La parte del muerto - Yasmina Khadra - E-Book

La parte del muerto E-Book

Yasmina Khadra

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Beschreibung

Un peligroso asesino en serie es liberado por una negligencia de la Administración. Un joven policía disputa los amores de una mujer a un poderoso y temido miembro de la "nomenclatura" argelina. Cuando éste último sufre un atentado, todas las pruebas apuntan a un crimen pasional fallido. Pero no siempre lo que resulta evidente tiene que ver con la realidad. Para rescatar de las mazmorras del régimen a su joven teniente, el comisario Llob emprende una investigación del caso con la oposición de sus superiores.

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Seitenzahl: 532

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Yasmina Khadra

La parte del muerto

Traducción de

Wenceslao Carlos Lozano

Índice

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Segunda parte

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Tercera parte

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Créditos

Primera parte

Undécimo mandamiento:

Si los Diez Mandamientos no han conseguido salvar tu alma, y si persistes en no respetar nada, convéncete de que no vales gran cosa.

Capítulo 1

Es como si la Tierra hubiese dejado de dar vueltas.

Tengo la sensación de estar descomponiéndome con el paso de los minutos, de que cada instante se lleva consigo un jirón de mi ser.

Una calma desesperante aplasta la ciudad. Esto es una balsa de aceite, la gente se dedica a lo suyo, las ancianitas están encantadas de la vida y no hay dramas en la calle.

Para un polizonte dinámico, esto es como estar en dique seco.

Desde que se neutralizó a Dab1, Argel se siente aliviada. La gente se acuesta tarde, y rara vez se levanta. El Estado Providencia se regodea en el far niente con el mismo desapego que sus gerifaltes. De sol a sol, el pueblo llano se mueve indolente de aquí para allá, hurgándose la nariz y mirando al vacío. Todo el mundo nota que algo terrible se está gestando, pero a nadie le importa un pepino. Los argelinos sólo reaccionamos en función de lo que nos ocurre, jamás en previsión de lo que pueda ocurrir.

Mientras llega o no el diluvio, hacemos carantoñas. Nuestros santos patronos están ojo avizor, nuestras basuras rebosan de vituallas y la crisis económica que se cierne sobre el planeta es, aquí, para nosotros, un simple cometa.

O sea, que esto es jauja.

Ha estado lloviendo durante toda la noche. El viento anduvo desmelenado hasta la madrugada. Luego, el cielo se despejó y un sol digno de Rembrandt se despelotó por encima de los edificios. El invierno no ha acabado de despachar su grisura y ya está aquí el verano, pasando por alto la primavera y todo lo demás. Por las calles desembarradas, las chicas se cruzan por las mentes como estrellas fugaces, con su jubiloso palmito y su trémula grupa. Una auténtica delicia. Si tuviera veinte años menos, me casaría con todas.

Intento dar con una anomalía en la pared para meditar sobre ella. Hace meses que estoy de brazos cruzados. Ni una casa asaltada, ni siquiera un cachorro raptado. Cualquiera diría que Argel se niega a cooperar.

He lamido el fondo de mi taza de café, descifrado, uno a uno, los incontables arabescos que garabateo distraídamente sobre mi papel secante; no hay manera de que se meneen las agujas del reloj de la pared. Son las tres y cuarto y estoy aburrido.

El rais, muy serio dentro del marco dorado que tengo enfrente, me mira con insolencia. Me he levantado mil veces para descolgarlo, y otras tantas he temido desatar la furia divina. Me tranquilizo y me lo tomo con paciencia, en espera de que una próxima revolución nos imponga un dios eólico menos deshidratador.

Y, de pronto, entra Lino atropelladamente en mi cuchitril sin ni siquiera molestarse en llamar:

–Oye, comi, ¿qué te parece? –me pregunta a voces y desfilando como un modelo, encantado con su look.

El teniente va vestido como un príncipe monegasco.

Radiante, deja de contonearse, se planta en pleno centro del despacho y se quita con desparpajo sus gafas imperialistas.

–Hoy estoy como una rosa –me declara.

–Pues para un capullo no está nada mal.

Se parte de risa.

Frunce el ceño, me mira de hito en hito.

–¿No te gusto?

Le enseño mi anillo de boda.

Suelta una risotada, va hacia la puerta vidriera y se contempla en ella. Satisfecho, se pone las gafas, se pasa un dedo suave por la pelambre engominada, con una austera raya en medio, y, para deslumbrarme, me enseña el forro de su chaqueta y recita:

–Pierre Cardin: 8.500. Sin descuento ni remisión. Pantalón Lacoste: 4.500. Camisa Kenzo, pura seda: 2.245. Zapatos Dodoni, ¡auténtico cocodrilo, viejo!: 9.990.

–Ahora comprendo por qué algunas rebeliones acaban por falta de municiones: ¿Lotería o chantaje?

–Tengo la paga y la hucha bajo candado. El dinero haram* no es lo mío, viejo... ¿Cómo me ves?

–Raro.

–Qué aguafiestas eres, jefe. Por cierto, adivina dónde voy a cenar esta noche.

–Ni idea.

–Al Sultanato Azul, lo más selecto de la bahía. Allí te miman tanto el condumio que lo que sobra se añade sin reciclar al menú de las comidas rápidas.

–¿Seguro que no te ha tocado la lotería?

–¡Que no! Bueno, es cierto que me ha tocado el gordo, pero se trata de una grata compañía. Estamos citados para dentro de media hora.

–Pues llévate una silla.

Lino me ve venir. Encoge la nariz, ladea los labios y gruñe:

–No la voy a necesitar, comi, no me van a dejar plantado. Esta vez va en serio.

–Entonces debe tratarse de un travesti.

Lo he ofendido.

Se le corta de sopetón el buen rollo y se le ensombrece la reluciente jeta. Desanimado por mi mueca, mete el índice por el cuello de la camisa, la da un tironazo, da media vuelta y se abre.

Pero no se lleva su sombra consigo, pues se acaba de velar la claridad que mecía mi despacho.

Las tres y diecinueve minutos, machaca el mortífero reloj.

Agarro el teléfono y llamo al jefe, en el tercer piso.

Lo coge el inspector Bliss, lo cual me agudiza la crisis de almorranas.

–¿Qué pasa?

–Comisario Llob al aparato.

El muy cerdo suspira.

Para quienes aún no conocen a Bliss, vaya por delante el aviso: un granuja de mucho cuidado, capaz de robarle un dedo a quien le eche una mano.

–¿Qué quieres? –masculla.

–¿Qué puñetas estás haciendo en el despacho del jefe?

–Pues... de jefe.

–Déjate de idioteces y pásame al dire.

–¿Cómo has llamado al señor director?

Me dan ganas de meter el brazo por el auricular y arrancarle la piel del pescuezo.

–Mira, Llob, yo tengo mucho que hacer. El señor director está de inspección durante dos días. Si tienes un mensaje, suéltalo ya.

–O sea, que también estás sustituyendo al contestador.

Me cuelga en las narices, saltándose mi edad y mis galones. Me lo pienso un par de segundos y me sereno, poniendo al mal tiempo buena cara. Pero paso de quedarme un minuto más en el despacho, y menos con una BMG2 cubriendo la interinidad.

Ya que el jefe está fuera, recojo mi chaqueta, doy un brinco y me pierdo por ahí, como todo argelino que se precie.

Mi deriva me lleva hasta la librería de Mohand. Deduzco que quizá el azar me esté preparando una sorpresa y decido prestarme a su juego. Monique está colocando una pila de libros en las estanterías. Se tambalea en lo alto de un taburete, con la falda muy subida. De entrada, compruebo que no está dispuesta a cambiar un ápice sus costumbres: sigue empeñada en usar calzoncillos. Carraspeo en mi puño para no desasosegarme. Tanto la entusiasma mi visita que casi se me cae en los brazos. Regresa a tierra firme, me salta al cuello y me suelta un beso capaz de excitar hasta un pedúnculo.

–¡Hace la tira de tiempo, tú! ¿Qué te trae por aquí?

–El olfato. De toda la vida, las librerías dan cobijo a conciliábulos subversivos. Como últimamente estoy en paro forzoso, he venido a curiosear tras las cortinas.

–¿Traes una orden de registro?

–¿Por qué me tendrán siempre que hacer preguntas que no entiendo?

Aunque sea alsaciana por los cuatro costados, Monique tiene un toque familiar normando. Me saca un par de cabezas. Por eso siempre intento no salir en fotos a su lado.

Me aúpa con sus brazos para contemplarme como si fuera un calzón de boxeador, menea de izquierda a derecha la cabeza, me escruta y, ya satisfecha, me felicita:

–Parece que estás en forma.

–Es que me falta fondo.

–Haz el favor, no te pases de gracioso. Por una vez que traes una pinta más aceptable, disfrutemos de ello.

Opto por no aguarle su felicidad e improviso un amago de sonrisa.

Me increpa.

–¿Te has equivocado de camino?

–Mis lectores opinan que no hay bastantes mujeres en mis novelas.

Me agarra por los hombros, se supone que para entonarme.

–Me estás tomando el pelo, Brahim.

–Me he dejado las tijeras en el despacho.

Monique suelta una carcajada que suena como si un establo al completo estuviese cantando al caer la noche sobre las verdes praderas.

–¿De verdad de la buena vas a hablar de mí en tu próximo libro?

–Te prometo que se lo comentaré a mi negro.

–Podías haber avisado, me habría peinado un poco.

Conocí a Monique en 1959, en Ighider, donde daba clases de geografía e historia. También su padre era maestro. Tras la guerra y las horrendas oleadas de represalias posteriores, su familia se exilió a Francia. Monique se quedó. Se casó con Mohand, un d’arguez* de las altas montañas amante de los libros. Al parecer, la noche de bodas, mientras los amigos esperaban en el patio que se les enseñara las enaguas manchadas de sangre, ambos tortolitos estuvieron traduciendo poemas de Cabilia hasta el amanecer. Luego, como el aduar se les quedó pequeño para su pasión, se compraron una pequeña librería venida a menos, en Bab El Ued, y desde entonces pasan más tiempo leyendo que haciendo cualquier otra cosa.

–Mohand, mira quién está aquí –suelta Monique hacia la trastienda.

–Sólo conozco a un tipo que apeste tanto –contesta una gangosa voz en off.

Me acerco a Monique y le murmuro:

–Debería desinfectarse el bigote.

Suelta otra de sus carcajadas ancestrales.

No hay nada como la risa de una mujer para quedarse uno como nuevo. Se aparta una cortina y Mohand emerge de su ratonera. Es un hombrecito de cincuenta kilos, impuestos incluidos, con la nariz arrogante y gafas de montura metálica. De no ser porque la naturaleza lo ha agraviado con tan alarmante calvicie, casi darían ganas de adoptarlo.

–Brahim Llob en carne y hueso –dice barriéndome con la mano de arriba abajo–. O sea que ya nos hemos olvidado de los amigotes.

–Ando un tanto olvidadizo.

–Me va a mencionar en su próximo libro –le señala Monique, contoneándose de alegría.

–Eso no va a hacer que mejore el negocio.

Mohand finge estar mosqueado. Sé que me quiere mucho y que se toma muy a mal que no le haga caso. Erudito bilingüe, es en sí mismo una formidable enciclopedia. Ningún autor lo deja indiferente ni se le escapa una novedad. Se sabe de memoria a El Munfaluti, a Confucio, los ensueños de Rousseau y los controvertidos vaticinios de Nostradamus. Antes visitaba con regularidad su librería, y él ponía a mi disposición su tesoro libresco. A él debo el grueso de mis lecturas y buena parte de mis hazañas literarias. De hecho, a él le debo mi amor a una tradición de cada cultura y a una deidad de cada mitología.

–¿Vienes a renovar tu suscripción?

–Así es. Últimamente ando escaso de inspiración, y me dije que quizá rebuscando entre tus viejos libros me topara con algo plagiable.

Me pone cara larga durante un par de segundos y luego me invita a pasar a la trastienda. Allí hay obras como para mantener vivo el fuego de un ejército de vándalos acampados durante todo un invierno. No tenemos más remedio que andar en fila india para que no se produzca la avalancha. Mohand empuja un minúsculo taburete hacia una fila de libracos de tapas mohosas, aparta una telaraña, busca y rebusca y se baja con un dedo pegado a la sien.

–Yo tenía un Akkad en alguna parte.

–Ve con cuidado, que no soy trapecista –le recuerdo.

–¿Y qué?

–Que no pongas el listón demasiado alto.

Arquea la ceja y se dirige hacia un stock de novelas empaquetadas en un rincón.

–Esto iba para papel reciclado –me dice indignado–. El hermano de Monique los ha recuperado. ¿Te das cuenta? Hacen papilla miles de obras por falta de compradores cuando basta con regalarlas a una biblioteca del Sur para hacer feliz a una nación.

–Ya te mandan bastantes sacos de arroz.

–En la vida, no todo es comer... Mira, aquí tenemos algo interesante –añade proponiéndome un tocho–. A este Rachid Uladj no se le conoce mucho por aquí, pero pronto oiremos hablar de él.

–¿No es ése el fulano que habla tan mal del FLN?

–Digamos que no es cariñoso con el sistema.

Rechazo el libraco con gesto de asco.

–Te lo puedes quedar. Conozco de sobra a esos pequeños reaccionarios por encargo que de pronto descubren desde la isla San Luis de París que tienen talento, y te aseguro que no es como para empalmarse...

–¿Qué me estás contando si ni siquiera le has echado una ojeada?

–No hace falta. Conozco el molde del que ha salido.

A Mohand le indigna mi patanería.

No me apeo del burro. En realidad, me limito a amoldarme a los usos de todo escritor local ante el éxito editorial de un congénere, sobre todo si arrasa en Francia. Si algún día yo, Brahim Llob, funcionario incorruptible y genio aséptico, llegara a brillar entre las estrellas del firmamento, seguro que se me trataría de plumífero a sueldo del régimen –sólo por ser madero–, o de chico para todo si los medios de comunicación de ultramar me diesen coba. Así son las cosas en Argelia, y no de otro modo. Experimentamos un placer insano asociando el éxito de los demás con la herejía y la felonía. Ese prejuicio nos produce una comezón a la vez dolorosa y sabrosa, y no renunciaríamos a ella aunque nos tuviésemos que rascar hasta sangrar. ¿Qué le vamos a hacer? Hay gente así: marrullera por su incapacidad para mantenerse erguida, malvada por haber perdido la fe, desgraciada porque es algo que les encanta congénitamente. No hay argelino que pueda recordar haber intentado reconciliarse realmente con nuestra verdad. ¿Y qué salvación se puede prescribir a una nación cuando la élite de sus retoños, la que se supone debería sacudir las conciencias, empieza enmascarando la suya?

Pero bueno...

Tras haber rebuscado un rato, me quedo con un Driss Chraïbi y me apresuro a salir de allí, pues el olor a humedad está empezando a dañar seriamente mi principal instrumento de trabajo.

Mina se ha pintado un poco los labios y se ha puesto un poco de kohol en los ojos. Es su manera de redimirse. Ayer no nos fueron bien las cosas. Por una tontería. Yo estaba de mal humor y me dejé llevar un poco.

Me gratifica con su sonrisa de madona y se adelanta para quitarme la chaqueta. Yo pongo cara de mosqueo. Soy consciente de mi falta de delicadeza, pero es algo que me supera. Cuando era crío, admiraba mucho a mi padre. No recuerdo haberlo visto sonreír. Era un auténtico d’arguez, severo y sempiternamente estreñido. Por menos de nada, volcaba la sopa sobre el regazo de la vieja y luego cogía su garrote. Y mi madre, que se echaba a temblar con sólo oír sus pasos en la calle, lo veneraba doblemente por ello. Así que cuando se le ocurría dar las gracias, para ella es como si estuviese oyendo piar a un ángel del cielo.

Creo que de ahí me viene mi machismo.

Mis dos retoños mayores están en el salón. Murad se ha adormilado, fulminado por el programa de la tele nacional. Ronca con la boca muy abierta y el cuello doblado sobre el brazo del sillón. A su lado, su hermano mayor Mohamed está tumbado sobre la banqueta acolchada, con las manos tras la nuca y la mirada clavada en el techo. Por su pinta me doy cuenta de que está a punto de estallar por dentro. Si por él fuera, recogería sus cuatro trastos y ahuecaría el ala hacia un improbable Jauja.

–¿Has visto al empresario? –le pregunto.

–Sí –contesta con gesto de asco por tener que volver a manifestar su amargura.

–¿Te ha atendido mal?

–Ha sido cortés, pero no tenía gran cosa que proponerme.

–¿Por ejemplo?

–Subalterno.

–Debiste aceptar, mientras encuentras algo mejor.

Se alisa la nariz para no tener que afrontar mi mirada.

–Mira, papá, no me he estado matando para nada durante cuatro años en la universidad. Por favor, que soy diplomado por Benaknún y primero de mi promoción.

Me siento frente a él para captar el fondo de sus pensamientos.

–¿Te parece que no hago bastante para colocarte, hijo?

–No he dicho eso.

–Pero lo piensas.

–Sé que no es culpa tuya, papá –gruñe alterado–. Lo que me pone enfermo es este país.

–No tienes otro.

Da un respingo para incorporarse y se mira el hueco de las manos. Suelta un suspiro, me deja ahí plantado y se mete en su dormitorio refunfuñando:

–No puedes entenderlo, papá.

Y Mina:

–¿Qué es lo que no puede entender tu padre? Te prohíbo que le hables en ese tono, ¿me oyes?

Veo la sombra de mi hijo esbozar un gesto de hastío, por el pasillo, antes de desaparecer.

Salim, el pequeño, aparece por el hueco de la puerta con un cuaderno pegado al pecho.

–¡Ah!, ya has vuelto, viejo. Llevo horas esperándote –añade soltándome el cuaderno sobre las rodillas–. Esta vez, el maestro se ha pasado. Fíjate, nos ha pedido que describamos un oasis. ¿Cuándo he puesto yo los pies en el Sahara? (Se asegura de que su madre no lo está oyendo y me susurra): Vamos a hacer un trato, ¿vale? Me echas una manita y yo te lavo el coche este fin de semana.

–De eso nada. Es tu tema, así que te las apañas solo.

–En ese caso, llévame ahora mismo al desierto. Las redacciones son para mañana.

–Vuelve a tu habitación para acabar tus deberes y deja de darle la lata a tu padre –vuelve a intervenir Mina, superprotectora.

Salim no le da más vueltas. Recoge su cuaderno y se bate en retirada, maldiciendo al cielo por haberle encasquetado unos padres tan egoístas como poco atentos a su desamparo.

Me levanto a mi vez y voy a la cocina para meterme un poco con Nadia. Nadia es mi niña, sólo mía. Con diecinueve años, trae de cabeza a todos los jovenzuelos del barrio. Cierto es que sus zapatos siempre llevan una moda de retraso, que compra sus trapitos en el ropavejero de la esquina, pero le basta con una leve caída de pestañas para robarle el puesto a Cenicienta en una noche de fábula.

Se seca las manos en el delantal para abrazarme.

–¿Qué nos estás preparando para cenar?

–Judías.

–¿Y mi sopa de cebollas?

Me señala mi cazuela personal, que cascabelea sobre el fuego.

–¿Sabes lo que me gustaría? –le susurro.

–No.

–Un pequeño viaje por Taghit, o si no por el Hoggar, solos tú y yo.

–¿Y mamá?

–Mamá se quedaría en casa. Alguien tendrá que recibir nuestras postales.

Nadia se muere de risa.

Cuando mi hija se ríe me dan ganas de perdonarlo todo. Pero su alegría es tan breve que ni siquiera me da tiempo a inspirarme.

1Le dingue au bistouri (El chalado del bisturí), Flammarion, 1999. Las notas numeradas son del propio autor.

* Ilícito, desde el punto de vista religioso. Se opone a halal, lícito. [N. del E.]

2 Basura Modificada Genéticamente.

* Un hombre duro. [N. del E.]

Capítulo 2

–Buenos días, señor comisario.

Pego un bote.

Normal, estaba adormilado, como cada vez que la ciudad ignora que dispone de comisarías y que no es rascándose la barriga como un polizonte puede adquirir experiencia. Pero por mucho que intento llamar la atención del dire sobre la necesidad de improvisar sospechosos y de inventarnos puros montajes para estimular nuestra vigilancia, no hay manera de animarlo.

El inspector Serdj espera en la puerta a que le invite a pasar.

–He acabado el informe –me farfulla para hacerse perdonar que profane, sin previo aviso, mi ascesis.

Le señalo una silla con gesto condescendiente.

Coloca una carpeta de cartón sobre mi mesa y su huesudo trasero sobre el asiento.

Serdj no para de trabajar. Tiene las mejillas tan ahuecadas que se le adhieren a las reservas mentales. Con el pelo blanco y el bigote caído, no es más que un pingo embutido en un traje que daría lástima hasta a un vagabundo.

Le digo, compasivo:

–No tenías por qué tirarte toda la noche con esto.

–Pensé que era urgente.

–No era para tanto.

Humilla la testuz.

Me hundo en mi sillón, acerco la carpeta y ojeo el informe.

Serdj espía mis muecas.

–¿Algún problema, comisario?

–¡Hum!

–Si quiere, le puedo dar más cuerpo.

–Tus informes son siempre correctos. El problema está en otra parte.

–¿Dónde?

Le miro fijamente a los ojos.

–¿Quién es el destinatario?

–El señor director del Servicio de Inteligencia Argelino...

–¿Y quién es?

–Pues, un superior.

Niego con la cabeza, como un maestro desconcertado ante la desmemoria de sus calamitosos alumnos.

–¿Ves? Siempre se te olvida la lección. Lo de «superior» es cosa de monjas. Dentro de nuestra jerarquía, en cada escalafón tenemos a un pequeño dios con todas las de la ley. Son unos fulanos muy susceptibles y estrictos respecto al protocolo. Les gustan tanto los regalitos que, para ellos, todo lo que viene a parar sobre su mesa lo es. Y un informe, para que huela a ofrenda, debe estar perfumado, bien empaquetado con su cinta y todo. ¿Y tú qué me haces, Serdj? Me redactas tu jerigonza sobre papel cebolla, áspero al tacto, que te deja como caspa en la punta de los dedos. Eso no es razonable. El señor director del SIA lo va a considerar una falta de respeto. ¿Te gustaría que se te tachara de reaccionario?

–No, comisario.

–Entonces, coge tu borrador y vuelve a pasarlo sobre un papel adecuado.

–Está bien, comisario.

Recoge su papelucho y se levanta, estoico.

Cuando alcanza la puerta, le suelto:

–Búscate un papel extra strong de primera calidad, perfectamente blanco y cortante como una cuchilla de afeitar... por si al jefazo le da por limpiarse el culo con él.

Asiente y se eclipsa, furtivo como una sombra.

En su jaula de al lado, mi secretaria, Baya, ronronea como una gata sentada sobre una anguila. Me la imagino retorciéndose como un gusanillo, con el teléfono sujeto entre la barbilla y el hombro. El tipo con el que está hablando parece conocer el percal.

Virgen con treinta y cinco años, a Baya no le quedan esperanzas de encontrar un pretendiente y parece resignarse, cada vez más, al teléfono rosa. Por supuesto, para salvar las apariencias, da a entender que es ella la que no quiere ponerse la soga al cuello. En primer lugar porque su independencia es prioritaria para ella; luego, y sobre todo, porque le resulta humillante que una mujer tenga que hacer todas las noches las veces de tabaco para que el señorito se digne a pasárselo pipa. Sin embargo, cada vez que suena el teléfono, Baya se da un retoque antes de descolgar. Si sigue siendo el obseso de turno, vuelta a los gemidos, a los crujidos de silla y al sedoso estremecimiento de las enaguas.

La conversación dura una eternidad. Mientras el obseso está empalmado, a Baya se le olvida traerme el correo para la firma.

Pierdo la paciencia y le doy un timbrazo.

Baya se toma su tiempo y, muy tiesa y con la punta de la nariz hacia arriba, se presenta con su cuadernillo, midiendo al milímetro sus andares, cual azafata de avión desfilando para un espacio publicitario que ponderase la seriedad de su compañía.

–¿Me ha llamado, comisario?

–¿Tú que crees?

Sonríe.

–Le estoy escuchando, comisario.

Se ha puesto demasiado carmín en los labios, infligiendo a su boca una obscena configuración; y su pelo, que la víspera era más negro que un tizón, ahora es rubio platino.

–¡Menudo look más incendiario! –exclamo.

–No me tome el pelo, comisario –cloquea con un meneo de caderas. Luego me mira fijamente a los ojos–: ¿le parece?

–Como sigas así, la comisaría central acabará saltando por los aires.

Tiene que apretarse los muslos para contenerse.

Antes, Baya era bonita. Vestía sencillamente y pretendía ser discreta. Por entonces, los hombres tenían debilidad por las mujeres discretas, pues lo que se estilaba era la chica de buena familia, esto es, predispuesta al estatuto de bestia de carga, lo cual venía a ser, en una sociedad de tradición esclavista, una buena inversión. Luego, las mentalidades cambiaron de rumbo. Hoy se prefiere a las chicas emancipadas, que sepan reírse a carcajadas y descaderarse, zarandeando tabúes y envidias. En Argel a nadie se le ocurre ya vivir para sí mismo. Eso suena demasiado a indigenismo. Lo que está de moda es la ostentación. Como solamente se vale por lo que se suscita en los demás, cada cual se desvive para no pasar desapercibido, aunque para ello tenga que despelotarse en una mezquita. Baya se presta al juego de buena gana. Ahora que está casi segura de acabar solterona, intenta guardar la cara cambiando de cabeza según el orden del día.

–¿Cuál es el programa para hoy?

Vuelve a ponerse seria y se baja la falda hasta la rodilla. Pero la apertura es tan considerable que hasta un topo se fijaría en los dibujos de su braguita.

–Sidi Abbas ha anulado la cita, señor comisario. Le ruega que lo disculpe y le promete reanudar el debate cuanto antes –me lee doctamente de su agenda–. El inspector Reduán llegó sin problema a su destino. Estará de regreso a finales de semana... Su señora esposa le pide que no olvide pasar a recogerla a las seis de la tarde... Y finalmente le recuerdo que tiene cita a las once con el profesor Aluch.

Miro mi reloj:

–¿Qué hora es?

–Las nueve y veinte, señor comisario.

–Esa misma hora tengo yo. Lino quizá se haya creído que hoy es día de asueto pagado.

Baya se golpea la frente con la palma de la mano:

–Es culpa mía. Se me olvidó decirle que el teniente ha telefoneado esta mañana. Dice que está enfermo. Una gripe de caballo.

Aprieto las mandíbulas.

–Si vuelve a llamar, dígale que me traiga un certificado médico cuando se reincorpore. Ya está empezando a inflármelos con sus estados febriles. Espero que no se haya quedado con el bólido.

Baya agacha la cabeza, confusa.

–¡El muy cabrón! ¿Y cómo me voy a mover yo? Mi Zastava lleva tres días en el taller.

–Coja el coche del inspector Serdj –me propone.

Baya siempre ha estado algo encaprichada con Lino. Una especie de afecto, a veces amistoso, a veces audaz cuando me doy la vuelta. Se lo perdono porque levanta un poco la moral del equipo. Pero si esa solidaridad se acaba mudando en complicidad hasta el punto de afectar a mi autoridad, ahí ya no les sigo el rollo. Por ello le señalo que le falta un botón a la raja de su falda, para que quede claro que más le valdría ocuparse de la flor de su secreto antes que hacerle carantoñas a un viejo jardinero amargado.

El profesor Aluch es un eminente psicoanalista.

Fue amigo de Frantz Fanon.

Pero qué puede hacer un erudito en un país revolucionario donde el carisma se empeña en ser enemigo jurado del talento y donde se trata al genio como si fuera un delincuente.

Autor de un montón de libros, todos editados en Francia a falta de ofertas en el terruño (tanto entonces como hoy y sin duda mañana, la élite del serrallo cuidaba escrupulosamente de que el cociente intelectual de los argelinos se mantuviera a la altura del de sus dirigentes, esto es, más o menos a la altura de la bragueta), tuvo no pocos problemas con las autoridades, que veían, en sus trabajos científicos, maniobras subversivas. Sin duda, resulta difícil explicar a un burrero que un libro no es forzosamente un instrumento antirrevolucionario, pero en la Argelia de los chalanes el exceso de celo pretendía ser la máxima expresión de la vigilancia, y la injuria, la culminación del juramento. No hay nada más vigorizador que oír el ruido de las botas desde las mazmorras subterráneas de las villas sospechosas. Al igual que otra gente de buena voluntad sometida a los desvelos de una pandilla de golfos mesiánicos, el profesor Aluch fue varias veces objeto de rapto, secuestro, vejación y simulacro de ejecución, y hasta se le obligó a exiliarse. Su estancia en Europa no se le subió a la cabeza, a pesar de haberse convertido en referencia mundial y de haber conseguido muchas distinciones. Si bien nadie es profeta en su tierra, tampoco nadie es maestro en la de los demás. Muy pronto nuestro eminente sabio se dio cuenta de que las consideraciones de sus colegas occidentales no eran sino suculentas trampas, de que los premios que se le otorgaban tenían un regusto de pago anticipado y de que sus eruditos trabajos acababan connotándose políticamente, puesto que pasaba más tiempo merodeando por las salas de redacción y los salones de las ONG que en los seminarios universitarios. Se dejó de aplaudir sus investigaciones, lo que privaba eran sus firmes planteamientos contra la dictadura que imperaba en su tierra. Los que iban a escucharlo tenían cara de bestias y repartían a diestra y siniestra documentos plagados de sellos oficiales. O sea, que se le manipulaba como a una vulgar marioneta. Eso le afectó mucho. Entre la probidad intelectual y las gesticulaciones politiqueras, la patria hundida y la cartera a flote, el debate debía quedar zanjado de manera clara y precisa. En modo alguno podía mantenerse con el culo al aire, tanto más que se había pasado la mayor parte de su vida tomando por el mismísimo. El profesor no se anduvo por las ramas. Devolvió a Clodoveo lo que era de la Galia, y, como el salmón que jamás se deja turbar por la embriaguez oceánica, regresó para comulgar con su río natal, donde los guijarros no tienen la magnificencia coralina pero donde los juncos saben sugerir su nobleza pese a la trivialidad tentacular de las adelfas. Impartió docencia en la universidad hasta el día en que el saber quedó arrumbado. Los módulos académicos se negociaron sobre bases estrictamente pornográficas y los diplomas se expidieron en las casas de citas. Horrorizado, el profesor Aluch intentó salvar algunos muebles, lo cual desagradó profundamente a sus colegas, que se negaban a cepillarse a sus alumnas directamente sobre el suelo... Para resumir, la era de la gangrena se adelantó a la del ordenador. En alguna parte de las altas esferas, se asentaron las bases de la deriva que el profesor Aluch denunció en un periódico francés. Como premio, seis meses de cárcel por entenderse con el antiguo ocupante.

Cuando salió del trullo, sus facultades estaban muy mermadas. Se le evacuó a un asilo y allí lo olvidaron.

Ahora, el profesor Aluch no es capaz de distinguir si está en consulta o si sigue en observación. Tiene un despacho al final de un pabellón insalubre, una habitación en el piso superior, y se dedica por entero a sus pacientes, pues cualquier iniciativa por su parte resultaría, cuando no aleatoria, descaradamente suicida.

Me lo encuentro esperándome en el aparcamiento del centro psiquiátrico, con las manos a la espalda y la mente en sus preocupaciones. Su bata blanca añade a su desgarbada silueta un toque espectral. Encaramado como está sobre sus patas de zancudo, el espinazo adopta una inclinación cada vez más preocupante. Su larga melena canosa le revolotea alrededor de la cara como una aureola de humo. Sin embargo, por mucho que se guarde sus penas, su desamparo es tan estridente que su pudor resulta ridículo.

–Un minuto más y pillo una insolación –me dice.

–Mal asunto para una chola grillada.

Recoge con un dedo el sudor que le cae de la frente y lo suelta de un papirotazo, luego señala con el pulgar el sol, que está dejando el cielo desangrado:

–Como si estuviéramos en julio.

–¿El cinco o el catorce?

–Hablo de la temporada.

–Ah...

Frunce el ceño y me mira de soslayo:

–Oye, no estás de muy buen humor...

–Es que soy así.

–¿Debo entender que no te alegras de verme?

–Al contrario. En el manicomio es donde mejor me encuentro a mí mismo.

–En ese caso, estoy dispuesto a albergarte.

Me abro la chaqueta hasta el tirante de la funda de mi revólver.

–Ya llevo camisa de fuerza.

Acaba sonriendo y me tiende una mano tan limpia que me lo pienso antes de apretarla.

Me pide que lo acompañe. Como he aprendido a no dar la espalda al enemigo, y aunque el profesor no figure en mi lista negra, le cedo el paso. Se encoge de hombros y pasa delante, con la nuca carmesí y el paso vencido por la canícula.

El manicomio cubre un amplio espacio. El lugar idóneo para que se te vaya la olla. Aparte de un anciano que se hurga la nariz a la sombra de un árbol, todo lo demás es abandono. Unos pabellones sórdidos, lúgubres como tumbas, intentan destacarse en medio de una vegetación salvaje. Las puertas cerradas con candados resultan chocantes, y los barrotes de las ventanas afligen. Parecen deshabitados, a pesar de la naturaleza alborotada de sus inquilinos. Aquí, seres rechazados por la sociedad se ocultan en espera de que se les entierre. Los adivino, tras los tabiques de los barracones, con la mirada perdida y las manos asidas a la penumbra, acechando, entre dos sobredosis de sedantes, a ese sepulturero al que le repele hasta cavarles una fosa.

Siempre me he sentido a disgusto en un cementerio, pero el manicomio me produce más lástima que un osario.

No hay peor infierno que un moridero atestado de vivos.

–Son imprevisibles, aunque no traicioneros –dice el profesor como si me leyera el pensamiento–. Algunos de ellos fueron en su día valiosos cuadros del partido.

–A veces, la locura resulta de un exceso de trascendencia.

–¿Recuerdas a Cherif Wadah?

–¿El Che Guevara africano?

–Pues él también está aquí.

–No me lo puedo creer.

–Te lo aseguro. Tuvo sus más y sus menos con la Familia revolucionaria. Por cuestiones de principios. Lo pusieron en cuarentena, y luego empezaron a acosar a su familia. Una mañana, salió de su casa y no supo cómo regresar. Se lo encontraron por Staueli, harapiento, con un garrote en la mano, insultando a voz en grito a dioses y hombres. No recuerda a nadie. Sus hijos y su mujer vienen a verlo. Se niega a estar con ellos. A veces, se pasa días enteros sin articular una sílaba. Otras, se arranca y suelta unas diatribas ininteligibles hasta caer redondo.

–Menuda desgracia.

–Fíjate, un monumento como él.

–Argel no cree en los héroes, profesor. Prefiere a los mártires.

Se detiene y me da la razón con el índice.

–Espero que no me hayas llamado para dejarme la moral por los suelos –añado–. Tengo chavales y no me haría gracia olvidarme de ellos.

Asiente con la cabeza.

Llegamos hasta un pequeño patio cubierto con gravilla, frente a un edificio desasosegante. Hay un hombre sentado en el umbral del portón, con las piernas cruzadas y un sombrero de papel en forma de acento circunflejo. Al vernos se incorpora a medias, junta las manos bajo la barbilla y nos saluda a la manera de un monje budista.

El despacho del profesor cabría en un pañuelo. Apenas más grande que un trastero, me recuerda esas habitaciones oscuras, en el sótano de las comisarías, donde se tortura a los duros de pelar. Una mesa de formica, un sillón destripado, una silla metálica y, en la pared, un dibujo de niño que representa a un perro con dos cabezas. Detrás, sobre una estantería, un viejo magnetófono ruso, grotesco con sus enormes rollos y su tapa de cartón.

La ventana, sin cortinas, da a un estanque para riego en ruinas. Más allá, sobre una tapia ruinosa, un tarado se toma por un surtidor. Con el pantalón a la altura de los tobillos, orina girando sobre sí mismo.

–Se ha autoproclamado rey de las bestias –me explica el profesor–. Todos los días, a las once y media en punto, viene para delimitar su territorio.

–Tiene razón.

–¿Un café?

–No, gracias.

–¿Entonces un té?

–¿Estoy aquí como amigo o como profesional?

–Como ambas cosas.

–En ese caso, bastará con un vaso de agua.

El profesor toma nota pero no llama a nadie. Entiendo que su presupuesto es limitado y que todas esas delicadezas son pura y simbólica formalidad. Por lo demás, no veo taza ni jarra a mi alrededor, ni siquiera un cenicero. De no ser por algunos folios arrugados, un recetario y un permiso de salida sin rellenar, cualquiera puede confundir este lugar con un meadero.

–Ahí está –me dice poniéndome delante un expediente del que extrae la foto de un joven más bien pijo.

Acto seguido, se acomoda en su sillón y cruza los brazos sobre el pecho como quien ha acabado su exposición.

Empiezo manoseando la foto. En su reverso, un bolígrafo borroso menciona una fecha, un número de serie y unas anotaciones. Ojeo algunos folios del expediente. Se trata de informes médicos, de recomendaciones a un director de prisión, una ficha descriptiva. En resumen, una literatura incompatible con el calor que me está desecando la sesera.

–¿Debo entender que me las tengo que apañar solo para adivinar de qué va el asunto?

–No obligatoriamente.

Fuera, el paciente ha acabado de orinar. Ahora se ha puesto frente a la ventana y exhibe su sexo como si fuera una cimitarra.

El profesor, condescendiente, pone los codos sobre la mesa y consiente en instruirme.

–Nadie sabe de dónde viene, solo que un día lo trajo la cigüeña. Lo que ha vivido desde que dejó de chuparse el pulgar hasta hacer de las suyas, eso es el apagón general. Ni nombre, ni filiación, ni dirección. Se pensó en un caso de amnesia, pero el fulano tiene una memoria de elefante. Se pensó en un caso de locura, pero el paciente resulta ser más listo que un brujo. Entonces, ¿de qué se trata? No hay nadie capaz de aventurar una hipótesis. Un buen día, nuestro hombre decidió presentarse en comisaría. Por entonces, de eso hace más de diez años, tenía un careto más bien simpático, algo más de veinte años y una mirada profunda. Cuando me lo trajeron, dije que ese tío era de buena familia. Mucha clase, mucha calma. Incluso demasiada. Pero convincente. ¿Un universitario? Se buscó sin encontrar nada. ¿Un joven cuadro? Se buscó sin encontrar nada. En el atestado alguien había apuntado: se niega a proporcionar su identidad. Más adelante, otro escribió SNP3. No protestó. ¿Qué quería? Que lo encerrasen en una fortaleza para que dejara de cometer atrocidades. Declaró haber matado a un montón de gente, pero no recordaba dónde había enterrado o abandonado los cuerpos. Sus primeras víctimas fueron dos ancianos que no conocía de nada. Había sufrido una avería a la entrada de una granja. Era de noche. Llamó a una puerta para pedir ayuda. Lo alojaron durante la noche. Por la mañana, salió muy temprano dejando allí su coche. Un vehículo robado. Dos días después, un vecino fue alertado por el olor a descomposición. Los gendarmes descubrieron a la pareja de ancianos en las letrinas. Fue en 1970... Dos meses después, lo recogieron en autoestop por un camino perdido. Un guarda forestal encontró la camioneta oculta bajo un árbol, en un bosque. En su interior, el cadáver de un tratante de ganado. Y luego, una noche, se presentó en el puesto de policía que le pilló más cerca para que se le detuviera. Confesó siete asesinatos, luego diez, y veinte. Aparte de la pareja de ancianos y del tratante de ganado, ninguna indicación sobre las demás víctimas.

De repente, parece que el fulano de la foto se ha puesto a reír. Me apresuro a cubrirla con una ficha de cartulina.

–Si me has hecho venir hasta aquí con la intención de impresionarme, te ha salido fatal –le aviso–. En el fondo de mis cajones tengo unos informes mucho más aterradores. De los asesinos en serie no hablamos para no indisponer a nuestros queridos dirigentes, nuestros zaím*, pero los tabúes no detienen ni su proliferación ni su malignidad. Por mis locales han desfilado a punta de pala, unos más fundidos que otros. Con algunos he llegado a echar un rato de palique. Total, que una de cada dos noches tengo pesadillas.

–¡Éste es distinto!

El profesor ha gritado. Ha dado un puñetazo sobre la mesa. Lo que leo en su mirada me induce a tomármelo con más calma. Le pido que argumente.

–¿De qué va exactamente esta historia?

Recupera su puño, lo desliza bajo la mesa y se da un discreto masaje. Tras un largo rato, me confiesa con la voz descompuesta:

–El trauma de mi vida profesional.

–Supongo que yo también debo estar aterrado.

–Desde luego.

–¿Tan insólita es esa historia o es que estás cagado de miedo?

–Ambas cosas.

–¿Y nuestro hombre?

–No me deja pegar ojo.

–¿Crees que se lo está pasando bien?

–Si es así, lo disimula bien.

Escruto mis uñas para hacer como si estuviera reflexionando en serio sobre el asunto y sigo adelante con el debate:

–¿Dónde está ahora?

–En la cárcel.

–¿Y yo qué tengo que ver con este barullo?

El profesor entrecruza sus dedos para ilustrar su apuro.

Se levanta y pone en marcha el magnetófono.

–Escucha esto, Brahim.

Los rollos chirrían. De inmediato resuena por toda la habitación una voz cavernosa:

«Se ha rizado el rizo. Otra vez me veo en la casilla de salida. Debí sospecharlo. No había nada que ver, debía moverme. Desde el principio saltaba a la vista. El fela* que hizo una carnicería con los miembros de mi familia quería sin duda demostrarme algo. ¿Qué exactamente? Lo ignoraba. No tenía explicación que darme. Tener una razón particular para matar no era necesariamente suficiente para legitimar el asesinato. Debí fijarme en mi torpeza infantil: si no me enteraba del alcance del horror que se había abatido sobre mí, quizá fuera porque no había explicación. Demasiado fácil. Tenía una absoluta necesidad de comprender. ¿Para tener la conciencia tranquila, para volver a una vida normal? ¿Se puede volver a apreciar la vida tras haber asistido a la masacre de la propia familia? Puede ser, pero no ha sido mi caso. Algo fallaba. Entonces decidí aclararme. Quería comprender. Ahora, ya es cosa hecha. Ha durado, ha sido infernal, pero lo he conseguido: ¡lo he entendido!».

El profesor: «¿Y qué es lo que has entendido?».

La voz cavernosa: «Que no había nada que comprender. Nada... Todas esas matanzas sólo habrán servido para darle vueltas al tema. Me la han pegado. Me empeñaba en hallar una respuesta a una pregunta que ni siquiera había que plantearse. ¿Por qué se mata? Cuando se mata no se hacen preguntas, se actúa. El gesto se convierte en la expresión única. La ejecución empieza cuando ya no se espera explicación. Si no, uno se abstiene. ¿No es así? Se mata para no intentar comprender. Es el desenlace de un fracaso, la nota al margen de una desautorización. El asesinato es la incapacidad del asesino para razonar, el instante en que el hombre recupera su condición de fiera salvaje, en que deja de ser una entidad pensante. El lobo mata por instinto. El hombre mata por vocación. Pueden darse todas las motivaciones posibles, pero nada justificará su gesto. No siendo la vida de su incumbencia, ¿cómo se atreve a disponer de ella como le da la gana? Su decisión no se apoya en ningún argumento de recibo, sino que nace de su insignificancia. Quien no respeta la vida ajena no ha entendido para nada la suya. De la nada a la nada, de la opacidad a las tinieblas, se busca y no se alcanza. ¿Acaso no se dice: Silencio, aquí se está matando? ¿Por qué pedir silencio cuando el universo se dispone a vibrar con gritos insoportables? A menudo he creído poseer la fuerza de los dioses hasta el punto de acabar convencido de ser dueño del destino de mis víctimas. Resultado: la víctima se muere y todo se me escapa. Y me veo tan solo en el mundo como el cielo al día siguiente del Apocalipsis... Al fin y al cabo, ¿qué he ganado con esto? Pongamos que me he enterado, pero ¿dónde me encuentro? Exactamente donde todo empezó. Tanto estropicio para tamaño fracaso. Encarno mi propia quiebra. No valgo más que los cadáveres que he dejado por el camino. Una perfecta nulidad, un asesino cuya alma se ha extraviado tras haber perdido sus referencias. En este mismo punto me encuentro yo. Me desprecio ahora que ya nada me interpela. He dejado de existir. Soy una rata reventada, una basura en estado de descomposición. Soy el abismo que me aspira y a la vez me desintegra».

El profesor detiene el magnetófono y se vuelve a sentar.

Se agarra la barbilla con la mano.

–Esto lo dijo tras una primera estancia en el trullo. La dirección de la cárcel me lo envió para ver si había recuperado la memoria y si se había calmado. Parece que de repente dejó de montar follones.

–¿No era ésa tu opinión?

–No.

–¿Deliraba?

–En cierto modo.

–¿Lo devolviste al trullo?

–De ninguna manera. Me interesaba. Se quedó siete años en mi asilo. Cada vez que me creía a punto de penetrar en su personalidad, se las arreglaba para atrincherarse tras otra, más compleja, más aterradora... Escucha también esto. Son sus palabras, tres años después de lo que acabas de oír.

Nuevamente, los rollos arrancan y regresa la voz, esta vez clara:

«¿Sabes por qué Dios no permite que ángeles y demonios se maten entre sí? Porque si llegaran a declararse la guerra, no sabría clasificarlos ni identificarlos. Cuando el odio se asienta en alguna parte, todo se endemonia, tanto los justos como los pecadores. La guerra no es una partida de ajedrez. Es un jaque mate. Un momento que la gente de paz jamás conseguirá delimitar. Es muy bonito condenar la violencia con un vaso de Martini en la mano o desde un salón confortable. ¿Pero qué sabemos realmente de ella? Nada. Nos indigna, y protestamos, nos llevamos las manos a la cabeza, ¡tozz! La violencia tiene su propia lógica. Es tan razonable como la defecación. También tiene sus valores y su moral; unos valores que no tienen nada que ver con los convencionales y una moral que para nada se amolda a la Moral, pero que son igual de válidos y leales. En el momento mismo en que la voluntad de matar se impone como única vía de salvación, las bestias más salvajes huyen ante la ferocidad humana. Porque, entre todas las hidras, los hombres son los únicos que saben cómo se cruzan las fronteras de la animalidad manteniéndose lúcidos. No hay peor monstruosidad que la cólera humana. Es perfectamente consciente de su ignominia, lo cual la hace más atroz que el sufrimiento que inflige. Es lo que se llama barbarie, o sea, lo que ni hienas ni ogros están en condiciones de concebir, y aun menos practicar. ¿Y a mí me preguntas por qué la boca que antes besaba se pone de repente a morder, y la mano que acariciaba a devastar? Mato precisamente porque no tengo la respuesta. Mato para comprender. Y seguiré matando hasta enterarme de lo que conduce a un ser humano a sobresalir en el arte de prodigar a su prójimo la peor sevicia. Quisiera saber, saber lo que impide que un hombre resista a la llamada de su locura, cómo consigue encarnarla tan admirablemente».

El profesor apaga el magnetófono y me mira a los ojos. Se da inmediatamente cuenta de que no le sigo, se le crispan los labios y se deja caer sobre su asiento.

–Después de esto, me dio miedo que permaneciera aquí. Mis pacientes ya no estaban seguros y mis guardas no estaban en condiciones de vigilarlo. Lo devolví a la dirección penitenciaria... Cuando está en la cárcel, se aísla. Del todo. No abre la boca durante meses. Y luego, una mañana, me lo vuelven a confiar. Entonces me encuentro con un desconocido. Un santo, puro fervor y piedad, con las manos juntas bajo la barbilla, de rodillas frente a un tragaluz, rezando hasta caer agotado. Hasta el mismísimo Frantz Fanon habría arrojado la toalla.

–¿Cayó en el islamismo?

–Ignora lo que es eso.

–¿Puede que alguien lo haya adoctrinado?

–Te digo que no tiene nada que ver con el movimiento islamista. Es un caso excepcional.

–¿Tienes alguna idea?

–Tengo varias. Ahora voy de vacío. SNP se escurre de mis trampas como un nudo corredizo.

–¿Y luego qué?

–Vuelta a la cárcel. Cinco años de piedad. Dócil. Pero taciturno. Limpio. Siempre haciendo sus abluciones... Te juro que me dejó patidifuso. Cuando lo tengo delante de mí se me suelta la tripa... Este hombre –añade barriendo con la mano la ficha de cartulina– está convencido de que está en este mundo sólo para hacer sufrir al prójimo.

–Sigo sin saber lo que esperas de mí.

–Te propongo que consumas un par de litros diarios de café. Porque a partir de ahora no te conviene despistarte. Nuestro hombre se ha beneficiado del indulto presidencial. Quedará libre el primero de noviembre... Cuando me enteré de la noticia, fui de inmediato a ver al director de la cárcel. Me dijo que la lista fue elaborada por una comisión de expertos que ha declarado que se puede soltar al sujeto. He escrito a dicha comisión. No se ha dignado contestarme. Me he puesto en contacto con el Ministerio de Justicia. Me han replicado que la comisión es soberana. He alertado al Ministerio del Interior. Nada. He informado a la prensa. Vino a verme una periodista. Ningún resultado. Pasa el tiempo y SNP ya está pensando en sus próximas víctimas. Por todo esto acudo a ti, Brahim.

–A ver si me he enterado, ¿debo ir a ver al rais y pedirle que aplace el decreto?

–Esto es muy serio, Brahim.

–¿Y qué puedo hacer yo, un madero de poca monta, cuando un decreto presidencial está firmado, profesor; cuando los ministerios afectados no menean un dedo; cuando se la suda al mundo entero? ¿Que lo intercepte al salir de la cárcel para endiñarle una multa y volver a encerrarlo? No veo cómo debo cortarle el camino a alguien que la justicia ha rehabilitado.

–Vigílalo.

–¿Con qué, durante cuánto tiempo, en nombre de qué? Sinceramente, profesor, ¿crees que esto puede colar?

–Te digo que va a volver a las andadas.

–¿Tienes alguna prueba?

–Soy psiquiatra, ¡narices! Ese individuo es mi paciente. Es extremadamente peligroso.

–¿Ha hecho de las suyas en el talego?

–¿Qué es un rapaz enjaulado sino un gorrión grandullón y tullido? SNP es muy listo. Está tranquilamente esperando su propia carnaza. Una vez suelto, se va a poner las botas. Es un predador. Lo que le gusta es planear como un mal presagio por encima del rebaño, elegir su presa, preferiblemente sin ningún criterio, y caer en picado sobre ella. Hay que escucharle cuando cuenta cómo decidía, de repente, así porque sí, que el individuo que se cruzaba en su camino, el chaval o la vieja campesina que el azar había puesto a la vuelta de un sendero, debía desaparecer. No por una actitud reprensible cualquiera, sino porque había decidido que así tenía que ser. Lo que le hace feliz, lo que más feliz le hace es pillar desprevenida a su víctima, sin el menor motivo, sencillamente para ser consciente de su absoluta libertad, esa misma que lo libra de las más elementales cavilaciones. Es un caso único, el más grave y el más preocupante que me haya tocado examinar, Brahim.

3 Sin Nombre Patronímico (iniciales con que se designaba a los huérfanos de la guerra de independencia en los años sesenta).

* Líder, personaje carismático. [N. del E.]

* Campesino. [N. del E.]

Capítulo 3

Salgo, pues, de ver al profesor Aluch con un montón de espinas clavadas en la espalda. A pesar del calor, tengo frío y me voy entumeciendo de la cabeza a los pies. He conducido hasta Ben Aknún en tercera, con el pedal del acelerador a fondo. En ningún momento he oído el descompuesto estertor de las válvulas. No tengo una razón particular para ponerme así; sin embargo, algo está fermentando en el hueco de mi vientre, dejándome un desagradable sabor de boca. Lo malo es que cada vez que me viene un presentimiento de esta naturaleza, puedo estar seguro de que va a ocurrir una desgracia.

Cuando llego a la Central me topo con el inspector Bliss. Nada más verlo se me pone la carne de gallina. Cuando Bliss te recibe en la entrada del paraíso, hay que entender que el infierno se ha mudado.

–Lino ha telefoneado –me anuncia–. Pide tres días de permiso.

–¡Niet!

–Dice que tiene un problema.

–Creí que estaba enfermo.

–Quizá tenga un problema de salud.

–Me importa un pepino. Mañana lo quiero en mi despacho.

Bliss tuerce el hocico y me confía:

–No creo que mañana esté aquí. Lino ha pedido permiso para ausentarse por puro reflejo profesional. Desde hace algún tiempo sólo hace lo que se le pasa por la cabeza, eso suponiendo que aún le quede algo de ella.

Se lleva con impertinencia un dedo a la sien, baja la escalinata a la carrera y se dirige hacia su coche.

–¿Y tú adónde vas?

–El jefe me ha encargado un asuntillo delicado. Así es la vida –añade para darme por saco, apartando los brazos–, estamos los que nos lo curramos para llegar a fin de mes, aunque tengamos que echar el bofe. Y luego están los que ordeñan la vaca con guantes.

–Ten cuidado, enano, que hay vacas con una sola teta.

–Yo siempre examino el terreno antes de meter mano. Por cierto, se me olvidaba –dice chasqueando repentinamente los dedos–, a partir de ahora, si me necesitas, pídeselo antes al jefe. Así lo ha decidido.

Y se aleja, como un genio maléfico bajo el efecto de sus hechizos.

Al día siguiente, a primera hora, encuentro a Lino en su despacho, pomposamente inclinado sobre unos folios, redactando algo. Pretende que un cabileño espabilado como yo se crea que está trabajando a lo bestia, pero una simple ojeada sobre su trajín me basta para comprender que se está aplicando en copiar, palabra por palabra, un viejo informe desechado por impresentable. Por supuesto, Lino persevera en su comedia de memo: saca la lengua para realzar las mayúsculas, se apoya sobre una coma, se rasca tras la oreja para dar con el vocablo apropiado, tan absorto que pega un bote cuando me descubre ante él.

–¿Ya son las ocho? –exclama el muy embustero y bellaco.

–¿Debo deducir que te has tirado toda la noche con tu papelucho?

–Ya sabes, comi, que yo el curro me lo tomo muy en serio.

Lo miro de hito en hito:

–Al parecer, tienes un pequeño problema.

–Sí, pero de los gordos. He pedido un permiso. Baya me ha dicho que me lo has denegado. Así que he vuelto a mi puesto. No soy tan rebelde.

–Me conmueves.

Desvía la mirada.

–Deja ya tu papeleo de holgazán y sígueme. Tenemos faena.

Lino se sobresalta:

–¿Va para largo?

–Depende, ¿por qué?

–Es que esta tarde tengo una urgencia, comi.

–Me la trae floja.

Se pone la chaqueta de mala gana y me sigue a la carrera por el pasillo. Ya en el coche, le pregunto:

–¿Por qué no me das la receta de tu elixir?

–¿Qué elixir?

–El que te ha curado esa gripe de caballo en el tiempo que dura una sesión de hipnosis.

Sonríe. Lino sonríe siempre que le gano la partida. Una cuestión de nervios. Le apunto con el dedo. Se pone manos arriba para rendirse, mete la primera y arranca a toda mecha.

La cárcel de Serkadji me devuelve a una época que no me gusta demasiado recordar. Así que ahorraré detalles. Un penal horrendo, y eso es todo. El carcelero –al que, al parecer, el Señor sólo concibió para hacer de soporte a un inextricable juego de llaves– tira de varios pestillos antes de abrir la verja y llevarnos de paseo por una hilera de pasillos execrables que recuerdan los meandros del abismo. Es gordo como un pecado mortal, alto como tres aros yuxtapuestos –su jeta, su bartola y su culo–, lo cual proporciona a sus andares tres razones para no valer nada. De vez en cuando, gira la cabeza para comprobar que lo seguimos y se enfurruña al ver que no hemos dado media vuelta.

Por fin se detiene ante una puerta maciza, la golpea y se aparta a un lado para no ser catapultado por una voz capaz de erizar el vello a una momia:

–¿Qué pasa?

El carcelero nos anuncia. La voz se aplaca y nos recibe un mamífero parapetado tras un bigote anticonstitucional.

Hay hombres convencidos de que la virilidad del macho depende de la fuerza de su apretón de manos. Nuestro huésped es de ésos. El suyo pretende ser gallardo; el mío, más bien susceptible.

–¿Y bien? –nos suelta, expeditivo.

Observo que, aparte de su trono de cuero acolchado, no hay más asiento en el despacho. Deduzco que el fulano tiene por sus visitantes la misma consideración que por la chusma que alberga y a la que, a todas luces, putea con insaciable deleite.

–¿Podemos relajarnos un poco y charlar un rato? –pregunto.

–Esto es un centro carcelario, no un salón de té, comisario.

–¡Ah!

Estupefacto por la acogida, Lino bambolea los ojos a diestra y siniestra a la vez que rumia su indignación.

El director se lleva los puños a la cadera con cara de fastidio.

–¿De qué quieren hablar conmigo?

–Si está usted abrumado de trabajo, volveremos más tarde.

–Yo siempre estoy abrumado de trabajo. Es mejor que acabemos de una vez.

–De acuerdo, Kong, de acuerdo –mascullo, a punto de tirarle un viaje.

–Mi nombre es señor Bualem.

–Bien, señor Bualem. Me han dicho que algunos de sus huéspedes van a ser puestos en libertad a partir del primero de noviembre.

–¿Se opone usted a las decisiones del rais?

Ahí pretende hacerme decir lo que no he dicho. Para desconcertarme. Respiro a fondo, me inspiro en las deflagraciones que retumban en mis sienes, arrugo los ojos para catalizar mi exasperación y le confío:

–Esto muy entre nosotros, señor Bualem, que le den por el mismísimo al rais, a sus eunucos y a todos aquellos que piensan que un poli no tiene derecho a calentar a esos asquerosos canallas que pretenden que se les tome por los guardianes del Templo –esta vez retrocede, lo cual me da más cancha–. Cierto, es usted quien manda aquí, en esta jaula de fieras, pero yo soy un bicho aparte y odio a los aprendices de domador. Por tanto, reserve para su zoológico su afanoso estilo, ¿vale? Yo estoy aquí por motivos profesionales.

En realidad, el paso atrás del gorila no era sino un repliegue táctico, pues lo convierte en impulso y vuelve a la carga, haciendo como si se tirara un pedo:

–¡Tozz!

Lino, que está a mi lado, no acaba de creérselo. No por la agresividad del gorila sino más bien por las reticencias de mi réplica, pues, de costumbre, cuando mis berridos no acaban de convencer, los acompaño con hostias. Pero Lino no es de los que suelen pedir ayuda a sus neuronas. No sabe hacer nada sin un esquema. Si hubiese echado una ojeada a su fichero en lugar de plagiar viejos informes para impresionarme, se habría enterado de que el señor Bualem es cuñado de un mandamás venenoso y que es director de prisión para avenirse a la vocación familiar de meter en cintura a los recalcitrantes para, luego, humillarlos a su avío.

Digo con una sangre fría que desconocía en mí:

–Se trata de SNP...

–¿Otra vez?

–El profesor Aluch...

–El profesor Aluch es un tarado. Un chiflado, ido de la olla y alucinado. Una comisión de expertos ha estudiado, caso por caso, al conjunto de los internos propuestos para ser liberados en el marco del indulto presidencial. SNP ha sido auditado, auscultado, puesto a prueba, sometido a distintos reactivos y declarado re-di-mi-ble. Por una comisión oficial, competente y creíble, formada por eminentes psicólogos y ejecutivos íntegros. Para mí es más que suficiente. Comisario, hay un decreto presidencial firmado. Usted es funcionario del Estado y debe comprender lo que es este tipo de decreto.

–Bueno... ¿Podemos ver al redimible?

–¿Trae usted una orden?

–Sólo una tarjeta de crédito.