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Un encuentro inesperado pone a Sarah Gandry cara a cara con los dos hombres que ama. Sí, dos. Wilder y King. Ellos han sido la inspiración de cada una de sus fantasías desde que recuerda. Pero han sido solo eso… fantasías. Hasta ahora.
Esta vez, los tres van a cumplir sus sueños. Finalmente, van a estar juntos. Sin embargo, nunca las cosas resultan del todo sencillas y los secretos que ella ha guardado podrían hacer pedazos a sus hombres.
En el libro cuatro de la serie del Rancho Steele, lo salvaje se pone, simplemente, más salvaje.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Derechos de Autor © 2017 por Vanessa Vale
Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.
Diseño de la Portada: Bridger Media
Imagen de la Portada: Bigstock: marconicouto, fotorince; Deposit Photo: cokacoka
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
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WILDER
Montana en enero era jodidamente fría. Después de un día montando motos de nieve bajo el sol brillante, pero cerca de temperatura cero, se sentía bien estar sentado enfrente de una fogata, con un whisky en mano. Éramos amigos de Micah y Colt, los guías turísticos que nos habían llevado a pasar un día asombroso dentro del bosque nacional. No había nada como ver los espacios naturales sentado sobre doscientos caballos de fuerza, pero cuando regresamos al Desembarque de Hawk, donde nos estábamos hospedando el fin de semana con King, descubrimos que el espacio interior era igual de salvaje.
Un hombre en pantalones de cuero y suéter negro llevaba a una mujer con una correa. Ella vestía una falda roja de cuero del tamaño de una tirita y un corpiño negro que hacía que sus senos desafiaran la gravedad. Sí, una correa. Tenía un collar en el cuello y estaba contenta de seguir al hombre unos pasos detrás, con la mirada hacia abajo, mientras seguían su camino hacia el salón de conferencias del centro turístico, que había sido convertido en un calabozo para el encuentro de sadomasoquismo. Un grupo de la ciudad de Billings había rentado el complejo turístico durante el fin de semana —excepto por nuestras dos habitaciones—. Una dominadora, que llevaba botas negras con tacones de aguja y camisa de látex, tenía a un hombre arrastrándose detrás de sí en la misma dirección hacia el salón del complejo turístico. Afortunadamente para él, la chimenea de piedra de doble altura estaba encendida y el calor se había puesto un poco más intenso de lo usual, ya que él no traía nada puesto, sino una jaula de metal sobre su pene. La vista me tenía contrayéndome y moviéndome en el sofá de cuero. No me importaba tener una mujer jugando con mi pene o mis pelotas, pero me gustaría un contacto más cercano —y la posibilidad de venirme—.
Desafortunadamente, la única mujer que quería en cualquier lugar cerca de mi pene no sería capturada ni presa de fetichismo. No, ella era demasiado dulce, demasiado pura. Demasiado inocente para algo tan salvaje y perverso como lo que estaba pasando esta noche. Sarah Gandry era la mujer con la que me quería casar, no la mujer que follaría en un calabozo. Bueno, yo quería follarla básicamente en cualquier lado, pero resulta que no éramos compatibles. Al menos, eso era lo que ella pensaba. Yo la encontraba jodidamente inteligente, hermosa y perfecta. Oh, y la amaba.
Mierda, mi pene se movió dentro de mis pantalones con solo pensar en ella. Tenía el cabello negro, el cuerpo perfecto y estaba muy “follable”. Nunca olvidé sus labios carnosos. Sí, podía ser que ella no tuviera mi pene bajo su dominio ni fuera a estar dirigiéndolo por años.
Y no solo a mí, ella también tenía a King obsesionado con su vagina. Y eso que no habíamos llegado a ningún lugar cerca de esa vagina suya.
“Cuando escuché sobre el evento de sadomasoquismo de este fin de semana, lo iba a cancelar, pero pensamos que no te importaría que esto pasara”, dijo Micah, recostándose hacia atrás en el sofá de cuero gigante, con sus pies sobre la mesita del centro y su trago de whisky reposando sobre su pecho. Él señaló con la cabeza hacia el evento fetichista que estaba aconteciendo en la habitación detrás de él; el golpeteo de una base profunda de unos clavos de nueve pulgadas se silenció. “A pesar de que ya no vives este estilo de vida, no te molestas por ello. No vas a decir una mierda de lo que ves”.
King se encogió de hombros en la silla que estaba a mi lado, levantó su vaso en señal de salud. Los muebles estaban colocados en forma de U en frente de la fogata; Micah, de frente a esta directamente; nosotros perpendicularmente.
King sonrió. “¿Molestarme?”. Demonios, no. Solo deseamos que nuestra chica estuviese en esto como nosotros, aunque ninguno de nosotros había estado en un evento como este desde hacía mucho tiempo. ¿Y por dejar que alguien mire? No me importa lo que hagan los otros, lo que sea que haga flotar su barco y todo eso. Pero si…”.
“Cuando…”, dije, cortándolo.
“…cuando” —se corrigió a sí mismo— “…tengamos a nuestra chica a nuestro lado, no la vamos a compartir con otros. Ni una parte de ella. Ni su hermoso cuerpo ni los sonidos que haga o cómo luzca cuando se viene”.
“De ninguna maldita manera”, añadí, cabreándome con solo pensar en algún bastardo mirando a Sarah así. “Nos pertenece a nosotros”.
Sí, nuestra chica. King y yo habíamos sido mejores amigos desde el jardín de infancia y habíamos querido a Sarah por años, incluso antes de que, siquiera, fuera legal. La hemos vigilado por más tiempo que eso. Siendo seis años mayores, habíamos esperado nuestro tiempo —puede que fuésemos unos fetichistas, pero no fuimos por ella en ese momento— hasta que Sarah terminara la universidad y regresara a Barlow, para salir a una cita. Por separado, para no asustarla. Cenas, películas, bolos. Besos castos en la puerta de su casa.
Dios, fueron dulces, pero fue casi imposible no empujarla contra la puerta de entrada, forzar mis muslos entre sus piernas y sentir el calor de esa vagina, incluso a través de mis pantalones, mientras tomaba su boca en su beso reclamador. Eso era lo que quería hacer con ella: hundirme dentro de ella y perder la cabeza, hacer que ella perdiera la suya.
Pero ella no estaba interesada. No respondió al roce de mis labios contra su frente o por toda la comisura de su boca. Sin jadeo, sin apretones de dedos en mis bíceps. Sin levantar su rostro hacia el mío para más.
No, no estaba interesada en las atenciones tiernas que cualquiera de los dos le mostrábamos y, al final, nos desechó, uno detrás del otro. Extraño, porque estábamos seguros de que ella sentía algo por nosotros. Cada vez que nos acercábamos, el interés incendiaba sus ojos y sus mejillas se ponían rosadas. Y cuando la recogía en la puerta, estaba ansiosa, pero para el final de la cita, nada. King dijo que le había pasado lo mismo.
El rechazo nos había herido, y aún lo hacía. Era confuso porque, justo hasta que la llevaba a su puerta, habíamos pasado un buen rato. Estar con Sarah se sentía como estar en casa. Siempre era sencillo, sin silencios nerviosos. Nos conocíamos el uno al otro muy bien. Y aun así… nada de deseo. Nada de pasión como yo había esperado. Como King había esperado también. Sin embargo, eso no significaba que dejáramos de quererla. No, nosotros éramos hombres que obtenían lo que querían, y queríamos a Sarah. Solo teníamos que ser pacientes y pensar en nuestro próximo plan de conquista.
Micah sonrió. “No sabía que tenían una chica. Felicidades”.
La sonrisa de King desapareció. “No la tenemos”, protestó él. “Bueno, la tenemos, pero ella no lo sabe todavía”. Le dio un sorbo a su bebida. “Nosotros queremos una relación como la tuya”.
“¿Qué?”, Micah frunció el ceño, de repente se puso cauteloso. “¿Con una estrella de películas?”.
“Maldición, Micah, nos conoces mejor que eso”, le dije. Obviamente, él protegía a su esposa. “No nos importa una mierda que Lacey sea famosa. Nosotros queremos a una mujer para compartirla como lo hacen tú y Colt. Como Matt y Ethan también”, añadí, refiriéndome a los dueños del complejo turístico. Los dos hombres también compartían a una mujer. Rachel.
“No solo cualquier mujer, nosotros queremos compartir a Sarah”, aclaró King, levantando un dedo de un lado de su vaso y señalando. “Solo tenemos que descubrir cómo obtenerla”.
Jodidamente cierto. Ahí había interés, incluso cuando se había negado a tener más citas. Sus ojos se iluminaban cuando me veía —y yo pasaba por la biblioteca por más que libros—, pero eso no la atraía para otra cita. No tenía sentido.
“Cuéntame sobre ella”, dijo Micah, tomando un sorbo de su bebida. Su anillo de bodas de oro brillaba con la luz de la fogata y yo estaba envidioso como la mierda por ese simple signo externo de su compromiso con Lacey.
Me llevé una mano al rostro, dándome cuenta de que, probablemente, debí haberme afeitado porque mi sombra de barba de las cinco en punto ya se estaba convirtiendo en una completa barba. Habíamos regresado del paseo en las motos de nieve, nos habíamos bañado en nuestras habitaciones, nos comimos una gran comida en el restaurante y ahora nos estábamos relajando alrededor del fuego. Lo único mejor para esto hubiese sido si Sarah estuviera aquí con nosotros. Entre nosotros. Debajo de nosotros.
“Ella creció en Barlow con una madre loca y un medio hermano más joven. Cómo ella resultó normal, no tengo idea”, le dije, preguntándome si su madre estaba con su tercer o cuarto esposo en este momento. Quizás, incluso, el quinto. Cambiaba de esposo tan rápido como la mayoría de las personas cambiaba el aceite de su auto. En vez de trabajar, se casaba con hombres ricos, se divorciaba de ellos para recibir una buena resolución y seguía adelante.
“Sarah fue a la universidad en Bozeman, volvió y obtuvo el trabajo como la bibliotecaria del pueblo cuando la señorita que había estado ahí desde siempre se retiró”, añadió King. Se inclinó hacia adelante, agarró la botella de whisky que habíamos traído de la barra del hotel y llenó su vaso con cerca de dos dedos del líquido ámbar. Se había cambiado su abrigo pesado de invierno por una camisa de franela azul, pantalones vaqueros y botas de cuero. Su cabello pálido estaba peinado hacia atrás luego de su baño, pero se había enrollado en las puntas por el calor de la fogata.
“Inteligente y la sonrisa más increíble que puedas ver alguna vez”. Si Micah quería saber sobre Sarah, le contaríamos. “Ella es pequeña, ni siquiera me llega al hombro”. Levanté la mano como para medirla. “Cabello negro liso que le llega a la mitad de la espalda. Curvas en todos los lugares correctos”. Mi mano se movió para imitar la forma de un reloj de arena.
“No olvides el maldito hoyuelo”, añadió King. Los ojos de Micah se volvieron hacia King mientras señalaba su mejilla derecha. “Ese maldito hoyuelo puede poner a un hombre de rodillas”.
“Pero ella no está interesada”, repitió Micah.
King suspiró y yo tomé un largo trago de mi bebida, dejé que me quemara en su paso hacia mi estómago.
“No”, dijo King. “La invitamos a salir, por separado. No queríamos asustarla con nuestras intenciones de reclamarla juntos, a pesar de que la conocíamos desde siempre. Excepto por ustedes, chicos aquí en Bridgewater, no es como si tener a dos hombres interesados en ti sea la norma. Unos pocos hombres que conocíamos en Barlow también compartían a una mujer, pero Sarah no sabía sobre eso. Lo esperará. Ella estaba interesada. Lo sé. Lo sentí, lo vi en sus ojos, a pesar de que me rechazó en la tercera cita”.
“Yo también”, añadí. Tuve que preguntarme si se había asustado, si nosotros, de alguna manera, la habíamos presionado demasiado. Quizás era porque su madre era tan… descarada con las afecciones a sus hombres que había hecho que Sarah se inhibiera. Yo estaba dispuesto a ir tan lento como ella lo necesitara, tanto tiempo como lo necesitara. Por nosotros.
Suspiré. Era jodidamente frustrante porque yo la amaba. La deseaba. La necesitaba. Habíamos esperado el tiempo suficiente y ahora… ahora me estaba volviendo loco.
Micah puso su vaso sobre un portavaso en la orilla de la mesa. “Si no le gustan a ella, entonces ¿por qué no ven si hay alguna soltera en la fiesta? No hay nada malo con rascarse esa comezón con una mujer dispuesta si están solteros. Especialmente, ahí está esa con necesidad de dominar”. Su mirada se levantó y miró por encima de la cabeza de King, hacia el área de la recepción. “¿A ustedes, chicos, les gustan bajitas y con curvas? ¿De cabello oscuro? Hay una mujer hablando con Rachel que encaja en ese perfil”.
Solté una risa. “A pesar de que mi pene está cansado de mi mano”, admití, “no tiene ningún interés en…”.
“¿Qué demonios?”, dijo King en voz baja. Se removió en su asiento y estaba mirando hacia el escritorio de la recepción.
Yo giré por su tono de voz y por la forma en que sus ojos, prácticamente, se estaban saliendo de su cara. Mi cerebro no podía procesar lo que estaba viendo, aunque las palabras se cayeron de mi boca.
“De. Ninguna. Maldita. Manera”.
Sarah. En persona. Y un montón de eso del sadomasoquismo. Una falda negra de látex capturaba la luz y la hacía relucir. El corte era ancho, como… como una falda de los cincuentas sin el armador hinchado debajo. Demonios, yo no sabía una mierda de faldas. Esta caía a unos cuantos centímetros encima de sus rodillas. No era indecente, pero nunca antes había visto tanto de las piernas de Sarah. Nunca. Los zapatos negros que llevaba tenían unos pequeños tirantes adelante, casi del estilo de una colegiala, aunque los tacones altos no se parecían en nada. Solo mostraban mejor la tonicidad de las piernas. Y eso era solo su mitad inferior. Tenía puesta una camisa blanca remilgada, pero era lo suficientemente corta para mostrar una tira estrecha de su cintura pálida y atada en el frente. Solo la vi de perfil mientras hablaba con una mujer detrás del escritorio de la recepción, asumía que era Rachel y, podría decir, que una serie de botones estaban desabrochados. Demasiados. Su cabello liso estaba recogido en una trenza sencilla, como si deseara que alguien se la agarrara fuerte mientras le subía la falda y la follaba desde atrás.
Me levanté de golpe del sofá, acechando a su alrededor. Escuché pisadas detrás de mí y supe que King me había seguido.
“Sarah”, dije. La única palabra salió disparada de mi boca como una bala y eso la hizo girar en sus tacones.
Sus ojos hermosos se ensancharon, la boca se le cayó, su piel pálida se puso casi blanca, luego se sonrojó del mismo rojo que llevaba en sus labios.
Mirándome de frente, vi más de su atuendo. Mientras su falda la cubría, su blusa no lo hacía. Era como si hubiese tomado una de sus blusas de bibliotecaria, se saltó abrocharse los botones y se la amarró en la parte inferior para mantenerla cerrada. Debajo, había un sujetador negro de encaje que se podía ver a través de la parte abierta de la tela blanca. Pero eso no era todo. Porque la blusa era delgada y era descaradamente obvio que el sujetador era de estilo media copa, o sea, que no cubría sus pezones, porque podía ver su color oscuro y lo duros que estaban a través de este. Y si podía ver, entonces…
Mi mandíbula se apretó y mi pene se hinchó en mis pantalones.
“Wilder”, suspiró ella. Miró a la izquierda, luego a la derecha, como si estuviese considerando las vías para escaparse.
Me sentí más que visto cuando King llegó a colocarse a mi lado.
“King”, añadió ella, su lengua rosada saliendo para lamer sus labios.
Me crucé los brazos por encima de mi pecho.
“¿Qué están haciendo aquí?”, preguntó ella, su voz era una mezcla entre seductora, entrecortada y el chirrido de Minnie Mouse. Sus manos se fueron hacia su falda, alisándola hacia abajo, aunque no lo logró, luego fueron a su blusa, juntó las dos mitades.
“¿Somos nosotros los únicos que no quieres que vean tus pezones?”, pregunté, señalando con mi barbilla para indicar su repentina modestia. Me cabreaba porque esa piel hermosa, esas curvas exuberantes, estaban hechas para King y para mí. Y estaba alardeando de ellas para que otros las vieran.
Sus ojos se estrecharon y golpeó la punta de su pie sobre las baldosas del suelo. “Estoy aquí para la noche de sadomasoquismo”.
Era el turno de King de mirar alrededor. Vi la forma en que su mandíbula estaba marcada. “¿Viniste con alguien aquí? ¿Tu dominante?”.
Ella no tenía un collar alrededor de su cuello, el signo evidente de que había sido reclamada. La idea de que hubiese tenido un hombre al lado…, un maldito dominante, me hacía poner de color rojo. A pesar de que solo habíamos salido, y casualmente por eso, yo o los dos, esperábamos una completa y total monogamia. Pero ya no estábamos saliendo. Eso había sido hacía meses.
Yo estaba contento de que King hiciera la pregunta porque todo lo que quería hacer era cargarla por encima de mi hombro, llevarla a mi habitación y que los dos le mostráramos cómo podían llenarla dos hombres. Pero ella no quería eso. ¿O sí quería?
La deseaba, y para más que una follada rapidita. Quería todo de ella. Sus sonrisas, sus lágrimas. Sus alegrías y tristezas. Todo el maldito asunto. Pero se escondía de nosotros, eso parecía. Se había escondido malditamente bastante, y no quería pensar que esos grandes senos llenarían más que las palmas de mis manos. Nos habíamos mantenido alejados porque habíamos creído que ella era una cosa, una virgen tímida, demasiado tímida, para manejar nuestras necesidades más oscuras, pero ¿ahora? De ninguna maldita manera.
Parecía que ella tenía necesidades más oscuras. Grandes secretos.
La amaba y había descubierto la verdad de Sarah, pervertida y todo. Y si ya tenía un hombre, alguien que le diera lo que necesitaba, entonces… bien. No, no estaba jodidamente bien. Pero al menos ya sabía la verdad. Nosotros no éramos sus amantes, pero me gustaba pensar que éramos sus amigos. Merecíamos honestidad, por lo menos.
“No…, soy amiga de Rachel”. Sarah señaló a la mujer que nos estaba observando atentamente por encima de su hombro. Rachel nos dio una pequeña sonrisa y un saludo con el dedo. “Ella me contó sobre el evento y yo decidí, um…, echarle un vistazo”.
Ningún hombre. Ningún dominante. Gracias al cielo. Suspiré para mis adentros, pero no habíamos terminado. ¿Ella quería echarle un vistazo a la noche de sadomasoquismo? Eso significaba… “Princesa, si querías que unos hombres te dominaran, todo lo que tenías que hacer era pedirlo. No tenías que recorrer todo el camino hasta Bridgewater”.
La boca se le cayó y cerró unas cuantas veces como si no supiera qué decir. La habíamos llamado “princesa” por años, pero ahora, eso significaba algo diferente, algo más. Rachel, detrás de ella, se rio. A pesar de que mi mirada no se separó de Sarah, vi a Micah moverse para recostarse contra el escritorio de registros. No estaba seguro de si estaba ahí para vigilar a Sarah —a pesar de que él sabía que nosotros nunca le pondríamos una mano encima de la rabia— o evitar que Rachel saltara y protegiera a su amiga, aunque ella no parecía demasiado preocupada. De cualquier manera, estaba contento de que él estuviese ahí. Era hora de llegar al fondo de… todo, y Micah nos conocía, conocía las reglas del juego del sadomasoquismo.
Los ojos oscuros de Sarah pasaron de los míos a los de King y de vuelta. “Hombres. ¿Ustedes se refieren a… qué?”.
Sonreí, di un paso más cerca. A pesar de que nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, parecía que había algunas cosas que necesitábamos aclarar”.
Como el hecho de que nuestra mujer lo quería salvaje. Ella no quería algo suave, como habíamos sido con ella. Ahora era jodidamente obvio. Ella estaba usando un maldito sujetador abierto.
“Pero…”.
La corté. Hasta ahora ella nos había guiado. Era hora de cambiar.
“¿Tienes miedo de nosotros?”.
Ella frunció el ceño. “¿De ti y de King? Los conozco desde siempre. Por supuesto que no”.
“¿Confías en nosotros?”, añadió King.
Sus ojos oscuros se movieron a los de él.
“Sí”. Su respuesta fue inmediata, sin titubeos o segundas suposiciones.
“Micah, ¿escuchaste eso?”, pregunté, observando a Sarah.
“Lo hice”, respondió él.
“Bien”. Micah escuchó que Sarah confiaba en nosotros, que estaría a salvo con nosotros. Mientras que no le lastimáramos ni un solo cabello de su cabeza, habíamos entrado al sadomasoquismo sin haberlo esperado y necesitábamos seguir cierto protocolo. Micah sabía que Sarah estaba con nosotros, que ella verbalmente había compartido con él y con Rachel que confiaba en nosotros, que no tenía miedo de estar con nosotros.
Listo.
Así que hice lo que había querido hacer desde… siempre, me agaché y me la llevé sobre el hombro. Me giré, me dirigí hacia las escaleras centrales en camino a las habitaciones de los invitados en el segundo piso. Sus manos me golpearon la espalda baja mientras yo cubría sus muslos para mantenerla inmovilizada. “¡Wilder!”.
Me detuve a mitad del pasillo por todo el gran salón. “¿Cuál es tu palabra de seguridad, princesa?”.
Ella se quedó callada y en silencio. Esperé. Esperé un poco más. No iba a hacer nada hasta que Sarah supiera que estaba consintiendo esto, que nosotros le daríamos exactamente lo que quería, lo que ella necesitaba y nada más.
“Rojo”.
