El demonio que hay en ti - Gwen Adshead - E-Book

El demonio que hay en ti E-Book

Gwen Adshead

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La doctora Gwen Adshead es una de las principales psiquiatras forenses de Reino Unido. Durante décadas ha tratado a asesinos en serie, pirómanos, pedófilos y otros convictos sobre quienes recae el estigma de la sociedad, que los considera «monstruos». En este libro la doctora Adshead nos invita a entrar con ella en la sala de terapia para conocer a doce de sus pacientes y tratar de comprender, a través de una mirada radicalmente compasiva, el mecanismo por el que se activan las acciones más crueles de que el ser humano es capaz. Guiados por ella, estos hombres y mujeres (y con ellos también nosotros) tendrán que enfrentar sus propios actos terribles y penetrar en la armadura de defensa que se han construido para resistir a su propia historia, a su propio dolor. Cada proceso terapéutico nos revelará distintas facetas de la mente humana en toda su complejidad, sin abandonar nunca "el deber de la esperanza". "El demonio que hay en ti" desafía todo lo que creíamos saber sobre la naturaleza humana y reajusta permanentemente nuestros niveles de empatía.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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GWEN ADSHEADY EILEEN HORNE

El demonioque hay en ti

Una mirada compasivaa la crueldad humanadesde la psiquiatría forense

Traducido del inglés por Violeta Radovich

Para Laura, cuyo espíritu nos unió.

«La causa del mal en el mundo es que la genteno puede contar sus historias.»

Atribuida a Carl JUNG

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

1. TONY

2. GABRIEL

3. KEZIA

4. MARCUS

5. CHARLOTTE

6. ZAHRA

7. IAN

8. LYDIA

9. SHARON

10. SAM

11. DAVID

12. JAMAL

13. CODA

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN

En aquella época lejana en la que la gente entablaba conversación en los aviones, a veces me preguntaban a qué me dedicaba.

—Soy psiquiatra y psicoterapeuta y trabajo con delincuentes violentos —respondía.

La ligera curiosidad se transformaba en asombro.

—Pero es imposible ayudar a esa gente, ¿no? ¿No nacen así?

Otros decían que era una «pérdida de tiempo» molestarse con «semejantes monstruos». De vez en cuando, un compañero de viaje británico decía en voz baja:

—Sinceramente, creo que el Parlamento debería volver a instaurar la horca.

Hoy en día, si alguien se pone a charlar mientras nos abrochamos el cinturón de seguridad, me dan ganas de decir que soy florista.

Pero he empezado a sentir la necesidad de dar un paso al frente para ofrecer una respuesta mejor a las preguntas de cómo y por qué me dedico a esto. A fuerza de escuchar a «esa gente» explicar cómo llegaron a cometer hechos indescriptibles de crueldad y de trabajar para ayudarles a asumir la responsabilidad de sus actos, he aprendido grandes lecciones sobre la naturaleza humana. En treinta años de encuentros gratificantes y a menudo impredecibles, he tenido el privilegio de ser testigo de la asombrosa capacidad de cambio que tienen nuestras mentes.

En estos tiempos de creciente polarización y otredad creo que es posible encontrar consuelo y esperanza en los relatos que aquí se ofrecen, que, aunque a primera vista puede parecer que traten sobre aquellos a los que tanto tememos, poco a poco revelan una humanidad común. Te invito a entrar conmigo en cada capítulo para enseñarte lo que he visto y oído en los extremos de la experiencia humana. Al hacerlo, espero convertir el gran sufrimiento vivido y causado por una minoría desafortunada en relatos valiosos para la mayoría. A pesar de sus diferencias, cada paciente aquí representado revela cómo el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto y las etiquetas de víctima y agresor no son inamovibles y pueden coexistir.

El proverbio «Better the devil you know than the devil you don’t» [literalmente «mejor el demonio conocido que el demonio por conocer»], que da a este libro su título original (The Devil You Know), sugiere que los demonios que conocemos son menos peligrosos. Acercándose a lo desconocido y temido, el lector comprenderá, al igual que yo, que somos más parecidos que diferentes. Soy consciente de que aceptar la humanidad que tenemos en común con «monstruos» puede ser difícil para el lector; para mí lo ha sido. Parafraseando las hermosas palabras de la hija del rey Lear: «Nos conocemos muy poco a nosotros mismos».

Cada crimen violento es una tragedia para todos los implicados. No estoy aquí para argumentar que las acciones de este tipo deban justificarse o que las prisiones y los hospitales de seguridad deban vaciarse. Aunque creo que encarcelamos a demasiadas personas, fundamentalmente para saciar la sed colectiva de venganza, no me cabe duda de que un subgrupo de delincuentes violentos deberá quedarse en centros de seguridad permanentes. También entiendo que la venganza es humana y natural, pero puede dejarnos atrapados en el miedo y la rabia, reproduciendo la misma crueldad que condenamos como «maldad»1. El dicho popular de que odiar es como tomar veneno y esperar que sea el otro el que muera es muy sabia. Y como Gandhi y otros han observado, una sociedad justa debe tratar con compasión a sus peores miembros. Aquí es donde entra la psiquiatría forense.

Cuando estudiaba medicina en los años ochenta, la psiquiatría seguía siendo una especialidad a menudo menospreciada, a pesar de las evidencias, conocidas desde la época clásica, de que una mente sana es esencial para un cuerpo sano. (Y para una sociedad sana; como le gusta decir a un compañero mío, «los psiquiatras son los médicos que cuidan la única parte del cuerpo que tiene derecho a voto».) Consideré brevemente estudiar cirugía ortopédica, probablemente porque quería arreglar cosas y me atraía su efectividad pragmática. Pero la psiquiatría me llamó porque vi que la complejidad y el poder de la mente humana eran inmensos y que cambiar mentes tenía un impacto tanto personal como político. Cuando empecé, pensé que se trataba de hacer que la gente se sintiera mejor, pero el tiempo me ha enseñado que se trata de ayudarla a entender mejor su mente, algo muy diferente.

En aquel entonces, la metáfora predominante era la de la mente como un ordenador, una máquina en la que la identidad está programada. Los pensamientos y emociones se «procesan» y «archivan»; «cambiamos de modo» o «volvemos a la configuración predeterminada» al desempeñar diferentes funciones. Pero después de muchos años he llegado a la conclusión de que la mente es como un arrecife de coral: antigua, compleja, misteriosa, no desprovista de sombras y riesgo, pero dotada de una valiosa diversidad. Puede parecer caótica, pero es un ecosistema estructurado, infinitamente fascinante y esencial para la vida. En situaciones de estrés ambiental, los arrecifes pueden perder el color y marchitarse, pero también hemos visto cómo pueden responder a ciertas intervenciones y hacerse más resistentes. La exploración de la vida en la que me embarqué como estudiante, y que continúo cada día, requiere sumergirse en una oscuridad donde pueden aparecer cosas tan bellas como peligrosas. Este proceso puede ser turbulento para mí y mis pacientes; no dudo en reconocer que me costó tiempo y esfuerzo aclimatarme y aprender a respirar con tranquilidad.

La palabra «forense» deriva del latín forum, un lugar para escuchar litigios. Además de evaluar, diagnosticar y coordinar la atención a los pacientes como cualquier otro especialista médico, los psiquiatras forenses estudiamos el modo en que la sociedad responde y trata a las personas que infringen la ley penal. Este trabajo plantea muchas cuestiones éticas y jurídicas sobre la responsabilidad, la voluntad y la culpa de los actos realizados por personas con trastornos mentales. Los que trabajamos en hospitales de alta seguridad formamos parte de un equipo que ofrece una atención coordinada, como he hecho durante la mayor parte de mi carrera. Como si fuéramos compañeros de buceo, elaboramos un plan y compartimos la responsabilidad sobre la seguridad de los demás. El trabajo forense ha sido para mí una elección ideal: soy colaboradora por naturaleza, como demuestra mi trabajo como terapeuta de grupo y coautora de este libro.

He pasado mi vida laboral trabajando para el Servicio Nacional de Salud británico [NHS en sus siglas en inglés]. Como muchos lectores sabrán, el NHS se fundó después de la Segunda Guerra Mundial según el principio de que la asistencia médica debe ser proporcionada por el Estado y financiada por las arcas públicas, ya que toda la ciudadanía se beneficia de una población sana. Pero como los gastos han aumentado y la gente vive más, los sucesivos gobiernos han ido acercando el NHS a un modelo más basado en el mercado para hacer frente a la demanda. Las menciones a los «fideicomisos» del NHS en las páginas siguientes se refieren a las unidades individuales de negocio (muy parecidas al modelo estadounidense de los seguros) que se crearon tras una reestructuración a gran escala en 2001. Hoy, el Reino Unido, como muchos otros países, no consigue proporcionar una atención adecuada a la salud mental. En estos tiempos es urgente considerar cómo podemos volver a equilibrar las prioridades y reconocer los enormes beneficios sociales y humanos de cuidar por igual la mente y el cuerpo.

Mis compañeros de profesión y yo tenemos que vivir sabiendo que trabajamos en un sistema deficiente y difícil, sobre todo en las prisiones, donde la demanda de atención a la salud mental supera con creces nuestra capacidad. Somos parte de una democracia, un sistema donde la gente vota a gobiernos cuyas políticas, incluida la encarcelación masiva, reflejan la voluntad de una mayoría. Aunque las condenas por violencia delictiva se han reducido desde que empecé a estudiar medicina, cada vez se encarcela a más personas durante más tiempo. Con tasas más altas en Inglaterra y Gales que en cualquier otro lugar de Europa occidental, también ha aumentado el número de personas encarceladas que necesitan atención en materia de salud mental2. Por desgracia, se estima que aproximadamente el 70% de los presos tiene al menos dos problemas de salud mental, lo que significa que cada vez que trabajo con una persona afligida en prisión, sé que hay muchas más como ella a las que no llegaré nunca. Eso no quiere decir que pueda darme por vencida y marcharme; todos los médicos vamos hacia el sufrimiento y ayudamos como podemos.

A lo largo de las últimas tres décadas he trabajado en prisiones y fuera de ellas, pero sobre todo he estado en el Hospital Broadmoor en Berkshire, a unos ochenta kilómetros al oeste de Londres. Se construyó en 1863 como parte de un sistema victoriano de manicomios (del griego, que significa «donde se cuida a los locos»), lugares donde atendían a «locos criminales», a veces indefinidamente. Su aspecto original de imitación gótica y haber albergado a algunos de los criminales más célebres del Reino Unido hicieron de Broadmoor un lugar especialmente escabroso en el imaginario colectivo. Pero hoy, los lugares como Broadmoor no se ven como mazmorras para personas condenadas y rechazadas; atienden a pacientes que, por lo general, progresan, y la estancia media es de cinco años. Cuando me uní a la plantilla, en los edificios de ladrillo rojo se trataba a unos seiscientos pacientes, tanto hombres como mujeres. Ahora acoge a solo doscientos hombres en edificios nuevos y modernos y, la verdad, se parece más a un pequeño aeropuerto regional que a una pesadilla. La mayoría de los pacientes que trato allí han sido internados por un juez tras un juicio o trasladados desde prisión para recibir tratamiento si su salud mental se ha deteriorado.

Con los años, he llegado a la conclusión de que «esta gente» es superviviente de un desastre, siendo ellos mismos ese desastre. Mis compañeros y yo somos los servicios de emergencia, les conocemos en un momento clave de su vida y les ayudamos a asumir una nueva identidad que parece permanente. Como dijo uno de mis pacientes: «Puedes ser exconductor de autobús pero no puedes ser exasesino». Ayudar a alguien a sobrellevar la vergüenza y el trauma y explorar las causas y consecuencias de su violencia puede ser un proceso largo y difícil. Con independencia de lo «meticulosas» que sean las sesiones, pueden ser titubeantes e inconexas. Algunas personas no tienen palabras para hablar de sus sentimientos o no comprenden lo que es real. Para traducir mi experiencia, he unido fuerzas con mi amiga Eileen Horne, dramaturga y escritora, profesiones que, como la mía, durante mucho tiempo se han ocupado de dar sentido a lo que no lo tiene y usar la imaginación para generar compasión. Juntas hemos identificado historias de pacientes extraídas de muchas consultas a lo largo de los años, dándoles vida en cuidadosas composiciones para proteger su privacidad y el secreto profesional médico, así como para respetar a las víctimas, sus familias y las familias de los agresores.

Empezando por mis primeros días como psicoterapeuta en el Hospital Broadmoor, en este libro trazo el arco de mi vida laboral y las lecciones que he aprendido, a menudo a base de cometer errores. Por el camino, reflexiono sobre los cambios tectónicos que he visto en el NHS. Los pacientes descritos en las siguientes páginas han cometido delitos muy diversos y tienen diferentes orígenes y problemas de salud mental, lo que me permite ilustrar algunos de los avances en las terapias psicológicas y los cambios en el sistema judicial a lo largo del tiempo. También me planteo cuál es el pronóstico de cara al futuro. He destacado algunas cuestiones en las que, en mi opinión, ciertos cambios factibles de enfoque o actitud podrían suponer una gran diferencia no solo para los pacientes forenses, sino para la seguridad y el bienestar de la sociedad en general.

He ejercido íntegramente en el Reino Unido, pero aportaré datos, estudios y experiencias profesionales de otros países, así como casos que son de dominio público, cuando proceda, sobre todo de Estados Unidos. Hay un equilibrio de género en estos relatos, aunque las mujeres representan menos del cinco por ciento de los delincuentes del Reino Unido3, porque he investigado mucho la violencia femenina y he trabajado con muchas mujeres violentas y sé que sus voces no siempre se escuchan. Alrededor de la cuarta parte del libro está protagonizada por personas racializadas, en proporción a la población de prisiones y hospitales de seguridad, un dato bastante revelador, pues constituyen solo en torno a una octava parte de la población general del Reino Unido. Por último, aunque la mayor parte de mi trabajo ha sido con autores de homicidios en hospitales psiquiátricos, aquí se incluyen otros delitos violentos, como incendios provocados, acoso y violencia sexual, basados en personas que he tratado en prisiones o en libertad condicional. Dos capítulos son sobre personas que ni siquiera han sido acusadas de un delito, cuando tuve que examinar su posible riesgo.

Un tema recurrente importante de este libro y de toda labor forense es la idea de que existen factores comunes de riesgo de violencia. Uno de mis compañeros comparó una vez el desencadenamiento de la violencia con la liberación de un candado en una bici, idea a la que vuelvo a menudo. Los dos primeros «números» de la combinación son probablemente sociopolíticos, relacionados con la masculinidad, la vulnerabilidad y la pobreza; dicho claramente, la mayor parte de la violencia la cometen hombres jóvenes y pobres. Los dos siguientes factores son específicos del agresor, como la drogodependencia o diferentes tipos de adversidades vividas en la infancia. El último «número», el que hace que el candado se abra y desate un acto de dañina crueldad, es el más intrigante. He descubierto que suele ser idiosincrático, algo en la acción de la víctima que tiene un significado solo para el agresor: un gesto sutil, una frase familiar, incluso una sonrisa. El tema central de mi labor con delincuentes siempre es la búsqueda de este factor fatídico que los empuja a la violencia, para poder averiguar dónde encaja con la historia de sus vidas. A menudo es como rastrear una presa escurridiza, un pez diminuto en un laberinto de algas y coral. Requiere tiempo y apertura de mente, la voluntad de mirar y un poco de luz.

Uno de los profesores y mentores que más me han influido fue el doctor Murray Cox, médico psicoterapeuta en Broadmoor. A menudo hablaba de la importancia de escuchar la poesía inconsciente de aquellos que parecen brutales, incluso inhumanos, y en las páginas siguientes comparto algunos ejemplos sorprendentes. Murray tenía un paciente que una vez le dijo:

—Estoy ciego porque veo demasiado, así que estudio con una lámpara oscura4.

Esta extraordinaria metáfora resume el objetivo de este libro: todos podemos estar ciegos a veces, ya sea por miedo, intolerancia o negación. También es posible que la persona sentada a mi lado en el avión que enseguida siente miedo o desprecio hacia mis pacientes se quede en lo superficial de las películas, redes sociales o noticias sensacionalistas. Invito a los lectores a mirar bajo la superficie, a ir más allá de mitos e ideas preconcebidas, a bucear hasta donde las historias oscuras contienen gran iluminación. Juntos conoceremos a individuos, no datos ni monstruos.

Este camino no será sencillo. Hace falta un tipo radical de empatía para sentarse con un hombre que ha decapitado a su amante o una mujer que ha apuñalado varias veces a un amigo, por no hablar de alguien que ha hecho daño a su propio hijo. Para intentar comprenderlos y aprender cosas nuevas sobre nosotros mismos, habrá que ir por donde van ellos, ver lo que ellos ven. Le pido al lector que mire lo que será difícil no ver, y yo estaré a su lado trabajando para transformar el sufrimiento en significado. Capítulo a capítulo, a medida que la luz gane fuerza, espero que el lector pueda concebir nuevas posibilidades de aceptación y de cambio.

Dra. Gwen Adshead y Eileen HorneRevisado y actualizado para la edición de 2022

1 Se pueden encontrar más reflexiones sobre la idea del mal aquí: Gwen Adshead: Capacities and Dispositions. What Psychiatry and Psychology Have to Say about Evil, en Forensic Psychiatry: Influences of Evil. Edición de Tom Mason. Nueva Jersey: Humana Press, 2006: 259-71.

2 «Bromley Briefings Prison Factfile: Autumn 2018», Londres: Prison Reform Trust, 2018. «Prison Receptions 2018», Londres: Ministerio de Justicia, 2018.

3 Eran casi el 5% en los estudios de 2018 del PRT, pero los números aumentan cada año. Para más detalle léase el informe de abril de 2019: «Why Women/England and Wales», PRT, 2019.

4 Murray A. Cox: «Dark Lamp: Special Hospitals as Agents of Change: Psychotherapy at Broadmoor», Criminal Justice Matters 21, 1(1995): 10-11.

1

TONY

—¿Quién quiere tratar a un asesino en serie?

Estábamos en la reunión semanal del departamento de psicoterapia del hospital, donde se debaten y asignan las derivaciones. La mayoría de los presentes había aceptado casos nuevos e íbamos por los últimos. Hubo unas cuantas carcajadas como respuesta a la pregunta irónica del presidente de la reunión, pero ningún voluntario.

—¿En serio? ¿Nadie?

Estaba deseando levantar la mano, pero, al ser la persona con menos experiencia de la sala, me preocupaba que pensaran que era profesionalmente ingenua o que me interesaba por morbo. Pude sentir el invisible encogimiento de hombros colectivo de todos los compañeros sentados a la mesa. Al gran público, entusiasmado por el entretenimiento popular y los medios, le fascinan las pocas personas que cometen homicidios múltiples. Pero en mi profesión generan mucho menos interés. La reinserción social nunca será una opción para ellos. Como dijo uno de mis compañeros:

—¿De qué van a hablar aparte de la muerte?

Yo tenía mucho que aprender. Estábamos a mediados de los noventa y acababa de empezar a trabajar en el Hospital Broadmoor, una instalación del NHS construida entre colinas y bosques en una zona pintoresca del sudeste de Inglaterra, no muy lejos del Eton College y el castillo de Windsor. Después de sacarme el título de psiquiatra forense unos años antes, había recibido con agrado la oportunidad de trabajar en Broadmoor a media jornada como suplente, sustituyendo a quien fuera necesario, mientras terminaba mi formación adicional como psicoterapeuta. Para mejorar mis habilidades, tenía que pasar tantas horas como fuera posible dando terapia individual a los pacientes mientras estaba bajo supervisión. Me pareció que un hombre que no iba a ninguna parte tendría mucho tiempo, y si quería hablar de la muerte, bueno, entraba en el plan de estudios.

Que estuviéramos debatiendo todo esto puede resultar sorprendente. La actitud y los recursos destinados a la atención para la salud mental de los delincuentes, ya sea en hospitales o en prisiones, varían considerablemente de un país a otro. Mis compañeros de profesión de Europa y las antípodas trabajan en sistemas parecidos al del Reino Unido, donde se ofrece algo de terapia individual, pero en muchos otros países esto no ocurre. Me he dado cuenta de que los que trabajan en Estados Unidos siempre destacan estas diferencias. Al haber visitado varios países para ver de primera mano cómo funcionan las cosas, me ha sorprendido descubrir que son los que han vivido una ocupación militar en el último siglo, como Noruega y Países Bajos, los que tienen algunas de las actitudes más humanas y progresistas en cuanto al tratamiento de la salud mental de los delincuentes violentos. Algunos estudios sugieren que la experiencia hace que les sea más fácil ver a estos seres humanos como gente que ha roto las reglas y está enferma, en vez de como «malas personas».

—Me quedo yo con el paciente —dije—. ¿Cómo se llama?

Miré a mi supervisor al hablar, con la esperanza de que me apoyara. Sonrió con aprobación.

—Así me gusta, Gwen.

Uno de los médicos más veteranos intervino:

—Traté a uno de estos en prisión durante años. No hacía más que hablar y hablar de sus clases de pintura y de lo bueno que era pintando naturalezas muertas...

Aquel comentario me intrigó, pero antes de que pudiera preguntar al respecto, el presidente me dio la carta de derivación y dijo:

—Todo tuyo. Tony X... mató a tres hombres, decapitación, creo. Ah, y, por cierto, ha solicitado terapia.

El veterano me miró con complicidad.

—Ve con cuidado.

Más tarde, mi supervisor, alguien de enorme experiencia, me dijo que él solo había tratado a un asesino en serie y que había sido para una evaluación psiquiátrica, no para una terapia a largo plazo. Me alegré de poder contar con sus conocimientos y su apoyo de ahí en adelante. Aún hoy valoro mucho la sensación de que mis compañeros me respaldan y la echo de menos cuando trabajo fuera de entornos institucionales. Le confesé que, como residente, me consideraba afortunada por tener semejante oportunidad. Empezaba a intimidarme un poco. Me fui para prepararme lo mejor posible, pero pronto me di cuenta de que, aunque había un montón de informes escabrosos sobre asesinos en serie, había muy poca información sobre cómo hablar con uno y ninguna sobre cómo darle terapia.

Por definición, los asesinos en serie matan varias veces, pero no hay un consenso oficial en el número de víctimas requerido para unirse a este macabro club. Históricamente, se ha debatido bastante al respecto, llegándose a un cierto consenso en torno a tres o más, aunque la atención pública siempre se ha centrado inevitablemente en el subgrupo más reducido de individuos preternaturales que matan a decenas de personas en distintos momentos. Fue un poco desconcertante leer sobre los médicos incluidos entre ellos, que tenían fácil acceso y los recursos para cometer sus crímenes, y a menudo pasaban desapercibidos durante años. Otro criterio aceptado es un periodo de enfriamiento o espacio entre asesinatos, y no se cree que elijan a sus víctimas de forma aleatoria. Los asesinos relámpago, que toman muchas vidas en un solo día, no suelen ser incluidos en esta categoría y, por alguna razón que nunca he llegado a entender, tampoco lo son los políticos y líderes responsables de las muertes de miles o incluso millones de sus semejantes5.

A juzgar por la enorme cantidad de ficción, cine y series de televisión sobre el tema, podría dar la impresión de que matar a varias personas es un crimen común que ocurre todo el tiempo, en todas partes. Los datos dicen otra cosa. Hay pruebas de que los asesinatos en serie pueden ocurrir y ocurren en todo el mundo, con ejemplos registrados en cada continente, pero incluso teniendo en cuenta los datos incompletos, escasos o intencionadamente ambiguos y a los que se salieron con la suya, sabemos que este tipo de homicidio múltiple es extraordinariamente raro. No puedo dar cifras exactas sobre este delito como tampoco puedo darlas sobre otras formas de violencia; en este campo no hay nada más cierto que la incertidumbre por muchas razones, desde la falta de información hasta los diferentes estándares de clasificación y métodos de recopilación de datos a lo largo del tiempo y en distintos lugares. Una consulta en un buscador acerca del número mundial de asesinatos en serie da como resultado más de seis millones de artículos y respuestas. Casi todos estarán de acuerdo en que los asesinos en serie son hombres en una inmensa mayoría y una especie en extinción, en declive desde hace unos años; esto coincide con todo tipo de estadísticas mundiales sobre la delincuencia, que muestran una lenta reducción de la violencia en general durante el último cuarto de siglo.

Un estudio reciente centrado en los últimos cien años, liderado en 2016 por el profesor Mike Aamodt de la Universidad de Radford en Virginia, creó una base de datos que mostraba que en 2015 se detuvo e identificó a veintinueve asesinos en serie en Estados Unidos, frente a un pico de ciento cuarenta y cinco durante los años ochenta6. He visto citar datos del FBI que dan un número mucho mayor (por ejemplo, más de cuatro mil en 1982)7, lo que señala lo difícil que es la recopilación de datos y la falta de criterios universales de comparación; pero todas las fuentes que he encontrado coinciden en la idea de que el número es cada vez menor. Esto se debe en parte a los métodos mejorados de detección y vigilancia y a la creación de unidades de especialistas por parte de las fuerzas de seguridad para estudiar y disuadir a los delincuentes. Otro factor importante es probablemente el uso generalizado de teléfonos móviles y redes sociales, que hace que sea mucho más difícil que alguien, sea víctima o agresor, desaparezca sin dejar rastro.

Las fuentes policiales y judiciales no publican listas comparativas de asesinos en serie por países, pero, según el estudio de Radford, Estados Unidos está a la cabeza con un margen considerable, contando con aproximadamente el 70% de asesinos en serie del mundo, algo que confirman otras fuentes que he consultado, desde Wikipedia hasta varios artículos periodísticos. En cambio, Inglaterra, que está en el segundo lugar, tiene el 3,5%; Sudáfrica y Canadá son los siguientes con alrededor del 2,5%; y China, con una población mucho mayor, apenas supera el 1% del total. No sé por qué Estados Unidos predomina de esta manera, pero abundan las teorías sobre la falta de regulación de las armas, la descentralización de las fuerzas de seguridad o los peligros del ultraindividualismo estadounidense. Puede ser que los estadounidenses tan solo sean mejores a la hora de detectarlos y hablarnos sobre ellos, gracias a la libertad de prensa y un gobierno relativamente abierto. Pero el número de asesinos en serie detenidos por año en Estados Unidos sigue siendo diminuto en comparación con la población total del país, de más de trescientos millones, y con los números de homicidios «normales». En un gran centro urbano estadounidense, como Chicago o Nueva York, cuatrocientos asesinatos en un solo año se consideran poco significativos. Esta cifra representa dos tercios de la tasa anual de homicidios en el conjunto de Inglaterra y Gales.

Cuando conocí a Tony sabía que había habido algunos asesinos en serie ingresados como pacientes en Broadmoor, con pseudónimos creados por la prensa amarilla como el Destripador o el Estrangulador. Aunque la mayoría de homicidas ingresados en el hospital habían matado a una sola víctima mientras tenían una enfermedad mental, estos pocos asesinos múltiples contribuyeron a la fama de Broadmoor como una especie de macabro contenedor de todos los males del mundo. Yo era consciente de esta reputación, reforzada por su aspecto de fortaleza victoriana de ladrillo rojo, aunque cuando empecé a trabajar allí, en 1996, el proceso de modernización del hospital ya había empezado. Recuerdo que al principio me impactaron las puertas, esclusas y rejas aparentemente interminables, que conllevaban un complejo surtido de llaves que había que sacar cada mañana en el control de seguridad y llevar encima en todo momento, colgado de un cinturón de cuero grande y pesado. Al principio era incómodo, pero me acostumbré. Incluso le cogí cariño al cinturón extragrande que me dieron y que todavía conservo, cuando estuve embarazada de mi primer hijo.

Una vez dentro, la primera impresión que tuve fue que se parecía a un campus universitario, con diferentes edificios desperdigados y caminos entre ellos. Había jardines bien cuidados y árboles en flor. Lo mejor de todo era la terraza, con una vista magnífica de cuatro condados. Siempre he pensado que era un gran gesto de bondad darles a aquellos hombres y mujeres un lugar para caminar, con una perspectiva que invitaba a un pensamiento más amplio y a la esperanza. Había muros altos de ladrillo rojo rodeando el perímetro del recinto; siempre los he visto como un importante límite entre mi vida personal y mi vida profesional, que me permitía dejar el trabajo atrás cada noche, a buen recaudo hasta que volviera.

El día de la primera sesión con Tony llegué temprano para hablar con el personal del pabellón y asegurarme de que nadie me había quitado la sala que había reservado para trabajar; al igual que en todos los hospitales en los que había trabajado, en Broadmoor no había salas de terapia suficientes y siempre competíamos por el espacio. También quería colocarlo todo a mi gusto, con las sillas bien separadas, la del paciente junto a la ventana y la mía cerca de la puerta. «Nunca dejes que el paciente te bloquee la salida» es un dicho que aprendí mientras estudiaba y lo sigo cumpliendo hoy. También es importante permitir que haya un espacio respetuoso para la reflexión entre los participantes; ese concepto de etiqueta social al que nos referimos con «no invadir el espacio de los demás» es igual de importante en terapia, o incluso más. Me preocupé en exceso por el ángulo de las sillas, como si hubiera uno que fuera a ayudarme a conectar con este desconocido.

Estaba nerviosa y sabía que iba a ciegas. Para empezar, no tenía mucha información sobre él aparte de lo que había leído en la carta de derivación. En aquella época aún había un archivo en el hospital y los médicos tenían autoridad para ir y pedir los expedientes de su paciente, pero entonces, al igual que ahora, no existía un registro completo. Podíamos hacer un collage con su contexto familiar, educación, historial médico, antecedentes penales, procesos judiciales o documentación penitenciaria, pero siempre con lagunas. En el fondo sabíamos que la única forma de conocer de verdad a una persona era hablar con ella y esperar que se abriera a nosotros.

Hoy esta documentación se guarda en ordenadores, no amontonada en cajas polvorientas, pero eso no quiere decir que haya un botón que presionar o un código que teclear que vaya a desbloquear una mina de material importante. En todo caso, es más difícil averiguar detalles útiles ahora, con un mayor control de la información y nuevas leyes de protección a la intimidad, que cuando empecé. Vamos sorteando obstáculos y tenemos que depender de muchas personas que desempeñan distintas funciones y pueden o no estar dispuestas a ayudarnos. A veces me siento como uno de esos pobres detectives privados de ficción que deben ingeniárselas para engatusar a un policía simpático o ir de aquí para allá mendigando información fidedigna para descubrir pistas. Tal vez por esto me gusta tanto leer novelas de detectives en mi tiempo libre: es todo un placer sentarse y dejar que otra persona resuelva los problemas.

Ni siquiera tenía claro qué esperaba conseguir con Tony aquel primer día, ni en qué consistiría el trabajo. ¿Cómo sabría si «mejoraba»? ¿Y qué significaría eso para un hombre que tenía tres cadenas perpetuas y que probablemente no saldría de la cárcel hasta que fuera un anciano, si es que salía? También me daba reparo «ejercer» con la mente de otro ser humano como parte de mi formación. Si lo que yo le ofrecía a él no le servía de nada y a mí sí, ¿no estaba yo reproduciendo parte de su propia crueldad y comportamiento explotador? Me recordé a mí misma que él tendría alguna necesidad o propósito para solicitar terapia y que yo tendría que averiguar cuál era, aunque no fuera sencillo. El engaño es un rasgo distintivo de la psicopatía, un trastorno grave de la personalidad que sabía que se asociaba a los asesinos en serie. Me di cuenta de que era posible que Tony quisiera terapia solamente para llenar el abismo de tiempo al que se enfrentaba estando preso.

«Si es así», pensé de forma egoísta, «no voy a aprender mucho».

Quizá había sido una tontería hacerme cargo de este trabajo, pero era tarde para echarse atrás. Pude ver por el rabillo del ojo a través del vidrio reforzado de la puerta que se acercaba un hombre, escoltado por un enfermero, y que era hora de empezar.

—¿Señor X? Buenos días, soy la doctora Adshead, gracias por venir a...

Me interrumpió con una voz cavernosa y un poco brusca:

—Tony.

Parecía que también estaba nervioso. Permitió que lo guiara y lo dirigiera hacia la silla junto a la ventana y se sentó en una postura cómoda sin mirarme a los ojos. Evitar el contacto visual nos es útil a todos para regular la intimidad y nunca espero que alguien me mire directamente a los ojos al principio. Sin embargo, sabía que Tony había trabajado como camarero antes de su condena, una labor que le exigía interactuar con desconocidos y mirarlos a los ojos. Me pregunté si habría cobrado buenas propinas. ¿Había sido encantador con sus clientes? ¿Y con sus víctimas? Era consciente de que podía intentar seducirme.

Empecé repasando algunas directrices fundamentales para la terapia en entornos de seguridad. La más importante era el principio de que, aunque habría cierto nivel de confidencialidad médico-paciente, si me contaba algo que supusiera un peligro para él o para otros, tendría que informar al equipo que lo atendía. Le expliqué que nuestro trabajo sería parte de los cuidados proporcionados por los miembros de este equipo y que yo cooperaría con ellos, tanto con el personal de enfermería como con el psicólogo y el psiquiatra que supervisaba su tratamiento. Todo esto formaba parte de un esfuerzo por mantenerlo a salvo y garantizar su estabilidad. Le dije que la reunión duraría cincuenta minutos y que tendríamos que ceñirnos a ese tiempo cada vez que nos reuniéramos.

Suelo poner este límite aunque los hospitales psiquiátricos son muy diferentes de las cómodas salas de consulta de Sigmund Freud. Él empezó a dar sesiones de cincuenta minutos u «horas terapéuticas», tal vez para poder atender a un paciente cada hora sin que se vieran en la sala de espera, o quizá solo quería tomarse un descanso. A diferencia de Freud y la mayoría de psicoterapeutas que trabajan en consultas privadas, no atiendo a varias personas seguidas, así que no necesito ese tope. Cada día es distinto, pero sería raro atender a más de dos o tres pacientes en un día, en parte porque luego hay que poner por escrito cada sesión de forma detallada, y porque necesito tiempo para hablar con las personas que trabajan con los mismos pacientes. Para entonces ya sabía que los primeros cinco o diez minutos son cruciales para apuntar frases memorables o ideas que hayan surgido durante la sesión mientras se tienen frescas. No tomo notas mientras los pacientes hablan, sobre todo porque puede hacer que la interacción parezca más un interrogatorio que una conversación, y porque tampoco es una buena idea si el paciente está paranoico, por razones obvias. La mayoría de terapeutas forenses aprenden a memorizar las sesiones. Cuando trabajaba con Tony aún estaba perfeccionando esta habilidad y estaba ansiosa por esforzarme en recordar algunas de las palabras exactas que usaba la gente para retener imágenes clave, metáforas y su lenguaje. Descubrí que me ayudaba dividir la sesión en tres partes para evitar hacerme un lío. No siempre era sencillo y me recordaba a la reflexión de Larkin (parafraseando a Aristóteles) que decía que la novela, como una tragedia, tiene «un principio, un nudo y un desenlace».

Tony fue asintiendo mientras se lo explicaba todo, sin parecer preocupado ni especialmente interesado. Me pareció que tenía aspecto de actor —no de protagonista, sino del secuaz anodino de un poderoso jefe—. Tenía entradas, pero tenía los antebrazos y las manos cubiertos de rizos negros, que también le brotaban por el cuello de la camiseta. Era bajo y robusto, rozando el sobrepeso; es complicado que nuestros pacientes no ganen unos cuantos kilos, ya que el ejercicio que hacen es limitado, la comida es rica en almidón y ciertos medicamentos engordan. No se mostraba hostil ni se resistía, pero, después de mis explicaciones, no dijo nada. Se quedó ahí sentado conmigo durante mucho, mucho rato, probablemente varios minutos, y yo no sabía qué hacer.

Hoy en día, no sé si dejaría que el silencio durara tanto, sobre todo en una primera sesión con un paciente que podría tener ansiedad o paranoia y sentirse intimidado. Pero a aquellas alturas, me habían enseñado que un psicoterapeuta no debe hablar primero, para dejar que el paciente empiece la sesión cuando quiera. Esperé y, después de un poco, me di cuenta de que no me molestaba el silencio. Al parecer, tampoco le molestaba a Tony, que empezó a toquetear un padrastro que tenía en un pulgar, distraído. Aun así, me daba la sensación de que se estaba tomando su tiempo para examinarme, preguntándose si podía confiar en mí. Llegó un momento en el que se me ocurrió cómo romper el hielo.

—¿Qué tipo de silencio te parece este? —pregunté.

Levantó la cabeza, sorprendido. Después esbozó una sonrisa amigable y abierta. Vi que podía ser atractivo, que le sería fácil convencerte para que pidieras el plato del día u otro vaso de vino.

—Nunca me han preguntado algo así.

Le conté que la terapia a veces implicaba preguntas extrañas, intentando mantener el contacto visual mientras hablaba. Tenía los ojos tan oscuros que parecían negros, como si la pupila fuera una yema rota que se había extendido al iris. Desvió la mirada hacia un lado, por encima de mi hombro, hacia el cristal de la puerta justo detrás de mí, que daba al pasillo. Fuera había sonidos de vida, reforzados por el zumbido de la televisión de la sala, siempre encendida, que en aquella época solía sintonizar la MTV. Oía a gente hablando, un murmullo bajo y confuso a cierta distancia. Más cerca, alguien levantó la voz para quejarse a un miembro del personal, y ambos escuchamos hasta que se marchó. Entonces me contestó:

—Creía que esto era más o menos tranquilo —me pareció detectar la cuidadosa dicción que asocio con quienes tienen mi idioma como segunda lengua—. En este pabellón hay mucho ruido —dijo.

—Ah, ¿sí? —pregunté.

Intuía que no solo hablaba de aquel momento, que tenía algo más que decir.

—En la habitación al lado de la mía hay un hombre que no para de gritar por la noche y... —se detuvo, como si necesitara tener cuidado con lo que decía, tal vez en el intento de dar una buena impresión y no parecer un quejica—. A ver, no quiero quejarme, se está mejor que en la cárcel, pero no duermo bien. Así que me gusta sentarme un rato en silencio. Y Jamie, mi enfermero, dice que eso me viene bien, y es majo. Me fío de él.

Pensé sin decirle a Tony: «Pero no tienes razones para fiarte de mí ahora mismo», y apunté mentalmente que tenía que hablar con Jamie lo antes posible. El comentario de Tony reflejaba lo importante que es el papel de los enfermeros; dan apoyo individual a sus pacientes y suelen ser los que mejor entienden su estado de ánimo. Mi trabajo debe integrarse con el del personal de enfermería, que pasa mucho más tiempo con el paciente que yo, y he aprendido a tener en cuenta sus observaciones y respetar mucho sus conocimientos.

Con el tiempo, como este caso y otros mostrarán, he visto lo esencial que es que el personal de enfermería y el terapeuta trabajen juntos para que no se escape nada, al igual que los profesores y los padres deben colaborar para ayudar a que los niños crezcan y se desarrollen. Esto no quiere decir que nuestros pacientes sean inmaduros (aunque algunos parecen atascados en sus recuerdos de infancia), pero las exigencias de un entorno de seguridad limitan de forma inevitable la autonomía y la libertad de los pacientes, cosa que puede hacer que se sientan como niños y que dependan de los trabajadores para que los ayuden a conseguir lo que quieren.

En ningún momento durante esta primera entrevista me dio la impresión de que Tony estuviera en el hospital a propósito, como una alegre alternativa a la cárcel. Los medios se empeñan en perpetuar la idea de que los delincuentes intentan ir a hospitales psiquiátricos de seguridad como si fueran una alternativa cómoda a la prisión, pero la realidad es muy diferente. La vida en estos hospitales es psicológicamente exigente. En prisión es posible retirarse y, hasta cierto punto, desvanecerse en el anonimato y monotonía de las rutinas, pero en los hospitales las decisiones y la privacidad están muy limitadas, y los trabajadores como yo estamos haciendo todo el rato preguntas difíciles sobre estados de ánimo y sentimientos. De hecho, la mayoría de los delincuentes no quieren que los manden a los servicios de atención psiquiátrica (hay una expresión desagradable relacionada con esto: estar «pirado») porque estigmatiza y, a diferencia de la mayoría de penas de prisión, puede ser por tiempo indefinido.

Le pregunté a Tony si podía hablarme más de sus problemas para dormir. Había estado deprimido, y el insomnio es una lacra de los trastornos de ansiedad y del estado de ánimo, pero el hecho de que lo hubiera mencionado tan rápido me intrigaba.

—Tengo pesadillas.

Esto era un principio. La mayoría de nosotros no solemos comentar un sueño o una pesadilla con otra persona a no ser que queramos desahogarnos. Hay estereotipos arraigados de que los terapeutas interpretan los sueños para explicar a la gente cómo funciona su mente, pero los mejores terapeutas van hacia donde los pacientes los llevan y aceptan que el paciente es el experto en su propia mente. Pero en aquel entonces yo era una conductora principiante en la psicoterapia, deseando hacerlo todo según las reglas, y por un breve momento pensé, de forma un tanto descabellada, que tal vez debería ahondar en el sueño de Tony como una analista «de verdad». ¿Era eso lo que quería él? Pero cuando le pregunté si podía contarme más sobre sus pesadillas, Tony sacudió la cabeza enfáticamente. Volvió el silencio. Me recliné en la silla, intentando parecer relajada y comunicar con mi lenguaje corporal que comprendía su reticencia. Para dos personas que no se conocen nunca es fácil hablar de cosas horribles.

Me vinieron a la mente recuerdos de otras primeras sesiones, de mis compañeros y mentores debatiendo cómo hablar y escuchar a personas que han matado. No tardé en alejarme de allí, para volver a la sala, cuando él habló de nuevo. Su voz era desafiante.

—¿Cómo funciona esto? ¿Nos quedamos aquí sentados? ¿No va a hacerme más preguntas?

Parecía que ya no estaba cómodo con la paz que reinaba en la sala y utilizaba las preguntas para perturbarla. Le respondí que podríamos tardar un poco en conocernos y estar cómodos, y, mientras tanto, era posible que los silencios fueran y vinieran, y podían sentirse de forma diferente según el momento. Le recordé que antes había dicho que le gustaba y le pregunté si eso había cambiado.

—Ahora estoy un poco tenso, no sé por qué —contestó.

Me puse a dar saltos mentalmente porque esta respuesta, de apariencia insignificante, revelaba que Tony era consciente de su experiencia mental y podía describir cómo cambiaba con el tiempo. También había respondido a una pregunta sin ponerse a la defensiva. Cada vez que hablo con alguien como terapeuta me pregunto si tiene curiosidad, si está dispuesto a colaborar, si le interesa su propia mente. Eran buenas señales.

Sabía que a veces el principio de la terapia es más fácil para los pacientes si contestan preguntas, así que hice otra. Quise saber si veía una conexión entre su tensión y las pesadillas de las que había hablado. Cruzó los brazos por encima del amplio pecho y me dio la impresión de que quería bloquearme, ya que también se estaba cubriendo el corazón, como si lo protegiera de una posible amenaza.

—No quiero hablar de las pesadillas. Sería muy desagradable para mí y no creo que sirviera de nada.

Bueno, había quedado claro. No intenté tranquilizarlo. En psicología se da la extraña paradoja de que tranquilizar a un paciente puede transmitirle que el terapeuta no quiere saber nada de lo que le preocupa; esto también puede aplicarse a otros entornos (en el trabajo, en clase o en casa) en los que las personas dialogan sobre temas emotivos. Sabía que tenía que demostrarle que estaba allí para escuchar lo que tuviera que decir, cuando estuviera preparado, aunque fuera difícil. Para cambiar de tema, le recordé que estaba allí por petición suya preguntándole directamente:

—¿Puedes decirme por qué querías hablar con un terapeuta?

Como ya he dicho, todavía estaba aprendiendo a desenvolverme en este trabajo y, con muchos más años de experiencia, no creo que hoy fuera capaz de preguntar «por qué» tan pronto, ya que puede resultar demasiado intrusivo. Pero, una vez más, me respondió de inmediato:

—Porque creo... Sé que tengo que intentar entender lo que hice, y supongo que hablar así puede ayudar. Ya lo he dicho, es lo que dice Jamie.

Aproveché esta mención del enfermero para preguntarle qué pensaba del equipo que le atendía en general, y luego le pedí que me contara cómo había sido su traslado al hospital. Me contó que llevaba diez años cumpliendo cadena perpetua en una prisión de alta seguridad cuando lo agredieron en un rellano otros presos, que lo llamaron pederasta. Tony tartamudeó un poco al describirme cómo tres hombres se habían abalanzado sobre él, sujetándolo y apuñalándolo con un arma casera, que según supo más tarde era un cepillo de dientes afilado. Lo tuvieron que operar de urgencia y tuvo suerte de sobrevivir. Cuando se recuperó físicamente, se deprimió, sobre todo porque había creído que uno de los tres agresores era su amigo. Intentó suicidarse, lo que llevó a que le diagnosticaran una depresión grave y, en última instancia, a su traslado de la cárcel al hospital para recibir tratamiento.

Al terminar nuestra primera sesión, le pregunté si la sensación de tensión había desaparecido. Me respondió que sí, que estaba dispuesto a volver a verme y añadió:

—No ha sido tan malo como esperaba.

Música para los oídos de un psicoterapeuta forense. Más tarde, busqué a Jamie para presentarme y preguntarle por aquellos problemas para dormir. Jamie, un hombre elegante y de cálida sonrisa que hablaba en voz baja, me contó que había llegado a la enfermería psiquiátrica después de ser paisajista, y me pareció que sus observaciones tenían la detallada precisión de un horticultor describiendo sus flores. Se tomó su tiempo para reflexionar sobre mi pregunta acerca de las pesadillas de Tony, añadiendo algunos comentarios sobre el impacto que tenían en los demás.

—Para nosotros es un problema, porque el de la habitación de al lado se queja de que Tony grita en sueños y lo despierta cada dos por tres. Pero no hay mucho que podamos hacer. No hay ninguna habitación libre a la que trasladarlo.

Esto me desconcertó. Mientras recorría el laborioso camino de vuelta al edificio de administración, esclusa por esclusa, puerta por puerta, me asaltó un pensamiento repentino: ¿el hombre que gritaba y el que se quejaba de los gritos eran la misma persona? ¿Eran los dos Tony?

Salí de ese primer encuentro sin saber qué pensar de Tony. La idea que se tiene de los asesinos en serie es que todos son psicópatas, pero no estaba segura de si eso era cierto en su caso. No lo parecía, pero quizá yo no lo sabía. El concepto de psicopatía es complejo y apareció por primera vez en el discurso psiquiátrico en la década de 1930, pero se consolidó después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Existía una creciente preocupación social por los hombres aislados, muchos de ellos víctimas emocionales de la ruina económica y la guerra que parecían desconectados de las normas sociales, con estados mentales insensibles que les hacían tratar a los demás como «cosas», en lugar de como semejantes. En los años setenta, esta clase de comportamiento antisocial se definió en la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales [DSM-3 en sus siglas en inglés], una publicación periódica de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Este comportamiento se describe de forma similar en la CIE, la Clasificación Internacional de Enfermedades publicada por la Organización Mundial de la Salud. Tanto el DSM-3 como la CIE incluyen una versión de lo que se conoce como trastorno de personalidad antisocial (TPA) y la mayoría sostiene que la psicopatía es una variante severa de este trastorno.

En 1941, un psiquiatra estadounidense, Hervey Cleckley, publicó un estudio fundamental titulado The Mask of Sanity8, que popularizó la idea del «psicópata». Resulta irónico pensar que Cleckley estaba trabajando en su libro al mismo tiempo que el gobierno nazi en Alemania desarrollaba su solución final, la matanza masiva de ciudadanos judíos, que se concretó en la Conferencia de Wannsee en enero de 1942, poco después de la publicación de The Mask Sanity. Siempre me he preguntado qué habría pensado Cleckley de esa reunión si hubiera sabido algo de ella. ¿Los habría descrito a todos como psicópatas?

Cleckley estudió a un grupo de personas que parecían «normales» e incluso podían tener cierto encanto, pero que no mostraban ninguna preocupación por los sentimientos de los demás. Muchos de los sujetos habían sido enviados por sus padres o parejas, que se quejaban de sus repetidas mentiras, su naturaleza manipuladora y su superficialidad emocional y falta de sinceridad, así como de su aparente desprecio por las costumbres o normas sociales. Estos hombres y mujeres no parecían sentir remordimientos ni preocuparse por la angustia que causaban a sus familias; prometían cambiar, pero nunca lo hacían. Es importante señalar que pocos de los psicópatas de Cleckley eran gravemente violentos o crueles; algunos cumplieron condenas breves por peleas o robos, pero no por violencia grave. También llama la atención que las tres mujeres que incluyó como ejemplos de psicópatas femeninas parecían reunir los requisitos porque no obedecían las normas sociales para las mujeres de la época; uno de los principales indicadores de su psicopatía era que mantenían muchas relaciones sexuales extramatrimoniales.

En los setenta, el profesor Robert Hare, psicólogo criminalista canadiense, utilizó las características conductuales de los sujetos de Cleckley para elaborar una forma de medir la psicopatía, la Escala de Evaluación de la Psicopatía de Hare9. La aplicó a una amplia muestra de presos condenados por delitos violentos y descubrió que una minoría de ellos, aproximadamente un tercio, obtenía una alta puntuación en la escala, con características clave recurrentes, como falta de emociones y un carácter engañoso. Su conducta delictiva era de una violencia y variedad extremas, y reincidían más a menudo que los que tenían una puntuación más baja. El trabajo de Hare despertó un enorme interés y generó estudios en todo el mundo. El campo académico de la psicopatía es enorme, y las ideas siguen evolucionando; aún no se sabe a ciencia cierta cuáles son las causas de la psicopatía y qué podemos hacer al respecto. La principal hipótesis es que la psicopatía surge de una compleja interacción entre la genética y el entorno, pero estoy segura de que aún queda mucho por descubrir al respecto. Me interesan menos las causas que las ideas para el tratamiento de los psicópatas, que comenzaron a aparecer en los años sesenta y setenta. Se empezó a demostrar que las personas con psicopatía podían, si tenían al menos cierta capacidad de introspección, responder bien a programas penitenciarios estructurados que combinaban terapia individual y de grupo10. Sin embargo, el trabajo individual debe abordarse con precaución, ya que el terapeuta corre el riesgo de ser engañado y explotado.

Cuando conocí a Tony, casi veinte años después de que Hare concibiera su escala, se había producido otro giro: algunos investigadores empezaron a preguntarse si la psicopatía existía de verdad y, en caso afirmativo, si el incumplimiento delictivo de las normas era una característica necesaria de un psicópata estándar. Surgió la idea de que podría haber innumerables psicópatas exitosos en nuestra sociedad: esas personas cautivadoras, inteligentes y despiadadas que dirigen nuestros bancos y otras industrias o invaden países más pequeños11. Lo complejo de esto es que equiparaba la psicopatía a ser duro y explotador, por lo que debería ser un diagnóstico común en culturas contemporáneas como la nuestra. Pero, al menos según los datos disponibles, no parece ser el caso. Tampoco me queda claro qué se consigue poniendo esta etiqueta a las personas que no han infringido la ley, más allá de implicar que son especialmente malas y desagradables, cosa que ya sabíamos.

¿Cómo podría aplicarse algo de esto a Tony y a las personas como él? Por definición, los psicópatas que vemos en las cárceles y en los hospitales de seguridad son fracasos sociales, no éxitos, y obviamente carecen de la inteligencia necesaria para evitar ser detectados. Sospecho que los psicópatas criminales más capaces nunca emplearían la violencia ellos mismos (aunque podrían conseguir que alguien lo hiciera por ellos) porque hacerlo pone en peligro su bienestar. A lo largo de mi vida, los psicópatas que he conocido no han sido ni excepcionalmente brillantes, ni socialmente capaces, ni para nada cautivadores. Suelen ser tan poco empáticos que no pueden ver el efecto que tienen en los demás, por lo que acaban saboteándose a sí mismos. Es poco probable que pidan terapia porque no quieren rebajarse a pedir ayuda y además creen que lo saben todo. Basándonos solo en eso, Tony no habría cumplido con los requisitos para ser considerado psicópata, por mucha gente que hubiera matado.

Esperaba trabajar con él a largo plazo, construyendo gradualmente una alianza terapéutica, o lo que el pionero psiquiatra y psicoterapeuta británico John Bowlby llamó una «base segura»12. Podría pasar un año antes de que tuviéramos la confianza necesaria para que Tony se abriera. Decidí volver al tema que había planteado al principio: aunque había dicho que prefería no hablar de sus pesadillas, yo quería profundizar en la relación entre estas y el problema del hombre que gritaba. Me fascinaba la idea de que Tony pudiera haberse identificado con el «hombre que gritaba», utilizando un mecanismo psicológico llamado proyección, por el que transferimos nuestros sentimientos o deseos incómodos a otra persona, como una imagen proyectada en una pantalla. Era consciente de que tendría que ir con cuidado, porque la proyección es una defensa que implica una «prueba de realidad» distorsionada. Este término, al que volveré, describe la capacidad de distinguir entre lo que es real y lo que no lo es, y si alguien puede juzgar y responder a las situaciones de forma adecuada. Todos tenemos esta facultad, pero las personas que padecen psicosis la tienen disminuida o deteriorada.

La proyección del «hombre que gritaba» podía significar que Tony estaba más grave de lo que aparentaba, y me parecía que su resistencia a hablar sobre las pesadillas indicaba cierta cualidad emocional y capacidad de defensa. Si ese muro caía de forma demasiado rápida o abrupta, podría entrar en contacto con sentimientos horribles que no podría procesar y volvería a tener ideas suicidas. Mi supervisor y yo también hablamos sobre si las pesadillas podrían representar algo más en la mente de Tony y si era posible que «el hombre de al lado» representara alguna idea o persona que necesitaba mantener detrás de una barrera. Hablamos de cómo tenía que apoyar a Tony y dejarle ir a su ritmo, para que pudiera hablarme de las cosas que más temía. Avanzamos un poco cuando, varios meses después de empezar a trabajar juntos, Tony me dijo que estaba listo para hablar sobre el contenido de sus pesadillas.

Empezó diciendo que siempre eran iguales. Estaba estrangulando a un joven atractivo que intentaba gritar y tenía que hacerlo callar. Aumentaba la presión sobre la garganta, veía el pánico y el terror en los ojos de su víctima y sentía una sensación de poder, «un subidón». De repente, el rostro del joven se convertía en el de su difunto padre, deformado por la rabia. La voz de Tony temblaba mientras describía cómo se transformaba entonces en una especie de cabeza de Medusa masculina, con serpientes que enmarcaban una terrible boca furiosa. En el sueño, siempre intentaba impedir que la cabeza hablara, pero esta le gritaba. Las palabras eran ininteligibles, dijo, pero sabía que eran «mordaces y desagradables», y se sentía a la vez aterrorizado y frustrado por no poder comprender su significado. Sentía que tenía que averiguarlo y ahí era cuando se despertaba, sudando, con el corazón acelerado y oyendo gritar al hombre de al lado.

Esta pesadilla nos llevó directamente a hablar más sobre sus delitos y su familia. Yo sabía algunos datos, pero quería oírlos directamente de él. Empezó diciendo que había crecido en una familia católica de padre inglés y madre española, bella y frágil, indefensa ante la violencia de su marido hacia ella y sus hijos. Tony me contó que recordaba esconderse bajo la ropa de su madre en el armario para escapar de los puños de su padre y que le encantaban los olores dulces y los tejidos suaves, como una especie de antídoto contra la masculinidad violenta de su progenitor. A veces se probaba cosas o jugaba con el maquillaje de ella cuando estaba solo, una parte normal del desarrollo, ya que los jóvenes exploran lo que significa ser masculino y femenino. Me hizo pensar en si Tony se identificaba más con su madre que con su padre, pero eso no me cuadró cuando me contó que, a medida que se acercaba a la adolescencia, empezó a despreciar a su madre, a rechazar su cariño y a odiar su debilidad.

En secundaria tuvo problemas de autoestima y creía que era feo; algo que volvería a oír de personas que habían sufrido maltratos y abandono en la infancia, como Marcus, otro de los pacientes de este libro. Hay estudios que demuestran que estos niños reaccionan a su imagen en el espejo con nerviosismo y hostilidad. También suele costarles desarrollar un «cerebro social», lo que significa que son incapaces de relacionarse bien con los demás y pueden tener problemas continuos de cambios de humor y de control del temperamento. No es de extrañar que el joven Tony no hiciera muchos amigos en clase. A menudo se dice que los niños callados y duros como este, solitarios y con una vida familiar problemática, son resilientes; de hecho, es un adjetivo que se aplica habitualmente a todos los niños, como si fueran plantas robustas. Es más exacto decir que un niño que ha carecido de los cuidados básicos y vive en una sequía emocional entra en un estado de letargo o hibernación. Puede que se desvincule de la realidad de su mundo para protegerse y, como una planta sometida al estrés de la lluvia ácida o plantada en un suelo pobre, su mente deja de crecer y florecer. Tony me contó que su reacción ante los problemas escolares fue empezar a hacer ejercicio y aumentar su masa muscular. Pronto comenzó a atacar e intimidar a otros chicos y descubrió que eso le excitaba sexualmente. Esta asociación es algo que oigo con regularidad de los agresores sexuales, avalada por un amplio corpus de investigaciones realizadas a lo largo de muchas décadas. Los avances de la neurociencia nos dicen que las zonas del cerebro que se «activan» cuando estamos asustados, excitados o emocionados están muy cerca unas de otras y utilizan las mismas redes neuronales. Mientras Tony hablaba de la excitación sexual que experimentaba cuando acosaba a otros, tuve la sensación de que podía tratarse de un mecanismo de defensa para él: podía sentirse fálico y fuerte haciendo que otros niños sintieran miedo. Podía deshacerse de sus propios sentimientos terribles de miedo relacionados con su padre al proyectarlos en otra persona. He oído a muchos pacientes describir algo parecido, contándome cómo la violencia les ayudaba a sentirse más seguros y, de algún modo, satisfechos. Aunque a la mayoría de nosotros nos resulte difícil identificarnos con esto, probablemente todos hayamos experimentado alguna vez un sentimiento de schadenfreude o satisfacción por la desgracia ajena, palabra que literalmente es una combinación de las palabras alemanas «daño» y «alegría». También se trata de un mecanismo de supervivencia, un destello de alivio provocado por el sufrimiento ajeno. En el caso de Tony, este destello se convertiría en una llama ardiente.

El joven Tony tenía suficiente empatía y sensibilidad social para preocuparse por estos sentimientos. También era ambivalente sobre su atracción sexual hacia otros hombres. Me dijo que sabía que sería algo repugnante para sus estrictos padres católicos, que pensaban que los homosexuales iban al infierno. Su padre los llamaba «maricas» y era implacable con cualquier signo de feminidad en los hombres. Aun así, Tony fantaseaba con cómo sería estar con otro hombre y controlarlo, alguien que fuera bello y débil a la vez. Yo pensé en la relación de poder entre su madre y su padre y en el niño asustado que presenciaba sus interacciones a través de las rendijas del armario. Cuando se peleaba en el colegio, Tony me contó que su padre siempre respondía elogiándolo y diciéndole:

—Ahora eres un chico de verdad.

Aunque parezca que hay un largo trecho entre el marqués de Sade y Pinocho, cuando dijo esto me vino a la mente el niño marioneta. No pude evitar pensar en el amor que Pinocho encontró y que lo hizo real y en el vínculo con su «padre», Geppetto, que le dio la vida.