El sí de las niñas - Leandro Fernández de Moratín - E-Book

El sí de las niñas E-Book

Leandro Fernández de Moratín

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Beschreibung

El sí de las niñas es una pieza de teatro moralizante, fiel al espíritu de la Ilustración, que entendía la literatura como un arte que debía entretener y al mismo tiempo enseñar algo provechoso, servir a algún propósito didáctico. Leandro Fernández de Moratín enfoca la obra como una comedia de enredo con final feliz y ajustado a la justicia natural: triunfa el amor sobre las maquinaciones que despliega la madre de la protagonista, con el único fin de obtener provecho económico.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

Introducción

Preámbulo

Hechos históricos

Hechos culturales

La controversia del teatro

La mujer en tiempos de Moratín

Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

Criterio de esta edición

Bibliografía

El sí de las niñas

Advertencia de Moratín

Personas

Acto primero

Acto segundo

Acto tercero

Análisis de la obra

La intención

La estructura

Los personajes

La forma y el estilo

Actividades

Créditos

INTRODUCCIÓN

PREÁMBULO

Leandro Fernández de Moratín vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, nació en la segunda mitad de la primera centuria y fue testigo y participante, a veces a su pesar, de los conflictos que sacudieron a la sociedad española durante el primer tercio del siglo XIX. Hombre profundamente marcado por las ideas de la Ilustración filosófica, fue la máxima figura del teatro neoclásico español. Vivió también la evolución prerromántica de las estéticas literarias en España, pero ya en edad avanzada, cuando hacía tiempo que había decidido apartarse de la creación literaria y sufría las desgraciadas consecuencias de haber sido un «afrancesado» durante la invasión napoleónica. Las ideas liberales y románticas no llegaron a afectarle en esta época de su vida, en la que la búsqueda de una existencia segura y tranquila, en medio del marasmo de las transformaciones políticas y sociales de comienzos del siglo XIX, alejó de él todo afán que no fuera el de acabar sus días de la mejor manera posible, en Francia, cerca de la familia de su buen amigo Manuel Silvela. Hagamos un repaso del contexto histórico cultural en el que vivió y escribió Leandro Fernández de Moratín.

HECHOS HISTÓRICOS

El reinado de Carlos III

En 1760, un año después de la proclamación de Carlos III como rey, nacía en Madrid Leandro Fernández de Moratín. Las reformas emprendidas por los Borbones, en el reino de España desde 1700, continuaron con el rey Carlos, y fue el ambiente cultural y político de aquellos casi cuarenta años el que nutrió las ideas del futuro comediógrafo y poeta.

En política exterior, el reinado de Carlos III estuvo marcado por el enfrentamiento con Inglaterra y la alianza con Francia, particularmente en América, donde la corona española intentó frenar el expansionismo británico en el norte.

En política interior, su reinado estuvo marcado por la aplicación de las ideas del despotismo ilustrado (ideología que suele resumirse en la fórmula «todo para el pueblo, pero sin el pueblo»), que buscaban la modernización del reino y la mejora de la vida de los ciudadanos, pero que seguían manteniendo la forma de gobierno de la monarquía absoluta. Eligió como ministros a personalidades de fuerte impronta ilustrada, como Esquilache, a quien encargó la reforma de la Hacienda real, la reorganización del ejército y el control de la Iglesia, siempre reacia a estar bajo el mando del poder civil. Sin embargo, algunas de las reformas de Esquilache no fueron del gusto popular y, en 1766, cayó en desgracia y fue desterrado.

La reforma agraria fue uno de los grandes empeños en política económica de Carlos III. Siguiendo las ideas ilustradas se crearon las Sociedades Económicas de Amigos del País, formadas por intelectuales y políticos, a los que se encargaron estudios e informes para modernizar el campo español, que atravesaba una situación de atraso y bajísima productividad, a pesar de que seguía siendo la principal ocupación económica del reino. Aparte de los esfuerzos modernizadores de la agricultura y la ganadería, también se actuó sobre otros sectores de la economía, como el comercio, la minería, una incipiente industrialización del país, etc.

No obstante, importantes sectores de la nobleza y el clero frenaron muchas de las reformas impulsadas por Carlos III, abriendo así una de las claves de la historia moderna de España, el constante enfrentamiento entre las ideas progresistas y modernizadoras, por una parte, y las tradicionalistas y conservadoras, por otra, enfrentamiento que se agudizaría en el convulso siglo XIX. El impulso a las ciencias, las artes, la educación y el progreso social fue otra de las constantes de los gobiernos ilustrados bajo Carlos III, especialmente en el período comprendido entre 1766 y 1788, con las actuaciones de los ministros Floridablanca, Campomanes y el conde de Aranda.

Tras la muerte de Carlos III, le sucedió su hijo Carlos IV, que reinó hasta la entrada de las tropas francesas en España en 1808.

El reinado de Carlos IV, la invasión francesa y la guerra de la Independencia

Carlos IV fue un rey sin ideas ni interés por el gobierno del reino. Si en un principio continuó los proyectos reformistas ilustrados emprendidos por su padre y mantuvo al frente del gobierno a Floridablanca, el triunfo de la Revolución francesa de 1789 y de los ideales republicanos y liberales, le hizo dar marcha atrás, temiendo que España se contagiara del espíritu revolucionario. El cambio de marcha política fue radical, un retorno al conservadurismo tradicionalista, con apoyo en una reforzada Inquisición, políticas culturales aislacionistas y la sustitución de Floridablanca por el conde de Aranda como primer ministro, muy moderado y bien visto por los sectores conservadores de la sociedad. La radicalización de la Revolución francesa en 1792, con el ajusticiamiento de Luis XVI, hizo dar al rey un giro aún más reaccionario, destituyendo a Aranda y nombrando como nuevo hombre fuerte a Manuel Godoy.

El primer mandato de Godoy estuvo marcado por la guerra contra la Francia revolucionaria. El ministro alineó a España con las potencias absolutistas europeas en la empresa, fracasada, de acabar con la revolución, la denominada guerra de la Convención. Durante el conflicto, las tropas españolas penetraron en el sureste del territorio francés, pero no solo fueron derrotadas, sino que los franceses acabaron cruzando las fronteras de España y ocupando algunas ciudades de Cataluña y del País Vasco (Figueras, Irún, Bilbao, San Sebastián, Vitoria…), lo que obligó a Godoy a firmar la Paz de Basilea en 1795. Un año después, Godoy firmó un tratado de alianza con Francia, única solución para frenar el preocupante expansionismo británico en América, que amenazaba también a las colonias españolas. Ello supuso un nuevo enfrentamiento con los ingleses, quienes atacaron y derrotaron a la armada española en las costas del cabo portugués de San Vicente, con una escuadra capitaneada por el almirante Nelson. Enaltecidos por el triunfo, los ingleses desencadenaron un asedio por mar contra las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y Cádiz, mientras que iniciaban otra ofensiva marítima en América para conquistar las islas caribeñas de Trinidad y Puerto Rico. La armada británica no consiguió tomar las ciudades españolas, ni hacerse con Puerto Rico, pero sí con la isla de Trinidad. Las derrotas frente a los ingleses tuvieron como consecuencia la caída de Godoy en 1798, exigida por la diplomacia británica para poder firmar una paz duradera con el Reino Unido que devolviera la estabilidad al imperio español.

Un nuevo suceso imprevisto volvió a cambiar las reglas del juego, la subida al poder de Napoleón Bonaparte, en 1799, alteró el panorama de la política europea. Inglaterra y Francia volvían a estar directamente enfrentadas y Napoleón necesitaba una nueva alianza con España para combatir a los ingleses. Buscando mejores condiciones para cumplir su propósito, Napoleón presionó a Carlos IV para que nombrase de nuevo primer ministro a Godoy, más cercano a los intereses franceses. Así, en 1800, Godoy se convertirá una vez más en el hombre fuerte de España. Su primera medida en política exterior fue la firma del nuevo tratado de alianza militar con Francia que exigía Napoleón, que mantenía España a salvo de la amenaza francesa, pero que tendría como consecuencia la inevitable guerra contra los británicos.

El fracaso de las políticas ensayadas bajo el reinado de Carlos IV y los desastres en política internacional que llevaron en 1805 a la derrota naval de Trafalgar ante la armada inglesa, ponen a España en una situación gravemente comprometida. El descontento social bajo el mandato de Godoy acabó en un levantamiento conocido como Motín de Aranjuez, en marzo de 1808. La revuelta tuvo como consecuencia la segunda caída de Godoy y la abdicación del rey Carlos IV en su hijo Fernando VII. Napoleón, entonces, ve la oportunidad de ocupar el vacío de poder en España e invade militarmente el país. La entrada de los franceses consigue, paradójicamente, la unión de casi todos los sectores de la sociedad española, enfrentados hasta entonces por la polarización política entre liberales y absolutistas. La guerra de la Independencia durará cuatro años, hasta la derrota del ejército napoleónico en 1812 en la batalla de Arapiles (Salamanca), tras una larga lucha de guerrillas que había ido minando poco a poco el dominio francés en la península ibérica.

El reinado de Fernando VII, la restauración del absolutismo. El Trienio Liberal. La Década Ominosa

Derrotados los franceses, retorna a España en 1814 el rey Fernando VII, que toma posesión del trono e impide el retorno de su padre, Carlos IV (que permanecerá en el exilio hasta su muerte en Nápoles en 1819), deroga la Constitución de 1812 e inicia una cruel persecución contra los liberales, en defensa de un ideario de monarquía absolutista que frena las reformas sociales y políticas, reinstaura la Inquisición (abolida durante el dominio francés) y sume al país en un atraso económico y cultural del que tardará en recuperarse. Entre 1814 y 1820, Fernando VII gobierna con mano de hierro, pero varios levantamientos militares de corte progresista, que siguieron a la sublevación del general Riego en 1820 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla), consiguen que el rey acate la Constitución, permita el retorno de los exiliados políticos y cree una Junta Consultiva para impulsar reformas democráticas. Se inicia así el llamado Trienio Liberal que se mantendrá hasta 1823, a pesar de las maniobras políticas del rey y de sus partidarios para restaurar el absolutismo.

Los cambios políticos en Europa, tras la caída de Napoleón en 1814 (que moriría en el cautiverio en 1821) y la restauración de la monarquía borbónica en Francia, alteran de nuevo el equilibrio de fuerzas en el continente. Es el momento en el que Fernando VII ve la posibilidad de acabar por fin con los liberales, pidiendo ayuda a las potencias de la reacción antidemocrática (La Santa Alianza, formada por Austria, Francia y Rusia). Así, el 7 de abril de 1823 entran en España las tropas de «Los Cien Mil Hijos de San Luis», formadas por militares franceses y voluntarios monárquicos españoles y comandadas por el duque de Angoulême, que derrotan al ejército liberal. Se inicia entonces la llamada Década Ominosa que durará hasta la muerte de Fernando VII en 1833, un período de absolutismo político que quiso suavizarse en 1825 con la formación de un gobierno conservador de tinte moderado.

A Fernando VII le tocará también asistir al derrumbamiento del imperio, pues entre 1810 y 1826 se desarrollan los primeros procesos de independencia de las colonias americanas. En 1826 los restos del imperio español se reducen prácticamente a las islas de Cuba y Puerto Rico, en América, y a las posesiones insulares del Pacífico asiático, las Filipinas y las Marianas.

Leandro Fernández de Moratín muere en París en 1828, poco antes del fin del último monarca que conoció, alejado de España, derrotadas sus ideas ilustradas y afrancesadas, fracasados los intentos neoclásicos en las artes, pero habiendo dejado algunos de los mejores poemas escritos en su tiempo y una breve pero influyente obra teatral, que incluye dos comedias imprescindibles para entender la revolución cultural ilustrada y la estética clasicista, las únicas de cuantas se escribieron en el siglo XVIII y los primeros decenios del XIX que pueden considerarse a la altura de los logros del Siglo de Oro, La comedia nueva y El sí de las niñas.

HECHOS CULTURALES

La Ilustración y el despotismo ilustrado

Desde mediados del siglo XVIII, las ideas ilustradas, importadas de Francia con los Borbones, fueron inspirando los procesos de transformación cultural en España, especialmente a partir del reinado de Carlos III, que llevó el proyecto de «las luces» al centro de sus políticas sociales, económicas y culturales. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos del Siglo de las Luces y de la Ilustración? Fundamentalmente de un movimiento basado en la razón que barrió el siglo XVIII europeo, con la pretensión de acabar con el oscurantismo y la superstición que dominaban las ideas y los principios sobre los que se basaba la vida social en Europa. De ahí que se le haya denominado Siglo de las Luces, como símbolo de su propósito de proyectar la luz de la razón sobre las tinieblas del inmovilismo tradicionalista y supersticioso que mantenía en el atraso a las sociedades europeas de su tiempo.

Las ideas ilustradas se basaban en la sustitución de la tradición por el progreso y en la lucha contra lo viejo, que impedía el avance de la sociedad hacia horizontes de mayor justicia, prosperidad y felicidad social, apoyándose en la filosofía racionalista y la ciencia, a los que se consideraba únicos saberes capaces de alcanzar un conocimiento demostrable de la verdad. Es, por tanto, un sistema de pensamiento que se extendió a todas las ramas del saber con una intención transformadora, es decir, buscando el desarrollo de aquellos conocimientos que pudieran impulsar cambios sociales hacia un progreso sin fin en la mejora de los estados y de sus súbditos.

El planteamiento ilustrado partía del fundamento de que la superstición engendra la ignorancia y de que esta es la condición social necesaria para que la tiranía gobierne a su antojo, sin oposición alguna, ni otro interés que el que en cada caso marcase la voluntad del monarca absoluto y de las instituciones en las que se apoyaba para el ejercicio del gobierno. En España, esas instituciones inmovilistas contra las que luchaban los ilustrados estaban representadas por los sectores más conservadores de la Iglesia, principalmente el Santo Oficio (la temida Inquisición) y la mayor parte de la aristocracia, que justificaba su dominio en la escala social por simple derecho hereditario de nacimiento.

Como respuesta a los males sociales que mantenían a la mayoría del pueblo en la ignorancia y la miseria, los ilustrados confiaban en el poder transformador de las ideas y de la educación. Pero no de ideas de cualquier naturaleza, sino solo de aquellas que podían ser demostradas empíricamente y, por tanto, consideradas como científica y racionalmente verdaderas en sí mismas, sin necesidad de tener que ser justificadas por los argumentos de la fe, la creencia o la tradición.

El origen de la Ilustración hay que buscarlo en algunos filósofos ingleses del siglo XVII, como John Locke, uno de los máximos representantes tanto del empirismo (corriente filosófica heredera del racionalismo de Descartes y que fundaba el conocimiento en la demostración material de las teorías) y científicos como Francis Bacon o Isaac Newton, cuyos estudios habían revolucionado el conocimiento de las leyes que rigen la naturaleza y habían construido las bases indiscutibles de todo el pensamiento científico moderno. Pero fue fundamentalmente en la Francia del siglo XVIII donde alcanzó su mayor esplendor, gracias al círculo de filósofos, pensadores y hombres de ciencia que cuajó el proyecto de L’ Encyclopédie («La Enciclopedia»), publicada entre los años 1751-1772, con el explícito subtítulo de Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, y cuya dirección recayó, desde 1747, en el filósofo y escritor Denis Diderot y en el matemático y pensador Jean Le Rond D’Alembert.

Para cumplir su proyecto, emplearon el método de organización de los diccionarios, que ya se había ido desarrollando desde el siglo XVI, para ofrecer una síntesis ordenada y de fácil consulta de todo el saber de su tiempo, empresa que permitiría la rápida extensión de los principios del conocimiento positivo, racional, científico y técnico. Los enciclopedistas llevaron a cabo su empresa intelectual como un medio para llevar el conocimiento a toda la sociedad, favoreciendo así el cultivo de los saberes racionales, aplicados a la investigación, la comprensión y la explicación del mundo, con el fin de transformar la vida de los pueblos sobre la idea de ese progreso material y social ilimitados que constituía el sueño ilustrado.

Debemos entender hoy La Enciclopedia como una especie de síntesis de los ideales ilustrados, el resultado de los esfuerzos de filósofos, científicos, historiadores, polemistas y escritores que tuvieron por común denominador la crítica de los fundamentos de la sociedad del Antiguo Régimen: la monarquía absoluta, el poder hereditario de los nobles, el dominio ideológico de la Iglesia, el freno al desarrollo comercial de la burguesía y el mantenimiento en la miseria y la superstición de un pueblo llano pobre e inculto al que se le negaba todo valor social.

La Ilustración en España

El siglo XVIII fue, sin duda, clave en la modernización de España y en el cambio de sus instituciones. Desde la práctica política del despotismo ilustrado se intentó una revitalización de la sociedad, que, como dijimos más arriba, no contemplaba en ningún momento el ideario democrático, pero que afectó a los cimientos mismos sobre los que se había organizado la sociedad española desde los Reyes Católicos.

Esta fue la época en la que los intelectuales libres alcanzaron una destacada influencia en la vida social, algo que no se había producido con anterioridad en nuestro país. Si bien no faltaron pensadores y, sobre todo literatos, críticos con el poder en los siglos anteriores, la fuerza de la monarquía, la nobleza y la Iglesia fue tal que la cultura intelectual española durante los siglos XVI y XVII supuso en gran parte una contribución elitista al proceso de legitimación de los principios fundamentales que sostenían el poder dominante. Sin embargo, durante el siglo XVIII, los intelectuales empezaron a ser activos, no ya en la justificación de las instituciones del poder, sino en la transformación de la política, la economía, la ciencia y la educación, sirviendo de consejeros, impulsores o inspiradores de reformas en todos los órdenes de la vida española. No sin tensiones, claro está, con los sectores más conservadores y tradicionalistas, que veían como antipatrióticos, heréticos y amenazantes todos estos intentos de cambio social.

Fue la época en la que aparecieron instituciones, protegidas por la monarquía, que pretendían ordenar todos los ámbitos del saber. Bajo el reinado de Felipe V se fundó, en 1712, la Biblioteca Nacional, verdadero archivo de la cultura española, no solo por los fondos de otras bibliotecas reales con los que se formó su catálogo, sino porque, poco después de su creación, fue obligatorio el depósito en sus salas de todo libro que se imprimiese en España. En 1714, a imitación de la francesa, se creó la Real Academia Española, cuyos esfuerzos se dirigieron a la elaboración de un diccionario, una ortografía y una gramática normativa, que unificaran el uso de la lengua castellana. Si estas dos fueron las principales academias creadas bajo la protección y financiación de la monarquía, florecieron también en la época un gran número de academias no oficiales, Sociedades Económicas de Amigos del País, «salones» (nombre dado a las reuniones de artistas e intelectuales auspiciadas por algún personaje principal o de influencia por su cercanía al monarca, como Pablo de Olavide) y tertulias, donde fluyó el intercambio de conocimiento entre intelectuales y políticos para la difusión del saber y la discusión de las ideas de las ciencias, las artes, la literatura y la economía.

Los ilustrados españoles fueron una minoría, fundamentalmente de origen aristocrático, con algunos representantes de la incipiente burguesía española e incluso clérigos, como el jesuita Padre Isla, pero tuvieron una gran influencia en la vida política y cultural de su tiempo, especialmente durante el reinado de Carlos III. No llegaron, sin embargo, a los extremos laicistas y críticos de sus pares franceses, ingleses o alemanes, y se mantuvieron siempre fuera del ateísmo que empezaba a fraguarse en el pensamiento europeo contemporáneo, defendiendo un catolicismo ortodoxo, si bien alejado de las supersticiones populares y poco afecto a los métodos de control y represión de la disidencia que ejercía el Santo Oficio. Fue una Ilustración elitista, como la mayor parte de los proyectos modernizadores europeos, partidaria de la educación del pueblo, pero no de la igualación social, pues nunca pusieron en entredicho el orden establecido ni confiaron en el ejercicio del poder como un derecho de participación democrática que debía implicar a todo el cuerpo social del Estado. No obstante, sus ideas serían, en cierto modo, una de las semillas del liberalismo, del republicanismo e incluso del socialismo, que se desarrollarían en nuestro país durante la segunda mitad del siglo XIX.

Ilustrados fueron el fraile benedictino Benito Feijoo o Gregorio Mayans y Siscar, importantísimos para la fundamentación de la filosofía, la filología, la historia y el derecho modernos en España; el político, jurista y literato Gaspar Melchor de Jovellanos; el erudito Pablo de Olavide; el filósofo, activista político «afrancesado», literato y traductor José Marchena (más conocido como el Abate Marchena, aunque nunca fue clérigo); el filósofo, teólogo y literato Padre Isla, autor de una de las sátiras narrativas de mayor éxito en la época y uno de los más duros ataques contra los sectores ultraconservadores de la Iglesia, Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758 y 1768), o el militar y escritor gaditano José Cadalso, que con sus Cartas Marruecas (1789) fue precursor de las ideas del criticismo de Larra sobre lo español, del regeneracionismo de finales del XIX y del enfoque del tema de España en los autores de la Generación del 98.

El siglo XVIII fue también, en parte por influencia de las ideas ilustradas, el del nacimiento del periodismo moderno en España, especialmente en el último tercio de la centuria, con la reforma de la Gaceta, que, fundada en 1661, había servido hasta entonces como boletín oficial de los gobiernos españoles. El nuevo periódico se abrió a las noticias de actualidad y con el nuevo nombre de Gaceta de Madrid comenzó a publicarse en 1778.

Muchos de los ilustrados españoles, como el pintor Francisco de Goya, el Abate Marchena o el propio Leandro Fernández de Moratín no vieron con malos ojos la entrada de los franceses en España en 1808 y la imposición de Napoleón de un nuevo rey para nuestro país, su hermano José Bonaparte. Consideraban que las políticas revolucionarias francesas podrían traer una solución a los males que aquejaban a España y simpatizaban con sus ideales. Fueron tachados de «afrancesados» y perseguidos por Fernando VII a su vuelta a España, una vez derrotadas las tropas francesas de ocupación y expulsado José I, pero también rechazados durante la ocupación por los resistentes liberales que constituyeron las Cortes de Cádiz. Los partidarios de Fernando VII los vieron como traidores a la patria, los liberales como defensores del despotismo ilustrado antidemocrático y de los intereses de una potencia extranjera. Les tocó un papel difícil de interpretar, aunque tampoco hubo homogeneidad de ideas entre ellos, quizá unidos solo por su admiración a la figura de Napoleón.

El Neoclasicismo

El Neoclasicismo es un fenómeno complejo, como siempre ocurre con los movimientos que sacuden el devenir de las artes, y obedece a múltiples factores. En arquitectura, se suele considerar que nace del interés que a principios del siglo XVIII suscitó el estudio de las construcciones monumentales y palaciegas de la Antigüedad romana y de sus reinterpretaciones renacentistas, junto a la defensa de la funcionalidad (el utilitarismo) como principio rector de la arquitectura civil y del diseño urbanístico de las ciudades. En pintura y artes plásticas se asocia a una búsqueda de orden y claridad en la representación, no exenta de idealización, como reacción a la oscuridad y el ornato recargado del arte barroco o la estética superficialmente decorativa del rococó francés. En música, a una búsqueda del equilibrio que diera lugar a la perfección matemática de la armonía, como forma para expresar la belleza a través del lenguaje musical. En literatura, suele vincularse al impulso racionalizador, crítico y didáctico de la filosofía de la Ilustración, como proyección de las ideas abstractas sobre las modalidades de la expresión literaria.

En cualquier caso, no es un fenómeno fácil de explicar, porque genera expresiones muy contradictorias entre sí y, como la propia Ilustración filosófica, es un movimiento heterogéneo que se desarrolla sobre un patrón común, pero no sobre un conjunto de principios estables. Sí hubo un intento desmedido, y al fin fracasado, por ordenar el campo literario y artístico por parte de los preceptistas, teóricos de la literatura o de las artes del siglo XVIII, que pretendieron dirigir («prescribir») el gusto estético desde fundamentos idealistas; esto es, estableciendo un conjunto de reglas a las que debían someterse las artes, especialmente la escritura literaria, a partir de las cuales sería posible crear una expresión estética «superior» a la que se había desarrollado en el pasado inmediato, el Barroco, período al que consideraban causante de una degeneración del gusto estético que ellos pretendían corregir.

En lo que respecta al Neoclasicismo español, es importante advertir que se trata de un intento de inocular savia nueva a la literatura española, paralelo al esfuerzo ilustrado por modernizar las instituciones, la sociedad y la economía del país, empleando como principal referente los modelos de la literatura clasicista francesa e italiana. La protección de los reyes de la dinastía de los Borbones y de sus ministros, permitió que los escritores neoclásicos llegaran a tener un prestigio y una influencia intelectual notable, pero casi siempre, salvo excepciones, en la cultura de élite, mientras que seguía dominando el gusto tardobarroco en las manifestaciones literarias de mayor influencia en las clases populares, como el teatro.

El siglo XVIII español no puede compararse, en logros artísticos de genio, a los períodos renacentista y barroco, eso es cierto, pero también lo es que el interés de los intelectuales dieciochescos se enfocó más en la ciencia, la filosofía y el ensayo erudito, en el didactismo y en el pensamiento acerca de los fundamentos críticos necesarios para lograr la transformación social del país. Ahí es donde hay que buscar las grandes aportaciones de la época a la cultura española, más que en los géneros de la ficción. La renovación de la poesía, sin llegar a la altura de las grandes figuras del XVI y el XVII, tuvo nombres importantes, ya a final de siglo, como Juan Meléndez Valdés, Nicasio Álvarez Cienfuegos, puentes ambos hacia el prerromanticismo, o el propio Leandro Fernández de Moratín. Los géneros narrativos no dieron un Cervantes, pero sí iniciadores de géneros híbridos entre el relato, el pensamiento crítico y el didactismo, como el Padre Isla o José Cadalso.

El teatro fue el género menos afortunado, del que, quizá, solo quepa destacar el esfuerzo de renovación de la comedia que llevó a cabo Leandro Fernández de Moratín, aunque hubo numerosos intentos de crear un drama clásico español alejado de los excesos tan de moda en la escena española de la época. Tuvimos, en cambio, un verdadero programa de literatura neoclásica, entendido como operación de «limpieza» de la reiteración de fórmulas del tardobarroco, la escasez de ideas renovadoras y el mal gusto dominante en la literatura dieciochesca, fue este la Poética o regla de la poesía en general y de sus principales especias (1737, luego reeditada en edición ampliada, en 1789, ya muerto su autor), del poeta y teórico aragonés Ignacio de Luzán.

La influencia de este tratado sobre lo que debía ser entendido como «buena literatura» fue realmente importante en su época y constituyó una especie de suma de los principios de la literatura neoclásica. Luzán defendía el buen gusto (tan difícil siempre de definir) como principio rector, basado, a su juicio, en la moderación, es decir, en no llegar a los extremos en la expresión de los sentimientos o en la procacidad, ni en el empleo de un lenguaje excesivamente hinchado, adornado o retoricista, buscando siempre la elegancia natural que habían practicado los representantes del Renacimiento. Junto con ello, la intención didáctica o moralizante debía ser la finalidad que articulara la obra: si esta no se estructuraba como expresión de un propósito educativo, en lo referido a la mejora de las costumbres o a la expresión de ideas filosóficas, sociales o políticas, la obra literaria se consideraba un producto de entretenimiento sin valor alguno. El teatro, género rey de la literatura del momento, por su naturaleza de texto de base para el espectáculo más popular por entonces, es el que ocupa la mayor parte de las reflexiones de Luzán, que, siguiendo al preceptista francés Henry Bolieau en su Arte poética de 1674 y a teóricos italianos contemporáneos, presenta una lectura bastante estrecha de las ideas de Aristóteles y Horacio, como veremos en el apartado siguiente.

LA CONTROVERSIA DEL TEATRO

Uno de los asuntos fundamentales de la estética literaria del siglo XVIII fue la disputa sobre el teatro, especialmente, a partir de la polémica desatada por la publicación de la primera edición de la Poética (1737) de Luzán, que recomendaba una literatura dramática verosímil, basada en el respeto estricto de las tres unidades (tiempo, lugar y acción), que habían propuesto las poéticas de Aristóteles (siglo IV a. C.) y Horacio (siglo I a. C.) y practicaban los escritores clasicistas italianos y franceses del momento.

En defensa de la verosimilitud, Luzán proponía para la comedia argumentos más ajustados a la vida cotidiana y a las situaciones que cualquier persona puede experimentar, lo que podríamos llamar una estética realista de representación dramática; criticaba los excesos retóricos del estilo barroco y la escenificación espectacular, y proponía la necesidad de que las obras se ajustasen a un propósito didáctico o moralizante. No obstante, mantenía el aprecio por la tragedia como género grave y por los argumentos heroicos que le correspondían, sobre todo en las de asunto histórico.

La clave de su pensamiento era el respeto extremo a la regla aristotélica de las tres unidades, por la que, a su juicio, se conseguiría que el drama representado fuera verosímil, es decir, creíble para el espectador. La unidad de tiempo exigía que la duración de la obra coincidiera con la de los hechos representados, como ocurriría si contempláramos un acontecimiento de la vida real, radicalizando así el precepto aristotélico, que era más permisivo. La unidad de lugar planteaba que las acciones representadas ocurrieran de principio a fin en un solo lugar, aunque Luzán admite que ello limita excesivamente los argumentos que pueden representarse y sugiere el uso de «escenarios múltiples», en los que diversas acciones ocurrieran en lugares distintos en forma combinada, solución artificiosa, pero interesante. La unidad de acción consiste en que la trama se construya sobre una sola acción central, a la que estén subordinados todos los episodios argumentales de la obra.

El debate acerca del teatro en el siglo XVIII y a comienzos del XIX fue en toda Europa una cuestión no solo literaria, sino también patriótica. Los reformadores de nuestra comedia barroca lo hacían desde un espíritu ilustrado, con la intención de regenerar estética e ideológicamente un espectáculo de tanta repercusión social como era entonces el teatro, al que consideraban reiterativo, estéticamente degradado y de mal gusto. Los defensores de la comedia nacional entendían como un acto antipatriótico cualquier censura a los moldes del teatro tardobarroco que seguía practicándose en España. La Iglesia lo consideraba moralmente indecente, salvo en los géneros del teatro religioso, y el pueblo aplaudía las obras cuanto más chocantes y fantasiosas eran las tramas que se representaban en los escenarios.

Para comprender esta apasionada polémica, hemos de entender que el teatro era el espectáculo por antonomasia del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, de enorme popularidad, un acontecimiento masivo que arrastraba al pueblo entero y que hoy solo podemos comparar, en términos de repercusión social en la opinión pública, a ciertos acontecimientos deportivos o a programas de televisión dirigidos a grandes audiencias.

La mayor parte del teatro que se representaba por entonces en España, a pesar de los intentos renovadores de los seguidores de Luzán, seguía reiterando las fórmulas gastadas de la comedia nacional barroca. Los dramaturgos que seguían la estética tardobarroca no produjeron ninguna obra de alto valor artístico durante la centuria, la preparación de los actores y las fórmulas de representación eran lamentables, pero, aun así, el pueblo parecía disfrutar de un espectáculo en el que su protagonismo era muy marcado.

Leandro Fernández de Moratín en el Discurso preliminar que escribió para la edición francesa de sus Comedias, de 1825, criticaba, como imposible de erradicar, este teatro de mala calidad literaria y de puesta en escena pobre y disparatada, que recurría excesivamente a una maquinaria de tramoya aparatosa e ineficaz, usada, por ejemplo, para hacer volar a los actores sobre el escenario o para hacerlos aparecer y desaparecer como por arte de magia, pero con una tosquedad técnica tal que hacía estos juegos escénicos no ya inverosímiles para el espectador, sino ridículos. Ni siquiera se respetaba una mínima apariencia verista en los decorados, el atuendo de los actores era un dislate y podía aparecer el filósofo griego Aristóteles (siglo IV