8,99 €
¿Qué consecuencias tiene el uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales en la vida íntima de las personas? Las nuevas herramientas digitales han facilitado el uso del cibersexo, práctica en la que cada vez más personas se sienten atraídas. Sin embargo, la pornografía online o los chats de encuentros virtuales pocas veces hacen nacer relaciones verdaderamente satisfactorias, tanto desde el punto de vista sexual como afectivo-emocional. En efecto, una mala práctica de este tipo de recursos puede acabar condicionando o amenazando la sexualidad y/o la vida de la pareja. Los autores de este libro examinan en detalle todos los aspectos de este fenómeno presentando una serie de casos concretos de vida sexual disfuncional. Gracias a la terapia breve estratégica, es posible desactivar los mecanismos corporales o mentales causantes de ansia, sentimientos de inadaptación e incluso miedo, que inhiben el placer y dificultan su plena expresión. De esta manera, estas páginas demuestran cómo la aplicación de la terapia breve puede devolver a aquellos que lo necesitan no solo la seguridad que habían perdido o que jamás habían tenido, sino también la plenitud para una sexualidad feliz.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 201
Veröffentlichungsjahr: 2021
GIORGIO NARDONEELISA BALBIELENA BOGGIANI
El placer frustrado
Las paradojas de la sexualidad moderna y su solución
Traducción: Patricia Orts
Herder
Título original: Il piacere mancato
Traducción: Patricia Orts
Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: José Toribio Barba
© 2020, Adriano Salani Editore, s.u.r.l., Milán
© 2020, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN digital: 978-84-254-4574-3
1.ª edición digital, 2020
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)
Herder
www.herdereditorial.com
El placer y su búsqueda, con frecuencia espasmódica, encarnan una de las paradojas más evolucionadas de la vida en la sociedad del bienestar: a una gama siempre amplia de posibilidades de experimentarlo corresponde una insatisfacción cada vez más creciente. Quienes se encargan de atender lo relacionado con la dependencia saben que la adicción exige unos estímulos cada vez más potentes para poder mantener el mismo nivel de placer, al igual que quienes se ocupan de lo concerniente a las disfunciones sexuales saben que cuanto más buscamos el placer más esquivo se nos muestra. «Lo máximo corresponde a lo mínimo» y el hombre moderno está cada vez más expuesto a ser víctima de su propio éxito en la creación de un mundo donde todo se puede obtener con gran facilidad subestimando el hecho de que el placer no implica sin más la eliminación del dolor y del esfuerzo y que, por el contrario, estos suelen contribuir a aumentar el deseo, que, a su vez, es esencial para satisfacer el placer.
En las últimas décadas esta y otras paradojas han generado lo que podríamos denominar «síndrome del placer frustrado», esto es, una serie de dificultades que a menudo se convierten en auténticas e importantes formas de psicopatología capaces de superar con creces la clasificación de los problemas estrictamente sexuales, pero que influyen de manera considerable en ellos hasta el punto de agravar nuevas formas de trastorno derivadas, precisamente, del intento de lograr el placer.
El trabajo de investigación empírica que desde hace más de treinta años llevan a cabo científicos y psicoterapeutas en el Centro de Terapia Estratégica de Arezzo con el fin de desarrollar terapias en paralelo a la evolución de las psicopatologías, tanto para mantener elevado el nivel de eficacia y eficiencia de aquellas como para permitir su adaptación a las formas emergentes de malestar psicológico, nos ha posibilitado establecer unas estrategias terapéuticas específicas incluso para el sufrimiento derivado del placer frustrado.
Este texto representa la expresión del trabajo realizado y muestra que es posible aplicar con éxito soluciones en apariencia sencillas a problemas tan complejos como estos.
Giorgio Nardone
Según los datos de la Asociación de Matrimonialistas Italianos, el 30% de las parejas italianas no mantiene relaciones sexuales, no porque algo vaya mal, porque estén viviendo una crisis o porque existan problemas en la relación, sino porque, en realidad, este es el «secreto» de que su historia funcione. Sea como fuere, el caso es que el 20% de estas parejas acaba pidiendo la separación.
Dicho de otra manera, da la impresión de que en una sociedad cada vez más frenética y volcada en lograr una mayor eficacia y eficiencia tanto en el trabajo como en el resto de desempeños, la tendencia a concentrarse en objetivos personales e individuales está aumentando en detrimento de los objetivos colectivos y de pareja, tanto en hombres como en mujeres. Así pues, parece que la pareja ha cambiado. El hombre se muestra más amable y atento a las exigencias de su compañera y de sus hijos y prefiere el afecto a la virilidad. Como expresión del sentimiento y la complicidad, este viraje hacia la ternura y la presencia compartida puede ser un válido sustituto de una actividad sexual regular; sin embargo, cuando se prolonga demasiado en el tiempo puede llegar a transformar la relación. Así, los amantes se convierten en amigos y, cuando esto se produce, es difícil que tal transformación resulte reversible, lo que redunda en el considerable aumento de los denominados «matrimonios blancos», tanto en Italia como en el resto del mundo. Estos matrimonios no reflejan necesariamente una patología o un trastorno psicológico o de pareja. Sin embargo, para que todo vuelva a funcionar —antes de que sea demasiado tarde— es preciso recuperar el deseo a nivel fisiológico y de manera natural, siempre que el aparente desinterés sea transitorio y tenga su causa en otros problemas entre los cuales el sexo constituye la última de las preocupaciones; si, en cambio, el problema es estructural, será necesario recurrir a una terapia.
Aún más desconcertantes son los datos relativos a la frecuencia media de las relaciones sexuales en las parejas —una y media al mes—, junto con un aumento del autoerotismo, que en el caso de los hombres se ha triplicado respecto del pasado y que en el caso de las mujeres es incluso cinco veces mayor. Estos datos resultan más desestabilizadores si cabe si se contextualizan en una realidad como la actual, en la que el sexo se vive con muchos menos tabúes que en la época de nuestros abuelos, quienes a menudo solo copulaban para procrear y casi siempre lo hacían con la luz apagada. En efecto, es paradójico (Nardone y Rampin, 2005, 2015) que a una mayor libertad de expresión de la orientación y de la voluntad sexual le corresponda la exasperada posibilidad de negarse al sexo. Esto lleva a la asexualidad. La sinceridad a toda costa como símbolo de amor reduce el impulso libidinal, pues con ella disminuye la ambivalencia del secreto que las partes deben descubrir. Desde la liberación sexual se habla mucho de sexo pero se practica menos. A esto se añade el hecho de que cada vez resulta más frecuente el uso de las «aplicaciones para ligar», tanto entre adultos como entre adolescentes, mientras que, al mismo tiempo, las personas tienen más dificultades para abordar directamente a miembros de su propio sexo o del otro. Incluso la aceptación de las relaciones sexuales fuera del matrimonio suele representar una manera de poder permanecer en una pareja que no funciona, de manera que el amante se convierte en la parte complementaria a la que corresponde sostener una relación que saltaría por los aires por sí misma, con las inevitables consecuencias económicas, residenciales y de sostén de los hijos, demasiado difíciles de mantener y que, por tanto, conviene evitar.
La situación de los veinteañeros no es mejor, pues corren el riesgo de sufrir la abstinencia casi cuatro veces más que sus coetáneos del pasado, a diferencia de lo que supone el imaginario colectivo. Es lo que señala Jean M. Twenge, profesor de psicología en la Universidad de San Diego y autor del ensayo iGen (2018), que trata sobre los jóvenes dependientes de las nuevas tecnologías.
Los jóvenes de 20 años, más que los de otras edades, sufren por su escasa salud sexual y sentimental hasta tal punto que, según Twenge, algunos escriben guías para que los novatos universitarios eviten «contraer» sentimientos por alguien, como si los sentimientos fueran un virus que hay que vencer o tratar de no «contraer». Igualmente, para disminuir el riesgo de sufrir, el temor a la intimidad o a mostrar lo que uno es y lo que en realidad siente, los encuentros sexuales entre adolescentes suelen producirse bajo los efectos de sustancias y abusando del alcohol (Orenstein, 2016).
Entre los jóvenes de la generación de los hiperconectados, los primeros estadios de la relación se denominan talking, incluso aunque los interesados no departan en persona, cara a cara, sino escribiéndose, a menudo por WhatsApp o por Instagram, de manera que el inicio de la relación, y a veces el final, suele tener lugar a través del medio tecnológico. De igual forma, la actividad sexual real suele sustituirse por la experiencia online: en el ordenador o en el móvil se mira a otros mientras hacen el amor, con el riesgo de generar unas expectativas irreales y el temor de no estar a la altura de la prestancia física y de la actuación de lo que se observa. A este comportamiento se asocia con frecuencia el autoerotismo, lo que incrementa aún más la posibilidad de desarrollar un trastorno obsesivo-compulsivo, el cual inhibe el deseo de tener relaciones sexuales reales o bien las impide de manera mecánica. Las jóvenes, por su parte, enseguida aprenden que un bonito «trasero» en pose puede hacerles ganar muchos más likes que la foto de sus caras, que suelen tapar con el móvil que utilizan para sacar la foto de sus cuerpos más o menos desnudos.
En cuanto al hecho de pasar de los primeros encuentros a una relación, a menudo se prefiere continuar sin comprometerse demasiado, incluso cuando se pasa del talking a la intimidad, contribuyendo de este modo a aumentar la práctica abierta del denominado cushioning, es decir, coquetear con otros para garantizar el recambio cuando la relación oficial deje de funcionar; del catch and release, es decir, dejar de inmediato a quien se acaba de conquistar; del lemming, esto es, abandonar a una persona en cuanto haya otra disponible, y, por último, del sexo ocasional como medio de gratificación inmediata pero sin mayores implicaciones.
Esta manera de interpretar las relaciones, caracterizada por cierta indiferencia, no disminuye los problemas relacionados con la posesión del objeto amoroso; lo mismo sucede con los que sofocan con sus atenciones a una joven que acaban de conocer (love bombing), alternando los cumplidos con los arranques de ira y haciéndole creer a la amada que es indispensable para su felicidad cuando, en realidad, se trata de un simple intento de controlarla, como ha manifestado el psiquiatra y profesor de la Universidad de California (Los Ángeles) Joe Pierre en la revista estadounidense Psychology Today.
El medio tecnológico también ayuda a un buen número de solteros —que lo son por decisión propia— de entre 30 y 45 años, a los que les cuesta encontrar a su alma gemela, no tanto porque huyan de la relación en sí, sino por la edad, por las experiencias pasadas o por ciertas complicaciones contingentes y logísticas tanto personales como laborales o relativas a la familia de origen. Las redes sociales posibilitan estar en contacto incluso aunque los horarios de trabajo u otro tipo de relaciones no lo permitan. No obstante, el tipo de comunicación y la falta de contacto real tienden a estimular la obsesión y la compulsión por el envío y la espera de las respuestas, por el cálculo del tiempo que requiere la visualización del mensaje y los minutos que transcurren entre la visualización de este y la respuesta. Además, esta última puede ir acompañada de emoticonos más o menos adecuados, puede ser demasiado larga, demasiado corta o elusiva: al final, más que el contenido del mensaje lo que cuenta es la interpretación personal que el receptor haga de él.
Cuando termina una historia también lo hace, en caso de que haya existido, la presencia real, si bien no ocurre lo mismo con el rastro que esta deja en la red, que le recuerda a la persona cuánto tiempo llevan sus «amigos» sin noticias de ella y que decide qué post quiere enseñar en función de sus intereses o de las características de sus amistades: muestra imágenes, estados de ánimo, un álbum de fotos del maravilloso año transcurrido o invita a visualizar historias relativas a alguien que solo se desea olvidar. Quizá esta persona desapareciese con un «clic», y puede que incluso lo hiciera de repente y sin avisar, como les sucede a quienes, al cabo de varios años o meses de relación, se esfuman sin dar explicaciones, sin volver a enviar un mensaje o sin llamar, porque no tienen ganas de enfrentarse a la ira o al sufrimiento de la pareja, y así es más sencillo, o porque no saben qué decir, ya que no existe ninguna explicación aceptable para el final de un amor. Se trata del ghosting (del inglés ghost, es decir, «fantasma») y de su reciente evolución, el zombieing, que describe el fenómeno en el que la persona que ha dado por terminada la relación desaparece como un fantasma, esto es, se volatiliza sin dar explicación alguna, y de repente vuelve a aparecer como si hubiera resucitado y envía un mensaje, pone un like o comenta las historias de Instagram.
Algo así le sucedió a Victoria, que siempre estuvo enamorada de su primer amor, un chico al que había conocido en el colegio, y que, a lo largo del tiempo, vio cómo este se echaba su primera novia, se casaba, tenía hijos, amantes, se separaba y volvía a emparejarse. ¿Y ella? Ella siempre estuvo atenta a cualquier gesto que pusiera de manifiesto lo importante que era para él, de manera que interpretaba cada like, mensaje, comentario, llamada o cita (las cuales se producían en contadas ocasiones) como una demostración del hecho de que, mientras las demás mujeres acababan siendo abandonadas, ella permanecía ocupando su lugar. El problema era que, mientras él avanzaba, ella seguía suspendida, hasta que, en su enésimo cambio de estado, de soltero a comprometido, Victoria se miró al espejo y comprendió que había pasado demasiado tiempo como para empezar a sospechar que, quizá, las señales de presunta atención no presagiaban el nacimiento de una historia de amor.
Cuando nos ocupamos de la historia de mujeres enamoradas y examinamos la de Penélope (Nardone, 2010), que es el guion femenino más antiguo en la relación de pareja, comprobamos que hoy en día esta virtuosa reina, que esperaba el regreso de su heroico marido haciendo y deshaciendo el tejido sin ceder a las adulaciones de los pretendientes, ya no representa a la esposa, sino a la amante. En este caso, la espera corresponde a la decisión del hombre de abandonar a la esposa, o a la compañera oficial, para poder vivir de manera plena la relación pasional. La mujer se engaña continuamente con respecto al hombre y su comportamiento bajo la ilusión de que, con su fiel espera, su esperanza de que algo cambie quedará justificada. Como es natural, tarde o temprano esta ilusión choca con la triste y dolorosa realidad de haberse enamorado de alguien que tiene bien poco de héroe y que difícilmente dejará a la otra o a su familia. Mediante su disponibilidad, su discreción, su presencia, compensando las carencias de la relación oficial, la amante/Penélope solo proporciona ventajas a un hombre que no se priva de nada. Se trata de un triángulo sentimental que se estabiliza y que crea un tipo de complementariedad que resiste las señales del tiempo, a menos que entre en juego una tercera persona que rompa los equilibrios.
Como el lector habrá podido deducir de esta breve introducción, los tiempos modernos se caracterizan, en lo concerniente a la sexualidad, por una especie de síndrome del «placer frustrado», es decir, un placer que se busca de manera compulsiva pero que muy pocas veces llega a realizarse. Esto se debe, por un lado, a que el espíritu de iniciativa, sobre todo en el hombre, se ha reducido al máximo y, por el otro, al refugio en el autoerotismo, una solución que la tecnología facilita cada vez más.
Cuando hablamos de «relación» nos referimos a una cualidad emergente derivada de la interacción de al menos dos entidades y en la que lo que deriva de ella no tiene nada que ver con los elementos originarios, como sucede en la naturaleza con el agua, producida por la unión de hidrógeno y oxígeno, pero con unas propiedades completamente diferentes de las de sus dos componentes.
Como ya hemos adelantado, la aparición de la tecnología en las últimas décadas ha dado lugar a unos cambios importantes en el modo de crear, estructurar o gestionar las relaciones. La relación mediada por las nuevas tecnologías se produce a través del contacto virtual eliminando todas las barreras y límites a los que, en cambio, debe enfrentarse quien se expone personalmente al contacto físico en sus distintos niveles de intimidad, incluso en lo sexual.
Tener relaciones online significa gestionar contactos a distancia sin hacer uso de la mirada, la atracción «química» o la exhibición de los cuerpos, pasando por alto, en apariencia, no solo el miedo a no gustar físicamente, sino también el temor a sentirse observado o al rechazo directo, la vergüenza de declararse o el paso de las palabras a los hechos, unos factores que a menudo se ven como impedimentos que frenan la evolución de la relación, que va del primer contacto a la instauración de la intimidad. El medio tecnológico reduce las distancias espaciales y permite a las personas que viven en polos opuestos del planeta conversar como si estuvieran en la misma habitación, a pesar de la falta del contacto directo preciso para crear sensaciones. A primera vista, pues, da la impresión de que el contexto virtual representa un acelerador de las dinámicas relacionales, sobre todo para las personas que se consideran «tímidas». Y si bien en un principio esto es cierto, luego puede convertirse en una trampa, ya sea por la dificultad de pasar del mundo virtual al real o porque la persona no soporta la confrontación con el personaje que se ha construido gracias al anonimato y a la falta de experiencia real. La falta de experiencia incrementa la discrepancia entre la persona que se desearía ser y la que se es, lo cual impide la generación de autoestima. En la mayoría de las situaciones la experiencia directa contribuye a poner las bases para superar los propios límites en el confrontamiento con uno mismo, con los demás y con el mundo, en parte mediante el aprendizaje «sobre el terreno» y en parte mediante el ejercicio constante y la puesta a prueba de uno mismo. Las personas que estamos describiendo carecen de las experiencias emocionales correctivas que, vividas y repetidas, convierten los aprendizajes en adquisiciones de modalidades de acción e interacción que se perciben como espontáneas y que, por tanto, forman parte del propio estilo cognitivo-emotivo (Nardone y Bartoli, 2019).
Sara, una joven a la que nunca le había gustado su aspecto físico porque no era precisamente atractivo y cuya manera de comportarse estaba muy lejos de la del prototipo de mujer que le habría gustado representar (quizá, en parte, porque no se aceptaba a sí misma), nunca había tenido una relación ni demasiados amigos, dado que se sentía rechazada e indigna de mantener contacto alguno. Le encantaba refugiarse en el mundo virtual de las redes sociales, y precisamente a través de un conocido canal digital había descubierto que existía la posibilidad de eludir la necesidad de contacto creando un perfil falso con contenidos, fotos y vídeos. En un principio, movida por la curiosidad, Sara diseñó su nueva identidad virtual y se convirtió en una especie de «Simone», la protagonista de Simone (2002), película de Andrew Niccol: una historia de ciencia ficción en la que, gracias a un software de su propia invención, el director de cine Viktor Taransky crea una actriz perfecta, Simulation One, llamada Simone, de la que acaba enamorándose, con las evidentes repercusiones en el mundo real. Al igual que en el filme, al principio la joven tiene un éxito inesperado en la comunidad virtual, que la adula, pero más tarde la aprisiona y, al final, llega incluso a perseguirla, como ella misma reconoce cuando, cansada de vivir una vida ajena que parece no tener salida, nos pide ayuda. La joven afirma que ya no sabe quién es, y que si antes le costaba mirarse al espejo ahora ni siquiera es capaz de salir de casa porque lleva escrito en la frente que es una persona despreciable, inadecuada para estar en el mundo: «Los demás lo saben, por descontado». Cuando le preguntamos a Sara qué es lo que saben los demás, ella nos mira como si fuéramos extraterrestres: «Saben que no soy quien digo ser y me juzgan por eso. Los demás me miran y hablan mal de mí; dicen que soy fea y que merezco todo lo que me está pasando por las mentiras que he dicho, por la manera en que he engañado a los hombres, que no sabían que tenía una mente diabólica. Es un auténtico desastre».
Ocultándose tras el instrumento tecnológico —en este caso el chat y la imagen ficticia que se ha creado—, Sara ha desarrollado una paranoia persecutoria que la ha llevado a retirarse del mundo real y a vivir una vida ajena en el virtual, con la consiguiente aniquilación de su identidad. El mismo medio que en un principio facilitó la interacción la empuja ahora a rechazar a los demás o a sentirse rechazada o apartada.
Ya hemos aludido al ghosting, un fenómeno relacional que no es nuevo, pero que en la actualidad resulta más frecuente que antes debido, precisamente, a la difusión de la comunicación a través de internet, ya que la red se utiliza para dejar a las personas. Se desaparece sin dar explicaciones sobre la propia vida a aquellos con los que, antes de producirse este hecho, se mantenía una buena relación, de los que incluso se estaba enamorado o eran amantes. Quien se marcha prefiere desvanecerse en la nada como un fantasma, sin previo aviso, para que todo tenga lugar de la manera más indolora posible y sin tener que asumir la responsabilidad del consiguiente sufrimiento ni tener que enfrentarse al posible juicio ajeno por el comportamiento de fuga, que en todo caso genera perplejidad y sentimiento de minusvaloración. En cualquier momento, como describió en 2019 Anna Oliverio Ferraris, profesora de psicología del desarrollo en la Universidad de Roma, «con un simple clic el chat enmudece, se deja de responder, se va offline, se desaparece».
Si la red puede influir en una relación hasta el punto de llegar a determinar su suerte, puede considerarse en sí una realidad socializadora capaz de afectar y moldear nuestras convicciones e ideas, incluidas las relativas al sexo. Asimismo, la visión personal de la sexualidad, que desempeña un papel fundamental en la psicología del individuo, modela la sociedad y tiene consecuencias en el bienestar tanto colectivo como individual. En este sentido, a menudo se oye hablar de fenómenos que confieren una connotación negativa a los instrumentos tecnológicos; sin embargo, constatar su existencia no significa tildarlos de patógenos en sí mismos ni considerarlos algo que deba evitarse por principio. Al igual que muchos de los descubrimientos e invenciones que se han producido a lo largo del tiempo, un instrumento no es bueno o malo en sí mismo; lo es su uso, y con mucha frecuencia las definiciones de carácter problemático derivan de generalizaciones inmerecidas, así como de una manera incorrecta de comunicar.
Veamos varios ejemplos. A menudo se habla del fenómeno de la «dependencia del smartphone» sin tener en cuenta que, dado que este no es una sustancia, sino una herramienta destinada a la comunicación interpersonal, no puede crear formas de dependencia asimilables ni comparables a las de aquella.
La obsesión compulsiva por los selfies se suele atribuir a la persona narcisista, pero en la clínica, más que al narcisista, esta aflige a quien no se siente atractivo e intenta, mediante retoques virtuales casi siempre excesivos, ser más deseable y mejorar la propia imagen entrando en una ficción en la que al final acaba creyendo.
También se habla de «histeria de internet» sin conocer el significado del término «histeria» desde un punto de vista funcional. En el tratado ginecológico Sobre la naturaleza de la mujer,
