El guardián de la heredera - Margaret Way - E-Book
SONDERANGEBOT

El guardián de la heredera E-Book

Margaret Way

0,0
2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Un cambio de vida inesperado Debido a disputas familiares, hacía años que Carol Chancellor no tenía relaciones con la familia de su difunto padre. Por tanto, a la muerte de su abuelo, la familia, tremendamente resentida, no podía comprender por qué era ella la principal beneficiaria del testamento. Afortunadamente, Damon Hunter, un buen abogado de Sídney, había sido designado para velar por sus intereses. Carol se sentía completamente a salvo con Damon. Y cuando se sintió amenazada, fue la única persona a la que sabía que podía acudir. Pero también se dio cuenta de que no solo su vida estaba en peligro, sino también su corazón.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 173

Veröffentlichungsjahr: 2013

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Margaret Way, Pty., Ltd. Todos los derechos reservados.

EL GUARDIÁN DE LA HEREDERA, N.º 2522 - Septiembre 2013

Título original: Guardian to the Heiress

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. con permiso de Harlequin persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3530-6

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Prólogo

Selwyn Chancellor no estaba pasando por uno de sus mejores momentos. Se encontraba en su habitación, en la enorme cama de caoba, semiinconsciente, asaltado por los recuerdos. Sus fragmentados sueños acompañados de un agudo dolor que la morfina apenas atenuaba.

Sabía que se estaba muriendo. No le importaba. La muerte le resultaba un alivio, a pesar de haber sido un hombre que siempre se había negado a enfrentarse al hecho de que algún día moriría como todo el mundo. Porque él no era como todo el mundo. Él era Selwyn Chancellor, multimillonario, un hombre de un gran poder, inmensamente rico. Era presidente de Chancellor Group, un conglomerado de empresas que incluían comercio mercantil, inmobiliaria, industria, servicios y transportes y seguros, con filiales por todo el mundo.

Su padre, sir Edwin Chancellor, al que había adorado, siempre le había instado a destacar en todo. Su padre, en las puertas de la muerte, había profetizado un brillante futuro para él: «Sé que puedo contar contigo, Selwyn. Sé que dejo Chancellor Group en buenas manos».

Por aquel entonces, las palabras de su padre habían sido de suma importancia para él. Pero ahora eso ya no contaba. Al final de sus días, se veía obligado a reconocer que apenas había contado con momentos felices en su vida. Era consciente de que algunos sinceramente sentirían su muerte, pero también sabía que, en el momento en que el médico le declarara muerto, los «buitres» atacarían.

Los «buitres», así llamaba a los miembros de su familia. Su reservada mujer, Elaine, le había dado un hijo, Maurice. La mujer de su hijo, Dallas, se había estropeado mucho con los años. Al menos a su mujer, a Elaine, no le había pasado eso; sin embargo, Elaine, por su temperamento, no había sabido estar nunca a la altura de las circunstancias como esposa de un hombre sumamente poderoso. Y no le había ayudado la prematura muerte de su primogénito, Adam. Al final, Elaine se había quitado la vida, aunque oficialmente se había declarado muerte por accidente.

Pero él sabía que no había sido así. La tragedia nunca le había abandonado. Quizá fuera él mismo el responsable.

Era Adam quien debiera haberle sucedido, Adam quien había tenido los conocimientos y el carácter necesarios para ocupar su puesto. Maurice, por el contrario, se había criado a la sombra de Adam, siempre ineficaz, indolente y demasiado avaro. Y lo mismo podía decirse del hijo de Maurice, Troy, el que más placer sentía por verle morir, a pesar de disimularlo con gran maestría. Troy siempre necesitaba más dinero.

En un momento de extraordinaria claridad, vio a la rolliza enfermera apartarse de la ventana y mirar el reloj. Otra inyección. Esa mujer era una obsesa de la puntualidad. La vio colocar la bandeja en la mesilla de noche y luego agarrar una jeringuilla.

–Déjelo, enfermera. Déjeme. Váyase.

La enfermera abrió la boca y la cerró, tragándose lo que iba a decir.

–Vamos, dígame, ¿a qué está esperando? –gruñó él al ver que la enfermera no se había movido.

–El doctor McDowell vendrá a eso de las dos –respondió la enfermera en tono de reproche.

–¿Y eso tiene que hacerme sentir mejor?

Un brillo hostil asomó a los ojos de ella.

–Necesita otra inyección antes de que venga el médico, señor.

–No me venga con impertinencias. Márchese. Y como deje que algún miembro de mi familia entre en esta habitación, quedará despedida al instante.

Unas gotas de sudor aparecieron en la frente de la enfermera. Estaba sumamente bien pagada, residía ahí esos días y comía a la carta. Nadie quería cuidar al viejo.

–¿Necesita algo antes de que me vaya?

–No. Váyase ya.

La enfermera, con expresión de agravio, se marchó.

Selwyn escuchó su propia respiración. ¿Encontraría la libertad al morir? Ojalá. Ojalá pudiera reunirse con la gente a la que había querido y que había perdido. ¿Y si iban a buscarle? La idea le hizo sonreír. Y, mientras sonreía, tuvo otra visión...

–Toma, son para ti, Poppy –una hermosa niña de cinco años y rizos cobrizos le dio un ramo de flores silvestres.

–¡Son preciosas, cielo! –exclamó él, hundiendo la nariz entre las flores, consciente del riesgo de un ataque de estornudos–. Muchísimas gracias.

–Te quiero, Poppy –le dijo la niña dando saltos a su alrededor.

Carol nunca estaba quieta. La pequeña Carol, la única persona en el mundo que le quería sin reservas.

–Yo también te quiero, cielo –respondió él con absoluta sinceridad.

Él estaba sentado en la terraza de la parte posterior de la casa tomándose un café antes de irse a la oficina. Tras vaciar la taza de café, se puso en pie y tomó la mano de la niña.

–¿Qué vas a hacer hoy? –preguntó a la pequeña.

Era sábado y sabía que la madre de Carol, Roxanne, no se iba a molestar en llevar a la niña a ninguna parte. Roxanne era una madre pésima, pero él había contratado a una excelente niñera, una mujer encantadora de mediana edad y con gran experiencia con niños. La niñera y Carol se llevaban de maravilla.

–¿Por qué papá y tú no os quedáis conmigo en casa hoy, Poppy? –preguntó la niña en tono de ruego.

–No es posible, cielo –respondió él acariciándole los rizos–. Tu padre y yo tenemos trabajo. Un trabajo muy importante.

–¿No puede esperar? –dijo ella con impaciencia.

–Me temo que no. ¿Qué te parece si lo dejamos para mañana? Mañana podríamos ir a Beaumont. ¿De acuerdo?

Tendría que hacer un hueco en su apretado calendario, pero su nieta se lo merecía.

Carol se puso a aplaudir, mirándole con brillantes ojos azules.

–¡Estupendo! Eres el mejor abuelo del mundo –declaró Carol agarrando su gran mano para besársela.

Selwyn no pudo contener un sollozo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No hacía tanto tiempo que su querida nieta había desaparecido, al igual que su hijo Adam. Aunque había seguido al corriente de la vida de su nieta, a pesar de la distancia. La traicionera Roxanne se había vuelto a casar, con Jeff Emmett, un banquero, apenas dieciocho meses después de la muerte de Adam; no obstante, él había seguido encargándose de cubrir todos los gastos referentes a Carol. Había seguido todos los pasos de su nieta. La había observado a distancia, desde el asiento posterior de su Rolls. Y había contratado a su mejor y más discreto investigador privado para que no perdiera de vista a su nieta, y para que le tuviera informado sobre la madre de Carol y su padrastro.

Un año atrás, cuando se enteró de que tenía cáncer, había llamado a su abogado. Pero no a Marcus Bradfield, de Bradfield Douglass, sino a uno de los jóvenes abogados del despacho, Damon Hunter, el hombre que le había dado nuevas ideas para ahorrar dinero a sus empresas. Era Hunter quien se había encargado del nuevo testamento.

Tras investigar a fondo al joven abogado, sus dudas se habían disipado por completo. Hunter era un profesional y un hombre extraordinario, y por eso le había encargado que cuidara del dinero de Carol y velara por sus intereses hasta que su nieta cumpliera los veintiún años el próximo Agosto. Sí, a pesar de su juventud, Hunter era su hombre.

Carol era la única de la familia a quien realmente quería. Carol era la hija de Adam.

En sus últimos momentos, Selwyn Chancellor conjuró otra imagen de su nieta, la imagen de la última vez que la había visto: Carol había dirigido la mirada al otro lado de la calle y habría notado el lujoso coche de no ser por haber estado entretenida charlando con una de sus amigas, una de sus compañeras de universidad con quien la había visto en algunas ocasiones. Carol estaba guapa y llena de vida, y verla así le tranquilizó enormemente. Estaba seguro de que Damon Hunter velaría por los intereses de Carol, y eso que él no era proclive a fiarse de nadie.

Debía de estar teniendo alucinaciones porque le pareció que su preciosa Elaine se había detenido a los pies de su cama.

–¿Eres tú, Elaine? –susurró Selwyn tratando de incorporarse.

Ella no habló, pero se le acercó más, como un espíritu listo para encargarse de su alma.

La imagen se hizo más clara. Sí, era Elaine, resplandeciente.

Y Selwyn no tuvo miedo, sino que quiso irse con ella.

Selwyn Chancellor extendió la mano para tomar la de su esposa.

Y se fue con ella.

Capítulo 1

Damon Hunter estaba metiendo unos papeles en la cartera cuando Marcus Bradfield entró en el despacho con expresión solemne. Marcus Bradfield tenía un bonito rostro de mediana edad al que el exceso de grasa en las mejillas le confería un aire angelical.

–Malas noticias.

Damon dejó lo que estaba haciendo y miró a su jefe a los ojos.

–No me lo digas, Selwyn Chancellor ha muerto.

–Eso es –Bradfield se dejó caer en uno de los sillones delante del escritorio de Damon.

Bradfield era un hombre acaudalado, de familia rica, respetado, un miembro de la élite de la ciudad. Su abuelo, Patrick Bradfield, había sido uno de los fundadores de Bradfield Douglass.

–Maurice me ha telefoneado –una leve sonrisa cruzó el rostro de Bradfield–. Ha fingido estar muy dolido, pero no le ha salido bien del todo.

–No me extraña que le haya costado, teniendo en cuenta lo contento que debe estar –comentó Damon. No aguantaba a Maurice Chancellor ni a su hijo, Troy–. ¿Por qué no me ha llamado a mí también? Al fin y al cabo, soy yo el encargado del testamento.

–Maurice prefiere hablar con los altos cargos, Damon –contestó Bradfield con una sonrisa cínica–. Selwyn Chancellor llevaba años como cliente de este despacho de abogados. Yo soy socio del despacho. Tú aún eres un empleado. ¿No es así?

–Y, sin duda, se me ofrecerá ser socio de la empresa en el futuro –comentó Damon, consciente de que era verdad. Había conseguido clientes para la empresa. De hecho, su nombre se estaba haciendo conocido en el mundo de los negocios–. En cualquier caso, sigo pensando que, después de hablar contigo, debería haberme llamado. Habría sido lo correcto.

–El pobre estaba destrozado –dijo Bradfield con una sonrisa irónica–. Le dije que te lo diría.

–¡Sigue sin parecerme bien! ¿Te ha dicho si se ha puesto en contacto con Carol Emmett, su sobrina? Aunque lleven años sin ponerse en contacto, hay que informarle de la muerte de su abuelo.

–No ha mencionado a Carol –Bradfield hizo un gesto con la mano de no darle importancia–. Además, ¿por qué iba a hacerlo? Hace años que ni se hablan. Y, hablando de Carol, vaya chica guapa. E indomable, por lo que he oído.

–Simplemente joven –declaró Damon–. Y hay que decírselo.

–¿Me equivoco al suponer que el viejo no se ha olvidado de ella en el testamento? –preguntó Bradfield mirando a Damon fijamente a los ojos.

–No, no se ha olvidado de ella –respondió Damon con expresión neutral–. Era su nieta.

–¡Nunca le hizo caso! –exclamó Bradfield con un brillo acusatorio en sus ojos azules. Marcus era un hombre de familia con tres hijas en edad de casarse.

–Eso tú no lo sabes.

Marcus le miró fija y prolongadamente.

–Damon, sabes tan bien como yo que la familia prácticamente la abandonó, a ella y también a su madre. Y hablando de Roxanne... ¡esa sí que es de cuidado! Bastante ligera de cascos, nadie le tenía mucho aprecio. Deberías oír lo que dice mi mujer. Ah, y otra cosa, chico...

–No soy un chico, Marcus.

–Y otra cosa... Maurice no quiere que nadie se entere de la muerte de su padre hasta mañana, momento en el que informará a los medios de comunicación. Selwyn Chancellor era un hombre muy importante. Puede incluso que el primer ministro quiera un funeral de Estado.

–¿En contra de la voluntad de Selwyn Chancellor? –Damon sacudió la cabeza–. Dejó claro que quería un funeral discreto, con su familia y los amigos más cercanos, nada más. Dejó estipulado que se le enterrara en el jardín de su casa de campo, Beaumont, donde supongo que ha muerto. Y dejó claro que quería que Carol asistiera al funeral.

–¿Pero no Jeff ni Roxanne? –preguntó Bradfield, como si se hubieran violado las reglas sociales.

–No, ellos no. Puede que Jeff Emmett sea uno de tus amigos de juventud, pero dejó claro que ni él ni Roxanne aparecieran en el funeral.

–Así que nunca llegó a olvidar, ¿eh? Todo el mundo sabe que Selwyn y su mujer... ¿cómo se llamaba?

–Elaine –respondió Damon.

–Bien, que Selwyn y Elaine culparon a Roxanne por la muerte de Adam, su heredero. Aunque admito que su muerte fue algo sospechosa: mientras navegaban, Adam se da un golpe en la cabeza con la botavara y se cae por la borda, Roxanne trata de lanzarle boyas, pero están atadas; le echa los cojines que tiene a mano, cualquier cosa que flote. Entretanto, el barco sigue navegando a unos ocho nudos por hora.

–Roxanne no sabía nadar, eso es verdad. Y la creyeron.

–No todo el mundo –Bradfield suspiró–. Mi mujer, por ejemplo, nunca la creyó. El viejo Selwyn tampoco, y Elaine mucho menos. Elaine nunca aceptó lo de la muerte por accidente. Los dos somos aficionados a la vela, por lo tanto, sabemos que pueden ocurrir muchas cosas mientras se navega. Pero los padres de Adam Chancellor siempre consideraron a su nuera una homicida.

–Quizá con razón –sugirió Damon–. Es innegable que se comportó de forma muy extraña justo después del accidente: ni una lágrima, siempre impecablemente vestida. Por supuesto, eso no la convierte en una asesina. Pero todo fue muy extraño, por lo que he visto después de leer todo lo que se escribió al respecto.

Bradfield se miró las manos, como si en ellas pudiera encontrar la respuesta.

–Lo único que podemos hacer es especular, y eso no nos conducirá a ninguna parte. Además, aquello pasó hace años, todo el mundo lo ha olvidado.

–Eso no es verdad, Marcus.

–No entiendo a qué viene tanto interés –dijo Bradfield, que quería olvidar el asunto–. El veredicto es lo que cuenta. Jeff Emmett hizo lo correcto: adoptó a la hija de Roxanne al poco tiempo de casarse con ella.

–Estoy convencido de que Roxanne le obligó a ello –Damon agarró su cartera–. Bueno, creo que me voy ya. Ha sido un día de mucho trabajo.

Hacía ya un tiempo que Damon era el primero en llegar a la oficina y el último en marcharse.

Marcus se puso en pie trabajosamente. Había engordado mucho los últimos años.

–Sí, yo también. En fin, ponte en contacto con tu cliente lo antes posible.

Damon se encaminó hacia la puerta.

–Eso pensaba hacer.

Bradfield le puso una mano en el hombro, haciéndole detenerse.

–¿Vas a venir el sábado por la noche?

–No me lo perdería por nada del mundo –respondió Damon aparentando más entusiasmo del que sentía. En realidad, no tenía ninguna gana de ir a la fiesta de cumpleaños de Julie Bradfield, que cumplía treinta.

–No hago más que rezar para que mi Julie encuentre un buen marido –le confió Marcus.

Damon sabía que Marcus le tenía echado el ojo a él.

–Estoy seguro de que lo encontrará –Damon dedicó a su jefe una sonrisa.

«Siempre y cuando no sea yo».

Sabía su dirección, en las afueras. Se había marchado de la casa de su madre y su padrastro al entrar en la universidad. También sabía que estudiaba Derecho, que era buena estudiante y que podía ser mejor si se aplicaba. Y lo sabía porque contaba con buenas fuentes de información en la facultad donde se había graduado con sobresalientes. Las mismas fuentes le habían contado que Carol Emmett era muy «famosa». No había fiesta a la que asistiera sin que la persiguieran los paparazzi. Por las fotos en la prensa, sabía que era increíblemente bonita, aunque diminuta, con una gloriosa cabellera de rizos rojizos, piel de porcelana y ojos azules.

Y, por su trabajo, debía encontrarla lo antes posible.

El piso que Carol Emmett compartía con dos amigas se encontraba en un edificio con una veintena de apartamentos alquilados en su mayoría por estudiantes universitarios. El edificio estaba en buenas condiciones, en una zona principalmente residencial y con un pequeño parque al lado.

Damon se detuvo delante de la puerta número ocho e iba a pulsar el timbre cuando dos chicas salieron del ascensor. A juzgar por su indumentaria, y una de ellas llevaba una minifalda que mostraba bastante más que sus rollizas rodillas, iban de fiesta.

Las chicas, entre risas, le miraron de arriba abajo. Nada de extrañar, ya que era un hombre de un metro ochenta y ocho de estatura, guapo y próspero.

–¿A quién buscas, guapo? –le preguntó la más descarada de las dos, la de las rodillas rollizas.

–A Carol Emmett –respondió él con tranquilidad, pero con autoridad.

–¡No es posible que seas policía! –la atrevida se fijó en su traje de corte italiano, en la camisa, en la corbata e incluso en los zapatos.

–No, claro que no. Mis intenciones son amistosas.

–¡Vaya suerte que tiene Caro! –la chica lanzó un silbido–. Un poco mayor para ella, ¿no? Los chicos con los que sale Caro son de nuestra edad.

¿Treinta años era ser viejo? Deprimente.

–¿La conocéis?

–Claro –respondió la otra chica, de aspecto normal y corriente, con un mechón de cabello teñido de rosa, sin duda para desviar la atención de su pronunciada nariz–. Es nuestra compañera de piso. Pero no está en casa, ha salido a buscar a Trace.

–¿Y quién es Trace?

–Una amiga –respondió la más atrevida–. Trace siempre está metida en líos y Caro se encarga de ayudarla a salir de apuros.

–¿Tenéis idea de adónde ha ido? Necesito hablar con ella urgentemente. Es muy importante.

Las dos chicas se miraron antes de decidir si se merecía una contestación.

–Supongo que en el agujero en el que vive Trace –contestó la atrevida–. No vive aquí, no puede permitírselo. Ni nosotras, de no ser por Caro. Caro nos ayuda económicamente. No se ha metido en un lío, ¿verdad? –de repente, las dos chicas parecieron preocupadas.

–No, en absoluto. Es solo que tengo que hablar con ella. ¿Dónde... vive Trace?

La atrevida le dio una dirección, en una de las zonas poco recomendables de la ciudad.

Damon aparcó detrás de un coche con matrícula personalizada que, poco más o menos, anunciaba a Carol Emmett. Las sospechas de sus compañeras de piso se veían confirmadas, Carol estaba en casa de Trace. Y a él no le gustó. A pesar de haber adoptado el apellido de su padrastro, todo el mundo sabía que era la nieta de Selwyn Chancellor. A las puertas de la muerte, su abuelo había expresado el deseo de que adoptara de nuevo el apellido de su padre. De ahora en adelante, Carol Chancellor necesitaría un guardaespaldas.

Damon salió del coche, lo cerró y miró hacia la casa victoriana dividida en apartamentos. Debía de haber sido impresionante en sus buenos tiempos; aún lo era, a pesar de estar tan descuidada. No había ningún tipo de seguridad, la puerta delantera incluso estaba entreabierta. La empujó suavemente, se adentró en el vestíbulo y leyó los nombres de los inquilinos listados en un panel en la pared: a pesar de no ser necesario, las chicas le habían dicho que Trace vivía en el apartamento número seis con su novio. Por cómo habían hablado de él, no creía que a las chicas les gustara el novio de Trace, que no era estudiante universitario.

–Dice que es chef –le había dicho la avispada con un bufido–, y trabaja en un bar de bocadillos.

–Era chef, Amanda, pero le despidieron –había explicado la otra.

Damon estaba subiendo las escaleras cuando oyó gritos y palabras malsonantes. Subió el resto de las escaleras rápidamente, se acercó a la puerta de la que procedía el ruido y llamó con los nudillos.

Le abrió un joven de unos veinticinco o veintiséis años, musculoso y no muy alto. Llevaba camiseta.

–¿Qué quieres?

–Quiero hablar con la señorita Emmett. Está aquí, ¿verdad?

–¿Y si ella no quiere hablar contigo? –al joven se le hincharon las venas del cuello.

–¿Y usted... cómo se llama? –preguntó Damon en tono seco.

–¿Y a ti qué te importa?