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Aceptar un trabajo con la familia Kinross había catapultado a Rebecca Hunt a un mundo de riqueza y privilegios, y también a un enfrentamiento con Brod Kinross. El duro y cínico encargado de la hacienda de la familia sospechaba que Rebecca era una cazafortunas que andaba tras el dinero de su padre. Pero no era dinero lo que ella quería, lo que realmente buscaba era el amor de Brod…
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Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Margaret Way
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Celos en el desierto, n.º 1149- abril 2021
Título original: A Wife at Kimbara
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-443-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
BROD entró en la acogedora sombra del viejo caserón familiar. Estaba todo sudado y lleno de polvo. Sus hombres y él llevaban desde el amanecer conduciendo un rebaño de vacas poco cooperante desde el arroyo Egret hasta Tres Lunas, una cadena de colinas a unas millas de allí.
Había sido un largo camino, lleno de maldiciones y frustración, ya que unos cuantos animales se empeñaron en salirse de la manada. Más tontas que la misma tontería, en algunas situaciones, las vacas tenían una evidente habilidad para escabullirse entre los matojos.
Le vendría bien un buen baño, pero no tenía tiempo para ello. Su agenda estaba tan llena como siempre. Casi se había olvidado de que el veterinario de la hacienda iba a llegar en avioneta esa tarde para echarle un vistazo a otra parte del ganado. Eso sería sobre las tres, así que tenía tiempo para tomarse un sándwich y una taza de té y volver al corral que habían montado bajo los gomeros.
Miró el montón de correo que había sobre la mesa de pino. No, Kimbara ya no era la espléndida hacienda donde él había nacido, pensó.
Su padre vivía en Kimbara. Stewart Kinross. Señor del Desierto. Mientras dejaba que su único hijo se partiera la espalda con el ganado, él se quedaba con toda la gloria.
Aunque eso no le importaba demasiado, pensó mientras arrojaba su negro sombrero Akruba al perchero y lo dejaba colgando allí, como siempre. Llegaría el día en que Ally y él, juntos, controlaran las diversas empresas Kinross, con la ancestral Kimbara, la nave insignia del imperio ganadero de los Kinross, como la joya de la corona.
El abuelo Kinross, héroe legendario, era eso lo que había querido, ya que nunca se había engañado acerca de la verdadera naturaleza de su hijo Stewart. Andrew Kinross había muerto hacía ya tiempo, mientras su nieto vivía en Marlu desde hacía cinco años. De hecho, desde que Alison había cambiado su hogar por Big Smoke para ocultar el dolor de la ruptura de su apasionado romance con Rafe Cameron.
Alison dijo entonces que quería intentar hacer lo mismo que su celebrada tía Fee, que se había marchado a los dieciocho años para vivir sus sueños en Londres. Y había logrado triunfar en su trabajo, a pesar de una muy famosa vida amorosa. Ahora ella estaba de vuelta en Kimbara, escribiendo sus sensacionales memorias.
Fee era todo un carácter. Demasiado famosa como para que la llamaran la oveja negra de la familia, se había casado y divorciado un par de veces y tenía una hermosa hija británica. Lady Francesca de Lyle, ni más ni menos. Prima de Ally y de él y, por lo que sabían de ella, tan buena como hermosa. No debía haber sido fácil para ella ser la hija de la muy sexualmente activa Fee.
Ahora Fee lo estaba contando todo, convencida de que su biografía sería un éxito en manos de Rebecca Hunt, una joven periodista de Sydney, que ya había escrito la biografía de otra diva australiana.
Solo con pensar en Rebecca se encendía en su interior una peligrosa llama. Tal era el poder de una belleza femenina, aunque no confiara nada en ella. No le costaba nada recordar su imagen. Un cabello negro y brillante como el satén, que enmarcaba un rostro precioso con una boca muy seductora. La mujer estaba tan segura de sí misma que resultaba incluso misteriosa. No se podía imaginar a alguien como él acariciándole el cabello o la piel. Ella era demasiado perfecta para él. Brod se rio involuntariamente. En realidad, la aristocrática señorita Hunt era solo otra mujer muy ambiciosa.
Y no era su padre lo que le interesaba. No era que su padre no fuera un tipo atractivo, seguro de sí mismo, culto, asquerosamente rico y que parecía tener diez años menos de los cincuenta y cinco que tenía en realidad. No, lo que le interesaba a la señorita Hunt era el esplendor de Kimbara. Era ese esplendor lo que miraba con sus grandes ojos grises. Unos ojos como las tranquilas aguas de una poza entre las rocas. Él se había dado cuenta inmediatamente que ella sería capaz de dejar algún día su trabajo para transformarse en la dueña de Kimbara. Pero solo había un problema para eso: solo lo podría ser mientras su padre viviera. Después, sería el turno de él.
La tradición de los Kinross no se había roto nunca. Kimbara, el hogar ancestral de la familia, pasaba directamente del padre al primogénito. Nadie había abdicado nunca a favor de un hermano, a pesar de que Andrew Kinross había sido hijo segundo y había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, y James, su hermano mayor, no. James había muerto en brazos de su hermano en un desierto lejano, un desierto muy distinto al suyo propio. Una de las incontables tragedias de la guerra.
Brod agitó la cabeza tristemente y fue a recoger el correo. Lo había llevado Wally, su fiel ex capataz aborigen. Desde que se había roto malamente una pierna en una caída del caballo, se ocupaba de la casa y del huerto. Y tampoco era mal cocinero. En cualquier caso, mejor que él.
Solo le llamó la atención una de las cartas y, de alguna manera, se la estaba esperando. La abrió sonriendo. ¿Por qué se iba a poner en contacto directamente el viejo con él cuando se le daban tan bien las cartas?
Nada de querido Brod ni cosas parecidas. Ni le preguntaba por su salud tampoco. Al parecer, su padre estaba planeando una fiesta para entretener e impresionar a la señorita Hunt. Sería un torneo de polo que se celebraría el último fin de semana del mes. Para eso faltaban solo diez días. Los partidos empezarían el sábado por la mañana y por la noche se daría el habitual baile.
Su padre, naturalmente, capitanearía el equipo principal y elegiría a los mejores jugadores. Su hijo, Brod, capitanearía el otro. A su padre no le gustaba nada que él fuera tan bueno. Lo cierto era que a su padre no parecía gustarle nada de lo que él hacía. Parecía como si no lo viera como a su propio hijo. Desde que era hombre, su padre siempre lo había tratado más como un rival que como a un hijo. Un enemigo en casa. No era de extrañar que Ally y él hubieran crecido emocionalmente atemorizados, pero ambos lo habían superado.
Su madre los había dejado cuando él solo tenía nueve años y Ally era una niña de cuatro. ¿Cómo podía haberlo hecho?
Pero, con el tiempo, tanto Ally como él lo habían llegado a entender. Ya conocían a su padre, sus malos humores, su colosal arrogancia, su frialdad y legua mordaz. Por lo tanto, no les extrañaba nada que su madre lo hubiera dejado. Tal vez hubiera peleado por su custodia como juró que haría, pero se mató en un accidente de coche un año después. Brod recordaba muy bien el día en que su padre lo llamó a su despacho para contarle el accidente.
—Nadie se marcha de mi lado —le había dicho con una sonrisa helada.
Ese era el padre de Brod.
Agitó la cabeza. Por lo menos Ally y él habían tenido a su abuelo como apoyo. Durante un tiempo. Un gran hombre. Lo mejor que nunca se dijo de él lo hizo uno de los mejores amigos de su abuelo, sir Jock McTavish.
—Tienes todo el corazón y espíritu de lucha de tu abuelo, Broderick. ¡Sé que tú vas a seguir la leyenda!
Jock McTavish sabía cómo medir a un hombre. En los muchos enfrentamientos que Jock había tenido con su padre, trató de agarrarse a las palabras de sir Jock. No le había resultado nada fácil, ya que su padre siempre había tratado de rebajarlo.
Brod suspiró y se metió la carta de su padre en el bolsillo. No tenía la menor gana de viajar tan lejos. Había una gran distancia entre Marlu y la casa de los Kinross, en el Channel Country, lo más lejos al sudoeste del enorme estado de Queensland.
Además, estaba muy ocupado. Si iba allí, tendría que hacerlo en avión y su padre no se había ofrecido a recogerlo en el suyo, así que tendría que llamar a los Cameron, cosa que hacía frecuentemente, aun después de la ruptura de Ally con Rafe.
Él se había criado con los hermanos Cameron, Rafe y Grant. La historia de ambas familias era la del interior de Australia. Fueron sus ancestros escoceses, amigos de la infancia, los que exploraron y colonizaron la región, haciéndose ganaderos. Las dos dinastías habían sobrevivido. No solo eso, habían prosperado.
De repente recordó la frustración que sintió cuando Ally le dijo que no se podía casar con Rafe. Se marchaba de allí. Dijo que se trataba de un viaje de auto conocimiento. Su romance con Rafe era demasiado profundo como para que lo pudiera soportar.
—¡Pero tú lo amas! —le había dicho él—. Y él está loco por ti.
—Yo lo amo a él tanto como él a mí —respondió su hermana llorando—. Pero no sabes lo que es esto, Brod. Todas las chicas están enamoradas de ti, pero ninguna te ha llegado al corazón. Rafe me agobia. Estoy cansada de él. Es más de lo que puedo soportar.
—¿Así que es insistente? Un hombre es un hombre. No se parece en nada a nuestro padre. No hay nada oscuro y atemorizador en Rafe, si es eso lo que te preocupa. Es un gran tipo. ¿Qué te pasa, Ally? Rafe es mi mejor amigo. Su familia y la nuestra son amigas desde siempre. Habíamos pensado que tu matrimonio con él las uniría por fin. Incluso el viejo estaba de acuerdo.
—No lo puedo hacer, Brod —había insistido Ally—. Todavía no. Tengo que aprender más de mí misma antes de casarme. Lamento mucho decepcionarte. Papá se pondrá furioso.
Él la abrazó entonces.
—Tú nunca me podrías decepcionar, Ally. Yo respeto tus decisiones. Tal vez esto sea porque apenas tienes veinte años y tienes toda la vida por delante. Vete con mis bendiciones, pero por Dios, vuelve por Rafe.
Desde entonces, Rafe nunca había vuelto a salir seriamente con otra chica, pero nunca volvieron a hablar de Alison. El tema era tabú entre ellos. Aunque él se hacía el duro, Brod sabía que Ally le había destrozado el corazón.
Ya habían pasado cinco años y Ally no había vuelto a casa. Ally, como Fee, había desarrollado un gran talento como actriz y era muy popular en una serie de televisión donde hacía de médico rural.
La admiraba, pero la echaba de menos. Y para Rafe debía ser un infierno.
Pensaba que no le costaría mucho convencer a alguno de los dos hermanos para que jugara en su equipo de polo en la fiesta de su padre. Los dos eran muy buenos.
La hacienda de los Cameron, Opal Plains, hacía frontera con Kimbara por el nordeste. Grant tenía una empresa de helicópteros que cubría toda la zona y Rafe llevaba la hacienda. La prensa los llamaba a los tres los aristócratas del desierto. Ante el mundo presentaban una fachada educada y sofisticada, pero había mucha tragedia en sus vidas.
No, lo cierto era que, aunque pudiera hacer equipo con ellos, no le apetecía ver ni a su padre ni a Rebecca. No podía verlos juntos. No podía ver a su padre mostrando ante esa joven todo el exquisito cuidado y consideración que nunca había mostrado con su hija y, mucho menos, con su esposa.
Para divertirse, se imaginó a su padre de rodillas delante de Rebecca Hunt, suplicándole que se casara con él. Su padre, tan rico y poderoso que se creía invencible. Tan seguro de su virilidad, de que tenía tal magnetismo sexual que podía atraer a una mujer de la mitad de su edad. Si no fuera tan triste, sería divertido. Las mujeres no se podían resistir al poder y el dinero. Sobre todo, las aventureras.
Iba a tener que averiguar un poco más de la señorita Rebecca Hunt. Sabía que había nacido en Sydney en el setenta y tres, por lo que tenía veintisiete años. Tres años menos que él. Y también sabía que había tenido una serie fulgurante de éxitos profesionales.
Pero no sabía nada de su vida privada. Podía ser la de una monja, si no fuera porque detrás de esa fría fachada, esa mujer era absolutamente fascinante, tanto que seguro que debía haber tenido por lo menos algunas experiencias sexuales interesantes. Pero no se le conocía ninguna relación seria. ¿Estaría esperando al hombre adecuado? ¿A alguno atractivo, listo, rico y poderoso?
La gente pensaba que su padre era justo eso, hasta que lo conocían. Hasta que conocían su enorme ego, su egoísmo y su cáustica lengua. Pero cuando quería, Brod tenía que admitir que su padre podía ser encantador. Una joven como Rebecca Hunt podía ser socialmente ambiciosa. Si se lanzaba a por su padre, conseguiría mucho, más de lo que se imaginaba. Casi sintió lástima por ella.
No, no quería ir a la fiesta, se dijo a sí mismo, al tiempo que se daba cuenta de que realmente tenía muchas ganas de ir.
REBECCA estaba en la balconada superior de la magnífica mansión de Kimbara cuando Stewart Kinross la encontró, tan decididamente como un cazador a su presa.
—Ah, aquí estás, querida —dijo él sonriendo—. Tengo una noticia que creo que te gustará.
—Oigámosla entonces —respondió ella alegremente.
No le gustaba nada que su anfitrión le dedicara tantas atenciones. Con todo su dinero y encanto, Stewart Kinross podría ser su padre. No era que un hombre tan rico y atractivo como él no pudiera tener a cualquier mujer que quisiera, pero no a ella. Una relación, incluso con un hombre de su propia edad, no era una opción para ella. Su paz mental y de corazón eran demasiado importante. Pero aún así, Stewart la miraba como si se la fuera a comer viva.
—He organizado uno de mis famosos fines de semana de polo —le dijo él—. Los partidos serán seguidos por un baile de gala el sábado por la noche, con un gran desayuno el domingo en los jardines. Después, los invitados se marcharán a sus casas. Algunos lo harán en avión y otros por carretera.
—Suena excitante. Nunca he asistido a un partido de polo.
—¿Por qué te crees que lo he organizado este fin de semana? Oí que se lo comentabas a Fee.
De repente, ella se sintió insegura. Ese hombre estaba acostumbrado a usar su encanto para conseguir todo lo que quería. Sería un desastre que quisiera algo de ella que no le pudiera dar.
—Eres muy amable conmigo, Stewart —logró decir—. Lo sois Fiona y tú. Os lo agradezco.
—Es muy fácil ser amable contigo, querida. Y estás haciendo muy feliz a Fee con lo que estás haciendo con su libro.
—Fee tiene una historia fascinante. Conoce a toda la gente importante en el teatro británico, igual que a mucha gente poderosa internacionalmente. Hay abundancia de tema en su vida para una biografía.
—Fee ha vivido una vida muy plena. Es una actriz de nacimiento, lo mismo que mi hija Alison.
—Sí, la he visto muchas veces en televisión. Trabaja muy bien. Me encantaría conocerla.
—No creo que la vuelvas a ver por aquí —dijo Stewart suspirando—. Está muy instalada en Sydney y apenas viene a casa a visitarnos. Y cuando lo hace, a veces pienso que es solo para ver a Brod, no al padre que casi ha olvidado.
—¿Cómo puede ser eso? Estoy segura de que te echa de menos. Ser la estrella de una serie de televisión famosa debe tenerla muy ocupada. Me imagino que debe tener muy poco tiempo libre.
—Alison se crió aquí. En Kimbara, lo que puedo decir por mí mismo que es una magnífica heredad. No tiene necesidad de trabajar.
—No puedes estar diciendo que le negaste la posibilidad de trabajar, ¿verdad? —le preguntó Rebecca sorprendida.
—Por supuesto que no. Pero Alison hizo infeliz a mucha gente cuando se marchó. Sobre todo al hombre que la amaba y que confió en ella, Rafe Cameron.
—Ah, los Cameron —dijo Rebecca recordando todas las historias que había oído—. Investigué la historia de esa familia al mismo tiempo que la vuestra. Dos grandes familias de pioneros. Leyendas del Desierto.
—Nuestras familias siempre han estado muy unidas. Mi mayor deseo era que Alison se casara con Rafe. Un joven espléndido. Pero ella prefirió ganarse la vida como actriz, igual que Fee. Te lo digo porque Rafe va a venir a jugar al polo. Lo he preparado todo para dentro de dos fines de semana. Rafe nunca perdonará lo que le hizo Alison, y no lo culpo. Rafe es el mejor amigo de Brod y creo que es una influencia tranquilizadora para él. Brod es un rebelde, como ya debes haberte imaginado. Lo ha sido desde siempre. Una lástima, ya que eso causa muchas fricciones entre nosotros.
—Lo siento —dijo Rebecca—. ¿Va a venir él también?
