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En medio del animado bullicio de Beirut, un joven estudiante iraquí aguarda el momento para saldar sus cuentas con el mundo. Recuerda cómo la ocupación norteamericana le obligó a dejar sus estudios en Bagdad y regresar a su pueblo, Kafr Karam, un apacible lugar al que sólo las discusiones de café perturbaban el tedio cotidiano hasta que la guerra lo invadió todo. A partir de ahí, la muerte, la humillación, la sed de venganza, una Bagdad sumida en la ruina, la corrupción, la inseguridad... Atormentado, es una presa fácil de las tramas integristas.
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Seitenzahl: 373
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Yasmina Khadra
Las sirenas de Bagdad
Traducción de Wenceslao Carlos Lozano
Beirut recupera su noche...
Kafr Karam
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Bagdad
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Beirut
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Créditos
Beirut recupera su noche y se cubre la cara con un velo. Si los disturbios de la víspera no la han despertado es la prueba de que camina durmiendo. Por tradición ancestral, no se molesta a un sonámbulo, aunque esté arriesgando la vida.
Me la imaginaba distinta, árabe y orgullosa de serlo. Me equivoqué. No es sino una ciudad indefinida, más cercana a sus fantasmas que a su historia, tramposa y voluble, decepcionante como una broma de mal gusto. Puede que sus santos patrones hayan renegado de ella por su empeño en querer parecerse a las ciudades enemigas, exponiéndola así a los traumas de las guerras y a las precariedades venideras. Ha vivido la pesadilla a tamaño natural, ¿y de qué le ha servido?... Cuanto más la observo, menos la entiendo. Hay en su desparpajo una insolencia sospechosa. Esta ciudad miente como respira. Su afectación sólo es un engañabobos. El carisma que se le atribuye no cuadra con sus estados de ánimo; es como si ocultaran bajo la seda una ajada fealdad.
Cada día trae su afán, recalca sin convicción. Ayer voceaba sus iras por sus bulevares con los escaparates puestos a resguardo. Esta noche lo va a mandar todo a paseo. Las noches le van a volver a sentar de maravilla. Ya están las luces y los rótulos de neón montando su espectáculo. En la marea zigzagueante de faros, los coches de lujo se consideran ramalazos de genialidad. Es sábado, y la noche se dispone a cortar por lo sano. La gente va a pasárselo en grande hasta el amanecer, con tantas ganas que las campanas dominicales no la harán inmutarse.
Llegué a Beirut hace tres semanas, más de un año después del asesinato del antiguo primer ministro Rafic Hariri. Percibí su mala fe apenas el taxi me soltó en la acera. Su duelo es sólo fachada; su memoria, un viejo colador inservible; de entrada la detesté.
Por la mañana me invade una sorda aversión cuando oigo su alboroto de zoco. Por la noche, una ira parecida se apodera de mí cuando los juerguistas salen a vacilar con sus bólidos bruñidos y su equipo de música a tope. ¿Qué pretenden demostrar? ¿Que se lo pasan de miedo a pesar de los atentados? ¿Que la vida sigue a pesar de sus reveses?
No consigo entender su numerito.
Soy un beduino, nacido en Kafr Karam, un pueblo perdido en el desierto iraquí, tan discreto que a menudo se diluye en los espejismos para emerger sólo durante la puesta del sol. Las ciudades grandes siempre me han producido una profunda desconfianza. Pero los súbitos cambios de Beirut me producen vértigo. Aquí, cuanto más cree uno haber dado con algo, menos seguro está de qué se trata. Beirut es una chapuza; su martirio es fingido, sus lágrimas son de cocodrilo. La odio con todas mis fuerzas, por sus arrebatos de orgullo, tan faltos de valor como de coherencia en las ideas, por tener el culo entre dos asientos, árabe cuando no hay dinero en la caja, occidental cuando las conspiraciones resultan rentables. Reniega durante la noche de lo que santificó durante el día. Se escaquea en la playa de lo que predica en la plaza, y se precipita hacia su ruina como una chavala en fuga y amargada que piensa encontrar en otra parte lo que tiene al alcance de la mano...
–Deberías estar fuera desentumeciéndote las piernas y la mente.
El doctor Jalal se encuentra detrás de mí, con la nariz pegada a mi nuca.
¿Cuánto tiempo hará que me observa hablando a solas?
No lo he oído llegar, y me irrita tenerlo colgado sobre mis pensamientos como si fuera un ave de presa.
Adivina que su presencia me está turbando y me señala la avenida con la barbilla.
–Es una noche magnífica. Hace bueno, las cafeterías están llenas, las calles están abarrotadas de gente. Deberías aprovecharlo en vez de quedarte aquí rumiando tus preocupaciones.
–No tengo preocupaciones.
–¿Entonces qué pintas aquí?
–No me gusta el gentío, y además odio esta ciudad.
El doctor echa la cabeza hacia atrás como si le hubieran dado un puñetazo. Frunce el ceño.
–Te equivocas de enemigo, joven. A Beirut no se la odia.
–Pues yo la odio.
–Haces mal. Es una ciudad que ha padecido mucho. Ha tocado fondo. Sigue en pie de milagro. Ahora vuelve a levantar cabeza, despacio. Sigue febril y conmocionada, pero se aferra a la vida. Para mí, es admirable. Hasta hace poco nadie apostaba por su pellejo... ¿Qué se le puede reprochar? ¿Qué te disgusta de ella?
–Todo.
–Resulta impreciso.
–Para mí no. No me gusta esta ciudad, y punto.
El doctor no insiste.
–Si así te entretienes... ¿Un rubio?
Me tiende su paquete de cigarrillos.
–No fumo.
Me ofrece una lata.
–¿Una cerveza?
–No bebo.
El doctor Jalal deja su lata sobre una mesilla de mimbre y se apoya en la balaustrada, pegando su hombro al mío. Su aliento a alcohol me asfixia. No recuerdo haberlo visto sobrio. Con cincuenta y cinco años, ya es un desecho, con la tez violácea, la boca retranqueada y profundos surcos en las comisuras. Esta noche lleva un chándal con los colores del equipo nacional libanés, abierto sobre una camiseta de color rojo intenso, y unas zapatillas de deporte nuevas con los cordones desatados. Parece recién levantado tras una buena siesta. Se mueve soñoliento, y sus ojos, habitualmente vivarachos y ardorosos, son apenas visibles entre sus párpados entumecidos.
Con gesto de fastidio, se echa el pelo sobre lo alto del cráneo para camuflar su calvicie.
–¿Te molesto?
–...
–Estaba un poco aburrido en mi habitación. Nunca ocurre nada en este hotel, ni bodas ni banquetes. Esto parece un cementerio.
Se lleva la lata a los labios y echa un trago largo. Su nuez prominente se desplaza a brincos por la garganta. Me fijo por vez primera en una gran cicatriz que le cruza el cuello de lado a lado.
Se fija en mi ceño fruncido. Deja de beber, se limpia con el revés de la mano; luego, meneando la cabeza, se vuelve hacia el bulevar devorado por la histeria lumínica.
–Intenté ahorcarme, hace ya mucho –cuenta apoyándose sobre la barandilla–. Con una cuerda de cáñamo. Apenas tenía dieciocho años...
Echa otro trago y prosigue:
–Acababa de pillar a mi madre con otro hombre.
Sus palabras me desconciertan, pero no deja de apuntarme con la mirada. Reconozco que el doctor Jalal suele pillarme desprevenido. Su sinceridad me desconcierta; no estoy acostumbrado a este tipo de confesiones. En Kafr Karam ese tipo de revelación resulta inconcebible. Nunca he oído a nadie hablar así de su madre, y la frivolidad con que el doctor expone sus trapos sucios me confunde.
–Son cosas que ocurren –añade.
–Estoy de acuerdo –digo para cambiar de tema.
–¿De acuerdo con quién?
Me siento turbado. Ignoro lo que pasa por su cabeza y me molesta sentirme falto de argumentos.
El doctor Jalal no insiste. No somos de la misma pasta, y a veces, cuando habla con gente de mi condición, tiene la sensación de estar haciéndolo con una pared. No obstante, la soledad le pesa, y un rato de charla, por insustancial que sea, le ahorra al menos caer en un coma etílico. Cuando el doctor Jalal no habla es porque está bebiendo. En general tiene buen beber, pero recela del ambiente en el que acaba de recalar. Por mucho que se repita que está en buenas manos, no consigue convencerse de ello. ¿Acaso no son esas mismas manos las que disparan en la oscuridad, degüellan y ahogan, las que colocan artefactos explosivos bajo el asiento de los indeseables? Es cierto que no ha habido incursiones de castigo desde que llegó a Beirut, pero la gente que lo acoge cuentan en su activo con muchas matanzas. Lo que lee en sus ojos no engaña: son la muerte en marcha. Un desliz, una indiscreción, y ni siquiera le dará tiempo a enterarse de lo que le estará ocurriendo. Hace dos semanas, a Imad, un chico que tenían para atenderme, lo encontraron chapoteando en sus excrementos en medio de una placeta. Para la policía, Imad murió de sobredosis. Mejor así. Sus camaradas, que lo ejecutaron con una jeringa infectada, no fueron a su entierro; hicieron como si jamás le hubiesen visto el pelo. Desde entonces, el doctor echa un par de ojeadas bajo su cama antes de colarse entre las sábanas.
–Hace un rato estabas hablando solo –dice.
–A veces me ocurre.
–¿Y de qué?
–... Ya no recuerdo.
Menea la cabeza y vuelve a contemplar la ciudad. Estamos en la terraza del hotel, en el último piso, dentro de una especie de recámara de cristal que da a la arteria principal del barrio. Hay varias sillas de mimbre, dos mesas bajas y un canapé en una esquina custodiados por estanterías repletas de libros y folletos.
–No te hagas demasiadas preguntas –me dice.
–Ya no me hago preguntas.
–Uno se hace a menudo preguntas cuando se aísla.
–Yo no.
El doctor Jalal dio clases durante un tiempo en universidades europeas. Se le veía con regularidad por los estudios de televisión arremetiendo contra el «desviacionismo criminal» de sus correligionarios. Ni las fatuas decretadas contra él ni los intentos de secuestro consiguieron contener su virulencia. Estaba a punto de convertirse en la bestia negra de la Yihad armada. Luego, sin previo aviso, acabó ocupando asiento en el palco del imanato integrista. Profundamente decepcionado por sus colegas occidentales, tras haber constatado que su estatuto de negro de turno desbancaba ofensivamente a su erudición, escribió un tremendo requisitorio contra el racismo intelectual que hacía estragos en las camarillas bienpensantes de Occidente e inició una serie de asombrosas piruetas para acercarse a los ambientes islamistas. Aunque al principio sospecharan que fuera un agente doble, el imanato lo rehabilitó y acreditó. Hoy recorre los países árabes y musulmanes poniendo sus dotes para la oratoria y su temible inteligencia al servicio de los yihadistas.
–Hay un burdel cerca de aquí –me propone–. ¿Te apetece ir a echar un polvo?
Me quedo pasmado.
–No es realmente un burdel, al menos no como los demás. Los parroquianos son cuatro gatos, gente con clase... A casa de madame Rachak sólo acude un público distinguido. La gente bebe y cae algún que otro porro, sin líos, a ver si me entiendes. Y luego, cada mochuelo a su olivo, y si te he visto no me acuerdo. En cuanto a las chicas, son bonitas y tienen inventiva, unas profesionales. Si te sientes atascado por una u otra razón, te ponen como nuevo en un abrir y cerrar de ojos.
–No es lo mío.
–¿Por qué dices eso? A tu edad, yo no dejaba que un culo se enfriase.
Su tosquedad me desconcierta.
Me cuesta creer que un erudito de su envergadura pueda dar muestras de una vulgaridad tan crasa.
El doctor Jalal me lleva unos treinta años. En mi pueblo, desde la noche de los tiempos, no se concibe ese tipo de conversación delante de alguien mayor que uno. Sólo una vez en Bagdad, mientras paseaba con un joven tío mío, alguien soltó un taco delante de nosotros. Si la tierra se hubiese abierto en aquel momento, no habría dudado un segundo en refugiarme dentro de ella.
–¿Te gustaría?...
–No.
El doctor Jalal lo lamenta por mí. Se inclina sobre la barandilla de hierro forjado y, de un papirotazo, manda volar al vacío su colilla. Ambos miramos el punto rojo revolotear piso tras piso hasta dispersarse en el suelo en una multitud de pavesas.
–¿Crees que alguna vez se unirán a nosotros? –le pregunto para cambiar de tema.
–¿Quiénes?
–Nuestros intelectuales.
El doctor Jalal me mira de soslayo:
–Eres virgen, ¿no es así?... Te estoy hablando de un burdel cerca de aquí...
–Y yo te estoy hablando de nuestros intelectuales, doctor –replico con la firmeza suficiente para ponerlo en su sitio.
Se da cuenta de que su indecente proposición me molesta.
–¿Van a unirse a nosotros? –insisto.
–¿Es tan importante?
–Para mí, sí... Los intelectuales dan sentido a todo. Escribirán sobre nosotros. Nuestra lucha quedará inscrita en la memoria.
–¿No te basta con lo que has padecido?
–No necesito mirar hacia atrás para avanzar. Son los horrores de ayer los que me impulsan hacia delante. Pero la guerra no se limita a eso.
Intento leer en sus ojos si me está siguiendo. El doctor mira fijamente una tienda abajo y se limita a asentir con la punta de la barbilla.
–En Bagdad he oído un montón de discursos y de prédicas. Me cabreaba más que un camello rabioso. Sólo tenía un deseo: cargarme el planeta entero, del polo norte al polo sur... Y cuando eres tú el que expresa mi odio por Occidente, tú, el erudito, mi ira se vuelve orgullo. Dejo de hacerme preguntas. Me proporcionas todas las respuestas.
–¿Qué tipo de preguntas? –intenta averiguar alzando la cabeza.
–Hay un montón de preguntas que se te cruzan por la mente cuando disparas al tuntún. No siempre son traidores los que caen. A veces, las cosas se tuercen y nuestras balas se equivocan de diana.
–Así es la guerra, chico.
–Lo sé. Pero la guerra no lo explica todo.
–No hay nada que explicar. Matas, y luego mueres. Así ocurre desde la Edad de Piedra.
Nos callamos. Cada cual mira la ciudad por su cuenta.
–No estaría mal que nuestros intelectuales se unieran a nuestra lucha. ¿Lo crees posible?
–Me temo que no habría muchos –dijo tras suspirar–, pero unos cuantos, sin duda alguna. Ya no nos queda nada que esperar de Occidente. Nuestros intelectuales acabarán percatándose de ello. Occidente sólo se ama a sí mismo. Sólo piensa en sí mismo. Cuando nos echa un cable es para que le sirvamos de anzuelo. Nos manipula, nos enfrenta entre nosotros y, cuando ha acabado de tomarnos el pelo, nos guarda en sus cajones secretos y nos olvida.
Al doctor se le dispara la respiración. Enciende otro cigarrillo. Le tiembla la mano y, por un momento, su rostro se arruga como un trapo a la luz del mechero.
–Sin embargo, tú estabas en todos los estudios de televisión...
–Sí, ¿pero en cuántos podios? –refunfuña–. Occidente nunca reconocerá nuestros méritos. Para él, los árabes sólo sirven para dar patadas a un balón o para berrear ante un micro. Cuanto más le demostramos lo contrario, menos lo admite. Y si por casualidad, en alguna ocasión, a esas capillas arias no les queda más remedio que tener un detalle para con sus negros de criadero, eligen encumbrar a los menos buenos para que rabien los mejores. Eso lo he conocido muy de cerca. Sé de qué se trata.
La brasa de su colilla alumbra el balcón. Da la impresión de querer consumir todo el cigarrillo de una sola chupada.
Me aferro a sus labios. Sus diatribas se parecen a mis obsesiones, consolidan mis ideas fijas, me infunden una extraordinaria energía mental.
–Ya otros antes que nosotros lo habían aprendido por experiencia propia –prosigue con despecho–. Al marchar a Europa, pensaban encontrar una patria para su saber y una tierra fértil para sus ambiciones. Sin embargo, no dejaban de constatar que no eran bienvenidos, pero, movidos por vaya uno a saber qué bobería, aguantaron como pudieron. Al adherirse a los valores occidentales daban por bueno todo lo que les susurraban al oído: libertad de expresión, derechos humanos, igualdad, justicia... palabras grandilocuentes, y huecas como los horizontes perdidos. Pero no es oro todo lo que reluce. ¿Cuántos genios nuestros han triunfado?, la mayoría han muerto corroídos por la rabia. Estoy seguro de que siguen reprochándoselo en su tumba. Y eso que saltaba a la vista que luchaban en vano. Jamás sus colegas occidentales iban a permitir que fueran reconocidos. El auténtico racismo ha sido siempre intelectual. La segregación empieza nada más abrirse uno de nuestros libros. Nuestras grandes figuras del pasado tardaron una eternidad en darse cuenta de ello; apenas les daba tiempo a rectificar el tiro y ya no estaban en el orden del día. Eso no nos ocurrirá a nosotros. Ya estamos vacunados. No da quien no tiene, dice un proverbio nuestro. Occidente sólo es una mentira acidulada, una perversidad sabiamente dosificada, un canto de sirenas para náufragos de su identidad. Dice ser tierra de acogida; en realidad, sólo es un punto de caída del que uno jamás acaba de levantarse del todo...
–Opinas que ya no tenemos elección.
–Por supuesto. La convivencia ya no es posible. Ellos no nos quieren, y nosotros no soportamos más su arrogancia. Cada cual debe vivir en su bando, dando definitivamente la espalda al otro. Salvo que antes de levantar el gran muro, vamos a darles una buena paliza por el daño que nos han hecho. Es imperativo que sepan que la cobardía nunca ha radicado en nuestra paciencia, sino en sus cabronadas.
–¿Y quién vencerá?
–El que no tenga gran cosa que perder.
Tira su colilla al suelo y la pisa como si estuviera aplastando la cabeza de una serpiente.
Sus pupilas destellantes me acorralan:
–Espero que dejes patidifusos a esos canallas.
Me callo. Se supone que el doctor desconoce la razón de mi estancia en Beirut. Nadie debe conocerla. Yo mismo ignoro lo que debo hacer. Sólo sé que se trata de la mayor operación jamás llevada a cabo en territorio enemigo, mil veces más contundente que los atentados del 11 de septiembre...
Se da cuenta de que me está llevando a un terreno tan peligroso para él como para mí, arruga la lata en su puño y la tira a un cubo de basura.
–Se va a liar a gran escala –masculla–. Por nada en el mundo quisiera perdérmelo.
Me saluda y se va.
Una vez solo, doy la espalda a la ciudad y me acuerdo de Kafr Karam... Kafr Karam es una aldea mísera y fea que no cambiaría por mil ferias. Era un lugar tranquilo, desierto adentro. Ninguna guirnalda desfiguraba su naturalidad, ningún alboroto lo sacaba de su modorra. Desde tiempos inmemoriales, vivíamos recluidos tras nuestras murallas de adobe, lejos del mundo y de sus bestias inmundas, conformándonos con lo que Dios ponía en nuestros platos y dándole gracias tanto por el recién nacido que nos confiaba como por el pariente que llamaba a Su lado. Éramos pobres, humildes, pero vivíamos tranquilos. Hasta el día en que violaron nuestra intimidad, profanaron nuestros tabúes, arrastraron por el barro y la sangre nuestra dignidad... hasta el día que, en los jardines de Babilonia, unos brutos cargados de granadas y de esposas llegaron para enseñar a los poetas a ser hombres libres...
Todas las mañanas, mi hermana gemela Bahia me traía el desayuno a mi habitación. «Arriba ahí dentro –gritaba al empujar la puerta– que vas a fermentar como la masa.» Dejaba la bandeja sobre la mesa baja, al pie de la cama, abría la ventana y regresaba para pellizcarme los dedos de los pies. Sus ademanes eran autoritarios, aunque contrastaban con la dulzura de su voz. Por ser unos minutos mayor que yo, me tomaba por su bebé y no se daba cuenta de que había crecido.
Era una joven endeble, un poco maniática, muy estricta respecto al orden y a la higiene. De pequeño, me vestía para llevarme al colegio. Como no estábamos en la misma clase, la pillaba durante el recreo en el patio del colegio observándome de lejos, y ay de mí como «avergonzara a la familia». Más adelante, cuando la pelusa empezó a marcar mis rasgos de chico enclenque y granujiento, se hizo cargo personalmente de la contención de mi crisis de adolescencia, increpándome cada vez que alzaba la voz delante de mis otras hermanas o cuando rechazaba una comida al estimarla insuficiente para mi crecimiento. No era un chico difícil, aunque ella veía en mi manera de llevar mi pubertad una inadmisible patanería. A veces, harta ya, mi madre la regañaba; Bahia se aplacaba una semana o dos y, a la vuelta de un tropiezo, volvía a la carga.
Nunca le reproché que fuera tan marimandona conmigo. Al contrario, las más de las veces me hacía gracia.
–Te pondrás el pantalón blanco y la camisa de cuadros –me ordenó enseñándome la ropa doblada sobre la mesa de formica que me servía de escritorio–. Anoche los lavé y planché. Deberías ir pensando en comprarte otro par de zapatos –añadió empujando con la punta del pie mis zapatillas mohosas–. A éstas casi no les queda suela, y además apestan.
Se metió la mano debajo del escote y sacó unos cuantos billetes.
–Aquí hay suficiente dinero para que no te conformes con unas vulgares sandalias. No se te olvide comprar también perfume. Porque si sigues oliendo tan mal, ya no necesitaremos insecticida para espantar las cucarachas.
Antes de que me diera tiempo a acodarme, dejó el dinero sobre mi almohada y se esfumó.
Mi hermana no trabajaba. Obligada a los dieciséis años a abandonar los estudios para casarse con un primo –que, al final, murió de tuberculosis seis meses antes de la boda–, se iba marchitando en casa en espera de otro pretendiente. Mis otras hermanas, mayores que nosotros, tampoco habían tenido demasiada suerte. La primogénita, Aícha, se casó con un rico criador de pollos. Vivía en un pueblo cercano, en una casa grande que compartía con su familia política. La convivencia se iba degradando cada temporada un poco más hasta que un día, viéndose incapaz de soportar más vejaciones por parte de unas y abusos por parte de otros, cogió a sus cuatro críos y regresó al redil. Pensábamos que su marido vendría a recogerla; no dio señales de vida, ni siquiera los días festivos para ver a sus hijos. La siguiente, Afaf, tenía treinta y tres años y ni un solo pelo en la cabeza. Una enfermedad infantil la había dejado calva. Al temer que se convirtiera en el hazmerreír de sus compañeras, a mi padre le pareció oportuno no mandarla al colegio. Afaf vivió recluida en una habitación, como si fuera una inválida, remendando ropa vieja y luego haciendo vestidos que mi madre iba vendiendo por aquí y por allá. Cuando mi padre perdió su empleo a raíz de un accidente, fue Afaf la que se hizo cargo de la familia; por entonces, sólo se oía el zumbido de su máquina de coser a leguas a la redonda. En cuanto a Farah, de treinta y un años, fue la única que prosiguió sus estudios en la universidad, a pesar de la desaprobación de la tribu, que no veía con buenos ojos que una joven viviera alejada de sus padres, y por tanto al alcance de las tentaciones. Farah capeó el temporal y se diplomó sin problemas. Mi tío abuelo quiso casarla con uno de sus retoños, un campesino piadoso y solícito; Farah rechazó categóricamente la oferta y prefirió ejercer en el hospital. Su actitud sumió a la tribu en una profunda consternación, y el hijo humillado nos retiró a todos el saludo, gesto que luego se hizo extensivo a su padre y a su madre. Hoy, Farah opera en una clínica privada de Bagdad y se gana bien la vida. El dinero que mi hermana gemela me dejaba de vez en cuando sobre la almohada era suyo.
En Kafr Karam, los jóvenes de mi edad habían dejado de fingir enojo cuando una hermana o una madre les ponían discretamente algunas monedillas en la mano. Al principio, se sentían un poco molestos y, para guardar la cara, prometían saldar sus deudas cuanto antes. Todos soñaban con un trabajo que les permitiría levantar cabeza. Pero los tiempos eran duros; las guerras y el embargo habían puesto al país de rodillas, y los jóvenes del pueblo eran demasiado piadosos para aventurarse en las grandes ciudades, donde la bendición ancestral no tenía curso, donde el diablo pervertía las almas más rápidamente que un prestidigitador... Eso no iba en absoluto con la gente de Kafr Karam. Prefería estar muerta antes que entregarse al vicio o al robo. Por mucho que resuenen los cantos de sirenas, la llamada de los Ancianos se sigue sobreponiendo. Somos honrados por vocación.
Ingresé en la Universidad de Bagdad pocos meses antes de la ocupación norteamericana. Estaba en la gloria. Mi condición de estudiante devolvía su orgullo a mi padre. ¡Él, el analfabeto, el viejo pocero harapiento, padre de una médico y de un futuro doctor en filología! ¡Qué mejor manera de desquitarse de tantas decepciones! Me prometí no decepcionarlo. ¿Acaso lo había decepcionado una sola vez en la vida? Quería triunfar por él, verlo confiado, leer en sus ojos arrasados por el polvo lo que su rostro disimulaba: la felicidad de recoger lo que había sembrado, una semilla sana física y mentalmente que sólo pedía germinar. Mientras que los demás padres se apresuraban a enganchar a su progenie a las ingratas tareas que habían sido su infierno y el de sus antepasados, el mío se apretaba el cinturón hasta partirse en dos para que yo pudiera seguir estudiando. Ni él ni yo estábamos seguros de que el éxito social se hallara al final del túnel, pero estaba convencido de que un pobre instruido resultaba menos patético que un pobre duro de mollera. Saber leer y rellenar formularios era, de por sí, una manera de preservar buena parte de la propia dignidad.
La primera vez que crucé el vestíbulo de la universidad no vacilé –y eso que la naturaleza me había dotado de una vista de águila– en ponerme gafas. Así fue como conseguí impresionar a Nawal, que, cuando se cruzaba conmigo al salir de clase, se ponía roja como un tomate. Aunque no me hubiese jamás atrevido a abordarla, la menor sonrisa suya bastaba para hacerme feliz. Andaba precisamente proyectando para ella unas miríficas perspectivas, cuando el cielo de Bagdad se estrelló con extraños fuegos artificiales. Las sirenas resonaron en el silencio de la noche; los edificios empezaron a esfumarse y, de la noche a la mañana, los idilios más locos se deshicieron en lágrimas y sangre. Mis carpetas y mis romanzas ardieron en el infierno, la universidad quedó en manos de los vándalos, y los sueños, en las de los sepultureros; regresé a Kafr Karam, alucinado, desamparado, y jamás he vuelto a pisar Bagdad desde entonces.
No tenía motivos de queja en casa de mis padres. No era exigente; me conformaba con cualquier cosa. Dormía en el tejado, en un lavadero acondicionado. Mi mobiliario se ceñía a dos viejos cajones y a una cama hecha con planchas de distinta procedencia. Estaba contento con el pequeño universo que había construido en torno a mi intimidad. Todavía no tenía tele, aunque sí una radio gangosa que al menos arropaba mis soledades.
Mis padres ocupaban una habitación con balcón, que daba al patio, en el primer piso; al fondo del pasillo, del lado del jardín, mis hermanas compartían dos grandes salas atestadas de antiguallas y de cuadros religiosos adquiridos en los zocos itinerantes; unos exhibían caligrafías laberínticas, otros retrataban a Sidna Alí dejando maltrechos a los demonios o haciendo trizas a las tropas enemigas, blandiendo su legendaria cimitarra de doble hoja como un tornado por encima de las cabezas impías. Había cuadros de este tipo en las habitaciones, en el vestíbulo, encima de los marcos de las puertas. No estaban ahí para decorar, sino por sus virtudes talismánicas; preservaban del mal de ojo. Un día descolgué uno de ellos al dar una patada a un balón. Era un bonito cuadro con versículos coránicos bordados con hilo amarillo sobre un fondo negro. Se rompió como si fuera un espejo. A mi madre casi le da una apoplejía. Aún la veo, con la mano sobre el pecho y los ojos desorbitados, blanca como la tiza. Ni siete años de desgracias la habrían desangrado tan aplicadamente.
En la planta baja se hallaba la cocina y, enfrente, un cuchitril que hacía las veces de taller para Afaf, dos salas concomitantes para los huéspedes y una sala de estar inmensa cuya puerta vidriera daba a un huerto.
Cuando había acabado de recoger mis cosas, bajaba a saludar a mi madre, una mujerona bien plantada de mirada limpia a la que no habían conseguido desalentar ni las tareas domésticas ni el desgaste del tiempo. Un beso en su mejilla me insuflaba una buena dosis de su energía. Nos entendíamos con un gesto o una mirada.
Mi padre se sentaba con las piernas cruzadas en el patio, a la sombra de un árbol indefinible. Tras la oración de el-fejr, que hacía obligatoriamente en la mezquita, regresaba para desgranar su rosario en el patio, con su brazo inválido en el hueco de su vestimenta –había perdido el uso de su miembro al desmoronarse un pozo que estaba limpiando–. Menudo bajonazo había dado mi padre. Su aura de anciano se había marchitado, su mirada de patrón daba como mucho para una disensión. En otros tiempos, a veces se unía a un grupo de allegados para intercambiar apreciaciones sobre tal o cual suceso. Luego, cuando la maledicencia se impuso a la corrección, se retiró. Por la mañana, al salir de la mezquita, antes de que la calle acabase de despertar, se instalaba al pie de su árbol, con una taza de café al alcance de la mano, y escuchaba con atención los rumores cercanos como si esperara descifrar su significado. Mi viejo era buena gente, un beduino de modesta condición que no comía a diario todo lo que deseaba, pero que era mi padre y seguía siendo, para mí, lo más digno de respeto. Sin embargo, cada vez que lo veía al pie de su árbol no podía dejar de sentir por él una profunda compasión. Era sin duda digno y valiente, pero su miseria torpedeaba el aplomo que se empeñaba en aparentar. Creo que jamás se repuso de la pérdida de su brazo y que el sentimiento de vivir a costa de sus hijas estaba a punto de hundirlo.
No recuerdo haberme sentido cercano a él o haberme acurrucado en su pecho; no obstante, estaba convencido de que si daba el primer paso, no me rechazaría. El problema estaba en cómo asumir tal riesgo. Más estático que un tótem, mi viejo no dejaba que se transparentara ninguna de sus emociones... De niño, lo tomaba por un fantasma; lo oía de amanecida liar su petate para irse a su obra; salía antes de que lo alcanzara y no regresaba hasta avanzada la noche. Ignoro si ha sido un buen padre. Reservado o demasiado pobre, no sabía regalarnos juguetes y parecía no fijarse en nuestros jaleos infantiles ni en nuestras repentinas treguas. Me preguntaba si era capaz de ofrecer amor, si su estatuto de progenitor no iba a acabar convirtiéndolo en estatua de sal. En Kafr Karam, los padres se sentían en la obligación de guardar las distancias con su progenie, convencidos de que la familiaridad perjudicaría su autoridad. ¿Cuántas veces había creído entrever, en la mirada austera de mi viejo, un lejano espejismo? De inmediato recobraba la compostura y carraspeaba para que saliera pitando.
Así pues, aquella mañana, bajo su árbol, mi padre carraspeó cuando le besé solemnemente la cabeza y no retiró la mano cuando la agarré para besarla. Comprendí que no le habría molestado que le hiciera compañía. ¿Para decirnos qué? Ni siquiera conseguíamos mirarnos de frente. Una vez me senté a su lado. Durante dos horas, ninguno de los dos consiguió articular una sílaba. Se limitaba a desgranar su rosario; yo no paraba de triturar una esquina de la esterilla. Si mi madre no me hubiese mandado hacer un recado, nos habríamos quedado así hasta el anochecer.
–Voy a dar una vuelta. ¿Necesitas algo?
Negó con la cabeza.
Aproveché para despedirme de él.
Kafr Karam siempre fue una aldea bien ordenada: no necesitábamos aventurarnos fuera para atender nuestras necesidades básicas. Teníamos nuestra plaza de armas; nuestras áreas para jugar –en general unos descampados–; nuestra mezquita, que requería levantarse temprano el viernes para pillar buen sitio; nuestras tiendas de comestibles; dos cafés –el Safir, que frecuentaban los jóvenes, y el Hilal; un mecánico bárbaro capaz de conseguir arrancar cualquier motor, siempre que fuera diésel; un ferretero que solía hacer las veces de fontanero; un sacamuelas, herbolario vocacional y curandero en sus ratos de ocio; un barbero con pinta de atleta de feria, plácido y distraído, que tardaba más en afeitar un cráneo que un borracho empedernido en introducir un hilo por el ojo de una aguja; un fotógrafo tenebroso como su taller, y un empleado de correo. También teníamos un posadero; pero como ningún peregrino se dignaba a detenerse por aquí, se recicló en zapatero remendón.
Para muchos, nuestro pueblo no era sino una aldea cruzada en medio de la carretera, como un animal muerto –apenas lo veías y ya lo habías dejado atrás–, pero estábamos orgullosos de él. Nunca nos habíamos fiado de los extranjeros. Siempre que dieran grandes bandazos para esquivarnos, estábamos a salvo, y si, a veces, el viento de arena los obligaba a recurrir a nosotros, los atendíamos de acuerdo con las recomendaciones del Profeta sin intentar retenerlos cuando empezaban a recoger sus cosas. Lo que nos venía de fuera nos traía demasiados malos recuerdos...
La mayoría de los habitantes de Kafr Karam tenían lazos de parentesco. Los demás llevaban aquí varias generaciones. Sin duda, teníamos nuestras pequeñas manías, pero nuestras disputas nunca iban a peor. Cuando las cosas se ponían feas, los Ancianos intervenían para apaciguar los ánimos. Si los ofendidos estimaban que la afrenta era irreversible, dejaban de hablarse y asunto resuelto. Por lo demás, nos gustaba reunirnos en la plaza o en la mezquita, gandulear por nuestras calles polvorientas o tomar el sol como lagartos al pie de nuestras tapias de adobe desfiguradas en algunas de sus partes por bloques de cemento hueco mellados y pelados. No era el paraíso, pero, como la estrechez era de mente y no de corazón, sabíamos aprovechar cualquier ocurrencia para reír a carcajadas y sacar fuerzas de nuestras miradas para afrontar las cabronadas de la vida.
Kadem era, de todos mis primos, mi mejor amigo. Por la mañana, cuando salía de mi casa, mis pasos me encaminaban a él. Me lo encontraba invariablemente en la esquina de la calle del Carnicero, tras una tapia, con el culo pegado a un pedrusco y la barbilla en el hueco de la mano, confundiéndose con su improvisado asiento. Jamás había conocido a un ser más hastiado de todo. En cuanto me veía, sacaba un paquete de cigarrillos y me lo tendía. Aunque sabía que no fumaba, no podía evitar repetir el mismo gesto para recibirme. Con el tiempo, por cortesía, acabé aceptando su ofrecimiento y me llevaba un cigarrillo a la boca. De inmediato me ofrecía su mechero y se reía cuando las primeras caladas me hacían toser. Luego, volvía a replegarse en su cascarón, con la mirada perdida y el rostro impenetrable. Todo lo hastiaba: las veladas entre amigos y los velatorios. Con él las discusiones duraban poco, a veces le producían unos absurdos ataques de ira cuyo secreto sólo él conocía.
–Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos.
Echó una rápida ojeada a mis zapatillas y volvió a mirar fijamente el horizonte.
Intenté encontrar un espacio de entendimiento, una idea para desarrollarla; él no estaba por la labor.
Kadem era un virtuoso del laúd. Se ganaba la vida actuando en las bodas. Proyectaba montar una orquesta cuando el destino hizo añicos sus proyectos. Su primera esposa, una chica del pueblo, murió en el hospital tras una banal neumonía. Por entonces, el plan «alimentos por petróleo» decretado por la ONU hacía aguas, y los medicamentos de primera necesidad escaseaban incluso en el mercado negro. Kadem sufrió mucho con la prematura pérdida de su esposa. Su padre lo había obligado a tomar una segunda esposa con la esperanza de que eso atenuara su pena. A los dieciocho meses de la boda, una meningitis fulminante lo hizo enviudar por segunda vez. Kadem perdió la fe.
Yo era una de las escasas personas que podían acercarse a él sin que se sintiera molesto de inmediato.
Me acuclillé a su lado.
Frente a nosotros se alzaba una antigua antena del Partido, inaugurada a bombo y platillo treinta años antes y hoy convertida en desecho por falta de convicción ideológica. Tras el caserón precintado, dos palmeras convalecientes intentaban mantener el tipo. A mi parecer, estaban ahí desde la noche de los tiempos, con su silueta retorcida, casi grotesca, con las ramas colgantes y resecas. Aparte de los perros, que acudían a su pie a levantar la pata, y de algunas aves de paso en busca de una vara vacante, nadie les prestaba atención. De niño, me intrigaban. No comprendía por qué no aprovechaban la noche para desaparecer para siempre. Un charlatán ambulante contaba que ambas palmeras eran, en realidad, el fruto de una inmemorial alucinación colectiva que el espejismo, al disiparse, había olvidado llevarse.
–¿Has escuchado la radio esta mañana? Parece que los italianos van a liar el petate.
–¡Pues sí que nos va a servir de mucho! –masculló.
–En mi opinión...
–¿No tenías que ir a comprarte un par de zapatos nuevos?
Alcé el brazo a la altura del pecho en señal de rendición.
–Vale. Necesito desentumecer las piernas.
Por fin accedió a volverse hacia mí.
–No te lo tomes así. Esas historias me hastían.
–Lo entiendo.
–No me lo tengas en cuenta. Me paso los días jodido y las noches jodiéndome.
Me levanté.
Cuando estaba alcanzando el final de la tapia, me dijo:
–Creo que tengo un par de zapatos en casa. Pásate luego por allí. Si te van, son tuyos.
–De acuerdo... Hasta luego.
Ya había dejado de hacerme caso.
En la plaza convertida en campo de fútbol, un hatajo de mocosos gritones daban patadas a un balón desgastado, caóticos en sus ataques y pasmosos en sus irregularidades. Parecían una bandada de gorriones desgreñados peleándose por un grano de maíz. De repente, un pulgarcito consiguió zafarse de aquella barahúnda y salió corriendo solo, como un machote, hacia la portería contraria. Regateó a un adversario, superó a un segundo, se fue hacia la línea de banda y pasó el balón hacia atrás a un compañero que, lanzándose como un bólido, falló lamentablemente su disparo antes de lijarse las nalgas en la grava. Sin previo aviso, un chaval anormalmente grueso, hasta entonces tranquilamente acuclillado al pie de un muro, se lanzó hacia el balón, lo recogió y salió pitando a toda mecha. Al principio perplejos, los jugadores se dieron cuenta de que el intruso les robaba el balón; se lanzaron todos a una tras él insultándolo.
–No lo querían en su equipo –me explicó el ferretero, sentado con su aprendiz en la puerta de su taller–. Como es lógico, les agua la fiesta.
Los tres miramos al regordete, que desaparecía tras una manzana de casas, con los demás tras él –el ferretero, con una sonrisa tierna; su aprendiz, con la mirada perdida.
–¿Has escuchado las últimas noticias? –me preguntó el ferretero–. Los italianos se largan.
–No han dicho cuándo.
–Lo importante es que vayan haciendo las maletas.
Y se lanzó a un largo análisis, pronto ramificado en aproximaciones teóricas sobre el renacer del país, la libertad, etc. Su aprendiz, un alfeñique negro y reseco como un clavo, lo escuchaba con la patética docilidad del boxeador sonado que, entre dos asaltos de castigo, aprueba con la cabeza las recomendaciones de su entrenador mientras su mirada se disuelve en las nubes.
El ferretero era un tipo cortés. Salvo cuando lo reclamaban a horas imposibles por una pequeña fuga en el depósito o una vulgar fisura en un andamio, siempre estaba disponible. Era un grandullón huesudo, con los brazos llenos de moratones y el rostro afilado. Sus ojos producían un destello metálico idéntico a las chispas que hacía brotar de la punta de su soplete. Los graciosos fingían ponerse una máscara de soldador para mirarlo de frente. La verdad es que tenía los ojos destrozados y lagrimosos, y, desde hacía algún tiempo, se le nublaba la vista. Padre de media docena de chavales, se escapaba a su taller más para huir del follón que reinaba en su casa que para hacer sus chapuzas. Suleimán, su primogénito, que tenía más o menos mi edad, era retrasado mental; podía permanecer días enteros en un rincón sin rechistar y luego, sin previo aviso, sufrir uno de sus ataques y echar a correr, a correr hasta caer redondo. Nadie sabía por qué le ocurría. Suleimán no hablaba, no se quejaba, no agredía; vivía atrincherado en su mundo e ignoraba por completo el nuestro. Y, de repente, daba un grito, siempre el mismo, y salía pitando por el desierto sin darse la vuelta. Al principio lo miraban correr por aquella sartén, con su padre tras él. Con el tiempo, se dieron cuenta de que esas carreras enloquecidas le hacían polvo el corazón y de que, a la larga, el pobre diablo corría el riesgo de quedarse tieso, fulminado por un infarto. En el pueblo, nos habíamos organizado para interceptarlo en cuanto se daba la voz de alarma. Cuando le echaban el guante, Suleimán no forcejeaba; se dejaba agarrar y llevar de vuelta a su casa, sin resistencia, con una risa átona en su boca abierta y los ojos en blanco.
–¿Cómo anda el chico?
–Como una estampa –dijo–. Lleva semanas aguantando el tipo. Cualquiera diría que está completamente curado... ¿Y tu padre?
–Siempre al pie de su árbol... Tengo que comprarme un nuevo par de zapatos. ¿Alguien baja hoy a la ciudad?
El ferretero se rascó la cúspide del cráneo.
–Me ha parecido ver una furgoneta en la pista, hace una hora, pero no podría decirte si iba a la ciudad. Habrá que esperar a que acabe la oración. Además, cada vez se hace más difícil desplazarse con esos puestos de control y las molestias que conllevan... ¿Has consultado al zapatero?
–Mis zapatos son irrecuperables. Necesito otros nuevos.
–El zapatero tiene algo más que suelas y cola.
–Su mercancía está pasada de moda. Necesito algo nuevo, flexible y elegante.
–¿Crees que se adaptarían bien al estado de nuestro suelo?
–Eso no importa... Estaría bien que alguien me pudiera llevar a la ciudad. También me apetece una bonita camisa.
–Pues me parece que ya puedes sentarte a esperar. El taxi de Jalid está estropeado y el autocar ha dejado de pasar por aquí desde que un helicóptero estuvo a punto de cargárselo en la carretera el mes pasado.
Los chavales habían recuperado su balón; regresaban con paso marcial.
–El aguafiestas no ha ido muy lejos –observó el ferretero.
–Es demasiado gordo para dejarlos atrás.
Ambos equipos volvieron a desplegarse por el terreno, cada uno en su campo, y el partido se reanudó ahí donde había quedado interrumpido. Al punto volvió a oírse el griterío, obligando a un perro viejo a batirse en retirada.
Como no tenía nada especial que hacer, me acomodé sobre un bloque de cemento y seguí el partido con interés.
Al final del partido, me percaté de que el ferretero y su aprendiz habían desaparecido y que el taller estaba cerrado. Ahora el sol calentaba con ganas. Me levanté y subí la calle en dirección a la mezquita.
