Lo que sueñan los lobos - Yasmina Khadra - E-Book

Lo que sueñan los lobos E-Book

Yasmina Khadra

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Novela de enorme fuerza expresiva y singular garra literaria, Lo que sueñan los lobos -publicada en 1999, cuando la identidad del autor, militar aún en ejercicio, era todavía un misterio- es la narración de la inexorable espiral de locura y violencia en que cae de forma accidental Nafa Walid, a quien una muerte involuntaria arrastra a la soledad, al desencanto y a ser presa propicia de la vorágine sangrienta del integrismo islámico. Yasmina Khadra plasma en esta obra inolvidable un veraz retrato de la tragedia en que se ve envuelta una juventud argelina -y, por extensión, del Tercer Mundo- que, deseosa de escapar de la mediocridad y de la miseria cotidiana, así como de alcanzar el derecho al respeto y a una vida decente, resulta víctima propicia del desprecio de unos y de la violencia de otros.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Yasmina Khadra

Lo que sueñan los lobos

Traducción de Santiago Martín Bermúdez

Índice

1.El Alto Argel

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

2. La Casbah

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

3. El abismo

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Créditos

A mis hijos y a los niñosdel mundo entero

La comodidad se vuelve pobreza

A causa de su propia facilidad.

Feliz aquel que puede encontrar

La comodidad en la pobreza.

SUGAWARA-NO-MICHIZANE

¿Por qué el arcángel Gabriel no me sujetó el brazo cuando me disponía a cortarle el cuello a aquel bebé que ardía de fiebre? Yo creía, con todas las fuerzas de que era capaz, que mi hoja no se iba a atrever siquiera a rozar aquel cuello frágil, apenas más grueso que el puño de un chiquillo. Esa noche la lluvia amenazaba con engullir la tierra entera. El cielo estallaba. Durante un buen rato esperé que el rayo me desviara la mano, que un relámpago me librara de las tinieblas que me mantenían cautivo de sus perdiciones, a mí, que había estado convencido de haber venido a este mundo para complacer y seducir, que soñaba con conquistar los corazones sólo con el don de mi talento.

Son las seis de la mañana, y el día no tiene arrestos suficientes para aventurarse por las calles. Después de que Argel renegó de sus santos, el sol prefiere quedarse en el mar y esperar que la noche retire de una vez sus cadalsos.

Los policías ya no disparan. Veo a uno de ellos emboscado tras un lavadero, encima de un cobertizo. Nos observa con la lente de su fusil, con el dedo en el gatillo. Abajo, en el barrio sitiado, aparte de un vehículo blindado y dos coches con los cristales rotos, no hay ninguna señal de vida.

El inmueble fue evacuado en los primeros momentos de la escaramuza, en medio de un pánico apocalíptico. A pesar de las llamadas a la calma, los rellanos de la escalera retumbaban con los aullidos de mujeres y niños en cada ráfaga. A Alí le alcanzaron en el momento en que intentaba ver lo que pasaba en el rellano. La mirilla le explotó en la cara. Cayó de espaldas, con el ojo arrancado, con la parte de atrás de la cabeza deshecha. A continuación, un silencio abismal se apoderó de los pasillos abandonados. Cortaron el gas y la electricidad, y después el agua corriente. Para aislarnos. Intentamos algunas maniobras de distracción, pero fue en vano. Un oficial nos conminó a deponer las armas y rendirnos. Le llamé renegado cabrón y vacié un cargador en su dirección. Lo siento por vosotros, gritó el oficial. ¡Cuánto desprecio había en su voz...!

Se acabó. Los profetas nos han abandonado. Nos han cazado como a ratas. Todo se hunde a nuestro alrededor. Es como si el mundo se divirtiera deshilachándose, fluyendo entre nuestros dedos como volutas de humo.

Del piso en que se atrincheró mi grupo ya no queda gran cosa. Las ventanas han saltado, las paredes se desconcharon bajo el frenesí de las balas. Rafik ya no se mueve. Yace en un charco de sangre, con los ojos pasmados y el cuello ridículamente torcido. Duyana mira fijamente el techo, despedazado por una granada. Handala murió en el vestíbulo, con la cara vuelta contra los zapatos y los dedos crispados en el suelo. Su hermano pequeño sucumbió a las tres de la mañana. Abu Turab es el único que todavía respira, desmoronado en la pila de la cocina, con su fusil de bombas encima de las rodillas.

Me dedica un guiño grotesco.

–Ya te dije que no era una buena idea.

Sus ojos alucinados se abren desorbitadamente a causa del dolor. Se le contrae el pecho. Tiene que ir a lo más hondo de sí mismo a buscar la bocanada de aire que le ayude a deglutir. Con muchísimas precauciones, tiende la pierna hacia una caja y se pone a un lado para poder mirarme.

–Si te vieras la jeta –jadea–. Pareces un deshollinador atascado en una chimenea.

–Prepárate –le aconsejo.

Le sacude una risa nerviosa:

–Es verdad, nos espera un largo viaje.

Un hilillo de saliva le cuelga del labio antes de llegarle a la barba con un temblor elástico. Con la mano derecha se aparta la camisa, ensangrentada por la monstruosa llaga que le devora el costado.

–Tengo las tripas fuera, pero ya no siento nada.

El avance de un trasto oruga, fuera, hace vibrar las paredes.

–Traen artillería pesada.

–Me lo imaginaba... ¿Crees que se acordarán de nosotros?

Sus pupilas, casi vidriosas, se animan por un instante con un débil resplandor. Crispa las mandíbulas y refunfuña:

–¡Ya lo creo! No nos olvidarán nunca. Nuestros nombres aparecerán en los manuales y en los monumentos. Los scouts cantarán nuestras alabanzas por los bosques. Los días de fiesta depositarán ramos en nuestras tumbas. Y mientras tanto, ¿qué harán los gloriosos mártires...? Pastaremos tranquilamente en los jardines eternos.

Le divierte mi mirada de desaprobación. Sabe lo mucho que me horroriza la blasfemia. Normalmente, cuidan mucho lo que dicen en mi presencia. Por primera vez, Abu Turab, el más fiel de mis hombres, se atreve a provocar mi susceptibilidad. Se seca la nariz con el hombro y vuelve a perseguirme con sus ojos de ultratumba. Su voz cavernosa me alcanza con un soplo molesto:

–Allá arriba, no tendremos más que chasquear los dedos y nuestros deseos serán satisfechos. Escogeremos nuestro harén entre los contingentes de huríes que pueblan el Edén, y cada tarde, a la hora en que los ángeles recogen sus flautas, iremos a coger cestos y cestos de girasoles en las viñas del Señor.

Los tiradores de élite del GIS invaden las terrazas de alrededor y ocupan sus puestos con saltos ligeros y precisos, inaprehensibles como las sombras.

–No te acerques tanto a la ventana, emir. Te expones a coger frío.

Unas sirenas retumban a lo lejos, se deslizan por los resquicios del barrio y vienen a hundirse en nuestro refugio. Abu Turab frunce una ceja y se pone a marcar débilmente el compás con un dedo.

–La última sinfonía... Mira tú, si de repente hasta le encuentro nombre a cualquier cosa. La última sinfonía... Aunque me hubieran pagado todas las fortunas de la tierra, no se me habría ocurrido ese título con la cabeza en calma. No sabía yo que la cercanía de la muerte le diera talento a uno.

–No me distraigas.

–No seguí mi verdadera vocación...

–Que te calles.

Se ríe, se calla durante dos minutos, y entonces, con la mano apretando el arma, recita:

–«De mis errores, no estoy arrepentido. Mis alegrías no tienen ningún mérito. La Historia no tendrá otra edad que la de mis recuerdos, y la Eternidad, el engaño de mi letargo...» ¡Qué asco! Ese Sid Alí sí que tenía algo en la cabeza, era un auténtico poeta... Es increíble lo imprevisible que es la gente. Yo le consideraba un retrasado, algo así como un blandengue, y en el momento de la verdad te saca de no sabes dónde un coraje que te deja helado. ¿Te acuerdas? Se negó a ponerse de rodillas. Ni siquiera tembló cuando le hundí la pipa en la sien. Venga, dijo, estoy listo. Le estalló la cabeza como un enorme forúnculo. Pero su puta sonrisa no se alteró ni un milímetro.

No, no me acuerdo. No estaba allí. Pero no lo he olvidado.

¿Cómo te puedes olvidar cuando te pasas días enteros disfrazando tu memoria y las noches las dedicas a reconstruirla como un maldito puzle para acabar enturbiándola una y otra vez al amanecer...? Todos los días. Todas las noches. Sin parar...

A eso se le llama obsesión, y piensas que con esa palabra basta para vencer al abismo.

¿Pero qué sabemos, en realidad, de la obsesión?

Maté a mi primer hombre el miércoles 12 de enero de 1994, a las 7.35. Era un magistrado. Salía de su casa y se dirigía a su coche. Su hija de seis años iba delante, con las trenzas adornadas con cintas azules y la cartera a la espalda. La niña pasó a mi lado, sin verme. El magistrado le sonreía, pero su mirada tenía un matiz trágico. Parecía un animal acorralado. Se sobresaltó al verme agazapado en la puerta. No sé por qué, siguió su camino como si no pasara nada. Tal vez pensó que si ignoraba la amenaza tenía una posibilidad de burlarla. Saqué el revólver y fui a por él. Se detuvo y me miró. En una fracción de segundo se le heló la sangre en la cara y sus rasgos se difuminaron. Por un momento pensé que me equivocaba de persona. «¿Jodia?», le pregunté. «Sí», respondió él con una voz sin timbre. Su ingenuidad –o su inseguridad– me hizo flaquear. Me costó todo el esfuerzo del mundo levantar el brazo. El dedo se me paralizó en el gatillo. ¿Pero qué esperas?, me gritó Sofian. Liquida de una vez a ese hijo de puta. La niña no parecía entender bien todo aquello. O se negaba a aceptar su desdicha. No puede ser, me acosaba Sofian. No vas a desinflarte ahora. Es un canalla. El suelo se me iba a hundir bajo los pies. Me invadía la náusea, que me atenazaba el estómago y me paralizaba. El magistrado debió de barruntar, en mi vacilación, la posibilidad de seguir viviendo. Si se hubiera quedado quieto, creo que no habría tenido fuerzas para llegar más lejos. Cada disparo me estremecía de la cabeza a los pies. No sabía cómo dejar de disparar, no escuchaba ni las detonaciones ni los gritos de la niña. Igual que un meteorito, atravesé la barrera del sonido, pulvericé el punto de no retorno: acababa de caer en cuerpo y alma en un mundo paralelo del que no regresaría nunca.

Abu Turab tiene un ataque de tos. Un espasmo fulgurante le echa hacia atrás. Se agarra a la culata y estira las piernas con un gemido. La orina salpica a través del pantalón y se desparrama por el suelo.

–¡Lo que faltaba! Ahora voy a cagarme en los pantalones. Los taghut van a pensar que soy un miedica. ¿Y qué es lo que hacen mis ángeles guardianes? ¿Es que no les basta con que reviente?

–¡Cierra el pico de una puta vez!

Se calla.

El trasto oruga invade la plaza, y el cañón apunta a nuestra madriguera. Por última vez, ríndanse, aúllan por un altavoz.

–¡Qué asco! –exhala Abu Turab–. En Afganistán no pasaba esto. Cuando los muyaidin caían en una trampa, se desencadenaban tempestades de arena para cubrirles la retirada, misteriosas averías inmovilizaban los tanques enemigos y nubes de pájaros la emprendían con los helicópteros soviéticos... ¿Por qué aquí no tenemos derecho a un milagro?

Dirige el cañón de su fusil a la sien. Se le estira la sonrisa, grotesca y patética al mismo tiempo. Le miro como en un sueño, y ni siquiera trato de disuadirle.

–Yo voy delante, jefe. Nunca se sabe...

La detonación se le lleva el cráneo con un horroroso estallido de carne y de sangre, con trozos del cerebro que se pegan al techo, lo que provoca una descarga cerrada en el exterior.

1.El Alto Argel

Cuando me cansé de buscar

Aprendí a hacer descubrimientos

Desde que un viento me acompaña

Navego hacia los cuatro vientos.

Nietzsche

Mi felicidad

Uno

–Su expediente habla en su favor, señor Walid –dijo finalmente el director de la agencia–. Espero que no nos defraude. La credibilidad de nuestra empresa descansa exclusivamente en nuestra reputación.

Sus dedos, sorprendentemente limpios, hacían pasar las hojas con delicado temblor. Se quedó mirando mi fotografía y se fijó en una observación que había en mi ficha.

–Usted trabajó durante nueve meses como chófer para la Oficina nacional de turismo... ¿Por qué lo dejó?

–Me propusieron un papelito en una película. Pensé que podía hacer carrera en el cine.

–¿Cuántas películas?

–Sólo una.

Los bigotes rojos se le encogieron en una mueca... Se recostó contra el respaldo del sillón y dijo:

–No es demasiado, pero podría servirle. Nuestra agencia le ofrece la oportunidad de su vida. Se le pagará bien y tendrá ocasión de mostrar su valía ante gente con acceso al mundo del espectáculo.

Una vez más, aquellos ojos glaucos me miraron fijamente.

–Una carita linda –reconoció–. Y no hay nada mejor que una cara bonita para ayudar al destino... ¿Habla usted francés con fluidez?

–Me las apaño.

–Evite ese tipo de respuestas, señor Walid. Sea claro, preciso y conciso. A la gente con la que va a trabajar le horroriza lo equívoco.

–Tomo nota.

–Ese tipo de respuesta también está fuera de lugar. En adelante, su léxico se articulará alrededor de una sola fórmula: «Bien, señor». Ser el chófer de una de las más prestigiosas familias del Alto Argel no tiene nada que ver con unas vacaciones. Tiene que mostrarse siempre correcto, atento, obsequioso, estar constantemente disponible. ¿Me explico?

–Bien, señor.

–Me alegra constatar que asimila usted con rapidez.

Cerró el expediente con un gesto seco.

–Mi chófer le llevará con sus nuevos patrones. Cuando usted quiera.

Al arrancar el coche, tuve la sensación de que mi vida cambiaba de rumbo. Me sentía ligero, tranquilo, casi tan abierto como una flor en el prado. Ya se alejaban las malas calles de la ciudad, y ante mí, casi igual que el mar Rojo ante Moisés, los grandes bulevares abrían los brazos para acogerme. Nunca había experimentado un sentimiento así. Sin embargo, a menudo me había creído a dos pasos de alcanzar la luna. Pero esta vez percibía un insospechado arrebato, algo más que una exaltación, más bien la firme convicción de que aquella mañana de marzo se embellecía para mí. Cuando Dahman me ofreció trabajar de chófer para una de las más encopetadas familias del país lo rechacé en el acto. No me veía yo mano sobre mano en un volante mientras esperaba a que la señora terminara su sesión de aerobic, o lánguido y estoico delante de la puerta del colegio hasta que los retoños del señor se decidieran a salir. Creía yo que me merecía algo mejor. Tras aquel papelillo que me había adjudicado un cineasta falto de estrellas, no había parado de soñar con la gloria. Pasaba los mejores momentos de mi vida imaginando que triunfaba, que firmaba autógrafos en todas las esquinas, que iba en un descapotable, con la sonrisa más ancha que el propio horizonte y los ojos tan grandes como mi sed de éxito. Nací un día de tormenta y de desplazamiento de tierras, y crecí sin poner nunca en duda las más disparatadas esperanzas. Estaba convencido de que, antes o después, las luces de las candilejas me arrancarían de entre bastidores y me propulsarían al firmamento. En el colegio sólo soñaba en lo que me parecía que era la consagración. Entre castigo y castigo, seguía con la cabeza en las nubes, sin preocuparme por el enojo de mis profesores ni del aprieto en que ponía a mis padres. Yo era el mal estudiante impenitente, el que frecuentaba el fondo de la clase, con un dedo en la nariz y los ojos en blanco, y sólo me sentía en mi elemento tras las murallas de mis quimeras. Mi cartera reventaba de revistas de cine, tenía los cuadernos llenos de direcciones de estrellas y de recortes de prensa que contaban sus aventuras amorosas y sus proyectos. En un país en el que eminentes universitarios tenían que ponerse a trabajar de vendedores de brochetas para llegar a fin de mes, la idea de conseguir títulos no me seducía gran cosa. Yo quería convertirme en artista. Las paredes de mi cuarto estaban cubiertas de pósters de tamaño natural. James Dean, Omar Sharif, Alain Delon, Claudia Cardinale me rodeaban y se encargaban de preservarme de la miseria de mi familia: cinco hermanas retenidas, una madre insufrible a fuerza de admitir su situación de animal y un viejo jubilado como padre, irascible y cascarrabias, que no sabía hacer otra cosa que cabrearse y maldecirnos cuando su mirada se cruzaba con la nuestra. Estaba dispuesto a no parecerme a él, a no heredar su pobreza, a no aceptar las cosas como si fueran hechos consumados. Yo no tenía un céntimo, pero tenía clase, tenía talento para dar y tomar. En Bab El-Ued, en la Casbah, por la parte de Sustara y hasta las puertas de Bashyarah, dondequiera que apareciera yo, encarnaba el mito naciente en todo su esplendor. Me bastaba plantarme en medio de la calle para iluminarla con una mirada azul. Las doncellas en el balcón languidecían al advertir mi silueta, los chulillos del barrio se inspiraban en mis modales descarados para aparentar personalidad, y parecía que nada podía resistirse a la fuerza tranquila de mi seducción.

–¿Me das un cacho? –me soltó el chófer.

–¿Cómo dices...?

–Que me des un cacho.

–¿Un cacho de qué?

–De la luna. Hace ya un rato que te hablo, y no hay manera de hacerte bajar de la nube.

–Lo siento.

Bajó el volumen de la radio. Su enorme mano peluda se posó en mi rodilla.

–No te preocupes, muchacho. Todo irá bien... ¿Es la primera vez que curras a este nivel?

–Sí.

–Ya veo.

Adelantó a un camión y aceleró para unirse a una fila de autocares. La brisa agitó las mechas huérfanas que intentaban camuflarle la calvicie. Todo apretujado, con la enorme tripa encima de las rodillas, no parecía muy a gusto dentro de aquel traje desgastado. La corbata, toda arrugas, le añadía a su aspecto de proletario endomingado un matiz patético.

–Al principio te resultará un tanto desconcertante –me confió–. Después terminas por alcanzar el estribo y te agarras. Los ricachones no son tan malos como dicen. A veces la fortuna les da alas, pero tienen la cabeza sobre los hombros.

Me señaló una caja de marfil en el salpicadero.

–Ahí dentro tienes cigarrillos americanos. Son del patrón, que no es un roñoso.

–Gracias, estoy intentando dejarlo.

Asintió, mientras aminoraba la marcha, se metió por un desvío y salió a otra carretera. Ante nosotros, tras las lejanas salpicaduras del día, las primeras estelas del Olimpo de Argel iniciaron el despliegue de su fasto, como una odalisca que se desnudara a los pies de un sultán.

–Me llamo Buamran. En la agencia me llaman Adel. Dicen que resulta menos paleto.

–Nafa Walid.

–Bueno, Nafa, si sabes apañártelas con esa banda de cursis llegarás lejos. En menos de tres años podrás fundar tu propia empresa. Nuestro director empezó de peón con gente gorda. Hoy, no tiene nada que envidiarle a sus antiguos dueños. Va en Mercedes, tiene una cuenta corriente nutrida y su chalé está ahí mismo, detrás de ese cerro. Viene a la oficina una vez a la semana. El resto del tiempo se lo pasa dando la vuelta al mundo con su calculadora.

–Pues ya sabes, tú también no tienes más que apañártelas, si te lo propones cualquier día de éstos no vas a tener nada que envidiarle.

Infló los carrillos antes de mover la cabeza, resignado.

–No es lo mismo. Tengo cuarenta años, siete criaturas y una mala suerte pegajosa. Por lo que respecta al físico, la naturaleza no me ha mimado. El físico es muy importante en las relaciones. Si no gustas de entrada, no hay manera de recuperarse. Hay gente que sale así –añadió con filosofía–. Es inútil que insistan. Si uno quiere tirarse pedos más arriba del culo, corre el riesgo de rasgarse el trasero. Y después no te puedes sentar a gusto...

El coche consiguió a duras penas dejar atrás el guirigay de los barrios insalubres, se lanzó a la autopista, rodeó el cerro y desembocó en un pequeño trozo de paraíso con calzadas impecables y aceras tan amplias como plazas, jalonadas de arrogantes palmeras. Las calles estaban desiertas, libres de esas bandadas de críos descarados que contaminan e infestan las ciudades populosas. Había hasta una tienda de comestibles y un quiosco. Unos chalés taciturnos nos daban la espalda, con sus gigantescos vallados levantados al cielo, como si quisieran desmarcarse del resto del mundo, preservarse de la gangrena de un bled1 que no terminaba de desaparecer.1

–Bienvenido a Beverly Hills –murmuró el chófer.

La residencia de los Rasha desplegaba su magia al otro lado de la ciudad, frente al sol, con su piscina de mármol azulado, con sus patios enlosados que se podían contemplar desde la calle y, firme en medio de los jardines, semejante a una divinidad que vigilara sus edenes, el palacio bien erguido sacado de un cuento oriental.

El chófer me dejó ante la verja de hierro forjado. Su bonachonería se diluyó de repente, y una amarga sonrisa le apareció en los labios. Miraba la fortuna de los demás, que le rodeaba marcial, inexpugnable, tan abrumadora que los hombros se le aflojaron. Una pálida bruma le atravesó los ojos, súbitamente cargados de una fría animosidad. Por un momento, creí que me reprochaba que no volviese con él a recuperar el guirigay y los tufos deletéreos de los barrios bajos.

–Si necesitas un suplente, ya sabes dónde encontrarme –dijo, sin convicción.

Asentí con la cabeza.

El coche se apresuró a desaparecer por la esquina. Detrás de mí, dos terroríficos doberman se pusieron a aullar hasta destrozarse el cuello.

El mayordomo se abstuvo de tenderme la mano o de señalarme un sillón. Me recibió con frialdad en su despacho apenas iluminado por una puerta vidriera tapada con pesadas cortinas. A sus más de sesenta años, se mantenía derecho como una i en medio del despacho, con la mirada árida y el gesto altivo. Intentaba desde el principio dominarme en cuerpo y alma, rebajarme al rango de subalterno.

–Tal vez sea una deformación congénita –me dijo, refiriéndose a mi indolencia.

–Yo...

–Tenga la bondad de comportarse con corrección –me interrumpió con tono expeditivo–. No está usted delante del taquillero.

Sus ojos expertos e imparciales me pasaron revista rápidamente, escrutaron mi pensamiento en el fondo de mis pupilas, condenaron mis zapatos, que sin embargo estaban relucientes, mi corbata nueva y la chaqueta comprada el día anterior en una tintorería de lujo.

–¿Tiene usted teléfono en su casa?

–Hace diez años que untamos a los barandas de Correos para que nos instalen la línea...

–Abrevie, por favor.

–No.

–Entregue su dirección a mi secretaria.

–¿Cómo se abrevia una dirección?

Ante aquella insolencia mía ni siquiera se inmutó. En ese momento ya me ignoraba.

–Empieza usted el martes, a las seis en punto. Dispondrá de una habitación en el pabellón dos. Mi secretaria le hará una relación de las diferentes tareas domésticas de su incumbencia.

Apretó un botón. La dama de la planta baja volvió para acompañarme.

–¿Es que esto es un internado? –le pregunté, al otro extremo del pasillo.

Sonrió.

–No le haga caso. El señor Faysal es un hombre exquisito, aunque tenga la manía de tomarse demasiado en serio. Usted, tranquilo. Le va a agradar estar aquí. Los Rasha son gente encantadora y generosa.

Me condujo a su pequeño despacho, me instaló en un canapé y empezó anotando mi dirección en un bloc. Cuidada y tierna al mismo tiempo, gracias a su deferencia no dejé que el desplante de un fámulo de pacotilla me estropeara el día.

–¿Qué es eso del pabellón dos?

–No es obligatorio mudarse allí. Es sólo para saber dónde encontrarle cuando se necesiten sus servicios. En mi opinión, sería más práctico que llevara allí sus cosas. A veces le llamarán por la noche, bastante tarde. De esa manera no tendrá tampoco que arreglárselas para tratar de volver a su casa a horas inverosímiles.

Asentí con la cabeza.

–¿Cómo tengo que llamarte?

–Aquí no nos tuteamos, señor Walid –dijo ella, con un tono claro y nítido, pero con una sonrisa lo bastante apurada como para no dejarme helado.

–Bien, señora.

–Lo lamento. Tenemos que adaptarnos de manera estricta a las recomendaciones de nuestros patrones.

–No tiene importancia... ¿Qué le sucedió al chófer anterior? –añadí, para disipar el malentendido.

–Creo que tuvo un accidente.

–¿De qué tipo?

–No lo sé. Venga conmigo, señor Walid, voy a enseñarle su habitación.

Salimos por la puerta de servicio. En silencio, rodeamos los patios enlosados, el mirador y la piscina, como si aquella parte de la propiedad no nos correspondiera. El pabellón dos se hallaba detrás de un macizo de buganvillas, en un viejo edificio compacto destinado a los sirvientes. Mi habitación se acurrucaba al fondo del pasillo, y era coqueta, con su ventana adornada con una hiedra y su vista sobre los esplendores del jardín. Las paredes estaban cubiertas de papel pintado, el suelo era de moqueta y la cama tenía sábanas azules. Tenía también una cómoda, una mecedora en un rincón, frente a un televisor, y un armario ropero, y toda aquella comodidad acentuaba el sentimiento que me inundaba desde por la mañana mientras el coche me alejaba de la fealdad pestilente de los tugurios.

–Aquí hay mucha calma –me tranquilizó la dama.

A quién se lo decía...

Dahman me pidió que nos viéramos en el Lebanon, una cafetería pensada en tiempos para intelectuales y artistas y que hoy ve desfilar una horda de fracasados con los brazos acribillados de sospechosos pinchazos y con resacas espantosas. Antes, los actores y los escritores se daban cita aquí para denunciar la deriva de la cultura, la censura cretina y la mediocridad que amenazaba con transformar las librerías en caravasares para arañas. Te podías sentar por entonces a la mesa de un guionista o de un poeta amordazado y escucharle horas y horas segregar su bilis contra una sociedad depredadora, tan poco atenta al naufragio de su élite como a los lagartos que socavaban de manera solapada sus cimientos. La cerveza parecía de caballo, pero el sitio tenía el mérito de hacernos olvidar nuestras obligaciones, porque los desengaños del vecino eran en comparación insoportables. Yo también frecuentaba el Lebanon por otras razones. En primer lugar, porque los cafés de Bab El-Ued eran siniestros, y además porque a los cineastas no se les servía mejor en otro sitio, y yo esperaba echarle el guante a alguno de ellos y sacarle ese papel que iba a ponerme en camino de colmar mis aspiraciones. Por desgracia, después de que los toxicómanos y los travestis viciaran el sitio, eran pocos los que se atrevían a aparecer por allí. De vez en cuando, entre dos cogorzas mal asumidas estallaban las broncas, y hasta se daba el caso de tropezarte con un cadáver desfigurado en los servicios. La policía podía si quería cerrar el bar, pero no importaba, el Lebanon se las apañaba para abrir otra vez sus puertas, como un magistrado abría sus expedientes; no se había resuelto un caso cuando ya le habían colgado otro, dispuesto a birlarle la exclusiva. A menudo me pregunté qué podía retenerme en aquella guarida sospechosa frecuentada por colgados, lesbianas y chusma convaleciente. Tal vez era justo esa atmósfera sombría que te ponía un cielo al alcance de la mano, porque cualquier parroquiano soltaba allí el lastre de sus fantasmas. Emboscado en mi rincón, observaba yo a aquel hatajo de marginales con enorme interés, y el disfraz de unos y las maneras afectadas de los otros me ofrecían un abanico de personajes portentosos, algo muy instructivo para mi formación como actor.

Dahman me esperaba junto al ventanal, con un pañuelo en la nariz y la cara congestionada. Aplatanado por su catarro de caracol, se movió apenas para dejarme sitio en el banco desfondado y dijo de repente:

–¿No habrás hecho el idiota?

–Esta vez no.

Exhaló un suspiro de alivio y se tranquilizó.

–No lo habría podido aguantar.

–Yo tampoco.

Dahman era mi amigo de toda la vida. Nacimos en el mismo callejón, en alguna parte en las mazmorras de la Casbah, habíamos desgastado nuestras culeras en las mismas aceras, sufrido la ira de nuestros maestros con la misma delectación y a ambos nos consideraban pestes intratables. Más tarde, su padre murió en un accidente y Dahman se convirtió en una persona formal. Convertido en cabeza de familia a los trece años, le prometió a su madre no defraudarla nunca más. Mientras yo seguía soñando en mi nube, él se dedicaba a currar en un horno o en un molino para cumplir con sus obligaciones familiares, y se sacó el título de bachillerato con mención especial. Después de un curso en el Instituto hostelero de Tizi-Uzu, trabajó en varios complejos turísticos y se hizo con un montón de relaciones entre la burguesía de Argel. Ahora era el rey del Varan Roi, un cabaré de moda en la costa, y se había comprado un piso soberbio en la calle Didush Murad. Le debía yo todos los trabajitos que no había sido capaz de conservar, incluido el papel que me había dado Rashid Derrag en su birria aquella, Los hijos del alba.

Me estrechó la mano.

–Nafa, amigo mío, la suerte es una compañera caprichosa. No dejes que se aleje de ti. Raras veces vuelve sobre sus pasos. –Sus dedos me hacían daño–. ¿Me estás escuchando?

–Creo que tendré que hacerme a la idea.

–¿Sólo lo crees?

Conseguí liberar la mano, ya dolorida.

–Tendrías que estar encantado de la vida –me dejó caer.

–No se puede tener todo al mismo tiempo –dije, con un poco de amargura.

–¿Qué quieres decir?

–Supongo que no esperarías que me pusiera a dar saltos hasta el techo porque soy el criado de una familia rica. Date cuenta: chófer, yo, Nafa Walid.

–Pero, bueno, ¿quién es Nafa Walid? –dijo, alterado–. Ni más ni menos que uno que se aprovecha de los míseros ahorros de su madre para comprarse zapatillas deportivas de imitación, sólo eso. ¿De qué sirve pasearse delante de los demás con una corbata de seda y la tripa vacía? ¿Te crees que cualquier paleto puede ir galleando por ahí?

–Yo no soy un paleto.

–Pues demuéstralo. ¿Cuánto llevas en el bolsillo? Venga, enséñamelo. Te apuesto a que no tienes ni para coger un taxi. No sé si es esta gripe o tu cara dura lo que me pone de los nervios, pero te juro que empiezas a cansarme. El tiempo se te va de entre las manos y tú no haces nada. No se puede uno andar con esas coñas cuando no es nadie, Nafa. Si quieres mejorar en la jerarquía de los hombres, agarra la primera oportunidad que se te presente.

–Ya te digo que lo voy a intentar.

Volvió a hundir la nariz en el pañuelo y se limpió trabajosamente la nariz. Con aquella mirada febril acosaba la mía, y consiguió acorralarla. Volvió a la carga.

–Conozco un montonazo de gente que ha empezado desde lo más bajo. Y ahora no hay quien les alcance. Ni con un cohete. Toda esa gente gorda que te hace babear de envidia hoy era menos que nada hace apenas diez años. ¿Te gustaría llegar también a ti? A ver, ¿quieres llegar o no quieres?

–Sí –dije, casi en un grito.

–Bueno, eso ya es un paso.

¿Para qué insistir? Dahman ignoraba que hay gente que nace de pie, que es alérgica a las servidumbres, gente que no traga si la obligan a doblar el espinazo. No podía entender que eso que él llamaba pereza era en realidad, para algunos, altura, distancia con respecto a lo corriente. Yo no era de esos que pretenden una vida fácil. Entre mis ambiciones no había figurado nunca ganar el gordo o que me dieran un puesto de responsabilidad en una administración influyente. Yo quería ser actor hasta en mi lecho de muerte, forjarme una leyenda mayor que mi desmesura, aspirar a los privilegios de los dioses; y, si no, ¿cómo interpretar el hecho de que la naturaleza me hubiera hecho bello y sano como una divinidad?

Para ablandarme, Dahman me llevó a cenar a un restaurante, en Riad El-Feth. Durante toda la velada me abrumó con consejos y ejemplos que pretendían consolarme. Cada vez que estaba yo a punto de sacar los pies del tiesto, me invitaba a una cerveza. Hacia las doce de la noche ya estaba borracho. No podía volver a casa en aquel estado. Mi padre era muy estricto en ciertos principios, y no podía yo sembrar el caos en la familia. Dahman aceptó alojarme aquella noche. Por la mañana, temprano, me llevó a casa. Cuando me vio en el rellano, mi padre me hizo una advertencia:

–No voy a soltar ni un céntimo, te lo advierto. Yo no he pedido nada, y no tengo nada que ver con esa mierda de carillón que te has buscado.

Se apartó y me señaló el aparato telefónico que resonaba encima de una cómoda del vestíbulo. Me quedé pensativo un buen rato. Durante años formulé petición tras petición, unté a empleados y funcionarios de ventanilla, dirigí una carta de reclamación tras otra para que instalaran una línea, y todo ello sin resultado. Bastó con dejar mi dirección a la secretaria de los Rasha para que en un solo día me instalaran un teléfono.

–¿Lo ves? –exclamó Dahman–. Los beneficios de las grandes fortunas no se hacen esperar.

Asentí.

Si el dinero no hace la felicidad, no es por su culpa.

1bled:vocablo árabe magrebí: ‘tierra, país’. En el norte de África: ‘territorio del interior, el campo’. Por extensión: ‘lugar o pueblo perdido, aislado... agujero, villorrio’.(N. del T.)

Dos

Me presenté en casa de los Rasha el martes a las seis en punto. El señor Faysal consultó ostensiblemente el reloj antes de mover la cabeza satisfecho. Me condujo a un inmenso garaje donde estaban aparcados cinco coches nuevos de gran cilindrada, me explicó cómo funcionaba cada uno y después trató de iniciarme en las reglas fundamentales del menester de chófer.

–No mirar nunca al patrón a los ojos, no tenderle nunca la mano –insistió.

Me enseñó dónde tenía que ponerme, cómo había que abrir la puerta, cómo volver a cerrarla.

–Con delicadeza –precisó–. Sin golpes. Dar la vuelta al coche por delante, nunca por detrás. Una vez al volante, mire fijo al frente. Cuando le hablen, no se vuelva. Basta con un simple vistazo por el retrovisor. No más de dos en cada trayecto.

Me llevó a dar una vuelta por la propiedad, delimitó mi «paseo» y me indicó las direcciones prohibidas.

–Para salir a la calle no hace falta pasar por la piscina. Tiene ahí una puerta, bajo las mimosas.

A eso de las nueve me mandó a una tienda de ropa confeccionada. Me correspondieron media docena de trajes idénticos, aunque impecables, tres pares de zapatos italianos, una bolsa de ropa interior, camisas, corbatas negras y gafas de sol. Al día siguiente, montado en un Peugeot reluciente, fui a llevar cartas a unos diez notables. Para familiarizarme con los itinerarios más importantes. Cinco días después, ya podía llamar a la puerta adecuada con los ojos cerrados y sin andar buscando por las calles. En las altas esferas, la puntualidad es una virtud; no hay mayor sacrilegio que hacer esperar a un nabab.

Los Rasha estaban en viaje de negocios, y el señor Faysal pretendía instruirme antes de que volvieran. Me obligó a hacer de correo todas las mañanas, me hizo recitar nombres y direcciones, cronometraba mis recorridos, rectificaba mis hojas de ruta, montaba en cólera en cuanto hacía una falsa maniobra. Cuando le daba el ataque, la espalda se le arqueaba y la cara se le ponía roja con tal celeridad que parecía al borde del infarto. Durante todo ese tiempo, yo me esforzaba por refugiarme detrás de una obsequiosidad a toda prueba. Al atardecer, molido por una jornada maratoniana, me iba al pabellón dos con la cabeza a punto de explotar. Me encerraba en mi cuarto y creía que me iba a volver loco. Hasta el sueño me rehuía. Me quedaba tendido en la cama, con las manos tras la nuca y la mirada fija en el techo. Intentaba distraerme con ironías sobre el niño que había sido, sus tribulaciones de mal estudiante y sus grandes secretos. No servía de nada. Había algo que no seguía el juego. Añoraba ya los ruidos de mis calles, las llamadas de la miseria, el calor de los míos. A esa hora, en la Casbah, tenía costumbre de salir a tomar el aire a una terraza o de irme a casa de Sid Alí, el poeta, y mirarle mientras daba bocanadas a un porro o escucharle recitar su prosa entre dos chupaditas. Aquí, el silencio, la ausencia, la frialdad me envenenaban el aliento mientras me deshidrataba recogiendo en la palma de la mano la humedad de las soledades. Mi «box» era semejante a una crisálida estéril de la que no saldría ninguna mariposa.

Los criados cenaban a las 19 horas, en una especie de nicho frente a las cocinas. Tres hombres y dos mujeres comían alrededor de una enorme mesa de roble, y se diría que para cada uno de ellos los demás ni existían. El jardinero era un viejo disecado, un manojo de huesos echados al azar en un mono raído. La cabeza canosa y la vista extenuada, tardaba más en llevarse la cuchara a la boca que un bizco en enhebrar una aguja. Se mantenía aparte, fantasmal, acurrucado encima del plato, y le ponía mala cara a todo el mundo con una sorda animosidad. Las dos mujeres de la limpieza se apretujaban en su rincón, con la cara arrugada y el mentón metido, claramente molestas por la proximidad de los machos. Irritados por mi curiosidad, los otros dos fámulos se zampaban sus raciones, claramente deseosos de largarse de allí.

Un recién venido siempre suscita desconfianza al principio. Pensé que antes o después iba a conseguir una sonrisa o un pestañeo. Al cabo de una semana continuaba la misma acogida glacial, el mismo rechazo. Por mucho que dijera buenos días, buenas tardes, hola a todo el mundo, no obtenía ni el atisbo de una mirada, ni el menor gruñido, salvo tal vez el roce de una silla o la parada momentánea del ruido de un cuchillo, que denunciaba el malestar que suscitaba mi intempestiva manifestación. Me instalé al otro lado de la mesa; me servían de manera furtiva, en medio de un silencio elocuente, y a veces recogían la mesa antes de que yo terminara mi comida. En un santiamén, mis vecinos se retiraban de puntillas; y me encontraba solo en mitad de las cocinas, con una sensación de no estar en mi sitio que se transformaba al final de la tarde en una depresión insondable.

Sid Alí, el cantor de la Casbah, me decía que Argelia era el mayor archipiélago del mundo, y que lo constituían veintiocho millones y pico de islas. Podría haber añadido que los océanos de malentendidos que nos separaban a unos de otros eran, también, los oscuros y más extensos del planeta.

El octavo día, cuando ya me planteaba muy en serio abandonarlo todo y regresar a los dédalos de la Casbah, un hombre invadió mi cuarto.

–¿Tú eres el nuevo?

Sin darme tiempo a levantarme, se apoderó de una botella de agua mineral que había en mi mesilla de noche y se la llevó a la boca. Era un buen mozo negro, cuadrado como un ring, provisto de dos brazos hercúleos y un rostro macizo y aplastado. Machacó la botella entre las manos, la tiró a la papelera y se secó con la manga. Aquellos ojos intensos me barrieron de la cabeza a los pies.

–Te estoy buscando desde hace un cuarto de hora.

–Estaba cenando con los demás.

–¿Con esos peleles? Pero bueno. Ése no es sitio para ti, amigo. Hay una cafetería en la calle Fahar, en el 61. El Fouquet’s. Es de Junior. Desde ahora, comerás allí.

–No lo sabía –dije, aliviado.

–Ahora ya lo sabes. –Me tendió la mano con brusquedad–. Me llamo Hamid. Trabajo para el hijo del patrón. Venga, vámonos de aquí. Me da la sensación de que se me pone el pelo blanco si me quedo.

Salimos por la puerta de las mimosas. La noche se había apoderado de las calles y parecía querer llegar al extremo de la canícula. En el cielo, una luna ventruda pasaba revista al pelotón de sus estrellas. Hamid me invitó a tomar asiento en un Mercedes monumental, se repantigó tras el volante y arrancó a toda velocidad a través de las desiertas arterias.

–Tu cara me resulta familiar –le dije, al cabo de un largo y molesto silencio.

Mostró sus enormes dientes con una sonrisa:

–Medalla de oro en los Juegos del Mediterráneo, subcampeón del mundo militar, subcampeón de África, dos veces campeón del mundo árabe, dos veces participante en los Juegos Olímpicos...

Me golpeé la frente con la palma de la mano:

–Hamid Sallal, el boxeador.

–Estaba a punto de molestarme.

–Pero ¿no habías empezado una carrera como profesional?

–Sí, pero los rentistas de la Federación se pusieron glotones. Les dije: «Yo no reparto». Entonces, me echaron. Me quedé dos años en Marsella. Gané mis primeros combates antes del límite. Y de repente me vi de lavaplatos en un bar.

–¿Y eso?

–Los de la «Fede» se sacaron de la manga no sé qué leyes y me rescindieron los contratos. Me volví al bled para recuperar energías. Pusieron a la directiva en mi contra y después me echaron del equipo nacional.

–¿Por qué?

–Me querían explotar, yo era un buen filón. Para mí los golpes, para ellos la mantequilla. Así es la Federación. Bilal el Salmonete, Rashid Yanes,el Zurdo, todos eran campeones del mundo en potencia. Pero como no quisieron seguir las corruptelas de la mafia del deporte, los echaron. Bilal aprovechó un curso en Canadá para largarse. Rashid es mecánico en Bufarik. Sólo el Zurdo consiguió una escudería, por ahí por Relizan. Entrena a los niños por la mañana, y por la noche se pone ciego de copas. El bled, muchacho, no es para los caballos de raza. Para seguir ahí, o eres un borrico o eres un jamelgo... ¡Bueno! Si te aburro, me lo dices. Cuando me pongo a largar, soy campeón en todas las categorías.

–No me aburres. Hace una semana que estoy de los nervios.

–Claro, pero no es razón para que yo abuse. Junior, cuando pongo la frecuencia, va y me arrea un guantazo en los morros, para cortocircuitarme.

Antes de que yo asintiera, continuó: