Encontrémonos en Buenos Aires - Marlene Hobsbawm - E-Book

Encontrémonos en Buenos Aires E-Book

Marlene Hobsbawm

0,0

Beschreibung

"Si las cosas salen mal y la guerra efectivamente estalla, compra un billete solo de ida a Argentina. Hay dinero suficiente en el banco. Y, entonces, encontrémonos en Buenos Aires". Pronunciadas en plena Crisis de los Misiles, las palabras con las que Eric Hobsbawm se despide de su esposa antes de partir a un congreso en Cuba revelan a un tiempo el clima de amenaza en que vivían –él, activo intelectual comunista vigilado por el MI5– y un pacto íntimo, basado en la confianza en un destino compartido.      En estas memorias, que son a la vez la historia familiar y política del matrimonio Hobsbawm, Marlene reconstruye el itinerario de una vida atravesada por el exilio, la música, el compromiso político y la aventura intelectual. Nacida en la Viena de entreguerras en una familia judía, emigrada a Inglaterra, formada en París, vivió y trabajó en Italia y en el Congo antes de volver a asentarse en Londres, donde desarrolló su carrera en la música y su lazo indisoluble con el gran historiador del siglo XX.       A través de los ojos de  Marlene Hobsbawm, vemos desfilar viajes, conversaciones, amistades célebres y pinturas de la vida cotidiana que revelan no solo el costado más personal de su compañero de cinco décadas, sino las peripecias de una descollante trayectoria intelectual y académica implicada en las turbulencias de su tiempo.  Encontrémonos en Buenos Aires compone una crónica lúcida y sensible de una vida compartida, en diálogo con un mundo revuelto. 

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Presentación (Claire Tomalin)

Nota preliminar

1. Los comienzos en Viena

2. Una infancia en tiempos de guerra: mi vida como niña exiliada y mi primera educación

3. Adolescencia en Mánchester, la vida en una familia feliz

4. Una estudiante en París

5. La búsqueda de trabajo en Londres

6. Mis años de dolce vita

7. El Congo

8. De regreso en casa, con nuevo trabajo

9. Cuando conocí a Eric

10. Vida de casados

11. Una familia nueva

12. Clapham, parte I: entre Gales y Massachusetts

13. Clapham, parte II: la universidad de las colinas

14. Casa nueva, vida nueva

15. Hogar, dulce hogar

16. Un rojo se abre camino en el mundo académico

17. Viaje a un continente en ebullición: cuando la revolución era posible

18. Vida burguesa en los años setenta

19. Veladas de bohemia y amistad

20. Mi carrera musical

21. Otoño en Nueva York

22. Nuestra Italia

23. Nuestros años de madurez

24. La era de los viajes gloriosos

25. Años de hospitales

26. Mi día más triste: vivir sin Eric

27. Balance de una vida compartida

28. El legado de Eric

Agradecimientos

Marlene Hobsbawm

ENCONTRÉMONOS EN BUENOS AIRES

Memorias de una vida compartida

Traducción deSofía Stel

Hobsbawm, Marlene

Encontrémonos en Buenos Aires / Marlene Hobsbawm.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2025.

Libro digital, EPUB - (Vidas para Leerlas)

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Sofía Stel // ISBN 978-987-801-503-3

1. Autobiografías. 2. Memoria Autobiográfica. 3. Historia de Familias. I. Stel, Sofía, trad. II. Título.

CDD 808.8035

Título original: Meet Me in Buenos Aires. Life of a Wife in History, publicado por Muswell Press

© 2019, Marlene Hobsbawm

© 2025, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Ilustración de cubierta: Javier Joaquín

Diseño de cubierta: Emmanuel Prado / <manuprado.com>

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: septiembre de 2025

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-503-3

Para los alegres nietos:

Roman, Anoushka, Wolfgang, Milo, Eve,

Rachael y Maxim

Presentación

Siempre vi a los Hobsbawm –Eric y Marlene– como un ejemplo de pareja perfecta, que revelaba una devoción del uno por el otro y al mismo tiempo, con extraordinaria generosidad, siempre estaba bien dispuesta para recibir a amigos en su casa. Solían llegarme sus invitaciones a cenar, a almuerzos de domingo, a visitarlos en su cabaña en Gales, a compartir fiestas memorables. Con Marlene y Eric una siempre se divertía: charlas amenas, chistes ingeniosos, debates acalorados, buenos amigos, buena comida, buen vino. Marlene se encargaba de cocinar y de organizar las reuniones, mientras además daba clases de música, criaba a los niños y lidiaba con la multiplicidad de problemas prácticos que surgían al llevar una vida en familia y estar casada con un marido célebre y muy dedicado a su trabajo.

En mis años de estudiante en Cambridge, había oído hablar de Eric por su buena reputación. Sumado a esto, era profesor de mi amigo Neal Ascherson, quien se refería a él con gran admiración. A comienzos de los años setenta, mientras investigaba para mi primer libro, consulté a Eric algunas cuestiones históricas. Mi tema de estudio era Mary Wollstonecraft, quien había abogado por los derechos de las mujeres ya en la década de 1790; según mi impresión, Eric no era precisamente un hombre feminista, pero con su respuesta se mostró más amable y atento de lo que me había esperado, como ciertamente lo era cada vez que le pedía un consejo o ayuda. También de vez en cuando escribía una reseña para mí, ya a mediados de los años setenta, época en que trabajé en la revista The New Statesman. Fue entonces cuando visité su casa en Hampstead por primera vez y conocí a Marlene. Me pareció una persona increíble; forjamos una amistad que no ha hecho más que robustecerse: cuarenta y cinco años, si mi memoria no me traiciona.

Ahora caigo en la cuenta de lo poco que sabía yo de su infancia, aunque casi teníamos la misma edad y las dos habíamos nacido en Europa continental: ella en Viena, yo en Francia. Por lo que entendía, Marlene había venido a Inglaterra de muy pequeña cuando su padre, un exitoso hombre de negocios, se dio cuenta del peligro que Hitler representaba. Una vez le pregunté cómo había sido su experiencia de aprender un segundo idioma y me contó una simpática historia: durante mucho tiempo se había negado a pronunciar siquiera una palabra en inglés (supongo que esta era una forma de protestar ante la imposición del desarraigo); pero un día, su madre, que estaba cerca de la habitación donde ella jugaba sola, la oyó dirigirse a sus muñecas en un perfecto inglés. La tenaz e inteligente niña permitía presagiar a la versátil y encantadora mujer.

Al leer su libro de memorias, descubro que las dos compartimos la vivencia de haber sido enviadas a estudiar en internados que no siempre fueron de nuestro agrado (ella se escapó, yo me enfermé), y que en nuestra juventud las dos exploramos París casi al mismo tiempo, estudiamos la historia francesa, leímos a Gide y Colette, y a la vez nos fascinaron la película Los niños del paraíso, Prévert y Charles Trenet, tanto como las calles, los puentes, los parques y los cuadros en las galerías. Las dos pasamos también por la experiencia de aprender técnicas de secretariado, casi un ritual obligatorio para las mujeres jóvenes de entonces. Después de eso, sin demora, Marlene se fue sola a Italia, y consiguió trabajos en Roma y Capri, vivió una vida de lo más sofisticada, y luego trabajó en el Congo durante un año. Aventurera, valiente y leal, hacía amigos dondequiera fuese su destino (y además los conservó).

Tenía 29 años cuando conoció a Eric y se casó con él, que ya era un reconocido académico, profesor e historiador cuyos libros se volvían clásicos al instante, y era muy solicitado para dar conferencias en todo el mundo. En efecto, Marlene solía viajar con él, a la vez que criaba a su hijo y su hija y construía una vida hogareña que aseguraba a Eric el espacio y el tiempo para trabajar. “En mi cabeza, soy una mujer de Europa continental”, escribe: creo que esto significa una mujer que sabe cómo combinar la vida doméstica con la intelectual y hacer que parezca fácil.

Con todo, no es sencillo. Marlene le dio a Eric el apoyo que necesitaba para desplegar todo su potencial mientras a su vez, con plena independencia, siguió siendo una persona fuerte y decidida que llevó adelante sus propias iniciativas. De hecho, con su fortaleza, le enseñó a Eric a respetar el feminismo. Sus memorias, que al comienzo presentan la tristeza del exilio y la guerra que le tocaron vivir durante su infancia, a cada página la revelan como una mujer con empuje, intrépida y cálida; y leerla es un placer.

Claire Tomalin

Julio de 2019

Nota preliminar

Las alternativas de ser una mujer que vuelve a vivir sola luego de cincuenta años de matrimonio entrañan una aventura en sí mismas. Y emprender a los 85 años la escritura de un libro de memorias requirió una buena cuota de optimismo, ya que mi vocabulario y mis recuerdos se están esfumando.

Nunca me había propuesto publicar mis memorias personales: en realidad, este proyecto fue surgiendo poco a poco. Cuando el historiador de Cambridge Sir Richard Evans me comentó su interés en escribir una biografía de mi marido Eric, me involucré mucho, por supuesto. Esa tarea me llevó siete años, y en ese lapso despertó recuerdos de mi propia vida: de épocas anteriores, contemporáneas y posteriores a Eric. Una vez que comencé, me vi obligada a continuar, porque, sobre todo, me movía el deseo de que mis nietos supieran sobre esta misma vida.

En mi caso, sin ser yo historiadora, lo que más me alentaba era recordar la vida desde otro ángulo, para reunir las piezas y dejar un registro de la historia de la familia, las amistades, los viajes y un amor inquebrantable entre dos individuos aparentemente incompatibles.

Marlene Hobsbawm

1. Los comienzos en Viena

Nací en Viena en 1932, y fui la hija más pequeña, la tercera, de Louise (Lilly) y Theodore (Theo) Schwarz. Mis hermanos mayores eran Victor Hugo (Vicky), que tenía 5 años y Walter, de 2 años. En líneas generales, Mamá nos crio como die Kinder (los niños) y a mí me gustaba que nos tratara así, metiéndonos a todos en el mismo saco, aunque yo no pudiera seguir el ritmo a mis hermanos. Me sentía a salvo y feliz. Teníamos una niñera y una criada, y vivíamos en el barrio residencial de Döbling.

Mi padre –hijo del medio, entre diez hermanos– vino de Innsbruck. Como persona inquieta, no era el tipo de hombre que fuera a quedarse de brazos cruzados en el Tirol. En su juventud, gracias a su iniciativa, se consiguió un trabajo en el mercado de los hoteles de lujo en París, donde se enamoró completamente de la ciudad, de la gente francesa y de la vida cosmopolita de ese entorno que empezaba a ser el suyo. Más tarde, llegó a ser empresario en la industria textil. Seguramente tenía algún talento en ese rubro, porque vivíamos bien. Estoy convencida de que, poseedor de una buena reputación, disfrutaba de su trabajo, especialmente de viajar y entablar contactos por toda Europa. Hablaba varios idiomas y le interesaba mucho la política. Mamá tenía que guardarle todos los periódicos ingleses cuando él se ausentaba debido a sus viajes de negocios. Su madre, la Abuela Rosa, era nuestra única abuela viva. Solía ir a visitarnos a Viena y pasábamos las vacaciones en su casa de Igls, situada en las montañas de Innsbruck. Tenía fama de ser una mujer complicada, pero se había ganado el aprecio y el respeto de mi madre.

Mi mamá Lilly había nacido en Viena; era la más pequeña de cinco hermanos, y su llegada había sido tan tardía que ellos ya tenían 18, 17, 16 y 11 años. La responsable de la mayor parte de su crianza fue su hermana más próxima, Emmy. Mamá recordaba que una compañera de colegio le había dicho: “No estás obligada a hacer lo que ella diga: es solo tu hermana”. Lilly no estudió una carrera y tenía 21 años cuando se casó con mi padre. Entre uno y otra, los roles estaban bastante claros: Papá era el profesor y Mamá, la alumna. Si doy un salto veinticinco años adelante en el tiempo, noto que mi propio matrimonio no siguió un patrón tan diferente al de ellos.

La guardería a la que yo asistía estaba en el subsuelo de nuestro edificio –lo cual seguramente me habrá dado una sensación acogedora– y estaba a cargo de una prima mía, sobrina de mi madre. Recuerdo bajar con entusiasmo unos largos peldaños y luego volver a subir las escaleras. Tenía alrededor de 3 años.

Durante esa época en que podíamos dar la apariencia de llevar una vida familiar idílica, mis padres tenían muchas preocupaciones, ya que estaban planeando dejar Austria definitivamente. Mi padre daba crédito a todo lo que Adolf Hitler afirmaba en sus discursos y –a diferencia de tantos vieneses amigos y familiares nuestros que jamás creyeron que ese líder incipiente llevaría adelante sus planes– percibía que los peligros se cernían sobre Alemania. A mis hermanos, en especial a mi hermano mayor Vicky, los prepararon para este cambio tan drástico; pero a mí no me decían nada: consideraban que era demasiado pequeña y que debían protegerme. Mi madre y mis hermanos ya estaban tomando clases de inglés. Mi hermano Walter (quien más tarde se desempeñaría como periodista) escribió sus propias memorias tituladas The Ideal Occupation (La profesión ideal),[1] en las que retrata tanto mejor y con más detalle esta etapa temprana de nuestras vidas.

[1] Walter Schwarz, The Ideal Occupation, Brighton, Revel Barker, 2011, pp. 6-30.

2. Una infancia en tiempos de guerra: mi vida como niña exiliada y mi primera educación

Llegamos a Londres como emigrados cuando yo tenía 5 años. Nuestro hogar era un departamento en un enorme edificio residencial en el barrio de Hammersmith. Durante el día, la oscura cochera vacía del subsuelo era el lugar adonde iban a jugar los niños que vivían en los departamentos, y nosotros nos sumamos al grupo. En cierta ocasión, durante aquel horrible juego de la escondida (mientras mis dos hermanos protectores estaban en la escuela), me asusté muchísimo cuando fue mi turno de salir a buscar a los otros niños. Aunque de antemano sabía perfectamente que no tenía modo de encontrarlos sin ayuda, me era imposible decirlo y entonces comencé a lloriquear. Esa experiencia algo traumática me ha acompañado toda la vida, y desde entonces he adquirido el casi infaltable hábito de prepararme y anticiparme para prevenir desastres. “Marlene, ¿por qué te preocupas por eso ahora?”, suelen decirme. La respuesta sería: creo en el poder de la preocupación. Funciona.

Me enviaron a un jardín de infantes que aplicaba el método Froebel,[2] y durante el año que fui a esa guardería me negué a hablar. Las maestras decían que al parecer me había adaptado, ya que pasaba la mayor parte del tiempo jugando en el arenero. La verdad es que yo misma me había impuesto ser una niña muda. Tal vez fuese por temor a no hablar inglés lo suficientemente bien (creo que el motivo de mi confusión era que en casa hablaba en alemán), tal vez por terquedad o tal vez me molestaba no ser una verdadera chica inglesa como las demás. Dado que mi familia no me había preparado para los cambios que vendrían, eso influyó para que todo lo viviera como un shock; digamos que, para mí, ese fue el comienzo de la Universidad de la Vida.

En 1938, un año más tarde, nos fuimos de Londres para vivir en Mánchester, donde me inscribieron en el primer ciclo de primaria de la Manchester High School for Girls. Sin embargo, con el estallido de la guerra en 1939, todos los niños fuimos evacuados; a Vicky lo enviaron a Blackpool –en Lancashire, sobre el mar de Irlanda–, mientras que Walter y yo fuimos a Uttoxeter, en el condado de Staffordshire. Es como si pudiera ver el inmenso salón lleno de niños sentados en el piso, junto a sus pertenencias, incluidos los infaltables estuches con las máscaras de gas. Se suponía que iríamos con nuestras familias de acogida de a pares, y yo pensaba que estaría con Walter hasta que, de pronto una señora anunció que había una familia que solo podía recibir a un niño y preguntó si “alguien se ofrece como voluntario”. Se me estrujó el corazón: sabía que la mano de mi hermano Walter se alzaría sobre su cabeza, y estaba en lo cierto. No recuerdo que nos despidiéramos en esa oportunidad. Y así fue como terminamos todos dispersos. Solo Mamá y Papá estaban juntos.

Mi familia de acogida vivía en una casita modesta y había otro niño de mi edad que también se hospedaba allí. Lo que recuerdo es que todo se veía marrón, tanto por dentro como por fuera. Empecé a mentir como una loca; les relataba todo tipo de historias fantasiosas acerca de mi verdadera familia en Mánchester. Me inventé un hermanito bebé y les conté muchas cosas sobre “él”. Si bien sabía que mis padres vendrían a visitarme pronto, y entonces quedaría desenmascarada frente a todos, no podía parar de fabular. “¿Debería comprar pañales?”, preguntó mi madre de acogida. “Oh, sí”, dije, “claro que sí”. Más adelante mi madre me confesó que simplemente no lograba dar con la clave para descifrarme, y yo no podía explicarlo. La vida me resultaba incomprensible. Descubrí que rezar no servía para nada, pero en cambio mis fábulas más optimistas sí me servían de consuelo. Y todavía me consuelan, pero ahora esas historias me las guardo para mí. A decir verdad, la psicología debe haber sido un terreno desconocido para mis padres en aquella época, a pesar de que éramos una típica familia nuclear freudiana proveniente de Viena.

Nos turnábamos con los niños de la zona para asistir día por medio a una escuela cercana. Puedo recordar un refugio abierto afuera del colegio, pero de su interior no recuerdo nada. Estaba en trance. Walter se quedaba con su familia de acogida al final del mismo pueblo, pero nunca nos cruzábamos. Un día, sin que nadie me acompañara, caminé hasta la enorme mansión en la que él estaba viviendo (con un Rolls-Royce en el garaje) y toqué el timbre. Un sirviente vino hasta el portón con un perro muy grande y pedí hablar con mi hermano. Me indicó que aguardara allí mismo. Walter apareció al instante y dijo: “¿Qué quieres?”, y me quedé sin palabras. Respondí: “No lo sé”. En mi cabeza me había preparado para pedirle ayuda con mi interrogante: “Dime de nuevo exactamente por qué estamos aquí”. Según creo recordar, simplemente contestó: “Si no quieres nada, voy a seguir con lo que estaba haciendo”, o algo por el estilo.

Afortunadamente no estuvimos evacuados por mucho tiempo. Hubo un error de cálculo militar –que no era algo extraño en tiempos de guerra– y cuando el Blitz comenzó en serio –cuando de verdad caían las bombas– ya todos habíamos regresado a nuestras casas en las grandes ciudades, y éramos blancos fáciles para las bombas zumbadoras. De todos modos, para mí el Blitz resultó divertido porque pasábamos las noches en las literas de nuestro sótano bien equipado. Estábamos todos juntos, y eso era lo único que yo quería. Comíamos los platillos deliciosos que Mamá preparaba durante el día y todo se me hacía muy agradable, sin mencionar mi nuevo y precioso mameluco rojo (que solo podía usar durante los ataques aéreos). Los bombardeos prolongados ofrecían además otra ventaja. Los niños menores de cierta edad, como yo, no teníamos que ir a la escuela al día siguiente, y entonces pasaba mi tiempo con las mujeres de la casa: mi madre, nuestra empleada irlandesa y una de las hermanas de mi padre, Tante Hedi, quien, no bien oía un ruido, solía chillar con marcado acento: “¡Las bombas dzzumbadorrras!”. También jugaba con algunos de los niños de la numerosa familia irlandesa que vivía al otro lado de la calle. Pero sabía que mi madre estaba preocupada por mi futuro. Al igual que mi padre, ella quería lo mejor para mí. Aparentemente, uno de los niños de nuestro círculo de amigos del continente, George, hijo único que tendría cerca de 10 años, estaba muy contento en un internado cuáquero inglés de Wigton, en el distrito de Cumberland, Cumbria. Fundado a inicios del siglo XIX, tenía buena reputación y era conocido como Brookfield.

Por desgracia, mis padres, pensando que un internado inglés representaba lo mejor que me podría pasar en la vida y un lugar en el que yo indudablemente haría muchos amigos ingleses, decidieron que sería buena idea que yo fuera a uno. Muy por el contrario, fue la peor idea del mundo.

Tenía 9 años cuando me enviaron a la Friends’ School, Brookfield (desde luego, “Friends” se refería a los cuáqueros). Habrá sido durante esa época cuando dejé atrás mi intención de comprender qué estaba ocurriendo en mi mundo, que una vez más había quedado completamente trastocado. Fuese como fuere, no dejaba de preguntarme en qué diablos consistía LA GUERRA. En caso de haber tenido un televisor, probablemente me habría ido mejor. Nada tenía sentido para mí. No estaba a mi alcance comprender cosa alguna, y la situación me superaba. Me alejé de todo eso y me volví una niña muy poco espoleada por la curiosidad. Seguí con mi vaga idea de que las mentes de los adultos son diferentes y que lo mejor que podía hacer era pensar por mí misma.

El internado estaba ubicado en la bella campiña de Cumbria, y recuerdo hermosas y largas caminatas los domingos, hacia la iglesia y luego de regreso. Si bien era un colegio interesante, me sentía muy desdichada de estar allí. Antes de enviar cualquier carta a nuestra casa, esta tenía que ser leída primero por nuestros profesores. Así que durante las vacaciones finalmente les dije a mis padres lo desesperada que estaba por irme y regresar con ellos cuanto antes. Mi padre aseguró que encontraría una alternativa y que, mientras tanto, yo podría entregar algunas cartas a los niños que no eran pupilos para que las enviaran por correo en mi lugar. Me hizo llegar estampillas, que logré esconder con buen éxito; así podría escribirle cuando quisiera; recuerdo con claridad una de mis cartas: No puerdo soportarlo (sic). Y papá me respondió que tuviera paciencia, pero me veo en la obligación de decir que no la tuve.

Digo que era “desdichada”, pero por supuesto que los niños siguen con sus vidas aun en plena desdicha. Todavía tengo conmigo algunas de esas cartas que son bastante típicas de cualquier chica que, desde un internado, escribe y cuenta sus actividades. Por mi parte, tampoco era muy diferente al resto: probablemente hacía la fila y esperaba que llegara mi turno para saltar la soga, como todo el mundo. De todos modos, el drama no tardaría en hacerse presente.

Hacia fines de mi segundo año en Brookfield, hui. No solo eso, ¡mi delito más grave fue que me escapé con una chica mucho más joven! Nos habíamos alejado bastante: en el momento en que nos atraparon habíamos llegado hasta la estación de trenes. La estrategia que tenía en mente habría fracasado en cualquiera de los casos: mi idea era que bajáramos del tren en cualquier estación para pedir indicaciones en el puesto policial más cercano. Sabía mi dirección en Mánchester y estaba convencida de que nos ayudarían: “¡Sin duda, los policías sirven para esto!”. Tenía pensando decirles a los agentes que, si me ayudaban a llegar a casa, mis padres se encargarían de reembolsarles el costo del viaje. Cuánto pánico habríamos sembrado en la escuela si hubiésemos tenido siquiera un poco de éxito. Se generó un gran alboroto y mis padres fueron citados inmediatamente; recién entonces comprendieron mi situación. Creo que un gato o un perro habría hecho un mejor trabajo para encontrar el camino de regreso a casa.

Huir del internado puso un punto final a mis dramas. Volví a la escuela a la que iba anteriormente, la primaria para chicas de Mánchester. Con el tiempo, mi madre me dijo que al tenerme de nuevo viviendo en casa, con mi consabido vestido a cuadros rojo y mi sombrero de panamá, daba la sensación de que ya no tendrían que lidiar más conmigo. Quizá por fin me había quitado de encima todos los inconvenientes. A veces pienso que en algunos aspectos la generación a la que pertenecí –la de los niños emigrados, quienes en verdad tuvieron esa vivencia– la pasó mejor que la generación posterior, aquella que solo podía asombrarse al oír las historias que les eran contadas sobre otro pasado en otro país. Sin embargo, algunos padres no daban cabida a conversaciones sobre el pasado. Mi hermano Walter, por su parte, siempre se regocijaba de estar en Inglaterra; se sentía muy feliz y afortunado, y no tenía más que elogios para nuestro padre, que a su previsión había sumado el tino de llevarnos lejos del peligro, con calma y entre comodidades, cuando todavía era posible hacerlo de esa manera.

Vicky tenía 10 años cuando llegó a Inglaterra, e integrarse fue distinto para él, ya que, en comparación con Walter y conmigo, seguramente tenía recuerdos mucho más intensos de Austria. Era un niño muy alegre y bien predispuesto, y estaba acostumbrado a que sus maestros en Viena lo adoraran. A él y a Walter los enviaron al barrio londinense de Hammersmith para que asistieran a Colet Court, la escuela preparatoria para St Paul’s (de hecho, hoy en día se llama St Paul’s Junior), y a veces imagino cómo se habrá sentido en su primer día allí, en el patio del instituto. “¿CÓMO has dicho que te llamas? ¿¡SCHWARZ!?”. Todas conjeturas de mi parte, pero quizá por ese entonces la pequeña semilla que ya había sido sembrada cobró fuerza y creció con su deseo de ser, ante todo, un señor inglés, un caballero. Cuando llegó a la adultez, decidió cambiar su nombre por Victor Black (así figuraba en la documentación), ya que le habían desaconsejado que utilizara un apellido alemán cuando se postulaba para puestos de trabajo.

[2] Friedrich Froebel (1782-1852) fundó los primeros jardines de infantes (en efecto, acuñó el concepto “jardín de infancia”) usando un sistema de aprendizaje basado en el juego.

3. Adolescencia en Mánchester, la vida en una familia feliz

Escribo esta historia acerca de nuestra adolescencia, ahora, en mi novena década, cuando ya soy la orgullosa abuela de cinco nietos que tienen casi la misma edad que en ese entonces teníamos Vicky, Walter y yo. Las vidas de estos londinenses sofisticados que pasan su tiempo inmersos en teléfonos celulares y todo tipo de pantallas, y que están conectados 24/7 al mundo adulto, son difíciles de comparar con la cotidianidad de aquellos tiempos: los niños provincianos en época de guerra vivíamos a la mitad de la velocidad que se vive hoy en día. No puedo más que guardar esperanzas por su futuro en un mundo aún más peligroso que el nuestro actual.

Pero vuelvo a 1943: todavía estamos en guerra, tengo 11 años y hablo con acento característico de Lancashire. Curso la escuela secundaria y en su último tramo, a mis 16, ya habré aprobado los exámenes de desempeño académico para obtener el Certificado Escolar (lo que actualmente es el GCSE: Certificado General de Educación Secundaria).

A decir verdad, no recuerdo con gran entusiasmo a ningún profesor, o siquiera alguna materia, que me haya despertado un especial interés inspirador, pero supongo que “Literatura”, como se llamaba en esa época, sería mi mejor candidata en ese sentido. De todos modos, terminé sin haber obtenido el menor rudimento acerca de poesía o un atisbo de familiaridad con libros, excepto Silas Marner, que siempre estaba en los planes de estudio. Lo que detestaba más que nada en el mundo era tener que jugar hockey en el barro los jueves. Me parecía inhumano: en épocas de heladas, nuestras piernas se ponían rojizas, azulosas, hasta moradas. Cierto buen día, gracias al cielo, un médico de la escuela descubrió que yo tenía un soplo cardíaco congénito (¡hurra!), así que me eximieron urgentemente de participar en esas clases. Mis amigas se pusieron muy celosas.

Mi mejor amiga era Leila Yael, la chica más inteligente de toda la escuela, y aunque tiempo después se fue a vivir a la Argentina, hemos conservado esta amistad toda la vida. Es más, las dos escogimos el nombre Andy para nuestro primer hijo. Tengo que reconocer que amigas nunca me faltaron, aunque posiblemente este raudal en algo se deba a mis dos hermanos apuestos (con un aspecto que muchas chicas ya encontraban atractivo). Mucho más tarde, a mis veintitantos años, me acerqué mucho más a la hermana de Leila, Yvonne, que sí vivía en Europa. Ahora, ya como abuelitas, las tres nos enviamos cartas y, cuando podemos, nos reunimos, y cualquier diferencia entre nosotras es un asunto trivial.

En Mánchester, mis hermanos habían asistido a la preparatoria South,[3] y para entonces ya cursaban en la Escuela de Segunda Enseñanza, la muy selectiva Grammar School, que no quedaba muy lejos de la escuela para chicas a la que yo asistía. Creo que la interacción entre los dos colegios y su alumnado era similar a como es hoy en día. Pero tal vez en esa época se gastaba más dinero, ya que recuerdo que además de los conciertos escolares y las competencias deportivas, también se organizaban bailes. Yo los esperaba con una mezcla de nerviosismo e ilusión. Una vez más, tener dos hermanos varones era una gran ventaja. Creo que uno de los amigos de Walter gustaba de mí, pero a mí me gustaba un muchacho bastante diferente. En cualquier caso, todos estábamos completamente preocupados por la impresión que causábamos. Había quienes ya estaban saliendo con alguien, y las chicas se andaban preguntando: “¿Ya lo has hecho todo?”.

Mis dos hermanos eran muy buenos alumnos. Vicky no dejaba de ganar popularidad entre sus compañeros y con los profesores, y su mayor gloria era ser el excelente arquero del equipo de fútbol del colegio. Con el tiempo le ofrecerían una beca en el Trinity College de Dublín. La prioridad excluyente de Vicky, lo que deseaba íntimamente, era pasarla bien, y hacía todo lo posible para conseguirlo: a veces parecía un administrador de la diversión. Quizá su comportamiento se debiera a que había sido arrancado de la magnífica vida que llevaba en Viena.

Walter era el estudioso de la familia y un exponente de esos niños excepcionales que saben qué quieren ser cuando crezcan: periodista. Consiguió terminar los exámenes de su Certificado Escolar un semestre antes que los demás, y luego de obtener su Certificado de Escuela Superior (los A Level[4] de nuestro presente), le otorgaron una beca para seguir estudios en el Queen’s College en Oxford. Como buena vienesa, Mamá abrigaba sueños de una educación inglesa para nosotros, y estos se habían vuelto una realidad palpable. Me lo confirmó durante una de nuestras últimas conversaciones, cuando su salud ya era muy frágil.

La escuela está muy bien, pero es en casa, en el seno de la familia, donde los niños pasan gran parte de su tiempo y donde se madura el entorno en el cual se da casi toda su crianza. ¿Qué tipo de familia éramos nosotros? Fuimos asimilados a la sociedad británica y no practicábamos las costumbres religiosas del judaísmo, aunque a la vez no dejábamos de ser conscientemente judíos. Preservamos nuestra cultura y nuestra lengua, el alemán-vienés, mientras absorbíamos por completo todo lo que nos gustaba o nos disgustaba de Inglaterra. Por lo general, la asimilación resulta más fácil para los hijos que para los padres, y ese fue nuestro caso: que nuestro Vic fuera el arquero del equipo de fútbol de la Escuela de Segunda Enseñanza de Mánchester era una circunstancia que para mi padre pasaba completamente inadvertida, hasta que de pronto un día, durante el almuerzo, descubrió que se había vuelto el motivo para que sus comensales y colegas de negocios lo trataran como a un héroe.

Vivíamos en Moorfield Road, en West Didsbury, suburbio de Mánchester; ya pasado el intervalo de nuestra breve evacuación inicial, seguimos viviendo allí mientras duró la guerra y hasta 1953, cuando todos sentimos que Londres era el lugar para nosotros. Así fue como ese año la familia se mudó a Golders Green; allí, nuestra casa de tres pisos daba al Golders Hill, parque donde una criatura podía encontrar toda la diversión posible.

Creo que en nuestro hogar reinaba una atmósfera alegre y éramos unidos; sobre todo porque todos por igual odiábamos vehementemente a Hitler. Según creo, Vic, el mayor y quien tenía un temperamento más alegre, era aquel a quien más admiraban nuestros padres. El favorito de Mamá era Walter; ella no podía resistirse a su carácter soñador y honesto. Yo era la nena de Papá, de eso no hay dudas. Y evidentemente había cierta rivalidad entre los chicos, que eran muy distintos. A veces nos aliábamos con Vicky (por quien yo podía hacer cualquier cosa) para atacar a Walter. Por contrapartida, y sin que les insumiera un esfuerzo, ellos me engañaban con las tareas del hogar, y solían burlarse de mí. La tensión entre mis hermanos se mantuvo a lo largo de su vida adulta; simplemente eran demasiado diferentes. Más allá de todo, tenían una coincidencia: llegaron a ser los más devotos padres. El amor de Mamá era práctico y el de Papá, sentimental. Mamá por lo general entendía mis conflictos, cualesquiera fuesen, y siempre me ayudaba. Había solidaridad entre nosotras; las dos éramos un pequeño equipo en sí mismo, aunque desearía que no hubiera tenido tanto éxito en inculcarme su ética de “trabajar antes de jugar”. Ella era feliz si yo era feliz, pero yo debía estar a disposición y hacer mi parte también.

Decididamente, Mamá no era feminista. Se había criado en un ambiente demasiado tradicional. En sus esquemas, la educación de los varones era más importante; si llevabas pantalones, valías el doble. Eso a mí no me afectaba realmente, más allá de mi educación, claro, o mejor dicho, mi falta de ella, algo por lo cual Eric nunca pudo perdonarla. Cuando quise abandonar latín, a mis padres les pareció bien. Ahora, setenta años más tarde, me doy cuenta de que soy la única integrante de mi grupo de coro que no puede cantar en latín. Afortunadamente la multitud de “Agnus Dei”, “Gloria”, “Jubilate”, “Hosanna in Excelsis”, “Hallelujah” y “Miserere” ayudan a que una no pierda el hilo durante páginas y páginas.