Las golondrinas de Kabul - Yasmina Khadra - E-Book

Las golondrinas de Kabul E-Book

Yasmina Khadra

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Beschreibung

Situada en la capital de Afganistán destrozada por la guerra, un Kabul miserable en el que ya no se oye a las golondrinas sino los graznidos de los cuervos y los aullidos de los lobos, diversos personajes se muestran incapaces de sobreponerse a un destino marcado por sus miserias, cobardías y desencantos, impuestos por la irracionalidad del integrismo islámico. La represión social y religiosa en el Afganistán gobernado por los talibanes tiene como principales manifestaciones la banalización del mal, la histeria de las masas, las humillaciones, las ejecuciones en forma de lapidación y la soledad cuando sobreviene la tragedia. Yasmina Khadra (pseudónimo femenino del comandante retirado del ejército argelino Mohamed Moulessehoul, 1955), publicó Las golondrinas de Kabul en 2002, un año después de que la invasión estadounidense del país acabara con años de dominio integrista. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Yasmina Khadra

Las golondrinas de Kabul

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Índice

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Créditos

Allá por el quinto infierno, un tornado abre los volantes de su vestido en la estrambótica danza de una bruja en trance; tanta histeria ni siquiera consigue sacudirle el polvo a las dos palmeras calcificadas que se alzan hacia el cielo como los brazos de un martirizado. Un bochorno canicular se ha tragado las hipotéticas bocanadas de aire que la noche había descuidado llevarse consigo en el desorden de su retirada. Desde las últimas horas de la mañana, ni un ave rapaz había tenido suficiente interés para volar por encima de sus presas. Los pastores que solían conducir sus raquíticos rebaños hasta el pie de las colinas han desaparecido. Ni un alma en varias leguas a la redonda, con la excepción de los pocos centinelas agazapados en sus rudimentarios puestos de observación. Hasta donde alcanza la vista, van juntos el desamparo y un silencio mortal.

Las tierras afganas no son sino campos de batalla, arenales y cementerios. Las oraciones se desmigajan entre la furia de la metralla; los lobos aúllan a la muerte todas las noches; y el viento, cuando se alza, traspasa la salmodia de los mendigos al graznido de los cuervos.

Todo tiene un aspecto abrasado, fosilizado; es como si un indecible sortilegio lo hubiera fulminado. La cuchilla de la erosión araña, desincrusta, purga, pavimenta el suelo necrótico, levantando con total impunidad las estelas de su tranquila fuerza. Luego, sin previo aviso, al pie de las montañas que el aliento de la incandescencia depila rabiosamente, aparece Kabul… o lo que de ella queda; una ciudad en estado de descomposición avanzada.

Ya nada volverá a ser como antes parecen decir las carreteras llenas de baches, las colinas tiñosas, el horizonte al rojo blanco y el entrechocar de las culatas. Los escombros de las fortificaciones han alcanzado a las almas. El polvo ha cubierto de tierra los huertos, ha cegado las miradas y puesto cemento a las ideas. De trecho en trecho, el zumbido de las moscas y el hedor de los animales muertos añaden a la desolación un toque irreversible. Diríase que el mundo se está pudriendo, que su gangrena ha optado por extenderse a partir de «aquí», en territorio pashtun, en tanto que la desertificación sigue reptando implacablemente por la conciencia de los hombres y sus formas de pensar.

Nadie cree en el milagro de las lluvias, en la magia de las primaveras, y menos aún en las auroras de un mañana clemente. Los hombres se han vuelto locos; se han puesto de espaldas a la luz para darle la cara a la oscuridad. Han depuesto a los santos patronos. Los profetas han muerto y sus fantasmas están crucificados en la frente de los niños…

Y, no obstante, es también aquí, entre el mutismo de los pedregales y el silencio de las tumbas, entre la sequedad del suelo y la aridez de los corazones, donde ha nacido nuestra historia, de la misma forma que florece el nenúfar en las aguas putrefactas de los pantanos.

Uno

Atiq Shaukat golpea cuanto le rodea con la fusta para abrirse paso entre la andrajosa muchedumbre que revolotea como un torbellino de hojas secas en bandada en torno a los puestos del mercado. Va con retraso, pero no consigue andar más deprisa. Es como estar metido en una colmena; a nadie parecen afectarle los golpes rotundos que pega. Es día de zoco y la gente está como en trance. A Atiq le dan mareos. Los mendigos acuden desde todos los puntos de la ciudad, en oleadas cada vez más nutridas, rivalizando por los hipotéticos lugares libres con los carreteros y los mirones ociosos. El olor de los descargadores y las emanaciones de los productos en mal estado colman el aire de un espantoso tufo mientras un implacable calor inunda la explanada. Algunas mujeres fantasmales, refrenadas tras la burka pringosa, se aferran a los transeúntes, tendiendo una mano suplicante, recibiendo, al pasar, a veces una moneda, a veces un reniego. Con frecuencia, si se empecinan, una correa exasperada las hace retroceder. Tras una breve retirada, vuelven al ataque, salmodiando insufribles súplicas. Otras, cargadas con tropeles de chiquillos cuyas narices son una efervescencia de moscas, se apiñan desesperadamente en torno a los vendedores de fruta, al acecho, entre dos letanías, de una cebolla o un tomate podridos que un cliente avispado podría haber localizado en lo hondo de su cesta de la compra.

–Largo de ahí –dice a voces un vendedor blandiendo con vehemencia una larga pértiga por encima de las cabezas–, que me traéis al puesto la mala suerte y un montón de bichos.

Atiq Shaukat mira el reloj. Se le crispan de ira las mandíbulas. El verdugo debe de haber llegado hace ya más de diez minutos y él todavía aquí, en la calle. Sulfurado, sigue repartiendo golpes para dispersar la marea humana, se encarniza inútilmente con un grupo de ancianos tan insensibles a los fustazos como a los sollozos de una niña perdida entre el barullo; luego, aprovechándose de la brecha que abre un camión al pasar, consigue escurrirse hasta un callejón menos concurrido; cojeando, apresura el paso hacia un edificio que, curiosamente, permanece en pie entre los escombros que lo rodean. Es un antiguo dispensario fuera de uso, que saquearon hace mucho unos espíritus burlones y que los talibanes utilizan a veces como calabozos provisionales cuando está prevista en el barrio una ejecución pública.

–Pero, ¿dónde te habías metido? –ruge un barbudo barrigón mientras soba el kalashnikov–. Hace una hora que mandé a alguien a buscarte…

–Lo siento, Qasim Abdul Jabar –dice Atiq sin detenerse–, no estaba en casa.

Y añade luego con tono irritado:

–Estaba en el hospital. He tenido que llevar a mi mujer a urgencias.

Qasim Abdul Jabar rezonga, muy poco convencido, y, con el dedo puesto en la esfera del reloj de pulsera, le deja claro que, por su culpa, todo el mundo está a punto de perder la paciencia. Atiq encoge el cuello entre los hombros y se encamina hacia el edificio en que unos hombres armados lo esperan, sentados en el suelo a ambos lados del portal. Uno se levanta, se sacude el polvo del trasero y se dirige hacia una camioneta sin toldo aparcada a unos veinte metros; se introduce de un brinco en la cabina, hace rugir el motor y se coloca, en marcha atrás, delante de la entrada de la cárcel.

Atiq Shaukat saca un manojo de llaves de debajo del largo chaleco y entra en la celda; le van pisando los talones dos milicianas embozadas en sus burkas. En un rincón de la celda, en el sitio exacto en que, desde un ventanuco, cae un charco de luz, una mujer velada está acabando de rezar. Las dos milicianas indican al guardia que se retire. Cuando se quedan solas, esperan a que la detenida se incorpore para acercársele y, sin miramientos, le ordenan que se ponga derecha y empiezan a atarle apretadamente brazos y muslos; luego, tras haber comprobado que los cabos de cordel están bien tensos, la envuelven en un amplio saco de lienzo y la obligan a caminar delante de ellas por el corredor. Atiq, que estaba esperando en el vano del portal, indica a Qasim Abdul Jabar que ya vienen las milicianas. Éste pide a los hombres que hay en el patio que se aparten. Intrigados, algunos transeúntes se agrupan en silencio frente al edificio. Las dos milicianas salen a la calle, cogen a la detenida por las axilas, la meten de mala manera en el asiento de atrás de la camioneta y se sientan a su lado, muy pegadas a ella.

Abdul Jabar levanta los adrales del vehículo y echa los pestillos. Tras una última mirada a las milicianas y a la detenida para asegurarse de que todo está en orden, sube al lado del conductor y pega un culatazo en el suelo para dar la orden de marcha. En el acto, la camioneta arranca; la escolta un voluminoso 4×4 con una luz giratoria en el techo, repleto de milicianos andrajosos.

Mohsen Ramat titubea largo rato antes de decidirse a meterse entre la muchedumbre que se agolpa en la plaza. Han anunciado la ejecución pública de una prostituta. La van a lapidar. Pocas horas antes, unos obreros descargaron unas carretillas de piedras en el lugar de la ejecución y cavaron una zanja pequeña, de unos cincuenta centímetros de profundidad.

Mohsen ya ha asistido a varios linchamientos como éste. Ayer, sin ir más lejos, ahorcaron a dos hombres, uno de los cuales apenas si había entrado en la adolescencia, de lo alto de un camión grúa y no los descolgaron hasta que cayó la tarde. Mohsen aborrece las ejecuciones públicas. Le obligan a percatarse de su propia fragilidad, empeoran las perspectivas de su finitud; cae de pronto en la cuenta de la futilidad de las cosas y los seres, y nada queda ya que lo reconcilie con aquellas certidumbres de antaño, cuando no alzaba la vista hacia el horizonte sino para exigirlo. La primera vez que presenció una ejecución –un asesino al que degolló un pariente de la víctima– se puso enfermo. Durante varias noches, visiones de pesadilla relampagueaban en sus sueños. Se despertaba con frecuencia gritando como un poseso. Luego, a medida que el paso de los días afianza los cadalsos e incrementa el ganado expiatorio hasta el punto de que los moradores de Kabul se angustian cuando piensan que una ejecución va a aplazarse, Mohsen dejó de soñar. Se le extinguió la conciencia. Se queda dormido nada más cerrar los ojos y no resucita hasta por la mañana, con la cabeza tan vacía como un jarro. La muerte no es, para él y para los demás, sino una trivialidad. Por lo demás, todo es una trivialidad. Exceptuando las ejecuciones, que reconfortan a los supervivientes cada vez que los mulás van a lo suyo, nada existe. Kabul se ha convertido en la antesala del más allá. Una antesala oscura en donde los puntos de referencia están falseados; un calvario pacato; una insoportable latencia cultivada en la más estricta intimidad.

Mohsen no sabe adónde ir ni qué hacer con su tiempo libre. Desde por la mañana, se limita a errar ocioso por los arrabales desmantelados, con mente indecisa y cara inexpresiva. Antes, es decir, hace varios años luz, le gustaba pasear, al caer la tarde, por los bulevares de Kabul. Por aquel entonces, los escaparates de los comercios no tenían gran cosa que exhibir, pero nadie le cruzaba a uno la cara con la fusta. La gente iba a lo suyo, lo suficientemente animada para inventar, en sus delirios, proyectos fastuosos. Las tiendecillas estaban a rebosar; su barullo manaba hacia las aceras igual que un flujo de tolerante humor. Apiñados en sillas de enea, los ancianos mamaban sus pipas de agua, guiñando los ojos por culpa de un rayo de sol y con el abanico descuidadamente colocado encima del vientre. Y las mujeres, pese a los velos de rejilla, pirueteaban entre la nube de sus perfumes igual que bocanadas de calor. Los caravaneros de antaño daban fe de que en parte alguna, durante sus peregrinaciones, se habían topado con huríes tan fascinadoras. Vestales impenetrables, cuyas risas eran una canción, cuyo grácil encanto era una obsesiva fantasía. Por eso tienen que llevar la burka, más para librarse del mal de ojo que para guardar a los hombres de desmedidos sortilegios… Qué lejos queda aquel tiempo. ¿No será acaso sino pura fabulación? Ahora, los bulevares de Kabul ya no le resultan entretenidos a nadie. Las fachadas descarnadas que aún quedan en pie por no se sabe qué prodigio son la prueba de que los cafetines, los figones, las casas y los edificios se han convertido en humo. La calzada, que fue de asfalto, no es ya sino caminos pisoteados que las sandalias y los zuecos rascan de sol a sol. Se han volatilizado los fumadores de chelam. Los hombres se han parapetado tras las sombras chinescas y las mujeres, momificadas dentro de unos sudarios del color del miedo o de la fiebre, se han vuelto totalmente anónimas.

Mohsen tenía diez años antes de la invasión soviética; una edad en la que no se entiende por qué de pronto ya no va nadie a los parques ni por qué los días son tan peligrosos como las noches; una edad, sobre todo, en la que no se sabe que las desgracias ocurren sin avisar. Su padre era un próspero negociante. Vivían en una casa grande, en pleno centro de la ciudad, y solían recibir a parientes y amigos. Mohsen se acuerda poco de aquellos tiempos, pero tiene la seguridad de que era completamente feliz, de que nada contrariaba sus carcajadas o censuraba sus caprichos de niño mimado. Y luego vino aquel despliegue ruso, con sus huestes de fin del mundo y su desmesura conquistadora. El cielo afgano, en donde se tejían los más hermosos idilios de la tierra, se cubrió de pronto de rapaces blindadas: rastros de pólvora rayaron su limpio azul y las golondrinas, espantadas, se dispersaron entre el ballet de los misiles. Había llegado la guerra y acababa de encontrar una patria en la que instalarse…

Una bocina lo arroja hacia un lado. Se lleva instintivamente el chèche a la cara para protegerse del polvo. La camioneta de Abdul Jabar pasa rozándolo, está a punto de atropellar a un mulero y entra a toda velocidad en la plaza; la sigue de cerca el veloz 4×4. Al ver llegar el cortejo, un clamor indecoroso encrespa la aglomeración en que unos adultos hirsutos pelean por los mejores puestos con unos chiquillos faunescos. A los milicianos no les queda más remedio que repartir golpes a diestro y siniestro para calmar los ánimos.

El vehículo se detiene ante la zanja recién cavada. Meten dentro a la pecadora mientras la increpan por todas partes. Vuelven los remolinos a castigar las filas y propulsan hacia atrás a los que están menos atentos.

Insensible a los empellones que intentan apartarlo, Mohsen aprovecha los huecos que la confusión abre en el gentío para colocarse en primera fila. Se pone de puntillas y ve cómo un energúmeno colosal «planta» a la mujer impura en la zanja y la entierra hasta los muslos para que se quede tiesa y no pueda moverse.

Un mulá se echa los faldones de la chilaba por encima de los hombros, mira una vez más de arriba abajo el amasijo de velos bajo el que se dispone a morir un ser humano y dice con voz tonante:

–Hay seres que escogen revolcarse en el lodo como los cerdos. Y, no obstante, conocieron el Mensaje y supieron las calamidades de la tentación, pero no prosperó en ellos fe suficiente para resistirlas. Hay seres míseros, ciegos y frívolos que prefirieron un momento de desenfreno, tan efímero como despreciable, a los jardines eternos. Apartaron los dedos del agua lustral de las abluciones para hundirlos en las escurriduras, se taparon los oídos cuando llamaba el almuédano para no escuchar más que las indecencias de Satán, se avinieron a padecer la ira de Dios antes que abstenerse de caer en esas indecencias. ¿Qué decirles, sino que nos apena y nos indigna?… (Tiende un brazo, como si fuera una espada, hacia la momia.) Esta mujer sabía muy bien lo que estaba haciendo. La embriaguez de la fornicación la apartó de los caminos del Señor. Hoy es el Señor quien le vuelve la espalda. No se merece ni su misericordia ni la compasión de los creyentes. Va a morir en la deshonra, igual que ha vivido.

Calla, para aclararse la garganta, y desdobla una hoja de papel en medio de un ensordecedor silencio.

–Allahu akbar! –exclama alguien en el denso grupo que se halla en segunda fila.

El mulá alza una mano majestuosa para calmar al vociferador. Recita primero una azora y lee, después, algo que parece una sentencia; vuelve a meterse la hoja de papel en uno de los bolsillos interiores del chaleco y, tras una breve meditación, insta a la muchedumbre a proveerse de piedras. Es la señal. Con indescriptible precipitación, la gente se abalanza hacia los montones de pedruscos que, a tal efecto, habían colocado en la plaza unas horas antes. En el acto, un diluvio de proyectiles cae sobre la condenada, quien, por estar amordazada, se tambalea bajo la saña de los golpes sin un solo grito. Mohsen coge tres piedras y las lanza contra el blanco. El frenesí circundante desvía las dos primeras; pero, al tercer intento, alcanza a la víctima en la mismísima cabeza y ve, con insondable júbilo, que una mancha roja aparece en el sitio en que ha impactado la piedra. Al cabo de un minuto, ensangrentada y descoyuntada, la condenada se desploma y deja de moverse. Esa rigidez galvaniza a los lapidadores, que, con los ojos en blanco y echando espuma por la boca, se tornan más y más feroces, como si pretendieran resucitarla para prolongar el suplicio. Presas de su histeria colectiva, convencidos de que por mediación del súcubo exorcizan a sus propios demonios, algunos no se dan cuenta de que el cuerpo, acribillado por todas partes, no reacciona ya ante las agresiones, que la mujer inmolada yace sin vida, medio enterrada, como un saco de espanto arrojado a los buitres.

Dos

Atiq Shaukat no se encuentra bien. La necesidad de salir a tomar el aire, de tenderse encima de un murete, de cara al sol, lo trae a mal traer. No puede quedarse ni un minuto más en ese agujero de ratas, hablando solo o intentando descifrar los arabescos que se trenzan inextricablemente en las paredes de las celdas. En la exigua casa prisión hace un fresco que le resucita las antiguas heridas; a veces, el frío le traba la rodilla, y le cuesta doblarla. Y, simultáneamente, tiene la impresión de que le está entrando claustrofobia; no aguanta ya la penumbra, ni la estrechez de la alcoba que le hace las veces de despacho, atestada de telarañas y de cadáveres de cucarachas. Recoge el farol, la cantimplora de piel de cabra y el cofrecillo forrado de terciopelo en el que reposa un voluminoso ejemplar del Corán; enrolla la alfombrilla de oración, la cuelga de un clavo y decide irse. En cualquier caso, si lo necesitasen para algo, los milicianos saben dónde encontrarlo. El mundo carcelario se le hace muy cuesta arriba. Desde hace unas cuantas semanas, cuanto más piensa en su condición de carcelero menos mérito le encuentra; y de grandeza para qué vamos a hablar. Esta comprobación lo pone continuamente de mal humor. Cada vez que cierra el portal al entrar, alejándose así de las calles y los ruidos, le parece que se está enterrando vivo. Un miedo quimérico le perturba los pensamientos. Y entonces se encoge en un rincón y se niega a reaccionar: tirar la toalla le aporta algo así como una paz interior. ¿Será que los veinte años de guerra le están pasando factura? A los cuarenta y dos años ya está mermado y no ve ni el final del túnel ni lo que hay más allá de sus narices. Va claudicando poco a poco, está empezando a dudar de las promesas de los mulás y, a veces, se da cuenta de que no teme las iras del cielo sino muy remotamente.

Ha adelgazado mucho. La cara se le desmorona a retazos sobre la barba de integrista; ha perdido la agudeza de la mirada aunque lleve los ojos pintados con kohol. Las paredes sombrías han dado buena cuenta de su lucidez y la falta de claridad de su cometido la lleva clavada en el alma. Cuando uno se pasa las noches velando a condenados a muerte y los días poniéndolos en manos del verdugo, ya no espera gran cosa de los ratos de ocio. Ahora, como no sabe ya bien a qué atender, Atiq es incapaz de decir si es el silencio de las dos celdas vacías o el fantasma de la prostituta ejecutada lo que confiere a los rincones un tufo de ultratumba.

Sale a la calle. Una bandada de pillastres acosa a un perro vagabundo con disonante coro. A Atiq lo irritan los alaridos y el trajín; coge una piedra y se la tira al chiquillo que le pilla más cerca. Éste esquiva el proyectil impasible y sigue desgañitándose para aturrullar al perro, que está ya claramente sin fuerzas. El grupo de diablillos no se separará hasta linchar al cuadrúpedo, iniciándose así precozmente en el linchamiento de seres humanos.

Atiq se aleja, con el manojo de llaves metido debajo del chaleco, en dirección al mercado infestado de mendigos y descargadores. Como de costumbre, una frenética muchedumbre a la que no desalienta la canícula bulle entre los tenderetes provisionales, revolviendo en la ropa de segunda mano, poniendo manga por hombro las antiguallas, buscando no se sabe qué, dañando con los descarnados dedos la fruta pasada.

Atiq llama a un muchacho, vecino suyo, y le entrega el melón que acaba de comprar.

–Llévamelo a casa. Y a ver si no andas callejeando –lo amenaza, enarbolando la fusta.

El chico asiente con la cabeza y, de mala gana, coloca el melón debajo del brazo y se encamina hacia un extravagante amasijo de casuchas.

Atiq piensa, de entrada, en ir a casa de su tío, zapatero de profesión, cuya madriguera se halla precisamente detrás de aquel montón de ruinas de allá; pero cambia de opinión: su tío es uno de los charlatanes mayores nacido en la tribu y no lo dejará marcharse hasta las tantas, repitiéndole inacabablemente las mismas historias acerca de las botas que les hacía a los oficiales del rey y a los dignatarios del régimen anterior. Con setenta años, medio ciego y casi sordo, el anciano Ashraf desbarra cuanto le apetece y más. Cuando sus clientes, hartos de oírlo, lo dejan plantado, no se da cuenta de que se han largado y sigue hablándole a la pared hasta quedarse sin resuello. Ahora que ya nadie se hace calzado a medida y los pocos zapatos de mala muerte que le llevan están en tal estado que no sabe por dónde meterles mano, se aburre y aburre a los demás mortalmente.

Atiq se para en medio del camino y piensa qué va a hacer durante la velada. Ni se plantea la posibilidad de volver a casa y encontrarse con la cama deshecha, los platos olvidados en el agua pestilente de los barreños y a su mujer hecha un ovillo en un rincón del cuarto, con un pañuelo mugriento ciñéndole la frente y la cara amoratada. Por su culpa ha llegado tarde por la mañana y casi pone en peligro la ejecución pública de la mujer adúltera. Sin embargo, en el dispensario los enfermeros ya no se molestan en atenderla desde que el médico abrió los brazos con ademán de impotencia. A lo mejor también es por culpa de ella por lo que Atiq ha dejado de creer en las promesas de los mulás y de temer las iras del cielo más de lo que manda la sensatez. Todas las noches, su mujer lo mantiene en vela, gimiendo y casi trastornada; y la extenuación fruto del sufrimiento y las contorsiones no la amodorran hasta que amanece. Todos los días tiene Atiq que pasar revista al antro pestilente de los charlatanes buscando elixires que puedan aliviarle los dolores. Ni las virtudes de los talismanes ni las más fervientes plegarias han conseguido auxiliar a la paciente. E incluso la hermana de Atiq, que había accedido a vivir con ellos para echarles una mano, ha buscado refugio en la provincia de Baluchistán y no han vuelto a saber nada de ella. Atiq ya sólo cuenta con sus propios medios y no sabe cómo sacar adelante una situación que se complica más y más. Si el médico ha tirado la toalla, ¿qué queda ya, a no ser un milagro? ¿Pero aún se producen milagros en Kabul? A veces, con los nervios a punto de estallar, une las trémulas manos en una fatiha y ruega al cielo que se lleve a su mujer. En fin de cuentas, ¿qué sentido tiene seguir viviendo cuando cada bocanada de aire que respiras te desfigura y horroriza a tus deudos?

–¡Cuidado! –vocifera alguien–. ¡Apartaos, apartaos!

A Atiq le da el tiempo justo de saltar de lado para que no lo atropelle una carreta cuyo caballo va desbocado. El enloquecido animal se abalanza dentro del mercado, provocando el inicio de una reacción aterrada, y se desvía de pronto hacia un grupo de tiendas de campaña. El conductor sale despedido y, en vuelo rasante, cae sobre una de las tiendas. El caballo prosigue su frenética carrera entre los gritos agudos de los niños y los alaridos de las mujeres y desaparece tras los escombros de un santuario.

Atiq se levanta los faldones del largo chaleco y se sacude a golpes el polvo del trasero.

–Estaba convencido de que no lo contabas –afirma un hombre sentado en la terraza de una tiendecilla.

Atiq reconoce a Mirza Shah, que le indica una silla.