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El teniente Driss Ikker está en el mejor momento de su vida. Disfruta de un feliz matrimonio con Sarah, la hija de un alto cargo de la policía marroquí; vive de forma más que acomodada y le han dado un destino sin complicaciones en Tánger, a las órdenes de uno de los hombres de confianza de su suegro. Pero todo se le va a venir abajo cuando un día regresa antes de tiempo a su chalet y se encuentra a Sarah en la cama, desnuda y maniatada. Cuando intenta socorrerla, recibe un fuerte golpe. Al recuperar la conciencia se va a enterar de que Sarah ha sido violada. La desesperación se apodera del joven teniente. Su única obsesión es averiguar quién cometió tal crimen. Aunque sus mandos intentan apartarle del caso, Driss Ikker va a hacer sus propias pesquisas al margen de la investigación oficial. Sin imaginarse que el resultado de sus investigaciones puede llegar a ser peor que el daño ya cometido. Una nueva novela de intriga de Yasmina Khadra; un retrato de la sociedad magrebí en sus distintos niveles sociales; una reflexión sobre el honor y los prejuicios, sobre la condición femenina en el mundo musulmán.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Yasmina Khadra
La deshonra de Sarah Ikker
Traducido del francés por Wenceslao-Carlos Lozano
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Créditos
A Paco Ignacio Taibo II
Driss Ikker estaba al borde del coma etílico cuando el sargento Farid Aghroub dio con él en la habitación 43 del Sindbad, un hotelucho de mala fama del viejo Tánger.
Driss estaba tumbado a lo ancho sobre la cama, totalmente desnudo. A su lado roncaba una prostituta a la que Farid solía detener, una rubia oxigenada de pechos caídos que habitualmente se dedicaba a emborracharse en el bar, detrás de la recepción.
La habitación apestaba a pedos, a tabaco y a vómito. Por el suelo, unas bragas junto a un sostén deshilachado y unas medias raídas. Junto a una silla volcada se entrelazaban un zapato de suela desgastada, un pañuelo bereber y un vestido de baratillo. Dispersas por el suelo de esa leonera, botellas de vino vacías.
Farid se inclinó hacia un cenicero repleto de colillas y olisqueó una.
—Joder, cannabis. ¿Y ahora qué le digo al jefe?
Vació el cenicero en el váter, tiró de la cadena y regresó a la habitación para comprobar que no había otros elementos comprometedores que ocultar. Tras asegurarse de que no había jeringuillas ni ningún polvo blanco por allí, se ocupó del dormilón. Le levantó un brazo y lo soltó; este cayó por su propio peso.
—Despierte, teniente. Llevo días y noches buscándolo. Todo el mundo anda preguntándose dónde se ha metido.
Driss emitió un gorgoteo.
—Vete, déjame tranquilo.
—Lo siento, me han ordenado traerlo vivo o muerto. Si no, a quien se los van a cortar es a mí.
Driss intentó moverse, ni siquiera consiguió abrir los ojos. Un hilillo de saliva le recorrió la mejilla y quedó colgando de su oreja.
Farid comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Las botellas de alcohol sobre la moqueta y la cantidad de colillas de porros que había tirado al váter daban fe de la magnitud de los daños.
Cogió su móvil y llamó al secretario particular del comisario.
Al cabo de un buen rato, alguien se dignó contestar.
—¡Quééé!
—Buenos días, Slimane. Aquí el sargento Aghroub.
—¿Y qué quieres ahora, Farid? ¿Es que no hay manera de que dejes de dar la lata durante un par de minutos?
—He dado con el teniente Ikker.
Silencio por un momento, luego de nuevo la voz del tal Slimane, cínica:
—No me digas que su cadáver se encuentra ya en avanzado estado de descomposición.
—Está vivo, aunque tiene muy mala pinta.
—No soy esteticista. Además, ¿por qué tienes que llamarme a mí?
—No sé qué hacer.
—¿Y recurres a mí para que te asesore?
—Al jefe se le pueden fundir los plomos como vea a su protegido en este estado…
—Por mí, como si hay apagón general en toda la ciudad. Me la trae floja. Te ha pedido que le traigas a ese guiñapo, se lo traes y punto.
—Te estoy diciendo que tiene una cogorza de campeonato.
—Mejor. Más fácil lo tendrá el jefe para darle caña.
Farid dio un respingo cuando le cortó en seco la llamada. Se guardó el móvil en un bolsillo y se sentó en el borde de la cama para reflexionar. Driss yacía a su lado, inerte como un muerto.
—Siempre me tiene que tocar a mí —masculló secándose la frente con un pañuelo.
La prostituta gimió al ponerse de costado. El pico de sábana que la cubría se deslizó de su cadera, dejando a la vista unas nalgas sebosas salpicadas por minúsculos cráteres negros de antiguas quemaduras de cigarro.
—Tú, lárgate ya. Ya está bien de dormir.
La prostituta se encogió, abrazándose las rodillas, y se dispuso a seguir durmiendo.
—Vístete y piérdete de mi vista —le ordenó Farid.
—Estoy reventada.
—Todavía no lo estás del todo, pero lo estarás de aquí a poco como no te largues.
La mujer se frotó los párpados, echó una mirada aturdida a su alrededor, se quedó mirando el cuerpo dislocado a su lado y soltó una risotada de loca.
—Hala, hala, lárgate de una vez —se impacientó Farid tirándole las bragas a la cara.
—Todavía no me ha pagado.
—Ya veo que para eso sigues estando bastante espabilada.
La prostituta buscó un punto de apoyo para levantarse, no lo encontró y volvió a encogerse.
—Bueno, si prefieres que lo hagamos por las bravas…
Farid la agarró por los pelos y la sacó de la cama. Cayó como un fardo sobre la moqueta raída. Siguió riendo con más ganas, ahora una risa gutural y perturbadora que recordaba el borboteo de un animal ahogándose.
—Te aviso, como acabes en comisaría, me las arreglaré para que esta vez te tengan encerrada una buena temporada.
—¿Y mi pasta?
La agarró por los tobillos y la arrastró hasta el pasillo.
—¡Oye tú, que no soy una carretilla! —protestó.
Farid regresó a la habitación para recoger las pertenencias de la prostituta, las arrojó al pasillo y cerró la puerta.
—Ahora, teniente, nos toca a nosotros.
Ciñó con ambos brazos el cuerpo inerte del oficial, lo llevó hasta el cuarto de baño, lo metió en la ducha y abrió el grifo.
Con el auricular del teléfono encajado entre el hombro y la barbilla, el comisario Rachid Baaz, al mando de la policía de Tánger, hablaba mientras se limaba las uñas:
—Te aseguro que es un negocio redondo. No tendremos otra oportunidad como esta…
Hizo una señal con un dedo al sargento Farid Aghroub para que esperara, sin ofrecerle asiento. El subalterno se mantuvo en posición de firmes, sin saber si debía hacer oídos sordos o volverse invisible. Muchos compañeros suyos habían sido apartados del servicio, destinados en el quinto pino o relegados sin más a labores inferiores por indiscreciones mucho menos comprometedoras.
—Mira, Max, querías que te diera mi opinión, te la acabo de dar. Ahora haz lo que quieras… Eso es, piénsatelo, pero luego no te quejes si un listillo se te adelanta… Claro que puedes contar conmigo. Dale un beso a Marie de mi parte… Así lo haré… Chao chao.
Colgó, estuvo un minuto meditando antes de caer en la cuenta de que el sargento seguía allí. Cruzó los pies sobre su mesa de despacho y lo fulminó con la mirada.
—¿Dónde está?
—En el coche, señor.
—¿En el coche? ¿Acaso pretende su señoría que lo reciba con alfombra roja? ¿O quizás desea que baje a limpiarle los zapatos?
—Está demasiado borracho para presentarse ante usted, señor.
—En ese caso, ¿por qué lo traes aquí? ¿Para que sus compañeros sientan lástima de él?
—Porque es lo que me ha ordenado usted, señor.
—¿Pero tú qué tienes en la sesera? ¿Serrín? Si ese cabronazo es incapaz de mantenerse en pie, ¿para qué me lo traes aquí? ¿Es que no tienes en cuenta el buen nombre de la institución?
—Llamé a Slimane para decirle que…
—¡Era a mí a quien tenías que llamar! —aulló el comisario—. ¿Has cruzado toda la ciudad con ese inútil a tu lado?
Farid apretó las nalgas para contener las contracciones anales que notó apenas cruzó la entrada de la comisaría.
—Lo tumbé en el asiento trasero, señor. Salvo el policía de guardia en la entrada del aparcamiento, nadie ha visto a quién llevaba conmigo.
El comisario se lo quedó mirando un rato con desprecio antes de llamar por su interfono:
—Slimane, ve a ver en qué estado se encuentra el teniente Ikker.
—Ahora mismo, señor.
—¿Sabes dónde está?
—No, señor.
—Entonces, ¿a qué viene tanta presteza?... Está en el aparcamiento, en el coche del sargento Farid.
—Bien, señor.
El comisario se levantó para plantarse ante la ventana desde la que se veían los vehículos alineados. Vio cómo su secretario caminaba apresuradamente hacia un coche negro aparcado en un lugar aislado.
Slimane abrió la puerta trasera, introdujo medio cuerpo dentro, luego se reincorporó y se volvió hacia la ventana del tercer piso de la Central apartando los brazos para dar a entender a su superior que el teniente Ikker no estaba en condiciones para nada.
El comisario regresó a su mesa y se dejó caer en su sillón acolchado.
—¿Dónde lo encontraste?
Farid intentó fingir serenidad.
—Lo estuve buscando por todas partes, señor. En el hospital, en los bares, en los locales que suele frecuentar, pregunté a sus vecinos…
—¿Para qué me cuentas tu vida? ¿Crees que tengo tiempo que perder? Te he hecho una pregunta clara: ¿dónde lo has encontrado?
Farid vio cómo le temblaban sus sudorosas manos y se las llevó a la espalda.
—En un hotelito, cerca del puerto viejo, señor.
—Una casa de putas, ¿no es así?
—Sí, señor.
—Entonces, di «en una casa de putas». ¿Acaso estás intentando minimizar el hundimiento de tu jefe?
El comisario disfrutaba acorralando sin compasión a sus subordinados. Era su manera de sentirse plenamente consciente de la dimensión de su autoridad. Concedió diez segundos al sargento para que tragase saliva antes de volver a la carga.
—¿Y qué pintaba un respetable teniente de la policía en un puticlub de mierda?
—No lo sé, señor. Me lo encontré completamente colocado. Y lo sigue estando. Necesité ayuda para ducharlo, vestirlo y luego meterlo en el coche.
—¿Su mujer ha regresado?
—Pienso que no, señor.
—No te pido que pienses.
—Ayer me pasé por la vivienda del teniente. Las persianas estaban bajadas. Hoy no me ha dado tiempo a comprobarlo. Una prostituta reconoció al teniente en la foto y me dijo que lo había visto en el hotel… de citas donde trabaja.
En ese momento entró en el despacho Slimane Rachgoune, secretario del comisario.
—Está borracho como una cuba —dijo llevándose una mano a la boca como para suavizar sus palabras—. Está claro que se trata de una crisis depresiva. En mi opinión, hay que ingresarlo urgentemente en un centro especializado.
—¿Y quién va a pagar el tratamiento? —estalló el comisario—. La dirección no se va a gastar un céntimo en ese marica. Este año han reducido el presupuesto del ministerio, y tenemos la obligación de apretarnos el cinturón. Si hasta yo he decidido renunciar a mis pequeños privilegios, todo el mundo debe hacer lo mismo.
Renunciar a sus privilegios, se dijo Farid. Menudo sacrificio... El señor lleva una vida de capitoste; los ricachones le hacen regalos fabulosos; los mandamases lo untan a diario; posee un velero, dos chalés, un cochazo de lujo del tamaño de un yate, y tiene el morro de presumir de austeridad.
Slimane alisó su bigote de filibustero para reflexionar.
—De todos modos, jefe, el teniente necesita cuidados inmediatos. Propongo que lo pongamos en manos del doctor El Fassi.
—¿Quién es ese doctor El Fassi?
—Un amigo. Un buen hombre. Dirige una clínica privada a cuatro kilómetros de Tánger, en el monte. Un lugar agradable y discreto. En cuanto a los gastos, me las arreglaré con él.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Tiene un asunto pendiente en Gobernación. Una mera solicitud de ampliación inmobiliaria. Pero necesita que le echen un cable.
Siempre en su patética posición de firmes, el sargento lamentaba verse mezclado, a su pesar, en temas que no le incumbían. Si bien el comisario lo aterrorizaba, Slimane le inspiraba una profunda aversión. Y eso que al principio habían estado muy unidos. El sargento recordaba perfectamente el día en que un joven gafotas con cara de tonto llegó a Tánger, hacía de eso diez años. Conducía un viejo Renault con los parachoques destartalados y unos neumáticos toscamente recauchutados. En aquella época, Slimane era un ser insignificante que caminaba con el cuerpo encogido y la cabeza gacha. Era un pobre diablo al que Farid protegió y albergó en su casa durante las primeras semanas. El comisario lo colocó en los archivos, una vía muerta donde el novato se habría pasado la vida tascando el freno hasta la jubilación anticipada de no haber sido bilingüe y muy culto. Harto ya de los informes chapuceros de su anterior secretario, el comisario, que andaba buscando un buen plumífero, se percató de que Slimane hacía estupendos malabarismos con los giros lingüísticos y con palabras que solo se encontraban en viejos diccionarios de tapas mohosas. Lo puso bajo su protección y le encomendó la gestión de los informes confidenciales. Slimane no tardó en darse cuenta de que eso de los escrúpulos era para los tontos. Se apasionó por el dinero fácil y se dedicó a todo tipo de chanchullos con la bendición de su jefe. Le propusieron apuntarse a varios cursillos que le habrían permitido ascender, pero los rechazó todos. No necesitaba galones ni promociones. Estaba muy a gusto en su cuchitril de secretario, perfectamente acoplado a su papel de araña en la sombra, con un dedo puesto en cada rapiña y en parte de cada pastel.
—Bueno —dijo el comisario echando una ojeada a su reloj—, tengo otros asuntos que atender. Apañaos con ese tarado de Ikker. Llama a tu médico y dile que le mandamos de inmediato un pendejo. En cuanto a ti, Farid, cuando hayas soltado a tu jefe en la clínica, pásate por su casa para ver si ha regresado Sarah. Quiero que me llames apenas haya soltado sus maletas delante de su puerta.
Dicho esto, hizo girar su asiento y se puso a marcar un número en su móvil.
Slimane Rachgoune creyó estar oyendo una fuga de agua antes de darse cuenta de que se trataba de las vibraciones de su móvil. Tendió instintivamente el brazo hacia la mesilla de noche, buscó a tientas en la oscuridad, volcó el despertador y por fin consiguió dar con el aparato.
—¿Señor Rachgoune? —preguntó una voz de mujer.
—Joder, ¿qué hora es? —masculló aún medio dormido.
—Las 7:42, señor.
—¿Quién eres tú?
—El doctor Feriel, señor.
—Ni idea. ¿Por qué me despiertas tan de mañana un día festivo?
—El doctor El Fassi me pidió que lo llamara cuando el teniente Ikker se hubiese despertado.
—Podrías haber esperado hasta las diez, o las doce, o hasta mañana… No estamos en estado de alerta.
—Me limito a cumplir con lo que me mandan, señor.
Slimane presionó un mando a distancia para levantar la persiana de la ventana. Una luz intensa invadió la habitación. Fuera, un cielo límpido anunciaba uno de esos días resplandecientes tan propios de Tánger.
—¿Cómo se encuentra el teniente?
—Algo aturdido, pero tranquilo.
—¿Ha dicho algo?
—Que tiene hambre.
—Muy bien. Que se harte de comer, pero no lo pierda de vista. No permita que salga de la clínica. Si se pasa de rosca, póngale una inyección. Si ni siquiera así se calma, dele con un extintor en la cabeza.
—¿Me está hablando en serio, señor?
—Intente dejarlo salir y comprobará si le estoy hablando o no en serio.
Colgó con sequedad.
Slimane se preparó una tortilla que engulló de pie en la cocina, luego se duchó antes de ponerse un chándal y unas deportivas de un blanco inmaculado. A continuación dedicó un buen cuarto de hora a repeinarse ante el espejo y a dedicarse sonrisitas mientras admiraba el Rolex que llevaba en la muñeca. Ya con sus gafas de sol y su gorra de béisbol puestas, sacó su coche deportivo de la cochera y condujo a toda pastilla hacia la salida de la ciudad. Cuando alcanzó la cumbre de una colina, aparcó y se apeó. Estirándose al sol, contempló a lo lejos la ciudad reluciente al sol, el puerto viejo que parecía estar haciendo burlas a Gibraltar. De repente, Tánger le pareció tan imponente como un Olimpo y se prometió para sus adentros convertirse algún día en su dios todopoderoso.
El doctor El Fassi iba y venía ante el puesto de control de su clínica. Al reconocer el bólido amarillo de Slimane en la entrada, hizo una señal al guarda para que abriera la verja y esperó tranquilamente a que el secretario particular del comisario Baaz aparcara sus 370 caballos en el patio para dirigirse hacia él. Secó sus cuidadas manos sobre su bata y tomó con febril obsequiosidad el par de dedos que el visitante le tendió.
—No pensaba encontrarte en la clínica un día festivo como hoy —le dijo Slimane.
—No me permitiría ausentarme sabiendo que me ibas a honrar con tu visita.
Slimane alzó la mirada al cielo para seguir el vuelo de un ave rapaz, luego la dirigió hacia el arbolado que rodeaba la clínica y aspiró con ansia el aire de las alturas.
—Te bastaría con subir un peldaño más para sentarte en las rodillas del Señor.
—No hay mejor lugar para recobrar la salud, ¿no te parece? Lejos del follón de la ciudad y de la contaminación. Si se me concede mi solicitud de ampliación, haré construir un sanatorio en esta zona y pistas de tenis junto a este bosquecillo.
Slimane captó perfectamente la indirecta.
Sacó de su bolsillo una pitillera plateada y cogió un cigarrillo. El doctor le tendió un mechero reluciente.
—Qué bonito es —admitió el secretario.
—Es de oro macizo.
—Debe de costar una fortuna.
—No más que tu sonrisa, amigo mío. Toma, te lo regalo.
Slimane, fingiendo rechazar el mechero, opuso una mano confusa, no lo bastante firme como para disuadir al médico de insistir.
—Por favor, no lo puedo aceptar.
—Quédatelo, por favor. Me hace ilusión regalártelo.
—¿Estás seguro?
—¡Y tanto!
Slimane dio varias vueltas al mechero entre sus dedos y luego se detuvo un par de segundos en la inscripción que llevaba en la tapa.
—Aquí está tu nombre grabado.
—Así te acordarás de mí cada vez que enciendas un pitillo.
—Pues vale, si tanto lo deseas.
—Lo deseo más que nada.
Con gesto de prestidigitador, Slimane hizo desaparecer el mechero en uno de sus bolsillos y dio con desenvoltura unas cuantas caladas a su Camel.
—¿Cómo se encuentra nuestro teniente?
—Bien. Se ha hartado de comer, luego le hemos dado un sedante.
—¿Estaba alterado?
—Un poco. Exigió que le trajeran un whisky. Le explicamos que su estado no se lo permitía. Se puso a amenazar a las enfermeras. El médico de guardia se vio obligado a llamar a los miembros de seguridad.
Entraron en el despacho del doctor El Fassi, un santuario digno de un príncipe catarí. Las paredes estaban tapizadas de diplomas y de fotos del amo del lugar posando con dignatarios del régimen jerifiano, riendo a carcajadas con estrellas de Hollywood de paso por Marrakech o dando un brioso apretón de manos al profesor Lagoubi, el cirujano más prestigioso del reino. Pero nada de ese folclore rimbombante impresionaba lo más mínimo al supuestamente humilde secretario de la Comisaría Central. Slimane se conocía al dedillo el archivo explosivo de su huésped. Y El Fassi no lo ignoraba. Nuestro apuesto médico no había acabado sus estudios de medicina. Al no haber sido capaz de aprobar un solo módulo en tres años de facultad en Casablanca, el estudiante El Fassi se había matriculado en una oscura universidad cairota donde los títulos se negociaban con descuento. Hijo de un promotor adinerado, al joven El Fassi no le costó nada conseguir los certificados que necesitaba con, como guinda del pastel, unas menciones honoríficas que ni el hacker más avezado sería capaz de encontrar en la red. Como su papá tenía muy buenas relaciones en las altas esferas, consiguió comprar veinte hectáreas de tierra cultivable en un lugar de ensueño para que su retoño montara su famosa clínica.
En la clínica El Baraka —o sea «bendición» en árabe— se practicaban todas las operaciones quirúrgicas posibles y se trataba todo tipo de enfermedades. Todo muy legal. Prueba de ello era que el propio gobernador acudía allí para sus hemorroides.
—¿Un café? —propuso el médico.
—Estupendo.
El Fassi llamó a un ordenanza, que acudió antes de que su jefe hubiese acabado de apretar el botón, agarrando con ambas manos una bandeja repleta de golosinas crujientes.
—¿Qué ha sido de tu antiguo sirviente?
—¿Mourad?
—Aquel chaval tan guapete que llevaba un piercing en la nariz.
—Sí, Mourad, efectivamente… Murió.
—¡No me digas!
—Pues sí, desgraciadamente. Se ahogó intentando llegar a España. Al parecer, la canoa hinchable se desinfló en altamar. La corriente arrastró a cinco de los ocho pasajeros. El cuerpo de Mourad apareció en las redes de un barco pesquero, medio devorado por los peces.
—¡Menudo estropicio! —deploró Slimane—. Me caía bien ese chaval. ¿Por qué quiso irse a Europa? Que yo sepa, pagas bien a tu personal.
—Son cosas que ocurren, amigo mío.
Slimane se bebió el café de un trago, apenas tocó los pistachos y rogó a su huésped que lo llevara ante el teniente.
En el pasillo que llevaba a la zona de los pacientes «alterados», se cruzaron con dos enfermeras cuyos tipazos quedaban evidenciados bajo sus batas azules. Slimane se las quedó mirando por encima del hombro.
—Déjalo, Slimane, que esta es una clínica seria.
—No sabía que fueras mariquita, cariño.
El médico soltó una risita que sonaba más falsa que una campanada de iglesia en tierra de islam. Como vástago de la vieja burguesía conservadora, odiaba las groserías. Si por él fuera, reharía sus abluciones cada vez que tenía que tratar con un maleducado como Slimane, pero aquel secretario de poca monta controlaba informes sobre todos los notables de Tánger; más valía tenerlo de aliado, aunque hubiera que aguantarlo, antes que como enemigo.
Slimane sabía que el hijo de papá no soportaba el lenguaje obsceno de la gentuza. Si abusaba de él, no era por campechanía sino porque, como hijo de un jardinero muerto de hambre, había tenido que tragarse vejaciones y humillaciones durante buena parte de su vida; de ahí que odiara a muerte a todos los herederos de alcurnia. La crudeza de sus palabras era su propia manera de vengarse de la altivez de sus antiguos amos y sus crueles retoños. Ahora que las tornas habían cambiado, disfrutaba siendo grosero con los ricos que notaba a punto de reventar de indignación y cuyo estoicismo de ajusticiados consentidos le infundía una sensación de impunidad cercana al orgasmo.
Se detuvieron ante un ventanal que daba a la habitación en que Driss estaba durmiendo, enchufado a un aparato sofisticado. Slimane frunció el ceño al ver al sargento Farid sentado en una silla, al lado del teniente. Una ira repentina le abrasó la cara.
—¿Qué hace ahí ese cretino?
—No se ha separado un minuto de él desde que nos lo trajo —contestó El Fassi—. Me preguntó si podía pasar la noche junto a su compañero. Por mí no había inconveniente.
Haciéndole señales con un dedo, Slimane ordenó al sargento que saliera al pasillo. Farid obedeció sin darse prisa.
—¿El jefe está al corriente? —preguntó Slimane.
—Hoy es día festivo y no estoy de guardia —le contestó el sargento con voz sorda.
—¿Y estás festejando algo aquí?
—Estoy cuidando de un amigo.
Slimane echó la cabeza atrás soltando una risa que sonó a disparo de semiautomática.
—¿Conque estás cuidando de un amigo? ¿Acaso eres médico? ¿Enfermero? ¿O es que temes que detengan a tu protegido mientras está durmiendo?
—El teniente necesita que se esté pendiente de él en estos momentos difíciles.
—¡Enternecedor! ¿Piensas ejercer de madre mucho tiempo?
—Ya no tiene edad para eso.
—Pero sí para que lo tengas cogidito de la mano mientras está sobando… ¿Se puede saber qué tiene él que no tengan los demás compañeros con los que tanto te cuesta tratar?
—No tengo nada contra los demás.
—No eches balones fuera, amiguete.
—Digamos que siento una debilidad por los polis íntegros, y el teniente Ikker los encarna a todos. Es valiente, honrado, competente. No hace trampas, no abusa de su autoridad y no se dedica a joder a la gente.
Slimane meneó la cabeza, cada vez más cabreado por el descaro del sargento.
—Pues mira, te vas a largar ahora mismito de aquí y a perderte sin darte la vuelta si no quieres que el jefe se mee encima de ti. En esta clínica sobran enfermeras para hacerse cargo de tu poli íntegro.
Farid se dio la vuelta. Slimane lo siguió hasta el aparcamiento para verlo salir de la clínica.
—Menuda cagarruta de rata —farfulló encendiéndose un pitillo.
—Lo siento si he infringido alguna regla —salmodió el doctor El Fassi.
—No vamos a discutir por un don nadie —lo tranquilizó Slimane—. He venido hasta aquí para asegurarme de que el teniente está en buenas manos. No tengo muy claro lo que le ocurre, si tiene una depresión o si solo está haciendo el gilipollas. Llevábamos una semana sin saber nada de él. Por un momento creí que se había quitado la vida.
—Ya, pero nadie me ha explicado nada de nada, Slimane. ¿Por qué me lo has mandado? ¿Para una desintoxicación, para…?
—Lo único que te pido es que lo tengas contigo hasta que espabile del todo. No está detenido, no es un drogata, no se le puede reprochar nada profesionalmente, pero como es imprevisible, no me parece prudente dejarlo a solas consigo mismo.
—De acuerdo, pero eso sigue sin aclararme por qué lo tengo aquí. ¿Qué debo hacer con él? ¿Cuál es su problema? ¿Se trata de un shock emocional, de un tropezón en el camino, del fracaso de una misión? Necesito saber de qué va el asunto.
Slimane aplastó su cigarrillo con la suela del zapato y expulsó la última calada hacia el cielo.
Dijo:
—Han violado a su mujer.
El teniente Alal Jay agarró al vigilante nocturno por la nuca y le aplastó la cara contra el espejo sin azogue.
—Es él, ¿no es así?
A través del cristal se veía a un hombre esposado sentado en una silla metálica, con el rostro ensangrentado y el ojo derecho oculto tras un enorme edema violáceo.
—No estoy seguro —farfulló el vigilante nocturno.
—No me fastidies.
—Estaba muy oscuro.
—Escúchame bien —lo amenazó Alal—. Nadie te ha puesto un cuchillo en el cuello. El inspector Brik te ha preguntado si no notaste nada raro la noche en que la señora Ikker fue agredida en su casa, y has dicho que viste a un individuo cuya descripción se corresponde con la del que está ahí dentro, corriendo por la calle.
—Es cierto, pero no estoy seguro de que sea él.
—Ni mucho menos te has equivocado. Dijiste que el tipo era calvo, y Arslène lo es. Dijiste que cojeaba, Arslène cojea. Solo hay un delincuente habitual en Tánger cuya descripción se corresponda con la que has hecho del agresor, y ese es Arslène Lebben, el ladrón de viviendas más cretino del reino.
—No le vi bien la cara. Tampoco he dicho que fuera calvo. He dicho que o bien era calvo o bien llevaba una gorra.
—¿Qué pasa contigo hoy? Das la impresión de estar en una zapatería sin saber qué zapato elegir.
—No es eso.
—¿Temes algo?
—Sí, temo equivocarme.
El teniente le volvió a aplastar la frente contra el cristal.
—No te me pongas en plan santurrón, pedazo de capullo. No te puede remorder la conciencia ya que nunca has sabido qué es eso. Si quien te asusta es ese golfo, no tienes nada que temer. No sabe quién lo ha denunciado y te prometo que no vas a tener un careo con él. Confirmas tu declaración y vuelves a tu casa. Nadie volverá a molestarte.
El vigilante nocturno, un anciano escuálido cuya chilaba de lana basta le sobraba por todas partes, miró largamente al sospechoso antes de negar con la cabeza:
—No me perdonaría que lo ejecutaran por mi culpa.
—Te garantizo que no lo van a ahorcar ni fusilar.
—¿Por qué le habéis zurrado de esa manera?
—Si está aquí es por tu culpa. Si ya no estás tan seguro, le curaremos las heridas y lo mandaremos a casa de su madre. Pero antes, tendrás que presentarle tus excusas de viva voz.
—¿Pero es que no veis cómo lo habéis puesto? Jamás me lo perdonaría.
—Tendrá que saber que nos indujiste a error. No irás a creer que le hemos dado esa paliza solo para practicar… Marruecos es un Estado de derecho. Y nosotros somos la policía, al servicio del pueblo. ¿Qué crees que diría la prensa si se enterara de que hemos descalabrado sin motivo a un pobre infeliz para cerrar un caso sin resolver? Ya sabes que Amnistía Internacional nos tiene en el punto de mira.
El anciano pidió que le dieran de beber.
—Esto no es una cantina —le dijo Alal.
Con las piernas trémulas, el vigilante nocturno buscó un asiento a su alrededor. No había ni banqueta ni taburete en la sala en la que cuatro agentes barrigudos lucían unas jetas de sabuesos estreñidos.
—Si nos has estado tomando el pelo, no pienses que te vas a ir de rositas —lo avisó uno de ellos—. Nos hemos pasado de rosca con el sospechoso.
—Así es —añadió el más achaparrado de los cuatro—, ese pobre diablo tiene al menos tres costillas fisuradas y la nariz rota. Personalmente, no me atrevería a mirar a la cara a mis chiquillos si el sospechoso resultara ser inocente.
—Yo tampoco —dijo el más gordo asiendo su cinturón con saña—. No somos verdugos, nos limitamos a hacer nuestro trabajo.
—Como nos hayas mentido —prometió el cuarto agente hundiendo un dedo índice en la mejilla del vigilante nocturno—, tú pasarás a ser el sospechoso. Y luego, después de que te hayamos inflado a hostias, te denunciaremos ante el juez por denuncia calumniosa con graves consecuencias para un inocente.
El anciano estaba empapado en sudor bajo su chilaba. Miró uno a uno a los cuatro agentes, que le parecieron feos y peligrosos, se volvió hacia el teniente, impenetrable como una momia, y volvió a mirar al sospechoso.
—No tenemos todo el día —lo apremió el teniente.
El vigilante se pasó varias veces la mano por su rostro arrugado, miró hacia la lámpara de rejilla del techo y, agachándose con la espalda pegada a la pared, soltó con voz temblorosa:
—Creo que es él.
—¿Lo crees o estás seguro?
—Es él —jadeó el hombre, a punto de derrumbarse del todo.
—¡Ves cómo tampoco es para tanto!
Envuelto en un albornoz para convalecientes, el teniente Driss Ikker estaba en el jardín, tomando el fresco en una hamaca. Hacía buen tiempo, un sol primaveral relucía en el cielo y una leve brisa removía suavemente el follaje circundante. Driss parecía encontrarse mejor después de tres días en la clínica. Desde entonces no había probado una gota de alcohol. Sin duda, eso no lo libraba de sus pesadillas nocturnas, pero el tratamiento que le inyectaban lo ayudaba a dormir hasta bien avanzada la mañana.
Estaba fumando su primer pitillo del día cuando un paciente se le acercó a hurtadillas. Llevaba un pijama azul, del mismo color que las zapatillas, uniforme de los internados en el bloque C, destinado a los depresivos.
—¿Me das una calada? —le pidió llevándose dos dedos a la boca para ilustrar su mono de nicotina.
El teniente le tendió el paquete.
—Solo una calada —precisó el paciente.
—Pues enciéndete un pitillo, dale una calada y luego lo apagas.
—No me gusta despilfarrar.
El teniente le tendió su cigarrillo, que el paciente se puso de inmediato a chupetear con avidez hasta llegar al filtro.
—Creía que solo querías darle una calada.
—Es para no despilfarrar.
El paciente arrojó la colilla al suelo y se la quedó mirando mientras acababa de consumirse, como si estuviera asistiendo a un truco de magia. Sus grandes orejas despegadas se le movían solas, cómicamente.
—El pitillo ha fenecido —decretó al apagarse el cigarrillo.
El teniente Ikker prefirió contemplar el bosque que se extendía hacia arriba por una cresta.
—¿Es verdad que eres un oficial de la policía?
Al no obtener respuesta, el paciente empezó a rascarse frenéticamente una verruga que tenía en la barbilla.
—Yo también he sido poli, no vayas a creer… Sé de qué va el rollo…
—…
