En las fronteras del amor - Blythe Gifford - E-Book

En las fronteras del amor E-Book

Blythe Gifford

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Beschreibung

Se decía que los habitantes de la frontera escocesa eran salvajes e indómitos… Bessie, la abnegada joven del poderoso clan Brunson, se había sacrificado por el honor de su familia y había quedado a merced del rey Jaime. Inadaptada a la vida de la corte, solo podía enfrentarse a su enemigo mortal, Thomas Carwell, con ropa prestada y el orgullo propio de su clan. Bajo la mirada implacable de su captor, se sintió cautivada no solo por él, sino por la opulencia de un mundo muy distinto al suyo. Cuando el rey, furioso, exigió la cabeza de sus hermanos, ella solo pudo acudir a Carwell, pero tendría que pagar un precio irrevocable por su protección...

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Wendy Blythe Gifford

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

En las fronteras del amor, n.º 544 - enero 2014

Título original: Captive of the Border Lord

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-4116-1

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Para quienes han olvidado lo que quieren o temen reclamarlo.

Gracias a Michelle Prima y a Pat White, que me ayudan a mantener la cordura, y a Pam Hopkins, que sigue creyendo en mí.

Las mujeres cantan baladas, las baladas no hablan sobre mujeres.

Geordie Brunson

Sin embargo, las mujeres cantan con voz clara y potente, tanto que las historias perduran a lo largo de los tiempos.

Fue abandonado por el resto de su clan.

Abandonado a su suerte fue el primer Brunson.

Uno

The Middle March, frontera escocesa central

Noviembre de 1528

Bessie Brunson tomó aire y se dispuso a subir un tramo de escaleras por enésima vez desde que amaneció, y todavía no era mediodía. Los escalones llevaban a lo alto de la muralla, donde sus hermanos estaban de guardia. Era preferible tenerlos lejos mientras ultimaba los preparativos de la celebración de la boda, pero dos hombres hechos y derechos necesitaban comida. Se levantó la falda con una mano, balanceó la bolsa con tortas de avena con la otra y empezó a subir.

Oyó un trueno y, sobresaltada, miró al cielo. Estaba gris y soplaba el viento, pero... No era un trueno, eran cascos de caballos. Subió apresuradamente los últimos escalones, se puso entre sus hermanos y miró hacia el oeste, hacia el valle que les pertenecía.

—¿Quién viene?

—Nadie que quiera ver —contestó Rob el Negro sacudiendo la cabeza.

Ella entrecerró los ojos por el viento y para ver con claridad el estandarte verde y oro. Eran los colores de Thomas Carwell, el Guardián de la Frontera escocés. Justo antes de que Willie Storwick escapara, Bessie le dijo que lo consideraría responsable si sucedía algo, y el Guardián de la Frontera nunca demostró que no lo fuese, al menos, a juicio de ella.

—No lo hemos invitado a tu boda —le dijo a su hermano John.

—No, pero tuvo la cortesía de mandar un emisario para anunciar su llegada —contestó Johnnie.

—Porque sabía que lo tumbaríamos de un disparo si llegaba sin avisar —replicó Rob.

Ella suspiró. A ninguno de los dos se le había ocurrido avisarle de que la lista de invitados podía aumentar.

—¿Vais a dejar que entre?

Rob el Negro, jefe de la familia en ese momento, señaló su ballesta.

—Yo preferiría meterle un dardo.

Johnnie, más alto y pelirrojo, como ella, sacudió la cabeza.

—Ya hemos hecho bastante para enojar al rey. Por lo menos, vamos a ver qué quiere Carwell.

Rob frunció el ceño y ella contuvo el aliento preparándose para otra discusión entre ellos, pero Rob acabó asintiendo con la cabeza.

—Pero nosotros no vamos a decirle nada.

Los caballos aminoraron al paso al acercarse al portón, Carwell se quitó el casco de acero, un gesto de buena voluntad, se apartó el pelo castaño de la frente y los miró.

—Hemos venido a celebrar un acontecimiento feliz.

—Déjate de palabrería, Carwell —gruñó Rob—. Nadie te ha invitado.

—Un descuido... Estoy seguro de que queríais incluir al representante del rey.

Johnnie apretó un puño. Él también había sido en un hombre del rey, pero seguía siendo un Brunson. Algún día, todos tendrían que responder por eso.

—Nuestra hospitalidad no incluye a quienes nos traicionan —replicó Rob.

—Una acusación que he rechazado.

—Pero que no has demostrado que fuese falsa —contestó John.

—Aun así, habéis cabalgado y luchado a mi lado.

—Es verdad —reconoció Rob—, pero eso no significa que confiemos en ti.

Nadie sabía de qué lado estaba Carwell, salvo del suyo propio. Carwell extendió el brazo izquierdo con la palma de la mano hacia arriba y una sonrisa.

—Juro que vengo como un amigo.

—¿Y te marcharás igual? —gritó Johnnie.

Bessie suspiró. Podría dar de comer a doce hombres más si cortaba la carne en trozos más pequeños, pero no sabía muy bien dónde iban a dormir. Se asomó por encima de la muralla.

—Dejad las armas en la entrada, no causéis problemas y seréis bien recibidos al festejo.

Se dio la vuelta para bajar las escaleras sin hacer caso de la mirada enojada de Rob ni de las cejas arqueadas de Johnnie.

—La carne no está haciéndose sola mientras unos majaderos como vosotros tres os insultáis. No voy a permitir que se estropee la boda de Johnnie por alguien como él.

Carwell ya había estropeado bastantes cosas.

Carwell hizo un esfuerzo para sonreír mientras sus hombres dejaban las lanzas, las espadas y las ballestas y entraban en el patio. Desarmarse no era peligroso. Si un Brunson quería matar a alguien, se cercioraría de que tenía una espada en la mano cuando lo hiciera. Además, él siempre calculaba los riesgos. Sería poco apreciado, pero estaba vivo. Sonreiría a esa gente y celebraría la boda sin mencionar que el matrimonio entre John Brunson y Cate Gilnock lo había puesto en una posición muy, muy complicada.

Bessie Brunson lo recibió en el patio con una seriedad muy poco afable.

—Diles que no coman más que lo que les corresponda.

Fueron unas palabras ásperas para unos labios tan delicados, pero no respondería a la ofensa. Ella le había dicho que lo consideraría responsable y, al parecer, seguía reprochándoselo. Él también se reprochaba cosas que ella nunca sabría.

—No seremos glotones —replicó él con una sonrisa de oreja a oreja.

Sintió un momento de lástima por ella. Su castillo tenía sitio más que abundante y habría podido alojar a muchos invitados inesperados, pero la fortaleza de Brunson solo era defensiva y Bessie Brunson, pelirroja y de fina complexión, parecía necesitar esa protección. Lo miró con sus ojos marrones cargados de recelo.

—Si no se te invitó, no fue por descuido.

Pese a su delicadeza, era deslenguada y terca, como el resto de su familia. Era una buena manera de conseguir que los mataran.

—Sin embargo, quería celebrarlo con vosotros, quería felicitar a John y Cate.

También quería transmitir un mensaje a su familia, un mensaje que no querrían oír. Ella arqueó las cejas y frunció el ceño para indicar que no la había engañado.

—Entonces, limítate a eso.

Él inclinó la cabeza como si ella tuviera derecho a darle órdenes. Pronto descubriría la verdad.

Bessie miró hacia su hermano y, por fin, sonrió ligeramente.

—Se merecen una vida larga y feliz juntos.

—Sí... —confirmó él.

Era algo que se le había negado a su matrimonio.

A pesar de los invitados inesperados, o por ellos, la celebración, que empezó a mediodía, se alargó hasta entrada la noche. Pasando por alto el dolor que sentía entre los hombros, Bessie miró con satisfacción el salón lleno de gente. La bebida seguía corriendo, habían empezado los cánticos y, al sumarse los hombres de Carwell, se había abierto la última barrica de vino tinto que su padre se llevó de la iglesia para conservarlo a buen recaudo cuando el sacerdote huyó a Glasgow.

Se había hecho sitio para bailar y los novios recorrieron juntos las filas. Aunque Cate seguía sintiéndose más cómoda con calzas que con el vestido que llevaba, se deslizó junto a John imitando sus movimientos. Los hombres empezaron a cantar la balada que habían compuesto sobre ella.

La llamaban la Valiente Cate, la bella Cate...

Cate se pisó el vestido y cayó sobre su sonriente marido. Bessie miró hacia otro lado. La habitación estaba llena de hombres que conocía desde siempre, Jack el Raro, Joe Tres Dedos, los hermanos Tait, pero ninguno conseguía que sonriera como Cate le sonreía a John.

—Un día magnífico —comentó Rob acercándose a ella.

Si a su hermano mayor lo llamaban Rob el Negro, no era solo por su pelo y sus ojos oscuros, pero estaba sonriendo. Ella volvió a mirar a Thomas Carwell. No abandonaba la media sonrisa, como una máscara permanente que ocultaba lo que había debajo.

—¡Bessie! —la llamó Johnnie—. Baila un poco conmigo.

—Los Brunson cantan, no bailan.

Eso era lo que farfullaba su padre siempre que su madre intentaba que se levantara. Su hermano se rio con la jovialidad de un hombres recién casado.

—Este Brunson sí baila. Ven —él le tendió una mano—. Te enseñaré cómo bailan en la corte.

Ella lo rechazó con la mano y, repentinamente, se dio cuenta de que Carwell estaba mirándola.

Ese hombre también tenía la distinción que Johnnie había adquirido al vivir junto al rey en lejanos castillos que ella no había visto nunca. Tampoco quería parecer una necia pueblerina delante de ellos.

—Baila con la novia, Johnnie.

Entonces, antes de que pudiera darse cuenta, tenía a Carwell al lado con una mano en su cintura.

—Yo te enseñaré.

No esperó a que se resistiera, la llevó con los demás bailarines y su puso enfrente de ella.

—Se parece a la pavana y solo tiene cinco pasos. Derecha, izquierda, derecha, izquierda y entonces... —él saltó y cayó con los pies juntos—. Ahora, tú.

Ella se miró los pies y lo siguió. Por un instante, con su mejor vestido y el pelo recién lavado, dejó de sentir dolor en los hombros. Así se sentiría una dama en la corte al bailar ante el rey con pies ligeros... La miraba con esos ojos cambiantes y detestables. Habría bailado con damas así, damas que sabían los pasos. Se tropezó con los pies de Carwell, se golpeó la frente en su barbilla, se puso roja y se apartó sintiéndose torpe, lo que era.

—No bailo. Déjame.

Fue a apoyarse en una pared y él se dirigió a las demás esposas y hermanas, quienes fueron riéndose al tropezarse también. ¿Había sido igual de ridícula cuando estuvo con él? Se mordió el labio. Las mujeres eran ridículas.

Jock el Raro se comió la última torta de avena con miel y ella recogió la fuente y se dirigió hacia las escaleras para ir a por más. Que las demás mujeres se divirtieran con los bailes, ella se ocuparía de la comida y la bebida. Carwell la siguió escaleras abajo. Seguramente, habría bebido demasiado y necesitaría orinar.

—Hay un excusado en el rincón. No hace falta que salgas —le indició ella.

Abrió un poco la puerta y ella también deseó poder quedarse dentro de la fortaleza en vez de tener que cruzar al patio para llegar a la cocina. Había una neblina que amenazaba con acabar en lluvia. Carwell se acercó junto a la puerta.

—¿Te encuentras mal?

Era una pregunta extraña. Su madre siempre había dicho que era sana como una potranca de Galloway.

—No, claro que no.

—Entonces, a lo mejor necesitas ayuda...

—¿Ayuda?

Ese hombre, un desconocido, se había dado cuenta de lo que sus hermanos habían pasado por alto... Se dio la vuelta para mirarlo al creer que había oído mal, pero estaban tan cerca que se chocó con él, tan cerca que captó el olor a mar y cuero.

—Sí.

Él lo dijo tan cerca de su oído que si se hubiese dado la vuelta, sus labios se habrían rozado... Entonces, él se alejó un paso y ese momento incómodo se disipó tan deprisa que ella llegó a creer que se lo había imaginado. Entró una corriente por la puerta entreabierta y ella se cerró el manto sobre los hombros. Estaba segura de que Thomas Carwell nunca ofrecía nada sin esperar algo a cambio y se preguntó qué querría esa vez. Le dejaría ver la cocina si quería...

—Ven.

Se tapó la cabeza con el chal y salió a la húmeda oscuridad sin comprobar si él la seguía. Cruzó el patio en una docena de pasos, pero cuando volvieron a estar a cubierto, la humedad se le había metido en los huesos. Lo miró a la luz de la chimenea con la esperanza de captar algún indicio de incomodidad, pero sonreía como si fuese imperturbable. Sus ojos, en cambio, cambiaban con cada luz. ¿Eran verdes, marrones o color avellana? Le dio la espalda. Le daba igual el color de sus ojos, podían ser tan marrones como los de un Brunson y no por eso iba a cambiar la opinión que tenía de él. Había dejado a la niña que las hermanas Tait tenían de sirvienta para que vigilara el fuego, pero se había dormido y roncaba sobre un saco de grano.

—La verdad es que no quieres ayudarme, como tampoco has venido a la boda de John y Cate para felicitarlos. ¿Por qué no me dices a qué has venido antes de que estropees el momento más feliz que han tenido los Brunson desde hace meses?

Carwell no dejó de sonreír. Estaba aprendiendo a no menospreciar a Bessie Brunson, pero le costaba tenerlo presente cuando la miraba. El pelo pelirrojo le caía como una cascada sobre los hombros, los ojos marrones tenían un destello de recelo, los labios eran carnosos y... dejó de pensar en ella.

—Dejaremos esta noche para la celebración y mañana hablaré con tus hermanos.

—¿Mañana? ¿Cuando Rob no sepa dónde tiene la cabeza por el vino que ha bebido esta noche y Johnnie esté tan contento en la cama con su esposa?

Él contuvo una réplica hiriente.

—Estarán dispuestos a escuchar cuando sepan por qué he venido. Es un asunto de hombres.

Ella puso los ojos en blanco antes de volver a mirarlo.

—En tu casa no hay mujeres.

Él parpadeó. No las había desde hacía años.

—No. Ahora no las hay.

El recuerdo le atenazó el corazón. Nunca volvería a dormirse en los laureles con una mujer. Un pequeño dolor o un suspiro de cansancio podían indicar la amenaza de algo peor. Dejó la idea a un lado. No iba a contárselo a nadie y menos a esa mujer, aunque, por un instante, había creído que ella lo entendería.

—Si las hubiera —replicó ella—, sabrías que no hay que protegernos de la verdad.

La miró y dudó que su familia la hubiera protegido de algo.

—Entonces, lo sabrás cuando lo sepan ellos, y será mañana.

El rey no tenía más paciencia. Pese a haberle ofrecido su ayuda, ella no le pidió nada mientras iba de un lado a otro recogiendo tortas de avena y dejando otra hornada cerca del fuego. Cuando terminó, zarandeó a la niña para despertarla y le dijo que vigilara el fuego para que no se incendiara la casa. Luego, se acercó a él, que estaba en la puerta. Dejó las tortas y llenó dos garrafas de cerveza de una barrica.

—Si querías ayudarme, lleva esto.

Le dio las dos garrafas con un brillo de rabia en los ojos. Él la siguió en silencio y se enorgulleció por haberse contenido y no haber tirado su valiosa cerveza al suelo. Esa mujer era tan tozuda como toda su familia... o más. Sin embargo, al observar su contoneo al andar, se acordó de cómo se estrechó contra él al bailar y para seguir esos pasos que no conocía. Durante esos breves momentos, sintió que estaban solos los dos con la música y el movimiento. Sin embargo, al día siguiente volvería a odiarlo, en cuanto se enterara de que había ido allí para llevarse a su hermano de rehén.

Dos

La celebración siguió mucho después de que hubiesen acompañado a Johnnie y Cate hasta el lecho nupcial. Ella llevó más cerveza al salón para que los recién casados pudieran tener algo de intimidad. Una vez en el salón, el baile dejó paso a los cánticos. Jock el Raro intentaba enseñar a cantar al perro de Cate y a ella le parecía que el animal cantaba tan bien como Jock. Los hombres de Carwell se mezclaron sin incidentes. Hasta Rob charlaba amigablemente cuando ella se dirigió otra vez a la cocina. Carwell la vio, pero esa vez no la siguió. La niebla se había convertido en lluvia y, cansada, se apoyó en la puerta de la cocina antes de volver a cruzar el patio para ir por última vez a la fortaleza. Las hermanas Tait y la niña que tenía de sirvienta la ayudarían a recoger al día siguiente, pero todavía no había acomodado a todos los hombres de Carwell. Seis podrían dormir en el salón y otros cinco en la habitación grande del piso superior, pero ¿dónde dormiría el Guardián de la Frontera? Rob iba a dormir con los demás hombres para que Johnnie y Cate pudieran disfrutar del dormitorio principal. Solo quedaba una cama, la de ella. Se apartó de la puerta y miró el saco de avena donde había dormitado la niña de las Tait. Sería un colchón aceptable. La voz de Rob y las conocidas estrofas de la balada de los Brunson la sacaron de su ensimismamiento. Cuando su hermano hablaba, era áspero y lacónico, pero cuando cantaba, su voz era torrencial.

Silenciosos como la luna, firmes como las estrellas

Fuertes como el viento que barre Carter’s Bar.

Obstinados y de ideas claras, nunca tristes ni abatidos

Eso dicen de los Brunson

Descendientes de un vikingo de ojos castaños

Descendientes de un vikingo de ojos castaños.

Las risas habían cesado en el salón y los invitados estaban acostándose. Ella se acercó a Carwell y le susurró al oído.

—Te he preparado un sitio para que duermas, si me acompañas...

Captó el cansancio en los ojos de él cuando se levantó y se regañó a sí misma por tener una lengua tan afilada. Había cabalgado durante dos días y estaba invitado en su casa. No debería darle motivos para que se quejara de la hospitalidad de los Brunson. Abrió la puerta de su cuarto y se estremeció. Había pensado tanto en sus invitados que se había olvidado de comprobar su chimenea.

—Es una habitación sencilla, pero espero que sea de tu agrado —comentó ella mientras se agachaba para reavivar las llamas.

Él, naturalmente, estaría acostumbrado a tapices, velas y tañidores de laúdes, pero los Brunson se enorgullecían de su valentía y destreza con las armas, no de sus lujos.

—Es tu cuarto —dijo él desde la puerta.

—Sí —reconoció ella limpiándose las manos.

—No te obligaré a que renuncies a tu cama.

—Bueno, no vas a compartirla conmigo —replicó ella mirándolo a los ojos con rabia.

—No estaba insultándote con esa insinuación, no me insultes tú a mí insinuando que sí lo había hecho.

Él lo dijo en un tono airado que ella no le había oído nunca. Al parecer, tenía genio y ella tenía la lengua para provocarlo. Miró al suelo y eso debería haber servido de disculpa.

—Acepta la cama, eres un invitado en mi casa.

—No estoy invitado. Iré al salón con mis hombres —salió al pasillo y le sonrió como si quisiera quitar hierro a lo que había dicho antes—. Que descanses bien.

Ella abrió la cama y se sorprendió al ver que le temblaban las manos. Oyó lo que le pareció un improperio sofocado al otro lado de la puerta.

A la mañana siguiente, cuando Bessie despertó a los recién casados para que acudieran a la reunión de Carwell, sus sonrisas adormecidas le llegaron al corazón. Esperó que hubiesen pasado una noche maravillosa porque el día prometía ser desagradable. Se reunieron con Rob y Carwell en la zona privada que había detrás del salón. Un brasero en el centro de la habitación ofrecía cierto alivio contra el frío. Parecía como si Carwell hubiese dormido mejor que ella.

—El rey Jaime se ha visto obligado a levantar el asedio al conde de Angus.

El conde, padrastro del rey, también había sido regente hasta hacía unos meses, pero, en ese momento, era el peor enemigo del rey.

—El rey reprocha esa derrota a que nunca llegaron los hombres de Brunson que pidió —siguió Carwell.

Ella intercambió una mirada con su hermano John. Los hombres de Brunson habían estado haciendo cosas más importantes.

—Además, le han comentado al rey que Willie Storwick el Marcado ha desaparecido y es posible que esté muerto.

Johnnie y Cate se miraron con desasosiego y Bessie frunció el ceño, pero no dijo nada. Sin duda, el rey lo sabía porque se lo había contado Carwell.

—No es una pérdida para nadie a ningún lado de la frontera —intervino Rob por fin—, aunque fuese inglés. Lo habrían colgado hace mucho si lo hubieses entregado a la justicia, como era tu deber.

Ella esperó una discusión o, al menos, una explicación, pero Carwell se quedó en silencio con la mirada fija. Las bolsas de los ojos le daban un aspecto tranquilo, pero también disimulaban su expresión.

—Estoy seguro de que el rey comprendería que alguien, un Brunson quizá, lo hubiese matado en defensa propia.

John se encogió de hombros y Rob negó con la cabeza.

—Un ataque es la mejor defensa.

Quiso pedirle prudencia a Rob, pero se mordió la lengua. Lo que él había dicho era verdad, pero no era lo que el rey o Carwell querían oír.

—¿Lo atacaste? —le preguntó el Guardián de la Frontera sin dudarlo.

Ella contuvo el aliento. Eso era casi lo que había dicho su hermano.

—No. Aunque no me arrepentiría si lo hubiese hecho.

Carwell miró a Johnnie.

—¿Fuiste tú?

Cate tomó la mano de su marido.

—Storwick no murió por mi espada —afirmó Johnnie.

El Guardián de la Frontera asintió con la cabeza, como si ya hubiese sabido que no conseguiría sacar nada en claro.

—Entonces, ¿podéis explicarme cómo consiguió Dios, en su infinita sabiduría, matar a ese hombre?

Carwell se calló como si esperara que alguien se lo explicara. John se quedó mirándolo, no miró ni a Rob, ni a Cate, ni a ella. Nadie dijo nada. Hasta que John se encogió de hombros.

—¿Quién puede adivinar cómo obra Dios sus prodigios?

Ella soltó el aire lentamente. Siempre podía negarse una acusación que no podía demostrarse. Carwell lo sabía tan bien como ellos... o mejor.

—Su muerte es un misterio —siguió Rob—, pero los perros ingleses no tardarán en cruzar la frontera para buscar castigo y necesitaremos a todos los hombres de Brunson cuando eso ocurra.

Esa vez, a Bessie no le costó descifrar la mirada de Carwell. Era de furia.

—La justicia y el castigo a este lado de la frontera son responsabilidad mía, no de ellos.

—Ojalá lo hubieses recordado antes —intervino John—, cuando tenías a Storwick en tus manos.

Ella captó otro destello de furia antes de que pudiera disimular su expresión.

—Sé muy bien cuáles son mis obligaciones —Carwell arqueó una ceja y esbozó una levísima sonrisa—. Además, como bien decís, ese hombre era una amenaza tanto para los ingleses como para los escoceses. Creo que el Guardián de la Frontera inglés está elevando plegarias de agradecimiento, como los escoceses, por el alma inmortal de Storwick.

Se intercambiaron miradas de cautela y ella también elevó su plegaria. Había dicho que la justicia y el castigo eran responsabilidad de él, pero no había viajado dos días para confirmar lo que ya sabía.

—Entonces, ¿para qué has venido?

Él la miró un instante a los ojos y tuvo la inquietante sensación de que podía ver dentro de ella. Volvió a cerrar los ojos como si así pudiese impedir que viera la verdad. Cuando los abrió, él estaba mirando a sus hermanos otra vez.

—Quienes vivimos en la frontera entendemos los misteriosos caminos del Señor. El rey quiere explicaciones terrenales y culpables. En este momento, os culpa de todo.

—Unos cuantos hombres de Brunson no habrían conseguido que ganara el asedio —le explicó John.

También se lo había dicho a su familia. Además, el rey tenía dieciséis años y no era un experto en el arte de la guerra. Carwell arqueó las cejas. Fuese verdad o no, no era lo que quería oír el rey ni era lo que iba a creer.

—Yo, sin embargo, envié a todos los hombres que pude para que lucharan al lado del rey.

El resto persiguieron a Willie Storwick. Ella se dio cuenta de que Carwell conseguía apaciguar al rey y las fronteras... casi todo el tiempo.

—Tú, en cambio, desobedeciste la orden del rey de mandar hombres de Brunson —siguió Carwell mirando a John—. Eres sospechoso de haber matado a un inglés y, además, te has casado sin siquiera informar al rey, por no decir nada de pedirle permiso —el Guardián de la Frontera suspiró—. En estos momentos, solo hay un hombre a quien el rey odie más, el conde de Angus.

John también suspiró. Una vez, llegó a estar tan unido al rey como a un hermano, pero había sabido que habría repercusiones cuando eligió a la familia por encima del rey. Aun así, su familia se alegraba de que lo hubiera hecho.

—Tenéis una ocasión para redimiros —siguió Carwell—. El rey ha exigido a todos los hombres leales a él que hagan un gran juramento.

—¿A favor de él? —preguntó John.

—No, contra Angus. Que os comprometáis a hacer todo lo que podáis para acabar con él.

Eso era algo que el rey no había conseguido, ni mucho menos. Bessie miró a Rob, quien, como jefe de la familia Brunson, tendría que tomar la decisión.

—No aprecio a Angus ni a su familia, pero tampoco juraré nada contra una familia que no ha hecho nada a la mía —replicó Rob sin apartar la mirada de Carwell—. Ya hay bastantes que sí lo han hecho.

Carwell perdió la paciencia que había mantenido con mucho cuidado. Dejó escapar un suspiro y se pasó los dedos entre el pelo.

—Juradlo, por el amor de Dios. Ya se enojará bastante cuando se entere de que Johnnie se ha casado.

Rob y John negaron con la cabeza al mismo tiempo y ella sonrió al ver a su padre en ellos, al ver a su familia unida otra vez.

—Un juramento es sagrado —replicó John porque era una de las cosas que había aprendido al volver a su casa—. No lo haremos solo porque lo quiera el rey.

Ella vio que Carwell se ponía muy recto, como si todo lo anterior hubiese sido un mero preámbulo, y contuvo la respiración mientras esperaba a que dijera por qué estaba allí.

—Entonces, no me dejáis alternativa. Como Guardián de la Frontera, tengo la obligación de conseguir que la familia Brunson se comprometa con la paz, algo que garantice vuestro buen comportamiento en el futuro.

—¿Tan censurable es nuestro pasado? —preguntó ella. ¿Quién era ese hombre para exigir juramentos y compromisos—. Si no vamos a jurar nada, ¿por qué íbamos a comprometernos?

Sin embargo, John, que conocía los procedimientos del rey, lo entendió enseguida.

—El rey no quiere palabras, quiere un rehén.

—«Rehén» es una palabra muy desagradable.

Carwell volvió a sonreír y ella empezó a detestar esa sonrisa.

—Si volvemos de disgustarlo, el rey será mucho más desagradable —comentó Johnnie.

Rob, Bessie, John y Cate se miraron.

—Debería ir yo —siguió John—. A mí me conoce.

Él lo había defraudado.

—No le gustará lo que tienes que decirle —replicó Rob.

—Puedo soportarlo —afirmó John con un suspiro.

Rob el Negro sacudió la cabeza y miró a todos los presentes.

—Hará que lo soportes colgado de una soga, Johnnie.

A ella se le aceleró el pulso. Johnnie había vuelto por fin a casa y acababa de casarse... Su esposa entrelazó los dedos con los de él.

—Si tienes que ir, te acompañaré.

Rob se levantó para intentar imponer su tamaño.

—No te lo permitiré.

—Cuando vine, le prometí al rey...

Carwell intervino en medio de la discusión.

—Entonces, tú —señaló a Rob—. Si el jefe de la familia Brunson fuese a la corte y jurara, el rey...

—¡Bah! —exclamó Rob—. No juraré nada que me impida proteger a mi familia.

Ella contuvo el aliento. Rob no bajaría la cabeza ante nadie, ni ante un rey. Solo empeoraría las cosas para sí mismo y para todos.

—Lo pensaremos —propuso el hermano pequeño levantándose también.

Ese era Johnnie. Ganaba tiempo sin comprometerse. Sin embargo, el tiempo no cambiaría nada. Su padre había muerto hacía menos de tres meses y Rob había ocupado su puesto como jefe de la familia. Johnnie estaba en casa y feliz. Sus hermanos, su cuñada Cate... la familia que amaba con todo su corazón tenía que seguir unida, tenían que dejarla en paz.

Carwell se levantó y la dureza de su mirada no se correspondió con su elegancia cortesana.

—No lo penséis mucho tiempo. El rey no es un hombre paciente.

Ella también se levantó casi sin darse cuenta. No permitiría que ese hombre les hiciese eso.

—Entonces, iré yo. Yo serviré de... garantía para los Brunson.

Tres

¿Qué estaba haciendo esa mujer? ¿Estaba mal de la cabeza? Carwell la miró con fastidio y luego miró a sus hermanos. Ellos no permitirían ese disparate... ¿Lo era? Analizó la situación intentando disimular lo que pensaba. No era lo que esperaba el rey, pero el rey tenía cierta debilidad por las mujeres. Las disculpas de una Brunson tan hermosa podrían aplacarle el corazón, pero una discusión airada con uno de los insumisos hermanos podría empeorar las cosas. Sin embargo, que una mujer corriera ese riesgo, aunque fuese una tan obstinada como Bessie Brunson... No.

—Imposible —replicó él como si fuese su decisión.

Ella no le hizo caso y se dirigió a sus hermanos.

—Puedo ir a ver al rey. Puedo explicarlo...

—¿Explicarlo? —Rob levantó las manos—. Aunque nos olvidemos de Willie Storwick, invadimos un territorio neutral e incendiamos una fortaleza. Eso es lo que hicimos.

—Sí... —Carwell suspiró. Él lo sabía porque los había ayudado—. El rey quiere vuestro juramento y que prometáis un comportamiento aceptable, no una explicación.

—El rey quiere un castigo —intervino John.

Su expresión sombría era la misma que la de Rob. Además, se había criado al lado del rey y lo conocía mejor que todos ellos.

—Querrá encadenarte —siguió John.

—O algo peor —añadió Carwell conteniendo un estremecimiento.

Otros habían gobernado al rey desde que era muy pequeño y tenía que enmendar muchos años de desaciertos. Ella palideció y él se preparó para agarrarla si se desmayaba. Si se daba cuenta del peligro, eso la disuadiría. Ella, sin embargo, ni se inmutó.

—Que sea lo que Dios quiera.

—No sabes lo que estás diciendo.

La vida allí era difícil, pero las amenazas eran muy claras. La corte estaba llena de peligros ocultos, era engañosa como las arenas movedizas que aprendió a evitar cuando era un niño. Esas arenas podían parecer seguras, pero un solo paso equivocado podía llevarte a la muerte. Bessie Brunson ni siquiera podía bailar sin tropezarse.

—Déjanos —le pidió Rob—. Es una decisión de la familia.

Él, aliviado, asintió con la cabeza. No había ido a negociar con Bessie Brunson. Prefería que sus hermanos se ocuparan de ella. Se dio la vuelta y le susurró al oído mientras se dirigía hacia la puerta.

—No te permitirán que vayas.

—No podrán impedirlo —replicó ella con una sonrisa.

Bessie no lo miró mientras salía de la habitación. Tendría que pagar un precio por quedar a su merced, pero no sabía cuál sería. Todos expresaron sus reparos en cuanto él cerró la puerta.

—Es demasiado peligroso.

—No es un sitio para ti.

—No puedes —Cate la agarró de un brazo—. No te dejaré.

Su negativa era la más difícil de resistir porque tenían secretos que no podía saber un rey. Sin embargo, Cate, que había sido como una hermana, ya era una esposa y ella dormía sola en su dormitorio. Apretó la mano de Cate.

—No queda nadie más —insistió ella sin alterarse—. Johnnie ya lo ha desafiado. El rey lo encadenará sin escucharlo. Rob, tú solo sabes hablar con una espada. Sin embargo, si voy yo...

Sintió una punzada en las entrañas. ¿Fue de miedo o de emoción?

—Soy una mujer. No puedo jurar en nombre de la familia y el rey no puede obligarme, pero es posible que pueda conseguir que me escuche lo suficiente para explicarlo.

—¿Explicarle cómo murió Willie Storwick? —preguntó John agarrando a su esposa de la mano.

—No tengo que mentir —Bessie se encogió de hombros—. Ninguno de nosotros lo mató y nadie tiene por qué saber nada más.

Sobre todo, Thomas Carwell.

—Ojalá lo hubiese hecho yo —dijo Cate.

—Sin embargo, es posible que consiga que el rey lo entienda...

¿Qué le contaría? ¿Cómo soplaba el viento en lo alto de las colinas? ¿Que los cardos se ponían de color morado al atardecer? ¿Que pasaban los días mirando al sur mientras esperaban que los cuatreros arrasaran el valle? ¿Que su hogar, su vida y esas personas también eran maravillosas?

—Hacemos lo que tenemos que hacer para proteger a la familia —gruñó Rob—. Eso es lo único que tiene que entender un hombre.

—Carwell no lo entiende —dijo ella.

—Al rey no le importa nada nuestra familia —añadió Johnnie—. Solo le importa que no pasó lo que quería que pasara.

Lo que el rey había querido era que Johnnie hubiese impuesto su voluntad a los Brunson. Johnnie, en cambio, se dio cuenta de que la familia era lo primero, lo último, lo único.

—Si no voy, si no intento que cambie, nos perseguirá a todos —insistió ella.

—Nos perseguirá antes o después —afirmó Johnnie en tono sombrío.

—Es posible, pero si voy, ganaréis el invierno.

Ganarían tiempo. Johnnie y Cate se sonrieron fugazmente y Rob acarició la empuñadura de su puñal. Ella siempre había estado más unida a Johnnie y él la miró con desconcierto.

—Una vez te propuse que fueses a la corte, ¿verdad?

—Sí.

Ella lo rechazó porque sabía que se reirían de sus vestidos anodinos y de su forma de ser tan poco refinada. Dos cosas demasiado egoístas como para que le importaran en ese momento.

—Entonces, ¿quieres conocer al rey? —le preguntó John tomándole las manos.

—¿El rey? ¿Crees que voy para bailar al ritmo de los trovadores?

Era su deber. Su padre se avergonzaría de ella si creyera que había pensado un segundo en la ropa o la música... o en sí misma.

—No me fío de él cuando te tenga cerca —contestó John sacudiendo la cabeza.

—Ne me dejo obnubilar por un rey —se quejó ella.

—No tienes que preocuparte por Bessie —añadió Cate.

John sonrió a su esposa.

—No desconfío de Bessie o del rey, desconfío de Carwell.

Todos se quedaron en silencio. Ese era el problema, ninguno confiaba en él.

—Sin embargo, el rey sí confía en él —intervino ella.

«No me insultes»

Aquello fue lo más mordaz que él había dicho. Dejó de lado ese recuerdo. Sus hermanos habrían combatido a su lado, pero ella no confiaba en ese hombre de medias verdades y con unos ojos tan cambiantes.

—Eso es lo que importa en este momento —siguió Bessie—. Además, si paso suficiente tiempo a su lado, encontraré la manera de demostrar que nos traicionó.

Willie el Marcado había escapado dos veces cuando lo perseguían aliados con Carwell y solo murió cuando los Brunson lo buscaron por su cuenta.

—Él juró que lo perseguiría —dijo John con un suspiro.

—¿Y tú lo creíste? —preguntó Rob resoplando.

—No se mata a un hombre sin pruebas.

—Tampoco mandas a tu hermana a la corte con él.

—Discutid. Yo iré haciendo el equipaje —les advirtió ella mientras iba a hacia la puerta.

Lo primero que vio cuando salió al patio fue a Thomas Carwell.

Carwell se apartó de la puerta cuando vio el resplandor de su pelo como el pecho rojo de un pájaro de los que sobrevolaban el valle.

—¿Y bien? —preguntó él arqueando una ceja.

Ella ladeó la cabeza sin sonreír.

—¿No lo has oído estando tan cerca de la puerta?

Lo había intentando, pero los muros eran muy gruesos.

—Solo he oído algo sobre hacer el equipaje.

La puerta se abrió detrás de ella y apareció Rob.

—¡Bessie, vuelve! ¡No permitiré que te marches con ese...!

Rob vio a Carwell y cerró los labios.

—Puedes decirlo.

—Con ese renegado en quien no se puede confiar.

Un hombre que escondía su estandarte para disimular a quién debía lealtad. Él apretó la mandíbula para contener una réplica áspera. Si no confiaba en él, no pasaba nada. John asomó la cabeza por encima del hombro de su hermano y casi ni miró a Carwell.

—Bessie, no conoces la corte. Stirling es un nido de víboras. Te comerán viva.

—¿De verdad? —preguntó ella sin inmutarse—. Entonces, las víboras se atragantarán.

Era muy terca. Sus hermanos eran unos obtusos y no confiaban en él, pero sí eran lo bastante sensatos como para saber que no se podía poner a una mujer en esa situación, aunque fuese una mujer fuerte.