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Se reúnen en este volumen las tres novelas que dieron a conocer e hicieron saltar a la fama a Yasmina Khadra: "Morituri", "Doble blanco" y "El otoño de las quimeras". Con ellas, y bajo el pseudónimo femenino que ahora es famoso, se fueron presentando los tres primeros casos del veterano comisario Brahim Llob, un "héroe" solitario en la línea de la mejor novela negra, empeñado en la lucha contra el integrismo irracional y sus ocultas conexiones con los resortes del poder.
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Seitenzahl: 519
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Yasmina Khadra
Trilogía de Argel
MorituriDoble blancoEl otoño de las quimeras
Traducción deWenceslao-Carlos Lozano
Morituri
Doble blanco
Primera parte
Segunda parte
El otoño de las quimeras
Créditos
Abú Kalibs: (Abú: padre de). Juego de palabras a partir de «Apocalipsis».
Aduar: Poblado.
Aíd (el kebir): Fiesta grande (o fiesta del cordero).
Alá akbar: Dios es grande.
Astaghfiru Lah!: Pide perdón a Dios.
Bliss: El Diablo. En el Corán, la mujer tiene algo de Bliss. En 1990, la consigna del FIS (Frente Islámico de Salvación) era: «Dad bliss, vote FIS» («Contra el Diablo, vota al FIS»).
Chater: Avispado.
Chechia: Tocado musulmán.
Dechra: Poblado en contexto tribal.
Din: Religión. En árabe, así empieza el insulto Naa din babek «Maldita sea la religión de tu padre»).
Dzair: Nombre de Argelia en árabe.
Erguez: Macho, en beréber.
Fatiha: Oración coránica.
Felah: Campesino.
Fetua: Sentencia islámica.
Ghul: Elogro, el cacique.
Hadiz: Comentario al Corán.
Haj Garn: El cuerno.
Hawzi: Canción popular de Argel.
Hijab: Paño que cubre la cabeza y parte del cuerpo.
Icha: Última de las cinco oraciones diarias obligatorias para los musulmanes.
Jemej: Aparcero en árabe dialectal. En sentido peyorativo, basura.
Kamís: Túnica.
Kasma: División local del partido (FLN).
Lankabut: Araña.
Maqam: Monumento a los mártires en Argel.
Min ayna laqa hada?: «¿De dónde has sacado esto?».
Mulá: Clérigo musulmán (Irán).
Mulana: El Señor.
Muyahid: Combatiente por la fe.
Ninja: Policías encapuchados de las unidades especiales antiterroristas.
Sumaa: Academia de Policía.
Sunna: Ley coránica.
Taghut: Dictador. Palabra con la que los islamistas designan a todos los empleados del gobierno, hasta el último representante de la ley.
Tergui: Tuareg.
Wilaya: División administrativa urbana encabezada por un wali.
Zawali: Pobre diablo.
Los momentos más grandes de nuestra vida son aquellos en que por fin tenemos el valor de declarar que el mal que llevamos en nosotros es lo mejor de nosotros mismos.
NIETZSCHE
Sangrando por los cuatro costados, el horizonte pare con cesárea una jornada que, al cabo, no habrá merecido la pena. Me extraigo de mi camastro, completamente desvitalizado por un sueño siempre al acecho de todo lo que se mueve. Corren tiempos duros: aquí nadie está libre de una desgracia.
Mina ronca a mano de mi desgana, espesa como una pasta rancia, con medio pecho descuidadamente desplegado sobre el borde de la sábana. Lejos están los tiempos en que me la tiraba al calor de la más inocente de las caricias. Por aquellos entonces tenía yo el orgasmo a flor de piel; no podía disociar el orgullo de la virilidad, el positivismo de la procreación. Hoy en día, mi pobre mula de carga está en franco retroceso, como las mentalidades. Es tan atractiva como una caravana volcada en medio de la calzada, pero al menos tiene a su favor estar ahí cuando tengo miedo en la oscuridad.
Me pongo mi traje de proletario a su pesar, bebo de un trago un brebaje con regusto a agua de colada y me tiro un buen cuarto de hora apostado tras la ventana, por si a algún terrorista se le hubiera ocurrido saltarme la tapa de mi prejuiciosa sesera. La vía está aparentemente libre. Aparte de un barrendero que anda recogiendo una basura que mañana seguirá impepinablemente en el mismo sitio, la calle está tan desierta como el paraíso.
Hay unos doscientos metros desde mi inmueble al aparcamiento donde guardo el coche. Antes me los recorría de un par de zancadas. Hoy resulta una expedición. Todo me resulta sospechoso. Cada paso supone un peligro. A veces, estoy tan cagado de miedo que me planteo regresar a casa.
El guarda es buena gente. Le doy pena. Dentro de su modesta manera de entender las cosas, ya estoy muerto. Hasta se asombra de verme aún vivo por ahí.
No ha habido suficiente confianza entre nosotros. Nuestras relaciones se limitaban a un hola-y-adiós, pero sabía dónde encontrarme cuando estaba en apuros. Cuando se plantaba en mi casa, con la cara descompuesta, a deshoras, lo tranquilizaba de inmediato. Yo era el madero bueno del barrio, siempre disponible y desinteresado, y mi cuchitril, aunque sin llegar a la altura de un confesionario, acogía a interminables cohortes de marginados sin hacer distingos entre maneras o razas.
No es que fuera el profeta, pero me parecía disponer de una grey capaz de dar abasto a diez revoluciones. Pero luego empezaron a tirotear a mis colegas, y mi universo se despobló como por ensalmo. Por la calle, la gente hace como si no me conociera. Tener trato con un policía es una manera gilipollesca de ponerse a tiro, sobre todo cuando se dispara a diestra y siniestra. Ya nadie se atreve a hacerme la menor señal ni echarme una miradita furtiva; ya nadie se acuerda de los favores que le hacía, del berenjenal del que le sacaba.
En el país de los cuatro vientos, las veletas brincan en el aire.
Hoy ya no soy sino «el» madero, y punto. Sólo se espera de mí que asuma mi condición de diana privilegiada y que cierre el pico. Por eso el guarda me recibe con esa mirada fúnebre y me acompaña hasta el coche como si fuera a mi entierro. Se acabó eso de deshacerse en reverencias, lo que usted mande, señor comisario, esa cuasi hipócrita humildad. El guarda se permite ser incluso un tanto condescendiente. Desde luego, no es nadie, pero tampoco arriesga nada. Ésta es su especie de revancha sobre la jerarquía social.
Acudo a la Central con una hora de retraso. Medidas de seguridad: lo primero es lo primero. Nos recomiendan imperativamente disfrazar nuestras costumbres.
El ordenanza se me echa encima justo cuando cruzo la entrada.
–El jefe le anda buscando.
–Dile que me acaban de quitar de en medio.
Lo aparto con gesto de cabreo y me meto de cabeza en mi despacho.
Ahí está mi teniente Lino. Antes era el campeón de los absentistas. Sólo pendiente de sus mangoneos, su tráfico de influencias y sus putas. Había acabado enterándose de que en el sultanato de los truhanes y del nepotismo hasta los milagros se negocian. Sólo trincaba cuatro perras, no sacaba tajada del negocio ni ganaba en respetabilidad. No sabía abrirse de culo como para merecerse que le pusieran piso. De familia nada, aunque fuera un picha brava, porque le faltaban cojones para montarla. Así se las iba apañando Lino en este follón de sociedad en que vivimos.
En un agujero como éste, en que hay que madrugar para conseguir una puta nevera, no se puede exigir del centinela que esté de guardia hasta las tantas. Así las cosas, lo dejaba hacer por compasión, y miraba hacia otro lado.
Pero Lino se ha tranquilizado de pronto. Llega a la oficina antes que el ordenanza. Porque allí se queda a dormir, claro está. Ha dejado de pisar su casa de Bab el Ued desde que un trío de barbudos vino a tomarle las medidas de la carótida para hacerle un cuchillo a su medida.
Mi pobrecito teniente está traumatizado. Apenas se atreve a arrimarse a la ventana. Por las noches, en cuanto apaga la luz para dormir, le campanean de miedo hasta las piedras del riñón.
Está tras su máquina de escribir, con ojeras de payaso. No le quedan uñas que comerse, y con su mirada vacía da ganas de llorar de pena.
–¿Sabes, Lino, lo que les ocurre a los tíos que se preocupan demasiado? Pues que les salen los hijos calvos.
–Ni siquiera sé si mañana seguiré estando en este mundo.
–No te regodees en tu miseria de chivo expiatorio. Eso ya no conmueve a nadie... ¿Has leído el parte?
–Sí.
–¿Qué cuentas tenemos?
–Dos escuelas, una fábrica, un puente, un parque municipal, cuarenta y tres postes de electricidad hechos polvo.
–¿Pérdidas humanas?
–Tres polis, un militar de permiso, un maestro y cuatro bomberos.
–¿Y por qué los bomberos?
–El cadáver que fueron a recuperar llevaba una bomba trampa.
–Pues buenos estamos.
Extraigo de un cajón un informe que ya estaba a punto de fosilizarse ahí dentro. Unas hojas sueltas, la foto de un chivo con sotana afgana y una caza de brujas que amenaza con no detenerse jamás.
Miro al gurú de la foto: veintiocho años. La escuela, ni pisarla. Jamás ha currado. Unas peregrinaciones mesiánicas por Asia, prédicas de una virulencia absoluta y un odio implacable al mundo entero. Y se nos erige en deshacedor de entuertos: treinta y cuatro asesinatos, dos tomos de fetuas, un harén en cada maquis y un cetro en cada dedo.
Desde luego, si el infierno arde, es por la llama de los iluminados.
He conocido a un camello, un asqueroso de mierda que se encuentra más a gusto en el pecado mortal que una ladilla en los calzoncillos de un hippy. Hoy lleva una escopeta de cañones recortados y un versículo en la punta de los labios con los que se venga alegremente de todos los que le echaban el guante.
Digan lo que digan esos venerables imanes, si esta basura recala en el paraíso, voy a que me la corte un fontanero.
Sin embargo, para la plebe se trata de un mártir. Desde que el terrorismo ha puesto a la religión en primera fila de la sedición, la gente sencilla no sabe a qué santo encomendarse. Andan despistados con todo lo que lleva un marchamo islamista. Atávicos como son, padecen la tragedia con filosofía y se abstienen de pensar demasiado en ello. «Después de mí, el diluvio», reza el viejo dicho. Y no hay peor soledad que la del náufrago.
Quizá un día pueda perderme sin miedo por los bulevares de mi ciudad. Mi sueño nocturno estará hecho de enternecedoras confidencias. Tendré unos críos que treparán por mi panza, y llevaré puestas mis gafas de sol como si estuviera en un crucero. Me podré permitir ir al teatro para reírme de mis propias desilusiones, o ir a comprar la leche al tendero de la esquina sin temer a los transeúntes. Sólo que no pienso volver a mirar a mis compatriotas con los ojos de antaño. Algo habrá hecho que se rompan mis ataduras. No guardaré rencor –no le queda espacio a mi pena–, pero no habrá melindre de cachonda que consiga reconciliarme con los que hoy considero mis potenciales sepultureros.
Mis sentimientos hacia mis amigos quedarán mitigados, y tendré con mis vecinos de piso la misma familiaridad que tengo con los indios de Wyoming.
Los supervivientes de esta puta guerra pordiosearán dentro de mi alma, como esos fantasmas que las tumbas rechazan y de los que las casas reniegan, y permanecerán suspensos entre cielo y tierra, demasiado culpables para poder acercarse a Dios y demasiado comprometedores para poder unirse a los hombres.
Ya nada será como antes. Las canciones que me encantaban no me dirán nada. Aquella brisa que callejeaba por los escotes de la noche dejará de mecer mis ensueños. Nada podrá alegrar mis escasos ratos de olvido porque nunca volveré a ser un hombre feliz después de lo que he visto.
Estoy rumiando mi amargo heno cuando el ordenanza viene a recordarme que el jefe está perdiendo la paciencia.
Con la delicadeza de un elefante consciente de su muerte inminente, levanto el culo del asiento y me chupo los sesenta y ocho escalones –el ascensor queda reservado para uso exclusivo del jefe– que llevan al tercer piso, dándole así una puntilla a mi reúma.
El jefe está repantigado tras su mesa de despacho. Comparado con el lujo ambiental, parece un monumento, pero cuando se le mira de cerca, no pasa de ser un monstruo de feria que se ha equivocado de carpa.
Ni siquiera se fija en mi saludo reglamentario. Sin decir palabra, empuja hacia mí un trozo de papel:
–No tengo tiempo de ocuparme de esto –me anuncia antes de seguir limándose las uñas.
–¿De qué se trata?
–El yerno del señor Ghul Malek...
–¿La antigua estrella de la República?... ¿Se lo han cargado?
Se sobresalta indignado; me explica:
–Inaugura su nueva residencia.
–¿Y para eso acude a la brigada criminal?
–Es una invitación. Yo no puedo ir. Tengo compromisos.
Como sigo sin enterarme, me pone al loro:
–Tú me representarás.
–Yo también tengo que currar –protesto a punto de echar las tripas ante la idea de flirtear con esa escoria elegantona, ese hijo de perjuro que odio todo lo que se puede odiar.
–¡Es una orden!
Tras lo cual le da un giro a su sillón y me da la espalda, ancha como el muro de Berlín. Retengo esta imagen con la esperanza de verlo caer a él también, pero sigo convencido de que los milagros sólo están al alcance de los buenos cristianos.
Me he tirado una hora revolviendo entre mi antediluviana vestimenta para dar con una corbata de colorines de cuando la nacionalización de los hidrocarburos.
Mina me contempla en el espejo. De vez en cuando dobla un mechón rebelde de mis greñas, le da un papirotazo a una mota de polvo sobre la chaqueta, tierna y llena de atenciones, demasiado enamorada para fijarse en la pinta de cateto integral que asumo con plena autenticidad.
–Pareces más joven.
Es probable: es un traje que llevaba en aquellos tiempos en que el régimen nos sacaba revoluciones a cada dos por tres con la estupenda habilidad de un prestidigitador. Por aquel entonces el tergal barato te daba un caché de socialista conformista, y los demagogos lo apreciaban aun cuando su reluciente alpaca rozaba la herejía.
Me meto en mi coche y salgo a toda mecha para Hydra, el barrio más elegantón de la ciudad.
Hydra, por los tiempos que corren, recuerda una ciudad prohibida. Jamás barba de integrista ha rozado sus mimosas, jamás el olor a pólvora ha podido adulterar las fragancias de la felicidad. Los ricachones locales viven como rentistas, con la panza bien llena y el ojo puesto en el bailoteo de las codicias.
Las guerras de Argelia tienen esa insondable singularidad, que consiste en que los beligerantes se equivoquen estúpidamente de enemigo.
Según su hoja salarial de funcionario virtual, el yerno del señor Ghul Malek apenas gana para alimentarse de bocadillos y comprarse una docena de calzoncillos por plan quinquenal. No obstante, su nueva morada no tiene nada que envidiarle al Club Méditerranée: más de tres mil metros cuadrados adornados con farolillos, guirnaldas y globos gigantescos. Hasta han acondicionado un parkingpara la ocasión, con unas filas interminables de cochazos de alto standing. Aparco mi proletario Zastava entre dos Mercedes, y cuando salgo me parece que ha encogido.
Un par de forzudos se me acercan para comprobar que no me he perdido desde Lesotho. Verifican en su lista y se afligen al comprobar que estoy en ella.
Me quedo un rato fuera para admirar el palacio del enchufado: una planta baja que haría babear a un emir de Kuwait y dos pisos de morirse un par de veces, ya puestos. ¡Cuánto mármol de ultramar, qué manera de llamar al asesinato!
Guardo un minuto de silencio por la memoria de los juramentos guerrilleros, de los mártires del saber y de mis ideales. Luego, con el valor de las huidas hacia adelante, subo la escalinata hollywoodiense con el entusiasmo de quien sube al cadalso.
Un payaso que se las da de mayordomo de importación me recibe como si fuera a ponerme una multa. Por poco se le descuelgan las cejas al contemplar mi atavío.
–Los criados entran por la puerta de atrás –me suelta como si fuera un decreto, muy estirado él.
–¿Entonces que leches estás pintando tú aquí?
Como ve que me empeño, da una palmada con unción mística. Se acercan tres cachas malcarados, con la cabeza cuadrada y la mandíbula tipo parachoques de vehículo blindado.
–Comisario Llob –me apresuro a decirles para frenar sus impulsos. El mayordomo, sorprendido y profundamente consternado, gime. ¡Pobre Argelia!
El salón es casi tan amplio como mi hiel. Noto como si mi úlcera creciera espontáneamente. Hay mucha gente. Cada cual se lo monta de pijo de toda la vida con la misma naturalidad con que sus padres destripaban terrones. Me esfuerzo en compararlos con pingüinos, embutidos como están en su austero esmoquin, pero no lo consigo. Están tan guapos, tan elegantes, tan felices. No hay duda, el mundo les pertenece; sólo amanece para ellos. La guerra que tiene al país asolado no tiene huevos de acercarse a sus feudos. Para ellos, es mera subversión.
Reconozco entre los invitados a unos cuantos peces gordos, el multimillonario Dahmán Faid, algunos diputados, el escritor Sid Lankabut, unas señoras ataviadas como árboles de Navidad, unas jovenzuelas que de buenas que están se la pondrían tiesa a una momia... Y yo ahí en medio, como una chinche sobre la alfombra de Aladino.
Por mucho que me digo que al menos soy honrado, con mi conciencia tan pancha, y que mis ahorros no están manchados de sangre, ni yo consigo creérmelo: por muy íntegro y sano que sea, al lado de esta gente valgo menos que un felpudo.
Rodeado de su corte de favoritos, Sid Lankabut deja de pavonearse cuando me ve. «Lo que me faltaba», leo en sus labios.
–Vaya, vaya –me arrulla un gaznate a mis espaldas–, ¿no es nuestro querido comisario?
Giro en redondo. Es Haj Garn. Su sonrisa de falso devoto me revuelve las tripas.
Haj Garn es uno de los más peligrosos filibusteros de nuestras turbias aguas territoriales. Sodomita notorio, se lo montaría hasta con un tubo de escape. Cuentan por ahí que nuestro eminente especialista en ciencias anales se la mete a todo lo que se mueve, salvo a las agujas de un reloj, a todo lo que se yergue, salvo a los postes de la luz, y a todo lo que se toca, salvo a los pianos.
Instintivamente, su viscosa pata me acaricia la muñeca antes de amenazar la parte baja de mis riñones. Retrocedo prudentemente. Ni siquiera mi edad y flacideces me pondrían a salvo de sus controvertidas costumbres.
–¿Siempre tan regordete, pollito de asador?
–Son los nervios.
Se atusa su canallesco bigote, detiene con recochineo su mirada en mi traje de cateto endomingado y se entristece:
–Tu honradez no te ha llevado demasiado lejos, queridito comisario. Espero que alguna vez que otra consigas llegar a fin de mes.
–A veces ocurre.
Suelta una risa tonta.
Se vuelve a fijar en mi vieja chaqueta, mi pantalón lleno de arrugas, mis zapatos ajados:
–Tu problema, Llob, es el estancamiento. Sigues siendo el mismo espantapájaros que hace treinta años. Qué penita. ¿Cuándo aprenderás a tener olfato?
–Me faltan narices para eso.
Menea la cabeza, tuerce la boca y me gruñe:
–Viejo, no quieres enterarte de que eres un puto pringado. Un día de estos ni siquiera te atreverás a enfrentarte al espejo. Si escupes al paso del tren, te llevarás tu propio escupitajo a la cara.
Se aleja.
Una especie de duquesa se fija en mí y me hace una comilla con el dedo. Miro atrás para cerciorarme de que no se trata de otro. La duquesa me dice no con la puntita de la nariz y me señala con insistencia. Luego deja caer sobre mí su pellejo de cachalote y me tiende una de sus aletas:
–¡Oh, comisario! –se regocija contoneándose como una serpiente–, por fin le tengo frente a mí, en carne y hueso, qué ganas tenía de conocerle. ¿Sabe usted que es mi novelista favorito?
–Lo ignoraba.
–Pues claro que sí, es usted el mejor. Tiene usted un enorme talento.
–Es porque no tengo un centavo...
–Eso no es cierto. No tiene nada que ver –retrocede y me mira de hito en hito–. ¡Vaya cara pone usted!
–Es que me falta jeta.
Echa su cabeza hacia atrás y suelta una risotada que desvela hasta los dibujos de su braga; luego, enternecida por mi pinta de envidioso frustrado, me coge el brazo y lo aprieta con fuerza sobre sus ubres:
–Escuche, comisario. Pienso organizar una gala, en casa, para lanzar mi asociación caritativa. Estaría encantada de recibirle junto con mis amigos.
–Es usted muy amable, señora...
–Lankabut, Fátima Lankabut, la esposa de Sid. Mis íntimos me llaman «Fa», como la marca de cosméticos. Otra cosa, comisario. Le ruego que perdone mi indiscreción, es que las mujeres somos así; ¿es usted realmente autodidacta?
–Sólo autóctono.
Me devora con la mirada. No hay duda de que la fascino. Pero preferiría profanar un mausoleo antes que desvelarle la parte oculta del iceberg.
La gratifico con una casta sonrisa y me apresuro en esfumarme entre la fauna privilegiada.
El yerno de Ghul Malek se abalanza sobre mí con la voracidad de una hormiga león.
–A pesar de todo, has venido –me suelta exultante–. Tu jefe estaba un tanto escéptico, pero yo estaba seguro de que acabarías dándote un voltio por aquí. Quizá tengas principios, pero tu curiosidad no tiene límites.
–Deformación profesional.
–¿Y qué –me señala su imperio–, qué te parece esto, te gusta mi gueto?
–Tú no te cortes. En el país de la impunidad, los tiburones deben llevarse las mejores tajadas.
Se ríe, me agarra por el codo y me arrastra en su estela.
–Ven, voy a presentarte a unos amigos. Quizá nos topemos con algún benevolente dueño de tintorería.
Sin darme tiempo a retocarme el turbante, me va exhibiendo como si fuera un trofeo surrealista ante una pandilla de prevaricadores orgullosísimos de su panza.
–Señores, tengo el placer de presentarles al madero más genial del país.
Los nuevos mandamases de Argel apenas me rozan con la mirada.
Mi venerado padre decía que no hay peor tirano que un burrero convertido en sultán. Pastores ayer, dignatarios hoy, los notables de mi país han amasado unas fortunas colosales, pero jamás conseguirán distinguir entre pueblo y ganado.
El más grande se da la vuelta y refunfuña:
–¿Esto es tu teniente Colombo?
El más achaparrado esboza una mueca despectiva y me pregunta:
–¿Cómo hace usted para conservar esa sonrisa por encima de una corbata tan hortera, comisario?
–Me basta con observarle.
A Su Alteza no le hace gracia. Me da un aviso:
–Ándese con cuidado, está usted hablando con un diputado.
Lo miro de arriba abajo sin pestañear. Si piensa ampararse en su inmunidad de gilipollas parlamentario ante mí, se pasa de optimista.
Mi huésped me lleva a empujones hasta una esquina y me sermonea:
–Tranqui, Llob, mis invitados no se andan con chiquitas.
–Ya me parecían a mí un pelín maricones.
–¡Cretino! Te doy la oportunidad de codearte con gente montada, y tú te portas...
–Tengo una úlcera –interrumpo.
–¿Y qué?
–Mi médico me ha prohibido comer esa clase de pan.
–¿Prefieres el pan negro?
–Desde luego.
–Pues quédatelo para ti.
Tras lo cual se arrima a un alcalde corrupto y me deja ahí tirado.
No me encuentro a gusto. Intento aclimatarme, pero no es nada fácil. Este ambiente mágico envuelto en música comisqueada por las risitas y languideces de putones piripis, los espléndidos cochazos repanchigados en el aparcamiento como si fueran vacas sagradas, el fasto y la inconmensurable fatuidad de los peces gordos, la luna llena sobre un fondo celeste, el frufrú beatificante de esos fortunones; aquí todo me da ganas de vomitar.
Ésta no es la Argelia que yo conozco.
En mi país, los cementerios están llenos a rebosar de lágrimas y de sangre, los valientes rozan los muros para preservarse del mal de ojo... Y aquí, en este Taj Mahal para eunucos revanchistas, todo va como la seda. Ni el menor contratiempo o sentimiento de inseguridad. Los piratas de mi patria se han montado un microcosmos estanco y aséptico, y en espacios de prosperidad como éstos hasta las cucañas me imponen más que los monumentos.
Recojo mis complejos de estafado, vuelvo a agarrarme al volante de mi coche, choco queriendo con la aleta de uno de esos cochazos –desgraciadamente es mi Zastava el que paga el pato– y tiro hacia la ciudad alta en busca de una bocanada de aire, sin duda viciado aunque menos contaminado.
Estoy en mi sillón desvencijado y miro cómo va amaneciendo sin prisas. Los disparos y las sirenas no han parado de tocar a rebato durante toda la noche. Las llamas se han tragado un almacén en la parte alta del barrio. Una bomba ha estallado detrás de la colina. Luego hemos tenido esa jodida corriente que se dedica a chinchar a los espíritus de los portazos de mi edificio y que me obliga a mantenerme al acecho hasta el alba.
Desde mi ventana puedo ver la miseria desconchada de la Casbah, su negrura de enjuague y, más allá, el Mediterráneo. Hubo un tiempo en que, desde mi mirador de patriota celoso, me parecía que la nobleza nacía en esas casuchas magulladas por la guerra y los desengaños, que sus callejuelas laberínticas portaban la esencia del valor. Era el tiempo en que Argel tenía la blancura de las palomas y de las ingenuidades, en que los horizontes de la tierra venían a limpiarse de todo pecado en las pupilas de nuestros críos. Era el tiempo de los eslóganes, del chovinismo; el tiempo en que la mentira, como un abuelete mítico, sabía piropearnos mientras caía la noche sobre una jornada de lamentable nulidad.
Hoy, bajo los escombros de los abusos, la nación se remanga la falda para parir unos terroríficos engendros, y mi remanso de orgullo gana en fealdad a la más horrible barbarie.
Hoy en día, en mi país, a escasas brazas del punto de no retorno, están ametrallando a niños sólo porque van a la escuela, y decapitando a chicas porque de alguna manera hay que acojonar a los demás.
Hoy en día, en mi país, a escasas oraciones de Dios, hay amaneceres que sólo salen para irse, y noches que sólo son negras para identificarse con nuestras conciencias...
Pero qué puede esperarse de un sistema que, al día siguiente de su independencia, se apresuró en violar a la viuda y a los huérfanos de sus propios mártires.
Mina se menea bajo la manta. Su voz de madona me llega en forma de soñoliento soplido:
–Ven a acostarte.
–Son las seis.
Se alza sobre un codo y me echa una mirada de desamparo.
–Me preocupas.
–Tienes razón en preocuparte, no tengo seguro de vida.
Soy consciente de mi maldad. No puedo evitarlo.
Pero sé que me estoy jugando el pellejo a diario y eso me jode.
Lino me intercepta en la entrada de la comisaría. El cristal derecho de sus gafas está hecho una telaraña.
–Lo he pisado –me confiesa para suscitar mi compasión.
–Eso demuestra que aún sigues en pie.
Me señala con gesto tembloroso la sala de espera:
–Ait Mezián lleva una jodida hora esperándote.
–¿El gran cómico? –pregunto entusiasmado.
El Ait Mezián que languidece en la espera no tiene nada que ver con aquel saltimbanqui, rey de las candilejas: una miserable piltrafa tan descompuesta como su sombra, con la noche en la cara.
Mira fijamente la punta de sus zapatos, con los dedos de las manos inextricablemente trenzados.
–¿Qué te ha puesto así? –le pregunto para que se vaya espabilando.
Me tiende un sobre sin decir palabra. Es una carta con amenazas, firmada por un tal Abú Kalibs. Conmina al artista a que deje de hacer el idiota en el teatro y de frecuentar a esos malvados intelectuales, y a que entregue al muftí, como contribución, la modesta cantidad de cien mil dinares.
Me siento frente a él e intento torpemente tranquilizarlo:
–Será cosa de un bromista.
Mezián esboza una sonrisa forzada:
–¿Y tú crees que las cosas están para bromas por aquí?
No sé bien qué hacer. Hay un montón de gente en su situación. Al principio, se les asignaba unos polis discretos para vigilar los alrededores, pero al aumentar cada vez más la demanda y ser cada vez más humillantes nuestras pérdidas, cada cual intenta apañárselas como buenamente puede y sólo confiar en la baraka del anciano de la tribu y en la torpeza de los verdugos.
–Llob, tú me conoces. Hemos sido niños juntos, nos hemos pateado las mismas aceras. No soy de los que salen corriendo cuando una pulga se les cuela en la cama. Pero esta vez siento que me van a quitar la sonrisita de la cara.
Meneo dubitativamente la cabeza, y no se me ocurre una sola palabra de aliento.
–Yo no me meto en política. No mantengo ninguna polémica. Sólo soy un militante de la risa, Llob. Mi única preocupación es relajar a la gente y que se divierta...
–Sobre todo no intentes echarte la culpa, Ait. No es eso lo que les motiva.
–¿Qué debo hacer, mis maletas o ponerme a rezar? –se impacienta.
–Que no cunda el pánico. Alguna solución habrá. Tienes amigos en Orán, o en Constantina. Piérdete una temporada y dejemos que pase la tormenta.
–Darán conmigo..., y me quitarán de en medio.
–Lárgate a...
–No –exclama–. No me pidas que me exilie en Europa. Ya sabemos que los de la otra orilla son buena gente, pero soy incapaz de vegetar veinte kilómetros más allá de mis barrios de viviendas de protección oficial... Además, no sé por qué he venido a darte la lata, cuando sé que estás desbordado.
Se levanta como un telón sobre unas tablas condenadas a la vergüenza. Los bastidores de su alma despellejada parecen haber alcanzado oscuridades abisales. Siento vergüenza al verle irse así, frustrado y perdido, como una esperanza que se deshilacha justo cuando se fosilizan las conciencias.
Cuando Ghul Malek me ordenó que pasara a verlo por el 13 de la calle de las Pirámides, estaba poco menos que a punto de ahogarme en mi vaso.
Miembro influyente de la antigua nomenclatura, Malek ha sido un Gran Hermano especialmente temido en tiempos del partido único. Cuando salía en la tele, de nada servía atrincherarse tras las cortinas. Sus prerrogativas consistían en la ejecución sumaria de las «ovejas negras», en modificar las leyes, en el aborto tanto de mujeres como de proyectos de sociedad; en fin, hacía y deshacía a su antojo.
Desde la histeria de octubre de 1988, hace como si se hubiera retirado de la competición. En realidad, sigue moviendo los hilos desde su majestuosa mansión de Hydra, y aunque ya no sale por la pequeña pantalla, su fama de malo sigue fantasmalmente presente entre la gente.
Así que cuando resonó su voz al teléfono, se me helaron los mismísimos, si me permiten la expresión.
Llego al 13 de la calle de las Pirámides un poco antes de las diez de la noche. Llueve con rabia. Unos rayos esquizofrénicos anatemizan a un barrio de Hydra soberanamente impasible.
Mi tartana pisa la gravilla de un camino bordeado por coníferas durante un centenar de metros antes de detenerse ante el palacio.
Tardo un montón en localizar el timbre entre tantos botones que adornan el cuadro de mandos de la entrada.
Se abre la puerta para dejar paso a un gorila albino.
–Comisario Ll...
–¡Limpie sus zapatos en el felpudo!
Un tono autoritario, de muy pocos amigos.
Con calma, me limpio mis viejos zapatos. Cuando empiezo a quitarme el abrigo, el gorila me para en seco:
–Puede dejárselo puesto, señor, la entrevista será corta.
–Así lo espero, Blancanieves, así lo espero.
Mi sangre de erguez se me vuelve nitroglicerina. Pero el animal no se deja impresionar, y tras echarme una mirada reductora, se aleja hacia una puerta acolchada.
Me relajo contemplando detenidamente el lujo apabullante, me fijo en una estatuilla africana y me acerco para mirarla mejor.
–Cuidado con la alarma –chasquea una voz a mis espaldas.
El señor Ghul Malek está erguido como un elefante en medio del vestíbulo. Se parece a Orson Welles, sin su talento, claro está. Viste un amplio batín escarlata y sostiene un puro en su mano adornada por un anillo como una concha de grande.
Esbozo una sonrisa puramente profesional y tiendo una mano que permanecerá bochornosamente suspendida en el aire.
El antiguo Manitú me esquiva y se inclina hacia la estatuilla.
–Se largó usted demasiado pronto de casa de mi yerno la otra noche.
–Mi corbata me tenía indispuesto, señor.
Suelta un gruñido y, refiriéndose a la estatuilla:
–Jamás entenderé por qué una antigualla como ésta te llega a costar un ojo de la cara.
–El descontrol de las fortunas, se supone.
Disimula como puede un mohín.
–¿Usted entiende de artes plásticas, comisario?
–A veces consigo distinguir entre Dalí y un pintor de brocha gorda.
Asiente con la cabeza.
–Dicen que es usted un hombre piadoso, señor Llob.
–No hay nada malo en ello.
–¿Islamista?
–Musulmán.
–Toma ya...
–Señor, son más de las diez y quisiera regresar a casa antes del toque de queda.
Se da la vuelta con toda calma y me mira de hito en hito:
–También dicen que es usted un buen sabueso.
–Eso demuestra que la gente habla demasiado.
De repente me coloca una foto delante de las narices:
–Mi hija Sabrina.
–Muy bonita.
–Ha desaparecido.
Hago un gesto con la cabeza. Sin motivo, supongo que por costumbre unipartidista.
–¿Le da por fugarse?
–No tenía ningún motivo para hacerlo.
–Ya veo. ¿Ha desaparecido hace...?
–Tres o cuatro semanas.
–¿No está en casa de amigos, de familiares?
–Comisario –me dice con tono cansino–, lo he elegido a usted porque no quiero que esta historia se sepa por ahí, eso por un lado. Y por otro, mi hija nunca se ausenta sin dejarme unas señas. También sabe usar un teléfono.
–Creo...
–Gracias, comisario, ya puede usted retirarse.
El gorila enharinado llega a punto para acompañarme hasta la puerta.
–Lo siento, pero con sólo una foto...
–Más que de sobra cuando se es un buen sabueso. Buenas noches.
Desaparece tras la puerta acolchada con su indolencia de paquidermo.
–Sígame –me eructa el albino en el cogote.
Lo sigo, muy dócil. Cuando llegamos al umbral, saco un billete de diez dinares y se lo meto en el bolsillo:
–Cómprate una cara menos jorobante, pedazo de yeti.
El albino, imperturbable, recoge el billete y me lo mete en la boca. Antes de poder sacarlo, ya me ha dado un portazo en las narices.
Los Limbos Rojos es un cabaret agazapado en la esquina de la calle de los Laureles Rosas. Lugar de encuentro del pijerío de Argel, ofrece un mostrador rutilante, una amplia pista de baile, unas mesitas finamente decoradas y unos escondrijos de máxima discreción. Sirven licores de importación, faisán trufado y, para quien guste de la languidez de los paraísos artificiales, unos porros que son pura delicia. Tratándose de un coto vedado, allí se puede uno topar con altos funcionarios aficionados a los efebos –no por nada se te cuela por las narices un subrepticio olor a vaselina–, señoras de chumino inquieto y un montón de personajes interesantes. El menú es copioso y la cuenta brutal, para que la cosa quede como más íntima. Si no está usted en la onda, ni siquiera intente colarse.
Un gigoló con musculitos de gimnasio monta guardia en la entrada. Nada más verme la jeta, por poco se cae redondo por mi insólita presencia. Me ladra:
–¡Oye tú, chalán, el mercado del ganado está en la otra punta de la ciudad!
Ignoro sus ladridos, lo empujo a un lado y me meto en este antro de íncubos. Unos lacayos cumplen celosamente su cometido. En silencio. ¡Qué bonito es todo esto! De las paredes aterciopeladas cuelgan cuadros pornográficos, lamparillas de diseño fálico: todo muy estimulante.
Una mujer casi desnuda aparece tras una cortina, con moño de vieja y cara de pocos amigos. Rinde hasta mis pies sus encantos de víbora. Como hace tiempo que no me empalmo a la primera, su sonrisa no me conmueve en absoluto.
–¿Desea algo? –me dispara.
–Para mí, poca cosa, pero para ella (le enseño la foto de Sabrina) no estaría mal. Parece ser que recala bastante por aquí.
–Muchas lo hacen.
–¿La reconoce?
–¿Se supone que debería...?
–No ha vuelto a casa.
–No solemos llevar a nuestros clientes hasta su casa. ¿Algo más, inspector?
–Comisario..., comisario Llob.
Mi fama no ha llegado a sus oídos, la muy inculta...
–Si no le importa, sólo faltan tres horas para abrir y tengo dos equipos que instalar.
Regresa tras su cortina sin esperar mi permiso.
–¡Y ahora, lárguese de aquí, arreando! –masculla el musculitos de gimnasio, y me va empujando descaradamente hasta la calle. ¡A mis años!
–¿Y qué? –pregunta Lino poniendo en marcha el coche de servicio.
–Más jodido que encontrar un carnicero honrado en Ramadán.
–¿Qué hacemos?
–¿Tú qué crees?
El Cinco Estrellas es un hotel flamante. Puro cristal ahumado. Con sus once pisos dominando la colina y la ciudad, parece un mausoleo futurista. Dicen que iba para hospital y que, al llegar al sexto piso, las buenas intenciones se esfumaron. Alguna gente bien ubicada se metió por medio y, antes de llegar al noveno, los documentos cambiaron tanto de contenido como de manos, de modo que, cuando su inauguración, en vez del himno nacional, los invitados tuvieron una estupenda velada rai.
Total, que el populacho sigue reventando en inverosímiles dispensarios-pocilga... ¡Y qué! Qué gano con ponerme chulo, un poli de mierda como yo, un bocazas y un don nadie cuyo único estatus a su medida es el de diana para tiro al blanco.
La señorita Anisa, con su rebosante pechuga y su preciosa carita, es una muñeca de ensueño. Si se la intenta ligar ni se inmuta. Y su sonrisa inocentona haría correr a un lisiado como si lo persiguiera la sirena del toque de queda.
Nos recibe en su suite, amablemente cedida por un administrador filántropo y amante de la juventud, de esos que sabe parir como nadie nuestra amada patria.
–¿Sí? –nos trina sentándose a sus anchas en un canapé.
–No estaba cuando pasaron lista.
–¿Quién?
–Sabrina Malek.
–Estoy al tanto. El chófer de su padre pasó a verme hace unos días.
–¿Qué quería?
–Pensaba que era amiga mía.
–¿No era tu amiga?
–Me basta con mis clientes.
Lino garabatea algo en su bloc de notas. Dice que resulta más serio.
–¿Conoces al papá de Sabrina?
–Tiene un chófer albino que conduce un Mercedes.
–¿Eso es todo?
–Eso es todo.
Miro a Lino y éste mira su bloc de notas.
–Ese oficio tuyo, ¿de qué va exactamente?
–El más viejo del mundo.
El teniente alza la cabeza, todo oídos.
–¿Sabrina ejercía el oficio?
–No creo. Es la típica niña mimada. Le encanta dar por saco a su gente. Estoy segura de que sólo viene por el barrio para ver cómo la gente se coloca. Una chica inestable, esta Sabrina.
Luego detiene su mirada de muñeca inflable en un reloj de pared y suelta, melindrosa:
–Voy a llegar tarde, comisario. Me tengo que dar un retoque. Esta noche va a haber mucha gente y tengo que darme prisa para estar en primera línea.
–¿Cuándo la viste por última vez?
–Es difícil recordarlo –dice levantándose–. ¿Por qué no pregunta usted en Los Limbos Rojos?
–La patrona dice que no se acuerda de ella.
–¡Qué raro! Yo creía que eran hermanas siamesas.
Regresamos Lino y yo a la calle de los Laureles Rosas. La patrona casi se atraganta con su dentadura postiza cuando la pillo cambiándose, un hilo entre las nalgas y las tetas al aire.
–¡Oiga, que esto es privado! –protesta.
–Ya se nota.
–Comisario, le ruego que se comporte.
–Eso mismo le diría yo.
El cachas intenta ponerme en mi sitio. Le hago una finta con la izquierda y le arreo un viaje en las bartolas. Atónita ante mi procedimiento de urgencia, la puta de lujo abre la boca como si fuera a tragarse el quinto miembro de un caballo.
–Pero bueno, ¿qué es lo que quiere usted?
–Proseguir con mi investigación.
–¿Tiene usted una orden?
–Sólo un cheque sin fondos.
Se irrita, agarra el teléfono y marca un número que me resulta familiar.
–¡Eh, que está usted llamando a la pasma!
–Mejor todavía, comisario, llamo a su director.
¡Nada menos!
No insisto.
Le meto otro viaje al chuloputas –para demostrarme que no soy el último mono– y me largo de ahí.
Por la tarde me llama Ghul Malek. Está cabreado. Por un momento pensé que su mano iba a salir del auricular y agarrarme por el pescuezo. Lino, que vio cómo me iba achantando, pensó que me daba un infarto.
–¿Le pasa algo, comi?
Con mi mano libre le ordeno que cierre el pico mientras asiento servilmente con la cabeza, desgranando un rosario de «sí, señor...».
–Quiero verle en mi casa dentro de media hora –truena la exdivinidad.
–Sí, señor... Ahora mismo, señor... Ya estoy de camino, señor...
El gorila albino nos abre. Descuelga un micro con gesto de hastío y anuncia:
–El comisario Llob, señor. No está solo... Sí, señor.
Cuelga el micro y me señala un pasillo.
–Al fondo.
Paso. Lino no tiene suerte. En el momento en que se dispone a cruzar la puerta el albino lo catapulta hacia atrás.
–Tú no, escuchimizado. Sólo el gordinflón.
Me dispongo a lanzar la izquierda, pero no le echo morro y me corto.
Lino se pone triste. Parece un crío a quien han castigado sin cine.
–Puede esperar perfectamente en el salón –protesto.
–¿Está desinfectado? Entonces, que se quede fuera.
Y se eclipsa.
Oigo a Lino gemir tras la puerta. ¡Pobre cachorrillo! Se me parte el alma.
Ghul Malek se relaja sobre una silla de mimbre, al borde de una piscina en forma de trébol. Su tripón de chupador de sangre del pueblo se desparrama sobre sus rodillas. Al oírme arrastrar los pies sobre las losas del caminillo, se camufla tras unas gafas de sol y se lleva un habano a su boca de alcantarilla.
–Lo siento por su compañero, a él no he pedido verle.
–Es mi compañero de equipo, un oficial de policía.
La audacia de mi enfurruñamiento le disgusta. Queda claro que no está acostumbrado a tolerar las observaciones descorteses. Se quita las gafas y me lanza una mirada tan significativa que por poco me cago encima.
–Va a haber que meterle la chola en una nevera, comisario.
–¿Por qué, señor?
–Para refrescarle la memoria. Le recuerdo que he exigido la mayor discreción.
–Es mi lugarteniente.
–Quíteselo de encima.
Tras un silencio sepulcral, brama.
–Otra puntualización: no se le ocurra volver a poner los pies en Los Limbos Rojos. Es un lugar selecto y reservado. De todos modos, mis hombres ya han tanteado esa pista y no han sacado nada. Tampoco busque del lado de mi familia. Tengo un hermano envidioso y unos primos zaheridos, y Sabrina desconoce hasta su existencia.
–Ya sólo me queda solicitar los buenos oficios de una echadora de cartas, señor.
–Ése es problema suyo.
–¿Su hija corre algún peligro?
Se le junta toda la cara en una mueca de indignación:
–Peligro, ¿y eso qué es, comisario?
Vuelve a ponerse las gafas y me ignora.
Se acabó la entrevista.
El albino me saca fuera casi manu militari. Una vez en la escalinata, le señalo su chaqueta. Cae en la trampa de ese truco inmemorial para tontos, baja la cabeza para ver de qué va el tema y se la vuelvo a enderezar de un papirotazo en la napia. En lugar de tomárselo deportivamente, el muy cabrón me lanza un derechazo en la prótesis y me manda a hacer piruetas escaleras abajo.
Lino acude para levantarme.
El albino nos mira un momento de arriba abajo antes de cerrar la puerta.
–Me ha pillado a traición –explico a Lino.
–Ya veo –dice compasivamente el subordinado.
–Un día, lo prometo, le meto mi 43 por el culo a ese cebú lechoso.
Lino se presta a asentir con la cabeza, poco convencido.
Bliss Nahs viene un poco a ser nuestro sismógrafo. Cuando está tras su mesa de despacho sin dar golpe es buena señal: puede uno beberse a sorbitos su té sin problemas. En cambio, cuando infesta los demás servicios y se sienta de medio culo sobre una mesa para contar siniestras anécdotas soltando espumarajos por la boca, entonces es que nos han echado un sortilegio.
Este tipo es un mosquito, no hay manera de amaestrarlo. A falta de valer para otra cosa, lo que mejor se le da es cortar el rollo a los demás.
Sospecho que el director me lo ha encasquetado para tenerme bajo control. Desde que tengo en mi estela a este pájaro de mal agüero, ni siquiera puedo tirar de la cadena del váter sin que se enteren los de arriba.
Esta mañana está en trance, por lo que me apresuro a escupir debajo de mi camisa para conjurar los influjos maléficos.
Lino finge estar poniendo orden en sus cajones con la manifiesta intención de evitar las salpicaduras del mal de ojo. El inspector Serdj, fatalista incurable, farfulla unos encantamientos. La secretaria Baya se encuentra en estado de choque; acaba de darse cuenta de que su espejito está agrietado.
–Comisario –ulula Bliss–, no te vas a creer...
Agito la mano delante de mi cara para evitar su aliento de pájaro de mal agüero.
–¡No tengo tiempo!
–¡Coño, que tampoco soy un apestado! Tengo mi amor propio.
–Pues sí que apestas, viejo, así que cambia de detergente.
–Tengo derecho al mismo trato que los demás colegas. No es justo que se me trate así. Estamos en guerra, joder, y hay que echarse una mano.
Regresa a su nicho para rumiar su mala sombra.
–Ya empezaba a tener tortícolis –gime Lino al salir de su barricada–. Este búho acabará reventándome la hiel. Dime, comi, ¿no hay nada que puedas hacer para largarlo de aquí?
–Imposible. Tiene una hermana en la administración que deja que se lo hagan por delante y por detrás.
Baya se tapa la cara con las manos como si estuviera escandalizada.
Ordeno con un gesto de la cabeza a mis esclavos que me sigan. Cuando estamos solos, espero sus informes.
Como tiene mayor graduación y es el más ambicioso, Lino empieza. Hojea su libreta. Sé que no hay nada escrito, pero ese tipo de fantasmada consigue relajarme.
–Sabrina Malek, rubia con ojos verdes... ¿Dónde puñetas lo he puesto, dónde puñetas...? Ah, aquí la tenemos, página 19. Esta niñata tiene un reactor en el culo. No sabe quedarse parada. En el colegio no la tienen por una lumbrera, con esa pinta de calentona...
–La última vez que la vieron fue hace tres semanas –añade Serdj–. Andaba con un tal Murad Atti, proxeneta en sus ratos extrapenitenciarios.
–Según sus compañeras de clase, se largaba cada dos por tres. Jamás acababa sus cursos. Era una tía problemática. No la querían demasiado.
–Tenéis que encontrarme a ese Murad At...
No he acabado de articular el apellido cuando una formidable deflagración sacude el edificio. De inmediato se nos echa encima una jauría berreante presa del pánico. Lino se queda petrificado, con las gafas en equilibrio sobre la punta de la nariz. Aparto a Serdj y salgo pitando por el pasillo. Desde el tercer piso, el director grita como un descosido. Nadie le hace caso. Todos se abalanzan hacia el patio, lívidos y despavoridos.
Fuera, un cielo anémico se aplica en remendar las nubes. En la calle, los mirones se atropellan en torno al drama sin saber de qué va. Un coche arde patas arriba. Una humareda negra zigzaguea por las fachadas. Unos cuerpos dislocados se desangran sobre el adoquinado.
–Un coche bomba –balbucea el policía de guardia–. El crío ha volado como si fuera un rescoldo.
Alguien va pidiendo a gritos unas ambulancias. Esos gritos nos despabilan. La gente empieza a salir de su estupor y va descubriendo sus heridas y demás horrores. Cunde el pánico. En pocos minutos el sol se tapa la cara y la noche –toda la noche– se instala en pleno corazón de la mañana.
Mina me ha preparado un sopa de cebolla. Es mi comida preferida. Estoy sentado en silencio y miro el plato sin verlo. La idea de comer me produce náuseas. Me basta con cerrar los ojos para que el coche bomba explote dentro de mi cabeza y que su onda expansiva me produzca un hormigueo en las pantorrillas.
No recuerdo quién me ha traído a casa, sólo que no conseguía que mi Zastava arrancara. El espectáculo de los cuerpos despedazados y del niño descoyuntado en el agujero me obnubila la mente.
He visto un montón de cadáveres durante mi jodida carrera. Uno se acaba haciendo a todo. Pero un niño muerto es antinatural. Nunca saldré entero de ésta.
Mina ha tenido la amabilidad de no hacerme preguntas. Ha aprendido a no molestarme en la desgracia.
Mis hijos están en el salón. Evitan sentarse a la mesa, entablar conversación conmigo. Se saben de memoria mis cambios de humor y me reprochan que les estropee sus escasos momentos de respiro. Mi hija se pone nerviosa nada más verme aparecer. Basta con que carraspee para que se acurruque sobre sí misma.
No hay nada que me produzca mayor frustración que ver a mis hijos sobresaltarse cuando sólo intento pedir un vaso de agua.
¡Qué asquerosidad de guerra!
Aparto el plato y me refugio en mi cuarto. Mina me sigue. Su mirada de reproche me emociona. Se sienta sobre mi espalda y me hace un masaje de cuello. Antes, cuando me hacía esto, era una terapia. Esta noche cada uno de sus roces me hiere como una mordedura.
Me doy la vuelta hacia la ventana. La noche segrega su bilis sobre la ciudad. A lo lejos, una ráfaga desata el delirio.
Llevo un buen par de horas jorobándome los codos sobre el mostrador mugriento de un café, en la esquina de la calle de las Revoluciones.
Encaramado en lo alto de mi taburete, me caliento las manos con una taza de té ya casi frío. Mi reloj marca las ocho y media de la tarde, y Murad Atti sigue sin aparecer.
Lino está sentado en una esquina, metido en un mono de trabajo para hacerse pasar por albañil desocupado. Está que se caga de miedo. El barrio no tiene fama de tratar con cariño a los polis.
El dueño del café es un tipo canijo. Tarda más en servir a un cliente que un aduanero local en dejar pasar a un viajero. Podría parecer bonachón si no llevara ese asqueroso puerco espín en la jeta: una barba subversiva que hace que su proximidad resulte azarosa.
A mi alrededor, una recua de abueletes le dan al palique a la vez que hurgan metódicamente sus narices. Más allá, unos adolescentes afilan sus miradas sobre el depresivo ambiente. Tienen las cejas gachas, los labios agresivos, y padecen su exclusión como quien asume un embarazo psicológico.
Son las nueve.
Voy a telefonear a Mina para tranquilizarla. Cuando regreso, me encuentro con un individuo cómodamente sentado en mi sitio, con sus manazas alrededor de mi taza.
–Ya sabes –me dice con cara de guasa–, si me ausento pierdo mi asiento.
–Sí, pero al que vuelve se le devuelve.
Con el dedo, reconoce que acabo de marcarme un punto y retira su corpachón de mi taburete.
Al dueño del café no le ha hecho gracia. Saca brillo hoscamente al mostrador y aprovecha para confiscar mi brebaje.
Lino me señala su cuenta-horas, cosa de que no me olvide de que el toque de queda sigue vigente. Le indico con un gesto que corte el rollo.
Murad Atti asoma por fin su jeta, con una mochililla bajo el brazo. Saluda a un revendedor de cigarrillos que ha desplegado sus míseros trastos en la entrada del café, echa una visual a los alrededores, detiene su mirada sobre mí, luego sobre Lino, sospecha de nuestra pinta. No le da tiempo a abrirse. Serdj se pega sobre la marcha a su trasero.
–Tranquilo –le susurra.
Murad esboza una maniobra de diversión. Se convence cuando lo apunto con mi pipa. En un santiamén lo metemos a empellones en el asiento trasero del Peugeot de servicio y nos las piramos a toda pastilla.
Por la manera en que el populacho ha apreciado nuestro tejemaneje, no me parece oportuno volver a pisar la zona.
Haj Garn no necesita suero de la verdad para que se le vea el plumero. Es la encarnación misma de la falsedad. Sus sonrisas, sus risotadas, sus obscenas palmadas a la espalda son puro paripé.
Procede de esa clase de gentuza que ha conseguido montárselo sin por ello deshacerse de sus piojosos orígenes. Analfabeto pluridisciplinar, se empeña a pesar de todo en aparentar una compostura acorde con su fortuna. Por desgracia, el jodido pasado sigue ahí, en el gesto de patán arisco, y recuerda a un mono de circo cuyo disfraz de botones no consigue ocultar las muecas.
–No esperaba verte en mi casa –me espeta pegándose viciosamente a mí.
–He venido a regodearme en tu pocilga.
–Ya me parecía a mí.
Que yo sepa, Garn curraba como latonero para un colono. No tengo ni zorra idea de cómo ha podido montar su imperio. Jamás se la ha jugado. Durante la guerra de 1954-1962 no se despegó de su soplete. Tras la independencia, se las apañó para conseguir una ficha municipal y se apuntó a un kasma. Los militantes lo adoptaron diligentemente, y en ese nido de víboras fue donde se inició en el mangoneo.
Cada vez que intento captar la alegoría de tamaña ironía, acabo concluyendo que una desafortunada inversión en las páginas de la Historia ha incapacitado a la sociedad argelina para la apreciación.
–Que sepas que no eres bienvenido en mi casa –me avisa. Ya me lo parecía a mí también.
No se aparta para dejarme entrar.
–¿Cuál es tu problema, polizonte? ¿No te dolerá el culo cuando se la meten a tu fulana?
–Es sobre todo la de los demás lo que me da por culo.
–Tienes derecho a ser polígamo, así que no tienes por qué cortarte.
–Me voy haciendo viejo.
–Hay hospicios por ahí, ¿sabes? Supongo que no habrás venido para que te compadezca, por ahí no tienes nada que rascar. No trago a los polizontes.
–No, no he venido para que me compadezcas, Haj.
–Si estás a la cuarta pregunta, cuidado con equivocarte de bando.
Me amenaza con la mirada.
–Bueno, ¿y qué?
–Murad Atti dice que trabaja para ti.
–¿Quién es ese capullo?
–Un chuloputas.
–Bueno, ¿y qué?, los tengo a montones.
–Estaba llevando a una chica que ha desaparecido, una tal Sabrina Malek.
Hace una mueca que le llega a la oreja.
–Mira, pollito mío, los aguafiestas como tú me la traen floja. Tus insinuaciones me las paso por el forro. Por si no lo sabías, hago trampas el doble de lo que respiro. No se me escapa una sola movida y saco tajada de todo. Soy el monumento vivo a la podredumbre. Y para mí eres una mierda. Porque tu placa de madero sólo sirve para que te pongan un número, gilipollas. Porque no das la talla. Porque esto es lo que hay, y no otra cosa.
Ya les dije a ustedes que era un patán. Ni la menor cortesía.
Hay que reconocer que en el país abundan los tipos como él, convencidos de que la ley es asunto de los demás; unos tipos tan seguros de su impunidad que cuando se les aparece un guardia, aquello se les antoja como una anomalía, como si la cosa les sonara de algo.
Miro hacia Lino, que se ha quedado en el Peugeot. Me limpio febrilmente la frente con un pañuelo.
–Oye, me has zarandeado a base de bien –le confieso–. Joder, me has fundido los plomos. Jamás me habían puesto en mi sitio de esta manera. Me has dejado hecho una puta mierda... Presumo que no sacaré nada de esta entrevista.
–Y puedes dar gracias de salir entero.
Sube por su escalinata, se toma un tiempo antes de añadir:
–La próxima vez, comisario, llama primero por teléfono. Prefiero atender a los castrojos en una tasca para no hacerles cambiar de ambiente. En casa sólo recibo a mis amigos.
–No se me olvidará, te lo prometo.
Cierra de un portazo.
Vuelvo junto al coche. Lino adivina que acaban de darme un repaso y, por una vez, no dice esta boca es mía. Arranca sin hacer preguntas, mirando hacia adelante como un buen chico.
A los cien metros, le ordeno que tenga a bien poner la marcha atrás. Ahí tampoco hace preguntas y obedece, como un buen chico.
Vuelvo a llamar al timbre de Haj Garn, y ni le dejo tiempo de ver quién es. Apenas asoma su jeta le lanzo un derechazo justo en el sitio donde sus amantes lo arrullan con zalamerías. Se descuelga como un cortinón y mide el suelo del vestíbulo, boquiabierto y con los brazos en cruz.
Satisfecho, me ajusto el abrigo, me masajeo el puño y regreso junto a Lino, que ya me imagina crucificado en el altar de los sacrilegios.
Al verme entrar, el jefe pone sus manazas sobre la mesa. En la pantomima convencional, esto significa que valgo menos que una mierda en un descampado.
Tras un silencio significativo, brama:
–¿Cuándo vas a sentar la cabeza, Llob? Me cago en la leche, ¿cuándo aprenderás a no morder al vecino cuando te quitan la correa? No estamos en el Oeste...
Me callo, conforme a los artículos 13 y 69 del Reglamento de la Seguridad Nacional, que estipulan: «Cuando un jefe te monta una bronca, pedazo de capullo de subalterno, tú cierras el pico, no vayas a mearte encima y a cagarte patas abajo».
–Contigo, uno ya no puede volver tranquilamente a su casa. No puedo ni permitirme una hora de relax. Apenas me doy la vuelta, me soliviantas a toda la ciudad.
–No he entendido bien eso de la correa, señor director.
–¿Cómo te has atrevido a ponerle la mano encima al honorable Haj Garn?
–Ha sido al intentar sonarme, señor director. Soy horriblemente torpe cuando estoy resfriado.
Me da la impresión de que me he pasado de rosca porque el dire se levanta y da un puñetazo sobre la mesa. Como a pesar de todo sigue habiendo alguna justicia en este mundo, yerra la carpeta y su puño de porcelana se estrella contra el cenicero.
Lo dejo que se lama los dedos cascados, tieso como una cuerda, la barbilla a noventa grados.
El director recupera un poco el color a medida que va pasando el dolor. Vocifera:
–Va a poner una denuncia. No haré nada para disuadirle. Y dejaré de cubrirte. Porque quiero ver cómo se te viene esta encima, Llob. Hace tiempo que te la andas buscando, y por fin has encontrado la horma de tu zapato...
Su voz gangosa me agota. Resulta difícil intimidar a un tío quemado cuando le hablan con la nariz.
Me lo tomo con calma. Por mucho que me intereso por una pareja de gorriones sobre un cable de electricidad, en el patio, no consigo tomar el vuelo.
El director va ordenando su diatriba. Se seca la cara con un retal de seda. Tras un jadeo, me propone:
–Vas a telefonearle ahora mismo para pedirle excusas.
–Eso ni soñarlo.
–¿Qué has dicho?
–Que ni soñarlo...
–¿Es un motín?
–Eso lo verá usted.
–Vas a llamarle ahora mismo, si no te arranco las orejas.
¡Pues vaya!
Guipo con desdén a mi gigante con pies de barro, respiro hondo y le suelto:
–Una mierda para ti y para tus antepasados, señorito enchufado. Te he conocido hecho un miserable en tu garita, en la plaza del Primero de Mayo, currando como uno más en la obra. Todavía te recuerdo con el pantalón desgarrado y tu chaqueta de espantapájaros. Las alturas de la jerarquía se te han subido a la cabeza. Ándate con cuidado con el vértigo.
–No te autorizo a que me tutees. Soy el director...
–Ni siquiera he votado por ti. Si por mí fuera, no mereces figurar ni en la lista de objetos perdidos. No eres nadie, sólo un pedo en el aire, la mediocridad personificada, una cagada de perro, un gordo falso e ingrato... En cuanto a tu protegido, dile que aunque reviente como un perro, a un poli se le respeta.
Lo dejo ahí enfangado en sus cuatro verdades y salgo dando un portazo.
En el pasillo, el personal, que ha estado oyendo, me felicita punto por punto, incrédulo y admirativo.
Lino regresa tras el diluvio. Está atónito. Mete la napia en un trapo y trompetea con tanta fuerza que Baya se sobresalta en el cuarto de al lado.
–Van contando que acabas de cerrarle el pico al dire –me dice entusiasmado–. ¿Es cierto que lo has llamado «cagada de perro»?
–¿Y qué pasa?
–¡Joder! –se extasía–. ¿Y de dónde sacas esos dichosos calificativos, comi?
–De las letrinas.
