bien con la sangre fría. Cuando el horror golpea, lo primero que alcanza siempre es el corazón.
Llego a mi vez a urgencias. Allí se encuentra Ezra, con el semblante demudado y el móvil pegado a la oreja. Dirige con la mano los preparativos.
–Un kamikaze se ha volado en un restaurante. Hay varios muertos y muchos heridos –anuncia–. Manden evacuar las salas 3 y 4 y prepárense para recibir a las primeras víctimas. Las ambulancias están de camino.
Kim, que había ido a su despacho para llamar por su cuenta, se reúne conmigo en la sala 5, donde irán a parar los heridos más graves. Como a veces el quirófano resulta insuficiente, se amputa in situ. Verificamos con cuatro cirujanos el material para las intervenciones. Unas enfermeras se afanan en torno a las mesas de operaciones, ágiles y precisas.
–Hay al menos once muertos –me informa Kim mientras pone en marcha unos aparatos.
Fuera aúllan las sirenas. Las primeras ambulancias invaden el patio del hospital. Dejo que Kim se ocupe de los aparatos y me reúno con Ezra en el vestíbulo. Los gritos de los heridos resuenan en la sala. Una mujer casi desnuda, tan enorme como su espanto, se contorsiona sobre una camilla. Los camilleros que la atienden tienen dificultades para mantenerla tranquila. Pasa delante de mí, con los pelos de punta y los ojos desorbitados. Justo tras ella llega el cuerpo ensangrentado de un chico. Tiene la cara y los brazos negros como si saliese de una mina de carbón. Agarro su camilla de ruedas y lo dejo a un lado para despejar el paso. Una enfermera acude en mi ayuda.
–Tiene una mano arrancada –exclama.
–No es momento de flaquear –le recomiendo–. Hágale un torniquete y llévelo de inmediato al quirófano. No pierda un minuto.
–Bien, doctor.
–¿Está segura de que lo puede hacer?
–No se preocupe por mí, doctor. Me las arreglaré.
En un cuarto de hora, el vestíbulo de urgencias se ha convertido en un campo de batalla. No menos de un centenar de heridos se amontonan, la mayoría de ellos sobre el suelo. Todas las camillas están atestadas de cuerpos desmembrados, horriblemente acribillados por la metralla, algunos con quemaduras en distintas partes. Los llantos y gritos inundan todo el hospital. De cuando en cuando un alarido domina el estrépito, indicando la muerte de una víctima. Una se me va entre las manos, sin darme tiempo a examinarla. Kim me señala que el quirófano está saturado y que va a haber que mandar a los más graves a la sala 5. Un herido exige que se ocupen de él inmediatamente. Tiene la espalda desollada de lado a lado y una parte del omóplato a la vista. Al no verse auxiliado por nadie, agarra a una enfermera por el pelo. Hacen falta tres forzudos para que la suelte. Un poco más allá, encajonado entre dos camillas de ruedas, un herido aúlla meneándose como un poseso hasta que acaba cayéndose de la suya. Su cuerpo está lleno de cortaduras y no para de dar puñetazos en el aire. La enfermera que lo atiende no sabe qué hacer. Se le iluminan los ojos al verme.
–Rápido, rápido, doctor Amín...
El herido se tensa de golpe, cesan sus estertores, convulsiones y coces, y sus brazos se abaten sobre el pecho, como si fuera una marioneta a la que acabaran de cortar los hilos. Sus rasgos congestionados se desprenden repentinamente del dolor y se mudan en una expresión de demencia, mezcla de rabia extrema y de asco. Justo cuando me inclino sobre él, me amenaza con la mirada y retuerce los labios.
–Me niego a que un árabe me toque –gruñe rechazándome hoscamente con un manotazo–. Antes, muerto.
Lo agarro por la muñeca y le pego con firmeza el brazo contra el costado.
–Agárrelo bien –pido a la enfermera–, voy a examinarle.
–No me toque –se subleva el herido–. Le prohíbo que me ponga la mano encima.
Me escupe. Como jadea, la saliva le cae sobre la barbilla, trémula y elástica, mientras lágrimas de furia le inundan los párpados. Aparto su chaqueta. Su vientre se ha convertido en una papilla esponjosa que se comprime con cada esfuerzo. Ha perdido mucha sangre y sus gritos no hacen sino acentuar la hemorragia.
–Hay que operar de inmediato.
Hago una señal a un enfermero para que me ayude a colocar al herido sobre su camilla y, apartando las que nos cortan el paso, corro hacia el quirófano. El herido me mira fijamente con ojos de odio a punto de ponerse en blanco. Intenta protestar, pero sus contorsiones lo han dejado exhausto. Vencido, vuelve la cabeza para no tenerme de frente y se abandona al embotamiento que se va apoderando de él.
Abandono el quirófano hacia las diez de la noche.
Ignoro cuántas personas han pasado por mi mesa de operaciones. Cada vez que acababa con una, los batientes de la puerta del quirófano se abrían para dejar pasar otra camilla. Algunas intervenciones no han durado mucho, pero otras me han dejado agotado. Tengo calambres por todas partes y un hormigueo en las articulaciones. Hubo ratos en que la vista se me enturbiaba y me sentía mareado. Sólo cuando un pequeño estuvo a punto de morírseme, creí razonable ceder mi puesto a un sustituto. En cuanto a Kim, se le han quedado entre las manos tres pacientes, uno tras otro, como si un sortilegio se entretuviera haciendo añicos sus esfuerzos. Salió de la sala 5 maldiciéndose. Creo que subió a su despacho a llorar a lágrima viva.
Según Ezra Benhaím, el número de muertos debe revisarse al alza. Vamos por diecinueve defunciones –entre ellas once escolares que festejaban el cumpleaños de una compañera en el local–, cuatro amputaciones y treinta y tres ingresos en situación crítica. Unos cuarenta heridos han sido recogidos por sus familiares, otros han regresado a su casa por sus propios medios tras los cuidados de urgencia.
En la sala de espera, los familiares se comen las uñas yendo y viniendo por la sala como sonámbulos. La mayoría no parece totalmente consciente de la magnitud de la catástrofe que acaba de golpearlos. Una madre, loca de dolor, se agarra a mi brazo con mirada incisiva. «¿Cómo está mi niña, doctor? ¿Se va a salvar?...» Acude un padre cuyo hijo está en reanimación. Quiere saber por qué la operación dura tanto. «Hace horas que está ahí dentro. ¿Qué le están haciendo?» Las enfermeras sufren el mismo acoso. Hacen todo lo que pueden por calmar los ánimos y prometen obtener las informaciones que se les reclaman. Una familia me pilla tranquilizando a un anciano y se abalanza sobre mí. Debo batirme en retirada, salir por el patio interior y rodear todo el edificio para regresar a mi despacho.
Kim no está en el suyo. La busco en el de Ilan Ros, que no la ha visto, ni las enfermeras tampoco.
Me cambio para irme a mi casa.
En el aparcamiento, los policías van y vienen en una especie de sordo frenesí. El chisporroteo de sus radios salpica el silencio. Un oficial da instrucciones desde un 4 × 4, con el fusil de asalto sobre el salpicadero.
Llego hasta mi coche, embriagado por la brisa nocturna. El Nissan de Kim está aparcado donde lo encontré esta mañana, con las ventanas delanteras medio bajadas por el calor. Deduzco que sigue en el hospital, pero estoy demasiado cansado para buscarla.
Al salir del hospital, la ciudad parece serena. El drama que acaba de estremecerla no ha alterado sus costumbres. Colas interminables de coches tienen copada la carretera de circunvalación de Petah Tiqwa. Los cafés y restaurantes rebosan de gente. Los noctámbulos invaden las aceras. Giro hacia la avenida Gevirol hasta Bet Sokolov, donde un control obliga a los conductores a rodear el barrio de Haqirya, aislado del resto de la ciudad por un drástico dispositivo de seguridad. Consigo colarme hasta la calle Hasmonaím, envuelta en un silencio sideral. Puedo ver de lejos el local de comida rápida que el kamikaze ha hecho volar por los aires. La policía científica analiza el lugar de la matanza y va tomando muestras. Todo el frontal del restaurante está destrozado. El techo se ha desmoronado sobre la parte trasera, rayando la acera con regueros negros. Una farola arrancada de cuajo cruza la calzada sembrada de residuos de todo tipo. El impacto ha sido de una violencia inaudita; los cristales de los edificios circundantes se han hecho añicos y algunas fachadas están desconchadas.
–No se quede ahí –me ordena un poli surgido de no sé dónde.
Barre mi vehículo con su linterna, la dirige hacia la matrícula y luego hacia mí. Da instintivamente un paso hacia atrás y se lleva la mano a la pistola.
–No haga ningún gesto brusco –me advierte–. Quiero ver sus manos sobre el volante. ¿Qué hace usted por aquí? ¿No ve que la zona está acotada?
–Regreso a mi casa.
Un segundo agente acude en su ayuda.
–¿Por dónde se ha colado éste?
–¡Y yo qué puñetas sé! –dice el primero.
El segundo poli pasea a su vez su linterna sobre mí, me echa una mirada torva y desconfiada.
–¡Sus papeles!
Se los alargo. Los comprueba y vuelve a enfocarme con su linterna. Mi nombre árabe le preocupa. Siempre ocurre lo mismo tras un atentado. Los maderos están con los nervios de punta y las caras sospechosas exacerban su susceptibilidad.
–Salga –me ordena el primer agente– y póngase de cara al coche.
Obedezco. Me empuja con fuerza contra el techo del vehículo, me aparta las piernas con su pie y me somete a un cacheo sistemático.
El otro abre y registra el maletero.
–¿De dónde viene?
–Del hospital. Soy el doctor Amín Jaafari, soy cirujano en Ichilov. Acabo de salir de la sala de operaciones. Estoy reventado y quiero volver a mi casa.
–Está bien –dice el otro policía cerrando el maletero–. No hay nada extraño por aquí.
El otro se niega a que me vaya así porque sí. Se aleja un poco y comunica a la central mi filiación y la información contenida en mi permiso de conducir y mi carné profesional. «Es un árabe nacionalizado israelí. Dice que acaba de salir del hospital en el que es cirujano... Jaafari, con dos aes... Comprueba en Ichilov...» Regresa a los cinco minutos, me devuelve los papeles y me pide en tono perentorio que dé media vuelta sin mirar atrás.
Llego a casa hacia las once, mareado de cansancio y de despecho. De regreso, me han interceptado cuatro patrullas y registrado minuciosamente. Por más que presentara mis papeles y diera a conocer mi profesión, los polis sólo se fijaban en mi cara. Durante un momento, un joven agente que no soportaba mis protestas me apuntó y amenazó con saltarme la tapa de los sesos si no cerraba el pico. Tuvo que intervenir enérgicamente el oficial, que lo puso en su sitio.
Me siento aliviado al llegar sano y salvo a mi calle.
Sihem no me abre. No ha regresado de Kafr Kanna. Tampoco ha venido la asistenta. Mi cama está deshecha, tal como la dejé esta mañana. No hay mensaje en el contestador del teléfono. Tras una jornada tan agitada como la que acabo de vivir, la ausencia de mi mujer no me preocupa más de la cuenta. A menudo le da por prolongar la estancia en casa de su abuela. A Sihem le encanta la finca y las veladas nocturnas sobre un cerro bañado por la luz tranquila de la luna.
Me cambio de ropa en el dormitorio y me detengo a mirar la foto de Sihem que preside la mesilla de noche. Su sonrisa es amplia como un arco iris, pero no así su mirada. La vida no la ha tratado bien. Huérfana de madre con dieciocho años –que murió de cáncer–, y de padre, fallecido en un accidente de carretera unos años después, tardó una eternidad en aceptarme como marido. Temía que el destino, que se había ensañado con ella, la volviera a desarmar. Tras un decenio largo de vida conyugal, y a pesar del amor que le profeso, sigue temiendo por su felicidad, convencida de que cualquier cosa podría echarlo todo a perder. Sin embargo, la suerte no deja de favorecernos. Cuando Sihem se casó conmigo, mi única fortuna era un viejo coche asmático que no paraba de averiarse. Vivíamos en un barrio proletario donde los apartamentos tenían poco que envidiar a una madriguera. Nuestro mobiliario era de formica y no todas las ventanas tenían cortinas. Hoy tenemos una magnífica vivienda en uno de los barrios más encopetados de Tel Aviv y una cuenta corriente bastante saneada. Todos los veranos nos escapamos a un país de jauja. Conocemos París, Frankfurt, Barcelona, Ámsterdam, Miami y el Caribe, y tenemos un montón de amigos a los que queremos y que nos quieren. A menudo invitamos a gente a casa, y nos invitan a saraos de sociedad. He conseguido hacerme una reputación honorable y me han premiado varias veces por mis trabajos científicos y la calidad de mis servicios. Sihem y yo mantenemos una íntima amistad con notables de la ciudad, con autoridades civiles y militares y hasta con figuras del espectáculo.
–Sonríes como la suerte, cariño –digo dirigiéndome al retrato–. Bastaría con que cerrases los ojos de vez en cuando.
Me beso el dedo, lo pongo sobre la boca de Sihem y me meto en el cuarto de baño. Permanezco unos veinte minutos bajo el agua ardiente de la ducha y luego, envuelto en mi albornoz, comisqueo un bocadillo en la cocina. Tras cepillarme los dientes, regreso al dormitorio, me meto en la cama y tomo una pastilla para dormir el sueño de los justos...
El teléfono suena dentro de mi cabeza como una perforadora, sacudiéndome de pies a cabeza como si fuera una descarga de electrochoque. Aturullado, busco a tientas la luz sin localizarla. El teléfono sigue exacerbando mis sentidos. Una ojeada al despertador me informa de que son las tres y veinte de la mañana. Vuelvo a tender la mano en la oscuridad sin saber si debo descolgar o encender.
Vuelco algo sobre la mesa camilla y, tras varios intentos, consigo hacerme con el auricular.
El silencio que sigue casi me despabila.
–¿Diga?...
–Soy Naveed –me dice un hombre al otro lado de la línea.
Tardo algo en reconocer la voz rasposa de Naveed Ronnen, un alto cargo de la policía. La pastilla que he tomado me tiene entumecido el cerebro. Tengo la impresión de estar dando vueltas a cámara lenta en alguna parte y que, suspenso entre el aturdimiento y la somnolencia, el sueño en que andaba metido se dispersa entre otros sueños inextricables, deformando hasta la ridiculez la voz de Naveed Ronnen que, esta noche, parece surgir de un pozo.
Aparto la sábana para poder sentarme. La sangre me late sordamente en las sienes. Debo sondear en lo más hondo de mi ser para disciplinar mi jadeo.
–¿Sí, Naveed?...
–Te llamo desde el hospital. Te necesitamos aquí.
En la penumbra de mi habitación, las agujas fosforescentes del despertador se enredan segregando una estela verdosa.
El auricular me pesa en el puño como si fuera un yunque.
–Acabo de acostarme, Naveed. Me he pasado el día operando y estoy reventado. El doctor Ilan Ros está de guardia. Es un excelente cirujano...
–Lo siento, tienes que venir. Si no te encuentras bien, mando a alguien a buscarte.
–No creo que sea necesario –contesto revolviéndome la cabellera.
Oigo a Naveed carraspear al otro lado de la línea y percibo el jadeo de su respiración. Voy lentamente recobrando el sentido y la visión a mi alrededor.
Veo por la ventana una nube deshilachada intentando envolver la luna. Más arriba, miles de estrellas se creen luciérnagas. Ni un ruido altera la calle, como si la ciudad hubiese sido evacuada mientras dormía.
–¿Amín?...
–¿Sí, Naveed?
–Nada de excesos de velocidad. Nos sobra tiempo.
–Si no es urgente, por qué...
–Por favor –me interrumpe–. Te espero.
–De acuerdo –digo sin pretender enterarme–. ¿Puedes hacerme un pequeño favor?
–Depende...
–Avisa a tus controles y a las patrullas de que voy a pasar. Tus hombres me parecieron muy nerviosos antes, cuando regresé a casa.
–¿Sigues con el mismo Ford blanco?
–Sí.
–Voy a darles un toque.
Cuelgo y me quedo un rato mirando el auricular, intrigado por la llamada y el tono impenetrable de Naveed. Luego, me pongo las zapatillas y voy al cuarto de baño a lavarme la cara.
En el patio de urgencias, dos coches de policía y una ambulancia se devuelven los destellos de sus faros giratorios. Tras el tumulto del día, el hospital ha recuperado su aspecto sepulcral. Agentes uniformados hacen tiempo, unos chupeteando un pitillo y otros de brazos cruzados dentro de sus vehículos. Dejo mi coche en el aparcamiento y me dirijo hacia la recepción. La noche ha refrescado algo y llega hasta aquí una subrepticia brisa marina cargada de hedores dulzones. Reconozco la silueta desgarbada de Naveed Ronnen de pie en la escalera. Tiene el hombro claramente inclinado sobre la pierna derecha, cuatro centímetros más corta desde hace diez años debido a un percance profesional. Fui yo quien se opuso a la amputación. Por entonces, acababa de ganarme sin dificultad mis galones de cirujano tras una serie de operaciones exitosas. Naveed Ronnen fue uno de mis pacientes más afectuosos. Tenía una moral de acero y un sentido del humor sin duda algo discutible pero perseverante. Fue quien me contó los chistes de polis más subidos de tono que conozco. Más adelante, operé a su madre, y eso nos unió aún más. Desde entonces me confía a todos los colegas y parientes que deben pasar por el quirófano.
Tras él está el doctor Ilan Ros, apoyado en el marco de la puerta de entrada. La luz del vestíbulo acentúa su grotesco perfil. Con las manos en los bolsillos de su bata y la tripa que le llega a las rodillas, mira fijamente el suelo con aire ausente.
Naveed baja un escalón para venir a mi encuentro. También lleva las manos en los bolsillos. Su mirada evita la mía. Su actitud no presagia nada bueno.
–Bueno –digo de entrada para ahuyentar el presentimiento que me acaba de embargar–, subo ahora mismo a cambiarme.
–No es necesario –me dice Naveed con voz desentonada.
A menudo me he topado con su semblante descompuesto cuando me ha traído a alguno de sus colegas en camilla, pero el que trae ahora supera todos los anteriores.
Un escalofrío me rasga la espalda antes de reptar furtivamente hasta mi pecho.
